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4/03/2010 (14:54)
Hace algunas semanas moría en su casa de New Hampshire, uno de los escritores más valorados y también más enigmáticos del pasado siglo. No sólo porque El guardián entre el centeno desde 1951 se ha mantenido como permanente objeto de culto entre los jóvenes, sino también porque J. D. Salinger, por expreso y obsesivo deseo, ha permanecido alejado de todos los medios. En sus libros nunca figuran presentaciones, notas introductorias o los resúmenes biográficos habituales. Tras la curiosa cubierta ilustrada de la primera edición en Estados Unidos, nunca más los editores se han atrevido a colocar imágenes en las tapas de sus novelas y cuentos. Por supuesto foto alguna, apenas media docena circulan por ahí clandestinamente; la más famosa, una instantánea capturada a la salida del supermercado, y por la actitud del escritor, no sabemos en qué estado quedaría el audaz fotógrafo. El mítico personaje literario de Honden Caulfield, con apenas dieciséis años, supo mostrarnos a través de su peculiar lenguaje, la hipocresía y falsedad del mundo de los adultos. Está claro que su autor se resistió a compartir con esos mismos adultos el terrible e inevitable paso del tiempo. Quiso dejar patente el desprecio por la fama convirtiéndose en un recluso de su intimidad. Sin embargo, tan escasa y tempranamente interrumpida obra, está cimentada sobre la admiración incontestable de bastantes generaciones de jóvenes que conservaron en los bolsillos En la carretera de Jack Keruacs y El guardián... de Salinger, a modo de cartucheras para combatir el absurdo mundo circundante.
En las antípodas del “invisible” Paul Auster nació en 1947 en New Jersey, sólo unos pocos años antes de que Salinger hubiese decidido dejar de escribir y hacerse “invisible". Dos de los más representativos escritores de la narrativa norteamericana contemporánea conforman actitudes vitales que se muestran en las antípodas. Con toda probabilidad, Auster por edad y procedencia, alimentó sus sueños juveniles engolfado en las páginas de Salinger, a pesar de que haya declarado en más de una ocasión que con quince años descubrió Crimen y castigo, cuya lectura le determinó a ser lo que es. Y a pesar también de que se reafirme en que su máxima influencia literaria procede de Kafka y Beckett. Lo que está claro es que estos dos maestros de la narrativa norteamericana –Salinger y Auster–, aunque se hayan movido en posiciones vitales diametralmente opuestas, coinciden en haber logrado reunir a su alrededor una numerosa y parecida legión de incondicionales lectores. Afirma Auster que: “La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación entre dos seres humanos".
Un autor generacional Tal vez por eso el optimismo de Paul Auster y su abundante producción resida en querer asistir periódicamente a la experiencia de ver cómo el trabajo realizado en soledad se convierte en una experiencia compartida con muchísimas personas que convergen en un mismo punto. Auster nos lleva sorprendiendo desde que descubrimos Ciudad de cristal y tras ella las otras dos novelas que conforman La trilogía de Nueva York. Hemos seguido con el mayor interés su trayectoria. Nos ha sabido envolver con gran maestría, en ese mundo repleto de dudas, de finales abiertos, de protagonistas que se desdibujan y confunden con el narrador. La música del azar titula una de sus novelas, característica esencial de un escritor, en cuyas páginas confusión y azar enredan casi siempre la vida de sus personajes. A diferencia del huidizo Salinger, el autor de Leviatán ha tenido una presencia permanente, durante décadas, en periódicos y revistas literarias. Existe tan abundantísima iconografía de este atractivo escritor, con pinta de actor de cine, que podríamos reconstruir una especie de álbum familiar. Calidad y popularidad, se conjugan casi siempre en la extensa obra austeriana, que ha sabido coquetear con el ensayo, la poesía, el teatro e incluso el cine en el que a pesar de sus desiguales resultados, nadie puede olvidar Smoke y Blue in the Face co-dirigidas con Wayne Wang y basadas en el personaje de su Cuento de Navidad, Auggie Wren, que desde su estanco se dedica a fotografiar a los personajes que pasan por la esquina todas las mañanas a la misma hora. Alguien ha comparado la trayectoria literaria de Paul Auster con la trayectoria cinematográfica de Woody Allen. Efectivamente en los dos se da la misma obsesión por publicar y estrenar una vez al año, con resultados, muchas veces admirables y de vez en cuando, discutibles. De todos modo, no dejan de ser dos iconos de este tiempo, que silueteados sobre la ciudad de Nueva York, nos han aportado novedosos códigos para reinterpretar la realidad.
‘Invisible’, lo último de Auster En la última entrega del escritor norteamericano, nos encontramos a un Auster en estado puro. Sus fervientes seguidores descubrirán de inmediato las herramientas favoritas que el autor ha manejado con peculiar estilo en todos estos años, la metaliteratura, el azar, la confusión..., esos ingredientes que sirvieron para calificar a Auster como narrador posmodernista frente a la larga tradición del realismo literario en la narrativa norteamericana. Los que se enfrentan a una novela de Auster por primera vez, se encontrarán con un sugestivo y diferente estilo novelístico de aliento cervantino, que aquí se bifurca en tres narradores, manejando manuscritos diferentes para tratar de hilvanar los fragmentos de la historia de Adam Walker, que arranca en la Universidad de Columbia en los agitados finales años 60 con la guerra de Vietnam como telón de fondo continua por entre las secuelas del Mayo Francés y termina confundiéndose en 2007, en una isla del Caribe tratando de perfilar, a través del diario de Cécile Juin, al escurridizo personaje de Born. Una vez más Paul Auster nos ofrece una compleja novela de final abierto y una atractiva complejidad que engancha e involucra al lector dejándole una estela que perdura más allá de la última página.
La recomendación: Auster en cómic Invisible está publicada por Editorial Anagrama, así como la mayoría de los títulos de Auster. Casi todos ellos también localizables en ediciones de bolsillo. De Ciudad de cristal, la primera novela de La trilogía de Nueva York, existe además una versión adaptada al comic por Paul Karasik y David Mazzucchelli, con introducción del gran maestro Art Spiegelman. Un verdadero regalo para los austerianos ya que se trata de una magnífica adaptación visual de la novela.
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25/02/2010 (12:51)
Se acaba de poner a la venta el último trabajo de Joan Manuel Serrat. El próximo 30 de octubre se cumplirá el centenario del nacimiento, en Orihuela, de Miguel Hernández Gilabert. Treinta y ocho años después, Serrat ha querido regresar al poeta. El álbum titulado Hijos de la luz y de la sombra contiene trece temas, trece poemas de Hernández interpretados por una de las voces que con mayor apasionamiento se acercó, en aquellos años de mordazas, a los versos de un poeta que murió en la cárcel, en una posguerra de salvajes y asesinos resentimientos, olvidado y abandonado por casi todos.
Antes, otros muchos le cantaron En 1967 Paco Ibañez ya ponía voz al reivindicativo poema Andaluces de Jaén. Un año más tarde Elisa Serna interpretaba El niño yuntero. Pocos meses después Ismael presentaba su versión de Vientos del pueblo. Y en 1971, un año antes del mítico álbum de Serrat, en Chile Víctor Jara grababa su versión de El niño yuntero, mientras que en España, Enrique Morente editaba ese mismo año su l.p. Homenaje flamenco a Miguel Hernández. Con anterioridad Paco Rabal ya había grabado en disco un recital con buena parte de los poemas de El rayo que no cesa. Por tanto hay que señalar que en la década de los sesenta Miguel Hernández no era un poeta desconocido. Al igual que Antonio Machado, –al margen de los cantantes– sus versos gozaban de cierta popularidad entre una juventud que se emocionaba con sueños de libertad al recitar muchos de sus poemas, aprendidos de memoria, como nuevos juglares para un tiempo umbrío por la pena, casi bruno.
Dos álbumes míticos Sin embargo hay que reconocer la meritoria labor de Serrat que a finales de la década de los sesenta, dedicó todo un magnífico elepé a don Antonio Machado, conteniendo doce temas, con arreglos y dirección de Ricard Miralles, dos de ellos cedidos por Alberto Cortez. Tras aquel rotundo éxito, tres años más tarde repitió la operación con Miguel Hernández en un nuevo álbum con diez poemas, en esta ocasión con arreglos y dirección de Francesc Burrull, y de nuevo uno de ellos con arreglos de Cortez. Dos álbumes, que no sólo configuran la cimentación más sólida de la extensa y algunas veces irregular discografía de Serrat, sino que se han convertido en elementos legendarios, iconos de una época ya muy lejana en que una inmensa mayoría alcanzaron a conocer la fuerza y belleza de dos de nuestros mejores poetas, a través de una voz entrañable que generosamente nos ha seguido acompañado durante todos estos años.
La estela de una voz y un poeta Aquel álbum de 1972 dedicado a Miguel Hernández, oído hoy, aún sigue produciendo la misma emoción. La fuerza de sus versos y la apasionada limpieza de aquella voz tan personal, han dejado, a lo largo del camino, una estela de poemas hernandianos musicados y cantados con mayor o menor fortuna. Luis Pastor, Los Lobos, Soledad Bravo, Joan Baez, Jarcha, Amancio Prada, Jorge Cafrune, Adolfo Celdrán, Mocedades, Silvio Rodríguez, Olga Manzano y Manuel Picón, Caco Senante, Camarón, Diego Carrasco, Nana Mouskouri, Lole y Manuel, Manolo Escobar, La Barbería del Sur, Manuel Gerena, Eliseo Parra, Manolo García, Calixto Sánchez y Pata Negra, entre otros muchos, se han sentido atraídos en alguna ocasión por los contundentes versos del poeta de Orihuela. Ahora nos tememos lo peor, que los incensiarios que se ponen en marcha desaforadamente cuando los calendarios descubren los números redondos, nos vuelvan a traer, a pie forzado, muchas de aquellas melodías que es preferible sigan durmiendo un merecido olvido. El poeta, puro e íntegro, siempre nos aguardará entre las páginas vibrantes de sus libros.
38 años después Valor y riesgo del cantante de Poble Sec al ser capaz de querer reencontrarse con el poeta, treinta y ocho años más tarde. Demasiado riesgo supone acometer una empresa de esta envergadura. El tiempo no perdona e irremisiblemente desgasta la voz y la fuerza rebelde y entusiasta de un añorado pasado. Se puede alcanzar de nuevo al poeta, a través de esa admiración sosegada y enriquecida por los años, que nadie duda en Serrat. Se pueden redescubrir poemas en los que en anteriores lecturas no recalamos lo suficiente, e incluso reinterpretar los de siempre, pero tenemos que contar con la desventaja de que Miguel Hernández, ha vencido y sobrevivido a ese tiempo que segaron bajo sus pies precipitadamente, mientras que nosotros y el cantante nos hemos ido desgastando, a nuestro pesar, durante estas fugaces cuatro décadas repletas de desencantos.
Con el detenimiento y la admiración de siempre, pero... Disquisiciones poco optimistas, que tal vez perjudiquen a un análisis sereno de su contenido, hilvanadas al tiempo que oímos, los trece temas-poemas de este nuevo disco dedicado a Miguel Hernández. Escuchado con el detenimiento y la admiración que siempre hemos profesado hacia Serrat. La selección nos parece impecable, amplia en su temática y perfecta como modélica síntesis de la trayectoria del poeta. Sin embargo la ejecución y producción se nos embarranca en los mismos defectos que ya habíamos detectado en sus últimos trabajos. Una peligrosa uniformidad, con pocas sorpresas, que nos remite a aquel irregular álbum en castellano, De cuando estuve loco y a su algo más logrado SerratMô en catalán. La voz, acogedora, como siempre, con la inevitable solera de los años. Sin embargo los arreglos, repetitivos, con sospechosas semejanzas a muchas canciones de los últimos discos. Las letras salvan el producto, aparte de algún que otro pellizquito de emoción que nos evoca aquel vigor de otro tiempo. A destacar la Canción del esposo soldado, el optimismo cálido de La palmera levantina, el bellísimo poema de amor dedicado a Josefina, Tus cartas son un vino y la desolada miseria que encierra Las abarcas desiertas.
La recomendación: Siempre nos quedará el otro Respetable el esfuerzo del cantante por querer regresar al poeta. Discutibles estos forzados oportunismos que surgen con los números redondos en los calendarios. Por eso, no olvidemos que siempre nos quedará el otro, aquel elepé de 1972 que contenía toda la fuerza y el ímpetu del poeta. No olvidar tampoco que Serrat es el autor de otros dos álbumes legendarios, los dedicados a Antonio Machado y al poeta catalán Joan Salvat Papasseit. Pero sobre todo recordar, ante tanto barullo mediático, que el genuino Miguel Hernández permanece en las estanterías de bibliotecas y librerías.
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18/02/2010 (18:20)
Enfrentémonos ahora con Ana Fierling y con sus hijos. Con sus hijos, que mueren, como podrían morir los nuestros, en una guerra, y con ella, que nos enseñe a todos la terrible mezcla de humanidad y de egoísmo a que pueden llegar las personas que no mueren en la guerra y han de sufrir las más penosas deformaciones bajo la presión implacable de un mundo injusto y torpe". Con estas clarificadoras, valientes y sobre todo arriesgadas palabras para los tiempos que corrían, cerraba Antonio Buero Vallejo el programa de mano de Madre Coraje y sus hijos para el primer montaje en España, traducido por él, con Amelia de la Torre como actriz protagonista y dirigido por José Tamayo en el teatro Bellas Artes de Madrid, en 1966.
Brecht y Queipo de Llano La abundantísima obra dramática de Bertolt Brecht, nunca parte de cero, siempre está trufada de adaptaciones más o menos fieles o apropiaciones más o menos confesadas de clásicos y contemporáneos. Teatro didáctico, punto esencial de su credo marxista, con la realidad histórica reinterpretada para sus fines, en cada momento de los que le tocó vivir. De este modo encontramos antecedentes de la Coraje en su particular versión dramática de La madre de Gorki, estrenada en Berlín en 1932. Pero sobre todo en Los fusiles de la señora Carr, curiosa pieza corta, escrita en 1937, que se desarrolla en la costa andaluza, tras el brutal ataque llevado a cabo por la marina y la aviación franquista contra la población malagueña en su desesperada huida hacia Almería. Como telón de fondo Brecht utiliza las alocuciones del general Queipo de Llano atemorizando a la población. Y de nuevo, como en La madre y en Santa Juana de los mataderos, la heroína –que se resiste a entregar a sus hijos para que sirvan de carne de cañón: “No llevaré yo a mis hijos en un carro al matadero"–, termina convertida a la militancia.
Un carro alrededor de todas las guerras Madre Coraje y sus hijos se estrenó en plena Segunda Guerra Mundial, aunque eso sí, en terreno neutral, en Zurich (Suiza) el 19 de abril de 1940. La acción se desarrolla durante la sangrienta Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que sumió a toda Europa en el hambre, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Inspirada fundamentalmente en la novela Simplicius Simplicissimus, escrita en 1668 por Grimmelshausen que fue soldado durante aquella guerra de religiones y que describe fielmente el salvaje comportamiento de los ejércitos, mercenarios que vivían del pillaje y la devastación. En su afán de teatro épico y didáctico toda la obra es una clara advertencia sobre el peligro que suponía Hitler en aquel momento. El negocio de la guerra simbolizado por ese carro que gira sobre sí mismo, conducido por Ana Fierling, en constante lucha interior entre su instinto maternal y su afán de lucro.
La trayectoria del distanciamiento Como es lógico Brecht se había visto obligado a abandonar su país en 1933 cuando el Fuhrer subió al poder. Su obra Terror y Miseria del III Reich, se distribuyó clandestinamente en Alemania. Como represalia se le retiró la ciudadanía alemana. Tras un largo peregrinaje por diversos países europeos, finalmente se exilió en Estados Unidos, pero poco más tarde, en 1947, el senador McCarthy lo someterá a un proceso en el Comité de Actividades Antinorteamericanas. Regresa a Europa y decide asentarse en el Berlín oriental donde crea el Berliner Ensemble, compañía y taller de dramaturgia con una imposición claramente políticas. Se hacían lecturas de clásicos marxistas y se dedicaban dos horas semanales al estudio del tema. Aunque como escribe Ángel Facio: “Todos esos textos parecen escritos por un instructor del Frente de Juventudes. Brecht intenta compatibilizar su condición de poeta rebelde y progresista con lo que él creía una obligación moral de servicio a la causa del comunismo, pero que en realidad se concretaba a la sumisión a un arte oficial que le costaría la vida a los más interesantes creadores de la Europa del Este". Palabras para ilustrar perfectamente con una revisión de la película La vida de los otros.
El siempre imprescindible regreso de la Madre Coraje A pesar de sus controvertidas posturas ideológicas del último momento, la contundente dramaturgia de Brecht siempre requiere una continua revisión sobre los escenarios. Tal vez por eso resulta imprescindible que Madre Coraje regrese entre nosotros, al menos cada veinte años. Decía Giorgio Strehler que “el teatro puede ayudar a que este mundo se haga distinto y mejor". En tiempos difíciles para la lírica y la denuncia, José Tamayo tuvo el valor de estrenar Madre Coraje en 1966, con la impecable versión de Buero Vallejo que después ha servido para los dos montajes posteriores del Centro Dramático Nacional. El de 1986 estuvo dirigido por Lluís Pasqual, eran los años de la insumisión y el controvertido referéndum sobre la OTAN. Veinticuatro años más tarde, otro director del CDN afronta el compromiso de volver a exponer encima de un escenario la lógica perversa de la guerra para tratar de hacernos reaccionar, porque a pesar de Strehler, el teatro aún no ha conseguido alcanzar su ansiada meta de que este mundo sea distinto y mejor. Hoy Gerardo Vera escribe en su programa de mano: “Como ella [La Coraje], todos vivimos en ese precario equilibrio entre lo que siempre soñamos hacer (nuestros ideales) y las pequeñas traiciones a las que nos vemos obligados para sobrevivir cada día (nuestras miserias)”.
La recomendación. Más allá de las tablas Con toda lógica, la recomendación esencial para el teatro es asistir a sus representaciones, afortunadamente aún no han logrado digitalizarlo. Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht se acaba de estrenar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid con un montaje soberbio e innovador de Gerardo Vera, basado fielmente, una vez más en la versión de Buero Vallejo. Después, a los textos de teatro, como a la poesía, se regresa de vez en cuando por impulsos. Tal vez por ello, una vez vista la función, os sintáis en la necesidad de recuperar los parlamentos de Anna Fierling. En la colección del Centro Dramático Nacional, se acaba de reeditar esta imprescindible obra de Brecht, acompañada con las fotos de Ros Ribas sobre el montaje.
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12/02/2010 (11:57)
Escribía Albert Camus en El mito de Sísifo que: “Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. Sus desenlaces, o su falta de desenlace, sugieren explicaciones, pero que no se revelan con claridad y que exigen, para ser fundadas, releer la historia con un nuevo enfoque".
Dos conciencias para un siglo “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto".
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias'. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer".
Así se inician dos textos fundamentales del siglo XX. El primero pertenece a La metamorfosis, de Franz Kafka, escritor checo de origen judío que murió en un sanatorio, cerca de Viena en 1924; tenía 41 años. El segundo a El extranjero, de Albert Camus, escritor francés nacido en Argelia que murió en accidente automovilístico camino de París en 1960, tenía 47 años. Sugiere Camus ante Kafka revisitar sus páginas, para tratar de releer la historia con un nuevo enfoque. Tanto el uno como el otro murieron antes de alcanzar ese período de la vida en que nos alimentamos fundamentalmente de reelecturas, en el afán inalcanzable por tratar de conocernos a nosotros mismos a través de los demás. Kafka le pidió a su amigo Max Brod que a su muerte quemase todos sus escritos; gracias a una desobediencia, hemos logrado rascar en las perturbadoras cicatrices de la condición humana. Entre los restos del flamante ‘Facel-Vega’ conducido por el editor Michel Gallimard, que estrellado contra un árbol acabó de modo fulminante con la vida de Camus, se recuperó el manuscrito de El primer hombre, la obra con la que el autor confiaba en iniciar un gran y definitivo giro a su ya enriquecida aventura literaria. Gracias a su viuda Francine, la novela póstuma de Albert Camus logró publicarse. Un texto inacabado, pero fundamental, que enlaza con El extranjero y ayuda a entender a una de las conciencias más lúcidas del convulso pasado siglo.
De ‘El extranjero’ a ‘El primer hombre’ La crítica consideró durante mucho tiempo a El extranjero como la guía moral e intelectual de la generación que se formó entre las ruinas, la frustración y la desesperanza de la destrozada Europa de postguerra. Sometida a la reelectura que Camus pedía para Kafka, nos encontramos frente a esta novela como ante un enriquecedor caleidoscopio cuyas facetas se muestran siempre distintas, sugerentes o tal vez inquietantes. Fue todo un acierto la cubierta que el gran maestro del diseño, Daniel Gil, preparó para Alianza Editorial. En ella se sugiere a Meursault, su protagonista, el extranjero, el extraño, el antihéroe; desconfigurado en piezas paralelas listas para armar por todos y cada uno de los lectores. Un personaje desarraigado, a veces con ciertas pinceladas kafkianas cuando al inicio del capítulo segundo se asemeja tanto al Gregorio Samsa de La metamorfosis. Aunque frente al brumoso surrealismo del praguense, aquí se impone la luminosa realidad mediterránea de un personaje que no encuentra sentido a la vida, pero desborda sensualidad cuando disfruta al nadar mar adentro o se tiende en la arena de la playa para sentir como el sol adormece su cuerpo. Un contradictorio personaje, símbolo de la condición humana, que en tiempos de carencia de valores, de búsqueda de una coherencia moral, termina abocado a un final fatal sin haber encontrado sentido a la vida. Frente a la total desesperanza de su primera novela, el manuscrito inacabado de El primer hombre, que se inicia sobre la misma escenografía argelina, nos muestra el relato de Cormery, alter ego del autor, un niño arraigado a uno de los barrios más deprimidos de Árgel, hijo de un emigrante que muere en el frente durante la primera guerra mundial y una madre menorquina, analfabeta que difícilmente puede entender que su hijo quiera, y sobre todo pueda aspirar, a destinos más ambiciosos. En suma, el relato del largo proceso de un hombre que acabaría convirtiéndose en lúcida, aunque para muchos incómoda, conciencia de un tiempo desolador, confuso y de abundantes posicionamientos equivocados.
El hombre rebelde Este controvertido ensayo se publicó en París, en 1951. En sus páginas se trataba de estudiar el mundo moderno entre dos Revoluciones, la francesa y la rusa. Un profundo análisis sobre la rebeldía metafísica y la rebeldía histórica, para acabar desembocando en el terrorismo de estado y el terror irracional. Nietzsche, Marx, Lautremont, los anarquistas y hasta el Marqués de Sade, pueblan los capítulos de un ensayo, cuyo mayor pecado podría estribar en que se adelantó a su tiempo. Recién salidos del oscuro trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial con profundas ansias de una revolución social, Camus tuvo el valor de afirmar que el existencialismo de izquierdas de Sastre rechazaba la libertad del individuo. Como es lógico inmediatamente fue acusado de reaccionario de derechas y pasó a engrosar la cofradía en la que ya se encontraba André Gide por su “heterodoxa" visión tras su visita al “paraíso" de la Unión Soviética. Es por tanto que El hombre rebelde requiere también una urgente reelectura en estos tiempos de desamparo ideológico.
La recomendación: Cartas a un amigo alemán A pesar de su prematura muerte, la obra que nos legó Camus fue abundante y en su mayor parte no ha perdido vigencia. Inició su carrera literaria en 1936, publicando Revuelta en Asturias, una exaltada obra de teatro coral, acorde con los tiempos y la temática. Una década más tarde de nuevo situó en España otra de sus obras dramáticas; El estado de sitio transcurre en un pintoresco Cádiz. La peste está considerada por muchos críticos como la novela más significativa escrita en Francia, tras la Segunda Guerra Mundial. Legendario asimismo resulta su Calígula que permanece en nuestra memoria en la magistral interpretación de José María Rodero. Sin embargo para estos tiempos en que tanto se debate el sentido de una Europa unida o sobre los nacionalismos y los fundamentalismos, recomiendo Cartas a un amigo alemán, denuncia arriesgada y valiente a lo que supuso la locura colectiva del totalitarismo, escritas entre 1943 y 1944, en un París ocupado por los nazis, y con la siniestra sombra de Stalin comenzando a oscurecer una importante parte de esa Europa que ya Camus deseaba unida.
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4/02/2010 (10:45)
En los años finales de la dictadura franquista se afirmaba rotundamente que los verdaderos editoriales de la prensa diaria estaban contenidos en las viñetas de sus humoristas. Reírse en España se convirtió en un arma cargada de futuro. Los humoristas se convirtieron en rebeldes protagonistas de una actualidad amordazada, tal vez porque su espíritu crítico rebosaba los constreñidos márgenes mentales y legales de los censores, sin que ellos casi nunca lo percibiesen. El país se llenó de goteras y comenzó a desbordase, mucho antes de la flebitis, la marcha verde y el equipo médico habitual. Sin lugar a dudas la revista pionera, heredera de La Ametralladora, fue La Codorniz, criada al regazo del Régimen, pero que terminaría saliéndose de madre, sufriendo multas y suspensiones. Hermano Lobo, Barrabás, El Papus, Por Favor, Muchas Gracias y El Jueves, fueron sus hermanas menores que consiguieron animar el cotarro de aquellos largos y pardos años del Otoño infinito del Patriarca. La lúcida síntesis de Chumy Chumez, Gila, Summers, Máximo, Ops, Cesc, Perich, Forges y Martínmorales, entre otros, se lograron filtrar también entre las páginas de los periódicos, consiguiendo que en muchas ocasiones en aquellos papelotes innanes de obligado incienso diario, apareciera un sabañón molesto y picoso para la autoridad competente. Resulta saludable evocar aquellos años y aquellas revistas, casi todas desaparecidas, a excepción de El Jueves que en los tiempos que corren aún se mantiene con gallardía en la cuerda floja, a pesar de tocar los borbones de vez en cuando. El recuerdo de aquellas risas ya lejanas en el tiempo, surge por la aparición casi simultánea de dos libros de humor gráfico que representan en el tiempo un antes y un después. La república y la democracia.
Las caricaturas republicanas de Bagaría José Esteban, con el rigor y la maestría que le caracterizan, ha preparado para la editorial Rey Lear, un bellísmo e interesante libro antológico sobre la labor del pintor Luis Bagaría en la faceta de caricaturista durante su intenso periodo artístico que desembocó en la esperanzadora Segunda República. La edición, exquisita en todos los sentidos, recoge innumerables muestras de aquel gran maestro que con increíble economía de trazos, en pura síntesis, certera y aguda, consiguió por primera vez alcanzar el contenido interior del personaje a través de la caricatura. La “silueta moral" como definía Borrás a sus dibujos. Unamuno afirmaba que Bagaría había creado una leyenda gráfica en su larga galería de personajes que quedaban interpretados originalmente y atrapados gráficamente para siempre. Intelectuales y políticos, unido a su genuino sentido del humor, se refleja generosamente en los dibujos que recogen las páginas de este volumen, enriquecido además con los testimonios directos de “sus" personajes. Juan Ramón Jiménez, Azorín, Baroja, Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna o Ignacio Zuloaga opinan sobre la labor certera de este artista genial que desde la libertad puso su mordacidad al servicio de una causa en la que creía firmemente como motor de regeneración de su país. Sus dibujos se fueron publicando en la revista España y periódicos como La Vanguardia y El Sol, hasta que la derrota de la República le condujera al exilio. Murió en La Habana el 26 de junio de 1940.
El Ilustralario de Malagón No conozco personalmente a José Rubio Malagón, pero he seguido con avidez su trayectoria desde que, hace ya bastantes años, lo descubriera en las páginas de este periódico. Su personal estilo siempre me ha evocado aquellos años del “boom" del humor gráfico, cuando Autopista de Perich, Los hombres y las moscas de Ops, Una biografía de Chumy Chumez, el Diario apócrifo de Máximo o El que parte y reparte de El Cubri, eran considerados por mi generación, como auténticos libros de culto. Me van a perdonar, pero aún sigo perteneciendo a ese gremio, creo que somos legión, que en un periódico me voy antes al chiste que al editorial. Por eso soy fans incondicional de Forges, El Roto, Máximo o Malagón; ellos me enseñan deleitando, con esa sonrisa que a veces se convierte en desgarro cuando terminamos de digerir dibujo y bocadillo. Tengo bastante manoseados dos álbumes de Malagón, Sin perdón y Sin pudor, casi diez años nos contemplan, están publicados en 2001 y sin embargo cada vez encuentro en ellos nuevos registros. De todos modos, si uno visita la página de Malagonadas en Internet descubrirá asombrado que las claves del humorista alcalaíno son infinitas, derramadas con abundacia por las páginas de las revistas Tiempo y El Jueves y por una serie de publicaciones de toda índole y condición. A la factura de un dibujo de línea tan limpia que parece inofensiva, se une la corrosiva fuerza de su mensaje que te deja noqueado durante unos instantes y meditabundo durante el resto del día. Se acaba de publicar Ilustralario que supone una revulsiva vuelta de tuerca a su trayectoria. Un librito de apenas 64 páginas, publicado por Blur Ediciones; aquí se nos muestra el Malagón más conceptual. La línea limpia a la que nos tiene acostumbrados, se torna en una colección de objetos cotidianos vueltos del revés para mostrarnos el lado más oscuro del terror que nos rodea. Surrealismo desgarrador que para sí hubieran querido Marcel Duchamp, Dalí o Magritte. Un urinario en el que parece haber caído una megaladilla con el rostro de Bush, un skin de cerebro atrofiado, la violencia de género con Robert Michum muy al fondo, el rostro de África con toda su sobrecogedora crueldad, o el simplista esquema de las minas antipersona, son algunas de las bofetadas que Malagón propina al tibio espectador desde el interior de este libro.
La recomendación: Leer imágenes Bagaría y Malagón muestran en estos dos libros el claro perfil de dos épocas lejanas en el tiempo, dos estilos diametralmente diferentes, pero que a modo de paréntesis, pueden servirnos para acotar la larga, abundante e interesantísima trayectoria del humor gráfico, desde la República hasta nuestros días. Toda una invitación para volver a leer imágenes y revisitar a aquellos filósofos del dibujo que han sabido explicar como nadie el tiempo que les tocó vivir.
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29/01/2010 (12:33)
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, / y la más innoble, / que es amarse a sí mismo!". De modo tan definitorio, cerraba su autor el poema Contra Jaime Gil de Biedma, uno de los más significativos de su tan escasa pero tan contundente obra lírica. Fue la suya una poesía de la reflexión sobre la experiencia, un intento permanente de reestructurar en palabras la vida solitaria bajo la pesadumbre de querer comprender el paso del tiempo. En más de una ocasión llegó a afirmar “...que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema". Sus apasionados lectores sabemos que al fin lo consiguió. Una vez inventada y asumida una identidad, que es lo que en definitiva perseguía su poesía, dejó de sentir la necesidad y la pasión de escribir. Toda su obra, recompuesta y ordenada, se contiene en Las personas del verbo, un volumen de apenas ciento ochenta páginas. Pero el tono conversacional de sus poemas, desde un perfeccionista rigor que utiliza como herramienta la ironía para ahondar en los sentimientos de culpa, ha creado una complicidad lectora, numerosa e incondicional, que vuelve constantemente a sus versos por necesidad vital. Poemas como Pandémica y celeste, De vita beata, Años triunfales, No volveré a ser joven, Himno a la juventud y el siempre sobrecogedor Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, se han enriquecido con el tiempo o simplemente su continua lectura nos ha enriquecido a nosotros con los años.
Diario de un artista seriamente enfermo A raíz de la polémica surgida hace unas pocas semanas sobre los vanos intentos de querer convertir en personaje cinematográfico a un poeta que ya antes de morir se había convertido en poema, he recordado también los primeros versos de Contra Jaime Gil de Biedma, aquellos que se inician “...dejando atrás un sótano más negro que mi reputación" y en los que el poema se enfrenta con el poeta: “...si vienes luego tú, pelmazo, / embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, / zángano de colmena, inútil, cacaseno, / con tus manos lavadas, / a comer en mi plato y a ensuciar la casa". Y es que tal vez aquí esté la respuesta del poeta a ese engrendro de película, según cuentan los que se han atrevido a verla, que se ha perpetrado, a modo de escabroso y pretendidamente escandaloso y transgresor biopic sobre personalidad tan compleja como fue la de Jaime Gil de Biedma. Autor de brevísima obra, dejó sin embargo uno de los testimonios autobiográficos más desgarradores, y sinceros que conoció la literatura del pasado siglo. Deberíamos recurrir por tanto a las páginas de Diario del artista seriamente enfermo, 1956 para que fuese el propio poeta quien nos sumerja en su intimidad sin ambages, porque simplemente con este texto y la infinita riqueza de sus poemas, tendremos perfilado al hombre, sin necesidad de ir al cine.
El productor cacaseno y el carácter de Marsé Un productor cacaseno, conocido por sus batacazos fílmicos, ha pretendido provocar una tempestad mediática para promocionar su, por lo visto, infumable cinta. Y mire usted por donde ha terminado tocándole las narices a Juan Marsé que espantado, ha visto reflejado en la película a su entrañable amigo y a él mismo, como en los espejos del Callejón del Gato, pero no con la genialidad del esperpento sino con manifiesta falsedad y aromas de teatro rancio. Y tal y como es el creador del ‘Pijoaparte’, que no se calla una, no ha dudado en manifestarlo abiertamente. Fue entonces cuando el productor, en su burdo contraataque, se atrevió a tacharle de desclasado que: “...de joven trabajó de aprendiz de joyería y se casó con una criada (sic)". La contestación del autor de Rabos de lagartija, publicada hace un par de semanas como artículo de fondo en el diario El País con el título de Películeros merece desde este momento un puesto de honor en todas las antologías del penúltimo Premio Cervantes. Marsé en estado puro.
Gil de Biedma, Juan Marsé y Joan Manuel Serrat El pasado día 8 se cumplieron veinte años de la muerte real de Jaime Gil de Biedma. Escapándome de sus versos, siempre tan presentes, me he querido reencontrar con él en estos días a través de un libro de Conversaciones que preparó Javier Pérez Escohotado para la editorial El Aleph, en 2002. Una de ellas la recordaba aún de cuando se publicó en la revista Fotogramas, en 1972. Tiene hoy cierta gracia y vigencia. Se trataba de un encuentro a cuatro bandas entre Gil de Biedma, Marsé, Serrat y el director de cine Jaime Camino, a raíz del inminente rodaje de una película protagonizada por Analía Gadé y Joan Manuel Serrat, con María Luisa Ponte y José Luis López Vázquez como actores de reparto. Como guionistas, Jaime Gil de Biedma y Juan Marsé. Su título inicial: Tocar el piano mata, aunque finalmente se estrenó como Mi profesora particular y terminó siendo un fiasco que casi nunca se cita en la filmografía de Jaime Camino y que no llegamos a soportar ni los fans de Serrat. Tanto Serrat como Marsé nunca ha tenido fortuna en sus acercamientos al cine. La gracia de aquella extensa entrevista se apoya en las jugosas intervenciones de Marsé y Gil de Biedma, de las que ofrezco dos perlas cultivadas. Marsé: “El cine ha evolucionado poco como arte. Era demasiado mítico, y ahora que las bestias sagradas han desaparecido, carece de interés". Gil de Biedma: “A mí me parece que, en mi juventud, el cine estaba en su momento álgido. Para nosotros tenía la capacidad mítica que otras épocas detentaron sucesivamente la novela y el teatro. El cine de ahora ya no sirve para soñar".
La recomendación Hasta Loquillo canta aquello de que “...envejecer, morir, es el único argumento de la obra”. Los versos de Gil de Biedma están apegados a las vivencias de toda una generación. Sin aún no habéis llegado hasta él, sumergiros en las páginas de Las personas del verbo. Descubrir la tormentosa profundidad del personaje en Diario de un artista seriamente enfermo. Y disfrutar de su lucidez para el análisis en su único libro de ensayos, Al pie de la letra.
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21/01/2010 (11:47)
En 1992, Javier Marías publicó Vidas escritas. Un libro ciertamente exquisito en todos sus aspectos. Por su continente y por su contenido. Era la época en que la editorial Siruela cuidaba sus publicaciones con un sentido estético y un rigor tan cercano al maestro de la edición, el italiano Franco Maria Ricci, que simplemente su tacto suponía un placer para los sentidos. Si a eso le unimos el acierto en la elección de las tipografías, la justa proporción de la mancha de texto y la calidad de las ilustraciones, es justo que añoremos aquellos tiempos pasados, ahora que las chabacanas cubiertas de los libros semejan cajas de carne de membrillo y su interior supone un martirio para el gusto y la vista. Y esto no es nada comparado a lo que se avecina, lo que nos queda por sufrir con los torpes arranques del libro electrónico, hasta que la pantalla y las tipografías encuentren un equilibrio semejante al de la página y los textos de la Biblia Políglota Complutense. Estamos hablando, nada menos que de los inicios del siglo XVI, como referente de racionalidad en plena era digital. Así están las cosas.
Los escritores como personajes de ficción Afirma Javier Marías en sus Vidas escritas que: “Nadie sabe la cara que tuvo Cervantes, y tampoco hay certeza sobre la que tuvo Shakespeare, por lo que el Quijote y Macbeth son textos a los que no acompaña ninguna expresión personal, ningún rostro definitivo, ninguna mirada que los ojos de los demás hombres hayan podido congelar y hacer propia a través del tiempo". Se confiesa Marías como coleccionista de fotos y postales de sus escritores favoritos y fue precisamente a través de su aguda y genial mirada literaria sobre aquellos rostros, como elaboró este mosaico de escritores convertidos en personajes de ficción. Navegar por sus páginas es reencontrarse con autores venerados: Faulkner, Conrad, Joyce, Lampedusa, Stevenson, Nabokov, Kipling,..., tratados aquí con tan genial pasión narrativa, que a partir de ese momento los confundiremos como escapados de sus propias páginas, a las que querremos regresar con arrebatado deseo. Al margen de aquella mítica edición de la editorial Siruela en 1992, tengo entendido que Vidas escritas se ha reeditado continuamente y que incluso se puede localizar en ediciones de bolsillo. Su recuerdo y reelectura me ha venido provocada porque se acaban de publicar dos libros de temática semejante.
44 escritores de la literatura universal Jesús Marchamalo en un libro también publicado por Siruela (en su segunda etapa la editorial ya no es lo que era) ha reunido a 44 escritores de la literatura universal. En esta ocasión no ilustrado con fotografías, sino con caricaturas de irregular factura, pero que al menos pretenden cumplir con el público adolescente al que va dirigido; igual que su estilo, que resulta radicalmente distinto al de Javier Marías, posiblemente en un encomiable afán pedagógico que deseamos alcance sus fines, convirtiendo a los autores de la literatura en héroes cercanos a los que conviene conocer, pero sobre todo adentrarse en sus obras. Adolescentes y adultos encontrarán en estas originales e irónicas páginas, una especie de retratos al minuto sembradas de gustosas anécdotas sobre Kafka, Pessoa, Chéjov, Chesterton, Poe, Salgari, Verne o Stendhal... Las páginas finales se completan con unas brevísimas biografías sobre los escritores ‘retratados' y una somera relación de algunas de sus obras. En suma, un libro bastante ameno y que entiendo sirve perfectamente para abrir las compuertas a la curiosidad lectora.
Las certeras pinceladas de Manuel Vicent El estilo de Vicent siempre ha estado impregnado de la luminosidad de su tierra levantina y sobre todo, rebosante de imágenes, que como certeras pinceladas de quien sabe observar, nos ha logrado describir paisajes y personajes con una genialidad inusual. Tal vez por eso a su obra Póquer de ases, editada recientemente por Alfaguara, lo único que le sobren sean las ilustraciones. El libro, al igual que los dos anteriores, habla de escritores. Una vez más se trata de su visión, muy personal, sobre autores relevantes de la literatura. En este caso, a diferencia de Marías y Marchamalo, sí ‘retrata' a cuatro autores españoles, bastantes significativos de sus preferencias: Josep Pla, Pío Baroja, Juan Benet y Rafael Azcona, que se mezclan y confunden en esta caprichosa baraja, con Julio Cortázar, Albert Camus, Samuel Beckett, Dylan Thomas o Virginia Woolf. Póquer de ases está escrito a golpe de fervorosas lecturas y de querencias, en arrebatos de admiración o crítica, de visiones tan personales que por unos instantes deja al lector y al autor retratado bajo los confusos momentos de deslumbramiento que produce el flash. Después la visión recobra sus volúmenes, pero sin duda enriquecidos con nuevos perfiles que Manuel Vicent ha sabido aportar a nuestros escritores más queridos.
Brújulas perfectas para la lectura Un libro a recuperar, el imprescindible de Javier Marías, y estos dos que aún pululan en las librerías por las mesas de las efímeras novedades, sirven de brújula perfecta para orientar nuestros gustos entre autores consagrados que muchas veces se nos antojaron lejanos y desconocidos y de los que casi nunca nos atrevimos a desnudar sus páginas. Marías, Marchamalo y Vicent nos han facilitado la labor, dejándolos por unos instantes en ropa interior.
Los Pioneros Volúmenes como los reseñados tuvieron antecedentes no tan lejanos. Este sugerente y atractivo género de retratar a los escritores queridos lo encontramos en el genial Ramón Gómez de la Serna, otro bicho literario de rara especie; en sus Retratos contemporáneos y Efigies creó una abundantísima galería de autores, analizados desde su peculiar punto de vista y estilo. También el poeta Vicente Aleixandre compuso un entrañable libro en prosa, Los encuentros, en el que supo dibujar con rigurosa perfección y cariño a sus compañeros de generación.
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14/01/2010 (17:24)
Hace cinco años, en estas mismas páginas, a través de un artículo titulado Fascistas de calamina, traté de esbozar la semblanza de Félix Ros, esperpéntico personaje que algunos de mi generación tuvimos la mala fortuna de sufrirlo como profesor de literatura en el Instituto Complutense. En aquellos tiempos de aridez y desolada penuria, unos pocos habíamos tenido el mérito de llegar hasta la poesía, por nuestra cuenta, a lomos de Platero y sobre todo gracias a su autor, que vestido de luto, barba nazarena y breve sombrero montaba sobre la blandura gris de un borrico que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos, mientras los críos a su paso le gritaban: ¡El loco!, ¡El loco!. Él, ese loco, nos supo trazar, con lucidez única, con tanta verdad poética, un sugerente camino de palabras nuevas para redescubrirnos el entorno cotidiano, repleto de colores e imágenes que hasta entonces nunca habíamos sabido apreciar.
Un petulante vencedor Pero llegó este petulante vencedor de una guerra cercana, cargado de odio encubierto, queriéndonos inculcar que el poeta de Moguer era un impostor, un plagiario que aprovechaba los textos de Rabindranath Tagore, traducidos al castellano por su mujer, Zenobia Camprubí, para copiarlos sin remisión; y que el “Platero" era lectura para afeminados (sic). Aquella rotunda difamación, produjo en mí un extraño fenómeno. A partir de ese momento me interesé por la literatura de modo visceral, una adicción que me llevó no sólo a tratar de entender a Juan Ramón en su integridad, sino también a descubrir la taimada personalidad de aquel fascista que nos había tocado en suerte. Pasados los años, y cuando afortunadamente tenía casi olvidado al nefasto personaje de bigotito afilado y tupé como de gallo de pelea, cayó en mis manos un volumen de las Cartas literarias de Juan Ramón Jiménez (Ed. Bruguera, 1977). En una de ellas, dirigida a José María Pemán el 18 de junio de 1945, denuncia el robo que se había llevado a cabo en su casa de Madrid por un secuaz de: “el hombre de más baja moral de toda España y a quien, siendo él un muchacho, y lo mismo que a otros compañeros suyos, ayudé tanto; y luego, por la ridícula vanidad de ser segundones se revolvieron contra mí". El secuaz no era otro que Félix Ros al que días antes Juan Ramón también había dirigido otra carta que se iniciaba así: “Pienso ir pronto a Europa, Félix Ros, y me gustaría mucho encontrarme en mi casa todo lo que usted y sus diligentes amigos recogieron con tanto cuidado de ella". En cuanto al que el poeta de Moguer consideraba el “hombre de más baja moral...", no he llegado a descubrirlo, o descubrirles, hasta la lectura de esta reedición de Guerra en España generosamente ampliada al fin. Un libro que también me ha ayudado a comprender el posterior e injusto rechazo a uno de los más destacados poetas de la lengua castellana, por los que antes se proclamaban orgullosamente como sus discípulos.
Guerra en España En 1985, el poeta Ángel Crespo publicó en la editorial Seix Barral una tercera parte del contenido de los sobres que Juan Ramón Jiménez había ido recopilando con la minuciosidad que le caracterizaba, en el propósito de configurar un ambicioso volumen de materia diversa, dedicado a la memoria de Manuel Azaña y Julián Besteiro, y también a Cipriano Rivas Cherif y Juan Guerrero Ruiz. En aquella primera edición, la editorial justificó tan drástico cercenamiento alegando que de otro modo no se ajustaba a las características de la colección, pero temiendo además, y sobre todo, posibles acciones legales por parte de aquellos a los que el poeta acusaba abiertamente de robo y aún vivían. Guerra en España es un libro tan descarnado como La gallina ciega de Max Aub, pero aún más intenso y desolador si cabe, porque aquí la materia es varia: poemas, cartas, conferencias, álbum de fotos recortadas de los periódicos... que ayudan a construir los sólidos cimientos de esta permanente y a veces hasta obsesiva justificación juanramoniana ante su posición siempre favorable a la República y su constante apoyo, aún desde la distancia, durante la desangrante Guerra Civil.
El allanamiento del piso de Madrid De sumo interés el capítulo titulado El allanamiento del piso de Madrid que recoge la abundante correspondencia en torno al caso y la acusación directa del poeta a Félix Ros, Martínez Barbeito y Carlos Sentís como ejecutores del robo, sacando de su casa, envueltos en alfombras, documentos, manuscritos y parte de la amplia biblioteca. Juan Ramón, en su denuncia, esgrime además la asombrosa teoría de que se trató de un “encargo" de dos personajes respetables y no precisamente de derechas. La afilada pluma del poeta, no duda en desollar con enérgica valentía a lo más granado de la lírica, la intelectualidad y la política de años tan convulsos y tan comprometedores a la hora de tomar posiciones y saber mantenerlas con el rigor ético que el momento exigía. El lector sentirá cierta conmoción al recorrer estas páginas, tal vez porque algunos autores admirados hasta hoy, casi se le van a desmoronar ante las rotundas afirmaciones del poeta. Posiblemente en ocasiones sea injusto en algunos de sus juicios. Pero somos nosotros los lectores, los que tendemos la obligación de volver sobre nuestras propias lecturas para tratar de fijar, de una vez por todas, la foto definitiva de aquel espantoso retablo que supuso la Guerra Civil.
La recomendación.- De interés para alcalaínos Guerra en España, prosa y verso (1936-1954), de Juan Ramón Jiménez. Edición de Ángel Crespo, revisada y ampliada por Soledad González Ródenas, autora de un prólogo de cien páginas que enriquece aún más este importantísimo legado que podríamos definir como uno de los más desgarrados e importantes relatos documentales de la Guerra Civil. Se acaba de publicar por la editorial sevillana Point de Lunettes, en esta ocasión sin censura alguna y conteniendo las 150 imágenes que el propio Juan Ramón recopiló, a modo de álbum, como su particular visión de aquellos acontecimientos. De interés para algunos alcalaínos pueden resultar las fotografías que muestran en concreto la tumba de Cisneros y la pila bautismal de Cervantes destruida por las bombas rebeldes.
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10/01/2010 (12:21)
Entre 1914 y 1915, James Joyce fue publicando por entregas Retrato del artista adolescente, en la revista literaria norteamericana The Egoist. Un auténtico ajuste de cuentas de Stephen Dedalus, su alter ego, contra los jesuitas y la enseñanza religiosa recibida en el colegio Belvedere de Dublín. Manuel Azaña fue publicando por entregas, a partir de 1920, El jardín de los frailes en su revista literaria La Pluma, un descarnado relato autobiográfico narrado desde la evocación a su orfandad en los cursos pasados con los agustinos en El Escorial. Dos años se llevaban Azaña y Joyce, que por supuesto nunca llegaron a conocerse.
El escritor dublinés alcanzaría las más altas cimas de la literatura del siglo XX con su ambicioso, complejo y controvertido Ulises, que venía a cerrar el paréntesis de un género abierto cuatro siglos antes por Cervantes con El Quijote. El escritor alcalaíno derivaría pronto hacia la política en detrimento de su obra literaria.
Nunca llegaría a alcanzar las ambiciosas cotas narrativas que se había propuesto. Joyce se inició en la literatura con una colección de relatos, Dublineses donde ya había dejado constancia de su obsesión por una geografía literaria concreta: Dublín.
Azaña en El jardín de los frailes como en Fresdeval deja abiertos los resquicios de aquella obsesión por su particular geografía literaria: Alcalá. James Joyce moriría en 1941, exiliado en Zurich. Manuel Azaña moriría en 1940 exiliado en Montauban. El escritor dublinés comprendió que sólo en la obra de arte podían encontrar las realidades de la vida cotidiana un orden y una significación ideales, ensayó por tanto métodos revolucionarios para registrar la acción de percibir y consiguió volver del revés el concepto de novela. El escritor alcalaíno se volcó de lleno en “el problema español".
Descarriló en la novela, pero fue auténtico maestro en la literatura del yo, un sensible analista de la historia que protagonizó y un inigualable orador. Cuando espigamos por su voluminosa obra siempre añoramos aquel magnífico autor de ficción que pudo ser y no fue. Por eso como profundo homenaje literario, he aquí unos significativos fragmentos de El jardín de los frailes donde describe el paisanaje y el paisaje de su escenografía creativa.
El paisanaje
“Restos de la tradición literaria complutense aleteaban en mi pueblo al declinar el siglo diez y nueve, juristas viejos, imbuidos de humanidades; algún hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollo, recitador de Horacio: labradores ricos que empezaban en su mocedad a cursar “estudios mayores", escribas de la curia toledana [...] y un canónigo, el último catedrático de la Universidad, que murió de un atracón de sandía..., mantuvieron en Alcalá el culto fervoroso de los antepasados. No vivían en su tiempo: el tiempo no rodaba desde el día mismo que la Universidad de Cisneros se cerró; las prensas dejaron de parir en cuanto los tórculos alcalaínos se enmohecieron. En sus rancios libros. En sus buenos libros –hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar a las droguerías–, se empapaban de erudición anodina. Sabían los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. [...] Daban guardia a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla. [...] Nadie más odiado que el supuesto Avellaneda, después de Judas. [...] Los patriotas alcalaínos alborotaban el manso cotarro de su lugar con profusión de veladas, lápidas, iluminaciones, catafalcos; pero su patriotismo era local. Nos persuadían de la grandeza única de Alcalá, no la de España. [...] El buen alcalaíno créese no menos que copartícipe en el Quijote e incluso generador alícuota de la persona de Cervantes. Nacer en Alcalá fue el acierto de ese ingenio; si aparece en otro pueblo no lo habrían mentado, como no mientan a otros varones excelentes, salvo que un rayito de sol alcalaíno los alumbre".
El paisaje
“Misterio nunca sentido en la primavera del campo por donde va el Henares: la vena del río, sonante en invierno; un festón de negrillos al pie de escabrosos pastizales; la sierra esculpida en nácar, en ópalo, no tan próxima que agobie ni tan lejos que no sea límite; la gleba dócil, abierta, loada por los hombres que ha cumplido sobre ella el rito de sembrar; y entre el alcor y el río, la vega armoniosa, reparo de imaginaciones demandadas. [...] Esto sucede en mi memoria; el natural devuelve una imagen pensativa. No es triste ese campo que me entristece; triste, la historia –de uno o de muchos– y el corazón que la sueña o la recuerda. [...] El tronco viejo retoña vicioso en los suburbios. Posaderos y herradores de la Puerta del Vado que guardan los refranes de la antigua sabiduría y están en sus poyos al socaire de la posada y de la fragua profiriendo como de limosna, por palabras adustas, los fallos de su prudencia; matarifes de la calle de la Pescadería, desgastadores de vino; gruesas putas del Carmen Descalzo, tábanos de la soldadesca; ventrudos esquiladores de la Puerta de Madrid (aciales y tijeras insertos en el cincho de cordobán), sin tilde de gitanismo, que hablan a las bestias mientras las esquilan, como habla el barbero a su parroquiano bípedo..."
A modo de estrambote
Se cierra esta mínima antología con el fragmento de una carta al director publicada en el número 3 de la revista satírica La Avispa, el 27 de enero de 1910, donde percibimos claramente que Azaña adopta la figura de un anónimo contemplador de la política local. El comentario se lo dejamos al lector. “...Que me paso la vida leyendo periódicos y novelas al lado de la estufa, y que no pertenezco a ninguna de esas dos grandes colectividades políticas, que no sé por qué regla de tres, se las ha bautizado con el nombre de “izquierdas" y “derechas". Pero si es cierto, ciertísimo que soy un verdadero absentista, un apático, mejor dicho, un renegado de la política; no lo soy, ciertamente, en cuanto a asuntos locales se refiere y pruébatelo el que después de haber escuchado unas cuantas sesiones a nuestro Excmo. Ayuntamiento, si es que realmente tal nombre merece, no he podido resistir a la comezón rabiosa de coger la pluma para pedir a nuestras autoridades dejen de agitarse en ese océano de luchas personales y de partido, con lo cual perjudican los sagrados intereses del vecindario que le ha encomendado para su custodia".
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8/01/2010 (19:31)
El 10 de enero de 1880, hace 130 años, el diario vespertino La Correspondencia de Alcalá, publicaba en su tercera página la noticia del nacimiento, ese mismo día a las once y media de la mañana, del segundo hijo de don Esteban Azaña, alcalde de la ciudad, y de doña Josefa Díaz-Gallo, quien, según se comentaba en la nota: “Se encontraba en perfecto estado de salud, al igual que el recién nacido al que pondrían el nombre de Manuel".
Un tardío acto de desagravio El 10 de enero de 1980, hace 30 años, toda la corporación del primer Ayuntamiento democrático, presidido por don Carlos Valenzuela, visitaban en la casa familiar de la calle de la Imagen número tres, a doña Concha, doña Pepita y doña Enriqueta, sobrinas de don Manuel Azaña Díaz. Un emotivo, aunque algo tardío, acto de desagravio si nos atrevemos a recordar que aquella casa fue convertida en sede de Falange recién acabada la guerra. Esa misma mañana se procedió a descubrir una placa de piedra artificial en la fachada del lugar en el que cien años antes había nacido el intelectual de mayor altura que ha conocido esta ciudad en los últimos tiempos. Durante décadas, aquellos que desprecian cuanto ignoran, han estado “fusilando" a pedradas, constante y obsesivamente, la placa de Azaña, tal vez arrebatados por la frustración de que sus ancestros no llegaron a tiempo el 3 de noviembre de 1940.
Un calculado olvido En la actualidad, tras aquellos ecos lejanos de reconocimiento y algunos tímidos intentos por recuperar su figura, no deja de ser significativo y más bien patético que la ciudad que alardea de sensibilidad, de tradición humanística milenaria y cuyos munícipes sueñan con acaparar todo tipo de distinciones culturales para convertirlas en morcillas y chistorras, mantengan en un calculado olvido, no ya a aquel paisano que llegara a alcanzar la Presidencia de la República, pues entiendo que tan alto honor pueda producirles urticaria, sino a uno de los pocos escritores contemporáneos que ha dado esta tierra y que además trató de inmortalizarla en algunos de sus escritos como El jardín de los frailes o Fresdeval.
Azaña no, Primo de Rivera sí Extraño pero previsible este calculado olvido por una parte de la municipalidad si tenemos en cuenta, ya que hablamos de placas conmemorativas, que hay una que se mantiene impoluta en los muros de la Casa Consistorial homenajeando a aquel otro postinero señorito jerezano que venía a nuestra ciudad, no precisamente a satisfacer sus apetitos intelectuales. Primo de Rivera fue poco amigo de la letra menuda, pero sobre todo de quienes la practicaban, Unamuno, Valle-Inclán y el propio Azaña sufrieron las consecuencias. Por tanto, si los gustos de la clase política imperante van por ahí, es preferible que se mantenga este olvido. Entendiendo además que Azaña no da para parque temático y mucho menos para un museo de hoja caduca que son los que se practican por estos lares, según corren los vientos, las fobias o las filias. El ejemplo más cercano el extinto Museo José Caballero. Contamos a nuestro favor que el Rasputín de la actual ¿cultura? municipal, afortunadamente nunca reivindicará su figura. Por tanto olvidémonos de la cultura con k, limitadita ya de por sí en estos tiempos raros de pensamiento débil.

(Foto: La casa natal de Azaña convertida en sede de Falange c. 1940. En el balcón podemos apreciar las banderas de la JONS la Nacional y la de Falange. Archivo: José F. Cormenzana / Vicente A. Serrano)
De poco sirven los números redondos No hay que mirar a los calendarios, sino a las estanterías. Para poco sirven los números redondos. Absurda resulta toda conmemoración cultural, ejército de mediocres tratando de poner el cazo a ayuntamientos morosos y trileros, arruinados en tanta fanfarria y cultureta de medio pelo. Los ciento treinta años que se cumplen el próximo día 10 y los setenta del próximo noviembre, son tan sólo los datos mínimos para evocar que la oscura trayectoria intelectual alcalaína de los dos últimos siglos, contó con un personaje de una gran valía, al que algunos descerebrados que desprecian cuanto ignoran, han tratado de borrar su desmemoriado recuerdo a base de pedradas, mientras que otros que alardean constantemente de sensibilidad y patriotismo local, cruzan los dedos, a modo de exorcismo, cada vez que oyen citar su nombre.
Las ruinas de la esperanza Otro tipo de pedruscos, los del Muro, iniciaron sin lugar a dudas el controvertido fin de las ideologías. Engañados durante décadas los unos y los otros, fuimos tan cándidos que creímos que un nuevo pensamiento alternativo y esperanzador resurgiría de las ruinas y las mentiras. Sin embargo al final, después de tanto polvo y tanto lodo, lo único que hemos recuperado ha sido una cierta claridad para poder perfilar, sin tapujos, la mediocridad moral, cívica y política en la que estamos enfangados. Ni como al héroe de Casablanca nos queda siquiera París. Incapaces somos de iniciar de nuevo el viaje a Ítaca. La única alternativa está en nosotros mismos, por eso sugiero constantemente trastear por las estanterías. Mantener un diálogo abierto, una discusión constante con todos aquellos perdedores que nos ofrece la historia. Azaña parada y fonda.
La recomendación: Iniciarse en Azaña Entiendo que no resulta fácil iniciarse en Azaña. Las Obras Completas siempre terminan siendo como lápidas marmóreas para prestigiar salones, pero complejas para acometer su lectura. A pesar de lo mucho que escribió sobre sí mismo y la consistencia de su pensamiento y sensibilidad, la traumática quiebra de la memoria española, ha mantenido a Manuel Azaña como lo definió su cuñado Cipriano Rivas Cheriff, como el desdibujado “Retrato de un desconocido”. Por tanto siempre resulta conveniente acometer su ingente obra por la que puede considerarse como su lúcido testamento literario y político. Partiendo de La velada en Benicarló (Ed. Castalia), podremos descubrir al hombre, al escritor y al político y plantearnos si realmente nos interesa ahondar en el personaje o preferimos optar por el calculado olvido al que le tienen sometido los bienpensantes de nuestro alrededor.
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29/12/2009 (12:07)
Ya apuntaba maneras Javier Lucini (Madrid, 1973) cuando hace casi una década publicó en la editorial Anaya La canción del mal amado y otras desmitologías. Una crónica sobre héroes y mitos helénicos contada a su bola. Hefesto, Hércules, Orfeo, Eurídice, Teseo, Ariadna, el Minotauro, Ulises, los Argonautas... explicados a los jóvenes con ciertas claves y un estilo peculiar para espabilar esta extraña y lánguida época que nos ha tocado vivir. Un libro que le hubiese gustado leer a Robert Graves.
Johnny Cash, el hombre de negro Años después se embarcó a la búsqueda de mitos más cercanos en el tiempo y como un Ulises de ida, que no de vuelta, peregrinó por la Norteamérica profunda, desde Chicago hasta Nashville, tras las huellas del hombre de negro. Se engolfó de tal manera con la vida y descalabros del cantante de Arkansas que lleva años tratando de poner el punto final a la ambiciosa biografía que tiene escrita sobre Johnny Cash. Mientras tanto ha traducido con exquisito gusto su autobiografía Man in Black, aquella de la que se llegaron a vender en Estados Unidos más de un millón y medio de ejemplares. Publicada por la editorial Acuarela, se acompaña de un imprescindible y tenebroso cómic, firmado al alimón por él y Joaquín Secall, titulado Anillo de fuego, un guiño a Tolkien donde se narra en imágenes una historia de pecado y redención protagonizada por el hombre que con sus canciones fue capaz de alterar a los “pacíficos" condenados a muerte de las penitenciarías de Folsom y San Quintín. En algunas ocasiones Johnny Cash alardeaba de que por sus venas corría sangre Cherokee.
Enterrad mi corazón en Wounden Knee Llevaba mucho tiempo que le tenía perdida la pista a esta especie de Jack London surgido del barrio de La Guindalera al que conocí, mecido entre canciones de Lluís Llach y Aute, hace casi los años que tiene. He rastreado sus huellas a través de las traducciones del hombre blanco que ha ido dejando por el camino: Melville, Hawthorne, Longfellow, Franklin, Emerson..., ellas de algún modo me marcaban la posible ruta por donde podía estar perdido. El criminal siempre regresa al lugar del crimen. Con toda probabilidad fue la sangre Cherokee de su mito anterior la que le devolvió de nuevo en un viaje de ida, que no de vuelta, hasta las tierras lejanas, y sobre todo frías, de Elko, Nevada y desde allí perderse después por los territorios salvajes de Little Big Horn, llegando posiblemente hasta Wounded Knee con el romántico propósito de desenterrar el hacha de guerra o al menos el del olvido. A través de la editorial Mono Azul he descubierto sus andanzas, esta vez no me las han traído las traducciones del hombre blanco, sino las del mismísimo Gerónimo, porque Javier Lucini acaba de publicar en la editorial sevillana Soy Apache, las memorias del mítico jefe piel-roja. Sé que en estos días de nuevo está en Madrid, ha cambiado el río Cheyenne por la calle de la Montera, pero me temo muy mucho que en poco tiempo se embarque de nuevo “en una de indios". Mientras tanto nos ha dejado un tocho de quinientas páginas, una especie de damero maldito en la que a través de 50 apacherías, no sólo nos describe estos últimos apasionados años, perdido en lo más profundo de su querida Norteamérica, sino que nos perfila, con su particular estilo, un infinito mosaico donde se reflejan en elaboradas teselas, los momentos y personajes de esa otra mitología que desbordó la imaginación de nuestra infancia: El mundo del indio piel-roja.
Apacherías del Salvaje Oeste La editorial Mono Azul, también le acaba de publicar Apacherías del salvaje Oeste. Difícil resulta explicar la complejidad de esta especie de Juegos Reunidos Geyper. De algún modo es como la Rayuela cortazariana en la que, en vez de rebotar por los capítulos en busca de La Maga, saltamos por las “apacherías", numeradas del uno al cincuenta, en la evocación de la magia lejana de la infancia, mientras que nos preguntamos por qué en tiempos de grisura buscábamos el salvaje atractivo de aquellos coloristas jinetes que controlaban la pradera con espejos y señales de humo. Nunca nos gustó el 7O de Caballería. Instintivamente nunca la música militar nos supo levantar, tal vez porque nuestras retinas infantiles estaban fatalmente contagiadas de tanto uniforme parduzco que sabíamos habían arrasado libertades. Como para emocionarnos con aquellos otros de terno azul que a golpe de corneta arrasaron culturas ancestrales. Este es un libro para todos los que en las matinés de su pueblo se emocionaban y saltaban en la butaca cuando atacaban Cochise o Sitting Bull. Lucini ha pretendido contarnos un viaje iniciático condimentado con las experiencias vividas, en su particular duelo en la alta sierra, pero al final le ha salido una anárquica, aunque totalizadora y peculiar enciclopedia en cuyas abundantes páginas se recogen, a modo de acogedora y libertaria reserva, las vicisitudes, mitos y ritos de todos los indios del salvaje oeste, con especial delectación en los Apaches. Un tratado antropológico sembrado de claves, donde rebosan los guiños a lecturas infinitas y a muchas horas en la oscuridad de las salas de cine, tratando de espigar entre tanta película triunfalista de los expoliadores.
La recomendación. Otras apacherías En la contraportada de su libro, Javier Lucini define Apachería como: “Acto, gesto o trazo del que se niega a ser absorbido, asimilado, amordazado o exterminado”. Su libro, como anárquica enciclopedia termina resultando una guía esencial para descubrir otras lecturas en torno a los Indios Pieles-Rojas. Desde las apasionantes novelas del alemán Karl May que solo visitó el Oeste al final de sus días, hasta la mítica Apache de Paul I. Wellman, destrozada cinematográficamente por Robert Aldrich, pasando por un clásico Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown, reeditada recientemente por la editorial Turner. Lucini nos señala asimismo al cubano José Martí y sus crónicas periodísticas sobre los indios, en aquellos tiempos en que su tierra también estaba siendo esquilmada. Las memorias de Gerónimo o las entrevistas con Alce Negro, son asimismo títulos fundamentales para ensanchar los conocimientos sobre una civilización arrasada, convertida en inofensivo reclamo turístico, pero que sin embargo el 9 de noviembre de 1969 libró su penúltima batalla tomando la abandonada isla-prisión de Alcatraz en la Bahía de San Francisco.
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18/12/2009 (10:43)
La noche de los tiempos (Ed. Seix Barral) es la última y más ambiciosa novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). Su estructura narrativa evoca de inmediato aquel Beatus Ille que escribiera a los treinta años y con la que Pere Gimferrer, desde la misma editorial, nos descubrió a este notable narrador, hasta entonces agazapado en las páginas del diario granadino Ideal y apenas conocido en los reducidos ámbitos universitarios. Años más tarde alcanzaría el Premio Planeta con El jinete polaco (decir a su favor que ha sido una de las mejores obras en la penosa historia del galardón) aunque extensa y a veces letánica narración que, precisamente por su pretendida ambición, se terminaba deslabazando en las manos del lector a causa de un complejo tejido de tramas, no resuelto con el éxito que se pretendía. Sin embargo alcanzaba momentos notables en el sincero relato autobiográfico, sobre todo con aquellas logradas imágenes de la vida campesina al pie de los olivos o el hastío de los años juveniles consumidos en los baretos del pueblo, arropados por músicas con las que soñaban proyectarse más allá de los cerros de Mágina.
Jacinto Solana, el comandante Galaz e Ignacio Abel Jacinto Solana es un ficticio autor de la generación del 27, el comandante Galaz es un militar que impidió que el cuartel de Mágina se uniera a los rebeldes franquistas, Ignacio Abel es un arquitecto socialista republicano formado en la Bauhaus gracias a una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios. En cierto modo estos personajes de Beatus Ille, El jinete polaco y La noche de los tiempos conforman un mismo hilo conductor a través del cual su autor ha tratado de construir un entramado narrativo sobre un tiempo no vivido, aunque transmitido como una leyenda. Unos sucesos trágicos, que como toda leyenda, aparecen sumergidos entre luces y sombras, entre silencios y miedos. El difícil empeño de contar, desde la ficción, la historia de la gente real que sufrió aquella época, intentando a través de la escritura desterrar las perniciosas categorías ideológicas que el tiempo ha terminado imponiendo sobre los “hunos" y los “hotros".
La ambición y el exceso Afirmaba Alejo Carpentier que el mejor modo de escribir sobre una época no vivida consistía en sumergirse en ella, empaparse, casi ahogarse en los libros de historia, en los documentos, en los testimonios y escritos de los autores de aquel tiempo para después tratar de olvidarlo todo y ponerse a escribir. Para dar credibilidad a sus palabras basta leer El siglo de las luces o El reino de este mundo. Muñoz Molina a lo largo de los últimos cuatro años se ha empeñado en culminar la novela definitoria de una tragedia no vivida. Nos consta que ha trasteado hasta en la última hoja volandera de aquellos tiempos raros para documentarse, pero se ha olvidado de olvidar. De todos modos ha logrado construir una magnífica historia que partiendo de una apasionada relación adúltera, se enreda en tramas paralelas para dar paso a un impresionante friso histórico coral de esa España que pudo ser y no fue, la de 1935-1936. Ha sabido dibujar a la perfección la serie de personajes que pueblan sus páginas. Desde el protagonista Ignacio Abel hasta el antiguo profesor de la Bauhaus, Rossman o Eutimio, el noble capataz izquierdista de Cuatro Caminos, incluso Negrín, que adquiere aquí el carácter humano que durante tiempo le negaron hasta los de su propio partido. Adela, la mujer traicionada, un claro homenaje galdosiano y Judith, la amante norteamericana que parece escapada de los cuentos de Nabokov.
De Pedro Salinas a Manuel Azaña El instinto primitivo, la lucha a garrotazos de Goya, las ideologías irreconciliables, la sempiterna lucha cainita, todo ello sobre el paisaje de una patria que se desmorona. No en vano el libro se abre con una significativa cita de Pedro Salinas: “¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?" acompañada de otro párrafo no menos contundente de Manuel Azaña que arranca así: “Veo en los sucesos de España un insulto, una rebelión contra la inteligencia, un tal desate de lo zoológico y del primitivismo incivil, que las bases de mi racionalidad se estremecen..." En estas dos citas creemos radica todo el espíritu de la novela.
El peso de la escenografía Tan ambiciosa novela adolece sin embargo de un defecto: su extensión. Las casi mil páginas contienen, aparte de su magnífica trama, todo aquello que el narrador omnisciente no ha sabido olvidar. El exceso de información, el peso de la escenografía a veces hace desmerecer el conjunto, porque tanta tramoya lastra la belleza de una prosa trabajada que se emborrona y de una historia perfectamente urdida que se desdibuja, por esa obsesión pedagógica de darnos a conocer lo que el autor ha aprendido en estos cuatro años de investigación, por tratar de enlazar artificialmente a sus personajes con todos y cada uno de los numerosos protagonistas e intelectuales de aquellos años convulsos. Sin embargo hacia la mitad, la novela remonta y adquiere la soltura necesaria, tal vez porque ya está casi todo explicado, y es entonces cuando su prosa nos engancha y emociona al encontrarnos con fragmentos vibrantes, magistrales, como, por ejemplo, el relato en paralelo del asesinato del teniente Castillo y el de Calvo Sotelo. En ciertos momentos el narrador ha sabido captar la desgarradora visión de los desastres de la guerra, con un vigor que casi roza aquellas otras páginas de Max Aub, Arturo Barea, Chaves Nogales, Paulino Massip o Joan Sales.
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10/12/2009 (11:07)
Me llamo barro aunque Miguel me llame", este verso, arrancado del inicio al poema 15 de El rayo que no cesa, dibuja con claridad los patéticos perfiles del poeta Miguel Hernández. En aquel libro, publicado por primera vez en 1936, y recuperado más tarde por la popular colección Austral en 1949, alcanzamos a descubrir, muchos de nosotros, la contundente belleza de la poesía. Tengo entrañables amigos que, como yo, aún recitan de memoria una gran parte de aquellos veintisiete sonetos endecasílabos que inflamaron de fuerza nuestra juventud. Amigos que se siguen emocionando con la elegía a Ramón Sijé cada vez que a nuestro alrededor alguien muere “...como del rayo". Uno de aquellos amigos entrañables, incluso logró conquistar a su novia enviándole versos robados al poeta de Orihuela: “Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos. / Se descubrieron mudos entre las dos miradas".
Una tragedia para no olvidar La desolada muerte de Miguel Hernández fue uno de los crímenes más horribles y crueles del franquismo. Su trágica trayectoria vital debería ser recordada como el símbolo contundente de nuestra dramática historia reciente. Al hombre que desde el primer momento luchó con toda su honradez por la libertad y por la justicia, lo dejaron literalmente pudrirse en una mísera prisión, comido por la tuberculosis. Denunciado por sus enemigos, fue detenido al final de la guerra y en la “paz victoriosa" no hubo perdón posible para él, ni siquiera la supuestamente misericordiosa iglesia católica intercedió por su redención. Después, algunos poetas y escritores de su generación –la del 36– tratarían de justificarse afirmando que fue una tragedia inevitable. Como desagravio rápidamente se empeñaron en reeditar algunos de sus poemas –por supuesto los menos comprometidos– fue así como muchos de nosotros que vivíamos protegidos, pero ciegos, con un velo de falsedad e hipocresía a nuestro alrededor, pudimos descubrir a un gran poeta que desde un arranque popular imprimía a sus elaborados versos la fuerza y la contundencia que infiere el espléndido manejo de la palabra.
Quisimos saber algo más “Tal es la mala virtud / del rayo que me rodea, / que voy a mi juventud / como la luna a la aldea". Quisimos saber algo más sobre aquel hombre desdibujado que arrancaba así un libro de poemas. “...Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía". Descubrimos que apenas le dejaron tiempo para que amarillearan los escasos retratos de su fugaz trayectoria vital. Algunas fotografías de tiempo de guerra, sobre todo aquellas dulces imágenes en Jaén, en 1937, con Josefina Manresa disfrutando con un permiso de su breve viaje de novios. Significativa también la fuerza del retrato que le hizo Buero Vallejo en la prisión de Ocaña en 1941. Desoladora la imagen del dibujo de su rostro amortajado realizado por el escultor José María Torregrosa. Quisimos ahondar en su biografía más allá de las hipócritas palabras que le dedicara José María de Cossío en el prólogo a El rayo que no cesa en la edición de Austral y con dificultad fuimos hilando algunos clarificadores datos y testimonios, aunque no todos, hasta que descubrimos la biografía escrita por José Luis Ferris. En Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, publicado por Ediciones Temas de Hoy se perfila en su magnífica integridad el poeta que se empeñaron en desdibujar los unos y los otros.
El desprecio de los otros Con textos como el de Ferris, afortunadamente la historia reciente comienza a tener pluralidad de lecturas, entrelíneas que se descuelgan, poco a poco, de los párrafos de la izquierda y la derecha y se empeñan, a modo de okupas, en emborronar unos márgenes hasta ayer impolutos. A los magníficos poetas del 27, pero señoritos al fin y al cabo, se les antojaba peculiar y folklórico este chico pobre, venido de provincias al que le endilgaron aquello de pastor de cabras. Pronto descubrirían, a su pesar, la sabiduría y formación lírica del “niño yuntero", sus dotes poéticas y su fuerza arrolladora para saber expresar los sentimientos de la gente sencilla. Poesía popular a la que aspiraban aquellos que quisieron minar su trayectoria poética: Lorca, Cernuda, Alberti... Y lo más terrible, alguno de ellos llegó a dejarlo abandonado en los difíciles momentos de la huida hacia el destierro.
Conmemora que algo te llevas En un país con escasos lectores, las instituciones que dicen preocuparse por nuestra cultura, en vez de rastrear por las bibliotecas, miran al calendario. En un país que tuvo el sueño fugaz de considerarse nuevo rico, se les ha quedado tatuada la adicción a los centenarios. Fastos para conmemorar a autores que ignoraron en vida. Tenemos hasta una Sociedad Estatal para ello. Todo pueblo que se precie también busca desaforadamente por su cuenta en los archivos locales a un poeta que llevarse a la boca y conseguir así montar su municipal tingladillo, incluida una feria popular sobre la chistorra y la cuaderna vía. Las autoridades, auténticos tetrástrofos monorrimos, seguramente serán incapaces de acercarse a una sola línea del escritor en cuestión, pero entienden que conmemorar siempre les reportará beneficios materiales, los espirituales que sigan durmiendo en las estanterías. Se acerca peligrosamente el centenario de Miguel Hernández, ya están conmemoradores y chacales tomando la calle y peleándose por el espacio. Afortunadamente las páginas del poeta permanecen en el mismo lugar del estante donde las dejarais la última vez; si no es así correr hasta vuestra biblioteca o librería más cercana antes de que los árboles no os dejen ver el bosque.
El libro recomendado. Umbrío por la pena, casi bruno Regresar al poeta, celebrar su recuerdo antes de que os lo impongan. Adentraros en las páginas de Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris (Temas de Hoy) para descubrir la fortaleza moral de un hombre abandonado a un trágico destino. Revisitar sus versos para sentir de nuevo la fuerza y la belleza de las palabras. José Luis Ferris también es el prologuista y editor de una magnífica Antología poética de Miguel Hernández publicada en Austral.
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3/12/2009 (17:01)
Las personas nos engañan y el tiempo nos desilusiona. La muerte se ríe de nuestras preocupaciones. Las ansiedades de la vida son nada". Reflexiones de semejante calado se hacía Leonardo da Vinci en pleno siglo XV; de vez en cuando, más allá de la pintura, decidía mojar los pinceles en la tinta de sus experiencias. Miguel Ángel Buonarotti también solía abandonar pinceles y cincel para esculpir sobre el papel sonetos de insólita belleza. A lo largo de la historia del arte nos topamos con infinidad de pintores que sintieron la necesidad de la escritura para desbordarse fuera de los límites de sus cuadros. Las descarnadas misivas de Goya a su íntimo amigo Martín Zapater, escandalizan tanto como la fuerza expresiva de sus grabados. Durante más de veinte años Vincent Van Gogh mantuvo una correspondencia constante con su hermano Theo; en aquellas cartas se contienen algunos de los más bellos textos literarios que jamás haya escrito un pintor. El mito del buen salvaje, la ruptura con el mundo que le condicionaba llevó a Paul Gauguin a escribir compulsivamente para tratar de explicar su búsqueda del paraíso, física y plásticamente. En Escritos de un salvaje se recopila parte de aquel esfuerzo de uno de los visionarios del arte moderno. Matisse, Léger, Mondrian, Dubuffet, Paul Klee, Kandinsky, Warhol y Hockney entre otros, también nos han legado magníficos y clarificadores textos, a modo de generosa invitación para adentrarnos en su pintura. Y entre los nuestros no podemos olvidar a Tapies ni por supuesto a Antonio Saura, autor sobre todo de aquel libelo Contra el Guernica, con el que logró provocar los más sacrosantos valores. Caso aparte merece Salvador Dalí del que siempre me han interesado más sus textos literarios que su pintura.
Literatura y pintura En 1958 Eduardo Arroyo decide marcharse a París allí conoce al italiano Antonio Recalcati y al francés Gilles Aillaud conformando un compacto y activo grupo de la Nouvelle figuration. Pintores que han destacado además como escenógrafos, manteniendo por tanto una íntima relación con el mundo del teatro y la ópera. En el caso de Arroyo llegando incluso a escribir una pieza dramática en dos actos, estrenada en Munich en 1986 con el título de Bantam, dirigida por el prestigioso director Klaus M. Grüber. Bantam es el término francés con el que se denomina en el mundo del boxeo a los pesos gallo. En la obra se cuenta la triste historia de cuatro boxeadores, ese mundo tan querido por el pintor madrileño que más tarde plasmará en otro de sus mejores textos, la vida de ‘Panamá’ Al Brown. Si tuviésemos que definir la pintura de Eduardo Arroyo tendríamos que hablar de técnicas frías, caracterizadas en la mayoría de los casos por el uso de las tintas planas para un dibujo cuidadoso, repleto de conocidas referencias icónicas. Un profundo ramalazo pop art que nos remite de modo inevitable a la prestigiosa obra del Equipo Crónica. La pintura de Arroyo posee idéntico espíritu literario que la del grupo valenciano, pero con la carga de una crítica aún más severa, desde una afilada sátira con toda probabilidad provocada por su exilio personal que esperpentiza aún más la irrealidad española de aquellos años.
Figuración narrativa Los títulos y los temas en la mayoría de los cuadros de Eduardo Arroyo son tan evidentes que resulta absurdo tratar de ahondar en su pasión y vocación literaria: Blanco White, Ganivet, James Joyce, Walter Benjamin... También sería innecesario que Arroyo tuviese que cargar de tinta sus pinceles para tratar de explicar su pintura. La figuración narrativa en la que se mueve resulta tan contundente que el espectador no requiere de lecturas auxiliares porque cada uno de sus cuadros se narra por sí solo. Sin embargo en todos estos años el pintor se ha empeñado también en escribir y nos ha dejado una serie de títulos tan sugerentes, tan variopintos y tan visuales como las obras que cuelgan de galerías y museos. El crítico e historiador de arte Francisco Calvo Serraller, trató, en 1991, de perfilar –a la manera de Flaubert– un Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo que hoy ha quedado desfasado por la actividad frenética del protagonista.
Minuta de un testamento A modo de vuelta de tuerca, amparado en ese profundo sentido literario que alberga el espíritu de Arroyo, el pintor acaba de publicar sus memorias en la editorial Taurus con un título robado al krausista Gumersindo de Azcárate (1840-1917) con el que de algún modo lleva emparentado desde el año 2000 que convive con su sobrina nieta, Isabel de Azcárate. Minuta de un testamento son unas memorias algo sui generis, un peculiar modo de continuar el esfuerzo de aquel Diccionario de 1991. En éstas páginas apenas se teoriza sobre el oficio. A pesar de lo lúgubre de su título, se trata más bien de un entretenido manual sobre el oficio de vivir. Con el espíritu libertario que siempre ha caracterizado al autor y dada su afición taurina, Arroyo no duda en ponerse al mundo por montera y afilar la pluma hasta convertirla en navaja barbera a punto de llevarse más de un cuello por delante. Rememora su infancia madrileña, su querida calle Argensola, el recuerdo admirado a su padre, perdido prematuramente, la imponente belleza y tesón de su madre, las continuas expulsiones de los colegios mas ‘chic’ y sus malas relaciones con aquella España de la cutrez sempiterna. Todo ello adobado de vez en cuando con un suculento puyazo a los valores eternos y a personajes intocables. Pinceles sumergidos en la más negra de las tintas para dejar bien definidos ciertos perfiles y algunos dudosos valores.
La recomendación: Leer a Arroyo Tres modos hay para leer a pintor tan peculiar. El primero acercarse a Museos y Galerías, sus cuadros os marcarán los renglones narrativos. El segundo trastear por los estantes de bibliotecas y librerías, os encontraréis con textos tan deliciosos como Sardinas en aceite, una especie de diario con opiniones contundentes. El trío calaveras una particular semblanza de tres de sus personajes favoritos: Goya, Benjamin y Byron y la fundamental biografía Panamá Al Brown sobre la turbulenta vida del primer boxeador hispano que alcanzó el título mundial de pesos gallo. El tercer modo de leer a Arroyo es descubrir como él ha sabido leer a Joyce, Goytisolo o Zorrilla para después ofrecernos magníficas ediciones ilustradas de sus obras.
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27/11/2009 (19:42)
Contaba Borges, en un brevísimo prólogo a los Cuentos de Julio Cortázar, que una tarde, hacia mil novecientos cuarenta y tantos: “...un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa tomada con dos ilustraciones a lápiz de Nora Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación..."
Casa tomada No sé si habréis leído el sobrecogedor relato de Casa tomada. Yo lo conservo en una edición muy particular, a gran formato, publicado por la Editorial Sudamericana, sobre una genial maqueta de Julio Ortega; toda una lección de cómo llevar un texto al papel con maestría e imaginación. Resulta sintomático que Borges descubriera a Cortázar a través de Casa tomada. Dos estilos dispares que sin embargo confluyen en un difuso punto o atmósfera bastante difícil de definir. Tal vez en el Aleph, ese punto del espacio que contiene todos los puntos y que se encuentra olvidado en un ángulo del sótano de un relato de Borges. “...el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Tal vez en Irene y su hermano, protagonistas de Casa tomada perdiendo territorio a través de las habitaciones hasta alcanzar el zaguán y más tarde la calle, tirando la llave a la alcantarilla. “...no fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada".
La complicidad de las lecturas Descubrir a Borges y a Cortázar, como encontrarse por primera vez con las páginas de Kafka, produce en el lector una atractiva complicidad que de modo irremediable deriva en peligrosa adicción. A mi generación al menos, que con lecturas conseguimos abrir los constreñidos diques que nos ocultaban el otro lado de la imaginación, se nos quedaron grabados en la memoria todos y cada uno de los momentos en que conocimos aquellos escritores que nos han marcado para siempre. A Julio Cortázar nos lo mostró, por vez primera, nuestra admirada Ana María Matute a través de un prólogo esclarecedor a La isla a mediodía y otros relatos, publicada en aquella mítica colección RTV de Salvat, que por cinco duros semanales nos abrió las puertas de la más exquisita literatura.
Receta para combatir a tanto autor fatuo Con Julio Cortázar logramos pasar al otro lado del espejo, al país de las maravillas donde la literatura se convertía en un juego, un juego de escritura cómplice, trufada de humor y sorpresas, alejada de solemnidades, de ampulosas retóricas. Éramos jóvenes y por tanto, desde el primer momento, encontramos en aquellos textos irreverentes, la apoyatura necesaria para combatir a tanto autor fatuo, solemne, muerto en vida y sobre todo: aburrido.
Siempre ahondando en el surrealismo de lo cotidiano, con unos personajes deliberadamente triviales que sin embargo acababan desbocados, a través de lo insólito, en finales sorpresivos, imprevisibles. Cortázar nos dotó de una nueva mirada, admirábamos al personaje, con esa especie de juventud perpetua. Nos afiliamos irremisiblemente al partido cortazariano y a pesar de la edad que ya vamos acarreando, aún poseemos con orgullo ese agudo sentido de la vista que nos permite vislumbrar, con un particular sentido del humor, las estupideces cotidianas de nuestro alrededor.
Cronopios y famas Siempre dando la brasa,he recomendado encarecidamente a las generaciones más jóvenes, la lectura de Cortázar y Monterroso. Tal vez desde la peligrosa evocación de mi propia juventud, sin tener en cuenta que a lo mejor sugería lecturas ya desfasadas para nuevos planteamientos vitales. Sin embargo el experimento casi nunca ha fallado y aún me encuentro con jóvenes, ya maduritos, que me recuerdan que un día lejano les recomendé a Cortázar y que desde entonces cada día se siguen topando con cronopios, famas y esperanzas. Para aquellos que aún no se han acercado al sugerente mundo cortazariano tan sólo aclarar que Los famas son unos tipos conformistas, bien adaptados a todo. Los esperanzas unos personajes inadaptados, ingenuos, que suelen llevarse todas las bofetadas. En cuanto a los cronopios, son unos seres anarquistoides, iconoclastas, imaginativos... Ahora que cada uno busque su sitio.
Papeles inesperados Con su muerte, tan estúpida como inesperada, una legión de huérfanos se extraviaron por el mundo. Habíamos perdido al personaje de las manos grandes, aquel al que se le enredaban las erres en el habla y que nos explicaba como nadie a qué sabían la notas de Thelonius Monk o Charlie Parker. Hubo unos años confusos en que parecía como si se desdibujase su figura, sin embargo la complicidad de la literatura como juego, la generosa herencia de claves que dejó en muchos de nosotros, inevitablemente hace que lo tengamos siempre tan cercano y así, cuando crecen escritores tan fatuos a nuestro alrededor, siempre nos preguntamos: ¿...y a esta rata, quién la mata? ¿...que diría papá cronopio de este bicho? Recientemente Aurora Bernárdez (una de sus viudas) y Carles Álvarez Garriga, han editado en Alfaguara un generoso regalo para la desconsolada legión de huérfanos. Con el título de Papeles inesperados, veinticinco años después de su muerte, recibimos cuatrocientas cincuenta páginas de inéditos. Se reabre el diálogo con aquel escritor que nos mostró el lado más lúdico de la literatura.
El libro recomendado: Un viaje infinito Cualquier librero que se precie es un cronopio irremisible. Él sabrá, mejor que nadie, conducirte por los estantes para presentarte al Cortázar, múltiple. Pregúntale simplemente por las Historia de cronopios y famas por Rayuela, por sus Relatos o por esos juegos reunidos atrapados bajo las cubiertas de La vuelta al día en ochenta mundos o Último round. El librero y nosotros, su legión de incondicionales, te profetizamos un viaje infinito.
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Vicente A. Serrano
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