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29/07/2010 (18:39)
Del 19 al 24 de julio se ha celebrado en la Universidad de Roma el XVII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, organizado por Patrizia Botta. Más de setecientos hispanistas de todo el mundo nos hemos dado cita en las calurosas aulas de la Facultad de Letras para compartir, exponer y debatir los temas que interesa al hispanismo en estos momentos. Compartir experiencias, metodologías y puntos de vista. Exponer las investigaciones en curso y los nuevos descubrimientos en el ámbito del estudio de la lengua española y de la literatura escrita y difundida en español. Debatir algunos de los retos que se nos plantean y ofrecer una imagen del mapa real del hispanismo. Setecientas personas en busca del aula en que exponía un amigo, un compañero, un alumno, un tema de interés procedentes de mil geografías: el grupo más numeroso, como no podía ser de otro modo, lo constituimos los investigadores y profesores españoles, seguido muy de cerca por los estudiosos mexicanos y por los italianos, pero han quedado pocas áreas que no estuvieran representados, ya que en los pasillos de la Sapienza, el nombre con que se conoce a la Universidad de Roma desde su fundación, se podía escuchar acentos del español de Argentina, de Colombia, de Perú, de Venezuela, de Puerto Rico, junto a los de Estados Unidos, de Francia, de Suiza, de Portugal, de Brasil, de Polonia, de Rusia, Grecia, Japón, India, Egipto, Marruecos… y muchos más que me dejo, sin duda, en el tintero de la memoria. El mundo unido alrededor de una lengua y de una cultura que permitía todas las comunicaciones, todos los actos de habla en un español cada vez más universal, cada vez más fuerte y dinámico.
Ha hecho calor en Roma. Mucho calor. Como en Madrid, como en Alcalá, como en este continente que ha decidido en estas fechas romper las estadísticas. Pero el calor húmedo de Roma se ha llenado también del calor de los abrazos, de las risas, de las recepciones y de los encuentros. Amigos y compañeros a los que no vemos desde hace meses y años, pero que, gracias a los nuevos medios de comunicación digitales, los tenemos presentes a todas horas. Amigos y compañeros que conforman una red de intereses comunes literarios y científicos. Amigos y compañeros que han llenado los pasillos de sonrisas y los cuadernos de notas y de nuevas ideas, que ahora tienen que desarrollarse en la soledad de nuestros estudios o en la bulliciosa red social de nuestros intercambios de ideas. Hace tres años, la reunión fue en París, en un París agotado por la lluvia. Dentro de tres años, la Asociación Internacional de Hispanistas volverá a celebrar su congreso internacional en Buenos Aires, en un invierno cálido que ha sido recibido como un regalo en la calurosa Aula Magna de la universidad romana.
En Roma, como suele ser habitual en la dinámica y desarrollo de la Asociación, se han renovado los cargos de la Junta Directiva. Carlos Alvar, que ha sido el presidente de la AIH en los últimos tres años, ha abandonado su cargo y fue nombrado por aclamación como Presidente de Honor, siguiendo la estela de sus predecesores en el cargo como Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Marcel Bataillon, Ángel Rosemblar, Edward M. Wilson o Rafael Lapesa, por solo quedarnos por los primeros que ocuparon este cargo y que ya no están entre nosotros. En los próximos tres años, al frente de la Asociación Internacional de Hispanistas estará el profesor italiano Aldo Ruffinatto, uno de los máximos expertos en el mundo en el Lazarillo de Tormes, entre otros tantos temas. En los tres años de la presidencia de Carlos Alvar se ha conseguido institucionalizar la representación de la AIH en algunos organismos oficiales españoles, como es en el Jurado del Premio Cervantes y en el Patronato de la Biblioteca Nacional de España. Esperemos que esta línea de trabajo, esencial para poder continuar con las labores que ha de cumplir y realizar la asociación, se complete en los próximos años con representaciones similares en organismos internacionales y en los nacionales donde el hispanismo ocupe un lugar relevante.
Son muchos los retos que se han planteado también dentro y fuera de las aulas, en eruditas y bien documentadas comunicaciones y conferencias, y en las charlas, igualmente eruditas y en ocasiones más interesantes, en los pasillos o en las comidas y cenas, en los paseos por la hermosa (y siempre renovada) ciudad de Roma. Muchos los retos en cada uno de los campos al que presta su atención el hispanismo, desde la historia de la literatura hispánica, en cualquier época (desde las Glosas Emilianenses y el Cid hasta los últimos poemas de un escritor joven), desde la teoría de la literatura, la ecdótica o la lingüística. Muchos son los retos científicos que se han expuesto, muchos los proyectos que se han puesto en marcha en estos años y que ahora han dado sus primeros frutos. Pero también se ha planteado un reto institucional: ¿cuál debe ser el sentido de la Asociación Internacional de Hispanistas en la Sociedad de la Información y del Conocimiento, en esta nuevo universo en que las redes permiten una comunicación más estable y fluida que las reuniones físicas cada tres años, con el enorme costo económico y personal que supone trasladarse a una ciudad en época de mayor turismo? En sus estatutos la finalidad de la AIH se expone de manera clara: “La finalidad de la Asociación será el fomento de los estudios hispánicos en todos los países, la organización de congresos en los que los miembros podrán presentar comunicaciones, el estudio de asuntos de interés común referentes a las lenguas y las literaturas peninsulares e iberoamericanas y de los aspectos culturales relacionados con ellas, la publicación de las actas de dichos congresos, y también la colaboración con instituciones internacionales de carácter cultural". Pero a la hora de fomentar los estudios hispánicos en todos los países, ¿no se debería utilizar e innovar en nuevas vías de difusión como es la red? Necesitamos estar informados en cualquier momento de lo que el hispanismo está haciendo, sin tener que esperar al congreso cada tres años… y esta información se puede hacer aprovechando las tecnologías digitales.
Sin duda este es el gran reto institucional al que tendrá que dar respuesta la nueva Junta Directiva de la AIH presidida por Aldo Ruffinatto. Y no me cabe duda que la respuesta será imaginativa y de gran calado, como no puede ser de otra manera al tener al frente de la AIH a personas de tanta valía y compromiso con la asociación. Hemos de dar el paso para pasar de la información al conocimiento, y en este paso las estructuras nacionales y académicas están peor preparadas que las de una Asociación, como la AIH, que permite una visión de conjunto, universal de los problemas que a todos interesan y preocupan, desde los grandes maestros a los jóvenes investigadores y profesores que se incorporan mes a mes a la filas de nuestra asociación. Un gran reto. Sin duda apasionante.
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19/07/2010 (22:46)
En la primera semana de julio han coincidido dos cursos de verano que tenían como finalidad la de debatir sobre los cambios que las tecnologías de la información y del conocimiento (las en otra época, conocidas como nuevas tecnologías informáticas) están propiciando en el mundo del libro, de ese producto comercial que en sus modos de difusión y explotación editorial comenzó su andadura en el siglo XVI. Por un lado, en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, con el patrocinio de CEDRO y el apoyo del Gremio de Editores se reunió a políticos, editores y autores a debatir sobre el tema en el curso titulado: ‘El futuro de la edición: papel y e-book’, dirigido por Núria Cabutí Brull, consejera delegada de Random House-Mondadori; y por otro lado, en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid, apoyados por la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, se impartió el que llevó por título: ‘El texto digital ante la encrucijada del libro electrónico y del hipertexto’, que tuve el honor de dirigir, en el que, junto a editores y políticos, dimos cita a creadores digitales y a promotores de nuevas iniciativas editoriales en la red, además de estudiosos de la literatura digital y de la filología digital.
Dos perspectivas, me temo, ante un mismo reto, una realidad que se nos impone minuto a minuto. Una perspectiva que mira al pasado con la pretensión de mantener cuotas de mercados y de negocio editorial; y otra perspectiva que se pregunta, que se plantea nuevas posibilidades textuales, de creación y de difusión, que vaya más allá de los modelos editoriales actuales, que, no olvidemos, en nuestra cultura occidental, con más de dos milenios de cultura escrita a nuestras espaldas, sólo se han impuesto en los últimos tres siglos… y no siempre de la misma manera y con el mismo éxito actual.
Vayamos por partes, y comencemos por el principio, por el propio concepto de ‘libro electrónico’ (o ‘E-book’ en su origen inglés). Ante las diferentes posibilidades de la difusión de los textos digitales en los variados formatos que tenemos a nuestra disposición (desde Internet a los dispositivos de lectura –los conocidos como ‘E-reader’–), el libro electrónico se ofrece como una posibilidad, que toma como modelo (y fin) el libro en papel; el libro electrónico vendría a ser, por tanto, un ‘libro’ (es decir, un texto que se organiza en páginas, con los paratextos habituales en este tipo de formato de difusión, como son la portada, los prólogos, las cabeceras, la numeración…) que se ha codificado en formato electrónico, para ser reproducido y leído manteniendo sus características externas propias de un libro en papel, primando la página como elemento de lectura. El formato y lenguaje de codificación puede ser universal y cerrado (como el pdf o una imagen digital), o en formatos más abiertos y, en ocasiones, solo compatibles con algunos modelos de ‘lectores electrónicos’ o ‘E-readers’.
En todo caso, el ‘libro electrónico’ frente al ‘libro en papel’ sólo ofrece dos ventajas: la acumulación de la información (en un dispositivo actual de lectura electrónica, que no pesa más que un libro en papel, pueden albergarse cientos y miles de textos) y su adquisición directa y rápida gracias a Internet, que no ha de pasar por la acumulación de los ejemplares no vendidos, la espera en las librerías, etc.
Los editores (que hasta hace bien poco negaban que entrarían en el negocio del libro electrónico después de los fracasos económicos de principios del siglo XXI), según he podido leer por la prensa, han manifestado sus grandes preocupaciones en el curso de verano de la UIMP: en primer lugar, la “tibieza" de la Fiscalía en la persecución de los delitos contra la propiedad intelectual (el fantasma de la piratería que ha cambiado completamente los modelos de negocio de la industria discográfica y, en la parte, de la cinematográfica), y las quejas porque al libro electrónico se le cargue con un 18% del IVA, frente al 4% del libro en papel… Quejas sobre las dificultades de un control, económico y editorial, que han sabido mantener y perfeccionar en el formato en papel en los últimos tres siglos. En el curso de verano que se pudo escuchar en El Escorial, no visitó Francisco Cuadrado de la Editorial Santillana, que presentó el portal ‘Libranda’, por el que grandes editoriales de nuestro universo editorial quieren ofrecer su voz y su participación en un negocio que aumenta día a día.
En el año 2009, sin ir más lejos, un 11% de los libros que se divulgaron en España lo hicieron en formato electrónico, lo que supone un 55% más que lo sucedido en el 2008; cifras que se dispararán cuando las editoriales, como lo han anunciado, comiencen a digitalizar sus fondos y a ofrecerlos a los posibles compradores.
‘Libranda’ (www.libranda.com), el gran portal de la edición en español que se completará de títulos a mediados del mes de septiembre, es el mejor ejemplo de esa mirada al pasado del que hablaba al principio: se trata de ofrecer en la red, con los nuevos medios de difusión digital, los mismos modelos editoriales y de negocio que se poseen en el formato papel. Incluso se habla de abaratar en un 30% el precio de los libros electrónicos, ya que estiman que un 39% será el coste de no tener que imprimir y almacenar los libros en papel… así, si un libro en papel cuesta una media de 13 euros, el libro electrónico se podrá descargar legalmente por un precio aproximado de 9 euros… Y además, para no acabar con el ‘ecosistema’ de la edición en papel (del autor al lector, pasando por el editor y el librero), los libros que ponga a disposición ‘Libranda’ se tendrán que comprar por medio de librerías digitales (que serán también hermanas de aquellas grandes cadenas de distribución del libro en papel).
¿Tendrá así futuro el libro electrónico en España? Me temo que no… pero esto no significa que el libro electrónico no buscará nuevos cauces de difusión y de distribución, nuevos modelos de creación para dar respuesta a una realidad que se nos viene encima: el modelo editorial que se quiere imponer en el mundo digital está dirigido por ‘inmigrantes digitales’ y pensando para cubrir las necesidades de estos inmigrantes (que somos todos nosotros que nos hemos criado y entendemos el mundo a partir del libro en papel)… pero ¿qué sucederá cuándo los lectores (y con ellos los compradores) sean los nativos digitales, aquellos que han nacido con un ordenador debajo de la almohada?
En España quedan todavía unos años… pero en Estados Unidos ya se ha comenzado a ver la revolución (la web 2.0, por ejemplo)… tenemos que estar atentos a lo que allí suceda para ver si el libro electrónico tiene o no futuro, o debemos comenzar a habituarnos –por muy lejanas que nos parezcan– a otras modalidades textuales digitales, hasta ahora ni exploradas, y que, sin duda, tendrán el futuro que los nativos digitales le otorguen. A nosotros no nos queda más que ver el futuro desde una asombrada barrera… por más que los editores quieran poner cotos al mar de Internet y a ofrecer el anticuado libro electrónico como una marca de innovación y futuro.
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5/07/2010 (19:03)
Hablar de Milagros del Corral es hacerlo del libro. Milagros pasó sus primeros años de niña entre libros y ya a los cuatro sabía leer perfectamente. Y no podía ser de otro modo teniendo Milagros un padre como D. José Corral, que ha dicho “la lectura ha sido la ocupación de mis horas. Leyendo encontré mi camino".
Libros que hay que leer, libros que hay que difundir –como las amenas e ingeniosas obras de su padre, sobre el Madrid de hoy y, sobre todo, el Madrid de los Siglos de Oro, en esa pasión que compartimos–, y libros que hay que organizar, que hay que prestar, que hay que preservar. Cuando en una ocasión le preguntaron a Milagros qué le llevó a ser bibliotecaria después de haber estudiado Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, ella, entre calada y calada de un cigarrillo y con una de esas sonrisas que dejan escapar la ironía en cada uno de sus gestos, respondió: “Yo soy bibliotecaria por vocación paterna".
Y nunca ha abandonado esta profesión, en la que ha sido pionera en muchos campos. Comenzó en la biblioteca de la Universidad Complutense, en la que llegó a ser vicedirectora. Y allí dejó su impronta y su memoria: fundó la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información. Tuvo también cargos en el Ministerio de Cultura, en la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, llegando a ser la responsable de la política de derecho de autor, labor a la que no ha dejado de dedicar su esfuerzo, inteligencia y sentido común desde entonces.
Después de una etapa como secretaria general en varias asociaciones de editores, sus pasos la llevaron a París, a la sede de la Unesco, de la que llegaría a ocupar varios cargos: directora de la División del Libro y el Derecho de Autor, directora de la División de Identidades Culturales, llegando a ser subdirectora general adjunta para la Cultura. Libros, libros y más libros… pero libros vistos desde el ángulo diferente de la gestión.
Pero también libros que están viendo cambiar sus caras, sus formas, sus modos de lectura y de difusión. Libros que hay que preservar, archivar y difundir, pero también libros que tienen a las puertas una revolución que aún no podemos ni imaginar al estar inmersos en la época del ‘incunable digital’.
Y Milagros del Corral que ha crecido entre libros, que a los cuatro años ya sabía leer perfectamente, que ha sido bibliotecaria, “por vocación paterna", que, desde sus cargos de gestión en instituciones españolas e internacionales, se ha enfrentado a mil problemas y retos, como el de los derechos de autor, del que es una autoridad mundial, no tiene miedo a los nuevos tiempos que nos está tocando vivir, sino que los encara con el entusiasmo y la ilusión de un momento único, de una revolución que pondrá las bases para el diseño del libro en el futuro. De ahí, que los proyectos de digitalización, el uso de las tecnologías informáticas para dar servicios a los usuarios, la difusión de las redes sociales… se hayan convertido en el pan nuestro de cada día de su vida.
En sus escasos dos años y medio de gestión al frente de la Biblioteca Nacional de España, ha conseguido que nuestra Biblioteca esté presente en todos los foros mundiales sobre el tema, llegando incluso a presidir la Biblioteca Digital Europea. Y ahí está la Biblioteca Digital Hispánica y el patrocinio de Telefónica para dejar constancia de todo lo mucho y bueno que se ha hecho durante su gestión al frente de la BNE sobre este tema innovador.
Y es que Milagros del Corral, y no digo nada que no sepan todos aquellos que la conocen, siempre le gusta mirar al futuro, adelantarse a los acontecimientos del presente y ver más allá del día a día de la gestión. Y de nuevo, vuelve la bibliotecaria y la gestora. Milagros del Corral sabe que las bibliotecas tienen que reiventarse en el siglo XXI, que los usos y modos de las bibliotecas actuales son herederos de un pasado que va cambiando día a día; los espacios dentro de la biblioteca se tendrán que volver a distribuir y abrirse a nuevos servicios, y lo dice alguien que ha vivido y vive entre libros. Y lo seguirá haciendo.
El próximo año la BNE cumple trescientos años. Y Milagros del Corral y su equipo habían planificado (con todos los recortes presupuestarios de los últimos tiempos) un ambicioso plan de actividades que, al tiempo que diera cuenta del legado del pasado, al ser una de las instituciones culturales más antiguas de nuestro país, mostrara su modernidad y su capacidad de liderazgo en el futuro, en este futuro de nuevas normas y modos de difusión y de conservación de la cultura y de la información.
Trescientos años de historia de una institución que nació “pública" en su nombre y su espíritu de la mano de Felipe V; trescientos años de una institución que en los próximos siglos esperemos que siga siendo pública e independiente, que pueda gozar, como ha soñado Milagros del Corral, con las herramientas necesarias para dar respuesta a los retos del presente y del futuro, las herramientas necesarias y autónomas, al margen de cualquier poder y partido político. No me cabe ninguna duda que cuando, dentro de unos años, se siga escribiendo la historia de la Biblioteca Nacional de España, los dos años y medio de Milagros del Corral al frente de la misma marcarán un antes y un después, a pesar de no haber podido dar fin a todos sus proyectos con el tiempo y el sosiego que necesitaba.
Dos años y medio al frente de la BNE que le han dado la vuelta a una institución tricentenaria y que le ha colocado en el siglo XXI, a corta distancia de las más importantes bibliotecas nacionales del mundo, que duplican (si no triplican) su presupuesto, y gozan de una total y efectiva independencia de gestión.
Dos años y medio al frente de la BNE que te agradecemos, porque has sabido darle a la institución, y a todos los que, por una razón u otra, nos acercamos a sus instalaciones y salas, un futuro, un programa de actividades y unas metas. Gracias a ti la Biblioteca Nacional de España no es sólo una vetusta institución con tres siglos de pesada historia a sus espaldas, sino también una institución joven y dinámica, que posee proyectos y que tiene mucho que decir de cómo “preservar y custodiar su rico legado patrimonial y cultural, al tiempo que asegura su más amplia difusión pública".
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28/06/2010 (17:35)
Alejandro Magno, el gran Alejandro Magno, en su campaña militar por Asia tenía siempre presente el texto de la Ilíada de Homero, el primer gran texto literario occidental que narra la historia de la guerra de Troya. Era su modelo y su maestro militar. Pero no cualquier texto: Alejandro Magno no dormía si antes no ponía debajo de su cabecera una espada (para defenderse de los peligros reales) y una caja en la que conservaba una copia, en rollos en papiro, de la Ilíada con los comentarios y las correcciones que su maestro, el gran filósofo Aristóteles, había escrito en sus márgenes.
Nos hemos situado en el siglo IV a. C. Pero la historia del texto de las grandes obras de Homero, de la Ilíada y de la Odisea, comenzó unos siglos antes (en los que los críticos aún no han dado la última palabra en el campo fructífero de sus hipótesis): el siglo VIII a. C. Un texto, con sus más 15.000 versos, que se compuso para ser difundido de manera oral, en ese espacio que se mueve entre la voz y la memoria, y que nada tiene que ver como ese “fármaco de la memoria" que es la escritura; estas letras que se han convertido en la base de nuestra forma de comunicarnos y de recordarnos en nuestra cultura occidental actual. Pero no siempre fue así. Casi nunca fue así, y solo hace falta recordar a nuestros abuelos, su portentosa memoria y el rico patrimonio cultural y literario oral que han sabido transmitir de padres a hijos sin que la letra, sin que la escritura tenga nada que ver.
Pero volvamos al texto de la Iliada. Se piensa que la primera vez que los versos homéricos fueron codificados, convertido el ‘verbo’ (oral) en ‘palabra’ (escrito), fue en las fiestas atenienses Panateneas que Pisístrato instauró el 566 a. C. dedicadas a Atenea, a imagen y semejanza de los Juegos Olímpicos, pero con certámenes de poesía y de música. Pero ninguna de las copias privadas y públicas que se hicieron a partir de esta primera codificación escrita se han conservado. Los rollos en papiro que permitieron conservar el texto homérico más allá de la memoria y de la voz, su primera difusión en los siglos de mayor esplendor de Grecia no han dejado más que algunas noticias indirectas, algunos datos que los filólogos examinan con la precisión de un resto arqueológico.
Estas copias que multiplicaban el texto homérico –con cambios que también se podían producir en la memoria y en la recitación oral– hacían que, a medida que pasaba el tiempo, el texto que transmitían se alejara cada vez más de aquel que en su momento compusiera Homero. Todo cambió en la famosa Biblioteca de Alejandría, fundada por el rey Ptolomeo I y engrandecida por su hijo en el siglo III a. C., y en la labor que llevó a cabo uno de sus primeros bibliotecarios: Zenódoto de Efeso. Y así, frente a los diferentes textos que transmitían los diversos rollos de papiro que archivaban y conservaban la memoria de los versos de Homero, Zenódoto creó un sistema de signos que, después de cotejar diversos papiros que se hicieron copiar para conservarse en la famosa biblioteca, indicó los versos que se consideraban ajenos a la creatividad del autor y que correspondían a añadidos de la transmisión, así como los versos que podían haber sido modificados, mal copiados, mal entendidos.
Este nuevo texto de la Ilíada, este texto editado, con sus errores y con sus aciertos, será el que se difunda a partir del momento, primero copiado en rollos de papiro (y también de pergamino) en Roma y, posteriormente, en Bizancio hasta el siglo XV, y luego en el nuevo medio de transmisión que se inventa en el imperio romano en el siglo II y que terminará por triunfar en el siglo IV, de la mano del triunfo del cristianismo como religión oficial de Roma: el códice. Frente al rollo de papiro, la forma habitual de difusión de los textos en la antigua Grecia, en Asia y en el Imperio Romano, ahora nos encontramos con un nuevo sistema de difusión gracias a que el pergamino permite hacer dobleces y se hacen cuadernos que pueden ser cosidos entre ellos formando una unidad, que el rollo en papiro no permitía. Recuérdese que Alejandro Magno llevaba una caja con los rollos de la Ilíada con las anotaciones y comentarios de Aristóteles.
El códice, este nuevo medio de transmisión frente al rollo, presenta grandes ventajas: la durabilidad del soporte y la mayor densidad de la información, que propiciará nuevos modelos textuales hasta entonces impensables: las compilaciones que reúnen en un mismo volumen diferentes textos de una misma materia o argumento o textos de gran extensión. Del siglo XIII se datan los primeros códices que difunden por Europa el texto griego de la Iliada, ya que las aventuras de la guerra de Troya se habían difundido por el occidente europeo en traducciones latinas. Y con el códice en pergamino (y a partir del siglo XII en papel) se añade con más facilidad otro elemento ya existente en el rollo: la ilustración, la relación entre texto e imagen, otra de las grandes ventajas de este nuevo medio de transmisión.
El siglo XV trae consigo un gran avance tecnológico en la difusión del códice como medio de transmisión: la imprenta. Gutenberg con sus prensas consigue hacer el milagro comercial de la ‘multiplicación’ de los códices a un precio menor que la copia única que era propia de los copistas. En el siglo XV, en la conocida como época incunable, poco parece cambiar en la forma externa de los códices, ya fueran manuscritos, ya fueran impresos: se copian los formatos, la disposición de la letra y de las columnas, las ilustraciones –que en época incunable luego se iluminarán como si de un manuscrito se tratara…–.
Y ya a finales y, sobre todo, en el siglo XVI, el cambio será monumental, y no tanto por la nueva tecnología inventada por Gutenberg para ‘multiplicar’ las copias, como por la industria nueva que se crea alrededor del libro, de ese objeto que deja de ser solo un medio de archivo de la memoria, de los textos, de la cultura para ser también un objeto comercial –y por otro lado un magnífico mecanismo de control ideológico por parte del poder, tanto sea civil como eclesiástico. En este nuevo espacio de difusión de los textos, encontramos magníficas ediciones incunables y de los siglos XVI y XVII del texto de la Ilíada de Homero; texto heredero del fijado por la Biblioteca de Alejandría que ahora es revisado con el triunfo del Humanismo.
Y textos de la Ilíada, en ediciones en griego o en traducciones a otras lenguas, con mayores o menores aparatos de comentarios y de observaciones, encontramos desde el siglo XVII hasta nuestros días, de la mano de los diferentes cambios tecnológicos que se han ido desarrollando en el universo de la imprenta: la linotipia, el off-set, la imprenta digital…
Y lo mismo puede decirse de la presencia del texto de la Ilíada en ese nuevo medio de difusión y de comunicación que es el mundo digital, con los libros electrónicos a la cabeza.
En el contexto de la difusión de los textos que conforman nuestro bagaje cultural occidental –en que la Ilíada es un ejemplo paradigmático por ser el primero no sólo de los compuestos sino también de los codificados en la escritura–, en el paso de la oralidad a la escritura, y dentro de esta en los diferentes soportes que de un modo habitual han servido de codificación del ‘fármaco de la memoria’, como son el rollo, el códice y el libro impreso, podemos comprender mejor la situación actual, en la que nos encontramos con dos ámbitos bien diversos de posibilidades y de retos: por un lado, el del ‘texto digital’, que permitirá seguir difundiendo los textos antiguos (como la Ilíada) en un nuevo soporte, con sus grandes ventajas y algunos inconvenientes; y por otro lado, el de la ‘industria editorial’, creada a partir del siglo XVI, que entiende el libro digital y las nuevas modalidades textuales ajenas a su naturaleza, como sucede con el hipertexto, como dos enemigos que acabarán con el monopolio de su negocio de cuatro siglos de antigüedad.
Por eso, es necesario reivindicar el ‘texto digital’, que irá tomando cuerpo y característica propias más allá de la época ‘incunable’ en la que ahora nos encontramos; dejando a un lado los debates sobre el futuro del libro tradicional, que en realidad esconde la imposibilidad de los grandes negocios editoriales para adecuarse a los nuevos tiempos y a los nuevos públicos y lectores.
La industria discográfica ya lo está haciendo y la cinematográfica ha comenzado a dar sus pasos. La industria editorial ha optado por sacar de la chistera su colección de miedos colectivos, que nada tienen que ver con la realidad. Tienen la batalla perdida. Ellos y nosotros lo sabemos. Es solo cuestión de tiempo. Sólo los innovadores, lo que presenten nuevas estrategias comerciales pensando en los nuevos tiempos tienen garantizada su supervivencia en los próximos años. Y si no, tiempo al tiempo. Y mientras tanto, el texto de la Ilíada se seguirá difundiendo en este nuevo medio, como lo fue en la oralidad, y en los rollos, códices, incunables y libros impresos desde el siglo VIII a. C. hasta nuestros días.
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21/06/2010 (12:01)
Hay historias, hay iniciativas que se pierden en el remanso tranquilo del tiempo. Historias que se viven con pasión y entusiasmo durante semanas para luego convertirse en una nota a pie de página de cualquier estudio erudito o de alguna nota de sociedad. Historias, iniciativas que con el tiempo se van llenando de los tintes de las vaguedades y de las contradicciones. Así nos pasa en nuestra vida cotidiana. Y así debemos, en más de una ocasión, preguntar a nuestros abuelos por una fecha, por un detalle, por una anécdota.
El pasado 18 de mayo, un grupo de profesores, investigadores y bibliotecarios lanzamos un “Manifiesto a favor de una mayor autonomía e independencia de la Biblioteca Nacional de España”, que en tan solo tres semanas consiguió congregar alrededor de su texto a más de 1700 firmas, entre las que se contaban escritores de la talla de Mario Vargas Llosa, Antonio Muñoz Molina o José Luis Sampedro, académicos de la Real Academia de la Lengua y de la de Bellas Artes de San Fernando representantes de diversas instituciones, presidentes de asociaciones científicas y de hispanistas así como decenas de profesores de Universidades e Institutos de España, Argentina, México, Colombia, Perú, Venezuela, Chile, Portugal, Francia, Bélgica, Italia, Gran Bretaña Suiza, Grecia, Polonia, Estados Unidos, Canadá y Japón, sin olvidar a centenares de hispanistas de todo el mundo y personas que aman el libro y la cultura.
El día 10 de junio, a las 10’30 horas se hizo entrega oficial a la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, del conjunto de las firmas, de las que nunca se ha recibido ninguna respuesta, aunque el documento (con su carpeta gris) estuvo presente en la comida que la Ministra mantuvo con la Presidenta del Patronato de la BNE (Margarita Salas) y el Presidente de la Fundación Amigos de la BNE (Pere Vicens) el día 14 de junio, horas antes de la reunión solemne del Patronato.
Este es el final de una historia, de un movimiento ciudadano que ha tomado partido en la defensa de una de las instituciones que debieran ser pilares de nuestra política cultural, pero es un final que merece una parada para poder comprender su principio, su origen y su desarrollo. El tiempo, ese “gran escultor”, a veces nos equivoca las fechas y los recuerdos. Y así, al redactar estas líneas, en más de una ocasión he de recurrir a Internet en busca de un dato concreto. ¡Ay, qué efímera que es nuestra memoria postmoderna!
El 30 de abril, se aprueba en el Consejo de Ministros una serie de medidas para controlar el gasto público del Estado; unas medidas que conllevan la supresión de 32 direcciones generales en todos los Ministerios. Frente a la propuesta del Ministerio de Hacienda (basada en principios de racionalidad) y, seguramente, por las luchas internas en los sillones del Consejo de Ministros, se prescinde de este primer plan y se le pide a cada Ministerio que indique cuál debe ser la Dirección General (o Direcciones Generales) que deberán desaparecer en cada uno de ellos. El Ministerio de Cultura ofrece dos posibilidades: la Dirección General de Política e Industrias Culturales y la Dirección General de la Biblioteca Nacional de España.
Desde Moncloa, se decanta por la segunda y así aparece en el documento aprobado por el Consejo de Ministros que tiene que ir al BOE a la semana siguiente. En esa semana, se le comunica a la Directora de la BNE, Milagros del Corral, la nueva situación, con las medidas que el Ministerio de Cultura piensa adoptar para que la cuantía de su contrato no se vea afectado (¿No era todo con la idea de una reducción de gastos?). Milagros del Corral anuncia que no puede aceptar el trato que se le da a la BNE (por más que se le presenten soluciones personalizadas) y que, de no cambiar su decisión el gobierno, no tendrá otro remedio que dimitir.
En esos mismos días, Margarita Salas, Presidenta del Patronato del Organismo Autónomo de la BNE, envía una carta al Presidente del Gobierno y a la Casa Real, manifestando su desacuerdo por la medida aceptada. Pero, a pesar de las buenas palabras y de que desde el Ministerio y la Presidencia se siga hablando de seguir apoyando a la BNE para que continue siendo una de las bibliotecas más importantes del mundo, el jueves 6 de mayo se sella en el BOE la supresión de la Dirección General de la BNE dentro del organigrama del Ministerio de Cultura.
Ese mismo día, como lo había anunciado, dimite Milagros del Corral como Directora de la BNE, aunque se compromete a mantenerse en el cargo hasta la llegada de su sucesor, para así no crear una situación de vacío en una de las instituciones culturales más importantes de nuestro país. El viernes 7 de mayo se le anuncia a Milagros que su dimisión ha sido aceptada y que debe abandonar el cargo el lunes 10. Y así, hasta ahora, la BNE, una institución que el próximo año cumple 300 años de existencia, se encuentra sin director.
Y junto a esta historia oficial, la de los despachos, la de los documentos y el BOE, de la que dieron testimonio la prensa y las televisiones, se fue creando otra historia. Una intra-historia que daría lugar al Manifiesto del 18 de mayo. El miércoles 5 de mayo, varios días después de la decisión adoptada por el Consejo de Ministros, recibo un correo de una amiga colombiana que me pregunta sobre las noticias de la posible dimisión de Milagros del Corral al frente de la BNE. Esa misma mañana, me entero de la noticia leyendo todo lo que aparece en Internet, e, indignado por lo leído y por lo que suponía de ruptura de un gran trabajo de modernización que se había llevado a cabo en los últimos años, entré en facebook, y ante mi sopresa, nadie había dado cuenta de lo que pasaba en nuestra institución. En ese momento, creé el grupo “En apoyo a la Biblioteca nacional de España” (http://www.facebook.com/group.php?gid=123725077643623), que en tan solo unos días llegó a los 1000 miembros (en la actualidad, cuenta con casi 3000).
Al mismo tiempo, el editor Francisco Javier Jiménez, llevado por esta misma sensación de rabia e impotencia, creó otro grupo: “Solidaridad con la Biblioteca Nacional de España”. Día a día (y casi diría, minuto a minuto) se fueron apuntando cientos de personas que querían expresar su apoyo a la Biblioteca Nacional de España, a una institución que debería estar al margen de estos vaivenes políticos, de la decisión arbitraria de un responsable del gobierno y de la falta de sensibilidad a la labor que está realizando como conservadora y difusora de nuestro patrimonio bibliográfico y de nuestra Memoria Escrita.
El Estatuto de 2009 que convierte a la BNE en Organismo Autónomo se ha demostrado insuficiente para poder dar respuesta a los grandes retos que la BNE tiene que afrontar en los próximos años (como el resto de las grandes bibliotecas del mundo, con la digitalización patrimonial a la cabeza, labor que nunca debería desarrollarse en el ámbito de ninguna institución política o ministerial).
Por eso es necesario dar un paso adelante, como propusimos en el Manifiesto del 18 de mayo firmado por más de 1700 personas: concederle a la BNE la misma independencia de gestión y de recursos como poseen otras instituciones culturales, como el Museo del Prado. Y esta idea (por otro lado, de pura lógica) no tiene otra función que la de fortalecer a la Biblioteca Nacional de España, que no es otra cosa, que fortalecer nuestra cultura y nuestro patrimonio. Y esta idea ya ha sido acogida con entusiasmo por el propio presidente del Gobierno.
Ahora solo es necesario un poco de tiempo (y de voluntad política) para convertirla en una realidad, y que la Biblioteca Nacional de España, en el 2011, cuando cumpla sus trescientos años, posea el estatus jurídico y administrativo que se merece como Entidad Autónoma, para poder seguir prestando un servicio público, razón por la que fue fundada por el rey Felipe V. Y de ahí su nombre inicial de 1711: Real Biblioteca Pública.
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7/06/2010 (11:56)
El sol parece que no quiere dar tregua a la Feria del libro de Madrid. Como todos los años. Y como todos los años, tendremos también un día de lluvias, de paraguas intentando hacerse sitio entre las casetas y lectores calados en busca de sus autores preferidos. Hace calor en la caseta de Sial en la Feria del libro de Madrid. Y eso que en esta tarde tranquila estamos a la sombra, protegidos por los árboles del parque del Retiro.
Firmo ejemplares de mis libros de poemas acompañado de Alicia Villar, que ha publicado una excelente (y necesaria) historia de la literatura griega, que demuestra, una vez más, el abismo cultural que se han instalado en nuestra Europa, que sigue levantando fronteras culturales y sociales, a pesar de que las políticas y económicas parecen querer diluirse en el fracaso de la falta de ideas y de proyectos. Y aquí, estamos, en nuestra caseta de feria, sentados en nuestras sillas, con los libros delante de nosotros, en el escaparate literario más importante de España, el más popular, el más cercano.
Y aquí estamos, con nuestros carteles, nuestra sonrisa, nuestros bolígrafos ansiosos y los anuncios en megafonía que democratiza la feria, que pone a todos los autores en el mismo espacio de los segundos publicitarios, al margen de su editorial, de sus ventas, de su promoción y calidad. Y aquí estamos, viendo pasar a los lectores que, parece ser, este año pasean mucho más que compran. Y los vemos caminar tranquilos, detenerse ante los cantos de sirena de las portadas, de los títulos, de una pequeña señal que les despierta la curiosidad.
En ocasiones, nos miran sorprendidos, como si la foto se hubiera movido, como si ese nombre que se oye por los altavoces se hubiera convertido en carne por pura magia literaria. Y nos miran con una cierta sorpresa, y, en muchas ocasiones, curiosidad amistosa. Miran, sonríen, pasan sus manos y sus miradas por encima de las portadas de algunos de nuestros libros, y, en ocasiones, en algunas ocasiones, de dejan llevar por la curiosidad y toman uno de nuestros ejemplares, lo abren al azar por una página y comienzan a leer. Y entonces me siento como en el colegio cuando el profesor descubría algunos de mis textos y lo leía ahí, a mi lado, en una curiosa mezcla de examinador y de admirador, de curioso lector. Y el libro vuelve a su lugar y el lector sigue su camino. Sin comentarios. Quizás con alguna sonrisa. Como me sucedía como mi profesor de literatura cuando era niño.
Y sonrío, y me tomo otro sorbo de la coca-cola que nos han traído y me dedico a observar a los que pasan delante de la caseta, a los que se detienen, a los que miran y a los que siguen su camino sin haber levantado los ojos de las portadas, de los libros. Reconozco que me divierte estar en el otro lado del espejo, en ese otro espacio de las letras, en que se descubren todas las trampas, lo que se esconde debajo de las estanterías, detrás de las cajas, en la esquina inconfesable que todos intentamos olvidar, hacer invisible a los demás.
Me gustan las conversaciones banales en la Feria del libro, mezclando los comentarios de ascensor (¡qué calor, parece que ha llegado el verano de golpe! Este año nos hemos quedado sin primavera…) con las tesis eruditas de la última literatura, de las tendencias de la poesía… Me gusta aprovechar la primera hora de la tarde en la caseta de la Feria del libro para convertirme en lector privilegiado de las últimas novedades de la editorial… me gusta dejar pasear la mirada por los lomos de los libros y descubrir los nuevos títulos, y poder cogerlos y hojearlos, leer el principio de la novela, un verso al azar de un libro de poemas… me siento como el niño al que han dejado solo por unas horas en una tiendas de chucherías… todo lo puede tocar, coger, pero sin llegar a enfermar, a ponerse malo del ansia. Este año me dejo llevar por dos título: “De los Caballeros del Temple al Santo Grial” de Carlos Alvar y una antología de poesía erótica que ha realizado Pura Salcedo. Dos títulos que bien valen una vuelta por la feria del libro de Madrid.
Es lunes y las horas pasan lentas en el Retiro. O quizás un poco más rápidas de lo que uno esperaría porque las visitas se van espaciando y también los lectores. Sin darnos cuenta son las nueve y media y llega la hora de cerrar. Se guardan los bolígrafos, los libros se disponen en sus estanterías, se arrancan los carteles y se sustituyen por otros autores que vendrán a firmar mañana y salimos todos juntos de la caseta.
Se acabó el cuento de hadas. El panorama es un poco desolador… pocos lectores que se demoran en las escasas casetas abiertas, el guardia jurado comprobando la tranquilidad del momento y el recuperar el espacio cotidiano después de haber pasado unas horas metido en el espejo de la literatura, ese que convierte la caseta de la Feria del Libro en una jaula de letras y de versos, de palabras y de pensamientos, en las que los autores damos vueltas y vueltas, vueltas y vueltas ante la mirada sorprendida y curiosa de los lectores, esos que dejarán parte de su vida en las páginas de los libros que un día soñamos escribir, esas que un día fuimos capaces de hacer.
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20/05/2010 (12:39)
Se despertó. Miró el reloj de la mesilla y vio que no eran más de las tres de la madrugada. La respiración entrecortada, la almohada empapada de sudor y el cuerpo como si le hubiera dado una paliza. Intentó levantarse, pero le fallaban las fuerzas y tampoco quería despertar a Sonsoles, que dormía a su lado.
Volvió a tumbarse y se quedó mirando el reflejo del reloj digital sobre el techo de su habitación. Era una manía que conservaba desde niño: tenía que saber en cada momento la hora en que vivía. Se quedó mirando el reloj y cómo parecía no pasar el tiempo. ¡Y eso que había pasado tan rápido en los últimos años…! Últimamente no podía dormir. No eran las preocupaciones, ni tampoco las difíciles decisiones que tendría que tomar. Nada de eso. Era una frase, una frase que, al cerrar los ojos, se convertía en un martillo que le hacía pedazos el sueño y la tranquilidad. Una frase que le envolvía en el sudario de las promesas y que convertía su cama en un verdadero recital de piruetas, de vueltas y más vueltas, en el circo absurdo de veinte pistas en que se había convertido su vida. Una frase que le hacía daño en la garganta, y en los riñones, y en la mirada y en la sonrisa. Una frase que creía escondida en cada una de las frases que oía cada día, a cada minuto.
Intentó cerrar los ojos y dejar que el pensamiento se fuera en busca de mejores recuerdos, y se encontró, casi sin quererlo, de vuelta a aquel 14 de marzo de 2004, subido en esa improvisada plataforma que le llevó a dar las gracias a las cientos de banderas, de sonrisas, de abrazos y de esperanzas que se habían congregado delante de la sede del partido. Y con los ojos cerrados, sonrió, sonrió como un niño, sonrió como un niño al que le acaban de comprar el regalo de cumpleaños que tanto ansiaba, por el que tanto había luchado. Sonrió con la seguridad de que ese momento era suyo, que nadie se lo podría robar, que nada podría cambiárselo… pero de pronto, volvió aquella frase, aquella única frase y comenzó a temblar. Se hizo un ovillo dentro de la cama y se acercó al cuerpo protector de Sonsoles, que seguía durmiendo, ausente.
¿Qué había pasado? ¿En qué momento se había levantado por encima de los problemas y se le había vuelto transparente la mirada? No tenía respuesta. Se miraba en el espejo del cuarto de baño después de afeitarse y se veía igual que siempre, igual que en aquella locura del 2004, igual que en aquellos años felices de parlamentario gris y anónimo, en aquellos otros duros como jefe de la oposición… se veía igual. Quizás un poco más viejo. Quizás un poco más cansado. Quizás un poco más escéptico. Pero igual en su esencia. Había vivido la política desde niño y desde niño había sabido que la política no podía cambiarle, que ese era el principio del fin. Y ahora que se encontraba al final de todo, ¿en qué momento había fallado?
Se miró en el espejo una vez más, en busca de una respuesta, de una fecha, de un acontecimiento. Pero no encontró más que su imagen seria al otro lado. Una imagen que era la suya, por más que había comenzado a no reconocerse en ella. Hizo un repaso de los asuntos que tenía que tratar aquella mañana de manera urgente y suspiró agobiado. Agobiado y aburrido. ¿Dónde había dejado el entusiasmo de los primeros tiempos, esa fuerza que le hacía salir al cuadrilátero político cada mañana como si fuera la primera vez, la primera ocasión en que tenía que revalidar su título? Estaba cansado. Y, lo peor, se sentía cansado.
Pero aún era pronto para tirar la toalla. Eso jamás. Lo último que podía hacer ahora era cambiar… cambiar… ¿cambiar?, se preguntó. ¿Cuándo había cambiado? Recordó aquellas primeras semanas de abril, aquellas primeras decisiones que tomó, que sorprendieron a todos porque todos estaban convencidos de que la “realpolitik” vendría a ser la apisonadora con que los intereses creados acabarían con tantas promesas lanzadas a diestro y siniestro durante la campaña electoral. Y él dio un paso al frente e hizo realidad lo prometido. ¿Y ahora? ¿En qué estaba fallando?
Mientras iba andando por el pasillo, escuchó a lo lejos la cafetera y un aroma a café recién hecho le devolvió la sonrisa a la cara. Le gustaban los desayunos. Le gustaba compartir esos minutos con su familia, en la aparente normalidad de cualquier familia, con los problemas y los asuntos de una familia cualquiera… le gustaba hablar un rato con sus hijas, escuchar sus quejas y sus silencios adolescentes, creerse normal en una cocina normal de cualquier familia normal. Aunque no lo fuera. Aunque nunca lo pudiera ser. Y escuchaba con una sonrisa, y preguntaba con una sonrisa, y se tomaba el café con una sonrisa, y contestaba a las preguntas de Sonsoles con una sonrisa… pero de lo único que cada mañana le hubiera gustado hablar era de esa frase que le obsesionaba como una pesadilla, de esas palabras que eran su conciencia abierta como una herida en el corazón de sus ideales.
¿En qué momento había dejado de sentir la sintonía entre sus deseos y la realidad? ¿En qué momento su optimismo no era la fuerza telúrica que podría cambiar el rumbo de los astros y de los acontecimientos más mundanos? Y contestaba a las preguntas que no escuchaba, y sonreía ante las bromas que no entendía, y saboreaba el café que le ardía en el estómago, como el profesional en que se había convertido. Sonreía sabiendo que no había ninguna razón para hacerlo. Por costumbre, quizás. Por naturaleza, tal vez. Por no sentirse solo, sin duda.
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11/05/2010 (14:27)
Hacía frío en Madrid. Aquel 29 de diciembre de 1711 hacía frío en Madrid. Ahí estaba el famoso viento de la sierra que venía a llenar de escarcha y de hielo las esquinas de las calles de Madrid, de un Madrid que todavía tenía abiertas las heridas de la reciente guerra de sucesión. Aún muchas casas permanecían cerradas y muchos eran los que no tenían ninguna esperanza puesta en el futuro.
Era el momento de repensar el país, el momento de poner las bases a la nueva dinastía que se había alzado con el triunfo de las armas. Los Borbones necesitaban de todo el apoyo, de todas las ideas para convertirse en españoles, y Felipe V necesitaba, más que nunca, a sus confesores para seguir adelante en su gobierno. Y el padre Robinet, el tercer confesor que tenía el rey en suelo hispánico, había sabido jugar bien sus cartas y convertirse en uno de los bastones en los que se apoyaba el monarca para intentar caminar por los escombros en los que se había convertido ese imperio en que nunca se ponía el sol. Y lo había conseguido sin mucho esfuerzo: con buenas palabras, con consejos adecuados, con sonrisas y con su buen hacer y talante.
Hacía frío en Madrid y le daba pereza abandonar el calor de las sábanas, de las mantas que casi le ahogaban. Sacó un poco la cabeza y, con las primeras luces del amanecer que entraban por una ventana entreabierta, vio su pequeña habitación, los pocos muebles que la decoraban, el gran espejo del lateral, y su mesa de trabajo, con algunos papeles abiertos, las últimas noticias que le llegaban de Roma y el plan que había ideado para el futuro de la Real Biblioteca Pública. Cerró de nuevo los ojos y se regaló unos minutos dentro de la cama antes de salir al frío de la habitación, con el brasero a medio apagar. Cerró los ojos e intentó recordar todo lo que habían tenido que sufrir para que el rey diera el visto bueno para la creación de la Real Biblioteca Pública.
Menos mal que tuvo el apoyo del Marqués de Villena, el bueno de Juan Manuel Fernández Pacheco, y de Melchor de Macanaz, al que apreciaba aunque en muchas ocasiones no compartía sus opiniones ni esa manera, algo despectiva, con que imponía sus opiniones, aupado en su inteligencia y oratoria. Pero habían sido sus compañeros de viajes y de sueños y, sin ellos, seguramente ahora no habrían llegado a ese momento que le hacía tan feliz: esa mañana del 29 de diciembre de 1711, a pesar del frío de Madrid, el rey daría el visto bueno al plan que le había presentado para contar en España, por primera vez, con una gran biblioteca que destacara, desde un principio, por su carácter público.
Una biblioteca que fuera la piedra angular sobre la que levantar de nuevo un imperio más allá de las armas, de los cañones, de las conquistas. Y sonrió. Y abrió de nuevo los ojos y la realidad se le impuso y decidió levantarse, llamar a sus criados para que le trajeran un humeante tazón de chocolate bien caliente y que le ayudaran a vestirse. No quería perder más tiempo. Quería ser de los primeros en llegar a palacio.
Mientras cruzaba las frías calles de Madrid en su carroza se calentaba con sus sueños. La biblioteca no tendría un mal comienzo, a los libros de la reina madre, con sus más de dos mil volúmenes que destacaban en 80 espléndidas estanterías, se le debían unir los ejemplares que compró el rey en Francia, así como donaciones, como la que él ya había pensado de parte de sus libros y algunas monedas… ya se imaginaba las salas llenas de libros, aunque todavía no tenía ni edificio; ya se imaginaba los elogios de tantos escritores, de tantos eruditos y amantes del libro que se acercarían a sus salas públicas.
Porque este había sido uno de sus primeros campos de batalla, el único que le había movido y animado a seguir adelante: el carácter público de la nueva biblioteca frente a las particulares, generosas en fondos y parcas en visitantes. El modelo se había extendido en Europa a lo largo del siglo anterior… ¡ya era hora que llegara a España! Y sonrió, una vez más, en su carroza, porque se dio entonces cuenta que el rey al que le gustaba más jugar a las cartas que leer pasaría a la historia, entre otras cosas, por haber sido el fundador de la Real Biblioteca Pública.
Y en esas carambolas del destino se dio cuenta de dónde sacaría el dinero para financiarla, una de sus grandes preocupaciones en los últimos tiempos: de los impuestos de las cartas. Debía trabajar sobre esa idea, que se había despertado en su cabeza, como ese Madrid helado que iba abriendo sus ventanas a medida que su carruaje llegaba a palacio. Suspiró al salir a la plaza, y se dio ánimos a sí mismo. Aquella mañana del 29 de diciembre de 1711 sería histórica. El final de todo un largo camino y el principio de una aventura que, ¿cuánto duraría?
Y mientras entraba en palacio, mientras pasaba por las salas hasta llegar al estudio del rey, donde se aprobaría su plan para crear la Real Biblioteca Pública, dejó su mente volar y se imaginó cómo sería su biblioteca doscientos años después… e incluso trescientos. Y se imaginó cómo sería su biblioteca en el año 2011. Y un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo podría imaginarse una cosa así? Imposible.
Pero lo que sí le gustaría, y por eso rezaría esa noche, que trescientos años después la Real Biblioteca siguiera siendo Pública e Independiente. Tan solo esas cosas. Y en ese momento, el padre Robinet se sintió el hombre más feliz del mundo y en ese momento tuvo la certeza que así sería, que así debería ser, a pesar de los avatares de la historia y de la política.
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3/05/2010 (18:03)
Estaba nervioso. Era su primer día de trabajo y le había tocado cubrir la primera rueda de prensa que daba el presidente del partido político implicado en complicados casos de corrupción. Antes de llegar a la redacción le habían llamado al móvil. Tan sólo una dirección y una hora, nada más. Y ahí estaba, con su bloc abierto y su mente todavía anclada en los nervios de la entrevista de trabajo de la semana pasada y en las lecciones aprendidas en la facultad, que ahora le servían de bien poco.
Aprovechó los minutos de la espera para mirar a su alrededor, a las decenas de compañeros periodistas que hablaban acaloradamente en grupitos cada vez más numerosos, en los pocos que, como él, habían optado por el silencio y quedarse sentados en sus asientos, y en uno que, con los ojos cerrados, estaba en la frontera entre la meditación y el sueño. Al momento la puerta lateral se abrió y el torrente de los flashes y de los codazos entre los fotógrafos ahogó cualquier conversación, cualquier pensamiento, cualquier bostezo.
El presidente del partido había llegado a la rueda de prensa con toda puntualidad. Eran las nueve de la mañana pero ya se le notaba, bajo la máscara del maquillaje y de los asesores de imagen, las arrugas del cansancio y de la preocupación de un duro día de trabajo. Intentó sonreír a las cámaras de fotos, sin conseguirlo. Intentó poner su mejor perfil ante las cámaras de televisión, pero tampoco le quedó esta mañana su mejor plano. Intentó sacar los papeles de la carpeta sin que se le notara un cierto nerviosismo, pero tampoco lo consiguió.
Después de unos minutos ensordecedores, en que los fotógrafos fueron espaciando sus disparos y cada cual parecía acomodarse al papel que se le había repartido en esta curiosa representación política, se hizo el silencio. Un silencio que de expectación pasó a convertirse en tenso cuando el presidente del partido decidió permanecer callado antes que comenzar a leer el texto que habían estado puliendo hasta en sus detalles más insignificantes desde hacía unas horas. Silencio. Un silencio que poco a poco se fue rompiendo con algún que otro gesto, alguna que otra pregunta susurrada, algún que otro comentario en alto.
Pero de pronto, con esa voz que llevaba ensayada desde hacía varios años, el presidente del partido comenzó a hablar. Y lo hizo claro y alto, como si de verdad se estuviera creyendo lo que estaba leyendo. Y lo hacía mirando a los ojos de las cámaras de televisión, intentando meterse en cada uno de los hogares, de las oficinas, de los bares en que a esas horas tuvieran encendido su televisor.
Y lo hacía sabiendo que sus palabras, que su perfil, que su corbata iban a ser la imagen de portada de todos los periódicos, de que iba a iniciar todos los telediarios. Lo sabía porque así debía ser y porque así lo habían pactado desde hacía varios días con los periodistas más afines, con los medios de comunicación que, desde su despacho, habían diseñado una estrategia de contaminación informativa que llegaría a su culminación al terminar su discurso. Miró los tres folios escritos. Recordó las continuas tachaduras y cómo el texto había sido pulido en cada una de sus palabras como si se tratara de un poema. Había que encontrar el adjetivo adecuado, el argumento preciso, la expresión única que permitiera luego seguir azuzando el fuego de la confusión y del miedo.
Cuando estaba por terminar el tercer folio, sonrió complacido por la forma en que había sabido llevar y superar esta prueba, una de las más complicadas en toda su carrera. Levantó lo ojos y miró complacido al rebaño de corderos periodistas que tenía delante de él; y sonrió, se permitió en ese momento el lujo de la sonrisa ya que sabía cuáles iban a ser los titulares de la mañana, al margen de estos aprendices de periodistas; sonrió imaginando las caras de algunos de sus oponentes –más dentro de su propio partido que fuera– que ya habían puesto a enfriar el cava para festejar su caída política. Terminó de leer y sonrió. Pero ahora con la sonrisa profesional para las fotografías y las cámaras, esa sonrisa tan bien aprendida, la que le había costado semanas de duro entrenamiento.
Las preguntas –las pocas preguntas que se habían pactado– fueron surgiendo como las notas a pie de página de su propio discurso, en una coherencia que más de un novelista famoso quisiera para sus escritos. Las preguntas de los periodistas, algunas de ellas ya escritas en sus cuadernos desde el principio, permitían al presidente seguir puntualizando sus argumentos, que todo era una estrategia del gobierno para desacreditarle personalmente, que se estaban utilizando las instituciones públicas para un uso partidista (y aquí se le escapó una sonrisa freudiana que pocos quisieron interpretar adecuadamente), y que eran tanto él como su partido inocentes del uso fraudulento del dinero que algunas personas, muchas de ellas altos cargos nombrados por él mismo, hubieran podido hacer en los últimos años. El espectáculo estaba llegando a su fin. Media hora de representación perfecta.
Media hora que había comenzado con nerviosismo –¡era la primera rueda de prensa que iba a cubrir!– y que, minuto a minuto, se había ido convirtiendo en sorpresa y en escándalo. No tenía saliva en la boca. El corazón parecía querer salir de su pecho, pero aún así se atrevió a levantar la mano y preguntar antes que nadie le hiciera un gesto para que pudiera hacerlo. “Entonces, ¿se declara inocente? ¿Desconocía realmente todo lo que se estaba fraguando en su partido a sus espaldas?".
El presidente miró al fondo y no pudo identificar al joven que le hacía esas preguntas que se salían del guión. Por un segundo tuvo la tentación de mirar sus papeles, pero sabía que en ellos no encontraría la respuesta. “Como he dicho, no hay ninguna prueba que me impute ni a mí ni a mi partido en la trama de corrupción y de financiación ilegal de la que se habla en estos días. No hay ninguna prueba que permita demostrar que yo estoy al tanto de lo que se hace en mi partido". Y nada más terminar la frase, se dio cuenta de su error, de su exposición pública de falta de liderazgo dentro de sus propia filas.
El presidente del partido se tocó la corbata –lo que siempre hacía cuando se ponía nervioso y no sabía por dónde salir–, y, como si no hubiera escuchado esta última pregunta, susurró: “Si no hay más cuestiones… gracias por su asistencia". Y mientras el presidente del partido salió casi volando –literalmente– de la sala de prensa, varios periodistas se volvieron para ver la cara de quien había osado salirse del guión ya fijado de antemano, ese en que ya no importaban el significado de las palabras, ese que permitía decir todo lo que se quisiera porque nunca había ninguna consecuencia política, nadie lo reflejaría en sus crónicas…
Y mientras se levantaba, ahora menos nervioso, sabía que nadie recogería en sus medios esa última pregunta y que a él ya no le esperaba ni una mesa ni una silla en su redacción, que en breves minutos recibiría una nueva llamada al móvil en que le dirían que no hacía falta que fuera a trabajar, que estaba despedido. Y lo único que se le vino a la cabeza eran las lecciones de la facultad, ese gusanillo en el estómago que le había hecho estudiar periodismo, y se preguntó –sabiendo que no había respuesta– cuándo el periodismo había dejado de ser el sexto poder para convertirse en su lacayo. Sin duda, estamos viviendo en un mundo al revés, pensó… y sin pensárselo dos veces se fue al metro, sin despedirse de nadie. Sin hablar con nadie.
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25/02/2010 (12:47)
No sé si a ustedes le pasa lo mismo que a mí. En esta conocida como Sociedad de la Información y el Conocimiento, en estos tiempos en que se han multiplicado los medios por los que accedemos a los datos, a la información, en que nos encontramos bombardeados por palabras y más palabras, cada vez entiendo menos de crisis. Y, sobre todo, cada vez entiendo menos cómo podremos salir de esta (p.) crisis, que ya de económica se está convirtiendo en social. Crisis de valores, crisis de ideales, crisis, en fin, de identidad. Desde la barrera de la información, desde este intentar acercarse a los que en principio saben y podrían explicarnos lo que ha sucedido y las fórmulas para solucionar los problemas heredados y los creados nuevamente, sigo sin entender nada. Y cada vez hay más palabras, más datos, pero menos reflexiones, menos explicaciones.
Comencemos por el principio: desde hace dos años nos han contado que la crisis económica es de ámbito mundial –la primera de estas características parece ser– y que nace en el sistema financiero. Pero no en cualquier sistema financiero, sino en el que parecía marcar el paso de oca de la economía mundial: el sistema financiero de Estados Unidos. Los expertos, con más o menos pericia, han puesto en claro cómo se ha llegado a la situación de bancarrota literal de algunos de los monstruos financieros internacionales, que no han tenido ningún escrúpulo en falsear datos, en convertir en virtual lo que a los pobres mortales nos llega en forma de sueldo, de hipoteca, de comisiones más reales (y más exageradas) día a día. Sistema financiero sin control, donde los directivos –incluso después de hundir sus empresas y de conseguir la pérdida de billones de dólares o de euros– seguían cobrando unos sueldos astronómicos o primas escandalosas. Se nos ha hecho ver, y de manera muy clara y realista, la importancia de mantener inalterable el sistema financiero mundial, de no cambiar las reglas del juego (aunque hubo unos conatos de algunos políticos y economistas que soñaron con una evolución del capitalismo norteamericano a otros modelos más sostenibles). Y así los gobiernos de todo el mundo –los gobiernos con posibles, se entienden– se lanzaron a utilizar el dinero público (es decir la deuda de todos los ciudadanos) para salvar estas entidades financieras en peligro, este sistema que hacía agua por todos lados, porque sólo buscaba el beneficio inmediato y las ganancias multimillonarias, sin mirar más allá del mañana, del pasado mañana. ¿Resultado? En época de crisis económica el Banco de Santander el pasado 4 de febrero anunció que había tenido unos resultados económicos mejor de lo esperados: había ganado durante el 2009 la friolera de 8.943 millones de euros… y así podríamos seguir con otras entidades financieras, que no tuvieron ningún reparo en pedir a las cuentas públicas ayuda cuando veían sus dividendo reducirse… ¿Acaso están ahora pensando ellos en ayudar al erario público, a la economía española facilitando los créditos, evitando las comisiones, invirtiendo en algo más que en el ladrillo rápido y podrido? No entiendo nada.
Se nos repite hasta la saciedad que en estos últimos años se ha dilapidado la buena marcha económica de España de los últimos años. Y es cierto, hemos pasado una época de bonanza, que nos ha hecho sacar pecho y pedir voz en grito que merecíamos estar en los organismos oficiales y encuentros que reúnen a la flor y nata de la economía mundial: los G8, los G20 y demás ‘gilipolleces’. Y es cierto, pero parece que ahora nadie quiere recordar cuáles eran los pilares de esa economía tan floreciente, la que tuvo su mejor expresión en los gobiernos de Aznar, con su decretazo (a quien debe mucho Rajoy) del 2002: por un lado el turismo (nuestra ‘industria’ nacional) y por otro lado, el ‘ladrillo’, con los anuncios de la ‘burbuja inmobiliaria’, que nadie quiso reconocer, pues todos estaban sacando su buen puñado de euros gracias a este mirar hacia otro lado–, hasta que nos estalló a todos entre las manos (y lo hizo un poco antes de la crisis financiera mundial, con lo que España de tocada pasó a ‘agua’). En los años del ladrillo se ganó mucho dinero, se hipotecó una generación, se imposibilitó a los más jóvenes el acceso a la vivienda porque las promotoras ya tenían vendidas sus casas antes de construirlas (el famoso sobre plano) por especuladores. Todos lo hemos sufrido, lo hemos vivido, pero parece que no queremos recordarlo. ¿Qué hicieron nuestros empresarios con ese dinero tan fácilmente ganado, con esos millones de euros que les llegaban día a día a sus cuentas? ¿Aprovecharon para apostar por otros modelos industriales de futuro, por la investigación y la innovación, para convertir a España en una potencia más allá del sol, la playa, el vinito y el Spain is different? Todo lo contrario. Dudo que tengamos los empresarios que se merece España. Unos empresarios que en época de bonanza nunca pensaron en el futuro, y que ahora sólo encuentran soluciones en abaratar el despido y el reducir gastos, como si esta fuera una apuesta con posibilidades de crecimiento. No sé cómo lo ven ustedes, pero a mí un grupo de empresarios que se pone en pie para recibir entre aplausos y vítores al presidente de su asociación, que días antes había vendido por un euro su compañía para no tener que hacer frente a su quiebra, y que deja a miles de pasajeros en el aire y a cientos de empleados sin cobrar en los últimos seis meses, a mí no me da ninguna seguridad. ¿Qué ideas brillantes pueden tener para pensar en el futuro, para salir de la crisis, para ser los motores de un cambio y un empuje económico, ya que son uno de los pilares de la economía? La verdad, sigo sin entender nada (y ahora con una cierta preocupación).
Y por último, oigo en todas las tertulias a personas que en diez minutos son capaces de sacar diez recetas para salir de la crisis como un mago saca conejos de su chistera. ¿Cómo no les contratan en los diferentes gobiernos que tienen competencia en la economía en nuestro país? Y aquí entramos en el último peldaño de mi perplejidad ante el presente: ¿Qué opinión tienen nuestros políticos sobre la crisis? Y no hablo sólo del Gobierno central, que tiene la responsabilidad de gobernar, ¿pero acaso no tienen también esta responsabilidad los gobiernos autonómicos, que controlan gran parte del gasto público, que tienen en sus manos las herramientas reales de la economía? El PP como partido de la oposición tiene sus fórmulas para salir de la crisis diferentes a las expuestas por el Gobierno. ¡Faltaría más que coincidieran! ¿Pero son sus fórmulas las adecuadas? Y si lo son, ¿por qué no las ponen en marcha en las Comunidades Autónomas que gobiernan, que deberían ser ejemplo de cómo poder hacer frente a la crisis? Y me temo que ni Valencia ni Madrid sean ejemplos de nada en este campo… así que mi perplejidad se llena de pesimismo.
¿Con la unión podemos salir de la crisis? Así lo dicen todos los analistas, de esos que les pagan por saber de todo… ¿pero la unión de quién? ¿Empresarios, banqueros, políticos…? Que Dios nos pille confesados. De ser así, lo único que me queda claro es que la crisis irá para largo y que seremos nosotros, en nuestro día a día, los que haremos todo lo posible por salir de ella, sin más ayuda que nuestro sentido común (el menos común de los sentidos entre banqueros, empresarios y políticos).
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4/02/2010 (10:57)
Quién no se ha sentido emocionado al colocarse delante del pórtico de una catedral? ¿Seguir las figuras, intentar descubrir detrás del mármol un programa iconográfico que nos dé pistas de otra época, de otro momento, de cómo veían el mundo nuestros antepasados? Las siluetas en las esculturas marrones, blancas, sus gestos y sus detalles nos llenan de emoción imaginando otra época. Una época que se dibuja en nuestro imaginario como oscura, como falta de color.
El Partenón se alza majestuoso sobre la geografía de Atenas. Sus esculturas, las que fueron modelo para toda una civilización, están en el British Museum, en una de sus salas centrales. Cuando uno se encuentra delante de estas piezas, ahora colocadas a ras de suelo, con la posibilidad de un diálogo de tú a tú, un escalofrío te recorre la espalda. Recuerdo que me emocioné viendo el montaje audiovisual que habían preparado en una sala lateral, un montaje en que las piezas que ha dejado el tiempo, la erosión y los vándalos a nuestra disposición, se iban completando hasta llegar a formar la imagen de un tiempo pasado que ya no es posible ver de manera real, tan sólo virtual. Seguro que aquel audiovisual, uno de los primeros realizados con tecnología informática, se habrá completado hasta límites insospechados. Pero ahí, estaba delante de nuestros ojos curiosos el Partenón tal y como lo habían visto los atenienses de su tiempo. Ese mármol victorioso, inmaculado.
Muchos de los cuadros que hemos conservado del pasado medieval y renacentista nos devuelven la época oscura en sus trazos y en su oscuridad. Ahí está el espejo de una época que nos la ha retratado siempre con los prejuicios de unos estudiosos del siglo XIX que se creían tocados por el dedo indivisible de la verdad científica. Sólo ellos volverían a recuperar la “verdad" más allá de las creencias, de las leyendas, de los saberes recogidos y difundidos durante tanto tiempo. Así sucedía con la Capilla Sextina o así ha sucedido hasta hace bien poco con ‘Las Meninas’ de Velázquez.
Pero el justo proceso de restauración de estas obras, como la de tantas otras, nos han recuperado la luz original, los colores brillantes de otra época, que habían quedado sepultados bajo las capas de la contaminación del aceite de las velas, de los barnices protectores, y de tantos prejuicios artísticos que se habían ido superponiendo año a año, siglo a siglo. Y después de esta labor de limpieza, las obras nos ofrecen una imagen colorista, llena de luz y de armonía, como así fue la época medieval, nada de Edad oscura, nada de ese rosario de falsedades y mitos que se siguen perdurando, se siguen manteniendo.
Ante el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela uno recuerda que estas estatuas, que ahora ofrecen su piedra al descubierto, tuvieron por un tiempo color, que la escultura no se terminaba hasta que el pintor le diera su forma definitiva. Pero, ¿cómo imaginar este pasado luminoso a partir de la ausencia, de esta piedra desnuda que nos emociona en su forma original? Imposible imaginarlo... pero ahora es posible verlo.
El Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares ofrece una oportunidad única para adentrarse en los colores del pasado más clásico e ibérico hasta el 18 de abril, gracias a la exposición ‘El color de los dioses’, comisariada en la parte española por Manuel Bendala Galán. Es impresionante ver cómo las estatuas se visten, como algunos de los torsos desnudos en realidad son corazas doradas, que se hacían ceñidas al cuerpo de quien debían llevarlas.
Una exposición que no sólo recoge estupendos ejemplos de esculturas clásicas, con un interesante epílogo ibérico, sino también el proceso científico que, desde el siglo XIX, ha llevado a una reconstrucción virtual a partir del análisis de los pigmentos, de los restos que se han conservado en las estatuas que nos ha legado el pasado. Y ante estas reconstrucciones, ante esta imagen virtual del pasado uno se da cuenta de lo gris de nuestro tiempo, de la falta de color de nuestra época; de cómo nos hemos equivocado al apreciar el pasado, esa oscuridad que sólo estaba en nuestra mirada.
‘El color de los dioses’ es una exposición que se disfruta en su visita, en sus ejemplos; y es una exposición que te hace reflexionar sobre nuestros medios de conocer el pasado, y, por tanto, de aprender de él... ¿Cuánto nos queda por aprender y cuántos tópicos y mitos es necesario destruir? Con ‘El color de los dioses’ ahora sí que uno tiene la impresión de haber hecho un verdadero viaje en el tiempo. Después de verla uno no puede seguir viendo las esculturas del pasado con los mismos ojos.
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27/01/2010 (20:02)
Habíamos dejado al ‘Quijote’ en 1738, convertido en una “sátira moral", en un libro que tiene como finalidad la de criticar las costumbres de su tiempo (las costumbres tanto de los desmanes de una lectura desaforada de un género literario perjudicial, como de los usos de una nobleza ya caduca, que había sido causa fundamental de la decadencia del imperio español). Y todo ello, gracias a los ejemplares del Museo Casa Natal de Cervantes en la vitrina dedicada a la primera difusión del ‘Quijote’ por tierras inglesas.
Otro foco de éxito y difusión europea del ‘Quijote’ será Francia, la Francia que dominará gracias all Rococó la cultura y el arte europeo del siglo XVIII. El ‘Quijote’ en Francia se difunde a lomos del éxito que aún posee el Amadís de Gaula y el resto de los libros de caballerías en ámbito francés. Éxito que comienza en 1540 cuando se traduce el ‘Amadís’ al francés, y que llevará a finales del siglo XVI a algunos autores a afirmar que este texto caballeresco (y sus continuaciones) es tan perfecto en su prosa que en realidad debió escribirse primero en francés para luego traducirse al castellano. Cosas de nuestros vecinos, que consideran también francés a Picasso, por sólo quedarnos con otro ejemplo paradigmático de apropiación. Y algo similar hicieron con el ‘Quijote’, o, mejor dicho, con el personaje que terminará por triunfar en Francia: Sancho Panza. En 1695 se reedita en París la traducción del ‘Quijote’ firmada por Filleu de Saint-Martin, la más difundida de todo el siglo XVIII; y lo hará con una novedad: una continuación de la obra, en que habrá una cuarta salida, y en ella don Quijote armará caballero a su escudero, multiplicándose las aventuras, a cada cual más disparatada y maravillosa, siguiendo la estela de los libros de caballerías de entretenimiento, que se seguían traduciendo y reeditando en Francia hasta bien entrado el siglo XVIII. El ‘Quijote’ en suelo francés se difundirá siempre en ámbitos cortesanos y aristocráticos. Por esta razón no extraña que, en las primeras décadas del siglo XVIII, la manufactura de los Gibelinos piense en crear una serie de tapices para decorar los palacios más ricos del momento y que el encargo se centre en las aventuras del caballero andante don Quijote de la Mancha. Los cartones fueron realizados por uno de los pintores más afamados del momento: Charles Antoine Coypel, que ideará más de veinte cartones, que a partir de 1724 se convierten en estampas sueltas que se venden, con gran éxito, por toda Europa; y desde muy pronto pasará al mundo de los libros, como en el magnífico ejemplar impreso en La Haya de 1746, con muchas de estas imágenes estampadas por Picart. En el Museo Casa Natal de Cervantes se conserva un ejemplar de la edición en holandés.
El éxito primero en Inglaterra (como texto y modelo narrativo y literario, convertido posteriormente en una sátira moral) y luego en Francia (como un texto cómico aristocrático, impulsado por el éxito de las aventuras y personalidad original de Sancho Panza) será la puerta por la que el ‘Quijote’ triunfe en el resto del mundo conocido: el ‘Quijote’ llegará a los confines del mundo colonial que se va conquistando (y diezmando) por estos años, pero no lo hará en español sino en inglés y en francés. Y será a partir de estas lenguas, de las visiones particulares que se dan en estas traducciones, muy libres en su contenido, el camino por el que el ‘Quijote’ se traduzca a las lenguas orientales, como en Japón (1887 y 1915, la primera completa), Corea (1915) y China (1921), o en la India (1894); a partir del francés y de sus continuaciones contaremos en el siglo XVIII y XIX con traducciones al alemán, por ejemplo. Y la lista sería imposible de abarcar en su totalidad: varias vitrinas del Museo se dedican a las traducciones a diversos lenguas, tanto europeas como africanas o asiáticas, lenguas semíticas y románicas; y el listado no deja de crecer. El año 2005 fue un buen pretexto para llevar a cabo nuevas traducciones, como al quechua (impresa en Lima); y desde entonces se han consumado nuevas traducciones, como al guaraní (2007) y la lista y las lenguas no dejan de crecer y multiplicarse, dando cuenta de la vitalidad de un libro que hace más de cuatrocientos años comenzó su andadura como una novela de entretenimiento, una novela humilde, de bolsillo, una novela que estaba llamada a ser un pasatiempo para sus lectores y una fuente de ingresos (precaria) para su autor. Cervantes tenía cifrado en su Persiles y Segismunda, en su novela bizantina en la que trabaja hasta sus últimos momentos, su esperanza de una segunda vida, la vida de la fama después de la vida terrenal.
No hay texto en nuestra cultura como el ‘Quijote’. No hay libro que haya gozado de una vida tan insólita, tan diversa y rica desde sus humildes comienzos hasta sus conquistas sin límites. Libro que ha trascendido geografías y tiempos. Personajes que han sido capaces de salir de las páginas cuadriculados de los millones de ejemplares dispersos por todo el mundo para llenar los huecos más insospechados de nuestra vida cotidiana... sería posible amueblar completamente una casa con solo objetos relacionados con el ‘Quijote’... y seguro que ya hay más de uno pensando en ello.
Esta es la apuesta de las ‘Visitas temáticas’ en el Museo Casa Natal de Cervantes: ofrecer miradas nuevas y particulares a los valiosos objetos que se conservan en sus salas; ofrecer un viaje en el tiempo para intentar comprender mejor nuestro pasado y así ser conscientes de la riqueza y el valor de nuestro presente. Actividades múltiples que podrán recogerse en un ‘pasaporte’ del Museo, que será sellado en cada una de ellas, con una sorpresa al final del año: ¿quieres participar en este viaje en el tiempo que te propone el Museo Casa Natal de Cervantes?
La insólita vida de un libro (y II)
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27/01/2010 (20:01)
El pasado sábado comenzó en el Museo Casa Natal de Cervantes una nueva actividad que pretende acercar a los alcalaínos y visitantes el contenido de sus salas de un modo divertido y ameno: las ‘Visitas temáticas’. Un sábado al mes, por espacio de media hora, el Museo se convierte en una máquina del tiempo que permitirá a los asistentes acercarse a los cuatro temas elegidos para este año: La insólita vida de un libro (que ya comenzó el año pasado), La vida de un genio, Las mujeres de la familia de Cervantes y Costumbres y gastronomía en los Siglos de Oro. Cuatro temas que harán posible revivir historias, anécdotas, costumbres y conocimientos de la época de Cervantes, de su vida y de su obra. Una nueva forma de dar a conocer nuestra propia historia alcalaína de la mano de uno de los museos más visitados de toda la Comunidad de Madrid.
El ‘Quijote’ nació humilde y popular. La grandeza e importancia adquirida a lo largo de los siglos, esos que le han convertido en la ficción más influyente en nuestra cultura, dentro y fuera de los libros, no ha de hacernos olvidar su origen. El ‘Quijote’ nació para ser devorado por los escuderos en las antesalas de los grandes señores; libro en cuarto, libro de “faltriquera", de bolsillo; libro que debería hacer las delicias de los viajeros a lo largo y ancho de la cada vez más populosa Europa del siglo XVII.
En el Museo Casa Natal de Cervantes se conserva un ejemplar de la edición pirata impresa en Lisboa en 1605 por Jorge Rodríguez (uno de los impresores de libros de caballerías más habituales de su tiempo) para mostrarnos esta primera salida pública al éxito; un éxito que estaba llamado también a ser efímero, es decir, a seguir el guión prefijado de un best-seller: tirada abundante y reediciones continuas en sus primeros años de difusión, y luego, poco a poco, reediciones cada vez más espaciadas hasta llegar a ser sustituido por otra novedad, por otro best-seller que continuaría el mismo itinerario de éxito y de declive.
Pero el ‘Quijote’, los ‘Quijotes’ a partir de la continuación impresa en Madrid en 1615, tendrá su propio guión gracias al éxito que desde muy pronto gozó en Europa, ya que en España, hasta la llegada de los Borbones y los ilustrados alrededor de la Real Academia Española, no se le hace justicia como escritor a Cervantes y a su obra como referente literario, cultural e, incluso, moral.
Estamos hablando de la magna edición que terminó de imprimir Joaquín Ibarra en los últimos meses de 1780 y que comenzó su andadura en 1773: el Quijote de la Academia, con sus imponentes cuatro tomos, con espléndidas estampas, mejor papel y cuidada tipografía (realizada exprofeso para la edición), sin olvidar el estudio introductorio de Vicente de los Ríos y el cuidado filológico de su texto.
Pero este curioso itinerario que va de un “texto de entretenimiento" a una “sátira moral", a un libro digno de ser modelo de conducta al tiempo que fuente inagotable de pasatiempos y diversiones, de contar con una fábula que es digna de ser imitada y que pone las bases de la novela moderna, no se dará en tierras hispánicas. Este insólito salto que cambia por completo la interpretación de la obra cervantina se producirá en Inglaterra, y en una de las vitrinas del Museo Casa Natal de Cervantes está condensada en cuatro magníficos ejemplares de los siglos XVII y XVIII esta historia.
El ‘Quijote’ fue traducido al inglés en 1612; la primera lengua a la que se tradujo el texto cervantino. Dos años después lo haría al francés. La traducción inglesa de Shelton se publicó en el mismo formato popular de la príncipe madrileña y sus reediciones, tanto legales como piratas: un ejemplar en cuarto.
Pero el ‘Quijote’ en inglés no se difundirá en las antesalas de los grandes señores, como sucedía en España, sino que entró desde muy pronto a los salones más aristocráticos y nobiliarios. Y así no extraña que al reeditarse en 1652 una edición conjunta de la traducción de Shelton de las dos partes, esta se hiciera en un formato folio, el formato no para llevar el libro en viajes o prestarlo a los amigos; sino el formato para contar con el libro en la biblioteca, el libro que adquiere ya una dimensión de autoridad. Y así sucederá con tantos novelistas ingleses, que verán en el ‘Quijote’un modelo de escritura. Y Cervantes, frente a lo que sucedía en España, será reconocido como un gran escritor desde el siglo XVII.
Por eso no extraña que la primera edición de lujo del ‘Quijote’ se publique en Londres, en el año 1738, a costa de Lord Carteret. Cuatro tomos en excelente edición con una clara intención: la de ofrecer una nueva intepretación de la obra cervantina como una sátira moral. Y para ofrecer esta nueva lectura no sólo basta incorporar el primer estudio sobre la obra y vida de Cervantes, firmada por el valenciano Mayans i Siscar, sino también un programa iconográfico de más de 60 estampas a partir de los diseños de John Vanderbank, uno de los pintores más importantes del Londres de aquellos años, que resalta aquellas aventuras donde los discursos de don Quijote sobresalen, dejando en un segundo plano las aventuras más escatológicas y cómicas, las que hacían las delicias de los lectores españoles y franceses de aquel momento.
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José Manuel Lucía Megías
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