5/03/2010 (10:50)

Como se sabe, los tiburones son animales con extraordinarias capacidades para adaptarse al entorno en el que habitan. Hace años, se encuadraba su comportamiento caracterizándolo como el de un ser semiautómata asesino; aunque los biólogos nos han enseñado su enorme complejidad, sensibilidad y capacidad de aprendizaje. ¿Son los mercados organizaciones que se parecen a tiburones sedientos de sangre en busca de cualquier presa o reaccionan (y a veces sobre-reaccionan) con extremada complejidad en busca de la pieza ideal buscando sus puntos débiles?

Al igual que estos animales, los tiburones de las finanzas son extremadamente sensibles a los cambios en el entorno y a la respuesta de sus posibles presas a los distintos acontecimientos. ¿Es la economía española una presa fácil? ¿Puede escapar de los tiburones? En primer lugar, hay una idea clave: no se puede ir contra los mercados. Es como nadar más que un tiburón. No se puede. Lo que hay que hacer es nada más que otros, léase Letonia o Grecia. Y cuando hablamos de nadar estamos refiriéndonos en este caso a la credibilidad comparativa de nuestra economía.

La credibilidad de la economía española se ha puesto en entredicho, en mi opinión, por un conjunto de factores que podemos agruparlos en dos categorías: factores externos y factores internos.

Por factores externos quiero decir aquellos que no son propios de la economía española sino que pertenecen al conjunto de área euro. La crisis griega ha servido a los mercados para testear cómo se comporta la Europa del euro, con un diseño institucional plagado de contradicciones.  Los tiburones financieros buscan estas contradicciones para ganar dinero. 

La crisis económica lo que ha señalado es a la Europa del euro como una zona monetaria sub-óptima y, por tanto, inestable.  Pese a que la crisis ha sido un fenómeno generalizado y ha tenido raíces comunes, la respuesta de las euro-economías no ha sido la misma, muestra de que el euro no sincroniza necesariamente el ciclo ni, en especial, sus secuelas más negativas: por estar en un mismo club, no nos comportamos de la misma manera ni en déficit, ni en desempleo, ni en crecimiento.

Esto es muy importante porque supone que la inexistencia de un tipo de cambio propio como mecanismo de ajuste a corto plazo para unas economías puede ser un coste muy alto: son las presas más fáciles. En ausencia de tipo de cambio, el ajuste es más doloroso y lento y se realiza, exclusivamente, sobre variables internas, algunas reales como el desempleo, el recorte en el estado del bienestar y otras nominales, como los salarios o los precios. En todo caso, no hay previsto un sistema de compensación automática (federal como en EEUU) a través de una euro-política fiscal, ni planes de rescate europeos. Ya saben que cuando hay acuerdo en la Unión, todos firmar y al final paga Alemania.

En este contexto, cada país ha de ajustarse con un apoyo institucional, compromiso y tutela de la UE. Y esto, de momento, ha distraído a los tiburones en el caso de Grecia que debe acometer importantes sacrificios.

¿Es el caso de España similar al de Grecia? En sus grandes cifras no pero sí en algunas consideraciones internas. En primer lugar, la habilidad del presidente no es precisamente nuestra mejor fuente de credibilidad. La única vez que aparece en Davos consigue sentarse con Grecia y Letonia, formando parte de los alumnos mediocres a los que el profesor (léase Trichet) les conmina a cambiar de actitud.

En segundo lugar, la propia gestión de la crisis permite realizar algún paralelismo. No digo que en el pasado los datos de la economía española se hayan maquillado como en el caso griego, sino que siempre se ha ocultado la gravedad del problema. Primero, negándolo, luego culpando a los especuladores norteamericanos (con una gestión de la crisis puramente ideológica) y luego buscando brotes verdes donde no hay, en busca del guiño mediático. Y mientras tanto record en desempleo y en el deterioro nunca visto de las cuentas públicas.

Todavía hoy día no se habla de que la economía española ha de enfrentar un serio problema de competitividad, de productividad y de fuerte endeudamiento, que además financiamos en cantidades que rondan el 170% del PIB en mercados internacionales. Por no hablar de los cuatro millones de desempleados. Esto no se dice.

Crecer con fuerte endeudamiento es adelantar al presente crecimiento del futuro, sobre todo si este endeudamiento no ha servido para mejorar nuestra estructura productiva, como prueban nuestras cifras de desempleo. Esto los mercados lo saben y valoran que el futuro de España es más negro que el del resto, que tardará más en salir y lo hará con menor impulso.

La inacción es otro de los factores que no generan confianza. Quizá es el factor más importante. Dice el profesor Torrero que el euro era un error inevitable (véase su texto en www.iaes.es). En el pasado, la economía española siempre ha salido de las crisis devaluando su moneda pero, en esta ocasión, esto no es posible. ¿Está preparada la economía española para otros sacrificios? ¿Se articularán políticas para recuperar la competitividad (costes empresariales y precios), reducir el gasto público y mejorar el entorno de las empresas y el empleo?  ¿Existe esta determinación?

 Los mercados intentan responder a estas consideraciones continuamente. Juzgan a las economías no tanto por lo que son  sino por lo que van a ser. Fijarse en que nuestra deuda pública es baja comparativamente para justificar nuestra fortaleza no es útil. El euro es un club muy selecto. Exige que los ajustes se encaren con decisión y firmeza.
En estos días se habla de la necesaria reforma laboral que ya indicaba el Banco de España dos años atrás. Se lanza un globo sonda sobre pensiones que luego se retira de un documento oficial. Se proponen medidas de recorte del gasto público que parecen increíbles… y se siguen justificando nuestros problemas por conspiraciones internacionales.

Esto no nos ayuda a ganar credibilidad…. y mientras tanto, los tiburones siguen acechando, esperando a que el nivel de nuestras contradicciones económicas sea tan grande que los ajustes sean inevitables. Entonces, encararán la presa y haciendo leña del árbol caído, contribuirán a que se produzcan de una manera más súbita y, posiblemente más dolorosa para todos.

4/02/2010 (11:00)

El viernes pasado coincidieron en el tiempo dos noticias económicas importantes: la propuesta de reforma del Gobierno para garantizar las pensiones del futuro y la situación del mercado de trabajo en España, conocida gracias a la Encuesta de Población Activa del último trimestre. Parece que un documento de reflexión con un horizonte de largo plazo no casa bien con una noticia que ofrece la pobre coyuntura del desempleo en el cuatro trimestre del año. Pero todo depende, como diría un economista. 


Es cierto que las pautas demográficas en Europa y, especialmente en España nos urgen a encarar, más pronto que tarde, el reto del envejecimiento.  Es cierto que el aumento de la esperanza de vida y las reducciones muy significativas de las tasas de natalidad han supuesto que las pirámides de población dejen de ser eso, pirámides, para estar cada vez más erosionadas por la base y ensanchadas en su parte central.


Lo anterior ha supuesto que los sistemas de pensiones se vean presionados financieramente, en la medida en que los dependientes aumentan en relación con los cotizantes. Y esto no es sólo relevante en los sistemas de reparto, como el nuestro, sino también en un sistema de capitalización, aunque en nuestro caso quizá tengamos mayores urgencias.


La solución que se ha conocido estos días supone bajar ya las pensiones. ¿Cómo? Aumentando el cómputo de los años necesarios para calibrar la pensión y retrasando la edad de jubilación legal.  ¿Es esta la solución? Si lo es, en todo caso, es parcial.
Aumentar los años (para incluirlos todos) acerca el valor de la pensión a su valor actuarial generando menores presiones para las generaciones futuras (es asimilarlo más al sistema de capitalización). Retrasar la edad de jubilación, podría suponer también un cierto reequilibrio si, en media, todos los jubilamos más tarde. Pero la realidad hace que esta medida parezca un brindis al sol.  La edad media efectiva de jubilación en España está en los sesenta y tres años, dos menos que la legal. 


Y esto me sirve para ligar el problema de las pensiones con el del mercado de trabajo.
Los cuatro millones de parados existentes no cotizan para su pensión y esto es especialmente significativo para aquellos que son parados de larga duración (que han crecido más del 80% en este último año). Se puede argumentar que esto es fruto de una crisis pasajera (todo pasa y todo llega, dice el poeta) pero lo que tiene raíces profundas en España es un mercado de trabajo claramente dualizado y con tasas de actividad bajas. 


La tasa de actividad (personas trabajando o en búsqueda de trabajo en relación con la población) es del 59%, es decir hay 41 personas que existen que nacieron en su momento que no están activas. Entre los mayores de 55 años, 79 personas no están activas, no aportan a la producción, ni generan derechos. Este dato es el reflejo de los ajustes productivos que recaen sobre la población de más edad, por el lado del empleo. Y esto es un problema social grave, no sólo por la presión para el sistema público sino porque es un desperdicio de talento, conocimiento y trabajo que no nos podemos permitir.


Entre los más jóvenes, el panorama laboral tampoco es muy alentador. Entre los menores de 25, sólo 47 personas están activas. Se podrá decir que muchos se están formando pero esta falta de actividad supone que serán pensionistas con pobres pensiones (no tendrán tiempo para cotizar lo suficiente) si se incorporan tarde al mercado, muchas veces de forma irregular y después la crisis de turno les pre-jubila a los 55 años.  Los cálculos no dan.


Volvamos a los aspectos demográficos. ¿Realmente es un problema de nacimientos?  Sí y no. La primera cuestión es obvia: si no hay trabajadores no hay contribuyentes a las pensiones (nótese que digo contribuyentes que no cotizantes porque parte de las pensiones se podrían pagar con impuestos).  Aquí, de nuevo la EPA nos muestra algunas señales de alarma. La tasa de paro entre los jóvenes (menores de 25 años) es casi del 40%. 


Con estos datos, el problema de las pensiones del futuro no es una falta de jóvenes es de falta de empleo y de empleo cualificado. Tenemos a casi 60 jóvenes que existen, que nacieron es su día y quieren trabajar y no encuentran trabajo.  Ahí está la clave.


Sin trabajo y sin perspectivas, es difícil la emancipación y la formación de una familia y, consecuentemente, el planteamiento de la maternidad y paternidad.


Por todo ello, señores políticos, cuando hablen de las pensiones piensen en todo. No es una cuestión de envejecimiento sólo. Es una cuestión de empleo para España especialmente. Hablen del mercado de trabajo también y, aunque parezca poco progre, hablen de la familia. Todo depende.


Y no estoy pensando en el concepto conservador de familia (biparental, numerosa y de misa de domingo), respetable por otra parte. Hablo de los nuevos retos de las nuevas familias. Muchas monoparentales, que se forman con cierto retraso, que quieren tener hijos pero que no lo ven claro. Ellas necesitan no los 2.500 euros. Necesitan que se hable de las dificultades al acceso de un primer empleo, de la educación de 0 a 3 años de calidad, de las medidas serias de conciliación, etc. Es necesario reconocer  y apoyar a la familia como la institución básica para la generación de oportunidades para las personas.
Si no encaramos esto, dentro de unos años tendremos que hablar de los pensionistas ‘ni-ni’ y de las nuevas formas de pobreza.

16/11/2009 (16:59)

Parece empaquetado el proyecto de ley de Presupuestos en el Congreso de los Diputados. Después de las enmiendas y los gastos extras para favorecer el acuerdo, falta el trámite del Senado. En otro artículo anterior, analizamos el ante-proyecto por lo que me permitirán centrarme n esta ocasión en alguno de los aspectos más sobresalientes: la subida del IVA y algunas modificaciones relativas a los gastos o beneficios fiscales.

Tres buenas razones pueden argumentarse para proponer una subida del IVA como la contemplada. En primer lugar, su neutralidad con respecto a nuestra maltrecha competitividad exterior. En segundo término, su potencia recaudatoria aunque esto sólo será cierto a medio plazo. Y finalmente, su limitado impacto en el corto plazo sobre la inflación, debido a nuestro débil pulso del consumo privado.

Sin embargo, también hay algunos motivos importantes para la crítica. En primer lugar, su impacto negativo a corto plazo sobre el empleo vía aumento de la brecha fiscal. Si el aumento de los costes derivados de la subida no su pueden trasladar a los precios o bien si como consecuencia de un traslado parcial se reduce la demanda, por ambas vías, los resultados empresariales se resentirán y, consecuentemente, el empleo. Segundo, porque también a corto, la recaudación no será la esperada por el ya mencionado escaso crecimiento del gasto privado, lo que resta eficacia a la medida propuesta. Pero, quizá lo más importante es su carácter regresivo. Un impuesto sobre el consumo grava más proporcionalmente a las rentas más bajas, lo que supone que los gastos sociales los financian básicamente los trabajadores con su consumo.

¿Por qué se ha hecho entonces? Creo que las razones son básicamente tres. Primero, para evitar un debate sobre los recortes de los gastos. Segundo, por su potente efecto a medio plazo sobre la recaudación y tercero para dar una señal externa de compromiso con el proceso de consolidación fiscal, especialmente necesario ante la UE.

Pero, ¿no es contradictorio con el discurso progresista? Sí y no. Aquí es donde entran en juego las modificaciones relativas a los gastos o beneficios fiscales. La reducción selectiva de los 400 euros parece ser un guiño a las clases más bajas complementado por el importante gol marcado al mundo del fútbol.

Como saben, la consideración de no residentes de algunos galácticos les permite declarar a tipos de gravamen del 24 por 100. Esto se ha cambiado parcialmente como un guiño claro a la izquierda y, de paso, ha supuesto realizar un buen regate para evitar el debate sobre la subida regresiva en el IVA y su impacto sobre el crecimiento de la economía española, que el BBVA cifra en medio punto del PIB.

Es una hermosa jugada de distracción que tiene como objetivo eso, pensar en otros términos. Vender como progresivo y progresista la corrección de un error ajeno y tapar con ello un error propio. Así son los juegos de distracción. Es como poner "sexo" en el título de este artículo. Al final no hemos hablado nada de ello pero esto ha hecho que muchos lectores se interesen por él. Perdón por la broma y el juicio de intenciones.

21/10/2009 (13:59)

Como cada octubre, la plana mayor del Ministerio de Economía aparece en el Congreso antes en furgoneta ahora con un pen-drive y el librito amarillo, con los Presupuestos Generales del Estado. Para el año que viene, el ejercicio de presupuestación es especialmente complicado. Y lo es porque si bien siempre es difícil cuadrar el círculo de ingresos y gastos en situaciones de crisis económica, hay que añadir los malabares que hay que hacer para reflejar "los mensajes políticos" de nuestro cándido Presidente (o Cándido presidente no estoy seguro cómo se escribe). Vamos, que en lugar de unos presupuesto parecen la última entrega de Harry Potter no por lo entretenidos que son sino porque contienen una buena dosis de magia.

Según la presentación del texto por parte del Gobierno, los Presupuestos contienen cuatro pre-supuestos esenciales: austeridad, son sociales, priorizan el cambio de modelo y reequilibran las cuentas públicas. Mis comentarios girarán en adelante sobre estas cuatro líneas básicas.

Son austeros. Necesariamente han de ser austeros los presupuestos de 2010 porque todo el margen que teníamos en ejercicios pasados se ha esfumado por arte de magia (de nuevo Potter). España es el país que más rápido ha dilapidado la herencia del abuelo (ciclo alcista) en políticas dudosas y desde luego con un estímulo muy limitado. Los anteriores presupuestos preveían un déficit del 1.9% por PIB y ya estamos en una previsión del 9.5% que puede verse superada. La pretendida austeridad es, por una parte cosmética y, por otra contraproducente. Lo primero porque no es fruto de un plan de recorte del gasto público de todas las administraciones (las periféricas especialmente). Y contraproducente porque hay recortes que pueden afectar al crecimiento a largo plazo (léase investigación).

Son sociales. Efectivamente, las partidas de desempleo, pensiones y dependencia, especialmente las primeras, crecen de manera importante. Aquí se nota que la sombra del Cándido presidente es alargada. Pero es necesario reconocer que a largo plazo todas estas partidas son sólo sostenibles si hay empleo. Si  el desempleo aumenta, como así está presupuestado y se mantiene en niveles tan elevados llegará un momento en que nos veamos en la necesidad de recortar y entonces, sufrirán los de siempre. No son unos presupuestos sociales por el empleo, son sociales por lo de asistenciales.

Priorizan un cambio de modelo productivo. Como saben nuestros lectores, de cada euro, casi 52 céntimos se dedican al llamado gasto social frente a poco más de 6 en gasto productivo englobado en infraestructuras, educación e investigación, cifra esta última que es de un orden de magnitud similar a lo que nos cuesta pagar lo que debemos (deuda pública). Pues también en estas partidas hay magia porque no cuadra lo que se dice con lo que está escrito. No sabemos qué modelo queremos pero desde luego las señales que manda el gobierno a través del presupuesto valen para poco.

La investigación se recorta, en educación no se avanza nada y además se propone un pacto de Estado absolutamente necesario pero después de presentar los presupuestos. Nunca es tarde si la dicha es buena pero el cambio de modelo a coste cero es imposible.

Y finalmente, se dice que las infraestructuras no van a pararse gracias a que son "el mantra" del cambio de modelo. Pero estamos asistiendo a un pulso estos días del ministro de Fomento con Economía por desarrollar un plan de 15.000 millones, en una suerte de lucha de David contra Goliat (qué casualidad bíblica, David en Fomento).


Cuidado con las infraestructuras, no son el bálsamo de fierabrás.  Su impacto sobre la productividad global existe pero la rentabilidad social presenta claros rendimientos decrecientes. Por reducción al absurdo, cuando España esté absolutamente conectada por cemento o alta velocidad no seremos más productivos necesariamente, llegaremos antes a casa por Navidad.

Hay que reconocer que el cambio de modelo ha de liderarlo la empresa que es la que genera la mayor parte del valor y el empleo. Y el valor reside básicamente en los intangibles: calidad, variedad, diferenciación, comercialización, etc. Y esto requiere inputs cada vez más preparados (de nuevo educación, educación, educación) y también más y mejores empresas. Por ahí se inicia el cambio de modelo y sus frutos inciertos se verán a medio plazo.

La última característica de los mismos es que reequilibran las cuentas públicas. No sé qué se entiende por re-equilibrio pero desde luego el cuadro macroeconómico presentado no parece que esté en consonancia con esta afirmación. En primer lugar, la previsión de ingresos si atendemos a la caída de 2009 es cuando poco optimista y desde luego, las perspectiva de los ingresos vía impuestos indirectos por la subida del IVA es más que eso.

En términos macroeconómicos, la recaudación de un impuesto sobre el consumo depende de la renta disponible y esta a su vez del empleo. Los hogares deciden consumir una parte de su renta (a otra la dedican al ahorro en forma espectacularmente creciente en estos momentos) digamos un 80%, impuestos incluidos. Si no sobrepasan ese límite y las rentas no crecen (como ocurre) la recaudación no tiene porqué hacerlo sin lesionar a un tercero: el vendedor, que tendría que bajar precios. Es decir, una subida de impuestos en un contexto como el actual hunde los ingresos empresariales por el consumo de los hogares y aumenta la recaudación aunque puede que levemente porque los individuos consumen una cantidad tope IVA incluido y, también, por los incentivos a la evasión que se acrecientan con la subida. Y, en todo caso, existe un claro riesgo de lastrar la recuperación.

Por el lado de los gastos, como hemos dicho antes, el recorte del consumo público es bastante modesto y desde luego, se ha centrado en los Ministerios. ¿Nadie se acuerda del conejo que sacó de la chistera el presidente para la financiación autonómica? Eso también es gasto público. Un sistema fuertemente descentralizado pero con débiles estructuras de corresponsabilidad fiscal dificulta enormemente cualquier política de consolidación.

Pero además, tenemos otro gasto diferido que es una amenaza creciente: el pago de la deuda pública. Su crecimiento ha sido espectacular y esto cierra enormemente nuestros márgenes para el futuro por varios motivos. Primero, porque su capacidad de crecimiento hace absolutamente increíble el objetivo propuesto de estar cerca del 3% en 2012 (para mí pasar del 9 a 7% es acercarse no estar cerca). Segundo, porque hay que dedicar cada vez más recursos a su pago. Ahora es un 6,3% del presupuesto pero dado el crecimiento y la prima de riesgo-país, el servicio de la deuda será, con toda probabilidad, creciente. Tercero, porque cuando los motores europeos despeguen los tipos tenderán a subir y se nos agravará el problema. Y, finalmente, porque la deuda ya nos está expulsando la financiación privada. En un contexto de incertidumbre y necesidad de liquidez, comprar deuda es lo más seguro para el sistema financiero y el sector privado que espere.

En definitiva, estos presupuestos de un Estado laico parece más un acto de fe con santísimas trinidades incluidas (social-pobreza-desempleo) que un ejercicio para sacarnos de la crisis. Tendrían que haber sido un instrumento de la hoja de ruta. Esperemos que lo peor de la recesión haya pasado pero esto no significa que ahora venga lo mejor: hemos de salir a flote. Si nos quedamos mucho tiempo en el fondo de la piscina, nos ahogamos igual.

 
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Rubén Garrido


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