En un entorno de dolor y desesperación Capi, el sepulturero más veterano de un cementerio, vive en un estado de esperanza permanente que le alivia de su convivencia diaria con el sufrimiento ajeno. Ese momento placentero lo provoca Marta, que una vez al mes lleva flores a la tumba de su marido.
El cortejo de Marina Seresesky retrata la existencia de unas personas ya maduras cercadas por la muerte, y que llevan unas vidas un tanto sombrías. En un lugar tan siniestro, sin embargo, uno de ellos, todavía vislumbra una luminosa salida a esa realidad tan anodina.
Capi –muy convincente Mariano Llorente- cuenta los días que faltan para la llegada de una inspiradora ilusión, Marta –eficaz, como siempre Elena Irureta-. La historia desprende un halo de humor negro que Marina, autora también del guión, modula con precisión, logrando un retrato de los personajes muy cercano e intenso.
Fotografiada por la propia autora, su óptica capta con cierta naturalidad la rutina de unos individuos que intentan sobrellevar los sentimientos ajenos.
El cortejo subraya la ilusión como motivación principal, como eje conductor en la existencia de un hombre que, aún en el escenario más negro que uno pueda imaginarse, puede albergar el deseo de amar, eso es, de sentirse vivo.
Es un sueño fascinante que descansa sobre la tierra que encierra los secretos de tantas vidas perdidas. Marta es el último tren que puede ayudarle a recorrer un nuevo trayecto en su desdibujada estancia en el mundo.
Seresesky filma una historia íntima que conmueve por su sencillez. Su depurada técnica y la habilidad de su escritura fílmica han recibido ya numerosos reconocimientos, tanto nacionales como internacionales. Es un síntoma inequívoco de que la pieza transmite con claridad un mensaje tranquilizador aún en las circunstancias más inexplicables.
La idea, sugerente, sobre la probabilidad de hablar de amor y vida en el lugar donde reposan los que dejaron de sentirla, configura la base de una pieza que sublima los sueños y deseos de alguien que quiere alejarse de los fantasmas de esa soledad no deseada y que se aferra a la única posibilidad existente de esquivarla.
La biografía de Berthe Morisot (1841-1895) tiene mucho que ver con su formación pictórica. Discípula de Corot, adquiere la habilidad de pintar al aire libre. Su cuñado Manet la toma como modelo en alguna ocasión aunque su firme actitud ante la pintura, la permite incorporarse de pleno derecho a este grupo de impresionistas. Ahora, el Museo Thyssen la dedica una retrospectiva, confirmando su programa de divulgación de la obra de aquellos artistas que han sido poco reconocidos.
La muestra se compone de una treintena de obras, cedidas por el Musée Marmottan Monet de París, de fotografías de índole familiar y, además, en un ejercicio que sirve para arropar a la pintora francesa, se enseña una selección de piezas de otros artistas contemporáneos suyos como su maestro Corot, Renoir, Degas, Monet, Pissarro y Boudin.
Es, en cierta manera, un homenaje a una mujer que ha sabido hacerse un hueco entre los componentes de un grupo artístico fundamental en la historia del arte. Sirve, asimismo, para destacar el mérito que conlleva escapar del tradicional oscurantismo que se ha asignado tradicionalmente a la mujer en la creación.
Si algo define su impronta es la pasión que concede a sus piezas. En este sentido, destacan sobremanera los efectos que otorga a la luz y el color. Sus composiciones, de una elegancia exquisita, abordan de una forma muy especial paisajes, escenas cotidianas y retratos cercanos.
Su paleta recrea un estilo en el que predomina la mirada femenina, así lo podemos apreciar en El espejo de vestir (1876). O también en otros relevantes retratos como el de su marido Eugéne Manet en la Isla de Wight (1875) y Retrato de Louise Riesener (1881), con los que refuerza la observación íntima de sus personajes.
Muy destacables también son Pastora tumbada (1891) y Pastora desnuda tumbada (1891), obras de una serenidad inmensa que se integran en una visión idealizada del mundo rural.
Morisot se convierte así en una integrante respetada en un mundo masculino: el tratamiento que propicia al tema de la mujer es, sin duda, su gran aportación.
Recuperamos por tanto la figura de una artista un tanto desconocida y menospreciada por la Historia que atesora un interesante corpus creativo, cuya calidad engrandece un poco más al impresionismo, el movimiento que bendice la luz y el color.
Alber Ponte es el director europeo que más cortometrajes ha realizado. Su filmografía alcanza casi los 60 títulos, además de dos largometrajes y el tercero en preparación, Little Galicia.
Responsable también del maravilloso Luz encendida, el que ahora nos ocupa, El origen del problema, brinda la excelente oportunidad de apreciar la capacidad artística de dos jóvenes debutantes: Nancho Novo y Luis Tosar.
En la cinta, un transeúnte (Nancho Novo) encuentra una cartera con dinero en la calle y se la entrega a unos policías que asisten asombrados ante ese gesto de honradez. La escena define el planteamiento vital de un personaje ciertamente atípico, cuya opción primordial es la de ayudar a los demás.
Un vendedor (Luis Tosar) se presenta en su casa y le quiere entregar un coche, que es el premio obtenido por acertar una pregunta en un programa radiofónico. En ese instante, el extraño invade el hogar de una persona blindada en un espacio interior en el que dominan los recuerdos de la infancia.
Novo y Tosar entablan un diálogo sin final de cuyo resultado se colige que el acreedor del premio 'ha caído en la trampa'. Como alma caritativa que es, acompaña al vendedor enfermo a su casa. Durante ese trayecto, la habilidad visual de Alber nos muestra algo muy habitual en su cine: el contraste entre la urbe y el campo. En ese trasvase se constata la radical diferencia de vida entre la quietud del campo (rodada en Alcalá de Henares) y la vertiginosa aceleración de las ciudades.
En ese territorio aislado conoce a la hermana del vendedor, una hermosa María Seyer quien será, como si de Eva se tratase, la que le ofrezca la manzana de la tentación. Su madre -una estupenda Alicia Agut- asiste en un silencio cómplice al inicio del cortejo. La escena del tendedero de ropa ejemplifica simbólicamente el cambio que se va a producir en la vida de Jaime.
Una hermosa elipsis final cierra el círculo, presentando a un desconcertado Nancho Novo, casi una década después. En el instante en que observa el motor de su coche, comprende que ha caído en una gran tela de araña.
La pieza, producida por Antonio Conesa y Juan Vicente Córdoba, plasma alguno de los conceptos del cine de Alber Ponte. Como hemos señalado, la dicotomía entre campo y ciudad, pero también la solidaridad, la integridad y el engaño.
El cineasta gallego, nacido en Dorking, Surrey (Inglaterra), aporta un discurso fílmico pleno de coherencia, con un fuerte potencial narrativo que le acompaña a lo largo de su carrera. Deseamos a este viejo 'rockero del cine', mucha suerte en su próximo proyecto.
Aleksandr Deineka (1899-1969) es el prototipo de artista representante de los ideales que implantó en Rusia la Revolución de octubre. Precisamente, esa fidelidad al denominado “realismo socialista” le cerró las puertas al reconocimiento internacional.
La Fundación Juan March acoge ahora 250 piezas suyas en la muestra Una vanguardia para el proletariado en la que incide en la comunión existente entre cierta vanguardia y el nuevo arte impulsado por el Partido Comunista de la Unión Soviética. Así pues, recibimos la obra de uno de los más importantes creadores de este inmenso país cuya inventiva abandona por tercera vez Rusia.
En esta magnífica antológica, se puede analizar con detalle la calidad de un virtuoso del dibujo, un pintor que abandera la vanguardia, amante del color, cuya creatividad se acomoda sin problema al relato pictórico exigido por la Revolución: escenas de masas, las fábricas y, básicamente, retratos de los motores de ese cambio, los trabajadores.
Otra faceta muy interesante de este artista es la de gran cartelista e ilustrador.
Lógicamente, Stalin intenta aprovechar esa cualidad para 'vender' la dictadura del proletariado, como podemos apreciar en El ateo en la máquina nº 9 (1927), en la portada de la revista DAYÓSH (Hagámoslo) (1929) o en el cartel propagandístico Convertiremos Moscú en el modelo socialista de la ciudad del Estado del Proletariado (1931).
Destacan, igualmente, las imágenes que rinden culto al cuerpo atlético del nuevo hombre soviético, Gimnasia matutina (1932), El portero (1934) o el excelente Autorretrato (1948).
En la muestra se incluyen, además, piezas de otros grandes vanguardistas que no tuvieron el mismo tratamiento por parte del régimen comunista, inmensos artistas como Malevich, Rodchenko, Popova, El Lissiszky o Klusis, así como trabajos de creadores afines al estalinismo como Kuzma, Pimenov o Moor.
En cualquier caso, la obra de Deineka supera en numerosas ocasiones los clichés ideológicos, fusionando vanguardia y realismo. Es cierto que mantuvo privilegios para abandonar el país, pero también es verdad que, a la muerte del dictador, descansó y vivió una época floreciente con los nuevos tiempos impulsados por Nikita Jruschov.
Aquí, nos quedamos con el autor de piezas luminosas como Futuros aviadores (1938) y En la cuenca del Don (1947), que mantienen la clarividencia de un gran pintor.
Son más de cien obras de este pintor francés (1798-1863) que desvelan la personalidad e inventiva de un hombre contradictorio, aspirante a muchas cosas y que casi siempre consigue las opuestas. Un autor que concede notoriedad al color e influye en los primeros impresionistas.
Presenciamos la mayor antológica de Delacroix en España y, sobre todo, disfrutamos de la oportunidad de apreciar numerosas piezas nunca antes vistas en nuestro país. Esto se debe a los préstamos de la National Gallery de Londres, del Metropolitan de Nueva York, del Art Institute of Chicago y, principalmente, del Museo Louvre de París.
La muestra traza un amplio recorrido por todas las etapas de su producción, desde las iniciales piezas de inspiración clásica hasta un periodo de mayor madurez en el que el pintor esboza una temática de mayor realismo.
Su vocación literaria proviene de su amistad con Victor Hugo, Alexandre Dumas o Baudelaire. Cultiva también la buena relación con los músicos Chopin y Schubert aunque, curiosamente, en uno de sus viajes a Marruecos, se libera de ese influjo cultural.
Una de las obras cumbres de esta exposición es Mujeres de Argel (1834), que mantiene una deuda evidente con Goya e imprime la huella de su paso por Madrid.
Inquieto y apasionado, Delacroix muestra un inquebrantable compromiso con la libertad, como se puede discernir en Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi (1826), en la que penetra en el dolor de los griegos: qué lejos en el tiempo y cuánta cercanía con la última realidad del pueblo heleno.
Reconocemos el perfil de un creador que busca la ruptura y experimentación. Un hombre de enorme capacidad intelectual, de cuya paleta surgen aromas de vanguardia.
El artista funde pasión, conocimiento y virtuosismo con una vocación clara de ruptura: avanzar para cambiar, o modificar lo establecido para reinventar algo diferente. Un lujo de creador y una excelente noticia que su talento brioso resida en Madrid por unos meses.
Roger Villarroya deslumbró con su anterior trabajo Capicúa, mostrando una sensibilidad exquisita en el análisis del comportamiento humano. Ahora presenta el documental Espectadores, que se ha rodado en el pueblo de Puente Piedra en Perú y en el que relata la obscena realidad que viven sus habitantes.
La primera secuencia muestra a los espectadores de un cine en los instantes previos a la proyección. El director los sitúa frente a una pantalla en la que podrán visionar la realidad de un pequeño municipio peruano. El público asistirá como testigo a la exhibición de una obra que mantiene una mirada honesta y plena de realismo.
Villarroya pone su cámara al servicio de la colectividad, dejando testimonio de los deseos y frustraciones de unas personas cuya máxima es la de conseguir la igualdad de los seres humanos y que no reniegan en absoluto de sus orígenes.
Por la óptica de Roger desfilan los habitantes de este siniestro territorio. Resuenan ante nosotros sus categóricas expresiones: “me gusta este lugar por las personas” y, sobre todo, “quiero vivir como una persona”.
Y es que el relato de este documento fílmico nos recuerda a una obra cumbre de nuestro cine, Las Hurdes-Tierra sin pan del maestro Buñuel; han pasado muchos años pero la miseria sigue siendo protagonista en numerosos rincones de nuestro planeta.
Villarroya no hace demagogia, su cámara no manipula, deja fluir los hechos tal y como suceden. No hay música preciosista que apoye las imágenes. La banda sonora son las voces de estos héroes que luchan cada día por llegar al siguiente. Tan solo al final de la cinta, la hermosura musical de Pablo Laspra acompaña la luz que aflora en cada uno de los individuos que caminan por un terruño que está marcado por la muerte.
Escuchamos emocionados testimonios como el de la madre que justifica su deseo de vivir por “el hijo que me hace despertarme cada día”. O sueños infantiles, como el de ese niño que confiesa “siempre soñé con tener una bicicleta” que nos trae a la memoria aquel otro de Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica.
Observamos, igualmente, la irrupción de un camión que publicita una cerveza que “avala el cuerpazo”, curiosa ironía para aquéllos que apenas tienen algo comestible que llevarse a la boca.
Espectadores deja en nuestra retina múltiples imágenes que se cuestionan la sociedad en la que vivimos. Su mirada es cine urgente y necesario que acoge el grito desgarrado de un pueblo que consigue despertar nuestras conciencias, transmitiendo de manera muy clara el mensaje de unos parias que claman por no caer en el olvido, por sentirse, nada más y nada menos, como personas. Gran documental.
El Renacimiento, tan justamente alabado en infinidad de oportunidades, sirve también como gran forjador de la arquitectura contemporánea. Hasta el siglo XVIII, concentra las ideas principales de una pintura que ahora es abordada en profundidad en la muestra Arquitecturas pintadas. Del Renacimiento al siglo XVIII, que nos presentan conjuntamente la Fundación Cajamadrid y el Museo Thyssen y que resume el concepto de representación de las ciudades y sus elementos arquitectónicos.
Las obras aquí reunidas abarcan desde el siglo XVI al XVIII y posibilitan el conocimiento de la evolución técnica de arquitecturas y, sobre todo, su asentamiento como género con independencia propia.
La formulación de las arquitecturas como recursos pictóricos pasa a convertirse en una exhibición de poder de quienes solicitan los cuadros, principalmente reyes, nobles, burgueses y, por encima de todos ellos, la iglesia que, lógicamente, son los únicos que se pueden permitir pagar a los artistas.
Así, el común denominador de este antológico desfile de obras maestras es el paso del tiempo y la memoria. Pero también, la ostentación del poder, la exhibición sin pudor de unos recursos que atraen una nueva mirada hacia un arte que se desvincula un tanto de lo anterior.
Este recorrido se exhibe cronológicamente, en un primer espacio –Museo Thyssen- que se centra en los siglos XIV a XVII y cuyo destino final es el siglo XVIII –Fundación Cajamadrid-. A lo largo de los 13 capítulos en que se ha dividido la muestra, apreciamos la variedad temática de la arquitectura y navegamos por el recuerdo de ciudades que representan el pasado y el presente. La exposición supone un ejercicio de reflexión colectiva de gran importancia que se vertebra en obras que desarrollan escenarios únicos.
Son destacables piezas como La curación del niño endemoniado y la traición de Judas (1425) de Francesco D’Antonio, La Anunciación (1448) de Fra Carnevale o Vista de una ciudad (1520) de Girolamo Da Cotignola, en las que la perspectiva toma protagonismo. La utopía desgarradora es abordada por Van Valckenborgh en La torre de Babel (1595) y el regreso al esplendor y la ruina de los antepasados queda expresado en Capricho romano con el Coliseo de Bernardo Belloto (1746). También hay presencia de Il Canaleto con La plaza de San Marcos en Venezia (1723).
Son 140 pinturas que acogen lo mejor de este nuevo género, destacando artistas como Tintoretto, Hans Vredeman de Vriesque, Gaspar van Wittel, Hubert Robert o Duccio di Buonisegna, entre otros. Todos ellos protagonistas de esta mirada retrospectiva en la que los edificios toman protagonismo, acercando una nueva realidad que se aleja del simbolismo precedente.
La pieza nos presenta a Antonio (Gustavo Salmerón) quien regresa a casa un tanto desencajado. Ha tomado una decisión drástica: dejar a su mujer (Pilar Castro). Nadie tiene la culpa es el último trabajo de Esteban Crespo tras el exitoso recorrido de Lala –también analizada en esta sección-.
Seleccionada por la Comunidad de Madrid entre los ocho trabajos que la Asesoría de Cine presenta bajo el sello 'Madrid en corto', la cinta, que habilita la teatralización escénica, desvela de nuevo la pericia de su director para extraer de sus actores lo mejor de sí mismos.
Pilar Castro da rienda suelta a sus excelentes dotes interpretativas acompañada por el siempre eficaz Gustavo Salmerón: ambos mantienen desde hace años un fuerte compromiso con este formato cinematográfico.
La película habla de seguridad y de libertad. El protagonista masculino de la historia se desanuda el nudo de la corbata antes de llegar al hogar. Tiene tres hijos y una vida acomodada pero ese gesto rutinario significa algo más: su deseo de regresar a los sueños de juventud (incluso se pone una camiseta juvenil) para recuperar una vida alejada de sometimientos y responsabilidades.
El entramado narrativo formulado por Esteban Crespo, basado en planos secuencia, acoge un duelo interpretativo de primer nivel. En esta lucha sin cuartel, la psicología femenina tomará ventaja. Pilar Castro despliega con firmeza su poderío y desarma con habilidad los argumentos de su pareja.
En algunos momentos y bajo el manto lumínico de Ángel Amorós, la joven actriz maneja de forma admirable la mente de su marido. Castro se apodera de la película de forma majestuosa, componiendo un personaje que destaca por su astucia y sutileza.
Nadie tiene la culpa revela la dicotomía que se establece en la vida de un hombre insatisfecho y también algo inmaduro. Mantiene la huella humorística del último cine de Crespo y se ve fortalecida por la sapiencia técnica de Roberto Hernández en el sonido y de Vanesa Marimbert en el montaje, tan necesarios siempre.
De esta forma, el director madrileño presenta una película que además de abordar temas como el desamor y hastío en la pareja, explora la psicología de los personajes con un humor soterrado e inteligente que define las señas identificativas de un director con una proyección muy interesante.
José Manuel Ballester, Premio Nacional de fotografía en 2010, presenta en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid La abstracción de la realidad, curioso título que intenta fundir dos conceptos artísticos verdaderamente antagónicos.
Son casi 50 obras que dialogan en un punto lumínico en el que las arquitecturas configuran un formato abstracto que se crea bajo la fina mirada de este artista madrileño, quien concede ese tono íntimo, buceando en su realidad cotidiana.
El trabajo mostrado por Ballester, que acumula la producción de los últimos cinco años, se encamina a su concepción del espacio y tiempo, siempre teniendo muy presente la incidencia de la luz.
Pintor reconocido en sus comienzos, a partir de 1990 centra su arsenal inventivo en la fotografía arquitectónica. Sus composiciones enfocan desde el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York), el Rijksmuseum de Amsterdam hasta los espacios públicos del Museo del Prado, el Museo Reina Sofía o el Teatro Real.
En esta muestra, José Manuel Ballester explica la necesidad que tiene cada lenguaje de su opuesto, de ahí el título otorgado a la exposición, que define la identidad de su última propuesta.
Su intención es nítida, la unificación del arte, eliminando barreras técnicas para conceder a la expresión artística un ideal alejado de obstrucciones mentales.
El artista madrileño recorre paisajes arquitectónicos en los que la presencia humana es nula. El silencio se torna protagonista, configurando un lugar vacío sobre el que reposa la memoria de la presencia.
Pero Ballester enfoca su instantánea como búsqueda de alguna aportación al conocimiento. Los ángulos de su óptica son precisos y evidencia el talento de un creador que se cuestiona la utilidad del arte. En sus últimas obras intenta reflexionar sobre la posibilidad de alcanzar una mirada distinta que conceda otra perspectiva al panorama de la creación.
Así pues, en este espacio cultural madrileño, participamos de un proceso mágico que erige puentes para conectar el acto de la creación, con objeto de formular un lenguaje universal liberador de las ataduras que impiden la manifestación de un arte inequívoco, como máxima expresión de la cultura.
· LA CITA
La abstracción de la realidad
- Dónde: Sala Alcalá 31. C/ Alcalá, 31 - Teléfono 91 720 82 51. - Horario:De martes a sábados: De 11:00 h. a 20:30 h. / Domingos, 9 septiembre, 12 octubre, 1 y 9 noviembre: De 11:00 h. a 14:00 h. / Cerrado los lunes. - Visitas guiadas gratuitas: Miércoles: 12:00 h. (El miércoles 12 de octubre no se llevará a cabo la visita guiada) / Sábados: 12:00 h. y 13:00 h. / 18:00 h. y 19:00 h. / Domingos: 12:00 h. y 13:00 h. - Entrada gratuita.
En esta obra, las notas musicales de un piano nos llevan a una habitación en la que se encuentra un príncipe de ojos azules –Pablo Castañón- que es la conciencia de una princesa destronada que intenta luchar contra su tristeza. Un comienzo deslumbrante que Molino filma con elegante sobriedad, penetrando en el alma de una mujer atrapada.
Dos billetes a Lisboa y una maleta nos hacen intuir un viaje que, tal vez, signifique ilusión. Sin embargo, esa maleta liberadora es claro objeto de disputa y el hombre se desespera, gritando a la joven: “mírame cuando te hablo”.
Percibimos la eterna espera –tan bien definida en las pinturas de Edward Hopper- y la ausencia: ejes cardinales de esta cinta y de otro corto de esta directora, Retorno, en el que también pudimos disfrutar de su excelencia técnica y, sobre todo, del cuidadoso barniz que concede a sus creaciones.
En ¿Te vas?, película de interesante trayectoria internacional, la exquisitez lumínica alcanzada por la propia directora dimensiona visualmente un espacio cercado por una realidad sombría.
La joven –Laura Díaz- intenta evadirse de su infelicidad y este hecho está muy bien representado simbólicamente en esa puerta cerrada que impide su huida. Su marido –Jon Valdivia- descubre una carta comprometedora y grita: “esto me pasa por ser bueno contigo”, añadiendo “no sé qué te pasa”. Sin duda, gestos cotidianos que definen síntomas de maltrato cuando quien los padece, intenta rebelarse.
Formalmente destacan unos encuadres exquisitos muy bien arropados por la brillante música de Dani Molino. Su delicada labor combina el desgarrador violín de Clémence Hazael con el chelo de Susanne Mesaros, nutriendo a esta historia de emoción y cierto desasosiego.
Igualmente destacable es la dirección artística de Luis Ramírez, que propicia el marco adecuado para el desarrollo del filme así como la batuta mágica en el montaje, de Roberto Hernández.
Esta mirada intensa seduce con momentos en los que observamos a personas en imagen detenida. Representan a testigos silenciosos del padecimiento ajeno: no quieren escuchar, no desean afrontar la realidad –como por ejemplo, el instante en el que una madre tapa los oídos de su hija-.
Hay otra escena muy significativa. En ella, la princesa reacciona y coge un teléfono, tal vez sea su última oportunidad. Su príncipe la anima: “sal de ahí, ¿no le odias?”. Y ella pronuncia la frase lapidaria: “no, le temo”. El miedo, otro sentimiento que cercena cualquier atisbo de esperanza. Y es que el pánico atrapa la ilusión de numerosas maltratadas, impidiéndolas la salida final del túnel.
Cristina Molino hace gala de una sensibilidad muy especial para tratar una temática, por desgracia, tan actual, en la que el horror ciega el deseo y paraliza la voluntad.
La pieza aborda los hechos con cierto pesimismo, o ¿realismo?, y deja una huella angustiada en el espectador.
¿Te vas? es una bella propuesta formal que narra la ausencia de amor y de libertad de una mujer desconcertada. Sus encadenados respiran aroma de cine auténtico, confirmando la coherencia de una joven directora de la que esperamos mucho.
La experimentación se da cita en la galería Ivorypress Art + Books con Ca-ro-ta, un proyecto muy especial de los pintores Eduardo Arroyo y Luis Gordillo junto al fotógrafo Jordi Socías.
La idea surge con motivo de una sesión fotográfica que el fotógrafo catalán realiza a ambos creadores, a quienes retrata manipulando sus caras. Ellos, en artística correspondencia, pintan una serie de rostros maquillados, con cierto sarcasmo en el caso de Arroyo, o con una vertiente algo expresionista en el de Gordillo. Como ejemplos de ello podemos destacar LG-079 de Luis Gordillo o La passion de Fantômas de Eduardo Arroyo.
La muestra supone un ejercicio reflexivo sobre la importancia de la máscara en el mundo del arte. Este despliegue pictórico desvela su esencia: la figura humana sin rostro.
Para esta exposición cómplice, el pintor madrileño recupera algunas piezas creadas en los años noventa en las que la máscara adquiere protagonismo, como el ya citado Fantômas o incluso esos encapuchados mexicanos que definieron en su momento una apuesta muy personal de Arroyo. Para él, la invisibilidad ejerce un influjo en el discurso intelectual sobre el significado del artista en la sociedad.
Por su parte, el creador sevillano posee un amplio mosaico de obras en las que la cara, los ojos o las cejas alcanzan un lugar destacado en su pintura. Aquí, barnizados con trazos amarillentos, apreciamos piezas que se transforman en expresiones ácidas.
Ambos artistas recrean un juego pleno de complicidad donde la insinuación y la confusión provocan un discurso enigmático del que ellos mismos quieren participar. A fin de cuentas, como señala Arroyo: “todos llevamos una careta y yo mismo me la pongo para descansar de mi persona”.
El tercer lado de este triángulo lo forma el barcelonés Jordi Socías, que actúa como un auténtico observador. Siempre en la sombra, defendiendo ante todo la mirada del ser humano.
Así, Ca-ro-ta se constituye como un experimento inteligente y original que une tres sensibilidades artísticas volcadas hacia uno de los lados ocultos del hombre.
El Festival Internacional de Cortometrajes ‘Almería en Corto’ tiene el acierto de premiar en cada edición al mejor proyecto de producción nacional. En 2010, el reconocimiento le ha llegado a Hugo Sanz. Como consecuencia de este galardón, el director donostiarra, afincado en Alcalá de Henares, ha tenido la posibilidad de rodar íntegramente en Almería Adiós muñeca, un thriller que narra la escapada de Sandra, a quien da luz Sara Casasnovas, que recordamos de la serie Amar en tiempos revueltos.
La acción, que mantiene un ritmo trepidante, gira en torno a este personaje femenino, quien vive una situación cargada de angustia provocada por Daniel Albaladejo –el vigilante de Cámara Café–. Sanz construye una película que destaca por la interesante interpretación del trío protagonista. A los ya citados, habría que añadir la notable composición de Alberto Ferreiro.
Adiós muñeca no discurre de forma lineal. Los tiempos narrativos se entremezclan para explicar la trama de esta huida. El espacio geográfico es un elemento importante de este filme. La fotografía de Juan Hernández enmarca con precisión el escenario desértico por el que deambula a toda velocidad esta pareja que huye de una realidad incierta. Una carretera solitaria, que recuerda a Easy Rider de Dennis Hopper, es la única vía de escape hacia un horizonte desconocido pero algo esperanzador. Ese entorno vacío conecta con el perfil de Sandra quien, a través de su mirada, transmite la decadencia de una mujer atravesada por la tristeza.
Hugo Sanz maneja con eficacia las dosis de intriga de la cinta, filmando secuencias como la de la desaparición de la chica detrás del muro en ruinas, en la que como si fuera un prestidigitador –título, por cierto, de un trabajo suyo anterior El prestidigitador– nos regala momentos de acción de indudable valía.
Adiós muñeca, precioso título que nos devuelve al cine negro, es un relato muy preciso alimentado por la fuerza de unas imágenes que transitan desde un claroscuro desesperado a una luminosidad vivificante, que son el espejo en el que se reflejan los anhelos de unos seres que emprenden una búsqueda esperanzada.
La brasileña Lygia Pape es una de las grandes creadoras contemporáneas de Brasil. Su descubrimiento no llegará hasta cinco años después de su muerte y tiene lugar con motivo de la presentación de su obra en la Bienal de Venecia: desde ese momento, será reconocida como artista fundamental del siglo XX.
Ahora, la muestra Espacio Imantado, compuesta por más de 250 piezas que presenta el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, se hace eco del prestigio de Pape (Nova Friburgo, 1927- Río de Janeiro, 2004) e ilumina con brillantez la trayectoria de una artista poseedora de un legado creativo pleno de calidad y de lirismo.
Sus comienzos la acercan al Movimiento del Concretismo que se desarrolla en Río de Janeiro y que se inspira en el arte abstracto de pintores como Kandinsky y Malevich, organizando el denominado Grupo Frente.
De 1953 a 1955 realiza pinturas que titula Jogos Vectorais, lienzos en los que destacan la geometría y los relieves. Posteriormente, experimenta con xilografías que permiten mayor proximidad a las formulaciones más avanzadas de la época. Su inventiva produce ‘perfomances’ en las que recrea sensaciones que conceden al conjunto de sus presentaciones una poética muy visual.
La artista brasileña propugna un arte que provoca un acercamiento al cosmos fundamentado en una expresividad que avala básicamente la observación poética. El año 1963 marca un punto de inflexión en su vida. Se disuelve el grupo neoconcreto y ella irrumpe en el medio cinematográfico, colaborando con el Cinema Novo.
El séptimo arte tiene su importancia en la antológica que tenemos el placer de admirar, ya que se han reunido por primera vez algunas de sus películas realizadas hasta 1976. Obras en la que concede un protagonismo primordial a sus geometrías.
La llegada de la dictadura militar en 1964 acentúa el compromiso político de la mujer de Nova Friburgo y esto se puede apreciar en películas como Wampirou (1974) o Arenas calientes (1974).
En su última etapa, destacan las piezas conocidas como Ttéia que, elaboradas en filamentos, vertebran variaciones en función del espacio y la luz, teniendo en cuenta siempre el soporte elegido para acoger estas proyecciones.
Lygia Pape logra un conjunto que integra ética, estética y política. Su inmensa producción busca imperativamente el cambio basado en la investigación sobre la materia y la forma, sobre los que imprime su huella poética.
Un hombre de treinta años debe cumplir una condena de dieciocho meses en prisión. En el penal sufre por la adaptación que supone convivir con personas con las que nunca hubiera imaginado mantener una relación aunque, curiosamente, esta experiencia dejará en él una huella perenne.
Tres razones de Enrique García ha sido rodada íntegramente en el Centro Penitenciario de Alhaurin de la Torre en Málaga, con la colaboración de los presos, algunos de los cuales han compuesto la banda sonora de este melodrama carcelario.
Antonio –buen trabajo de Chico García– debe aplicar un código interno que se basa en tres razones: descubrir su error para intentar corregirlo, aceptar el espacio que acaba de conocer y, sobre todo, tener siempre muy presente que la verdadera vida está fuera de la cárcel.
La pieza habla de los vínculos tan especiales que se crean entre personas que lo han perdido prácticamente todo. Una de ellas es Carmona –eficaz Héctor Medina– inestable y peligroso; otra es Lamís –muy bien Virginia Muñoz– toxicómana con evidente deterioro físico y el último lado de este triángulo oscuro es Sara –una brillante Virginia Demorata– que da vida a una mujer aislada de su familia y que deja algún momento sobrecogedor, como la llamada telefónica a su madre.
La fotografía de J.A. Crespillo desvela los claroscuros diarios de una ‘tribu’ privada de libertad. Son individuos que tan sólo se tienen a sí mismos y cuya única aportación a la esperanza es la convivencia, estableciendo lazos que alimentan su ilusión por seguir vivos.
Tres razones contiene algunas escenas destacadas. Por ejemplo, el instante en que Lamís se pinta los labios: este hecho supone un acto de rebeldía ante su degradante situación. Sus ojos desnudos cabalgan por la miseria que se oculta tras las rejas y ella opta por combatir esa ingrata existencia. Ese acto de verse guapa es una reafirmación vital.
La hermosura sonora de la guitarra de Riki Rivera y la flauta de Manuel Olmo desprenden notas que alimentan esa idea de que hay que aprovechar al máximo cada momento para intentar transformar en luz la oscuridad reinante en el recinto.
La película culmina con una canción de Antonio Remache que, cantada por Pasión Vega, adquiere una gran brillantez: “triste documento, mi casa está vacía, mi patio descontento, se queja noche y día". La voz de la cantante rubrica una cinta que intenta construir otra mirada sobre la vida carcelaria. Un submundo en el que los sentimientos se apoderan de la malherida realidad de un grupo de personajes a los que Enrique García ha dignificado.
La Revolución Rusa de 1917 supuso un cambio radical para combatir el orden social establecido. El Estado soviético que surge de este movimiento revolucionario promueve un lenguaje visual totalmente distinto, poniendo el arte al servicio del nuevo ideal socialista.
La exposición Construir la revolución. Arte y arquitectura en Rusia, 1915-1935 que presenta Caixa Forum en su sede madrileña constituye un hito fundamental para conocer una época esencial en el desarrollo artístico de este período.
Los años que siguen al establecimiento de un nuevo modelo de Estado se caracterizan por una riqueza incuestionable en el campo de las artes, principalmente en la arquitectura. En esta disciplina los artistas se ponen al servicio del poder, trasladando la ideología a un lenguaje absolutamente visual.
La muestra revisa cómo los artistas plásticos y los arquitectos unen sus inventivas bajo el manto bolchevique en unos momentos en los que destaca la radicalidad de las propuestas creativas. Todos los vanguardistas confluyen en el mismo punto de referencia, trabajando en el movimiento constructivista que propicia un cambio profundo en la estética más tradicional.
Artistas como Kazimir Malévich, Liubov Popova, Vladimir Tatlin, El Lisitski o Alexandr Rodchenko y arquitectos rusos como Konstantin Mélnikov, Alexandr Vesnin y Moises Guínzburg juntan sus esfuerzos con otros europeos como Le Corbusier y Erich Mendelsohn.
Por eso, esta antológica se ha planificado como un amplio diálogo entre arte y arquitectura, en el que, además, las numerosas fotografías del británico Richard Pare sirven de enlace y ofrecen un contexto adecuado a este estupendo mosaico de energías creativas.
La disposición de la muestra está dividida en diferentes apartados: Gobierno y comunicaciones, Industria, Educación, Ocio, Salud y Vivienda y un espacio muy especial dedicado al Mausoleo de Lenin.
La arquitectura soviética es muy funcional y se caracteriza por la capacidad de ahorro y eficacia, permitiendo cierta creatividad e incluso algún riesgo formal. Es indudable que ha dejado huella ya que aún en nuestros días es un referente para los creadores que buscan el máximo provecho de recursos a favor de la comunidad a la que entregan su obra.
Pero por desgracia, tras un período de luz esplendorosa, llega la oscura realidad. Una orden de Stalin de 1938, en la que impone un arte realista, da al traste con esta primavera espléndida y los autores que anteriormente eran considerados brillantes revolucionarios, pasan ahora a la condición de indeseables.
Esta es la reflexión que debemos hacernos y, para ello, hemos de escudriñar lo que aún queda de aquella resplandeciente pléyade de vanguardistas cercenada por los caprichos de otro dictador.
El cortometraje de género, en este caso de terror o de suspense, parece vivir momentos de cierta plenitud. En estas mismas páginas comentamos recientemente 8 de Raúl Cerezo, pero son igualmente destacables Quédate conmigo de Zoe Berriatúa o Muertos y vivientes de Iñaki San Román, quien ofrece una vuelta de tuerca al género con la inestimable colaboración de una espléndida Pilar Bayona.
El que ahora nos ocupa, Para no dormir de Miguel Larraya, es toda una declaración de intenciones pasionales hacia ese cine que sorprende, inquieta y crea tensión.
La pieza se adentra en la vida de Ana, una enfermera con problemas cada vez que se muere un paciente al que cuida. Sufre visiones y por este motivo es trasladada al turno de noche donde coincide con Rosa, una misteriosa compañera.
El director vitoriano, que ya apuntó buenas maneras en el sobrio Estocolmo, ofrece una obra en la que destaca la elaborada fotografía de Nacho López, quien eleva el tono técnico para acoger la luminosidad que imprime la pareja protagonista.
Así, Bárbara Santa-Cruz, convertida ya en una musa para los directores de este formato cinematográfico y a quien recordamos por su excelente registro en Clases particulares de Alauda Ruiz de Azúa, o por su interesante papel en Un novio de mierda de Borja Cobeaga, compone un personaje que rebosa madurez.
El otro pilar de la cinta, Leticia Dolera (en la imagen), que se ha iniciado también –y de forma muy positiva– en el mundo de la dirección con Lo siento, te quiero,logra aquí un perfil inquietante, alimentando un relato que depara alguna sorpresa que busca el asombro del espectador.
Para no dormir despliega una serie de recursos dramáticos que acentúan la pasión del director vasco por este tipo de cine. Pasillos de hospital, en los que en cualquier instante puede desbordarse la acción o una estética en la que convive el tono frío de las batas blancas con la calidez expresiva del rojo de la sangre.
Todo está concebido para profundizar en esa sensación de angustia que genera una planificación basada en la complicidad gestual de unas actrices que guardan lo mejor de sí mismas para el final.
Miguel Larraya demuestra con solvencia que una nueva mirada se acerca a nuestro cine: bienvenida sea.
El realismo ha sido casi siempre germen de controversia en nuestro país. Recuerdo que en el año 1992, Antonio López tenía preparada una muestra de su obra pero rechazó su exhibición al ser excluido este movimiento pictórico de la Colección permanente del Museo Reina Sofía. Afortunadamente, han pasado dos décadas y las aguas ya bajan más calmadas. Antonio López ha mantenido un espíritu fiel a sí mismo y es, tal vez, el único pintor que ha superado los sucesivos enfrentamientos hasta ser considerado un referente de la historia del arte español.
Ahora, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta la tercera antológica que se ofrece sobre su obra y que es, sin duda, la exposición del año. Este conjunto artístico es la producción de dos décadas de dedicación íntegra en las que el autor se implica al máximo.
El de Tomelloso (1936) se inicia en la pintura gracias a la influencia de su tío, el pintor Antonio López Torres, cuyo influjo artístico le acompañará en toda su trayectoria. En el año 1950 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y allí coincide con un grupo con el que, con el paso de los años, forma el denominado ‘Realismo madrileño’, del que destacan Lucio Muñoz y Enrique Gran –posteriormente identificados con la abstracción–, Francisco y Julio López Hernández, su mujer, María Moreno, e Isabel Quintanilla.
El año de 1970 marca un hito importante en su carrera, ya que firma un contrato de exclusividad con la Galería Marlborough de Nueva York, sin embargo, no será hasta una década después cuando logre un verdadero reconocimiento en España.
De entre las 130 piezas que componen esta exquisita muestra hay mucho que destacar. Como las esculturas, y en especial Hombre (1968-1994) que define la preocupación del artista por la figura humana y, sobre todo, la minuciosidad en la elaboración de su inventiva: López es conocido por su meticulosidad, que le lleva a realizar un proceso creativo muy lento y cuidadoso. Precisamente las esculturas Carmen dormida y La mujer de Coslada reciben con majestuosidad a un público entusiasta.
Las salas del Thyssen se configuran a modo de taller en el que deslumbran las vistas de ciudades, desde su Tomelloso natal hasta la exclusividad del espacio creado para dar cobijo a su particular visión de la Gran Vía madrileña.
Son obras que nos devuelven la mirada hacia esos arrabales creados sobre Vallecas que representan un modelo de paisaje urbano. Esas figuras, retratos o ventanas conforman un mosaico de recuerdos, un estilo intransferible en el que el compromiso del autor es inequívoco. Un manchego generoso que permite que su público le observe en silencio en ese instante especial en el que emprende una búsqueda rigurosa para capturar la luz mágica de una ciudad –Madrid– con la que se muestra entregado.
Quizá nadie como el cineasta Víctor Erice, en su obra El sol del membrillo, haya sabido reflejar de manera tan magistral ese proceso interno en el que un artista lucha y crece junto a su obra. Erice descubre ensimismado ese instante de una creación cautivadora, meticulosa, mágica, misteriosa y equilibrada.
Bienvenido sea este maravilloso encuentro con un artista único que es, desde siempre, un maestro del arte contemporáneo español.
Sentimos de nuevo en nuestra capital la presencia arrolladora de París. Al estreno reciente de la última aventura cinematográfica de Woody Allen, Midnight in Paris, se une ahora la exposición que presenta la Fundación Mapfre Eugène Atget-El viejo París. Dicha muestra se compone de 200 imágenes seleccionadas entre 4.000 piezas que representan lo mejor de este actor taciturno, alejado de las modas aunque de vital importancia para los surrealistas y, sobre todo, para otros grandes fotógrafos y documentalistas como Walker Evans y Cartier-Bresson.
Eugène Atget (1857-1927) nos acerca a la capital francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Retirado por enfermedad de su vocación de actor, dedica sus esfuerzos creativos a desnudar un París alejado de la Belle Époque.
Como consecuencia de su amplio conocimiento del terreno que pisa y explora, sus paseos infinitos impregnan unas instantáneas color sepia que acogen personajes abocados a la desesperación en un submundo que vive sus últimos días debido a la transformación inmobiliaria que se avecina.
Son imágenes del Viejo París que enseñan algunas zonas que han escapado de esa reconversión arquitectónica. Su mirada profunda penetra en callejuelas escondidas, motivos nada atrayentes sobre los que interviene la sugestiva capa de una cámara de fuelle muy pesada, cuyo despliegue sobre el escenario que va a reflejar escenifica otro interesante motivo de atracción.
El parisino trabaja siempre en el anonimato, además se le considera como un fotógrafo comercial que vende composiciones que serán utilizadas por numerosos pintores. En la muestra se presenta también como apéndice una selección de 43 fotografías pertenecientes al álbum de Man Ray quien, sin duda, fue un elemento clave en la divulgación de la obra de Atget. Gracias a su empeño, las instituciones acceden a acoger su inmenso caudal documental que será saludado efusivamente por las vanguardias del momento.
Participamos pues de un hermoso recorrido por las viejas calles parisinas. La poética visual que transmite este artista nos traslada a un momento de la historia que enlaza con esa aventura cinematográfica apuntada al inicio de este artículo en la que el genio judío del séptimo arte recrea una parte de la luz que captase un siglo antes Eugène Atget.
· LA FICHA Eugène Atget-El viejo París. DÓNDE: Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. CUÁNDO: Hasta el 27 de agosto. SEPA MÁS: www.exposicionesmapfrearte.com
La pieza se inicia en una parada de autobús. Un individuo sube con ademán rutinario a este vehículo público. En el interior le acompañan otros pasajeros que desde el anonimato comparten con él ese recorrido silencioso que realizan cada día tantas personas por diferentes ciudades del mundo.
Él es Miguel Ángel Jenner, inmenso actor de doblaje que fue responsable de esta tarea en El señor de los anillos y también voz de Samuel L. Jackson y Jean Reno. Miguel Ángel Jenner dosifica una interpretación cargada de matices, hasta conseguir una actuación memorable.
Jenner se apodera de La historia de siempre de José Luis Montesinos, mostrando un registro –ahora delante de las cámaras– verdaderamente interesante. Su personaje mantiene, a través de un móvil, una intensa conversación con su mujer, con la que intenta resolver la crisis de pareja que padecen y cuyo desarrollo crea expectación en el resto del grupo de viajeros.
Este hombre anónimo interpreta el papel de su vida. El autobús actúa de escenario improvisado donde numerosos ojos están ávidos por conocer más detalles de un relato que les engancha. Son, en cierta medida, el público que asiste a una representación a la que se entregan y de la que reciben mensajes que les hacen transformar sus hábitos: como ejemplo, la pareja que decide no apearse en la parada que habían solicitado.
Montesinos controla una historia que trasciende de la propia anécdota y en la que mezcla muy bien ficción con realidad, alcanzando un crescendo narrativo que desemboca en un muy interesante ejercicio sobre el punto de vista.
Este eje dramático lo define también el aspecto del protagonista: su presencia, algo descuidada, invita a la compasión e interés por parte del público/pasajero que se involucra en la aventura personal de esta persona. Aunque el desenlace, por su giro final, desconcierta un tanto al grupo, el director tarraconense ha logrado, sin duda, atraer la mirada.
Además, el director catalán maneja la intriga oculta a la perfección y consigue una cinta que crece en cada uno de los once minutos de su duración.
Con La historia de siempre, José Luis Montesinos refuerza una trayectoria importante que se perfila en anteriores trabajos, como Final o Fest. En este metraje logra sin ninguna duda que la historia no sea la misma de siempre, sino una muy especial.
· LA FICHA Punto de Vista. TÍTULO: La historia de siempre. DIRECTOR: José Luis Montesinos. REPARTO: Miguel Ángel Jenner, Chus Leiva, Graham Roberts, Roger Batalla.
La Fundación Mapfre atesora una impresionante colección de dibujos que ahora presenta bajo el hermoso epígrafe La mano con lápiz-Dibujos del Siglo XX. Colecciones Fundación Mapfre.
Esta institución despliega una muy cuidada selección –que vertebra un importante componente histórico– de más de una centena de obras, lanzando una nueva mirada a la composición en este formato durante el siglo pasado, que en sus inicios se nutre de autores españoles aunque de inmediato se amplían fronteras internacionales.
En esta muestra, que se divide en cinco secciones, se formula una clara apuesta por esta técnica pictórica que ha dejado una huella perenne en la historia del arte.
En la primera, La tradición, se expone una serie de dibujos muy académicos de artistas muy ligados a la tradición pero cuyas piezas expresan un avance de lo que está por llegar. Apreciamos Autorretrato (1864-1865) de Mariano Fortuny y la obra de Joaquín Sorolla, otro referente en la historia de nuestra pintura.
Ya en la segunda sección, nos acercamos a La modernidad. Desde 1900 y hasta la llegada de nuestra guerra civil, se abre una etapa transformadora en la que se establece un intercambio con artistas de otros países. Es muy importante el despegue de la mujer y así podemos comprobarlo en los dibujos de Joaquín Sunyer, Enric Casanovas, Francis Picabia, Auguste Renoir o en la excelente Joven dormida (1909) de Egon Schiele.
Llega por fin la tercera fase con El espíritu de vanguardia donde la aportación geométrica une a artistas como Rafael Barradas, Juan Gris, Joaquín Torres García, Albert Gleizes, Sonia Delaunay o el increíble Collage número 2 de Alexander Archipenko.
Al mismo tiempo, cabe destacar la relación que mantuvo con Picasso en la capital francesa la denominada Escuela de París, paraguas creativo de Manuel Ángeles Ortiz, Francisco Bores y Hernando Viñes.
El surrealismo compone el cuarto tramo de este viaje que parte de París, fomentando el vértice de unión de este movimiento artístico cimentado entre España y Francia. Salvador Dalí, de quien destacamos Soledad mental (1932), Joan Miró, Luis Fernández, o el canario Óscar Domínguez, son algunos de los aquí representados.
Como fin del trayecto llegamos a En los límites de la vanguardia, que nos alumbra sobre los movimientos artísticos producidos tras la guerra civil. Se impone un arte costumbrista representado por Arturo Souto pero también otras inspiraciones de la mano de Joaquín Peinado, Genaro Lahuerta o el primitivismo de Ángel Ferrant, que desembocan en cierto informalismo de Tápies o del mismo Eduardo Chillida de quien vemos Sin título (1960).
Recorrido pues intenso, que nos hace regresar al mismo origen de la creación: el lápiz, una herramienta didáctica, hermosa y versátil.
· LA FICHA La mano con lápiz– Dibujos del siglo XX. DÓNDE: Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. CUÁNDO: Hasta el 27 de agosto. SEPA MÁS: www.exposicionesmapfrearte.com
Giovanni Macelli, director del estupendo El mueble de las fotos, produce y cuida al máximo de la estética de Turno de noche de Carlos Ruano, quien tiene amplia experiencia en el desarrollo de numerosas historias en la conocida serie Física o Química. El director firma el guión junto a Susana López Rubio, también responsable del citado El mueble de las fotos, en un relato que cuenta la aventura de un joven escaparatista que tiene fobia a los maniquíes.
Turno de noche desprende de inmediato un aire sobrecogedor, abordando un mundo en el que transitan el miedo y la ansiedad.
La fotografía de Pedro Castanheira y la música de Eric Foinquinos contribuyen lo suyo a crear una atmósfera que se acerca con solvencia al cine fantástico y, por supuesto, a Stephen King.
Adam Jezierski compone un personaje que le permite ampliar unos recursos interpretativos que cada día conviven más cerca del talento. Su amistad con el vigilante nocturno que interpreta con ese toque de ambigüedad necesario Israel Rodríguez, aporta la dosis oportuna de incertidumbre para provocar la inquietud en el espectador. Y es que las imágenes de esta pieza subrayan la oscuridad impactante que crea la soledad frente a esas figuras de plástico que, tal vez, esconden algo más.
La cinta mantiene un equilibrio riguroso que bordea el morbo pero nunca se detiene en lo explícito. Una muestra de ello sería el tratamiento de la orientación sexual. Somos testigos de momentos como la escena del vestuario y la mirada, casi furtiva, del escaparatista o su reacción ante la desasosegante aparición de la figura femenina que representa el maniquí.
El misterio se apodera de esta aventura fílmica y la presencia enigmática de la noche añade aún más tensión dramática, si cabe. Alza su protagonismo también otro elemento crucial, la puerta, como eje que acentúa la intensidad sobrecogedora de este envidiable trabajo.
Carlos Ruano consigue armonizar su obra, manteniendo el tempo narrativo in crescendo hasta ese final desesperanzado. Pero, aún va más allá: entrega al público una resolución abierta que, curiosamente, corona con la puerta cerrada del almacén. Brillante propuesta.
El historiador Jorge Ribalta lleva años de duro esfuerzo para mostrar una realidad diferente de la historia de la fotografía. Él es el Comisario de la impresionante exposición Una luz dura, sin compasión. El Movimiento de la Fotografía Obrera, 1926-1939 que ahora acoge el Museo Nacional Reina Sofía.
El objetivo fundamental de esta retrospectiva es el de dar visibilidad al movimiento documental del proletariado que aparece antes de la Segunda Guerra Mundial.
La muestra se presenta en tres etapas. La primera recrea el diálogo entre Alemania y la Unión Soviética en el período comprendido entre 1926 y 1932. El movimiento fotográfico surge en Alemania cuando la revista ‘AIZ (Arbeiter Illustrierte Zeitung: diario ilustrado del trabajo)’ invita a sus lectores a que fotografíen la realidad laboral de sus vidas, recibiendo documentos gráficos que exhiben la belleza del trabajo pero también las condiciones sociales de miseria en las que se desarrolla. En paralelo, en la Unión Soviética nace la revista ‘Sovetskoe Foto’ con el propósito de configurar una nueva cultura del retrato en el Estado socialista.
Así, estos dos países son el escenario donde aparecen los primeros grupos fotográficos obreros. La respuesta a estos medios de comunicación permite que el público se convierta en autor, elaborando una instantánea que prima lo visual, en la que destaca claramente el aspecto social. En este sentido, son reseñables los trabajos de Max Alpert, John Heartfield, Erich Rinka o Ernst Thormann.
El segundo bloque aborda los años 1930 a 1935, en los que este ejercicio colectivo se transforma en un movimiento político que se extiende por Francia, Holanda y Suiza, con imágenes de Kálman, Sugár, Blehova, Kessels, Strand y Modotti. También llega a Estados Unidos con ‘Photo League’ que añade componentes más estéticos y entre cuyos autores destacan: Corsimi, Engel y Grossman.
El recorrido se cierra en España y se ajusta al período que va de 1935 a 1939. Es el momento de la República y la Guerra Civil: se aporta documentación de las Misiones Pedagógicas y de autores como Val del Omar, Josep Renau, José Suárez y Agustín Centelles. Igualmente, encontramos la colaboración valiosa de fotógrafos extranjeros que visitaron nuestro país como Cartier-Bresson, Robert Capa, Papillon, Chin o Koltsov.
La muestra constituye un instrumento de primer orden que define con claridad la situación de la autoría del fotógrafo: su poder le permite descubrir una mirada hasta entonces oculta.
Como resumen final de este amplio retrato social, me quedaría con la excelente pieza Manos de un trabajador (1934) de F. Haar que fija con nitidez el fin último que busca la cámara del obrero concienciado.
· LA CITA Una luz dura, sin compasión. El movimiento de la fotografía obrera, 1926-1939. Fechas: Hasta el 22 de agosto de 2011. Lugar: Edificio Sabatini, Planta 3. Museo Reina Sofía
La prodigiosa voz de Asunción Balaguer introduce esta historia íntima y cercana: “la dulzura habita en esta casa". Dulce de Iván Ruiz Flores combina historias paralelas de amor y ternura entre dos niños y los abuelos de éstos.
La pieza –muy hermosa– habla de vida, amor y deseo: sentimientos universales que son convocados en la intimidad de una casita de un pequeño pueblo.
La estética de la película está cuidada con esmero y ello se debe a la buena labor de su directora de arte, Ana Laguarta. La fotografía de Carmelo Barberá moldea un entorno que dibuja una cadencia muy cálida que contagia a los protagonistas del relato, Pedro Peña, Fely Manzano, Miriam Martín y Santiago Godiaz.
De ese diálogo/juego establecido entre ellos brotan bellas pinceladas que teorizan sobre el amor: “poder abrazar a alguien cuando tengo frío", “el amor es como un fuego que acaba apagándose", “es cuando no se cambia el jersey porque a la persona que ama le gusta" o “es poder darle la mano a la chica que te gusta".
La cinta perfila un cuadrilátero de sensaciones en el que cada lado representa una arista que desprende un anhelo. Llegan otros momentos entrañables que condimentan ese deseo de los personajes: “me gustaría volver a sentir el mar", dice la abuela.
Pero el destino traiciona la armonía en este cuento aunque, tal vez, tenga algo que ver en ello esa eterna desobediencia juvenil que contradice y se rebela ante cualquier aseveración de sus mayores, convirtiendo la dulzura reinante en un pozo de amargura.
Ruiz Flores –autor también del guión– firma una película de impecable factura que se apoya además en la elegante música de Lolo Moldes. El director madrileño concede protagonismo a los sentimientos, al contraste de opiniones, que no es sino un intercambio entre la experiencia y la ilusión. Cada gesto define la realidad de lo vivido y la imaginación de lo que está por llegar: es la esencia de la palabra, surgida desde el corazón.
Aunque en algunas ocasiones reneguemos un tanto de la excesiva utilización de la voz en off, no es este el caso. Asunción Balaguer adquiere de nuevo protagonismo al final del metraje, poniendo el punto y final a este texto fílmico: “la luz enfureció de rabia y el aire resultó acorralado hasta morir". Tempus fugit, pero también, y eso es lo importante, Carpe Diem.
· LA FICHA Dulce. DIRECCIÓN Y GUIÓN: Iván Ruiz Flores. FOTOGRAFÍA: Carmelo Barberá. SONIDO: Jaime Lardiés / Santiago Lorigados. MÚSICA: Lolo Moldes. INTÉRPRETES: Pedro Peña, Fely Manzano, Miriam Martin, Santiago Diaz, Asunción Balaguer.
Hemos comentado aquí en diversas ocasiones que los responsables del Museo del Prado, como consecuencia de la ampliación de esta institución pictórica, han tenido la brillante idea de habilitar salas para albergar la presentación de variadas colecciones.
Ahora este espacio recibe la exposición Fortuny y el esplendor de la acuarela española, que ofrece 13 obras ejecutadas en esa técnica por Mariano Fortuny y por alguno de sus seguidores como Francisco Pradilla, José Villegas, Martín Rico, José Jiménez Aranda, José Tapiró y Antonio Fabrés.
La pinacoteca nacional descubre pues otra selección de sus fondos del siglo XIX, que evidencia la preponderancia de Fortuny (1838-1874) en una época en la que esta técnica despunta en nuestro país de la mano del pintor catalán. Es un período en el que incluso algunos impresionistas franceses se animan a realizar obras bajo este soporte técnico.
La acuarela se convierte en este siglo en un referente en la creación, alcanzando su punto álgido en España bajo la impronta de nuestro protagonista, que dejará una huella indeleble en numerosos autores europeos.
De entre las piezas exhibidas de este artista caben destacar algunas composiciones geniales como Menipo, copia de Velázquez (1866), Un marroquí (1869) o Idilio (1868). Fue tal su éxito que estas acuarelas se igualan en valoración a algunos de sus más cotizados óleos. A su muerte, algunos de sus discípulos prosiguen la línea trazada por el maestro, conformando un interesante grupo creativo.
Aquí tenemos el privilegio de valorar la excepcionalidad -por motivos de conservación, rara vez son expuestos- de obras como Parache, el bailador (1880) de José Tapiró, Playa de Chipiona (1899) de José Jiménez Aranda o A orillas del Guadaira (1871) de Martín Rico.
De ahí la trascendencia de esta muestra en la que podemos recrear nuestra vista con excelentes paisajes, plenos de virtuosismo, representaciones con motivos africanos, cargadas de realismo e imágenes con temática rural. Todos parten de la imaginación y maestría de Mariano Fortuny, a quien ahora El Prado rodea de algunos de los mejores creadores de la época.
· LA CITA Fortuny y el esplendor de la acuarela española. En el Museo del Prado. Hasta el 4 de septiembre de 2011. Más en la página web del museo www.museodelprado.es
El ocho es el número atómico del oxígeno, es también el símbolo del equilibrio de fuerzas antagónicas y representa la regeneración e incluso, la buena suerte.
8 es el título del último trabajo de Raúl Cerezo y ha sido presentado en el Cine Capitol de la Gran Vía madrileña dentro del proyecto Córtate! que dirigen el propio Cerezo y el productor Gorka León. La idea –excelente– es proyectar en este emblemático cine cinco cortometrajes al mes, dotando de la dignidad necesaria, en cuanto a proyección y difusión, a este formato.
En esta película asistimos a la escenificación simbólica de la pérdida de la inocencia. La brillante música de Voro García es elemento básico que nutre la narración y permite la fluidez de este músico-cortometraje, en expresión de Raúl Cerezo-.
Las miradas y el lenguaje corporal suman a un relato que deviene casi en una representación teatral, y lo apreciamos en la composición de algunos planos, cuya cuidada planificación discurre en ese sentido.
Los personajes inquieren al espectador, buscan su complicidad, quieren hacerle partícipe de ese ritual oscuro en el que la inocencia da paso a un nuevo estadio en la personalidad de un niño de ocho años –ver el detalle del juguete abandonado–.
El cineasta madrileño traza una pieza con una definición casi milimétrica, estableciendo un mosaico que acoge la inquietante realidad en la que va a participar cada sujeto. Entre el elenco protagonista destaca, una vez más, Carmen Ruiz con un registro muy alejado de anteriores trabajos, mostrando aquí sus excelentes cualidades artísticas. Igualmente reseñables son las composiciones de Lola Cordón, Txema Blasco y Natalia Barceló.
8 es una cinta que arriesga, en un género en el que todo debe estar muy controlado. Su espíritu es deudor del mítico Fantasía de Disney pero también es una mirada cómplice al origen mismo del cinematógrafo, a los cortometrajes mudos en los que el lenguaje de los gestos mostraba la identidad de la obra fílmica.
El metraje responde a aquella máxima de Eisenstein, cuando hablaba del “montaje polifónico". En esta obra, los elementos que configuran su escritura convergen en una misma línea dramática, comenzando por la fotografía de Ignacio Aguilar quien, con la técnica de la cámara Red One transmite una atmósfera perturbadora. El montaje de Tomás Esteras condimenta en la cocina –según Orson Welles, donde se cuece la película– de esta pieza un puzle que dibuja una historia muy personal. Se notan, y para bien, las contribuciones de Colin Arthur y la de Beatriz M. Almendros en la dirección de arte.
Decía Rosellini que “el cine no debe demostrar nada, sino mostrar". Pues en 8, Raúl Cerezo enseña, y mucho, abriendo siempre un espejo para que sea el espectador/receptor quien afronte la lectura intrigante de esta película que no deja a nadie indiferente.
Esta muestra surge como un reto verdaderamente apasionante: exponer la obra realizada por José de Ribera durante sus seis años de residencia en Roma y en sus primeros años en Nápoles (1616-1624).
El Museo del Prado presenta alrededor de treinta pinturas realizadas por José de Ribera El Españoleto (Játiva, Valencia, 1591–Nápoles, 1652), convirtiendo este espacio de la pinacoteca nacional en un faro que ilumina una etapa productiva, hasta ahora muy poco conocida.
Esta exhibición supone, sin duda, una gran ocasión para realizar el análisis cronológico de su obra y, sobre todo, para valorar la incidencia que tuvo en su inventiva el gran Caravaggio.
De las piezas expuestas tan solo dos de ellas están firmadas. En la Edad Media, los artistas no suelen firmar sus obras, de ahí la dificultad para reconocer su autoría e indagar sobre su producción. En este sentido, hay que agradecerle al historiador Gianni Papi la inmensa tarea de investigación desarrollada, casi detectivesca, que permite situar los principios estéticos de este maestro.
Esta incursión por el túnel del tiempo del joven artista se inicia con El juicio de Salomón (1609-1610), escoltado por el excelente San Bartolomé (1610-12) y por Los cinco sentidos (1615). La nueva atribución cronológica de estas piezas cambia la teoría sobre la contribución de Ribera. Supone en cierta medida la aceptación de que el artista valenciano es un referente de la época. Su obra llega impregnada de esa prodigiosa luz del genio de Caravaggio, y es que, la huella que deja en El Españoleto constituye un sello distintivo de calidad realmente indiscutible.
También admiramos sus composiciones religiosas, como El martirio de San Lorenzo de la Basílica del Pilar, que coinciden con su estancia en Roma y que ofrecen testimonio de un momento en su vida en el que destacan la calma y la introspección.
Aún hay tiempo de apreciar su interés por la figura: San Pedro y San Pablo, así como los filósofos Demócrito y Orígenes, son objeto de su afilada mirada.
Toda esta sucesión de bellas representaciones nos obliga a realizar un acto de reconocimiento hacia nuestra gran pinacoteca. Por la investigación y ordenación, por la excelente difusión –mérito que comparten los comisarios de la muestra Javier Portús y José Milicua–y, sobre todo, por la política de adecuación de los espacios, permitiendo habilitar unas salas que nos devuelven la magia de este gran maestro de la pintura.
· LA CITA El joven Ribera. DÓNDE: Museo del Prado. CUÁNDO: Hasta el 31 de julio
El mar como fuente de inspiración y también de añoranza alumbra el comienzo de esta cinta y abraza el regreso de un artista a su tierra. El personaje se nos muestra pensativo y está acompañado de una maleta que simboliza el retorno a la patria, al hogar, a las raíces. Ovidio González, de la Escuela de San Antonio, es el protagonista que representa al artista que nos conduce por este recorrido de la vida y el arte en Cuba.
Confluencias, Habana Vieja- Hábitat del arte latinoamericano de Pilar García Elegido propone un viaje emocionado hacia el mundo de la creación. El artista reflexiona sobre la conexión entre el entorno y la inspiración: “en la memoria de estas piedras está el despertar de mi pasión por el arte" y también sobre el compromiso del artista: “la creación me estremece, me hace gozar, me compromete".
Confluencias es un relato apasionado que se incrusta en cada rincón de esta maravillosa ciudad para encontrar lo esencial del arte, respirando la cercanía y la influencia de lo cotidiano en el creador cubano.
La cineasta pone su cámara al servicio de la inventiva y de la verdad inspiradora y lo hace con criterio y con implicación, logrando una pieza documental que se erige en un verdadero manual sobre el arte como concepto que aúna experiencia vital con proceso compositivo.
La coincidencia en La Habana de un grupo de artistas sirve a García Elegido para iniciar un trayecto junto a ellos y brindarles el espejo del cine para que cada uno se mire en su obra.
Así, seguimos la instalación interior de Lázaro Saavedra que juega con el origen de la vida y del propio acto de crear: la tierra, como raíz, y las pinturas en las paredes que nos devuelven a los inicios del arte mismo en las cuevas. Marta Pérez presenta la silla como elemento aglutinador de sensaciones y ofrece una aguda reflexión sobre las limitaciones del arte por el hecho de imaginar algo nuevo.
Para Nelson Domínguez la figura humana es la esencia de la imaginación al igual que para Elsa Mora. En sus óleos, la mano se expresa como eje que regresa, tal vez, a Miguel Ángel y su Capilla Sixtina. Luis González defiende el canon de belleza que mantiene la estética del arte.
Y así tantos otros creadores que desnudan sus inquietudes como Marcela Moujan, Tatiana Darcero, K'Cho, Claudio Goulart, Sandra Ramos, Laura Anderson, Graciela Sacco, Carlos Gallardo y Edith Arbelaez, que fluyen del escaparate de la vida e integran sus propuestas en esta ficción de la representación.
En otro momento, la pantalla se inunda de recuerdos del artista y nos obsequia con una hermosa imagen del niño con los lapiceros: inicios en el dibujo, libertad e inocencia y, en resumen, germen creativo.
La película reflexiona también sobre cómo el paisaje muestra una manera distinta de apreciar la obra, sobre cómo arte y vida forman un ente común que constituye una fuente inagotable de conocimiento.
En resumen, Confluencias es una mirada certera que conecta al hombre, en tanto ser que imagina e inventa, con la realidad que se le cruza. En cada rincón puede surgir la inspiración y, desde luego, en este entorno, la luz y el color contribuyen a configurar una estética muy especial.
Pilar García Elegido borda una cinta que concede la palabra a un mosaico maravilloso de propuestas imaginativas. La pieza, Premio Goya en 1998 al mejor documental, es un ejemplo para documentalistas que concurren en el ideario didáctico de este increíble formato.
La cineasta muestra su preocupación por el hombre y sus circunstancias, enseñándonos esa simbiosis que se establece entre el creador y los elementos que absorbe en su caminar por la vida. Para quien firma esta columna, que tiene la fortuna de escribir sobre arte y cine, este cortometraje documental supone un reto fascinante que es de justicia reivindicar.
El Museo D'Orsay, el Paul Getty Museum y el Museo Thyssen-Bornemisza unen sus fuerzas y esfuerzos para presentar una exposición monográfica sobre el pintor y escultor francés Jean-León Géróme (1824-1904), en un proyecto que incluye cerca de 60 piezas entre pinturas y esculturas.
Géróme conquista con facilidad al público de su época. Su manera de concebir la obra, con un potencial visual que impacta, le convierte en un artista muy popular, no solo en su Francia natal sino también en Estados Unidos, donde su trabajo tiene una excelente aceptación comercial.
El artista galo es muy minucioso en la construcción de sus piezas, casi puntilloso, ayudado eso sí por la fotografía, que se convierte en un asidero básico para su inventiva.
La excelencia de su dibujo añade un componente virtuoso a sus creaciones. Incorpora su vocación historicista, recreando escenografías que casi son expresiones de un lenguaje cinematográfico. Podemos comprobarlo en pinturas como la inmensa Pollice Verso (1872) en la que un luchador saluda al pueblo desde un coliseo romano después de un combate, en ella se observa el evidente interés del artista por la Roma antigua. De inmediato nos viene a la memoria una reciente película, Gladiator de Ridley Scott, de estética similar.
Podemos decir que su producción artística es casi fotográfica. De hecho, aprovecha sus viajes para tomar instantáneas de diferentes espacios y personajes que luego traslada al lienzo.
Pintor de formación académica, sus trabajos seducen de inmediato. En esta muestra apreciamos la precisión de Final de la sesión (1886) o la estupenda utilización del color en El bardo negro (1888). Sus esculturas retoman el espíritu de los clásicos, como podemos constatar en Sarah Bernhardt.
Jean-Leon Géróme, no obstante, es un autor que desconcierta en su época aunque su forma de entender el lenguaje del arte le permite concebir a la vez, una obra tradicional en el sentido académico de la expresión y otra más cercana a lo popular. Ambas concepciones son objeto de revisión ahora en esta monográfica tan acertada.
Joselyn de Susan Béjar se adentra en los mecanismos de defensa creados por una joven dominicana para alcanzar una subsistencia digna e ilusionante.
Es una mujer –buen registro de Eunice T. Polanco– que se gana la vida como vigilante nocturna y que está acompañada por la soledad: esa alargada sombra dibuja el perfil cotidiano de una trabajadora cuyos hábitos laborales dificultan la relación con su entorno vecinal. Cada jornada es idéntica a la anterior, cumpliendo la rutina diaria casi milimétricamente. Para afrontar esa falta de comunicación, la chica crea historias personales que le permiten alcanzar un atisbo de esperanza.
Cuando regresa del trabajo cruza su camino con los vecinos en las escaleras. Ellos inician un nuevo día que para ella, finaliza: nadie habla ni saluda, todos transitan ensimismados en sus compromisos habituales. Tan solo recibe una sonrisa y un saludo de un joven –Jayo Vergel–.
Para alguien necesitado de algún estímulo emocional, ese gesto de educación, ejecutado casi a contracorriente, contraviniendo las malas formas que hoy día pueblan todos los espacios, puede convertirse en una ilusión. ¡Cuántas aventuras imaginarias pueden iniciarse cuando alguien se siente solo! Y es que, cualquier motivo es bueno para engancharse a la felicidad, aunque sea efímera.
Susan Béjar maneja con buen pulso una historia plagada de claroscuros, como la vida misma. La preciosa canción de Anni B. Sweet, con esa voz desgarradora, pellizca con emoción las luces y sombras de alguien que se resiste a sentirse desamparada.
En esta pieza encontramos algunos momentos cautivadores que ponen un acento simbólico a su construcción dramática. La fotografía de Emili Guirao ayuda lo suyo en la configuración estética del corto. Así, una mañana, de repente todo es más luminoso: una margarita, unos dulces o el control de la luz de un semáforo con un simple soplido abonan instantes que desprenden magia y energía.
Joselyn apunta también, a modo de documental, la difícil senda que han de atravesar cada día numerosas personas que, incluso, se ven obligadas a compartir cama por turnos. Aunque de esa realidad que condensa la amargura existente, la directora barcelonesa extrae una mirada de optimismo, construyendo una curiosa historia de amor que viene a insinuar que, frente a las adversidades, todo pasa por nuestra mente y por el firme convencimiento de transformar en positivo cualquier entorno sombrío que atraviese nuestras vidas.
El regreso a Montevideo de Joaquín Torres-García después de su peregrinaje por Europa y Norteamérica, así como la vuelta de Jesús Rafael Soto a su ciudad natal venezolana de Ciudad Bolívar para inaugurar un museo con su nombre, marcan el espacio temporal de la muestra América fría. La abstracción geométrica en Latinoamérica (1934-1973) con la que la Fundación Juan March revisa en 300 obras de unos 70 artistas procedentes de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Cuba, México y Colombia, la abstracción geométrica realizada en ese período.
Uno de los objetivos de esta estupenda exposición es el de eliminar tópicos sobre el arte de América del Sur vinculado casi siempre a lo tropical y caliente, reivindicando una producción que también destaca por su racionalismo.
Así, se deduce que podemos contemplar un arte realizado en Latinoamérica deudor de Europa –cubismo y suprematismo– pero poseedor al mismo tiempo de un lenguaje plástico propio que, lógicamente, se impregna de cierta impronta autóctona.
El recorrido de esta gran retrospectiva se abre de forma espectacular. Torres-García nos recibe gracias a la colaboración de museos como el MOMA de Nueva York y el Pompidou de París, que han cedido obras verdaderamente increíbles como Estructura en blanco y negro (1938).
Otro artista fundamental es el argentino Tomás Maldonado, de quien disfrutamos Sin título (1948). Fue seguidor del guía espiritual de la abstracción latinoamericana, Max Bill, y también creador de la escuela Hfg de Ulm (Alemania), e incluso logró dirigirla, siguiendo a su maestro.
Destaca, asimismo, la labor –intensa– de la cubana Carmen Herrera que tardó casi toda una vida en exponer. Afortunadamente, la Tate Britain y el MOMA se hicieron con algunos de sus trabajos y con ello llegó, finalmente, su reconocimiento.
Y cómo no, citar a Jesús Rafael Soto, uno de los fundadores del arte cinético y que vive en París gracias a una beca del Gobierno venezolano.
A este espectacular diseño se unen otros artistas internacionales como Josef Albers, Alexander Calder o Victor Vasarely que en este período compartieron viaje e inquietudes artísticas por el continente.
Constatamos pues la desmitificación de una teoría sobre el tópico imaginario del arte latinoamericano que, en esta vertiente temática, no ha sido muy conocido en nuestro país.
Las remozadas salas de la Fundación Juan March acogen un mosaico maravilloso de líneas, geometrías que construyen la identidad cultural de un continente que enseña un momento fructífero y renovador que se aleja de lo comúnmente aceptado.
· LA FICHA América fría. Dónde: Fundación Juan March. C / Castelló, 77. Cuándo: Hasta el 15 de mayo. Horario: Lunes a sábado: 11 a 20 h. Domingos y festivos: 10 a 14 h.
Una voz en off narra anticipadamente el final de Matar a un niño de César y José Esteban Alenda, su última incursión en este formato cinematográfico con identidad propia tras la estupenda El orden de las cosas, finalista en la reciente edición de los Premios Goya.
Es necesario señalar, no obstante, que no debemos adelantar ni sacar conclusiones a priori de una cinta que combina imagen en movimiento como hiciera Ione Hernández en El palacio de la luna.
El destino y la casualidad despuntan temáticamente en esta premonitoria desventura. Así, resuena con contundencia la voz del narrador: “no se puede subestimar el poder del azar", para aseverar posteriormente: “lo que no sabe el niño es que dejará de serlo en cinco minutos".
Todo está bien encajado en esta pieza. Sus imágenes golpean con precisión, formulando un discurso que genera incertidumbre y que desprende un halo de desasosiego.
La película aborda la pérdida de la inocencia, encadenando planos que hacen fluir la historia hacia un inesperado final. Por ejemplo, la secuencia en la que el padre completa un crucigrama con la palabra inocencia se funde con otra en la que un coche –máquina de matar– deambula por una carretera comarcal. Ese estado del alma limpia de culpa va a transformarse radicalmente, casi a la velocidad que dibuja el vehículo.
Las manecillas del reloj de cocina marcan el tempo narrativo de Matar a un niño y, simbólicamente se detienen en el mismo instante en que se produce el desenlace y los padres –Cristina Marcos y Roger Álvarez– abandonan apresuradamente ese espacio agobiante que separa la incertidumbre y angustia del mal presagio de la constatación de la realidad.
La fotografía en blanco y negro de Néstor Connols y la música de Sergio de la Puente agudizan esa sensación de tenebrismo que transpira la película.
Roger Princep, cada día mejor actor, traslada ese sentimiento paralizante y traumático que recibe alguien que se ve invadido por un suceso extraordinario. Y es que, como apunta el narrador: “después todo es sombra, oscuridad, vacío".
Los hermanos Alenda construyen una película que viaja a esos traumas de la infancia que condicionan el resto de nuestras vidas. Con la utilización –simbólica– del barquito de madera del niño quieren subrayar el cambio emocional que se instala en su vida, pasando de un momento de plenitud, colmado de diversión y presente, a otro estadio, futuro, condicionado por el sentimiento de culpa y odio.
Todos nos reconocemos en la figura de ese niño sorprendido y asustado que ha perdido el tesoro más preciado a su edad: la inocencia.
· LA FICHA Matar a un niño. Sinopsis: Es domingo. Es el despertar feliz de un día desgraciado. A las diez en punto, un niño feliz va a morir. Dirección: José Esteban Alenda y César Esteban Alenda. Intérpretes: Roger Princep, Cristina Marcos y Róger Álvarez.
El Círculo de Bellas Artes mantiene una agenda de exposiciones verdaderamente interesante. A la ya mencionada en esta misma sección sobre José Caballero, se une ahora Un mundo construido-Polonia 1918-1939 en la que, en colaboración con el Museo de Arte de Lodz, revisa el desarrollo de los movimientos vanguardistas en la Polonia de entreguerras.
A través de una completa selección de dibujos, cuadros, esculturas, fotografías, libros, revistas, fotomontajes y películas experimentales apreciamos la producción artística de un país pisoteado por las dos grandes potencias, que participó en un período de ensueño en cuanto a la configuración de un arte nuevo.
En 1931 abre sus puertas el Muzeum Sztuki de Lodz con más de una centena de piezas que retienen lo esencial de una investigación experimental que acoge al futurismo, constructivismo, neoplasticismo, surrealismo y purismo. Este conjunto de obras posibilita la reconstrucción de la modernidad de ese país, desde su independencia, en 1918, hasta su vergonzosa invasión por los nazis.
En estos años convergen distintos grupos de artistas que, pese a sus divergencias ideológicas, comparten un objetivo común: dotar de identidad y modernización al arte de Polonia.
Destacan los poetas Bruno Jasienski, Anatol Stern y Tadeusz Peiper, influidos por el constructivismo ruso y por el futurismo de Marinetti. A ellos se unen los pintores Wladyslaw Strzeminsky, Henryk Stazewski y la escultora Kataryzna Kobro y posteriormente, el grupo surrealista Artes de Luiv, que vuelca su inventiva hacia la fotografía y el cine experimentales.
Así, la colección se va ampliando, principalmente porque estos creadores propician una apertura internacional para lo que buscan la colaboración de numerosos autores, entre los que destacan Leger, Max Ernst, Picasso o el mismo Torres-García.
Es necesario destacar la relación de este conjunto de artistas con sus coetáneos rusos. La presencia de Malévitch en Varsovia o el contacto con El Lissitzky, Tatlin o Rodchenko dejan amplia huella en el estilo difundido en este convulso momento de la historia. Lo podemos comprobar en piezas como Mecanofactura de Henryk Beslewi, Composición de Stazewski o en Poesía de Prybos.
Sin duda, resulta gratificante este recorrido contradictorio por un momento de la historia que contiene el resumen del diálogo de una nación que acaba de recuperar su independencia –aunque de manera muy frágil– con las aportaciones de las vanguardias internacionales. La muestra abarca un trayecto que tendrá como colofón el inicio de la Segunda Guerra Mundial, un período en el que Polonia será objeto de una vejación absoluta.
Afortunadamente, la colección se ha conservado y ahora podemos valorar la contribución de este país del Este europeo a la historia del arte.
· LA FICHA Un mundo construido. Dónde: En el Círculo de Bellas Artes. Cuándo: Hasta el 15 de mayo.
Horario: De martes a sábados: 11 a 14h y de 17 a 21h. Domingos y festivos de 11 a 14. Lunes cerrado
Un plano de una nota escrita sobre una cuartilla de papel adosada a un frigorífico introduce Retorno de Cristina Molino y Roberto Hernández, que narra la historia de una mujer –excelente registro de Natalia Barceló– esclava de una ausencia.
Su vida transcurre sin alicientes, apegada a una ilusión y a un pasado que ya no volverán. La añoranza por lo vivido retiene su presente. Sara, nuestra protagonista, vive anclada en un contexto oscuro. En una escena de la pieza, su figura compone casi con total simetría el célebre cuadro que Edward Hopper pintara sobre la espera: ese es su estado permanente. En su rutina diaria transita por la monotonía y así lo siente cuando afirma: “¿Qué sentido tiene hacer siempre el mismo recorrido?".
La cinta, cuidadosamente fotografiada por Cristina Molino desvela el itinerario vital de una persona absorbida por los recuerdos. Esta mujer vive su propia ficción transformada en una falsa realidad que le permite respirar una esperanza engañosa.
Retorno contiene un elemento esencial en el desarrollo del relato: la literatura, que señala simbólicamente la toma de conciencia de la verdadera situación en la que se encuentra sumida esta mujer de vida apagada y solitaria.
Otro momento de la película, íntimo y con un guiño especial, tiene lugar en la librería Shakespeare, donde Sara busca alguna lectura. El librero, sonriente, la inquiere: “¿ha encontrado algo que le haga feliz?", mientras ella le muestra un ejemplar de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Así, el libro alza su protagonismo como compañero ideal en este viaje sentimental. La cultura y el conocimiento como ejes de la transformación interior de una viajera cuyo rumbo cambiará desde entonces.
La bella música de Dani Molinoi aporta fluidez a una obra filmada con buen pulso y con mucho mimo, cuya estética destaca por la sutilidad y la sensibilidad con la que ha sido concebida.
Molino y Hernández cierran el círculo narrativo –no desvelaremos cómo– en el que comprobamos que Sara, definitivamente, deja de ser esclava de sí misma.
·LA FICHA: Retorno. Guión y dirección: Cristina Molino y Roberto Hernández. Intérpretes: Natalia Barceló, Yolanda Cervantes, José Luis Matienzo entre otros.
El Círculo de Bellas Artes presenta la exposición José Caballero-Caminos de papel, 1951-1991, que recoge en más de un centenar de obras en papel la trayectoria de uno de los más destacados representantes de la generación abstracta española de la segunda mitad del siglo pasado.
En la muestra, organizada en colaboración con la Fundación Caballero-Thomas de Carranza y comisariada por Jesús Cámara, se dan a conocer diferentes bocetos, aguafuertes y grabados concebidos a lo largo de 40 años en los que el pintor asienta el componente abstracto de su imaginario.
Caballero destaca por su investigación de la materia que le lleva a construir collages con papeles o cartulinas: son objetos utilizados como base de su discurso creativo. El artista onubense es habitual visitante en Madrid del taller de Vázquez Díaz, quien le anima a conocer la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, dejando sus estudios de ingeniería. Entra en contacto con la Residencia de Estudiantes e inicia su relación con García Lorca, Buñuel, Alberti y Neruda. En 1934 se incorpora al Teatro Universitario ‘La Barraca’ en el que realiza varias escenografías. También colabora en la revista ‘Cruz y Raya’, ilustrando la primera edición de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Pero como a tantos otros, la guerra civil le deja aislado en todos los terrenos.
José Caballero mantiene una supervivencia oscura que se torna luminosa cuando en 1957 conoce en París a Miró y Picasso. Este cruce artístico le impulsa a reconducir su labor y, desde entonces, su producción artística se exhibe en todo el mundo.
En 1984 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas. Su obra se encuentra, entre otros, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en el Museo Reina Sofía e incluso en el Memorial de Austin, Texas (Estados Unidos).
En el recorrido que nos propone el Círculo disfrutamos de excelentes piezas como Amanecer en Víznar (1969), Mesa española (1957), en la que incorpora la construcción geométrica, o Barco sumergido II (1952), exponente de uno de los temas preferidos del artista andaluz, la navegación, el mar o los marineros de su tierra pescadora.
En resumen, es el trazo pasional de un artista vinculado a un período muy fecundo en la historia de España. Sirvan sus materias transformadas en pura imaginación para otorgar mérito y reconocimiento a este pintor del Sur.
· LA FICHA José Caballero-Caminos de papel, 1951-1991. DÓNDE: Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sala Goya. HORARIO: De martes a sábados de 11 a 14 h. y de 17 a 21 h. Domingos y festivos de 11 a 14 h. Lunes cerrado. Hasta el 10 de abril.
El despertador es el instrumento más alienante para un trabajador: marca el final de un descanso placentero y le aboca a la realidad cotidiana. El empleo de Santiago Bou Grasso, animador en 2D e ilustrador de historietas argentino, relata con tono incisivo la jerarquía establecida en el mundo de la empresa, donde todos somos piezas intercambiables. La animación es cristalina y describe con una tonalidad bastante fría la oscura esencia del mundo del trabajo.
Ideado por Patricio G. Plaza, el corto plantea la situación laboral del momento: un mercado de empleo en el que se ha llegado a valorar como positiva la precariedad del mismo. Me recuerda en fondo y forma a la obra maestra de Chaplin, Tiempos Modernos, rodada en 1936 y que permite constatar que la productividad y competitividad siguen manejándose bajo las mismas coordenadas, aún con el paso de los años.
La originalidad de esta película animada que te deja noqueado es el sentido que concede el director argentino a sus personajes. La metafórica propuesta nos presenta a un hombre que cumple con su rutina diaria. Desvela una sociedad en la que las personas son utilizadas como objetos, ¿les suena? Así, vemos cómo algunos individuos sirven –literalmente– como elementos de manejo diario: sillas, mesas, poleas de un ascensor y taquilla de vestuario son parte del engranaje productivo.
Un momento excepcional de la pieza es la creación del semáforo en el que son personas colgadas las que dirigen el tráfico de la ciudad. Aunque la escena cumbre es la del felpudo, que deja constancia del mensaje principal de Bou: todos somos usados en algún momento por alguien jerárquicamente superior.
La pieza se vale de un dibujo estupendo para transmitir esa sensación de pérdida que nos deja un sistema globalizado en el que la humanidad es casi inexistente: cada plano dibuja con rotundidad esta situación.
Santiago Bou logra un discurso que comunica con precisión ese estado de precariedad permanente y alcanza un mensaje alentador que tal vez pueda propiciar una toma de conciencia sobre este escenario que haría sonrojar a los mismos sindicatos, engullidos en la pregonada globalización.
El empleo es el reciente vencedor de la II edición del Festival Iberoamericano de Cortometrajes que organiza el diario ABC (FIBAC) y ha sido distinguido internacionalmente con multitud de galardones. Si ello, por el reconocimiento que implica, supone un desvelamiento de esa oscuridad vigente, que casi encaja con el sombrío panorama que nos presentara George Orwell, otorgaría sentido y credibilidad al planteamiento inicial de este cortometraje.
LA FICHA El Empleo. Dirección: Santiago 'Bou' Grasso. Categoría: Animación. Sinopsis: Un hombre realiza su trayecto habitual al trabajo, inmerso en un mundo donde el ‘uso’ de las personas es algo cotidiano.
La Fundación Mapfre presenta una gran retrospectiva del fotógrafo Adam Fuss (Londres, 1961), en la que se exhiben 50 fotografías que cubren sus series principales: ‘Love, 1992-1993’, ‘My ghost, 2000’ y ‘Home and world, 2010’, con las que define un corpus creativo que busca permanentemente la conexión con el espectador.
Su apego a lo natural le permite un acercamiento a la esencia vital y aborda en su temática el nacimiento, la muerte o el amor, construyendo piezas simbólicas fruto de una experimentación continuada.
Aunque la base fundamental de su inventiva radica en su mirada a los orígenes, en ese buceo introspectivo adecúa la utilización de soportes históricos para amoldarlos a su imaginario, consiguiendo imágenes pasionales acompañadas de una fuerte expresividad, como podemos apreciar en el fotograma ‘Sin título’ de 1988.
Y es que el fotograma es uno de sus procesos creativos preferidos. En esta muestra, igualmente, podemos contemplar más ejemplos de esta técnica, como ‘Invocación’ (1992), que pertenece a una serie de siluetas sobre bebés, y ‘Sin título’ (1992), círculos concéntricos que crean ilustraciones abstractas verdaderamente impactantes que, sin duda, atrapan al público.
Casi al inicio de la pasada década, el fotógrafo profundiza en su investigación acercándose al daguerrotipo, que le brinda la oportunidad de componer instantáneas con una precisión y meticulosidad absolutas. Son fotografías que surgen casi por azar, derivadas del mismo proceso de creación.
En 2010 regresa a este entorno técnico y compone 10 daguerrotipos, tomando como base un negativo del siglo XIX. El resultado, impresionante, es una intervención fotográfica fastuosa sobre el Taj Mahal titulada ‘Para Allegra, de la serie My ghost’ (2009), que se alza privilegiadamente sobre el resto de las obras.
Participamos pues de una antológica en la que Fuss intenta construir –siempre– un diálogo con el espectador. El británico se siente interpelado por su propia inventiva y quiere trasladar ese apego a unas reproducciones que conectan y transmiten esa sensación de experimentación renovadora. Una instantánea que te atrae, captando la atención de tu retina. Definitivamente, será el receptor de esa mirada formulada bajo un proceso cuidadoso, quien otorgue sentido a este desafiante mensaje.
· GUÍA ÚTIL Adam Fauss. Retrospectiva. En la Sala Recoletos, de Madrid. Paseo de Recoletos, 23. Teléfono: 91 581 61 00. Hasta el 17 de abril. ENTRADA: Gratuita
Dos niños, Juan y María, hacen frente a una antigua leyenda sucedida en un pueblecito, en una de cuyas casas habitan fantasmas del pasado, ¿o tal vez, no? Juan con miedo, creada y dirigida por Daniel Romero, quien forma parte del equipo de dirección de la aclamada serie Amar en tiempos revueltos, recupera ese espíritu aventurero tantas veces explorado en el cine.
A diferencia del cuento original de los Hermanos Grimm, Juan –espléndido Iván Martín– tiene miedo a penetrar en esa terrible fábula y es María –estupenda Sonia Lázaro– quien le anima a descifrar las inquietantes aristas de esta enigmática historia. La niña, en una escena del filme, le espeta con gran valentía: “no querrás jugar siempre al pilla pilla".
Juan con miedo mantiene una factura impecable. El director consigue armonizar los diferentes elementos que estructuran una narrativa deudora de los clásicos. La pieza descansa en una dirección de arte muy sólida, a cargo de Ana Romero. La interpretación, como hemos comentado, es muy eficaz y, tanto Sonia como Iván, transmiten con sus ojos esa angustia por lo desconocido. La mirada y expresividad del padre –Fernando Ustárroz– aporta la dosis necesaria de desasosiego.
La fotografía de José Martín, colaborador habitual de su hermano Martín Rosete, regala momentos sobrecogedores. Su luz inunda cada rincón de esa misteriosa casa, componiendo encuadres que permiten un claro avance en la escritura visual del corto. Esta historia de misterio y terror alcanza momentos de gran contenido dramático gracias a la impresionante aportación musical de Ginés Carrión: sus acordes profundizan en ese entorno macabro construido por Romero.
La cinta se adentra en los instantes que preceden a la pérdida de la inocencia, desvelando esa lucha interna de la infancia por descubrir la realidad frente a la fantasía; ese lapso crucial de la vida en que se enfrentan la verdad y la ilusión.
Daniel Romero impregna de cierto simbolismo a una película que se agiganta –como el espantapájaros– en cada escena. Por ejemplo, el discurso paralelo creado entre las pisadas del padre sobre el suelo embarrado y los truenos que anticipan que la tormenta se acerca: figura humana y elemento meteorológico confluyen para lograr un impacto significativo.
Y es que, asistimos a un relato minucioso que recrea la atmósfera de aquellas historias de aventuras infantiles que percutían en nuestros sentidos de forma nítida. Juan con miedo permite regresar a esa infancia no recuperada en la que los mitos campan por nuestras mentes, acercando el trance crucial en el que la realidad más oscura vence a las ilusiones de nuestro cerebro. Excelente película.
· LA FICHA Juan con miedo.Dirección: Daniel Romero. Reparto: Sonia Lázaro, Iván Martín, Fernando Ustárroz, Óscar Villalobos . www.juanconmiedo.com/
El Museo Reina Sofía acoge la muestra Desbordamiento de Val del Omar, una amplia retrospectiva sobre un pionero de nuestro cine.
José Val del Omar (1904-1982) fue un gran creador que supo unir arte y técnica. Investigador infatigable, el granadino dedicó su vida al conocimiento, que formula en su laboratorio PLAT, definiendo su concepto artístico: Picto-Lumínica-Audio-Táctil.
Val del Omar, contemporáneo de García Lorca, Josep Renau, María Zambrano y Luis Cernuda, quien le define como un “extraordinario artista de la cámara", mantuvo un compromiso total con la legalidad vigente. En mayo de 1931, el Gobierno de la República crea el Patronato de las Misiones Pedagógicas y este infatigable soñador se pone a disposición para ayudar en esta tarea, realizando una gira por numerosos pueblos de la Península en los que descubre la realidad, según manifiesta él mismo: “La gente quería escapar por la sábana luminosa donde proyectábamos" y añade: “las Misiones Pedagógicas de la República son las escuelas de los pobres".
Humilde, “fui un gran amateur" dice, entregó su vida con el único objetivo de utilizar sus descubrimientos al servicio del público, al que no consideraba estúpido. Marginado y aislado a propia voluntad, desarrolló técnicas como el “sonido diafónico".
En esta excelente antológica tenemos la oportunidad de visionar Tríptico elemental de España, su obra cumbre, aunque anteriormente había realizado 47 documentales, muchos de ellos perdidos. Esta trilogía esencial sobre nuestro país la componen, en primer lugar, A cariño galaico que se inicia con un sorprendente plano sobre una procesión en Galicia y que finaliza con un montaje posterior, en el que se incluyen los sonidos del 23-F. A continuación, Aguaespejo granadino, maravilloso y poético ensayo sobre el agua, “espejo de la vida", según Val del Omar. En dicha pieza este elemento marca el ritmo de la música, componiendo una coreografía excelente que evoca el amor por su tierra y así lo aclara: “Granada es el lugar de encuentro de la tierra con el agua". Y, finalmente, Fuego en Castilla, que obtiene una mención especial en el Festival de Cannes de 1961 y que es, según el cineasta, “un ensayo nocturno de visión táctil". Con el acompañamiento a la guitarra de Vicente Escudero, la cinta enseña la Semana Santa en rostros penetrados por efectos lumínicos que unen las luces de la ciudad con el cielo de la calma, que es el campo.
Solo por la posibilidad de contemplar estas obras esenciales, merece la pena adentrarse en el Edificio Sabatini de la planta tercera del Museo Reina Sofía. Este despliegue museístico deja constancia del merecido reconocimiento hacia un hombre fascinado por los elementos, que construye unos fragmentos experimentales barnizados por una óptica poética y luminosa. Un autor/inventor comprometido que, aún sufriendo la marginación, persiguió con inusitada pasión el acercamiento entre la técnica y el arte, y lo hizo, como él repetía a menudo, “jugando". Su inventiva quedará para los anales, en realidad, él acercó el cine a nuestro país y, como finalizaba muchos de sus trabajos, su inmensa creatividad no terminaba nunca. Sin Fin.
LA FICHA.
Fechas: Hasta el 28 de febrero. Lugar: Edificio Sabatini, Planta 3. Organización: Centro José Guerrero y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Comisarios: Eugeni Bonet, comisario principal, y Javier Ortiz Echagüe, asistente de comisariado.
El comienzo de Interiorismo, obra íntima de Chema G. Araque y de Hernán Talavera, con ese plano sobre las ramas desnudas de los árboles, me trae a la memoria otros momentos construidos por ese gran investigador y cineasta que fue José Val del Omar, cuyo legado –aunque incompleto– aún permanece.
Es un buen inicio para una pieza que desmenuza la agonía del abandonado Palacio de Gosálvez, ubicado en las cercanías del río Júcar y que fuera declarado en su momento ‘Bien de interés cultural como monumento’.
Interiorismo –Premio al mejor montaje y mención especial del Jurado en la reciente edición del Festival de Cine de Alcalá– se erige como relato paralelo sobre un diagnóstico médico narrado voz en off por Luis Fernando Ríos que acompaña las imágenes de un agónico edificio.
Araque y Talavera fijan su objetivo en las consecuencias del olvido y dejadez humanas, realizando un ejercicio de cierta nostalgia que se convierte en una aventura poética que empuja al tiempo hacia atrás, cuando este ruinoso edificio gozaba de un esplendor absoluto: su hermoso lenguaje visual deambula certeramente entre la luz y la oscuridad.
El excelente montaje de los autores consigue un avance lineal de la obra que acumula una cadencia casi pictórica. La extrema sensibilidad de este corto adquiere instantes evocadores. El edificio/paciente hace agua por sus poros y, sobre sus hexagonales suelos, apreciamos la mortal enfermedad que le acucia. Los elementos exteriores tampoco ayudan y un temporal de nieve y viento acelera el desgaste estructural/emocional de este muerto viviente.
Este habitáculo –lúgubre ahora– del que huyó el hombre, acoge aún restos de vida. El canturreo de los pájaros, cuyo encuadre compone casi un lienzo del maestro Antonio López, convive y comparte ritmo con el sonido de las puertas de la mansión, conformando una sinfonía a la que asisten las figuras esculpidas en los techos que se desploman por la enfermedad: es un bello aunque triste diálogo que otorga algo de esperanza a este espacio interior.
La mirada atenta de Chema G. Araque y de Hernán Talavera atraviesa esos muros desgastados que nos devuelven a un pasado rutilante, tal vez a un instante determinado de la infancia. Cada desconchado de la pared es un trozo de recuerdo que se escapa de nuestra memoria.
Todo es belleza en esta cinta sedimentada en una estupenda e intimista fotografía de los mismos autores y también gracias a la inquietante música de Kenneth Kirschner que puntúa con excelencia cada rincón que se nos muestra.
Al final, de esas desgastadas paredes surgen imágenes que en cierta manera son como sombras chinescas que rememoran el amor hacia el origen mismo del cinematógrafo y, sobre todo, conectan con la infancia perdida, convirtiendo a Interiorismo en un excelente y poético documento fílmico.
Sinposis: El cadáver de un palacio en ruinas se convierte en su propio mausoleo. Reparto: Luis Fernando Ríos. Fotografía: Chema G. Araque, Hernán Talavera. 12 min. / Vídeo.
Casi como colofón al grupo de exhibiciones sobre el impresionismo que ha acogido la capital, el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid han compartido la muestra Jardines Impresionistas, que da cobertura al arte producido en este género pictórico sobre uno de sus temas principales: el jardín.
La exposición ha sido organizada en colaboración con la National Gallery de Edimburgo y reúne más de una centena de obras que tienen como base esta temática y que han sido producidas entre finales del siglo XIX e inicios del XX. Está comisariada por Guillermo Solana, Michael Clark y por una de las grandes eruditas en este tema, Clare Willdson, autora de In the Garden of the Impressionism.
La llegada a Francia a finales del siglo XIX de nuevas especies florales así como la construcción de los primeros parques públicos provoca un interés creciente en los maestros impresionistas. Las tonalidades de estos inéditos espacios públicos se ajustan a la perfección con los principios desarrollados hacia el color y, sobre todo, por la luz.
La pintura sobre jardines ya había sido realizada por Rubens, Corot y Delacroix aunque, por pura lógica, un movimiento caracterizado por la receptividad hacia las sensaciones provocadas por la luz y el color, no deja escapar la oportunidad de captar la fugacidad de los sonidos y la intensidad de los colores.
Es evidente que la incidencia de los cambios meteorológicos en este nuevo vergel de la naturaleza sedimenta de forma especial en la impronta creativa de numerosos artistas impresionistas.
La exposición se inicia en el Museo Thyssen con los precursores como Bazille y Delacroix, que se centran en la composición de floreros, configurando un espacio interior, y finaliza en la Fundación Caja Madrid con una selección de jardines de pintores españoles (Sorolla, Regoyos y Pla) y otra de las primeras vanguardias (Munch y Nolde).
Pero si existe un artista que siente pasión por esta temática ese es Monet. El mítico Giverny es el escenario mágico de su inspiración final que podemos contemplar en esta pléyade floral, Estanque de nenúfares. Disfrutamos también de la excelencia de Puesta de sol en los jardines de Luxemburgo de Sargent, de El jardín del pintor en Eragny de Pissarro, de Paisaje de jardín italiano de Klimt o de La alberca del maestro Sorolla.
La poética generada por la variación cromática concede a este gran conjunto pictórico un lugar destacado en la historia del arte. Es una percepción distinta, influida por una realidad atmosférica cambiante que alcanza la comunicación plena con el entorno y que supone el establecimiento de un nuevo principio para entender el mundo, para sumergirse en un territorio que une la ciudad y el campo.
Jardines Impresionistas. Museo Thyssen Bornemisza y Fundación Caja Madrid. Hasta el 13 de febrero. Más en museothyssen.org.
Un primer plano sobre una bola a la que dirige su óptica la agitada cámara de Pablo (Hugo García) define, quizá, la metáfora sobre el nuevo destino de este niño que afronta una nueva etapa en su vida tras la separación de sus padres, y sirve como enigmática introducción a Emetreinta de Javier Garmar y Gonzalo de Pedro.
La pieza, que ha participado en la última edición del Festival de Cine de Alcalá, aborda el proceso de adaptación del niño a esta nueva realidad. Su primera visión es un puente impresionante aunque, antes, casi choca con una pared. El paisaje que le acompaña está rodeado de muros de hormigón y, sobre todo, de mucho ruido.
Pablo intenta moverse en un espacio reducido y en un entorno hostil en el que, curiosamente, lo más estético tal vez sean los ‘graffitis’ que adornan esas vallas que impiden su libertad.
Se intuye una separación un tanto difícil. En una escena el joven habla con su padre y su madre le interrumpe bruscamente: “si no ayudas, no molestes".
El escenario natural de su recorrido es una acumulación de verjas aunque él intenta acomodarse. Su voz susurrante comparte con su progenitor el detalle de sus nuevos descubrimientos. Ese momento con la puerta en movimiento, me trae a la memoria El Sur de Víctor Erice.
A lo largo de este proceso iniciático el niño protagonista advierte que existe alguna válvula de escape de la opacidad de su existencia: las escaleras hacia el puente se convierten en ilusión, deseo y desafío para abandonar su enclaustrado mundo.
La fotografía de Javier Cerdá penetra en ese espacio lineal donde confluyen barreras metálicas que acotan un lugar absolutamente angustioso. La cinta deambula con un montaje eficaz - como siempre- de Fernando Franco, quien crea un mosaico de sensaciones que discurren al ritmo sonoro del estupendo tema Rockets Fall on Rocket Falls de Godspeed you! Black Emperor.
La película escrita por Javier Garmar desprende destellos que golpean nuestra mente. Emetreinta es una obra de contrastes: la luz con la sombra, el silencio con el ruido pero, ante todo, es la mirada e iniciación de un joven que intenta comprender esa nueva trayectoria que le toca vivir en un medio en el que los escasos árboles existentes, se ven amenazados por una "modernidad" inmobiliaria apabullante.
Este cortometraje conecta sin duda con ese cine íntimo y de mirada límpida de Erice e incluso de Truffaut. Su idea es el aprendizaje como elemento que aglutina un discurso fílmico notable. De Pedro y Garmar realizan un ejercicio arriesgado, creando una obra intimista: la liberación tan solo se logra al final de la meta, que es ese puente que se alza sobre la M-30, que da título a esta pieza sublime.
Pierre Auguste Renoir (1841-1919) entendía el arte como algo que pudiera provocar alegría y emoción en el que lo contempla. Gran conocedor de Velázquez y de Rubens, su gama –amplia– de colores consigue sin duda transmitir esa pasión que siente por la luz.
En estos días, el Museo del Prado dedica la primera monográfica al artista francés con la muestra Pasión por Renoir, que recoge 31 obras del coleccionista Robert Sterling, fundador del Sterling and Francine Clark Art Institute, que posee lo mejor de la obra de Renoir.
La pinacoteca nacional traza un recorrido que se bifurca en dos trayectos: el primero lo componen géneros como el retrato, la figura femenina, el paisaje, la naturaleza muerta y el desnudo, y el segundo la historia, que es la base que inicia el muestrario del coleccionista americano, fundador de la compañía Singer y que se instala en París.
La capital francesa alumbra a este pintor bohemio que comparte espacio vital con Pissarro y Sisley; todos ellos creadores que emergen desde la oscuridad de la pobreza a la luminosidad del reconocimiento.
Nuestra capital está de enhorabuena pues en los últimos tiempos se han sucedido diferentes exposiciones sobre impresionistas franceses: Rodin, Degas, Sisley, Monet, Cezanne, Gauguin o Seurat han precedido a la esperada muestra sobre uno de los grandes maestros del arte moderno.
A buen seguro que con la pretendida armonía de su paleta Renoir logra cautivar al espectador, trasladando la magia que preconiza. Contemplar su obra es participar de un festín indescriptible, es vivir sensaciones gratificantes, ya sea con Bañista peinándose, con Retrato de Madame Monet, con Frutero de manzanas o con su excelente Autorretrato.
Su pintura es sensorial, envolvente, vivificante y puro deleite. Renoir es el impresionismo, es arte que desborda la emoción. Cada una de sus piezas maestras quieren compartir con el público la alegría de vivir: a fe que lo consigue.
La posibilidad de poder ahora participar de este frenesí artístico es un lujo para todos aquellos que quieren ver reconfortado su espíritu. Renoir nos convoca a una lección de arte y de vida, no podemos defraudar al maestro.
· LA CITA: Pasión por Renoir. En el Museo del Prado. Hasta el 13 de febrero.
Jorge Dorado es un veterano cortometrajista que tiene ya en su haber un curriculum muy interesante para el gran celuloide. Ha colaborado con Baz Luhrman en ‘Moulin Rouge’, con Pedro Almodóvar en ‘La mala educación’ y ‘Hable con ella’, con Guillermo del Toro en ‘El espinazo del diablo’ y con Juan Carlos Fresnadillo en ‘Intacto’. Además, co-dirigió junto a Luis Berdejo ‘La guerra’, corto de gran repercusión y, ya en solitario, ‘Distancias’, entre otros trabajos.
‘Gracias’, que ha participado en la última edición del Festival de Cine de Alcalá, es su última obra y en ella aborda un tema recurrente como es el del encuentro fortuito en un aeropuerto (me acuerdo de ‘Equipajes’ de Toni Bestard, también comentado en esta sección).
Dorado es autor del guion en el que teje una historia que capta la atención del espectador merced al interesante diálogo de sus protagonistas. Ellos son dos artistas de la escritura que se cruzan en una terminal: Luis Callejo y Esther Ortega habituales en este formato con identidad propia, dan contenido de forma brillante a unas personas cuyas miradas hablan de expectativas y deseos.
El lenguaje corporal adquiere protagonismo y durante ese acercamiento ambos dejan algunas pinceladas reseñables, por ejemplo, cuando ella apunta que “el ser humano está lleno de amor y odio" y él la responde: “y de deseo".
Los personajes esconden una atracción mutua que aparca por un instante sus anodinas vidas: soñar es necesario, pero especular con la aventura de un nuevo amor puede ser más excitante aún.
Jorge Dorado controla una pieza que llega por su mensaje y por su cuidada elaboración y así, ‘Gracias’ deviene en un relato subyugante sobre el anhelo de la escapada. Es un sueño imposible, que tal vez se haga realidad, es una incertidumbre que consigue que ambos puedan sentirse más vivos.
Los protagonistas han comprobado que tienen muchas cosas que les unen y sienten una atracción mutua aunque una barrera interrumpirá esa efímera felicidad: la puerta de salida del aeropuerto se abre y los dos se enfrentan de nuevo a la cotidianeidad aunque tal vez aún les queda una última baza para alcanzar ese momento soñado y rozar otra realidad.
· LA FICHA 'Gracias'. Dirección y guión: Jorge Dorado. Intérpretes: Luis Callejo y Esther Ortega
El Museo del Prado tiene la inmensa fortuna de conservar unas cien obras de Rubens (1577-1640). Ahora, y por aquello del ahorro en tiempos de crisis, acude a su inmensa colección para mostrar estas piezas del gran maestro flamenco del Barroco.
Así pues, la pinacoteca exhibe fondos que pretenden dar sentido a la nueva reordenación de sus colecciones iniciada el año pasado. Sin duda, una excusa perfecta para disfrutar una vez más de la excelencia de este genio del arte; un artista que imprime a sus figuras una extraordinaria fuerza expresiva. Sus obras son creaciones que resaltan la épica en sus impresionantes formas.
Rubens, además, conjuga romanticismo y clasicismo, iluminando sus cuadros de una manera muy vigorosa, lo que concede a su inventiva un acercamiento visual emprendedor.
Muy reconocido por varios monarcas como Felipe II y Felipe IV, su cercanía a nuestro país permite también el conocimiento de piezas de su propio taller que estaban destinadas a los palacios de la realeza.
En su producción destaca sobre todo la voluptuosidad de sus figuras femeninas y claro ejemplo es la reconocida 'Las tres gracias'. Pero aún encontramos más joyas que nos transportan a otro mundo, como la ya mítica 'Saturno devorando a su hijo' o la majestuosa 'Hércules y el cancerbero', ambas confirman la enérgica pincelada de este genio. Otra característica que define su creación es la exaltación vital, una manera más de expresar su amor hacia el ser humano.
Esta labor de rescate del Museo del Prado permite ordenar y mostrar al público para su disfrute pinturas que desbordan por su fuerza y autenticidad. Siempre es recomendable volver a esta pinacoteca pero ahora es inexcusable visitar una de las mejores instituciones culturales del mundo que ha preparado un montaje muy especial sobre este artista flamenco.
Se colige de nuevo que, en numerosas oportunidades, una idea unida al talento puede conseguir mejores resultados que en otras ocasiones en las que existen muchos medios pero no reina ningún tipo de control sobre lo que se quiere mostrar. Bienvenidas sean iniciativas que como ésta, desempolvan el baúl de los tesoros pictóricos.
El circuito festivalero de los últimos años ha contado casi siempre entre sus piezas seleccionadas, y en numerosas ocasiones premiadas, con Abimbowe y Cómo conocí a tu padre, ambas de Álex Montoya. Ahora el director nos presenta Marina –igualmente seleccionada en la reciente edición del Festival de cine de Alcalá– en la que de nuevo toma como punto de partida una simple anécdota, para lanzar sobre ella una incisiva mirada que le permite aunar un discurso cargado de ternura y dramatismo.
En un pueblo pesquero y en la inmensa oscuridad de una noche asturiana, se desarrolla un encuentro casual entre dos seres que van a complementar sus necesidades.
Montoya exhibe una capacidad extraordinaria para dar sentido a un encuentro sexual entre desconocidos. Ambientada en Cudillero (Asturias), la belleza del entorno se integra como elemento narrativo esencial de la cinta. Y es así, principalmente, por su increíble tratamiento fotográfico. La portentosa iluminación permite que su habitual colaborador Jon D. Domínguez engrandezca los perfiles de sus protagonistas: Andrea Dueso y, sobre todo, Luis Zahera componen unos personajes con habilidad y sutileza.
El mérito del metraje es su facultad de sugerencia. El director controla a la perfección el grado de incertidumbre que se crea entre los actores y logra una atmósfera envolvente que capta la atención de inmediato.
El acento musical de Jorge Magaz permite que la historia camine por esa huidiza senda que dibuja el silencio: de ese silente elemento brotan los mejores momentos de Marina. Por ejemplo, el instante en el que Andrea y Luis cruzan sus miradas expectantes antes de que se cierre la puerta del servicio cuando el marinero lava sus manos. En los ojos de Zahera –grande, su trabajo– se adivina la dureza de su profesión, que contrasta con la delicadeza de su comportamiento.
Álex Montoya saca partido de una historia sencilla que habla de soledad, de sentimientos y también de aprendizaje -la protección que busca la joven en una figura experimentada. Un relato que insinúa situaciones, dejando un vestigio de sabiduría que sedimenta con energía en personas que deben afrontar sus decisiones.
Todo ello dice bastante de la calidad de este director –del que también recordamos El punto ciego, co-dirigida junto a Raúl Navarro– a quien esperamos pronto con nuevas e inquietantes historias.
La Residencia de Estudiantes fue un espacio de encuentro único en el que unieron sus destinos grandes intelectuales de la época. Fundada en 1910, se celebra ahora su centenario y por ese motivo, Caixa Forum organiza la muestra Dalí, Lorca y la Residencia de Estudiantes, con la que intenta dar a conocer un nuevo enfoque sobre la intensa amistad de estos dos grandes creadores del siglo XX.
Hablar de ellos es iniciar un amplio recorrido por los movimientos que surcaron ambas trayectorias, destacando principalmente su paso por el cubismo, el futurismo y el surrealismo.
Este recinto estudiantil, que fija el esplendor de ese período y por el que también deambula Buñuel, se convertirá con el transcurso de los años en un centro de intercambio de conocimientos fundamental para la cultura de nuestro país.
De aquella estupenda etapa, se incluyen obras de Dalí y Lorca y también testimonios documentales con piezas de Picasso, Miró, Ernst, Derain y De Chirico.
Nuestros protagonistas se conocen en 1922 y hasta 1930 cruzan sus vidas en las que se entremezclan amistad, amor y proyectos en común. De todo ello podemos disfrutar ahora: sus manuscritos, libros o su correspondencia más íntima –desglosada en una lectura dramatizada recogida en el buen documental de Manuel Gutiérrez Aragón Coloquios en la Residencia–.
Estructurada esta muestra en tres parcelas, la primera de ellas Residencia de Estudiantes da cobijo a su encuentro, la segunda, Hay claridad, define su manera de formular las vanguardias y la tercera Estética fisiológica es la expresión utilizada por Lorca para analizar la pintura de Dalí.
La exposición examina la influencia que tuvo este idilio en el proceso creativo. De Lorca conocemos sus propuestas teatrales, su relación con Barradas y, sobre todo, la huella que deja en él la música de Falla. De Dalí, su conexión con la obra de Delaunay y –al igual que el poeta granadino– su devoción por Barradas.
Pero la cuestión más trascendente que nos proporciona este reencuentro propuesto por Caixa Forum es la causa de la ruptura.
Desde luego una primera sería la separación por una visión distinta de su producción artística. Dalí sucumbe al surrealismo y, aunque Lorca intenta con Un poeta en Nueva York acercarse a este movimiento, su carrera se orienta en una dirección totalmente opuesta. O, tal vez, una separación sentimental, aunque es obvio también que sus divergencias ideológicas pesaron mucho en la destrucción de la pareja.
En definitiva, lo que queda para los anales de la historia es que la convergencia entre Dalí y Lorca fue excepcional en la formulación de las vanguardias en España. De su inspiración conjunta brotan piezas que reflejan la apasionada personalidad de dos grandes artistas del siglo pasado.
LA CITA:
Dalí, Lorca y la Residencia de Estudiantes
En Caixa Forum. Pº del Prado, 36. Hasta el 6 de enero.
En la sociedad actual, en la que tan sólo son visibles los triunfadores que aparentan seguridad, hablar de los procesos de angustia y confianza en uno mismo supone un interesante ejercicio.
Iván Ruiz Flores exhibe sin pudor en Mie2 la relación de un realizador al que produce pavor salir de su habitación y una escritora que teme atravesar ese umbral que les separa.
Se trata de un corto valiente que desnuda los miedos de dos personas que buscan su propia autoestima. Con un ritmo contenido que cautiva, una estética brillante que traslada una mirada muy especial y una fotografía inmensa y muy cuidada de Carmelo Barberá que acentúa su tono pictórico, la pieza se adentra con absoluto verismo en los vericuetos de una lucha común por superar un reto.
Para dar sentido a su estupendo guión, el director de Fuenlabrada sabe rodearse de unos actores que componen sus personajes de manera excepcional. Alberto Amarilla –cada día más seguro– dibuja con absoluto rigor el perfil de un ser atormentado mientras que Laura de Pedro crece en un duelo interpretativo de alto voltaje.
Así, Mie2 se dispone como una cinta muy equilibrada en la que sus elementos conforman un puzle espléndido, en el que también sobresale la intimista música de Alejandro Díez Montemayor. Es una obra turbadora e inquietante que accede a un espacio opresivo en el que habitan individuos inseguros, ajenos al ritual de la apariencia. La cadencia de su escritura visual fortalece un mensaje que se acoge con deleite.
Iván Ruiz se enfrenta a la incertidumbre frontalmente. En la mayoría de las situaciones esquivamos ese sentimiento para suplantar una personalidad frágil, para olvidar la ansiedad que genera el miedo a tener miedo. Por eso, la fuerza y radicalidad de esta pieza es que destila un enorme caudal de energía positiva, con la que busca la complicidad del espectador.
Destacan algunos momentos que son ciertamente simbólicos: las pilas y las servilletas establecen un frente común que ayuda en la pugna para doblegar esos barrotes que separan la celda interior del realizador de la luminosidad del reconocimiento.
El director está a punto de estrenar su primer largometraje Lección debida y tan solo deseamos que mantenga el nivel de este exquisito trabajo.
· LA FICHA Mie2. De Iván Ruiz Flores. Duración: 22 minutos Reparto: Alberto Amarilla y Laura de Pedro.
Duncan Phillips (1866-1966) fue un coleccionista de arte muy entusiasta que buscó siempre obras que destacasen por su originalidad e independencia.
La Fundación Mapfre presenta estos días una interesante antológica ‘Made in USA. Arte Americano de la Phillips Collection’ que enseña un amplio trayecto de la pintura norteamericana realizada desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX y que corresponde a una selección de obras de este museo, el primero de arte moderno en abrir sus salas al público en 1921. Una centena de piezas de más de 60 artistas que componen la realidad de la pintura norteamericana desde el modernismo hasta el expresionismo abstracto, movimiento que nace una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
La colección se caracteriza por composiciones que expresan la personalidad de sus creadores. Su propietario se fijó como objetivo primordial el de difundir internacionalmente los trabajos de sus compatriotas, a los que consideraba bastante infravalorados; a este fin, destaca su presencia habitual en la Bienal de Venecia, en la que requieren obras de su personal pinacoteca.
El recorrido de la muestra se inicia (-lógicamente- a finales del siglo XIX) con cuadros de Winslow Homer, ‘Al rescate’ (1886), Thomas Eakins, James Abbott y Albert Pinkham. No obstante, cuando el museo de Phillips abre sus puertas ya posee fondos de impresionistas como Theodore Robinson y Ernest Lawson junto a realistas urbanos como Robert Henri y George Luks.
A comienzos del siglo XX, se agregan a la colección pinturas que aportan una nueva visión del campo y la ciudad, a las que se unen autores que provienen del período de entreguerras, como Edward Hopper, de quien podemos disfrutar ‘Llegando a una ciudad’ (1946), George Bellows, Rockwell Kent, Arthur Dove, Georgia O'Keeffe, quien incorpora una nueva mirada hacia el paisaje en la que utiliza formas y colores muy personales, como demuestra en ‘Hojas rojas oscuras grandes sobre blanco’ (1925).
Es en este tramo de la historia cuando la sociedad americana demanda una mirada más profunda hacia la composición autóctona y Duncan Phillips, claro defensor del patrimonio cultural de la nación, va a desempeñar de nuevo un papel preponderante.
El recorrido desemboca en el grupo del expresionismo abstracto. La creación de un nuevo lenguaje visual convierte al arte americano en vanguardia mundial. El carácter visionario del señor Phillips le permite acomodarse al momento histórico. Piezas como ¡Sin título¡ (1968) de Mark Rothko, ¡Muchacha con planta¡ (1960) de Richard Diebenkorn y otras estupendas de Robert Motherwell, Adolph Gottlies, Philip Guston y Clyfford Still dan fe del conocimiento y percepción de un coleccionista que supo adelantarse a su tiempo.
· LA CITA. 'Made in USA'. En la Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Hasta el16 de enero. Horario: Lunes,de 14 a 21 horas. De martes a sábados, de 10 a 21horas. Domingos y festivos, de 12 a 20 horas.
Natalia Mateo se ha convertido por derecho propio en una de la musas del cortometraje español. A su talento innato como actriz, se une ahora su prometedor debut como directora en solitario, tras haber dirigido junto a Marta Aledo los premiados ‘Test’ y ‘Pichis’. Y es que, la directora conquense afianza su carrera artística con ‘Qué divertido’, –que participa en la presente edición del Festival de Cine de Alcalá– trabajo que rezuma sencillez y autenticidad a borbotones.
Su guión fue uno de los vencedores en el Certamen Nacional de Cortometrajes Escenarios ‘Amanece que no es poco’, organizado por la Junta de Castilla-La Mancha. El premio consistía en la realización de una pieza en las mismas localizaciones donde tuvo lugar el rodaje de la película de José Luis Cuerda que da nombre al Certamen.
La cinta destila belleza por sus poros. Aborda con enorme talento el paso del tiempo y la transformación que experimentamos al adquirir nuevos grados de responsabilidad: precisamente la relación paterno-filial está narrada con mucho mimo y detalle. El puntillismo en la descripción de los personajes es el que concede esa naturalidad tan bien expresada por el padre –excelso Luis Bermejo– y por el hijo –soberbia presentación de Teo Planell, hijo de la directora– que deja una frase memorable y ya tópica: ‘Me aburro’, que tantas veces hemos escuchado a toda una generación.
La fotografía de Juan Hernández enmarca la hermosura del paisaje manchego como espacio ideal de aventuras de la pareja protagonista, cuya presencia deja secuencias impagables, sobre todo hacia el final, en ese diálogo un tanto surrealista que mantienen padre e hijo. La charla entre ambos, uno a ras del suelo y el otro en la copa del árbol, crece en intensidad a cada instante; Natalia controla la situación con pulso firme: sabe lo que quiere contar y cómo transmitirlo al espectador.
Practica un ejercicio de comunicación muy transparente y sin trucos, con el que muchos nos identificamos de inmediato.
‘Qué divertido’ centra la historia en unos personajes que saben cómo mirar. De su complicidad brotan los mejores momentos, consiguiendo empapar de ternura y amor cada centímetro de su celuloide.
He escrito mucho –y bien– sobre Natalia Mateo y ahora he de reiterar mis elogios, ya que con esta deliciosa película consigue trasladar esa apegada comunicación que establecen padres e hijos.
Miguel Hernández llega a Madrid por primera vez en 1931, con la esperanza de convertirse en poeta. En Orihuela, su pueblo natal, ya ha dado los primeros pasos y busca en la capital su aprobación. Pero la experiencia resulta un tanto frustrante y en esos días un tanto oscuros para él, se refugia a menudo en la Biblioteca Nacional. Ahora, esta institución –con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento– le rinde un emotivo homenaje.
Organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) en colaboración con la propia Biblioteca y comisariado por el profesor José Carlos Rovira, 'Miguel Hernández- La sombra vencida 1910-2010' recupera su legado con la exhibición de más de 200 piezas, entre las que destacan sus cuentos inéditos –escritos en prisión en papel de retrete– y una grabación que le hace Alejo Carpentier en 1937.
Transcurridos unos años de su primera estancia, regresa a la capital el poeta del pueblo, el pastor poeta, el poeta pastor al que inmortalizara en un retrato magnífico su compañero de celda Antonio Buero Vallejo.
Estudioso y seguidor de Góngora, el vate de Orihuela se rodea de inmediato de la intelectualidad del momento. Conoce a miembros de la Escuela de Vallecas: Benjamín Palencia le hace un retrato y con Maruja Mallo mantiene una estrecha amistad. Suscita el aprecio e interés de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre -los que más le apoyan- pero también de Juan Ramón Jiménez, José Bergamín y José María de Cossío aunque de otros, como García Lorca, recibe cierto menosprecio.
Pero la madeja del reconocimiento se deshilacha: la llegada de la guerra civil altera el rumbo de su destino y Miguel, hombre siempre comprometido, participa en ella para alzar su voz y manifestar la coherencia de sus ideas: pagará un precio muy alto por su lealtad y conciencia.
Finalizada la contienda, el olvido se cierne sobre su obra y es entonces cuando la alargada y cruenta sombra de la censura franquista se expande con rencor sobre su persona.
Hasta 1976 está penado citarle. Es Joan Manuel Serrat quien da a conocer muchos de sus versos y quien este año los rescata de nuevo en su disco Hijo de la luz y de la sombra. El tiempo pasa inexorable y el Gobierno de España le conmuta la pena capital aunque la realidad de los hechos supera todo: la muerte le llega en la cárcel donde, abandonado y enfermo, le dejan morir en un acto verdaderamente ignominioso.
Este sentido homenaje honra la figura de un auténtico luchador por la dignidad del hombre. Un creador que, incluso en las peores condiciones, encuentra un atisbo de lucidez para desafiar con su escritura las leyes de la indecencia.
Su universalidad es inequívoca. Su poesía ha calado tan hondo que incluso un reconocido rapero como Nach -¿cantautor del siglo XXI?- realiza una muy digna versión de Vientos del pueblo. Sin duda, todo un tributo al cuidador de cabras que da sus primeros pasos literarios con sus versos gongorinos. Un autor que mantiene una trayectoria recorrida por el dolor, el compromiso y, sobre todo, por un profundo amor al acto mismo de la escritura.
La Biblioteca Nacional realiza pues un encomiable acto de justicia hacia un poeta que fue y será siempre del pueblo.
· LA FICHA 'La sombra vencida'. En la Sala Recoletos de la Biblioteca Nacional. Hasta el 21 de noviembre. www.bne.es
'El giallo' (amarillo) es un subgénero de origen italiano derivado del thriller y del cine de terror que se inicia con ‘La muchacha que sabía demasiado’ de Mario Bava. La actriz italobrasileña Florinda Bolkan trabajó en alguna de estas películas, aunque también colaboró con Luchino Visconti, Vittorio de Sica, Elio Petri y Richard Lester, entre otros. Rubén Torrejón, realizador de exitosas series televisivas como ‘El súper’ o ‘Al salir de clase’, quiere rendir honores a esta actriz y a este género con ‘¿Quién es Florinda Bolkan?’.
El director cordobés debuta en el cortometraje con una novedosa pieza en la que la conversación en off de una pareja nos embarca hacia Venecia, ciudad del amor, aunque en este caso, paradójicamente, se escenifica el desencadenante de una relación turbia y desgastada, como alguno de los canales de la hermosa ciudad italiana. Así pues, la que fue inmortalizada por los pinceles de Canaletto se alza en todo su esplendor como escenario majestuoso por el que desfilan unos personajes cuya relación está al borde del fracaso, ¿o no?
La cinta, muy cuidada y elegantemente filmada avanza componiendo una estética brillante a la que ayuda, sin duda, la fotografía de Juan Carlos Rodríguez y, sobre todo, la envolvente música del siempre brillante Christopher Slaski –Premio Europeo al mejor Joven compositor de música de cine– y habitual en la batuta musical de otros cortos, entre los que destacan ‘Cuadrilátero’ y ‘Pulsiones’. El músico británico cuenta en esta ocasión con la inestimable ayuda de la vocalista Kim Chandler quien pone acento a la película con su voz susurrante.
‘¿Quién es Florinda Bolkan?’ es cine de miradas retadoras e inquietantes, como las que se lanzan unos eficientes Antonio Pagudo y Beatriz Argüello. Es celuloide sensorial que evoca la belleza y la funde con la fugacidad de los sentimientos; es una apuesta cómplice por la creación artística y, como ejemplo, la emotiva escena en que la pareja visita a algunos prohombres de la cultura (Erza Pound, Sergei Diaghilev e Igor Stravinski), cuyos restos habitan en el cementerio veneciano.
La idea de Torrejón es arriesgada. Su cámara filma una historia que intensifica su ritmo, logrando crear un horizonte cautivador para el espectador. Esta obra es un buen comienzo para alguien que pretende diferenciarse de lo generalmente aceptado. Bienvenido.
Caixa Forum de Madrid abre la temporada otoñal de exposiciones con la muestra Infancia-Fotografías de Isabel Muñoz en la que a través de 40 instantáneas, audiovisuales y diversos textos se desvela la cruda subsistencia de numerosos niños y niñas de todo el mundo.
Organizada por Obra Social La Caixa y UNICEF, en colaboración con la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (AECID), esta antológica sobre la dignidad perdida de la infancia es un resumen clarificador que viene motivado por la celebración del 20 aniversario de la Convención sobre los Derechos de la Infancia.
La artista barcelonesa, Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes el año pasado ha recorrido veinte países de Europa, África, Asia y América, pudiendo comprobar la muy oscura realidad que padecen.
Su cámara comprometida se solidariza con las penurias de estas futuras generaciones. Y es que, como casi siempre, los acuerdos sobre los derechos humanos son continuamente vejados. Por eso, debemos reconocer la importancia de este proyecto en el que Isabel Muñoz desciende a los infiernos de la existencia, insuflando con su instrumento de trabajo grandes dosis de dignidad y esperanza a los habitantes de un futuro que se cierne oscuro.
El gran formato de sus imágenes no hace sino resaltar la mirada de este numeroso grupo de jóvenes que viven alejados de la racionalidad. Y así, rostros como el de Mariana, esa niña de Níger que con 14 años trabaja más de 10 horas diarias o los de Luis, Salvador, Armando y JM que ocultan sus caras en Puerto Galera, Filipinas y que han sido rescatados de los abusos sexuales, dibujan una realidad cruel, ajena a las bondades que toda vida digna debe representar.
Isabel Muñoz desarrolla su labor con absoluto compromiso hacia los más desfavorecidos. En este desgarrador resumen de vivencias descubre sin pudor la cara oculta de un mundo doloroso aunque también, y eso es lo fundamental, aporta una visión esperanzadora, dibujando los perfiles de esa niñez que comienza a respirar un aire nuevo y distinto. Gracias a algunas misiones y proyectos -a veces funcionan- cada vez son más los adolescentes que escapan desde ese horizonte borroso.
Por eso, esta 'Infancia' de Isabel Muñoz es un canto al optimismo y un grito a favor de la integridad del hombre.
Una producción muy cuidada a cargo de Ramón Rodríguez propicia que ‘Shadows in the wind-Sombras en el viento’, de Julia Guillén Creagh ilumine poéticamente esta íntima historia que aborda la relación entre dos pintoras que comparten estudio en Nueva York en los inicios del siglo XX.
El discurso narrativo construido por la directora destila armonía y profunda belleza. Su cámara se detiene en la relación de dos mujeres y, sobre todo, en la melancolía que transpira la protagonista, Alice Henley.
Y es que, ‘Sombras en el viento’ sustenta su valía en el perfecto equilibrio de todos sus elementos. Así, la luz creada por la fotografía de Helena Gelado recrea una atmósfera que envuelve ese espacio interior en el que conviven los personajes. Es un entorno casi pictórico por el que transitan unos seres en penumbra. Precisamente el contraste entre la oscuridad del relato y el tratamiento lumínico es el que concede a esta película una estética fascinante.
En un escenario –casi teatral– cargado de amargura, la esperanza adquiere también su protagonismo: la filmación en exteriores posibilita un aire distinto, es una puerta abierta que deriva hacia una mirada más optimista. El pulso creativo de Julia Guillén logra que la historia avance de forma resuelta, transmitiendo un sentimiento de complicidad hacia los personajes y a la incertidumbre que adormece sus vidas.
Pero el eslabón que engrandece esta obra con aroma british es el formado por su elenco interpretativo. A la consistencia de Susan Stanley y Alice Henley se une la participación de David Bailie. El actor, visto en 'La Perla negra' como un pirata del Caribe, es un auténtico lujo en este filme. Se aprecia su origen teatral -entró a formar parte del Teatro Nacional Británico de la mano del gran Lawrence Olivier- y la pantalla se agiganta cada vez que disfrutamos de su composición.
‘Sombras en el viento’ es un brillante ejercicio de caligrafía visual que desprende una aureola de poesía que cautiva al espectador. Es una pieza que penetra en la angustia y pesimismo, pero también en la generosidad y, principalmente, en la mágica certeza que significa todo sueño inalcanzado.
La televisión de nuestros días se ve inundada con demasiada frecuencia de personajes que antaño apenas se asomarían al viejo tubo catódico. Uno de ellos es Noni Gil, concursante un tanto especial a quien concede credibilidad una impresionante Carmen Ruiz, artífice de la excelencia de La rubia de Pinos Puente, último trabajo de Vicente Villanueva.
El director, como hiciera con anterioridad en El futuro está en el porno con Marta Belenguer y en Heterosexuales y casados con la propia Carmen Ruiz, utiliza el talento de esta actriz para satirizar el mundo de la telebasura.
Así, Ruiz despliega sus recursos interpretativos de una forma brillante, obteniendo en cada gesto o mirada una respuesta inmediata del espectador. He tenido la oportunidad de disfrutar la pieza en varios festivales y les aseguro que la identificación de ese personaje tan esperpéntico con el público ha sido total.
La cinta es ingeniosa, cargada de socarronería y, sobre todo, de una humanidad abrumadora. Villanueva bucea en los sentimientos de un personaje fascinado por las luces de la popularidad que descubre la verdad que se esconde detrás de los focos de esos reality.
La protagonista es una amalgama de sensaciones contradictorias. Es una friki que anhela la notoriedad y que también lucha por el amor. En esa batalla perdida de antemano, sufre en sus carnes la manipulación de su propia vida: su enemigo es poderoso y sin escrúpulos, la televisión basura. La rubia de Pinos Puente concede momentos ciertamente surrealistas, como la secuencia en la que adquiere cierto protagonismo una bandera republicana, o el comentario de Noni a su pareja –un eficaz Font García– “eres el María Moliner de la Playstation”.
La composición de la obra, su ritmo dinámico y la acidez de su escritura, la acercan sin ningún atisbo de duda a esa ironía penetrante que desplegaba en su cine el maestro Berlanga. No es mal modelo desde luego, aunque Vicente Villanueva ha trazado hasta la fecha una filmografía propia que mantiene una premisa principal: lograr la sonrisa con perspicacia, lanzando una mirada penetrante a las relaciones humanas. Su obra le identifica como alguien que sabe contar historias con un humor muy inteligente.
El paisaje de Joseph Mallord William Turner ocupa un lugar muy destacado en la historia del arte. Claro referente en el desarrollo posterior del impresionismo y la abstracción, su obra ha sido una pugna constante por sobresalir artísticamente de sus coetáneos.
Tras su paso por Londres y París, el Museo del Prado presenta la espléndida muestra Turner y los maestros en la que, a través de 80 piezas –la mitad del propio Turner– se propicia un diálogo entre el maestro inglés y aquellos a los que considera competencia.
El acertado enfoque elaborado por el comisario de esta versión española, Javier Barón, permite ahondar en la majestuosidad de algunas obras del artista londinense, sin duda, precursoras de importantes cambios en el devenir del arte. La exposición penetra en la personalidad retadora de un pintor que siempre rivaliza con los demás maestros de la pintura.
En las salas de la pinacoteca nacional se revela el encuentro de Turner con cuadros de insignes autores como Rembrandt, Piranesi, Veronés, Tiziano, Van de Velde, Claudio de Lorena, Girtin, Cuyp, Van der Neer, Poussin, Rubens, Van Ruisdel, De Loutherbourg, Canaletto, David Wilkie, Watteau o Constable, su enemigo irreconciliable.
Por tanto, este diálogo y, a la vez, discrepancia engrandece aún más una antológica que desvela los genes creativos de un artista embravecido aunque no siempre acertado y propicia además, instantes de intensidad arrebatadora. La dialéctica se descubre por ejemplo, en Muchacha en la ventana (1645) de Rembrandt con Jessica (1830); en Barcos holandeses (1881), su respuesta a Un temporal en ciernes (1672) de Van de Velde; en Paisaje con Moisés salvado de las aguas (1639) de Claudio de Lorena y su réplica con Cruzando el arroyo (1815) o, finalmente, en La casa blanca de Chelsea (1800), excelente acuarela de su amigo Thomas Girtin que le inspira Cascos de barcos en el Tamar, crepúsculo (1811-1813).
Turner (1755-1851), de origen humilde, supo otorgar a su inventiva un halo poético inusual. Nadie como él impregnó con tanto protagonismo a la naturaleza. Creador de una atmósfera propia, ese pulso combativo le permitió avanzar por una ruta muy especial en la que brillan con esplendor la imaginación y la luminosidad de sus composiciones.
Ahora esta brillante exposición, sin duda una de las más importantes de la temporada, que finaliza con Paz-Sepelio en el mar (1842), bello homenaje de nuestro artista a David Wilkie, hace posible un conocimiento más detallado sobre las obsesiones de un pintor que figura con letras de oro en el panteón de los grandes maestros de la pintura.
El laureado Eduardo Chapero-Jackson se cuestiona en The End el comportamiento del ser humano ante una situación límite, como es la escasez de agua. La película es un western apocalíptico que escruta la reacción de unos personajes sometidos a una presión extrema.
La acción se desarrolla en una zona desértica de Estados Unidos, antaño rica en vegetación. En este árido territorio una familia norteamericana ha de afrontar su supervivencia, en un país en el que el agua ya es un recurso muy escaso. Y es precisamente el cambio radical de actitud que experimentan ante un hecho crítico, lo que arrastra la conducta de una sociedad supuestamente civilizada que regresa en este caos generalizado a escenarios que recuerdan al salvaje oeste.
Chapero-Jackson retrata el descenso a los infiernos de unos individuos que han sido privados de un bien esencial para sus vidas. En esta disyuntiva tan caótica florecen prácticas que difunden los instintos más primarios del hombre.
Visualmente impactante, su imagen dibuja la estética del western. Su ritmo cadencioso –los silencios, la espera– acoge los movimientos de unas personas que, ante todo, luchan por la familia. En esa batalla cruel, queda expuesta la esencia del lejano oeste que desgraciadamente, llega más de lo deseado al mundo actual: el uso de las armas.
Y es que el manejo indiscriminado de este elemento de agresión ha superado las barreras del tiempo y se acomoda con facilidad en la genética de numerosos ciudadanos. Esa cultura de violencia anida en nuestros días, provocando escenas que nos devuelven instantáneas como las que exhibe el filme.
El director madrileño retorna a un componente común en su filmografía: observar la reacción de sus protagonistas ante situaciones intensas; la anorexia en Contracuerpo y la muerte en Alumbramiento. Este es un punto muy interesante dado que para lograr la verdad de su propuesta necesita la complicidad de los actores, y en esta cinta consigue lo mejor de cada uno de ellos, sobre todo de Samuel Roukin, Natalie Press y Miguel Ángel Silvestre.
The End se convierte en un ejercicio futurista construido a base de espejos que reflejan lo peor del sujeto en ambientes comprometidos. Y nos deja la pieza de un director con criterio, con una creatividad muy personal y del que próximamente veremos su primer largometraje Verbo.
· LA FICHA The end
Dirección y guión: Eduardo Chapero Jackson.
Reparto: Samuel Roukin, Natalie Press, Ewan Battie, Charlie Creed Miles, Eileen Walsh, Evie Duncan, Miguel Ángel Silvestre.
La Fundación Mapfre propicia el encuentro entre el movimiento surrealista y la fotografía en la muestra La subversión de las imágenes: surrealismo, fotografía y cine, en la que podemos descubrir el proceso de investigación llevado a cabo por esta corriente que contempla la creación gráfica como obra de arte con su propio lenguaje.
A través de un conjunto de más de 400 piezas, entre las que destacan 300 fotografías, una centena de documentos y 10 películas como, por ejemplo La Edad de oro y Un perro andaluz, se aprecia la influencia del movimiento liderado por André Breton. Este grupo es clave en la configuración de un nuevo lenguaje que otorga otra expresión a la mirada y que se concentra en el cinematógrafo y, sobre todo, en el artífice de instantáneas.
Durante la década que recoge las heridas de la primera guerra mundial, un importante núcleo de artistas manifiesta su inquietud y deseo de provocar un cambio sustancial en los diferentes órdenes de la vida. Para ello consideran primordial modificar la forma en que se ve y, principalmente, los parámetros que inciden en la mirada.
La exposición articula nueve discursos en los que deja constancia de los motivos que redundan en los diversos ámbitos de la concepción estética del período.
Así, en La Acción colectiva se destaca la primacía de lo colectivo sobre lo individual, que se aprecia en la creación de revistas y tribunas que utilizan la fotografía como testimonio de esa identidad común. En Teatro de la razón admiramos la fuerza del retrato para la consecución de una dramaturgia adecuada.
Lo real, lo fortuito, lo maravilloso entrega el protagonismo a la ciudad, escenario que acoge un universo de lugares secretos, como desvelan las imágenes de Eugene Atget. La tabla de montaje da cabida a un concepto de ruptura de la realidad y destaca la complejidad de criterios para concebir una visión conjunta. La mente y los sueños sirven de referencia a El modelo interior que explica la esencia del movimiento surrealista: retratos de seres con los ojos cerrados cuyas retinas pueden ver, mientras que La pulsión escópica desnuda la eterna búsqueda del objeto de deseo.
En La Escritura automática es el azar quien predomina en la construcción de una imagen. Ya casi al final de este amplio recorrido penetramos en Anatomía de la imagen para reconocer a artistas de la talla de Man Ray, Brassaï, Nougé o Maurice Tabard, quienes intervienen en las obras acomodando las nuevos procesos técnicos para alcanzar piezas transgresoras y con grandes dosis de violencia.
Y como colofón al trayecto, Del buen uso del Surrealismo nos advierte de la captación por parte del mundo publicitario de este modelo creativo, que conlleva una importante divulgación de esta iconografía que se incorpora así a la cultura popular.
Interesante colección de imágenes que contienen los grandes nombres del surrealismo en todas las disciplinas artísticas, desde Breton hasta Buñuel, sin olvidar a Magritte y Dalí. De la mente de todos y cada uno de ellos brotan estas joyas que convulsionan el arte y conceden al espectador otra forma de mirar que es, otra manera de entender.
· LA FICHA La subversión de las imágenes Dónde: Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23 Cuándo: Hasta el 12 de septiembre Sepa más: www.exposicionesmapfrearte.com
Siempre me fascinó "Laura" de Otto Preminger y, sobre todo, la escena en la que Dana Andrews sucumbe ante la deslumbrante belleza que despide el famoso cuadro en el que se representa a una fascinante Gene Tierney: ese instante explicará el comportamiento del protagonista masculino a lo largo del filme.
Por tanto, este recurso del retrato como elemento primordial de una obra no es nuevo en el cine aunque, ahora, el madrileño Andrés Sanz ofrece una nueva vuelta de tuerca al tema en "Flat love", diseccionando con brillantez la interacción cine/pintura y profundizando en la estructura dramática de una pieza que exhibe una simbiosis perfecta entre estas manifestaciones artísticas y que alcanza, finalmente, un ejercicio fílmico que se asemeja a un manual sobre arte.
El corto cuenta una delirante historia de amor en varias dimensiones. Sanz, dominador absoluto de la imagen, como pudimos apreciar en su pieza anterior, la espléndida "Bedford", escruta las sensaciones que experimentamos al colisionar visualmente con una obra que nos impacta.
Así, un hombre que visita el MOMA (Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York) es atrapado por la exuberancia y sensualidad de una chica plana. Es Girl with ball, cuadro de Roy Lichtenstein. Aparece otra mujer, enamorada del protagonista que procede tal vez de una infancia recuperada y que se incorpora a este espacio tridimensional, configurando una nueva realidad en la que se funden las representaciones oníricas.
Este precioso cuento está narrado por Isabella Rosellini, cuya sugerente voz reta al espectador a que se integre en una dramaturgia que estéticamente recibe el choque luminoso que enseña el pop art.
El receptor acoge imágenes icónicas que exploran mundos que convergen en la emoción y que provocan sentimientos de deseo o admiración secreta, en suma, que destapan en su desnudez el amor platónico.
Andrés Sanz une con rigor lienzo y celuloide, dando forma a un metraje que habla y mucho de realidad y ficción pero, sobre todo, de sueños, como explica en su blog: "Anytime I watched such a scene in a movie, I found myself dreamily fascinated". "Flat Love" es una pieza rica y estimulante, cuya caligrafía artística alienta una reflexión muy valiosa que se sustenta en el control absoluto de la imagen como engendradora de sentimientos. Con ella, Sanz escala un nuevo peldaño en su rigurosa filmografía.
En clara armonía con la celebración del centenario de la Gran Vía madrileña, la Galería Tiempos Modernos presenta Los viajes de Catalá Roca: el fotógrafo de la Gran Vía recala en Madrid, en la que rescata algunas instantáneas que forman parte de la historia más destacada de la fotografía de nuestro país. Imágenes que ahora recordamos y que proceden del conocimiento de un artista que aterriza en Madrid en 1952 y que desnuda como nadie el alma de esta calle principal de la capital española.
Su objetivo deja una huella perenne en nuestra memoria colectiva. La composición arquitectónica de muchas de sus fotografías revela su pasión por esta faceta, a la que dedica numerosos estudios sobre las construcciones representadas.
Poseedor de un legado impresionante –unas 180.000 imágenes– que descansa en el Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña, Francesc Catalá-Roca (1922-1998) acumula una obra que atesora un proceso de elaboración documental muy importante, permitiéndole desarrollar una considerable labor didáctica e investigadora.
El reportero gráfico catalán queda fascinado por la composición estética que alcanza la Gran Vía y ello se nota en su creación: en nuestras retinas han quedado fijadas algunas escenas que definen cómo era España en la segunda mitad del siglo XX. Por ejemplo, esos soldados que cortejan a unas codiciadas turistas que compiten en altura con los edificios retratados. O ese grupo de modistas en alegre paseo, cuyo desfile apunta mucho sobre la situación de la mujer en esos años.
En esta muestra podemos saborear un pedazo de una historia impregnada en blanco y negro. Estos documentos gráficos reproducen escenas cotidianas sabiamente compuestas, son luces y sombras que conforman una estampa bastante cercana del entorno arquitectónico de la urbe y de los habitantes que la pueblan.
Catalá-Roca supo trasladar esa ilusión por un mundo que se otea en el horizonte –asimilación a Nueva York– a esta calle centenaria. Bajo su atenta lupa desfilan personajes que intentan escapar de esa España negra que anticipara en sus pinturas Gutiérrez Solana. Esta selección sirve también para conocer la amplitud temática de un autor que se acerca muy a menudo al mundo rural, eje en la vida del momento histórico que retrata. De este estremecedor choque entre campo y ciudad, el fotógrafo quiere dejar un mensaje de optimismo que permita abandonar el lastre de oscuridad imperante.
· LA FICHA Los viajes de Catalá-Roca Dónde: Galería Tiempor Modernos C/ Arrieta, 17. Cuándo: Hasta julio
En una terminal de aeropuerto, dos viajeros esperan inquietos la llegada de sus respectivas maletas. Con esta aparente normalidad, se inicia Equipajes de Toni Bestard en la que se suceden unos diálogos chispeantes, fruto de la imaginación de Arturo Ruiz Serrano, director de la memorable Paseo, que borda aquí unos personajes reveladores. Sobre un espacio por el que desfilan a diario miles de desconocidos, el director se concentra en un diálogo ocasional entre un ejecutivo algo esquivo (Xisco Segura) y una mujer retadora y fascinante (Natalia Mateo).
El equipaje, elemento objeto de deseo, tarda en aparecer y se inicia entre estos individuos un curioso juego. La seducción adquiere relevancia y camina junto al azar cuando ambos lanzan una apuesta: “¿Qué maleta saldrá primero?".
Los protagonistas representan un desafío enigmático, en el que sus miradas desafiantes desprenden cierto dramatismo ante un hecho aparentemente trivial.Presenciamos un juego muy sugerente en el que cada uno de ellos utiliza su poder de encantamiento. Natalia Mateo, camaleónica, aporta una luz intrigante y cautivadora que intenta atraer al desconfiado Xisco Segura.
La pieza, con un ritmo ágil y consistente, recrea un jugoso paralelismo entre la representación de la seducción, con sus mentiras y estereotipos y el azar, como pasatiempo en el que triunfa el engaño: ese mezquino –aunque entrañable en ocasiones– punto de encuentro donde habita el hechizo.
Hay que destacar sin ningún género de duda la estupenda labor de los actores, que confiere un aire diferente a esta tópica historia de chico conoce a chica, creando una película que describe con sabiduría esa simbiosis adictiva que se forma entre dos personas que unen sus destinos por un reto personal, un duelo realizado al más puro estilo western –el desafío en la lejanía, separados por la cinta transportadora– con esas miradas penetrantes retratadas por Nicolás Pinzón.
Equipajes muestra la valía de Toni Bestard, anteriormente demostrada en El viaje y Niño Vudú y de quien también recordamos El anónimo Caronte, ese reencuentro emocionado con uno de los actores aficionados que participaron en el rodaje de la mítica El verdugo de Luis García Berlanga. Que dice mucho de las cualidades de un cineasta que otorga marchamo de calidad a un episodio circunstancial.
En Marcos de reclusión, el Museo Reina Sofía se adentra en la leyenda del arte psicótico del mexicano Martín Ramírez (1895-1963), lanzando una mirada introspectiva hacia una obra misteriosa que brota de la mente un tanto desquiciada de un jornalero sin estudios. Esta muestra, en la que se exhiben 60 piezas, permite vislumbrar el entorno, un tanto enigmático, en el que fueron concebidas, así como desclasificar un imaginario que ha sido identificado como arte marginal, art brut o pintura de enfermos mentales.
Con unos recursos bastante pobres y con materiales que casi no lo son, este sorprendente pintor compone durante sus quince años de internamiento en el Hospital Estatal de Witt, en Auburn (California), un conjunto de dibujos que se distinguen por una calidad que impresiona.
Martín Ramírez sabe dominar a la perfección los elementos que tiene a su alcance. Diagnosticado de trastorno maníaco depresivo, sordomudez y esquizofrenia catatónica, realiza a lo largo de toda su vida unas 450 ilustraciones, siempre encerrado en su propio mundo, recreando vivencias de sus compañeros de reclusión hospitalaria. Sus intrigantes y poderosos dibujos reciben la influencia de la cultura mexicana y, sobre todo, del conocimiento popular americano, donde tuvo que labrarse su porvenir, trabajando en destinos en los que se precisaba la fuerza física, como las minas o el ferrocarril: todo ello, dejará una profunda huella en su carácter y, claro está, en su creación.
En los años 20, Ramírez tiene la fortuna de que algunos artistas vanguardistas como Max Ernst y Paul Klee comienzan a valorar el arte de los locos. Admiran la desinhibición y pureza creativa de unas obras absolutamente transgresoras, producto de una imaginación muy especial que alcanza su definición en un proceso que se ha mitificado muy a menudo.
El artista mexicano no tuvo ocasión de explicar su trabajo, de ahí la dificultad para evaluar coherentemente su trayectoria. No obstante, la audacia de su compromiso artístico, así como la fuerza expresiva de sus pinturas avalan la calidad de este outsider americano, según le define Brooke Anderson, comisaria de la exposición y directora del Centro Contemporáneo del Folk Art Museum de Nueva York. Un hombre que absorbe las posibilidades técnicas de su entorno, fabricando sus propios materiales y vomitando al mundo un conglomerado pictórico de una radicalidad absoluta.
El cine impregnado por la imagen como valor supremo que destaca sobre la narrativa, tiene un buen ejemplo en El espantapájaros de Gonzalo Zona.
Es de sobra conocida la dicotomía histórica que se establece entre la mirada y la palabra como elemento comunicativo básico de una obra fílmica. En esta pieza domina la elegancia y cadencia visual de una cámara que vigila su mensaje.
Un plano general nos muestra el escenario estepario que controla un espantapájaros. En medio del silencio abrumador de esos campos, las autoridades eclesiásticas del lugar acomodan un nuevo vecino. La figura del ahuyentador de los pájaros, creada por la siempre solvente factoría de Colin Arthur, siente la presencia de ese intruso e intenta un acercamiento para romper el tedio que le abruma. Pero la estampa religiosa no reacciona y el guardián se enoja, murmurando: “no necesito la conversación hueca de un principiante, a fin de cuentas es competencia".
La impecable fotografía de Pablo Rosso se apodera de una película que traslada el soporífero aburrimiento de este gobernador de una tórrida llanura sobre la que se cierne el peligro constante de unos cuervos asesinos. La fuerza de la imagen cautiva al espectador, que asiste intrigado a un enigmático intento de diálogo entre estos surrealistas representantes de la tierra y el cielo. El campo abrasador es el simbólico entorno sobre el que se encuentran atrapados ambos iconos.
Gonzalo Zona crea una obra casi impresionista, plena de magnetismo, en la que una luminosidad suntuosa capturada plen air se apodera del silencio. El director madrileño –también autor teatral– se aleja aquí de lo trillado y propone un ejercicio fílmico cargado de misterio.
El espantapájaros desvela un metafórico encuentro entre simbologías enfrentadas; estamentos empujados a sobrevivir en un territorio de soledad configurado por la geométrica de un triángulo equilátero cuyos vértices representan un estrato de la sociedad. Es un mirada límpida que se impone sobre el resto de los elementos cinematográficos, generando una pieza que desprende buen cine.
La Ficha: El espantapájaros Dirección: Gonzalo Zona Intérpretes: Julián Villagrán, Luis G. Gamez, Claudio Rodríguez
El Vorticismo fue tal vez el único movimiento británico de vanguardia que se produjo a comienzos del siglo pasado y tuvo, además, una duración muy corta, apenas tres años.
A su creador, Wyndham Lewis (1882-1957), ofrece la Fundación Juan March la primera retrospectiva que se le dedica a nivel mundial, salvo un tímido intento de la galería Tate de Londres en 1959.
Figura crucial del modernismo, este artista multidisciplinar reparte esfuerzos creativos entre la escritura y la pintura. De esta importante labor, la Fundación exhibe 150 obras y más de 60 publicaciones en las que se descubre el discurso unívoco de su mensaje compositivo.
Controvertido y provocador, Lewis es amigo de célebres escritores como Ezra Pound, James Joyce, T.S. Elliot o Rebecca West, a los que realiza excelentes retratos. Escritor consumado, alterna esta labor con su energética pictórica, en la que conviven sus comienzos cercanos a la abstracción con creaciones cubo-futuristas y, sobre todo, el nuevo vorticismo.
Su vida marca su trayecto artístico. De formación clásica, derivada de sus visitas al Museo del Prado –donde realiza copias de obras de Goya– y de su conocimiento de la bohemia parisina, pasa a un estadio más agresivo, construyendo piezas de formas un tanto estridentes.
Publica, coincidiendo con el inicio de la primera guerra mundial la revista ‘Blast’ que es el germen de la efímera aparición del Vorticismo. Este conflicto bélico marca su vida y su obra. La participación directa en la contienda como oficial de artillería le permite tomar conciencia sobre la crueldad de todas las guerras, ya que según él: “todas son malas".
Pero el fragor de la batalla le brinda la oportunidad de concebir la pintura como elemento artístico, llegando a ser considerado como el “pintor de la guerra". Un ejemplo de esa concepción militarista la apreciamos en Batería bombardeada (1919).
Aunque lo peor está por llegar. Su vergonzosa defensa de Hitler, traerá consecuencias. Intenta rectificar su terrible error e incluso cede una pintura para ayudar a la causa republicana española, pero su actitud anterior le marcará de por vida.
No obstante, y al margen de cualquier otra disquisición, este extraordinario resumen revela a un dibujante enérgico, que en trazos muy variados es capaz de engrandecer la figura humana. Son piezas que se adentran en la emoción de la abstracción y que finalizan en otras que penetran en el interior del ser humano, provocando un rechazo de lo convencional, que es la esencia del vorticismo, como lugar donde nacen las emociones.
La trayectoria del director Esteban Crespo dibuja una línea ascendente que alcanza su cénit en esta pieza, Lala, con la que bucea en el sentimiento de pérdida que sufre Jesús (Gustavo Salmerón) al conocer el fallecimiento de su abuela. El madrileño atesora una filmografía que se caracteriza por el riesgo continuo. Así, tras Siempre quise trabajar en una fábrica, Amar y Fin, alcanza ahora su obra más completa.
La cinta, que se inicia con la susurrante voz de esa Lala que ya no está: “Érase una vez una niña pequeña llamada Berta", profundiza en la vida de un desconcertado personaje que pierde al referente de su infancia y ello le empuja hacia un vacío infinito.
El protagonista de esta aventura comienza una búsqueda obsesiva por recuperar la conexión con su niñez, por retener la memoria, en definitiva, por regresar a las raíces.
Lala compone imágenes que desprenden emoción en un viaje hacia un pasado que no siempre fue mejor, aunque la nebulosa del paso del tiempo concede un atisbo de felicidad, por lo que tiene de reencuentro con una infancia irrecuperable.
El director madrileño construye una película coral, en la que cuida con esmero a sus actores. Destaca, sin duda, la sobria interpretación de Gustavo Salmerón, muy bien acompañado por un icono de los cortometrajistas, Marta Belenguer, y también por la valía de Esther Ortega. Complementan el recital interpretativo figuras de talento como Ramón Barea, Mariví Bilbao, Alberto Ferreiro –habitual colaborador de Esteban– y la sorpresa de un estupendo Chani Martín.
Lala es una comedia ácida, en la que su humor negro enlaza con lo mejor de nuestro cine: la huella de Berlanga es evidente y ejemplo claro es la delirante escena de Antonio Medina, el cura del pueblo, en la tapia del cementerio; es, sin duda, uno de los momentos más desternillantes del metraje.
El filme conecta muy bien con el espectador, a quien hace partícipe de este regreso hacia un espacio rural, provocando la complicidad de un público que asiste emocionado a escenas como la del desván: un desfile de objetos que generan la añoranza, que detienen la retina de los que se aferran a la memoria.
La fotografía de Ángel Amorós consolida ese entorno geográfico donde se desarrolla la trama -los campos de San Martín de Valdeiglesias- con una tonalidad un tanto acromática; sobre esos caminos, una serie de personas detienen sus vidas por un instante.
Todavía tiene tiempo Crespo para atizar la polémica sobre el papel de la familia, tan denostada, aunque deja un poso de esperanza: en los momentos cruciales, siempre permanece unida.
Por tanto, Lala es una estupenda película que dimensiona el inmenso talento de un cineasta que deja como final impagable una maravillosa canción de Carlos Varela, Una palabra, que cierra el círculo de una pieza que consigue trasladar al espectador esa inquietante pérdida que se produce cuando alguien de nuestro entorno más cercano desaparece.
Alberto Sánchez fundó junto a Benjamín Palencia la Escuela de Vallecas, anticipo de modernidad y vanguardia en la capital del Estado. Artista comprometido, vio sacudida su vida y obra por el exilio, ese camino común hacia el destierro que emprendieron todos aquéllos que anhelaban libertad y mayor dignidad humana.
En su exilio moscovita, donde muere en 1962, pierde el horizonte creativo y la referencia del paisaje castellano al que tanto contribuye a representar.
Ahora, la Comunidad de Madrid exhibe en el Complejo El Águila la exposición Monumento a los pájaros. Hito y mito que gira en torno a la restauración a partir de la recuperación de algunos materiales de la pieza Monumentos a los pájaros realizada en la Fundición Capa y que será cedida a la colección del Centro Dos de Mayo de esta Comunidad.
Esta escultura de doce metros de altura es ideada por su autor en 1931, con el deseo de instalarla en el Cerro Almodóvar de Vallecas, como protección para las aves. Con el paso de los años, se convertiría en una obra cargada de simbolismo y con un claro mensaje político, ya que desapareció durante la guerra civil.
La aportación artística de Alberto Sánchez refleja su vida miserable. Hijo de un panadero de Toledo y formado en el conocimiento a través de sus visitas al Museo Antropológico y al Museo de El Prado, su trayecto vital va acompañado de un instinto de superación muy importante.
Participa con la obra El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella –existe una copia que se encuentra a la entrada del Museo Reina Sofía– en el pabellón de la República Española en la Exposición de París en 1937, y en esta misión cultural coincide con Picasso y Miró, logrando su mayor reconocimiento.
Al finalizar la guerra, el Gobierno de la República le envía a la antigua URSS como profesor de dibujo de los niños españoles en el exilio. Allí verá cercenada de nuevo su creatividad por otro dictador: Stalin. Pero, afortunadamente, en este duro periplo aún tiene la oportunidad de realizar otros proyectos que animan su inventiva, construyendo los decorados de la película Don Quijote (1957) de Grigori Kózintsev.
Esta muestra, en la que también podemos apreciar bocetos, dibujos, un estupendo autorretrato y otras esculturas de bronce, es una ocasión excelente para valorar el talento de un artista que luchó durante toda su vida por alcanzar su sueño: volar en libertad.
La cita Hasta el 9 de Mayo. Sala de Exposiciones Águila, C/ Ramírez de Prado, 3 – Madrid.
Al inicio de Hiyab, de Xavi Sala, observamos el trasiego de personas en una ciudad: gente diversa y de variada procedencia cruza sus caminos cada día.
La pieza cuenta la historia de Fátima, una niña española de origen musulmán -excelente composición del personaje a cargo de Lorena Rosado- que mantiene un enfrentamiento con la directora del instituto –una solvente, como siempre, Ana Wagener– porque no quiere quitarse el velo islámico.
Así, centrando el relato en este hecho concreto, que acaba de repetirse en nuestro país hace unos días, el director alicantino quiere abrir un debate con el espectador sobre el respeto y la tolerancia hacia la identidad cultural y religiosa de los demás.
Sala se plantea la necesidad urgente de revisar planteamientos discriminatorios hacia los musulmanes, incidiendo en el papel negativo de algunos medios de comunicación y de ciertos políticos que abanderan los prejuicios hacia los que consideran “diferentes". El metraje combina a la perfección múltiples elementos de su creación. Nino Martínez Sosa realiza un montaje que permite un ritmo trepidante al que otorga consistencia la música vibrante de Coke Riobóo, director de la estupenda El viaje de Said.
Hiyab es cine directo, que se apoya en una buena fotografía de Ignacio Giménez-Rico y en un sonido muy efectivo a cargo de un maestro en crear ambientes de fondo adecuados, como es Alex F. Capilla.
La obra crece hacia el final cuando somos testigos del instante en que la directora, apelando a la libertad de culto y laicismo del centro de enseñanza, anima a Fátima a ser igual que los demás, espetándola: “¿No querrás ser la rara de la clase?". Un primer plano de la niña revela su desconcierto: “no me imagino no llevarle, a mí me gusta mi Hiyab".
Pero el momento cumbre se produce cuando Fátima, que accede a la petición de la maestra, entra en clase y observa perpleja e impávida el desfile de opciones personales de sus compañeros de clase. En la desnudez más absoluta comprueba cómo estos alumnos se cubren la cabeza con gorros, pañuelos o cintas de felpa, llevando alguno de ellos “piercing", tatuajes o cortes de pelo llamativos.
En esta cinta, Xavi Sala logra transmitir la hipocresía de un comportamiento que lastima la libertad individual. Hiyab se configura como una película primordial en un cine absolutamente imprescindible y necesario que traslada a la sociedad el inquietante comportamiento de algunos estamentos, abogando con honestidad por un ejercicio responsable de tolerancia y respeto hacia otras culturas o religiones.
· La Ficha: Hyjab Dirección: Xavier Sala Fotografía: Ignacio Giménez-Rico Intérpretes: Lorena Rosado, Ana Wagener
El Museo Colecciones ICO (MUICO) presenta la exposición Iluminación de contrastes. Obras escogidas de las colecciones ICO que dibuja un excelente trayecto de una parte muy importante del arte español del siglo XX y que está comisariada por Óscar Alonso de Molina, quien busca fundamentalmente un diálogo estético entre las obras propuestas, basándose en la iluminación de las mismas.
Así, utilizando la incidencia del efecto lumínico, el comisario brinda al espectador una nueva visión de estas piezas y le hace partícipe y protagonista estelar de una nueva forma de entender el arte: es un reto fascinante al público que entra así a formar parte del análisis creativo.
Conforman la muestra 72 obras que pertenecen a 22 artistas, entre pintura, fotografía, escultura, dibujo y obra gráfica: universos personales que ahora comparten un espacio común.
Creadores de la talla de Eduardo Arroyo, Miquel Barceló, Carlos Alcolea, José Manuel Broto, Carlos Franco, Ferrán García Sevilla, Rogelio López Cuenca, Luis Gordillo, Juan Muñoz, Jorge Oteiza o Esteban Vicente, entre otros, son objeto de una intervención artística que propone una relectura de su inventiva.
Las colecciones ICO cuentan entre sus fondos con más de 600 composiciones y desde hace años el Museo ha invitado a comisarios de prestigio a que realicen nuevas acotaciones que propicien una óptica diferente. En 2004 William Jeffet realizó El efecto bola de nieve y en 2006 Chus Martínez colaboró con Silent rain. La mirada que ahora añade Alonso de Molina culmina un proceso enriquecedor que contribuye a crear un imaginario distinto que otorga al receptor un papel destacado, de ahí la impagable validez de esta antológica.
La muestra sirve al mismo tiempo como reconocimiento hacia el arte producido en nuestro país en la segunda mitad del siglo XX, principalmente en las décadas de los 80 y 90. Por tanto, estas iluminaciones de contraste se convierten en modelo expositivo formulado desde una institución que airea con frecuencia su pinacoteca, provocando en los visitantes nuevas interpretaciones que enriquecen este conjunto creativo y que logran una perspectiva nueva y vivificante.
· La Ficha: Iluminación de contrastes Dirección: C/ Zorrilla, 3 Horarios: Martes a sábado: 11- 20 h. Domingo y festivos: 10 - 14 h.
El cielo, como caligrafía visual que identifica el cine de Félix Viscarret, introduce Canciones de invierno, un cruce de historias de diversos personajes que se encuentran sumidos en el desamor.
Comienza la época invernal, tiempo de insomnio y cinco seres humanos vagan solitarios invadidos por la frialdad que produce la falta de amor: todos ellos evocan los momentos vividos. Son personas que buscan con afán vías de escape a su desgarro vital y que están marcadas a fuego por la desesperanza.
En la pieza se acumulan momentos realmente intensos. En uno de ellos, Chete Lera traza una hermosa metáfora sobre el final de su relación, describiendo su intervención en un desastre aéreo: “desde entonces no he vuelto a soñar, y ya es demasiado tarde".
Cada protagonista busca un asidero que le permita escapar del oscuro sendero de la soledad. Así, Roberto Enríquez se refugia en el cinematógrafo como generador de ilusiones, que se convierte en esta historia en un tierno homenaje al séptimo arte.
La película está muy elaborada y elegantemente filmada. Su director modela un mosaico de figuras atravesadas por un punto de locura provocado por el desencuentro amoroso. Jordi Vilches lo explica a su manera: “somos fugitivos en esta especie de viaje nocturno".
El azul celeste impregna la excelsa fotografía de Álvaro Gutiérrez que explora y destaca la agonía de este grupo de taciturnos en permanente estado de desorientación. Todos ellos intentan regresar a un pasado tal vez mejor, que les otorgue una nueva oportunidad, como apunta Enríquez en otra escena: “ojalá que en la vida pudiéramos volver atrás y volver a vivir cada día las cosas bien".
La cálida banda sonora de Huma bucea en el interior de unos seres que ansían compartir su desazón.
Félix Viscarret armoniza un relato habitado por individuos que parecen sombras que anhelan escapar de su estado emocional: habitantes que deambulan sin rumbo, pero que necesitan seguir soñando.
La calidad interpretativa de Chete Lera, Silvia Abascal, Jordi Vilches, Roberto Enríquez, Jorge Bosch y Juana Acosta potencia una cinta que otea un horizonte en el que la aparición de imágenes aéreas y de algunas grúas denota una idea de progreso y avance que contrasta con la vida de este grupo que aún continúa sin despegar.
Canciones de invierno es un filme en el que los sueños deseados se diluyen con estados de ánimo que perfilan figuras de alma sombría.
· La Ficha: Canciones de invierno Dirección: Félix Viscarret. Intérpretes: Silvia Abascal, Chete Lera, Juana Acosta, Jorge Bosch, Jimmy Barnatán
El impresionismo tal vez sea el movimiento pictórico que más aceptación y reconocimiento tiene entre el público. Se le asemeja a un nuevo Renacimiento, que convulsiona el panorama artístico parisino y que provoca la transformación del arte tradicional de la época, aunque nunca su ruptura.
El Museo d' Orsay de París ha prestado a la Fundación Mapfre 90 piezas, auténticas obras maestras que avanzan hacia la modernidad y que se articulan bajo el epígrafe Impresionismo. Un nuevo Renacimiento.
Esta es la primera ocasión en que un conjunto de piezas impresionistas tan brillantes y de tan magno calado asoma por nuestro país. La magnífica antológica recoge de una forma minuciosa y con afán didáctico el recorrido histórico de un movimiento que afirma sus dudas en la Escuela de Batignolles –retratada por Fantin-Latour, de quien hemos hablado en éstas páginas– hasta su consolidación definitiva en el Gran Salón de París. Colectivo reconocido finalmente por los historiadores como el más importante de la historia del arte aparecido en el último tercio del siglo XIX.
Se ha repetido en numerosas oportunidades el destacado papel del fotógrafo Nadar, quien alberga en su estudio la primera exposición como grupo de este semillero de maestros de la pintura. Unos artistas que atraen con su inventiva: paisajes y retratos cotidianos con una excelsa envoltura en una paleta en la que realza un maravilloso cromatismo. La técnica está basada en pinceladas que prenden con abrumadora solvencia los cambiantes efectos producidos en un espacio natural.
Apreciamos por tanto lienzos de artistas como Manet, Renoir, Monet, Pisarro, Sisley, Cezánne o Degas, cuya genialidad transmite una estética dominada por la belleza y el espíritu contemplativo.
Manet es el referente de este colectivo junto a Cezánne y quien mejor escenifica esa aparente contradicción entre modernidad y tradición, como pone de manifiesto su cuadro El pífano (1866) que viene impregnado de la huella de Goya y Velázquez.
Ahora contemplamos, una vez más –nunca nos cansaremos– joyas del arte que arrancan lo mejor de nosotros. Lienzos que acompañan nuestro aprendizaje y que reafirman esa inmensa calidad que les permite figurar con letras de oro en la memoria común del mejor arte posible.
Ante nuestros sorprendidos ojos desfilan, entre otros, La lección de danza (1873) de Edgar Degas; Bajo la nieve: era de una granja en Mauly (1876) de Alfred Sisley; Puente de Maincy (1879) de Paul Cezánne; La estación de Saint-Lazare (1877) de Claude Monet o La balançoire (1876) de Auguste Renoir. Todos, puro deleite y ensoñación.
El legado" de Jesús Monllaó se asoma a la vida de Inés, una joven tetrapléjica que lucha contra su fatal destino en la cama de un hospital. Toda la ira acumulada como consecuencia de su deplorable estado físico, la proyecta sobre su compañera de habitación, que está situada junto a la ventana, ya que considera ese lugar como un privilegio que otorga más calidad de vida.
Monllaó utiliza planos cenitales con los que la dinámica fotografía de Jordi Bransuela consigue penetrar en las reacciones desquiciadas de dos enfermas enclaustradas en un espacio hostil.
Las protagonistas de esta historia, Carlota Olcina, Mercé Rovira y Aida Folch, están condenadas a un esfuerzo mental que aporte algún aliento a sus vidas, como advierten muy gráficamente cuando señalan que “hay que agarrarse a un clavo ardiendo".
La ventana es el único objeto de deseo para Inés y lo deja muy claro cuando espeta a su compañera: “necesito mirar por esa ventana, ver el mundo real y no tener tu cara en el espejo". Es, por tanto, el único punto de contacto que la permite sentirse persona y que, tal vez, la ayude a asumir la enfermedad que padece y olvidar, definitivamente, ese sentimiento de agobio que expresa en otra escena: “¿cómo voy a sentirme mejor si ni siquiera me siento?".
El director configura un relato que se convierte en un duelo por la observación, una lucha psicológica sin tregua por alcanzar una libertad mínima, pero que en este contexto se transforma en algo sustancial: vislumbrar el cielo con los ojos.
En este entorno casi carcelario, el espejo sirve de elemento expansivo y comunicador. La brillante música de Ethan Lewis Maltby traslada sensaciones desgarradoras que dan vuelo a una película honesta y directa, que mantiene un equilibrio narrativo constante y un tono que recuerda a Avatar de Lluis Quilez.
Así pues, El legado cuenta la dificultad de una paciente para aceptar su paralización vital, pero también es una mirada de optimismo que apunta algunos detalles que, aunque puedan parecer nimios, ayudan a mantener la esperanza: “cada día hay alguien en una situación peor". En suma, una defensa de aquellas pequeñas cosas que cantara el maestro Serrat, a las que debemos aferrarnos para conseguir sentirnos vivos y dar gracias por ello.
La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando presenta en estos días Maruja Mallo y el surrealismo, gran antológica que reúne 140 obras, entre pinturas, dibujos, fotografías y bocetos, que revelan la vertiente creativa de esta artista, adelantada a su tiempo y muy vinculada al surrealismo.
Es la primera vez que dicha Academia acoge en exclusividad un montaje dedicado a una mujer, en este caso a esta gallega rebelde, que frecuentó en la Residencia de Estudiantes la compañía de Dalí, Buñuel, García Lorca y Alberti –con quien vivió un apasionado romance–. Asociada por tanto a la Generación del 27 conoce a Ortega y Gasset, comenzando a ilustrar la ‘Revista de Occidente’.
La muestra se completa con el documental de Antón Reixa Maruja Mallo- Mitad ángel, mitad marisco, cuyo título recupera la definición que de ella hiciera Dalí.
Organizada por Caixa Galicia y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, casi todas las piezas pertenecen a coleccionistas privados de Francia, Argentina, Estados Unidos y España.
Maruja Mallo (1902-1995) es una de las artistas plásticas más importantes del siglo XX y a pesar de su valiosa contribución a las vanguardias de esa centuria, su obra ha sido silenciada debido, sin duda, a su compromiso político y a su identificación con la causa feminista, que la empujan al exilio.
Este recorrido por su arte es una buena ocasión para reivindicar la figura de una mujer de carácter, muy integrada en la modernidad y fiel a la República, a la que dedica sus esfuerzos en las Misiones Pedagógicas.
En su etapa del exilio bonaerense recibe una gran acogida aunque de nuevo debe emigrar: Nueva York es su destino, ya que decide escapar del peronismo imperante en Argentina.
Su paleta representa el vértigo de su descubrimiento. Así, se sucede en su inventiva la representación de animales con ciertos toques mitológicos con retratos de mujeres. Destaca, igualmente, su aproximación a la naturaleza del continente americano en la serie casi cósmica Marinas.
En los años sesenta regresa del exilio y vuelve a colaborar en la revista fundada por Ortega. Comienza una etapa muy interesante bajo la influencia de Torres García, indagando en la formación de componentes geométricos del mundo vegetal.
En nuestro país se convierte en referente de lo moderno y su galerista Guillermo de Osma, en el anfitrión perfecto para difundir una obra plena de originalidad.
Esta gallega universal, creadora de esa belleza que supone El canto de la espiga, es interrogada por su adorado Alberti en este fragmento de su poema <Ascensión de Maruja Mallo al subsuelo>: “Tú dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes. Despiértame".
Estupefactos nos deja esta retrospectiva gloriosa a los que observamos con admiración un fragmento tan amplio en la vida y obra de esta auténtica vanguardista.
LA CITA
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. C/ Alcalá, 13.
Julia es pintora, acaba de perder a su marido, está embarazada y vive con su hija en un pueblo de la costa gallega. En este entorno tan particular, Madres de Mario Iglesias se adentra en el sufrimiento por la pérdida y, al mismo tiempo, en la esperanza en una resurrección inesperada.
El director teje una historia en la que sus protagonistas expresan lo que sienten a través de las miradas. Narrada desde la sencillez, con una interpretación muy contenida de Isabel Rey y Paula Cortizo, la pieza aborda sin disonancias sentimientos universales.
Un pequeño milagro llega al hogar de la apenada artista. Una mujer la encarga el retrato de su hijo fallecido hace años, de quien no guarda ninguna fotografía.
La pintora afronta un nuevo reto vital y elabora una imagen impulsada por su memoria. Este trabajo la obliga a realizar un gran esfuerzo imaginativo que acrecienta su dolor, aunque le permite ilusionarse cada día.
Pero Madres es ante todo un canto a la vida, al reencuentro de alguna manera con los seres perdidos, es un acto de amor que conmueve por su tono espontáneo, pleno de frescura y sin excesivos adornos.
Durante el proceso creativo contemplamos cómo una persona debe conciliar su realidad familiar con otra que brota de su mente: Julia lucha contra sus propios recuerdos y le cuesta afrontarlos.
La cámara se mueve ágil y veloz al ritmo fluido de los pinceles, con una estética cercana al documental. Mario Iglesias firma guión, música y fotografía, manteniendo un tempo narrativo reposado en el que observamos cómo la protagonista pinta la existencia que no tuvo el desaparecido.
Esta cinta explica la gestación de una obra de arte pero también, y eso es lo más importante, la entrega verdadera de alguien que ha volcado su pasión para concebir una vida nueva.
El ritmo comedido de la historia avanza sin pausa: al final las emociones escapan a todo tipo de control. El corto rezuma verdad en su desnudez, sin trucos ni efectismos. Todo queda resumido a la perfección en la frase de la artista protagonista: “Vemos lo que queremos ver".
· LA FICHA: Madres Director: Mario Iglesias Intérpretes: Isabel Rey, Paula Cortizo, Pilar Pereira, Sebas Anxo Guión y fotografía: Mario Iglesias
El Museo de Arte Contemporáneo estrena su calendario de exposiciones de este año con la muestra Dau al Set, un homenaje a este grupo de vanguardia creado en Cataluña por artistas, editores, críticos y galeristas y que convive en el tiempo con otros como El Paso, Equipo 57 y Grupo Pórtico.
Este brillante recorrido antológico organizado por Ibercaja está construido en dos unidades formales. La artística, compuesta por cuatro decenas de cuadros realizados, entre otros, por Tápies, Tharrats, Cuixart y Ponç, y la documental, que contiene diverso material gráfico y números originales de la revista, cuya edición finaliza en 1952.
La publicación en 1948 en Barcelona del primer número de Dau al Set es el germen de este colectivo que recupera aquella vanguardia artística española cortada de raíz tras el desenlace de nuestra guerra civil.
Durante cinco años esta revista, fundada por el poeta Joan Brossa, el filósofo Arnau Puig, los pintores Joan Ponç, Antoni Tápies, Modest Cuixart y el editor-impresor Joan-Josep Tharrats, contribuye al renacer del arte contemporáneo.
Las aportaciones de un grupo tan heterogéneo, que bascula entre el dadaísmo de sus inicios hacia la conexión con un surrealismo que fenece y la llegada de un cierto existencialismo que confluye en una estética propia, va a propiciar una nueva luz que alivia el panorama creativo de este período.
Sus componentes realizan una labor muy intensa a la búsqueda de un nuevo lenguaje formal. Un hecho relevante es su acercamiento al universo pictórico de Paul Klee, a quien la publicación dedica un número especial que conmemora el décimo aniversario de su muerte. Tan sólo exponen como conjunto en dos ocasiones, en 1949 y 1951, de ahí el indudable interés de este trayecto divulgativo que recibimos en la capital.
El grupo es permeable al exterior y con la ayuda de Joan Prats, Joaquín Gomis y, sobre todo, del poeta J.V. Foix dan cabida a las tendencias internacionales que llegan, principalmente, de París.
Además, cuenta con la colaboración de la crítica –una vez más– representada por Alexander Cirici y Cesáreo Rodríguez Aguilar.
Este contacto externo permite que este colectivo interdisciplinar entregue un nuevo contenido artístico que, liberado de las ataduras del entorno, se va a convertir en una referencia muy destacable en una época en que aún mantiene su vigencia una amplia oscuridad.
· LA FICHA 'Dau al Set'. En el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. Artistas: Cuatro decenas de cuadros realizados por Tápies, Tharrats, Cuixart y Ponç. Cuándo: Hasta el 28 de marzo.
Un primer plano nos acerca a un niño (Guillermo Robledo) que se encuentra en el campo pintando el retrato de su desaparecido padre. En este entorno rural, que dibuja una estampa al natural que recuerda a aquella que captaran los maestros impresionistas, desarrolla su acción Carta de Francia de Diego López Cotillo. Ambientado en la España sacudida por la guerra civil, el corto destapa la ausencia de la figura paterna.
Una cuidada y muy elaborada fotografía de Pedro F. Fernández acompaña una historia que explora la ruptura de una familia cercenada por la demencia de unos perversos que violentaron la decencia democrática.
La carta, una bella herramienta de comunicación utilizada por varias generaciones y que con la expansión de los correos electrónicos parece vivir sus últimos días, se transforma aquí en otra imagen que construye una ficción paralela que intenta aliviar la dura carga emocional con la que caminan los protagonistas.
Madre e hijo afrontan el mensaje recibido con diferente actitud. Un ejemplo que ilustra ese sentimiento opuesto es el hermoso plano en que, aposentados sobre un muro de piedras, ambos miran en dirección contraria.
La cámara compone un vigoroso encuadre que permite retornar al cine íntimo de Víctor Erice, a ese celuloide introspectivo en el que los silencios y las miradas se apoderan de la pantalla.
La excelente música de José Luis Morán armoniza escenas que recrean la contradictoria calma de un espacio geográfico en el que el sonido diligente de Manuel Molina y Moisés Garrido aflora el cristalino ruido del cercano río.
Es una pieza que traslada el vacío y la espera de unos personajes cuyas vidas se encuentran detenidas, presas de un recuerdo atormentado. Ese sentimiento del alma humana que tan magistralmente expresara en sus lienzos Edward Hopper es transportado visualmente por López Cotillo con una sutilidad tan especial que consigue emocionar. Ayuda la complicidad de sus protagonistas, una estupenda Montse Germán y el siempre eficaz Javier Batanero, auténtico álter ego del creador y quien intenta alentar la esperanza del niño.
Así, estas cartas construyen un lenguaje evocador, pleno de misterio. Sólo quien aún hace uso de ellas –quien firma este artículo lo es- puede entender toda la magia que envuelven.
Carta desde Francia desnuda el final de la inocencia de un niño que ha aprendido que la cruda realidad vence a la impostura de la ficción, como queda ilustrado en el excelente plano final. Es cine digno que transita por un camino aún necesario para el séptimo arte.
· La Ficha: Carta de Francia
Director: Diego López Cotillo
Intérpretes: Guillermo Robledo, Montse German y Batanero
El cartel de Ernesto Giménez Caballero, 'Universo de la literatura española contemporánea (1927)', que fue publicado en La Gaceta Literaria –fundada por él mismo junto a Guillermo de Torre– da la bienvenida a la exposición 'Generación del 27. ¿Aquel momento ya es una leyenda?' que supone un regreso emocionado a la Residencia de Estudiantes, espacio que acoge la muestra.
El objetivo primordial de los organizadores -Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Junta de Andalucía y Residencia de Estudiantes– es dar a conocer, una vez más, la amplia, rica y variada aportación cultural que siempre se ha asociado a la generación del 27.
El recorrido se centra en 1927 y 1928, años que, sin duda, resultaron sustanciales para el conocimiento, en los cuales conviven multitud de creadores que dan esplendor intelectual a nuestro país.
Este recuerdo expositivo se sustenta en dos grandes pilares. El primero recibe la información de ‘La Gaceta Literaria’, que acoge en sus páginas números monográficos dedicados a importantes pintores, entre los que destacan Maruja Mallo, Picasso, Benjamín Palencia, Dalí y Miró, quienes acuñan los ‘ismos’ que se incorporan a la estética del arte: cubismo, surrealismo o nuevo realismo.
El segundo se soporta en el esfuerzo de diversas publicaciones, como ‘Litoral’, ‘Mediodía’, ‘Parábola’, ‘La Rosa de los Vientos’, ‘Síntesis’ y, sobre todo, ‘Revista de Occidente’ que abren sus páginas a dos grupos que confluyen armónicamente. Así, a los autores del 98: Azorín, Valle-Inclán, Unamuno, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu o Jacinto Benavente, se unen los del 14: Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Ortega, e incluso los hermanos Machado y el mismo Azaña.
El Grupo del 27 formaliza su creación con motivo de los actos conmemorativos del tercer centenario de la muerte de Góngora. Estos jóvenes poetas y prosistas, como Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Rafael Alberti o Luis Cernuda representan la vanguardia de un colectivo principal de nuestra cultura, a los que se unen dos genios de otras disciplinas: Manuel de Falla y Buñuel.
Emociona por tanto regresar a este hermoso pasado y entristece constatar cómo la llegada de la ‘incivil’ guerra cercenó de raíz una primavera cultural tan radiante. Ahora, podemos disfrutar visualizando medio centenar de obras de arte y cerca de dos centenas de documentos escritos que dan fe de la trascendencia creativa de una etapa, la de la Residencia de Estudiantes de este período, que tardará mucho en repetirse.
DÓNDE: Residencia de Estudiantes. C/ Pinar 21-23. Madrid. De lunes a sábado de 11 a 15 h. y de 17 a 20 h. Domingos y festivos de 11 a 15 h.
La gran ciudad es el espacio sobre el que sobrevuelan las historias de varios jóvenes, cuyo desarrollo presenta 'Los que sueñan despiertos' de Félix Viscarret. Imágenes poderosas acercan unas ilusiones compartidas por individuos inquietos que presienten que sus vidas escapan a su control.
Viscarret es un director que atesora una impronta visual cuya poética dibuja su propia identidad como creador. En esta pieza recupera su interés por los anhelos juveniles, apuntado ya en 'Sueños líquidos'. El corto capta la influencia de la gran urbe como lugar agobiante que genera sentimientos contrapuestos, en este caso Madrid, entre el cielo y el suelo.
La pieza fue reconocida con dos galardones en el Festival de Alcalá (Alcine) de 2005: premio especial del jurado al corto y premio al montaje de Samuel Martínez. La hermosa fotografía de Álvaro Gutiérrez atraviesa el esplendor de los cielos de la capital y consigue transmitir su inmensa belleza: pocos directores filman los cielos como Félix Viscarret.
Ésta es una historia de quimeras personales: desde la ensoñadora infancia, a las realidades del presente y, sobre todo, la incertidumbre del futuro. Es una introspección cercana a estos jóvenes, enmarcada en una cuidada imagen que clarifica la nebulosa de su entorno. Jimmy Barnatán interpreta a un motorista que enlaza variadas y extrañas aventuras que protagonizan estos inmaduros personajes. Uno de ellos es Barbara Lennie, tan bella como siempre, que compone con eficacia su personaje de mujer misteriosa. Desde las alturas prende con emoción el momento en que se narra el deseo de uno de los protagonistas: “ella sueña que vuela por encima de todos los tejados de la ciudad".
'Los que sueñan despiertos' avanza un ideal que el director volcará en su primer largometraje 'Bajo las estrellas'. Un hilo argumental en el que destaca la ironía y el desencanto.
Es una cinta formalmente muy cuidada, en la que encajan de manera eficaz todos sus elementos. Con algunos toques gamberros y un poco surrealistas –conversación Víctor García León / Jimmy Barnatán– la película asienta la trayectoria de un autor que ya camina entre las promesas de nuestro cine.
El fotógrafo francés Pierre Gonnord muestra sus últimos trabajos en la Sala de Exposiciones Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid. Bajo el título de Terre de personne y a través de 37 imágenes (19 retratos y 18 paisajes), el artista se aproxima a los desgastados rostros de la gente del campo.
Gonnord reside en la capital de España desde hace dos décadas, habiendo recibido el Premio de Cultura de esta Comunidad Autónoma en la modalidad de Fotografía. Para este creador de instantáneas, el retrato es un objetivo primordial en su obra, busca con denuedo una cara para extraer toda su belleza y alcanzar así casi el alma del retratado.
Este grupo de fotografías recoge seis meses de trabajo en los que ha recorrido el entorno rural, desvelando a las personas que se desenvuelven en un espacio paisajístico concreto. Es un homenaje, en este caso centrado en los habitantes del Norte de España y de Portugal, a aquellos seres anónimos, principalmente de la cuenca minera cuyos rostros, curtidos por su lucha diaria con la naturaleza, son moldeados por la extrema dureza del entorno. El montaje lumínico de la muestra permite el contraste extraordinario de los retratos de esos individuos con el paisaje que les rodea. Gonnord exhibe figuras en primeros planos sobre un fondo negro que llama la atención del espectador sobre esos rostros desgastados de los que emana magia pura. Así, piezas como Bernardo II, Antonio, Armando y Michel, entre otras, son objeto de un profundo estudio psicológico.
El fotógrafo consigue de una manera absolutamente brillante un acercamiento exhaustivo a la personalidad de sus protagonistas, logrando que la fotografía acentúe su discurso social: la utilidad de una composición estética que se convierte en una búsqueda y en una mirada profunda hacia el interior de cada sujeto, en suma, hacia cada uno de nosotros mismos.
El propio Gonnord señala que también retrata el paisaje porque “los rostros de la gente llevan impresos estos entornos y existe entre ambos un gran mimetismo y una gran interacción".
Este conjunto de fotografías reivindican, sin duda, unos valores ya casi descatalogados de esa supuesta modernidad, de ahí la indudable riqueza de su contribución artística.
Pierre Gonnord mantiene su compromiso hacia unos ciudadanos que viven en un espacio geográfico hostil pero muy necesario para el hombre. Y anuncia un nuevo proyecto de investigación que ilumine de nuevo las vidas desconocidas de amplias capas de la sociedad. Es, por tanto, un ejemplo de cómo un autor abraza con su cámara otro lugar, duro y oscuro en la vida de otros protagonistas de nuestra historia.
· LA FICHA Terre de personne Autor: Pierre Gonnord. Cuándo: Hasta el 28 de feb. De martes a sábado, de 11 a 20:30 horas. Dónde: En la sala de exposiciones Alcalá 31.
Se cumplen 50 años del nacimiento de Carlos Berlanga (1959-2002), uno de los autores más destacados del pop-rock español. Con este motivo la sala de exposiciones El Águila presenta Viaje alrededor de Carlos Berlanga, una amplia retrospectiva que recoge, además, la faceta artística de este destacado e influyente componente de la denominada ‘Movida madrileña’.
El hijo del maestro Luis García Berlanga compuso alguno de los temas más recordados de este trepidante período como Bailando, Ni tú ni nadie, A quién le importa o Perlas ensangrentadas.
Esta antológica acoge también pinturas, ilustraciones, obra gráfica y carteles, destacando, sin duda, el cartel promocional de Átame de Pedro Almodóvar.
Carlos Berlanga fue un creador dotado de una inmensa versatilidad, muy ágil y con componentes de auténtica genialidad. De su mente brillante brota un un soplo de frescura y originalidad que se distancia del plúmbeo panorama musical y artístico que se vive hasta su llegada.
En este espacio museístico comprobamos su impacto en el panorama musical: forma parte de Alaska y Dinarama o de Kaka de Luxe. Al mismo tiempo, podemos descubrir el contenido pictórico que traslada al momento histórico de nuestro país.
Muy interesante es el audiovisual en el que se pueden seguir algunas de sus actuaciones, así como entrevistas que ofrecen una idea de su personal obra.
Berlanga es curiosamente una persona bastante tímida pero fue fotografiado por importantes artistas que presentan ahora una selección. Pablo Pérez-Mínguez, Jesús Ugalde, Andrea Santolaya, Alberto García-Alix, Sergi Margalef y Alejandro Cabrera, entre otros, han plasmado la huella de este singular personaje icónico. Este viaje supone un retorno hacia aquel Madrid de los años 80, que despegaba y que se desprendía del tono oscuro imperante para abrazar un cromatismo desmesurado. Una ciudad alegre, que baila en Rockola y que se aleja a velocidad de relámpago de los usos y costumbres de un pasado ya muy lejano.
Gentes como el músico Bernardo Bonezzi, el pintor Sigfrido Martín Begué –diseñador de la muestra–, Nacho Canut, el comisario de este resumen artístico Pablo Sycet y Alaska, son cómplices en esta aventura de la modernidad. La muestra es una visión cercana y emotiva de una etapa explosiva de nuestra música y de nuestra vida, en las que Carlos Berlanga ha sido uno de sus abanderados principales.
· La Ficha Viaje alrededor de Carlos Berlanga
Qué: Exposición sobre la vida y obra de este autor del pop-rock español. Dónde: Sala de Esposiciones El Águila. Hasta el 7 de marzo. C/ Ramírez de Prado, nº 3
A finales del siglo XIX Guillermo Rivas -eficaz, como casi siempre, José Ángel Egido- se hace cargo de un extraño caso médico al que ningún otro galeno ha dado respuesta: el joven de la alta nobleza Don Diego de Robledo -enigmático Dritan Biba- es capaz de dormir tres días seguidos, lo que le provoca, según sus interesados familiares, trastornos mentales.
El soñador de Oskar Santos pertenece al grupo de cinco cortos que, financiados por Nescafé para celebrar su cincuenta aniversario, están inspirados en la obra de directores consagrados.
Esta pieza, apadrinada por Alejandro Amenábar, con quien Santos ya había colaborado anteriormente realizando el making off de Mar adentro, afronta el mundo onírico del creador de Los otros.
La cinta es un encuentro entre la vida y la muerte, una pugna entre realidad e ilusión: un deseo de fe inquebrantable en alcanzar lo que tantas veces anhela nuestra mente.
El soñador está basado en un cuento de Javier Sánchez Donate, guionista habitual del director bilbaíno y habla de la felicidad que proporcionan los sueños, en los que nunca hay sufrimiento. De ahí que los períodos de sueño de Diego de Robledo aumenten constantemente: el joven, se conecta a ese mundo quimérico que le proporciona la paz que la realidad le escamotea y que le permite el reencuentro en otra vida con su fallecida esposa.
El doctor cambia el diagnóstico prematuro, se encuentra fascinado por el presunto paciente y reflexiona: “ese mundo de sueños no es obra de una mente trastornada. Aquí no queda nada para él, allí lo tiene todo”.
En otra secuencia el doctor Rivas, al que acompaña la foto de su fallecida hija, sentencia apesadumbrado: “El día que murió mi hija los sueños huyeron de mí y a diferencia de Diego, cuando cierro los ojos sólo veo oscuridad”.
Precioso filme en el que los sueños vencen a la realidad. Aunque siempre existe alguien que quiere aniquilar los deseos, la cinta deja un mensaje muy claro, si se quiere como acto de desobediencia en pro de la esperanza de lo imaginado frente al desconsuelo de lo conocido.
Los elementos de este bello “collage” fílmico ayudan a la elaboración de una pieza en la que, como siempre, destaca la excelencia musical de Fernando Velázquez. La esmerada fotografía de Josu Inchaustegui retrata la magnífica ambientación a cargo de Vicent Díaz, que consigue una estética que nos traslada a la literatura de fantasía, a los grandes autores como Bram Stoker o Julio Verne y que deja huella de Metrópolis de Fritz Lang, en los dibujos finales.
En este cruce de caminos, el médico permite que fluyan los sueños del “supuesto enfermo” para alimentar los suyos propios: esa es la idea, soñar para vencer la cruda realidad.
Vaslav Nijinsky (1889-1950) es el protagonista estelar de la muestra La danza de los colores. En torno a Nijinsky y la abstracción que presenta la Fundación Mapfre en colaboración con la Kunsthalle de Hamburgo.
La exposición se sitúa en el contexto de las celebraciones del centenario del debut de los Ballets Rusos en París que se llevan a cabo en todo el mundo, centrándose en los 21 dibujos que el afamado bailarín creó finalizada su carrera.
Acompañan al genio de la danza otras 43 piezas más de artistas que, como él, fueron a París, ciudad representativa de la vanguardia europea. Compañeros de inquietudes como Sonia Delauny, Alexandra Exter, Vladimir Baranov o Fratisek Kupka, quienes bucean en la representación del movimiento del ser humano en el espacio: para este fin, va a ser esencial la dinámica que transmite el mundo de la danza.
Nijinsky, hijo de bailarines, se traslada a San Petersburgo donde es admitido en la Academia Imperial de Ballet. Allí es tutelado por Sergéi Diaghilev que hará de él una figura respetada mundialmente.
Ente 1918 y 1919 compone una serie de dibujos en los que el círculo se torna como eje principal. A cuadros figurativos le suceden otros más abstractos, en los que predomina el color. Representa la inter-acción de los círculos en piezas como Arcos y segmentos: líneas y ahonda en la mirada en su serie Máscara y ojo en la que prosigue la presencia de la línea, siempre presente en su inventiva. Para Nijinsky el concepto es clave, y lo confirma de forma rotunda: “El círculo es el movimiento completo, perfecto. Todo se basa en él: la vida y con toda certeza, nuestro arte”.
Como hemos apuntado, esta bella muestra permite apreciar algunas obras de otros de sus cómplices artísticos. Por ejemplo, Forma de amarillo (1911) de Kupka, en la que comprobamos la cercana coreografía de ambos creadores. Otra invitada es Sonia Delauny, que aporta unidad a la exposición. El lienzo Cantaores de flamenco (1916) destaca por la fluidez de su inventiva en la que predomina el hombre junto al espacio. También le acompañan el ucraniano Baranov y Alexandra Exter, cercana al cubismo.
Así pues en este entorno fastuoso, en el que dominan las líneas y colores, queda resumido un trayecto creativo breve e intenso de un genio de la danza al que rodean maestros de la pintura que conmueven en cada acento artístico.
· La Ficha La danza de los colores. Entorno a Nijinsky y la abstracción
Fecha: Hasta el 20 de diciembre Lugar: F. MAPFRE. (Paseo de Recoletos, 23) Comisarios: H. Gaßner y D. Koep
Desde este rincón cinematográfico, venimos presentando al lector diferentes cortometrajes que han hecho camino en la dura y difícil carrera de la historia de nuestro cine. Desde el año 2007 en que comenzamos esta fascinante aventura, han pasado por esta sección numerosas historias que han prendido a fuego el imaginario del cine español.
Permítanme ahora que haga un pequeño alto en este recorrido para hablar de la Agencia del Cortometraje Español (ACE). Creada en 2003 con el objetivo primordial de ofrecer asesoramiento a todos los integrantes de este género con identidad propia, la ACE está comandada por el cineasta Miguel Ángel Escudero, autor de piezas tan interesantes como: I love you (2001), Binomio. Los siameses españoles (2002), Mala sombra (2005) o Torero (2009).
La Agencia, pieza angular del cortometraje español, promociona a nuestros cineastas tanto a nivel nacional como internacional. Para ello es fundamental la creación de su ficha artística, que permite agilizar los trámites para la participación en los distintos festivales: es uno de los mayores empeños de esta institución que hace factible la difusión y defensa de los cortos ante los organismos oficiales.
La ACE es ya un referente para este deslumbrante mundillo y ha logrado en su corta historia un merecido reconocimiento. Otro elemento fundamental de su labor es la función didáctica. Su sede madrileña realiza una intensa tarea de formación para futuras promociones de cineastas. Así, son muy relevantes los cursos semanales que efectúa sobre los diferentes elementos que conforman una obra cinematográfica: la producción, el guión, la realización, la fotografía o la función del script son algunos temas que se enseñan con cierta asiduidad en sus aulas.
La Agencia practica una actividad de campo de alto rango y en sus locales, reputados cineastas comparten su experiencia profesional con jóvenes promesas de nuestra industria. Esta actividad promocional y docente ayuda a que el hermano menor de nuestro cine despegue con dignidad. El último éxito logrado por esta Agencia ha sido reunir el pasado 17 de octubre en la Plaza Mayor de Madrid a más de 120 cineastas, quienes a través de La foto del corto han pretendido mostrar al público la unidad del cortometraje español y reivindicar la existencia de un género que pide paso y que muestra en numerosas ocasiones una calidad incluso superior a la del largometraje.
El corto precisa mucho apoyo, por eso es de alabar la vigorosa entrega de esta Agencia del Cortometraje Español, sin cuyos esfuerzos los cineastas que aspiran a ejecutar un nuevo universo fílmico estarían un poco más huérfanos. Larga vida.
La Fundación Mapfre retoma la actividad en sus salas de Recoletos con la exposición Mirar y Ser Visto. De Tiziano a Picasso. El retrato en la colección del MASP.
Esta brillante selección de 33 retratos que procede del Museo de Arte de Sâo Paulo enseña piezas desde el siglo XVI hasta el XX y ofrece al espectador la oportunidad de conocer la evolución de uno de los géneros más destacados de la pintura.
La representación del individuo se manifiesta como esencial en la huella del ser humano. De la forma en que los artistas se acercan a la personalidad del retratado colegimos la ascendencia de éste.
El espacio expositivo está articulado sobre dos discursos: los retratos de solemnidad (piezas desde el siglo XVI al XIX) y los retratos modernos (segunda mitad del XIX y primera del XX).
El primer eje de la muestra está integrado por lienzos como Retrato del Conde-Duque de Olivares (1624) de Velázquez, María Pietersdochter Olycan (en la imagen) (1638) de Franz Hals así como otros de Goya, Van Dyck o Tiziano.
En todos ellos los personajes aparecen de cuerpo entero o de medio, figuran con gestos de soberbia, son, sin duda, representaciones de dominio. Prevalece su personalidad sobre la del artista que en estos casos se limita a utilizar su técnica al servicio del poder.
El segundo eje presenta obras que penetran en la mirada del protagonista del retrato. Se alejan pues del sometimiento de épocas anteriores. Contemplamos Busto del hombre (El atleta) (1909) de Picasso y advertimos, una vez más, la extrema calidad de su pincel.
También hay piezas de Modigliani, Retrato de Leopold Zborowski (1916-1919), de Corot, Cezanne o Toulouse Lautrec, El Señor Fourcade (1889). En todos ellos se manifiesta la personalidad del artista. Frente a los primeros, estos cuadros muestran mayor libertad creativa, el autor propone una visión más cercana a sí mismo, ejecuta un método más personal del sujeto a quien retrata.
La muestra descubre pues el contraste en el tratamiento de las imágenes. A una primera etapa de férreo control, en la que el autor claudica a la omnipresencia de su antagonista, sucede otra, de mayor libertad, en la que pinta rostros que actúan como espejos que le devuelven su propia mirada. • Dónde: Sala Recoletos Dirección: Paseo de Recoletos, 23. Teléfono: 91 581 61 00 Horarios: Lunes:14 a 20 h Martes a sábados: de 10 a 20 h. Domingos y festivos: de 12 a 20 horas.