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El fenómeno global de Carolina Marín

Berapa lama ke Istora? [¿Cuánto queda para Istora?]”, pregunta en indonesio Carolina Marín, casi de los nervios, al taxista. Son las seis de la tarde del lunes 21 de enero en Yakarta y a las siete tiene una de las pistas del pabellón reservada para su primer entrenamiento antes del torneo. “¡Me voy a morir, no vamos a llegar! Las cosas que no controlo y que no dependen de mí me ponen muy nerviosa”, exclama. La frase suena premonitoria… Dos días después, en su estreno en el torneo, se pincha la rueda del taxi que la lleva al pabellón. No hay sitio para parar y cambiarla; el taxista aguanta 1,5 kilómetros con el neumático reventado. Desde el hotel Gran Meliá, en el que se aloja la campeona olímpica, hasta el Istora Stadium hay cinco kilómetros y medio. Pero el tráfico sin fin de la capital de Indonesia convierte cualquier viaje en una odisea. Para llegar a cualquier sitio, aunque esté a menos de cinco kilómetros, conviene calcular hora, hora y media de trayecto. Ser peatón aquí es deporte de riesgo. No hay aceras, los socavones abiertos cada tres metros llenan los arcenes de agua y barro. Encontrar un paso de peatones es como buscar una aguja en un pajar. Coches y motos ocupan los carriles como mejor consideran y sin normas aparentes; de ahí que si pinchas o tiras para adelante o tiras para adelante. Es lo más parecido a una jungla.

“¡Tiene que dar la vuelta y girar por la izquierda, aquí no es!”, le indica, de nuevo en indonesio, Carolina Marín al conductor. ¿Dónde lo ha aprendido? “Por mi cuenta; y eso que lo he perdido un montón porque las jugadoras con las que solía hablar por WhatsApp ya se han retirado”, contesta. “Leía lo que ponían las demás en el chat y se me iban quedando las palabras”, añade. Lleva fuera de España desde principios de diciembre. Primero fue China (adonde viajó para firmar un contrato de patrocinio con Bi Yuan, un holding empresarial), luego India y Malasia. Las Navidades las pasó en la India, en la Premier Badminton League, una competición en la que los mejores equipos hacen una subasta para fichar a los grandes jugadores. “Una videollamada con mis padres el día 25 de diciembre y listo…”, cuenta. Le quedan seis días en Indonesia antes de poner fin a la gira oriental y regresar a Madrid. No sospechaba que lo haría con muletas y el ligamento cruzado anterior roto. Un mal apoyo en la final la dejó fuera de combate y la mantendrá siete meses lejos de las pistas por las que se desvive.

Carolina Marín mira con preocupación el tráfico de Yakarta de camino al pabellón.
Carolina Marín mira con preocupación el tráfico de Yakarta de camino al pabellón. JULIÁN ROJAS

“Se me ha puesto cara de asiática y todo”, bromea ese lunes 21 de enero. En Asia, sobre todo en Indonesia e India, Carolina es un fenómeno de masas (el 53% de sus seguidores en Facebook es indio y el 18% de Instagram, indonesio). “Aquí el bádminton es lo que en España es el fútbol, el baloncesto o el tenis. Y se percibe, claro. Indonesia es el país en el que más me gusta jugar por cómo viven este deporte y por la afición que hay. ¡Vas a alucinar esta semana [advierte a la periodista]! Normalmente, en un pabellón no se empieza a jugar hasta que todos estén en silencio, aquí cuando más ruido hay es cuando se juega. Se te ponen los pelos de punta, es alucinante, es como si hubiera 8.000 ultras”, detalla. Y, efectivamente, el ruido es ensordecedor en las gradas repletas de mujeres con velo.

Las ojeras denotan cansancio. Ha llegado la medianoche anterior de Malasia y a las 11 ya está en el gimnasio del hotel. Los nervios en el taxi por no poder llegar a tiempo al pabellón están justificados. Tiene la pista reservada durante una hora para ella sola; la primera toma de contacto antes del torneo es fundamental. “Como hay mucha humedad y calor en la calle, en los pabellones de Asia ponen el aire a tope y eso afecta al vuelo del volante. Pesa tan poco [menos de 5 gramos] que es fácil que se vaya con muy poco. Por eso mi juego cambia en este tipo de pabellones; la primera toma de contacto con el volante nos permite tener buen control del pabellón”, explica.

‘Selfies’ y ovaciones

En Yakarta la idolatran. “¡Marín, Marín!”, le gritan a la salida de las instalaciones mientras la rodean para pedirle selfies. Y así es a diario después de cada partido. Dentro, es una ovación cada vez que los altavoces anuncian que está llegando a la pista. “Please, please, I’m pregnant [por favor, estoy embarazada]”, le grita una mujer, que no alcanza a llegar a la primera línea de las vallas, para llamar la atención de Carolina y hacerse una foto. En el pabellón hay una zona de rezo. Los que no hacen cola para los autógrafos, la hacen para la oración. “El apellido es lo que llevo escrito en la camiseta y en el chándal, por eso gritan Marín y no Carolina”, explica la española. En Yakarta tiene su mayor fan —la conocen todos por eso—: es Adhe y tiene 39 años. Conoció a la española por Facebook en sus inicios. La tiene grabada en el móvil como “My lil’s Caro [mi hermana pequeña Caro]” y de fondo de pantalla hay una foto de ellas dos juntas. Es la única a la que Carolina deja acceder a la zona reservada a los jugadores. No se pierde un partido suyo. “Habla hasta con mi madre…”, dice Marín.

En Indonesia el bádminton es deporte nacional. El país tiene 250 millones de habitantes y un número incalculable de licencias. De sus 30 medallas olímpicas, 19 son de bádminton. Los primeros oros que se asignaron en el debut de este deporte en los Juegos (Barcelona 92) los ganaron dos indonesios: Susi Susanti y Alan Budikusuma. “El sistema de clubes es la clave para identificar fenómenos en un país con tantos habitantes. Los mejores clubes son muy competitivos, bien financiados y siempre en búsqueda de nuevos talentos”, explica Christian Hadinata, director de la asociación indonesia de bádminton, e histórico jugador de dobles. Hay dos tipos de clubes: unos prepararan los atletas para la excelencia; otros se dedican a la formación y promoción del bádminton.

En España, según los últimos datos disponibles, hay 7.789 licencias. No hay un sistema de clubes que ayude a que los jugadores emerjan. Tampoco un sistema de competición que permita que haya competitividad. Marín se entrena con chicos en el CAR. “Para medirse a las mejores, Carol ha tenido que salir fuera. En los países de tradición hay circuitos nacionales, en España Carol casi nunca lo ha jugado porque no tenía sentido [por el nivel bajo]; se tuvo que ir fuera muy pronto a jugar el circuito internacional”, explica Anders Thomsen, uno de sus dos entrenadores. “En Indonesia es diferente. Años atrás venía un par de semanas al centro nacional a entrenar para desarrollarme mucho más con la ayuda de buenos jugadores y buenos sparrings. El nivel es muy bueno y la diferencia es brutal. Aquí entrenaba con las chicas, era mejor que ellas pero como había muchas podíamos ir rotando. Con los chicos no, que me meten una paliza”, analiza la española.

Que una chica de Huelva de 25 años sea campeona olímpica, tres veces campeona mundial y cuatro veces europea y haya derribado el imperio asiático (China y Corea son otras de las fábricas de campeones de bádminton con 41 y 19 medallas olímpicas, respectivamente) habiéndose formado en un país sin tradición, es lo más parecido a un milagro. Construido a base de trabajo, cabezonería, esfuerzo, sacrificio y dedicación.

“No hay más que eso, yo no creo en el talento”, asegura la española. Como hiciera Seve con Pedreña en el golf, la onubense ha puesto a Huelva y a España en el mapa mundial del bádminton. “No soy consciente de ello. Era imposible pensar algo así. De hecho, ni sabía que me iba a dedicar al bádminton como me estoy dedicando ahora… empezó como un hobby”, explica. La sorpresa que generó al principio en el ambiente internacional ha dado paso a la admiración. “Where is Marín, where is Marín? [¿Dónde está Marín?]”, grita excitado un grupo de niñas de uno de los clubes que Djarum tiene al este de la capital en cuanto se dan cuenta de que los que han pisado su pabellón son españoles. “Nos gusta por su espíritu de lucha [fighting spirit]”, cuentan. “Es rápida de piernas y de cabeza. Es muy bueno para el mundo del bádminton que un país sin tradición como España tenga una campeona olímpica, es un ejemplo de cómo con el trabajo se puede llegar al éxito”, apunta Hadinata sentado en una banqueta. Hace más calor que en una sauna.

“El primer Mundial que gana Carolina [2014] fue su primer gran campeonato internacional. No había ganado ningún super-serie antes y había muchos comentarios de los entrenadores de otros países: ‘Bueno: ha tenido suerte’. En 2015, cuando ganó el All England —el Wimbledon del bádminton, el torneo más difícil de ganar— y otra vez el Mundial, la gente ya empezó a decir: ‘A lo mejor no es suerte’. Era un hecho que Carolina era la mejor. La sorpresa se transformó entonces en admiración”, cuenta Anders. En su equipo están, además de este danés de 35 años, Fernando Rivas (primer entrenador), Ernesto García (entrenador asistente encargado de análisis de vídeo), Diego Chapinal, Nacho Sarria y Carlos Santos (fisioterapeutas), Guillermo Sánchez (preparador físico), María Martínez (psicóloga) e Ignacio Paramio (jefe de prensa).

La ‘jefa’ del equipo

Por las noches, durante la cena en el restaurante del hotel, el ambiente es distendido. No se habla de bádminton, ni del torneo. Los análisis vendrán luego en la habitación del entrenador. “¡Jefa, no me ayudas nada eh! La de veces que te he pedido que me eches una mano para buscar novia… A ver si me promocionas”, le vacila Nacho, el fisio. Masajistas y técnicos se van turnando en los viajes. En las citas más importantes —Mundiales, Europeos y Juegos— suelen estar los dos entrenadores. En los demás torneos, sólo se desplaza uno, para que el resto del equipo de bádminton del CAR de Madrid no se quede solo. Para todos Carol es la jefa. Es lo que mejor define su carácter ganador y capacidad de superación.

Los planes se ajustan sobre la marcha y en función de los horarios del torneo. En este, la española sabe a qué hora juega con no más de 12 horas de antelación. Hoy es martes 22 y la escapada a un centro comercial para comprar una tarjeta de datos salta porque la acaban de avisar de que su primer partido será a las 9 del día siguiente. Eso implica levantarse a las 6 (sus entrenamientos empiezan a las 11). No hay tiempo para compras. Toca estirar y analizar a la rival. “No suelo comprar tarjetas de datos cuando viajo al extranjero: tiro del wifi del hotel porque fuera de él prefiero desconectar y centrarme en lo mío. Pero aquí la necesito para controlar el tráfico, que es una locura, y para pedir los taxis vía app”, cuenta tirada en la camilla que el fisio ha montado en su habitación. Durante la hora y media de tratamiento, se ve a la Carolina más distendida y bromista: las charlas pasan por temas como la huelga de taxistas en Madrid y cómo ligar en Tinder.

Los botones del hotel preguntan a diario por cómo ha ido su partido y por la rival del día siguiente. “Mañana también ganamos”, sonríen. Los camareros la saludan con familiaridad. El hotel tiene su propio equipo de bádminton y se presenta por el hall una tarde sólo para hacerse una foto de grupo con Carolina. Meliá es uno de sus patrocinadores. Le roban una hora para grabar un pequeño vídeo mientras se bebe un zumo de jengibre y zanahoria. “¡Qué mal se me da esto!”, bromea entre toma y toma. “La suerte me sonríe”, lleva escrito en la camiseta. No del todo le sonrió en Yakarta, donde acabó llorando de dolor. Le duró unas horas; ahora afronta con garra su batalla más dura.

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