Juan Soler dijo una tontería, por exceso de testosterona verbal, que escondía algún detalle para la reflexión. Obviamente se puede ser alcalde de Madrid, o de Alcalá, y presidente regional o del Gobierno nacional asentado en la capital, con cualquier acento: a TrinidadJiménez le adornan no pocos defectos políticos, resumidos en su insoportable levedad dialéctica y en la flagrante liviandad de principios que se intuye detrás de ella.
Su acento, en fin, no está entre los obstáculos insalvables que tal vez si se encuentre cuando el elector, desmemoriado pero no tanto, recuerde que básicamente es una ministra destacada de un mal Gobierno para el conjunto de España y horroroso para Madrid (la inversión del sexenio en la región ha bajado un 30% casi; en Cataluña y Andalucía ha subido un 60%) al que sólo hace bueno la indolencia perezosa del opositor; la gestora del dispendio sanitario en una gripe A inexistente y, sobre todo, la candidata que ya cacareó su discurso de compromiso con Madrid cuando intentó ser alcaldesa... y se marchó a latitudes más cálidas a la primera que pudo.
En Madrid, pues, no se castigan ceceos ni seseos, y el andalucismo costumbrista de Álvarez del Manzano mezclado con su neocasticismo alcanforado es la mejor prueba de que hasta se puede ganar si, además de hablar en sevillano, se gobierna lo suficientemente mal con la suficientemente ancha sonrisa en el viaje.
Darle importancia al exceso del diputado del PP es tan ridículo como, salvando las distancias, apresarurarse tras el 11-M a visualizar la concordia de los madrileños con la comunidad islámica, tal y como hizo el mismo Gallardónque a la vez quería lejos a alcalaínos y cosladeños no fuera que algún otro alcalde le robara el papel de Giuliani en la función.
Oigan, que aquí nadie estigmatiza a nadie por cómo habla ni nadie, tampoco, se amotinó en las mezquitas para pasar la factura del horror de unos majaderos al resto de civilizados musulmanes que también se entristecieron por el atentado. Pero la foto y la pose tolerante siempre son tentadoras; como sugerente la polémica barata para tapar con ruido de traca la ausencia de una idea de enjundia a exponer.
Trinidad Jiménez: la voz de armónica desafinada y el seseo andaluz son gráciles y pueden darle votos. Discutir si Madrid es 'acentófoba' es lamentable. En este vídeo hay una discusión con más tildes: ese mismo acento debe disimularse e imponerse para gobernar no muy lejos en un lugar no muy distinto.
El ruido intestinal mitiga, al fin, la posibilidad de discutir razonablemente sobre dónde sí importan los acentos: en Madrid se puede ser casi de todo aunque no se le entienda a uno casi de nada, pero en otras tierras no tan lejanas es imposible entender incluso al profesor si no conjugas perfectamente la noble pero ignota lengua autóctona.
En otras palabras, Trinidad Jiménez no será presidenta por su acento ni su timbre de voz, similar al de un gato atropellado por un camión de la basura; pero el único que hablaba parecido a ella en Cataluña tiene que hacer cada día un enorme esfuerzo por disimular su espléndido origen cordobés. Pero del Islam, por supuesto, sólo se habla en Madrid.
Nadie en su sano juicio discute la falta de democracia interna en los partidos políticos; la subordinación del mérito y la capacidad a la servidumbre; la acumulación de poder por unos pocos con alma de cortijo; la anulación del debate y su sustitución por el seguidismo más atroz y, como remate de todo ello, la profesionalización de un empeño necesariamente vocacional.
El militante con aspiraciones de hoy es una especie de pretoriano sordomudo del César que intenta vivir de su carné desde muy temprana edad hasta muy tardía jubilación, y sabe, sin haber leído a Darwin, que la supervivencia de cualquier animal pasa por la correcta adapatación al medio: levantar el brazo a tiempo, inclinar la cabeza al paso del palio y cacarear el eslogan de turno renunciando voluntariamente a activar la conexión entre la electricidad de la neurona y la riqueza del riego sanguíneo es suficiente, por lo general, para garantizarse una larga carrera en el establo elegido.
Por eso los mejores no militan, agudizándose con ello un problema sonrojante: quienes tienen reconocida la potestad constitucional de representar al ciudadano y tutelar la democracia son incapaces, paradójicamente, de ejercerla con decoro en sus propias organizaciones, convertidas en sectas ovinas inequívocamente inspiradas en la ínclita novela de Orwell.
La resistencia a imponer, reconocer o renovar las listas abiertas, los diputadoscomarcales, la Ley Electoral, las Primarias, los censos activos de simpatizantes, la financiación transparente y tantos otros mecanismos elementales de apertura real de los partidos se está llevando por delante su imagen, su credibilidad y su asentamiento en el credo democrático de una generación inmensa de jóvenes que, simplemente, no creen en ello: la combinación de este escepticismo endémico con una crisis transversal y duradera promete, a medio plazo, una crisis intensa de la propia democracia en el sentido clásico y sugiere, sin necesidad de incurrir en el apocalipsis, una tensión social incipiente. De la que ya mismo empiezan a sacar partido, en media Europa, formaciones y movimientos que beben en ese desapego, lo mezclan con la demagogia y lo transforman en ese viejo conocido del Continente que es el fascismo populista.
Las Primarias del PSOE podrían ser un antídoto, siquiera testimonial, de la lúgubre fotografía de la política patria, pero en realidad están siendo su confirmación. El espectáculo que ofrece un Tomás Gómez capaz de decir o sugerir maldades de una ministra y un presidente de su propio partido al que antes cobijó en todo y para todo con tal de ganarse un sillón, sólo es igualado por el espectáculo que ofrecen sus rivales para evitar su candidatura: entre la rebelión egoísta, sustentada en la imposibilidad de encontrar acomodo laboral a los cientos de personas que necesitan de Gómez en el machito (hasta 3.000 cargos públicos dependen del PSM); y el asalto caciquil de Trinidad Jiménez vía Zapatero; queda la sensación de que la democracia interna es sólo un arma arrojadiza a utilizar cuando el apaño de siempre falla.
Que Tomás Gómez se presente como muro de contención al Zapatero que ha apoyado en todo, con un silencio cómplice en casos tan flagrantes como el atropello a la Comunidad de Madrid (los cero euros en inversión nueva en ocho años son un hecho; tanto como que la inversión per cápita en Madrid es la mitad que en Cataluña y Andalucía) o la impresentable gestión de la crisis, provoca un sonrojo integral.
Que Trinidad Jiménez, la chica de los recados bien pagados de su patrón, pretenda erigirse en la gran esperanza de una política autónomica que abandonó y afirme sin temblar que ha decidido presentarse sin instrucciones ni padrinazgos de nadie, produce intensos sarpullidos.
En la línea de esa Comunidad Valenciana que sigue aplaudiendo a Camps pese a tener el traje perdido de bigotes, o en la de un Rajoy que llegó donde llegó ungido digitalmente por el Tiberio que precedió al actual Augusto; las Primarias del PSM son el clímax de la degradación y el oportunismo instalados en la política española.
Porque si alguien creyera de verdad en los partidos, en los militantes y en los seguidores, a derecha e izquierda; si alguien creyera sinceramente en la necesidad de abrirlos, desrratizarlos y perderlos un poco para que los ganemos todos mucho... ¿cómo es que no existe aún ni una mísera propuesta de ley para imponer a todos, sin excepción ni condiciones, un corpus legal que les obligue de verdad a someterse a la democracia de la que viven?
Hay una confusión endémica en España entre fama y prestigio, tal vez porque antaño la primera jamás se lograba sin tener lo segundo: era una consecuencia, razonable, de haber hecho algo bueno, importante y necesario para el resto. Ahora basta una sobreexposición hueca en los medios para obtener inmediatamente el rédito que solía llevar una vida y requerir de habilidades en la medicina, la literatura, la música o la gastronomía.
Tomás Gómez ha entendido esa parte del juego, pero no termina de comprender para qué sirve: a Belén Esteban, o a cualquiera de los degradantes gaznápiros que puebla el estercolero patrio, les da la nada desdeñable y muy meritoria oportunidad de encarnar una versión rotondera de Príncipe y Mendigo durante el resto de una vida cubierta ya de oro; pero a un político no le basta para ganarse el derecho a gestionar los sueños de los mortales.
Ir a La Noria, pedir un insólito debate con quien dice coincidir en todo menos en el fondo de armario o presentarse en el concierto de Joaquín Sabina en Alcalá consagra la confusión de roles y virtudes para el cargo: una cosa es la democracia interna, tan plausible con necesariamente íntima, y otra convertirla en un bálsamo de fierabrás para tapar las carencias, colapsar el tiempo de trabajo en otros frentes y, finalmente, ocupar en estas lides al conjunto de los socialistas madrileños, tantos de ellos remunerados por funciones públicas que tienen abandonadas.
Esta imagen del diario Público dibuja la esencia de las Primarias: la vista de cada uno en el mismo sitio. Si sonlo mismo y quieren lo mismo, la demoscopia tiene su peso
A este paso, más que un ejercicio de sana pugna interna, vamos a vivir los engolados, tensos y mortalmente aburridos preparativos de un banquete nupcial con dos familias enfrentadas por el vino para acompañar la carne: a los novios les interesará mucho, pero los invitados sólo quieren sentarse, comer, que no les salga muy caro y llegar pronto a casa.
Posdata. Sigo pensando que Gómez se lo merece más que Trinidad Jiménez, paracaidista con currículo de huidas a mitad de partido. Pero no es menos cierto que el flamante famoso hace lo imposible por tirar de espaldas: ahora se le conoce más, pero debiera pensarse un poco si no era mejor lo de antes.
Es evidente que Aznar hace abdominales, pero en su particular gimnasio debe haber también una máquina para ejercitar las ingles: lo normal es estar fofo a los 60 y cachas a los 25, pero con este presidente ocurre, en el ámbito anatómico, como con Vestringe en el político: hacen el camino al revés, zarandeando la lógica o sorprendiendo al destino para solaz de sus seguidores y espanto de sus enemigos, ambos de epidermis sensible.
El mismo día en que nuestro hombre emulaba a Don Pelayo pasado por Coronel Tapioca, Obama sacaba las tropas de Irakcon dos semanas de adelanto, ofreciendo con el gesto una sabia respuesta al ex presidente español: esto de la política no es una cuestión de huevos, aunque sin ellos tampoco se vaya demasiado lejos.
Aznar, supongo: el explorador más aguerrido vuelve de nuevo
Centrarse en el líder del PP, que lo sigue siendo por la pavorosa pereza de un sucesor que se toma su papel con la parsimonia laboral de un funcionario de carrera de los viejos tiempos, es no obstante un recurso de trileros: nada hubiera llamado la atención de su gesto machuno de no ser por la enésima demostración de luminiscencia política de sus álter ego.
Porque ir a Melilla, ciudad española repleta de españoles, cuando cuatro pelagatos patrocinados por el Rey de allá pretenden reventarla, debiera ser en este orden una obligación elemental de Zapatero y, si él no puede o no sabe, a continuación del aspirante a sucederle, más conocido ya por Ra-joy-no, y mañana tampoco.
Zapatero no era presidente, pero ya prometía: aquí le 'fotografiaron' con
el Rey de Marruecos con un mapa que sacaba a Ceuta y Melilla de España: claro que era un montaje, aunque la verdadera no fue mucho mejor
Ninguna razón de diplomacia fina, geoestrategia o equlibrio regional da para justificar la mormónica política internacional que se sigue con Marruecos, muy en la línea de la aplicada con tanto éxito con los nacionalismos periféricos: para que no se molesten, mostrémosles el trasero genuflexo. Treinta años después, nadie puede decir que por dar el culo no hayan querido el resto del alma.
Entre Chuck Norris, Míster Bean y Tristón, así cojea la cosa. Uno para cuando hay hostias, el otro para cuando quieran reírse y el último para entre medias o recoger la vajilla. Obama bien, gracias.
Hay algo insoportable, en la política: no tanto el error, humano o animal, cuanto la mentira, porcina siempre. Pocos políticos roban a pesar de la mala fama, pero menos aún dicen la verdad, en esa versión imperfecta pero decente que nace de la honestidad: les pasa con el engaño un poco como al protagonista de Días de radio de Woody Allen con la violencia. "Mis padres no solían pegarme; sólo lo hicieron una vez: empezaron en febrero de 1940 y terminaron en marzo de 1943".
Blanco dice que hay que subir los impuestos, ahora, pero arguye que es para equiparar los servicios españoles con los del resto de Europa. Y no boquea ni tose ni carraspea. Trinidad Jiménez se presenta a las Primarias jurando por Snoopy que lo ha decidido ella sola, aunque todo el mundo vea la mano de Zapatero por debajo de la camiseta y escuche nítidamente el ejercicio de ventriloquia.
Rajoy se marcha de vacaciones un mes y se graba a sí mismo sin cinturón afirmando, sin parpadeo, que va a estar trabajando como un mulo de carga, entre frutos de las rías gallegas, siestas de dos horas y reuniones incesantes con cefalópodos cocidos en tres sustos.
Para encontrar un político sincero hay que esperar que se deje abierto un micrófono, se calce tres copas de vino o le pillen en la boda de la niña: torpes, bebidos y de fiesta, así les queremos, pues.
Posdata. El Mundo publicaba el domingo la inenarrable vida deportiva de Tomás Gómez: cuatro veces por semana dedica 105 minutos al gimnasio. Además nada y monta en bicicleta. Dice dormir sólo cuatro horas por noche, pero todas las actividades citadas son diurnas. La pregunta no puede ser otra: Oiga, ¿y usted cuándo trabaja?
El célebre monólogo de Allen en Annie Hall, mirando a la cámara, sin cinturón
1.- Después de tres años en la secretaría general, Gómez se merece encabezar al partido que ha dirigido con más ganas que tino, con más dedicación que talento y con más convicción que criterio.
2.- Después de tres años en la secretaría general, se merece también perder las Elecciones Autonómicas, entender que la bronca gratuita no vende en Madrid y articular una alternativa decente y sensata que, sin maniqueísmos de salón, pueda alcanzar el Gobierno cuatro años después.
3.- Su rival es una mandada de un líder caprichoso que si de verdad creyera en la democracia interna, la impondría oficialmente en su partido primero y después a todos los demás en el Parlamento.
4.- Trinidad Jiménez sólo tiene un antecedente en Madrid: perdió y se fue, tras disimular una temporada que le gustaba su puesto. En contraste con Fernando Morán o Miguel Sebastián o Enrique Barón puede presumir de permanencia con ellos, pero no con los ciudadanos que la votaron para estar cuatro años, aprender y volver a intentarlo. Les dejó tirados, sin más.
5.- Zapatero tiene que pagar alguna vez las copas que se bebe: lleva enredando en Madrid, sin saberlo, desde antes de llegar él mismo a la secretaría general: los balbasesque tanto le ayudaron a ganarle él a Bono son los mismos que echaron a Leguina en favor de Morán y trituraron a Simancas con el 'tamayazo', vendido como una operación del PP cuando en realidad fue el clímax de la vida subterránea del PSOE.
6.- Cuando se vale para todo, no se sirve para nada. De Trinidad Jiménez sólo consta su disposición a hacer lo que le pida el jefe, a dejarlo con la misma celeridad y a coordinar horrorosamente mal el único asunto del que paradójicamente presume: hubiera sido muy brillante su gestión de la Gripe A de haber existido, pero viendo la desproporción existente entre el inmenso gasto público en medicamentos inútiles, la miríada de mensajes amenazantes a la ciudadanía y el levísimo impacto final de la enfermedad, sólo cabe calificarla de temeraria.
7.- Tomás Gómez no creía en los 'compañeros' del PSM, tampoco en las Primarias y menos aún en la democracia interna cuando llegó impuesto por quien ahora le quiere echar. Pero a fuer de estar, equivocarse con infinita torpeza y recibir palos algo ha aprendido: si alguien tiene que ponerle en su sitio, deben ser sus militantes y a continuación los electores, que han invertido en él tiempo y sufrimientos.
8.- Tomás Gómez se ha tirado toda la legislatura aplaudiendo con las orejas a un Gobierno que, más allá de la sobreactuación interesada del PP, ha sido sectario, injusto y agresivo con la Comunidad de Madrid. Sólo se ha atrevido a contradecirle cuando ha visto peligrar su futuro personal, pero esa impronta ya es indeleble: en adelante, si no gobierna o si lo hace, antepondrá con mayor facilidad sus obligaciones con los ciudadanos que sus peajes con Ferraz cuando haga falta su apoyo para algo tan elemental como que los madrileños no sean peor tratados que andaluces o catalanes por el signo de su voto.
9.- Una victoria de Jiménez desarticulará al PSM de nuevo, restando a los madrileños una herramienta esencial de la democracia: un Gobierno competente necesita una oposición presentable para estimularse a sí mismo, sentirse observado y no bajar la guardia.
10.- La ministra de Sanidad no se presenta para defender las expectativas de los madrileños a los que abandonó, sino para tutelar los intereses de un Zapatero en caída libre y, tal vez, intentar controlar una federación clave cuando se tenga que discutir la sucesión del hoy presidente del Gobierno al frente del PSOE.
11.- Las encuestas no son un método infalible para escoger a los candidatos. Y si lo son, han de serlo para todos: hay que tener el cuajo de Zapatero para pedirle a Gómez que deje paso cuando él aparece en todos los sondeos, incluyendo los del CIS, en los sótanos de credibilidad, apoyo popular y expectativas de voto... y ni se plantea marcharse, adelantar elecciones o dimitir en favor de un compañero.
El PSOE, en fin, oscila entre lo malo mejorable y conocido y lo horrible trillado y caciquil. Entre Málaga y Malagón, mejor lo segundo: quizá no pueda ganar ninguno, pero al menos uno de ellos sentirá la inevitable obligación de empezar a hacer su trabajo.
Cuatro escenas veraniegas, inconexas entre sí, o quizá no tanto:
Escena 1. Hay dos maneras de ver la visita de Michelle Obama. La más popular tiene la perspectiva de Pepe Isbert, inmortal en su balcón cantarín recibiendo a los americanos al grito de París, o el pan, bien valen una misa: aquí se impone el genoma cateto, tan español, tan deslumbrado por la fama ajena, sea de una dama como la susodicha o de una plebeya eructante como Belén Esteban.
Estaría bien saber qué le dice la señora a su marido al llegar a la Casa Blanca, aunque apuesto por el reflejo de Gracita Morales: "El servicio ya no es lo que era". La otra opción, más refinada, pasa por alto el espectáculo marbellí para fijarse en la agraciada, que también tiene un trago: someter a una menor a tanto beso a la vecina, a tanta comida emperifollada y a tanto agasajo de puchero es difícilmente compatible con la condición de buena madre. A un hijo no se le hace eso en vacaciones, Michelle, por muy presidenta que se sea.
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Escena 2. Otro balcón, en Ferraz, que juega a Romeo y Julieta sin haber leído a Shakespeare y le sale sin querer 'Los Santos Inocentes'. A la pobre Trinidad Jiménez la tratan como a la milana de Azarías: bonita, pero con la pata quebrada a la cama. Los dos machos del PSOE hablan de ella sin que ella abra el pico, ofreciendo un espectáculo inenarrable. Sea o no candidata, en adelante parecerá la chacha de Zapatero, que está para los recados: ponte la chupa, quítatela, póntela otra vez. Un poco de Aído, por favor.
Escena 3. Palacio de Marivent. El Rey está algo gagá, que es lo que le corresponde a un señor mayor con achaques. De cómo serán sus sucesores en el cargo da una idea la torpeza de todos ellos para cubrir la espalda al abuelete, entrañable: siguen en las regatas, unánimemente, perdiendo la ocasión de dejar al patriarca en su sitio y de ponerse ellos en el que aspiran a tener. A la Monarquía no la mata la modernidad, en esta España de Isbert, sino la pereza.
Escena 4. Camps, el Fernando Esteso de la política pasado por Hugo Boss, viaja a Galicia para culminar el Xacobeo a la vera de Núñez Feijóo: para quienes piensen que en política hay pasado y futuro, una imagen estremecedora. Lo peor constatado y lo mejor previsible se hacen los santos juntos, por solidaridad o por compromiso. Vivan las alfombras.
Ese tambaleo: cuando el presidente del Gobierno prepara una, suele moverse como un metrónomo alterado en su comparecencia en televisión. A la derecha sugiere que salimos de la crisis; y a la izquierda suelta el nombre de los candidatos para Madrid.
Tomás Gómez está sentenciado, pues, tras la leonesa filípica del compañero Zapatero: se fue a su tierra para sentirse más seguro, y entre oscilación y oscilación televisiva, soltó con una de esas risas que suelta uno al espejo cuando se gusta; la expulsión de la casa del pobre ex alcalde de Parla: es bueno, dijo con la boca pequeña, pero nada que ver con Trinidad Jiménez y Jaime Lissavetzky.
Cualquier asesor de imagen de medio pelo sabe que, para resultar creíble, es fundamental manejar el lenguaje corporal: el tronco ha de estar quieto y las manos en su sitio, pero Zapatero hace siempre lo contrario. Parece un mal bailarín que, desde la barra, no confía en sus habilidades en la pista pero es incapaz de reprimir un cierto traqueteo de piernas, y con las manos retintinea sobre el vaso como si le faltaran siempre un par de cubitos de hielo.
Le falta arrancarse a tocar una imaginaria guitarra eléctrica o una batería virtual, pero todo se andará: al propio Gómez le precedió una actuación completa de este mago de la pista, que sacó el nombre del ex alcalde cantando, tocando y bailando a la vez, como el hombre orquesta de verbena de pueblo que cree estar actuando en el Carnegie Hall.
Y de fondo, Mafalda: Zapatero gestiona el PSM como la Economía, improvisando
Y ahora vuelve a hacerlo, con la genialidad habitual: se inventa a alguien, le pone zancadillas, le hace parecer peor aún de lo que ya es y, finalmente, apaga la música y le echa a patadas de la discoteca para sacar a bailar a la rubia. Trinidad Jiménez ya estuvo en Madrid, y todo el mundo recuerda que nada más perder se marchó: su lealtad no era al votante, sino al jefe, que le premia con tantos puestos como sea menester, le vengan grandes o no, mientras mantenga incólume su fidelidad.
La gran apuesta de Zapatero, el bailarín con bitter kas, es pues una que ya falló y otro que no logró los Juegos Olímpicos para Madrid, va presumiendo de haber ganado el Tour y ha cogido veinte kilos en 25 años de cargo público: no me fío de la gente que engorda mientras ejerce una función pública, y votaría a favor de una reforma de la Constitución que impusiera a los políticos, antes de tomar posesión, hacer declaración de patrimonio y pasar por la báscula.
Pero el presidente se ríe consigo mismo y no hay que descartar una última idea brillante: si Trinidad Jiménez sufre otra epidemia de tos, digamos, y a Lissavetzky le entra un poquito de vergüenza torera y se niega a decir "sí bwana", prepárense para una última filigrana del vendedor de crecepelo amnésico venido de la estepa castellana: "Tengo un chico en el Ministerio de Industria que es una joyita".
Posdata. Tomás Gómez va dando pena casi desde el día de su debut y sólo ha mostrado una inmensa habilidad en el dudoso arte de resbalar sobre pieles de plátano. Ahora sólo tiene una manera de redimirse, siquiera un poco: a ver si aguanta el embiste, aunque sea corneado, o salta al callejón a la espera de que la autoridad le busque hueco en otra plaza.
Se me escapa la magia de los toros, aunque mi torpeza e insensibilidad tienen un tope: no es arte, como tampoco lo es la cocina de Ferrá Adriá aunque pretendan incluirle en la lista de Picasso o Fidias, pero desde luego no es tortura.
Hace falta ser muy simplón para considerar que el duelo entre un tipo bajito y delgado disfrazado de bailarín y protegido por un trozo de trapo y un animal de 500 kilos con dos cuernos como los brazos de Polifemo es, de un brochazo grueso, un crimen inhumano que perpetra un carnicero y aplaude una grada troglodita.
En un país en el que, salvo prueba en contra, ni los pollos que comemos se suicidan ni los filetes que ingerimos se arrojan voluntariamente en la sartén, elegir el duelo entre un toro y un torero como primer ejemplo de crueldad animal se antoja como poco frívolo.
Tal vez el único gran argumento sea el que nunca se suele esgrimir: si algo legitima de verdad la duda sobre la conveniencia de transformar en un acto lúdico la dura, estética, terrible, apasionante y peligrosa pugna entre un hombre y un toro es la sensación de que alguien, en su cómodo tendido, puede llegar a emocionarse con la sangre.
No son los toros, en fin, sino los aficionados el eslabón débil de una cadena que no acepta maximalismos a poca decencia intelectual que se tenga: se puede estar en contra, claro, pero es imposible no sentir un inmenso respeto por una tradición cultural que nace del ancestral impulso del ser humano por superarse a sí mismo, medirse con la Naturaleza y hacer aquellas cosas que, por carecer aparentemente de sentido, mejor explican la particularidad del homo sapiens. Sólo nosotros somos conscientes de que morimos; sólo nosotros podemos matar sin hambre arriesgando la vida propia para obtener algo estéril.
Pero no nos engañemos. La prohibición en Cataluña tiene muy poco que ver con los toros y bastante más con la bandera. Hay cien espectáculos más seguidos en los que un aninal padece de un modo u otro que, sin embargo, son aceptados por su presunto valor identitario y no merecen la atención parlamentaria de nadie.
Aquí el rejón es para el toro de Osborne, para la bandera de Gasol, para el himno de Casillas y de Xavi, para el perfume retronasal a Castilla, para la brisa del Tribunal Constitucional y, en fin, para esa España inevitable que se presenta como una España insoportable aunque siempre, hasta hace bien poco, se deshacía en innecesarias disculpas.
En El poder del perro, el capo del narcotráfico protagonista, Adán Barrera, explica a los acongojados lectores cómo la titánica lucha contra las drogas sólo sirve para engordar su negocio: un producto que nace en las ramas y podría ser transportado en una vieja barca agujereada o una doliente furgoneta de campesino se convierte, por la presión de la DEA y la política, en un artículo de lujo cuyos gestores engordan sus bolsillos hasta reventarlos.
A la clase política catalana le importan tan poco los toros que han hecho de un plumazo más taurinos de nuevo cuño que nadie en la historia: lo que no lograron Antoñete y compañía en interminables tardes de pánico, lo han conseguido ERC y el PSC en cuatro minutos de parlamento. Para quitar una bandera del coso, estos tíos están dispuestos a sembrar de vocaciones el resto de la piel del toro: lo mismo también intentan ahora cambiar la geografía.
Posdata. No me gustan los toros, creo, pero ahora mismo voy a sacar mi abono para Las Ventas, aunque me tape los ojos y pasado mañana suscriba otra abolición distinta, por causas biológicas. Es lo que quieren, claro, para perfilar aún más una frontera inexistente, pero habrá que darles gusto si somos más: cuando no haya corrida, seguro que también hay buenos cursos de flamenco.
Tomás Gómez tiene un problema: sus más publicitados principios políticos han estado, por sistema, subordinados a sus intereses al corto plazo. El PSM lleva demasiados años siendo el laboratorio de Ferraz, la probeta para cobayas en la que Zapatero decía ensayar curas pero en realidad improvisaba clones de sí mismo, más cerca del Chávez de "exprópiese" que del secretario general que respeta la autonomía de, digamos, el PSC de Montilla.
Pero nada de eso le ha importado al ex alcalde de Parla, contento con el papel de marioneta si a cambio le dejaban encabezar la función: el horroroso amparo a Magdalena Álvarez , que es a Madrid lo que Carod a España; su incapacidad para articular una propuesta alternativa al PP de Aguirre; su decisión de emponzoñar la política madrileña hasta un extremo irrespirable o su sectarismo provinciano en una región con cien defectos pero muy pocos dogmas le han retratado como un futbolista mediocre que, en lugar de marcar goles, lo fía todo a romperle la tibia al rival para encandilar al entrenador aunque en la grade le chuflen.
Nadie mejor que él, incapaz de liderar a un partido que o es independiente en la primera autonomía de España o no es nada, para entender que los mismos impulsos que le colocaron en su sillón intenten ahorra desplazarlo: acordarse de las bases cuando truena y despreciarlas cuando escampa, apelando al primo de zumosol, sólo sirve para transformar su liderazgo en una suerte de pelea callejera entre tipos acostumbrados a mear más lejos que nadie.
Gómez nunca hubiera relevado a Simancas de no contar con las mismas manos que primero le agarraron y ahora le empujan, y en esa contradicción se dirime la miseria de su existencia política, escrita como el guión de John Houston inspirado en Kypling que dio lugar a la maravillosa El Hombre que pudo reinar: se creyó las lisonjas de los indios, hasta que le explicaron que lo importante era su corona y no entendió que su cabeza sólo valía si era capaz de lograrla. Algo imposible con esos antecedentes.
Pero si el líder socialista es un ejemplo de libro de la funcionarización de la política del momento, colapsada de marmolillos que transforman en rebelde al Fernando Galindo que encarnó López Vázquez en la pedagógica escena de Atraco a las tres, su defenestración lo sería de la transformación definitiva del PSOE de Zapatero en la secta del reverendo Jim Jones: primero señala el paraíso; luego arroja por el acantilado a sus seguidores, sin otra explicación que la milagrosa capacidad visionaria de un tipo que origina catástrofes que no había anticipado pero hace culpables de los estragos a las criaturas que le creyeron.
Con muy malas artes, por cierto: la autoprofecía provocada por Ferraz para hacer de Gómez un mal candidato sólo es superada por la hipocresía de quienes ahora le zumban pensando en que hay que acabar con Aguirre por lo civil o por lo militar.
Es probable que Gómez no se merezca ser candidato, pero es seguro que los socialistas de Madrid sí se lo han ganado: difícilmente nadie ganará a un PP sólido con una alternativa tan inconsistente, pero la derrota tendrá un mínimo sentido si la cosechan quienes a continuación pueden pagarla. Porque Zapatero, hasta ahora, no ha hecho en la Comunidad de Madrid otra cosa que comportarse como el dueño de un cortijo que mata los cerdos, se los come y al final dispara al mayordomo por glotón.
Zapatero celebra su décimo aniversario diciéndose a sí mismo y a los suyos, pero no al conjunto de los españoles, que van a ver cómo mejoran: ellos no están mal, no van al paro ni pagan nóminas con su dinero, pero temen perder el poder más que el sueldo, asegurado gane quien gane.
A Rajoy le pasa igual, en el caso de que le pase algo y tenga a bien contarlo: no hay constancia de que sufra el drama de la mudez, ni que pertenezca aún a esa clase de jubilado alemán que vive un eterno verano en Lanzarote; pero quien sospeche de ello está legitimado a tenor de la hiperactividad de este buen hombre.
Mientras uno se homenajea a sí mismo y el otro transforma a Wally en un aficionado, José Blanco ejerce de tormentoso notario de la realidad: si ayer se redujo el Estado de Bienestar, congelando pensiones, ampliando la edad de jubilación, subiendo ivas, aumentando el paro y bajando salarios; hoy se pone en entredicho su futuro; anulando infraestructuras imprescindibles para avanzar y crear algo de trabajo en el viaje.
No sé si es más alarmante que indignante, o a la inversa. Diez años después, sólo él se ríe, pero ni siquiera de su sombra: ha errado en todos los pronósticos que hizo, señor presidente, para terminar haciendo mal y tarde todo aquello que, amén de negar, convirtió en una especie de crimen de lesa patria.
Tanto ajuste, guste o no, sería comprensible si viniera precedido y completado de una disculpa y de ejemplo propio. Porque mientras clausuran ferrocariles, abortan carreteras, cierran puertos y suspenden aves, ellos siguen subidos al mismo machito: comen igual de bien a la carta, pasean en el mismo coche con chófer, mantienen bien cuidada a la familia en alguno de los organismos creados sólo para eso, esparcen el dinero público estatutariamente pensando en el trasero propio y no en el ajeno, sostienen las mismas subvenciones para los mismos, salen en las mismas televisiones públicas innecesarias y bulímicas y, en fin, se quedan a salvo de todo lo que no evitan para el resto, que les paga la copa. Puta y cama unos; caviar del bueno ellos.
No es pecatta minuta, ni sólo un abuso estético: las obras suspendidas por Fomento, tras dilapidar miles de millones en que cada pueblo tuviera un frontón aunque nadie disponga de raqueta en este país sin un puerto marítimo del que vivir con el tráfico de mercancías a toda Europa; son bastante más baratas que los 720 millones de euros en sueldos de 88.000 cargos públicos; el billón de deuda de las televisiones de partido; los 1.600 millones de liberados sindicales y el formidable, corrupto, opaco, indigno y vergonzoso sistema de fundaciones, centros, institutos, universidades y entidades sin ánimo de pulcro que compone el lupanar público en este país.
Diez años no son nada, para ellos: en este tiempo, Zapatero y Rajoy sólo se han jugado su orgullo. Valientes inútiles, sofisticados jetas, ellos.
Un preámbulo, para que todo lo que sigue no venga manchado por una omisión de origen al respecto de las motivaciones reales de una enmienda a la totalidad de la gestión del actual rector y, por extensión, de su predecesor. Sí, echaron a mi pareja de la institución, en la que ejercía de Jefa de Comunicación desde hace tiempo, reclamada por Virgilio Zapatero y tras perder, voluntariamente, el puesto de trabajo fijo que tenía para atender la llamada de su rector. Sí, me indigna que sea la única víctima laboral de un traspaso de poderes en el que Galván ha mantenido a todo el equipo de Zapatero, ha recuperado a alguna que ya no estaba y ha mantenido incluso a los que vinieron por ser, ante todo, del pueblo palentino del jefe.
Pero nada de esto pasaría del cabreo personal, de la sensación de injusticia, de no ser por la razón última de todo ello y la certeza de que ese episodio retrata el alma, por llamarla de alguna manera, de la propia Universidad de Alcalá: cualquiera que se tome la molestia verá que este Diario, y yo mismo, no son críticos a partir de un despido; sino que se produce un despido porque somos críticos.
Ergo, y he aquí la lamentable clave de todo, un periódico -o un catedrático, o una oficinista, o un bedel- tienen que dejar de hacer bien su trabajo para que el rector y sus peores asesores no se sientan vigilados, aunque tal vigilancia no exista y en el viaje se depure a inocentes como hacía la Mafia ante la mera duda y pese al currículo previo.
En el despido de una buena persona que hacía bien su trabajo y lo amaba, ajusticiada al mismo grito analfabeto de la jauría retratada por Arthur Miller en Las Brujas de Salem; y en la contratación de una pobrecilla avalada por su viejuno marido (ese Javier Valenzuela que va por la vida de paladín de la igualdad y se dedica a algo tan casposo como ligarse a la becaria y buscarle luego trabajo con los amigotes); y su viejuno padrino (ese Manuel Marín, presunto Hombre de Estado que en realidad no ha hecho otra cosa que pisar moqueta pública hasta fichar por una de esas empresas de energía que ha provocado la crisis y sube las tarifas a los obreros en plena crisis) encontramos la metáfora de una manera de ser y estar que inevitablemente se traslada al conjunto de la gestión.
Si en el desembarco de un desconocido Zapatero hace ocho años se encuentra la piedra filosofal para entender cómo funciona una Universidad; en su precipitada salida a destiempo para cambiar de moqueta, de coche y de salario aun a costa de dejarlo todo empantanado y acortar la legislatura para hacerla coincidir con su estricto interés personal se halla la explicación al aterrizaje de Fernando Galván: ni siquiera en las Monarquías está tan claro el mecanismo sucesorio, pues a la certeza de la herencia sanguínea se le contrapone, al menos, el temor a que no sea suficiente para sostener un sinsentido jurídico en una sociedad abonada a la igualdad de derechos. La apariencia democrática de los procesos universitarios consigue que un mecanismo tan teledirigido como el de elección de rector camufle su hedor a apaño, a intercambio y componenda que sin duda tiene: de Gala -otro que tal baila, de palo a zanahoria para ejercer al final de burro- con Zapatero; de Zapatero con Galván.
Pero si todo lo anterior puede ser incluido en el saco de los juicios de valor, o incluso en el de los despechos pese a la rotundidad cronológica y la amplitud bibliográfica; lo que no admite una respuesta tan simple, tan infantil, tan fútil; son los hechos.
Porque lo son la victoria de un catedrático que no estuvo localizable a efectos domésticos durante un año sabático incompatible con la victoria en una pugna de igual a igual con señores tan activos como Alvar, Peinado y Morilla. O la depuración de todo atisbo de independencia o rivalidad en la Universidad. O el sostenimiento de un aparato que, como en los peores regímenes, sobrevive a las elecciones para convertirse en un sistema en sí mismo. O la entrega del poder real a ese Sotelsek que pasa de denunciante a encubridor con la soltura del Kevin Spacey de Sospechosos habituales. O el desplome institucional de la Universidad con su exclusión del proyecto de Campus de Excelencia; su inaudito enfrentamiento con la Comunidad y su insólita apuesta por Guadalajara.
O la aberrante entrega de instrumentos esenciales de una gestión capaz a aficionados e incompetentes que en el mejor caso le ponen buena voluntad y en el peor no le ponen nada pero, en todos ellos, habían arrimado el hombro en el asalto y ahora querían su parte en el botín. O la implicación de esposas, hijos y toda laya de amiguetes en la casa propia o en intercambio con la ajena para que unos y otros tengan donde asentar el trasero. O el mantenimiento de una vergonzosa red de fundaciones, empresas, centros, institutos y casas que, en España y fuera de ella, conforman la más desconocida y más eficaz autovía de recurso, contratos, dólares, euros y facturas de la que exista constancia hasta el momento. O la paralización de los cuarteles y la detonación de toda sombra de vida universitaria en la ciudad que le da de comer, y no al revés.
O la inquietante transformación de un centro de negocios vinculado al Banco de Santander en un ring de boxeo con maletines, dosieres, facturas, tarjetas, nóminas y helicópteros volando para, una vez logrado el efecto disuasorio, enterrar toda la polémica y el derecho a saber bajo siete llaves y un bloque de cemento.
Como nada de esto tiene explicación, como la mera incompetencia y la falta de principios no son suficientes para entender o explicar lo que el amigo Virgilio y el colega Galván han perpetrado a la sombra del padrino Gala... hay que buscarla en el dinero: cuando nada tiene sentido, el business es la respuesta.
Que sea institucional y equivocado es una opción, grave a efectos de preservar el futuro de la Universidad en tiempos venideros de cierres masivos en el sector. Que fuese personal o familiar sería, amén de letal para la Cisneriana, objeto de investigación judicial y no de mera crítica periodística.
Y para empezar a saber cuál de las dos opciones merece más atención, sería bueno que el inexistente Colegio Cardenal que creen conformar Galván y sus pupilos, transversal en el tiempo y en la geografía, tuviera a bien hacer algo bien simple que todo cargo público puede y debe hacer siempre. Pero especialmente cuando la sombra de las adjudicaciones sospechosas, los contratos teledirigidos, las empresas opacas y el nepotismo están tan presentes: encargar una auditoría externa que chequee todo lo hecho desde que existan apuntes contables y luego, señor rector, exhibir en público su declaración de la renta, sus participaciones personales o familiares en empresas si las tuviere y su declaración de Patrimonio. Y, como no hay que dar ese paso solo, bueno sería que hicieran lo mismo, a su vera, sus queridos Sotelsek, Zapatero y Gala.
Es el mensaje del momento, tan infantil: "Unidad". Derivado del éxito que se logra al jugar en equipo tras la victoria de España frente a Holanda. La traslación es obvia: el PP debería apoyar al PSOE en "estos duros momentos", sin preguntar para qué, convirtiendo en fin el medio. Zapatero es Iniesta, pues, y Rajoy debe hacer de Cesc: si no ejercen, perderemos.
Hay constancia de argumentos más elaborados en concursos literarios de Primaria, pero éste es el que ha prendido, sin tener en cuenta un detalle nada baladí: cuando Xavi juega para Villa, o Alonso para Torres, el beneficio de marcar un gol es solidario. Pero si lo hacen con las camisetas de sus clubes, procuran devorarse el peroné ajeno.
Esto es: el PP y el PSOE no juegan el mismo partido, una consecuencia elemental subsidiada de la certeza de que cuando gana uno, pierde el otro. Intentan vendernos que la política española es un Mundial, pero en realidad es una competición de Liga que remata un espectáculo dantesto: el mismo parvo puede besar o ajusticiar al mismo futbolista en función del escenario. Pujol le hizo un mate a Alemania, que eso no fue un simple gol, pero también lo endosó en el Bernabéu en aquel famoso 2-6.
El Debate del Estado de la Nación ha confirmado que, mientras se jueguen la Liga, Zapatero es el Barça y Rajoy el Real Madrid, o viceversa, pero que en ningún caso juegan con y por los colores de España. Sólo hay una cosa aún más tonta que confundir al personal con parábolas futboleras: hacerle creer que la política es deporte.
Es difícil trasladar el deporte a la política sin caer en el brochazo. Pero quienes más lo han hecho, en realidad, han sido quienes negaban esa vinculación para presentarla a su manera: la victoria en el Mundial, el pálpito popular generalizado, el despliegue de camisetas y banderas hasta en las calles más remisas a la simbología nacional es, a su juicio, un ejemplo de la España plural, global, diversa y transversal. "El gol de todos", dicen, como si no lo hubiera sido hasta ahora por quienes siempre lo hemos celebrado o por quienes querían hacerlo pero alguien, pequeño pero magnificado, decía que hacerlo era pecado.
Es de todos, claro, pero de esa frase lo sustantivo es España: esto es, sí hay una relación sociológica entre el éxito del equipo y la sensación urbana de pertenencia a un mismo país. El resto es bisutería retórica para no reconocer lo obvio: que sólo el fútbol ha derribado los complejos históricos inducidos por la política para celebrar, reconocer o asumir la inobjetable evidencia de que los españoles existen y que serlo no produce ceguera. Tal ha sido, como en los viejos tiempos de la mitología sexual del clero sobre la masturbación púber, el mensaje predominante.
La victoria de Casillas y compañía es, amén una derrota de la política en vigor, la que separa lo que está unido, la que tiene miedo a la coincidencia, la que inventa nombres para no llamar a las cosas por su nombre y la que transforma el imprescindible repeto a la minoría en un sistemático chantaje a la mayoría.
No hay que ponerle adjetivos a lo español, ni tampoco aumentativos para mitificar un hecho tan involuntario como nacer en un sitio o diminutivos para no ofender demasiado a quienes nacieron sin querer en ese sitio: es un hecho, sin más, que cuando no se discute, derriba barreras y permite que la mezcla de talento y trabajo ofrezca un resultado cuantificable.
El gol de Iniesta, la elegancia de Xavi, el orgullo de Iker, las greñas de Pujol, la mirada de Alonso y las carreras de Ramos han hecho más por normalizar una idea razonable de España que 30 años de democracia y han logrado imponer la receta lógica del gazpacho: por muy plural que sea, hay más tomate que pepino.
No hay país más variado que Estados Unidos, una amalgama gigante de razas, religiones e idiomas; pero no lo hay tampoco más convencido de lo que es. Y luego ya, a partir de ahí, discutamos de lo que sea: más que Breda, la batalla de Sudáfrica fue nuestra revolución de los claveles.
Aunque sólo sea por la de capullos que viven de la Guerra Civil, de amputar el placer y el dolor de tener una anatomía congénita determinada, de anteponer la diferencia a la equivalencia o de separar con bisturí lo que vino unido de fábrica que, en adelante, tendrán un poco más difícil ejercer de tales.
Posdata. El beso de Iker Casillas en directo a Sara Carbonero también es España: otra oda contra la carcundia en cualquier latitud política, profesional o geográfica.
España nunca fue del todo un concepto de la derecha tradicional, que prefería mirar al cielo buscando a Dios como origen de todo: estaba más preocupada de ser católica que española, en una herencia ancestral de los Reyes Católicos que se extendió durante siglos, alcanzó el cénit en la pugna con luteranos y calvinistas y se prolongó hasta arribado el siglo XX.
Unos tuvieron a Maquiavelo, o a Napoleón, o a Julio César en sus cabalgatas bélicas por las agrestres colinas de la historia; nosotros llevábamos a Santo Tomás como comandante en jefe espiritual. En El problema español, Manuel Azaña hizo un lúcido recorrido por esta tesis.
Llegó Franco, aquel oportunista cruel que tanto hablaba de principios y sólo tenía intereses, capaz de echar o pactar con Reyes, de ponerse bajo palio o sobre él y se envolvió en una bandera que dejó de ser todos durante 40 años: le venía grande, salvo en el generoso abdomen, pero hizo lo posible para que a la mitad de los españoles les quedara pequeña.
El gen franquista está profundamente alojado en la sociedad española, tanto como el origen judeocristiano de nuestro pensamiento involuntario, y se manifiesta en una miríada de leyes, tics, respuestas, actitudes culturales y enconamientos de toda laya que cada día pueblan el discurso político: el antifranquismo como vitola del presente y el postfranquismo revisionista son las dos caras, patéticas ambas y además deleznable la segunda, de un mismo fenómeno que confirma la difícil digestión de aquella época y la permanencia en el intestino grueso de unos cuantos de una parte de los detritos indigeridos en su momento.
Pero hete aquí que lo que la política no ha sabido hacer, lo ha logrado el fútbol: democratizar el concepto de España, quitarle los complejos y sacudirle también los excesos. Once tipos en short y una entrañable mari en el balcón de su casa han hecho más por reforzar la idea compartida de un país civilizado que treinta años de democracia generosa.
Ser futbolista es un orgullo; ser español un hecho: ahí tenemos la revolución más pacífica de la historia reciente de España, que ha logrado con goles lo que no fue capaz de conseguir ni con ideas ni con cañones. Viva España, pues, variada, mediana y libre.
El despliegue textil rojigualda en balcones, coches y escaparates ha sido una especie de outing colectivo, una salida de armario global para exponer ante el mundo y a uno mismo la condición orgullosa y en todo caso inevitable de pertenencia a un país.
El emocionado y cómplice reconocimiento general al Barça como padrino de un modelo de juego, de unos valores de equipo y de apego a unos colores resume la minúscula distancia que hay entre banderas presuntamente opuestas cuando quienes las encarnan anteponen lo mucho que une a lo poco que separa.
El patético contraste entre la pujanza de estos chicos sin complejos, pero también sin excesos, y la mediocridad de quienes en el ámbito político conforman la Selección que juega el partido de la vida en España es tan abrumador como elocuentes son las consecuencias antagónicas de ambos discursos.
Lo que logra el fútbol, lo destruye la política. Sin ponernos estupendos, es obvio que todo comportamiento público encierra un mensaje pedagógico y que el de Del Bosque y sus muchachos está tan cargado de buenas intenciones, de trabajo, de sacrificio, de convicción, de humildad, de talento y de ganas como lo está de todo lo contrario la actitud guerracivilista, artera, enconada, mediocre y mentirosa de Zapatero y de Rajoy.
Tras ganar el Mundial, sería bueno que Iniesta y compañía, bajo la atenta mirada de su entrenador, le dijera al presidente mirándole a la cara, en la posible recepción oficial en La Moncloa, algo así como: "Oiga, ¿y si empiezan ustedes a jugar un poco al fútbol?".
Cuando Camus decía que este curioso juego ancestral le había ayudado a aprender todo lo bueno y todo lo importante de la vida, estaba intentando evitar que, una vez terminado un campeonato, España volviera a dividirse en dos bandos.
Este preámbulo es necesario para lo que viene luego: casi todo lo que se pida o espere de cualquiera va a tener siempre difícil encaje con antecedentes tan funestos como el sellado por el G-20 hace apenas una semana. Ni entre todos los líderes del mundo fueron capaces de imponer una tasa bancaria, útil en lo económico, pero sobre todo en lo moral.
Esa dificultad para implicar al poderoso en un esfuerzo colectivo deslegitima bastante toda petición de sacrificio subsidiaria, especialmente cuando no es privativa de un sector tan crucial pero también tan indigesto como el bancario.
Por más que se explique el supuesto déficit tarifario, el contraste entre el glorioso balance de las eléctricas y las reiteradas subidas del recibo, con la tutela política oportuna, agrava la deslegitimidad de cualquier discurso kennedyano sobre la solidaridad del trabajador ante una crisis que mengua los beneficios contables de quienes además la han causado: no el mercado, por muchas veces que se cacaree la boutade, sino el binomio nada libre y menos invisible aún formado entre una élite oligárquica y los poderes públicos que la regulan.
Porque, y aun riesgo de resultar reiterativo, conviene resaltar de nuevo que si hay algo intervenido globalmente, si hay algo que tiene tutelas y tutías -onerosas para el erario público en términos de rimbombantes chiringuitos, abultados altos cargos, obesas estructuras y suculentas dietas- es la energía, los valores, la banca y el ladrillo: la retroalimentación entre el beneficiario del abuso y quien lo legaliza con puesto, tarjeta y designación en el BOE es tan pornográfica como elocuente la impotencia de los Obama y compañía para replicar desde Toronto.
El trasvase de la política a ese tipo de empresas -¿O acaso no está Manuel Marín en Iberdrola? ¿O Serra en Caixa Catalunya? ¿O Sigfrido Herráez en Rayet? ¿O Virgilio Zapatero en Cajamadrid por citar ejemplos de todos los colores en los tres sectores citados?- ofrece un epílogo ilustrativo para quien, en su necedad bienintencionada, aún se crea ese historieta prima hermana del burro volando según la cual el culpable de todo es un indefinido e inidentificable ‘mercado’.
Dicho lo cual, conviene insistir también en que la salida del atolladero sin ese billete entre Málaga y Malagón en la barca mortuoria de Caronte pasa, indefectiblemente, por la contención de la codicia y el adelgazamiento institucional antes que por ningún otro sacrificio o a la vez. Sólo con que unos ganen lo justo con la política como agente comercial y otros dejen de gastar a manos llenas con la política como excusa, el Estado de Bienestar estaría garantizado y probablemente a prueba de bombas.
Ocurre que, en ese viaje, es imprescindible el reajuste de los efectos secundarios del espectáculo bulímico dado por otros y que, sin duda, ha tenido un efecto contagiosos en todos los niveles: mientras la constructora tal levantaba 35.000 viviendas en un campo de patatas y el político cual se inventaba una nueva universidad, embajada u observatorio para empesebrar a los suyos; el no tan pobre y no tan inocente ciudadano se ponía a la cola para pillar un saco de alfalfa o, simplemente, aceptaba lo que no necesitaba ni podía pagar pero se creía que era suyo.
Un viejo grabado bíblico del diablo, tan responsable de todo como la 'mano invisible'
Es ese tránsito, a la cola del cual aparecen tantos veintañeros que daban por sentado su derecho a veranear en la Arcadia y ahora preguntan por el municipio natalicio de PedroBotero, el que realmente genera polémica, conflicto, desajustes, agravios y finalmente tensiones. Porque aquí, salvo ese porcentaje del 33% de la población total que antes, ahora y después trabajaba como burros desde su empleo ganado a sudor o su empresa creada con sangre; a nadie le gusta aceptar que aquello que llamaron derecho era un privilegio o un abuso.
Sólo así puede entenderse que, en el país de los 4,5 millones de parados; del 65% de la población con un sueldo máximo de 1.500 euros o de la congelación de las pensiones; el único que saque pecho y publicite su balance sin pudor sea un señor llamado Botín –Zapatero, haz así la reforma- y los únicos que la monten parda sean esos empleados con jornadas de 35 horas de por vida; sus primos hermanos del Metro de Madrid –hasta 38.000 euros al año; 48 días de vacaciones y asuntos libres; puesto hereditario en caso de viudez u orfandad- o los heroicos bomberos a lomos de sus 4x1, de días libres por cada uno de trabajo o, en general, los afligidos laborantes de tantos rincones de la Administración que triplican las bajas médicas habituales del mundo real o, de ser catedráticos, las toman sin necesidad siquiera de disimular un poco.
Entre medias de ese espejo que por arriba refleja al banquero y por abajo al conductor; está atrapado el resto, distorsionado como en los laberintos refractantes de las viejas barracas de feria. Tal vez, bien mirado, sí que sea el ‘mercado’: pero convendría añadir, con un escéptico realismo, que es básicamente de ganado.
Las huelgas se hacen para que se noten. Es una máxima nada sutil, como un cardo en el culo tras una tarde de campo, pero cargada de lógica: si no crean confusión, generan estropicios, perjudican a terceros y complican la vida al mayor número de personas posibles; no sirven de nada.
La del Metro es salvaje, porque alcanza el clímax de la lógica sindical: no pretende convencer a nadie, sino lograr el objetivo. Con una única herramienta: confrontar si la indignación del ciudadano con ellos acaba siendo vencida por el cabreo con la Administración por no arreglar el problema. Es, con perdón, una cuestión urinaria: a ver quién mea más lejos.
La confusión procede del doble juego, imposible, que acostumbran a buscar los sindicatos: de un lado cobijan sin preguntar ni juzgar las aspiraciones de sus clientes; pero de otro se presentan como adalides de la clase trabajadora en general y, aún más, del ciudadano.
Más que reprocharles lo primero, tal vez convenga rechazarles lo segundo: no se puede defender a la vez al piquete que ha dejado en tierra a dos millones de usuarios y a los usuarios mismamente. O a setas, o a rólex.
Y que luego desarrollen de una puñetera vez una Ley de Huelga: a la música de la Constitución le falta, desde hace treinta años, la letra de una norma que precise sus términos e impida abusos tan bochornosos como los que vivimos. Lo son fijar unos servicios mínimos que transforman un día de huelga en una jornada normal con pequeñas alteraciones; pero lo son también conceder barra libre en servicios esenciales de los que depende la vida de quienes los pagan.
En Nueva York es delito parar el transporte público, con una lógica aplastante: el legítimo derecho a reivindicar mejoras es de inferior jerarquía a la obligación de desplazarse de muchos más. Que nadie se asuste si en la seguridad, la sanidad, la educación, los servicios sociales o el transporte se prohíbe la huelga. La justicia lo es cuando clasifica derechos en el orden adecuado: cuando no lo hace, el olor a banana se confunde con el del zotal de los andenes.
Lo peor, y lo mejor, es que los sindicatos lo saben: esta huida hacia adelante, contra un Gobierno que les perseguía y al que perseguían; sólo tenía una alternativa útil si lograban una cierta complicidad con quienes más sufrían. Ahondar en sus penas con patadas a pie de andén sólo es, amén, de una barbaridad, un ejercicio severo de autolesión: el problema de echar concursos de orina es que a veces apuntas tan alto que te cae encima.
El Estatut no era una reclamación de los catalanes que, a fuer de insistir desde los partidos, empezó a serlo, según esa inafausta visión de la política consistente en buscar problemas inexistentes para aplicar soluciones inadecuadas. Que apenas el 3% de los ciudadanos de Cataluña sintiera en el origen la necesidad de dotarse de un nuevo corpus legal, moral y económico y que, llegado el momento, sólo considerara necesario respaldarlo un 49% no le resta validez jurídica, pero sí lo enmarca en su contexto.
Las irreflexivas palabras de Zapatero al respecto de aceptar lo que le enviara el Parlament sin conocerlo; su posterior rectificación por razones de táctica con CiU y no de estrategia para todo el país y la inaudita demora del Tribunal Constitucional -más desacreditado que un juzgado de Paz en Puerto Urraco- contribueron a suscitar una sensación de agravio entre los ciudadanos catalanes que, con el paso del tiempo y la aplicación del Estatut vía hechos consumados, obraron el giro: lo que no se pedía ni esperaba, de repente se convertía en cassus belli para una mayoría dispuesta a convertir el fallo del Tribunal en la medida del futuro de Cataluña en España.
La sentencia, que debería ir acompañada de un pliego del CGPJ contra los magistrados del TC por desatender esa máxima de según la cual no hay justicia si no existe rapidez, convierte en ley el discutible sentimiento de agravio de la política catalana y sitúa las aspiraciones independentistas de una parte de ella en el punto de partida y no en el de llegada.
Sí, es lícito preguntarse hasta dónde llega la solidaridad económica de los más ricos con los más pobres cuando éstos no aprovechan ese apoyo sostenido durante años para avanzar y convierten la ayuda al desarrollo en una subvención a fondo perdido, pero de aceptarse este discurso dentro de España será mucho más difícil esperar de Alemania o Francia que entiendan la necesidad de mantener esa política de reequilibrio con Grecia, Portugal o España: a ver con qué cara le dice nada Zapatero a Merkel o Sarkozy cuando él avala en su país la existencia de alemanes y griegos y da la razón a los primeros.
Y sí, también tiene lógica elevar el autogobierno político e identitario si con ello se refuerza el todo; pero la propia historia reciente de España evidencia que hasta ahora ha ocurrido lo contrario: Euskadi ha visto en Guernica y el cupo vasco una certificación de su carácter único y un estímulo para avanzar en la independencia más que un gesto para encajar con el resto sin perder sus particularidades.
El problema es que, tras tantos años de deliberaciones y de peligrosa subordinación de la ley a la política, toda sentencia del Constitucional es un fallo en la acepción alternativa del término: revocar el Estatut es tan absurdo como remitirse al derecho inicial en el Sahara, Gaza o la Cañada Galiana sin entender que los asentamientos marroquíes, judíos o gitanos conforman una realidad imposible de eliminar con una sentencia. Y aprobarlo consagra el exceso convirtiéndolo en norma. Es, como decía Chomsky, una de esas situaciones canalla en las que hagas lo uno y lo contrario vas a cometer un error o una injusticia.
La polémica del Estatut, tan alejada del sentir del catalán medio que quiere más como todo cristiano viviente pero no se plantea la vida en términos de oposición a nadie, retrata como pocas la mediocre calidad de la política española y dibuja un escenario inquietante a futuro: de aplicarse en la Comunidad de Madrid, sin apellidos identitarios pero con la misma letra económica, el equilibrio entre españoles y la solvencia del Estado para anteponer a los ciudadanos sobre los territorios, quedaría definitivamente herida de muerte. Porque eso es lo que ocurre cuando, más allá de zarandajas históricas, lingüísticas y mitológicas, se legisla con el criterio nada progresista de que cada uno es dueño de lo suyo y que compartirlo supone un abuso intolerable.
Cuando en 1943 irrumpía en las librerías parisinas El ser y la nada, la primera gran obra filosófica de Sartre sobre la libertad humana, a escasos cientos de kilómetros las cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka funcionaran a pleno rendimiento. El contraste entre los crueles hechos y las confortables opiniones resulta, con el paso del tiempo, inevitablemente irritante: teorizar sobre la libertad humana, un derecho que el francés considera que sólo se pierde cuando se deja arrebatar, en una Francia ocupada desde la que podía divisarse el humo de las chimeneas, oscila entre la frivolidad y el impudor si no se conoce un poco la indolencia intelectual que convivió y sucedió al Holocausto hasta mucho después de su culminación: las Reflexiones sobre la cuestión judía del pope existencialista confirman su insensibilidad o, en una versión menos comprensiva, su bochornoso desprecio hacia el mayor atentado contra la esencia de la civilización perpetrado en muchos siglos.
Esta teoría, desarrollada por Enzo Traverso en un imprescindible tratado para entender la connivencia -involuntaria a veces; premeditada otras- entre los intelectuales y las atrocidades titulado La Historia desgarrada, tiene una vigencia que escapa del tiempo, el momento y los acontecimientos impulsados en la Alemania nazi para transformarse en una foto fija de cualquier escenario y momento, incluyendo aquellos de evidente menor injundia.
Sin principios éticos sólidos es imposible afrontar con garantías cualquier debate, pero sólo con ellos es muy difícil resolverlos. El espacio de confort que genera agarrarse a una tesis sin atender su posibilidad real de materialización suele ser un autohomenaje cuyo único desenlace es calmar la conciencia propia, proyectar una imagen agradable de uno mismo y, de algún modo, aprovecharse del problema en cuestión para erigir un falso tótem personal al resguardo de las inclemencias externas.
Lo que Sartre hizo con Auschwitz -"es la imagen del hombre, ya inseparable de la cámara de gas", le replicó Bataille en un emocionante contrapeso-, de algún modo lo vemos cada día en tantos y tantos problemas que se resuelven desde el principio teórico desoyendo a continuación su efecto práctico. Como no estamos a la altura de tan eminentes escritores ni la vida nos entrega tan épicos escenarios para dar el do de pecho o hacer un gallo mayúsculo, habrá que intentar aplicar la máxima a escenarios más prosaicos y desde luego menos relevantes que, en todo caso, nos toca vivir: ya llegará un rector para asumir las emociones fuertes y arriesgadas de rememorar el duro Exilio sin dejar el pelo en la gatera que tal vez reclamaría entrar cuerpo a cuerpo en los dilemas del presente, pero ésa es otra historia.
- El botellón. Los jóvenes beben y el alcohol es una mercancía legal que puede comprarse libremente desde los 18 años. Aceptados ambos hechos, sólo cabe gestionar la situación. Hasta ahora ninguna ley restrictiva ha impedido ni evitado el consumo en la calle, impulsado por la evidencia para el consumidor de que sólo hay otra alternativa. Pagar más por lo mismo. La laxitud policial en la aplicación de la ley demuestra que ésta es, ante todo, una mera coartada para el político: no arregla ni regula nada, pero puede decir que lo ha hecho. Establecer 'botellódromos' saca del armario el objetivo problema del consumo desmedido de alcohol y visibiliza nuestras vergüenzas: pero también las regula, coordina y, en definitiva, integra en un espacio de convivencia donde unos descansan y otros disfrutan. Convertir el alcohol en el epicentro del ocio juvenil es una derrota; pero obviar que lo es sólo sirve para agravar algunos de sus efectos secundarios.
- El burka. La noticia no es que el Senado haya aprobado su prohibición, sino que la mitad de los senadores se hayan opuesto a hacerlo. La confusión en este asunto es superada, sólo, por la idiocia intelectual: presentar como respetable símbolo de una fe respetable lo que es una terrible manifestación de opresión de la mujer es un ejercicio de laxitud burguesa equivalente a considerar el antiguo cinturón de castidad como un complemento de la indumentaria femenina. La tolerancia mal entendida es peor que la intolerancia: lleva a respetar el exceso y el abuso como partes indispensables de la democracia, que en realidad lo es cuando es capaz de defenderse, cuando tiene igual de claro lo que impulsa que lo que impide.
- La prostitución. Algo complejo debe ser erradicar un viejo oficio con varios cientos de años a sus espaldas. Acabar de verdad con él es la única alternativa decente a su regulación: si no se logra, mirar para otro lado mientras se lanzan cánticos de condena sólo conduce a la clandestinidad y la agresión a las mujeres que la practican. Todos esos políticos que frecuentan comisiones, congresos y tertulias para pontificar al respecto y perseguir los anuncios por palabras de sexo debieran mirarse al espejo y responder con sinceridad si son capaces de abolir este fenómeno: si lo son, chapeau y a por ello. Pero si no, hagan el favor de cerrar la boca: de algún modo, ellos también viven de explotar una miseria que les supera.
- Gays y carrozas. Hay pocas cosas más tontas que oponerse a algo que da felicidad a alguien y no le quita nada al resto. La igualdad de derechos con independencia de la orientación sexual es un logro cualitativo que no depende del número de parejas que lo utilicen: las cosas aparentemente inútiles terminan por ser las más definitorias de la calidad intelectual de una sociedad. Obtenido el logro legal, queda la conquista social y educativa, en parte al menos. Esto es, la normalidad. Lleva tiempo, y precisamente por eso cabe preguntarse por la idoneidad de la fiesta del Orgullo Gay, que ya sólo es una verbena: el móvil lúdico es suficiente, pero resulta patético añadirle apellidos para legitimar una causa que sólo se entorpece ya por los excesos. Más que gays en carrozas, parecen gays carrozas: conviene decírselo, pues en el viaje de la inevitable y necesaria normalización lo mismo sobre anormalizar eslóganes para disfrutar de unas horas de juerga.
Traverso, en el libro inspirador de este artículo, sancionaba con elegancia la estupidez intelectual y señalaba el formidable dolor que causaba. Tal vez el viejo profesor podría escribir de nuevo, si la pereza no le venciera, de la miriada de banalidades aparentes que resolvemos con memez supina: lo más sencillo, al fin, suele ser lo más cierto.
Los Príncipes no hablan de nada, a excepción del fútbol. Y los periodistas nada les preguntan, salvo de deportes, para reproducir como un ánade con micrófono las obviedades que suele suscribir un lateral derecho peludo tras ganar, perder o empatar un partido.
El rito monárquico es primo hermano del que no pocos políticos siguen en sus monólogos, antes llamados ruedas de prensa: cuando los periodistas sabían preguntar, los políticos no tenían más remedio que responder. Qué tiempos, si los hubo.
Ahora todo ha cambiado, y al espectador bobo le precede el informador pánfilo. Y a ambos el único que gana en la pérdida general: ese Príncipe, o ese alcalde, o ese ministro que coloca su mercancía sin diques de contención, o su imagen sin más. La del Heredero con su atenta esposa al lado, que un día fue periodista y hoy parece tan distinta por motivos al parecer respiratorios, es un fin en sí mismo: con estar ahí, como antes la giralda o el torero, les llega.
La del político es algo más compleja: ha de colar, junto a la nobleza de su semblante longilíneo ensayado frente al espejo, el mensaje que sea como un pescadero de Mercamadrid, sin regateos. De ahí para abajo, es lógico que casi todos -jueces, rectores, presidentes, dirigentes empresariales o sindicales- hayan desarrollado la lengua de las mariposas descrita por Manuel Rivas en su viejo relato: "Es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar".
Esa urticaria que sentimos últimamente cuando habla casi todo el mundo, cuando anuncia algo que no se cumple o cuando niega lo que ya está ocurriendo quizá sea eso: la picadura del lepidóptero, que siempre busca capullos.
Posdata. No hay mejor manera de desarrollar la democracia que a través de los partidos y a partir de las instituciones. Pero no de cualquier manera, o a cualquier precio: para sostener esto por siempre y evitar tentaciones plebeyas, han de dar más y mejor ejemplo. Con un paro desbocado y una reforma laboral cercana al horror es legítimo preguntarse por qué ninguno de los dos fenómenos afecta a los 80.000 cargos públicos existentes en España. Ésa es la pregunta, y casi sería mejor que la respondieran los aludidos: llega un día en que al gentío sólo le sale la opción María Antonieta.
Tal vez el mundo sería más razonable si la gente que sabe hacer cosas hiciera las cosas que sabe. Zapatero, el pobre, no está a sus zapatos: en momentos de gloria, gestionar el poder es tarea de políticos; pero en escenarios de quiebra son más útiles los buenos gerentes. Quizá tengan menos luces, pero las que tiene apuntan mejor al cuaderno, donde suman dos y dos sin fallar.
El espectáculo dado con la reforma laboral, las erratas del BOE, el dondieguismo patético, el desbrujulamiento infantil, el estatuto de Cataluña, las ayudas a la Banca, la congelación de las pensiones o la reducción salarial a los funcionarios es el típico desbarre de aquel líder de una secta en La Guyana que, tras prometer la arcadia a la cabaña de seguidores, termina por invitarles a un trago de cicuta para darse el viaje definitivo.
Pero, antes que esto, es la resultante de una endeble formación de saberes y principios resumida por Jordi Sevilla con aquella mítica advertencia al presidente de que podría enseñarle Economía en dos tardes. Las mismas que debe necesitar el nuevo Rajoy, buen émulo de su rival y digno sucesor de una estirpe de políticos insensatos, incapaces y bóvidos que definitivamente han transformado el poder en un fin en lugar de utilizarlo como un medio: si Zapatero produce bochorno al juntar en uno solo las prestaciones de un joven becario con la arrogancia estúpida de un viejo lobo de mar de secano; su alter ego provoca sarpullidos al presentarse como un mudo que no ve para no decir lo que nadie quiere escuchar.
Y es ahí donde irrumple Pau Gasol como antónimo del español encarnado por sus dirigentes. Un tipo humilde pero no modesto que conoce sus virtudes y compensa sus defectos para alcanzar un objetivo ambicioso sin separar los pies del suelo aunque viva a saltos. Todos los ancestrales debates sobre la catalanidad de España o la españolidad de Cataluña; los viejos pulsos entre la furia y el talento; las endémicas cuitas sobre la capacidad de explorar terrenos ignotos sin perder la perspectiva y, en fin, todo el potencial de vender allá fuera un producto nacional sin falsos tópicos ni forzados mitos han quedado superados por un señor que hace lo que sabe donde todo el mundo sabe que hay que hacerlo.
Pau Gasol es, aunque no lo parezca, la mayor prueba ante los mercados de que, por mucho que arrecie la incompetencia, hay material humano, calidad ética y capacidad pedagógica sobrada para obtener el respaldo internacional y confiar en el esfuerzo local. Y quienes crean que este mozo espigado de barba irregular y melena de Antígona no es un antidepresivo suficiente, tendrán que pensar en cuál es el rendimiento y la actitud de tantos otros amantes del deporte: si Zapatero jugara más al baloncesto de Pau y menos a ponerse gorros a sí mismo y si Rajoy dejara de retransmitir con sorna desde la barrera e hiciera algún bloqueo; tal vez la metáfora de los Lakers, tan hispanos ellos, tendría algún encaje en la irrespirable ceremonia del patadón que vivimos.
El mundo saldrá adelante: es su sino. La depuración de aguas residuales divide, tanto como la democracia y la propiedad privada, las distintas etapas evolutivas del ser humano: el hombre medieval arroja sus orines por el balcón; el del renacimiento los canaliza en complejos sistemas sanitarios que alargaban su esperanza de vida. La muerte por heces, tan antiestética, dejó paso a las eufemísticas causas naturales.
Probablemente la diferencia entre depurar y purgar es sólo de intensidad: aquí el atracón ha sido largo y sostenido, de modo que sólo caben decisiones quirúrgicas, habituales en la medicina cuando la enfermedad sorprende muy avanzada, o cuando se niegan, sin más, desde las mismas bocas que ahora intentan pasar por campeones de la responsabilidad: casi peor que equivocarse es sostener lo uno y lo contrario en dos segundos, con el mismo semblante picassiano que viene a sugerir que el equivocado siempre es el otro.
Leire Pajín habla como el protagonista de El placer del viajero, la pequeña gran novela de Ian MacEwan que narra las vicisitudes terribles de un matrimonio ocioso en Venecia al toparse con un chulazo al peperoncino: pretende siempre que el otro se sienta responsable de una culpa que le causa un daño objetivo, aunque la la daga y el engaño sean siempre suyos. Cospedal sigue esa senda, aunque de momento se conforma con evitar las esdrújulas: todo lo que no sea un balbuceo obvio le viene grande.
Asumir el diagnóstico y empezar con la quimioterapia, en todo caso, no puede ser peor que negar la patología, y en ese sentido conviene insitir en que el Gobierno ejerce la medicina por vez primera: quizá como un interno en su primer año de residencia, pero mucho mejor que el brujo del bosque que presidía hasta ayer el Consejo de Ministros con ramas de tomillo en la mano.
Saldremos, pues, tras una purga que necesariamente ha de llevarse por delante el exceso de colesterol, y algo más. Por ejemplo la costumbre, tan española, de registrar dos únicos tonos de voz: el grito, cercano al eructo; o el silencio, complaciente con el exceso. Hay varios ejemplos de cuánto queda por hacer en este frente, a mi juicio el más explicativo de la crisis: callar y vocear, vocear y callar, resume como pocas cosas la evidente quiebra de valores que a su vez conduce a una crisis económica sustentada en la codicia.
No es mal momento para romper, pues, algunos tabús, sobre casi todo, en una especie de variante moderna de aquellas brujas de Salem que el escritor Henry Miller convertía en el epítome de la búsqueda de enemigos ficticios para sobrevivir en el poder. Probemos, pues.
- El sindicalismo. No se ofendan, pero así sobran. Su redefinición es posible, y también necesaria, pero difícil de digerir para ellos: no luchan, hace mucho, por todos los trabajadores. Lo hacen por sus afiliados. Y no se oponen del todo a la reforma, sino a la modificación de la negociación colectiva: de repente dejarán de ser la novia, el muerto y el niño en las múltiples ceremonias laborales que tantas tardes de gloria les han dado. Su aterrizaje será duro, pero la otra opción es salirse de la pista. Estamos ante una especie de sindicalismo neocón que pretende presentar como una defensa colectiva lo que apenas es una tétrica campaña de afirmación del privilegio o la ensoñación propia sin molestar demasiado al jefe: la reforma no es mala, pues entrega al parado de 400 euros la posibilidad de lograr un contrato indefinido con 30 días de indemnización, pero evita por comparación que en el futuro vuelvan a pagársele las gafas o la jornada de 35 horas o los libros de texto o los puentes romanos a los esforzados compañeros del metal de la Administración.
- Israel. Es difícil encontrar un gobierno más majadero que el judío, pero tampoco hace faltar mentir ni transformar la actitud de sus rivales en una heroica Iliada. En Gaza, por mucho que lo digan los progresistas de sofá, sólo hay un bloqueo de armas: es lo mínimo cuando allí gobierna un grupo terrorista, Hamás, que no duda en utilizar de escudos a los niños. El ataque a la flotilla fue una torpeza salvaje, pero no un crimen psicópata. En el viaje de denunciar el salvadiós de Netanhayu y compañía, no puede ir incluida la beatificación de los infanticidas de Palestina, la segunda rebanada del emparedado que tanto odio y dolor crea.
- González y Aznar. No es verdad que los ex presidentes sean jarrones chinos: el Senado romano elegía a los sabios más veteranos para añadir ese poso de experiencia desinteresada a la gestión de lo público. El problema es otro: sus intereses son ya privados, y eso explica la lamentable cobardía del socialista y el descarado impudor del popular: hablan para defender lo suyo, que es ganar dinero y posición por gestionar sus palabras y sus silencios. El segundo dice cosas más graves; pero el primero es menos sincero: un empate técnico en descaro y un sobresaliente a ambos en sobreactuación.
- El burka. Aquí no hay debate: tapar a la mujer equipara la presunta prenda cultural con el viejo cinturón de castidad que los cruzados ponían a sus esposas mientras cristianizaban el orbe. Dudar no es una consecuencia de los principios democráticos, que suelen justificarse por el respeto al distinto, sino una derivada de la estupidez intelectual: la complacencia de alguna mujer, musulmana o no, sólo es una prueba de cargo más, salvo que de repente el síndrome de Estocolmo también sea atenuante del secuestro.
- Almodóvar. Digámoslo alto, pero sin estridencias: no tiene mérito condenar el franquismo con 60 años si se ha vivido treinta años años bajo él sin decir ni mú. El vídeo que rescata viejas historias de la represión es más una campaña de sus presentadores que una defensa de las víctimas. La palabra clave es discreción: si en las causas no asumes algún riesgo, te limitas a aprovecharte de ellas. Esto no pone en duda la necesidad de abrir las zanjas, sino la conveniencia de quienes, ahora, se dan tortas por coger la primera pala.
Este artículo da para una saga. Habrá que ampliar: no en vano vivimos el amor en tiempos de cólera, un escenario perfecto para emular a Napoleón. Siempre prefería perder una guerra que dejar de librarla.
Básicamente, la gente quiere ir a la huelga, pero no quiere hacerlo con los sindicatos. Esta paradoja explica la insólita situación de España, en la que nadie es lo que parece, ni parece lo que debe ser. El Gobierno, incompetente en su nebulosa interesada, se ha engañado o ha mentido, pero gobierna por vez primera, a regañadientes, sin querer, pero sin poder evitarlo: algún beneficio arroja, aunque sólo sea en contraste con tres años imitando a los corredores suicidas del Paul Auster de El país de las últimas cosas.
La oposición dejará de serlo en un par de años, y puede agradecer el trabajo sucio que le dejarán hecho, todas esas reformas que comparte pero no defiende ahora, llevado por la lúgubre evidencia de que responsabilidad y victoria son agua y aceite en las urnas.
Los sindicatos, al fin, hacen demagogia completa, que es mucho más honesta que la parcial vigente hasta la fecha: para defender a sus afiliados, que suelen caracterizarse por su pertenencia a una Administración, terminarán por defender al conjunto de los trabajadores en un viaje genuinamente cómodo. Basta con respaldar lo justo, sin pensar ni un segundo en que tal vez sea imposible: que esa copa la pague otro.
Queda el ciudadano, atónito, despistado, con ese tipo de miedo atávico que sienten los niños por la noche: las sombras parecen fantasmas, en los murmullos y crujidos de las casas silenciosas se detectan inquietantes ecos de otra dimensión y, aunque quizá el día sobrevenga con un espléndido sol, las horas de penumbra previas resultan terribles.
Todo es fácil de resumir. Estamos ante el final de una era, como recoge Jacquez Barzun en su célebre tratado, y aunque eso no equivalga necesariamente a nada del todo malo, la transición será dolorosa: ahora toca repartir el esfuerzo; hasta ayer se imponía distribuir una cierta riqueza.
Convengamos algo: hay que tener optimismo, pero informado, y para el medio plazo. Y con una disculpa previa imprescindible para arrimar el hombro. Alguien tiene que pedir perdón antes de imponer nuevos esfuerzos. Zapatero, sin ir más lejos. Y otra condición: aplíquese primer el cuento allá donde las vacas siempre han dado leche. En otras palabras, como si escribiera Pérez Reverte: qué coño es eso de congelar pensiones o reducir salarios -dos medidas inevitables pero nunca primigenias- mientras han convertido la Administración española, central y periférica, en un inmenso chiringuito que quema el dinero público mientras suena La Barbacoa y se pide otra de tinto del verano.
Hay algo interesante en la vertiginosa manera de entender la política de Zapatero, similar a la de un jugador de dados compulsivo en el anochecer de un casino de Las Vegas. Confía en el destino, improvisa el lance, mira el tapete verde y cambia de posición esperando que esa extraña combinación de gestos subjetivos, de variaciones sobre el original, de rituales escénicos; obre el milagro y reviente a la banca.
Como el protagonista de Rojo y Negro, el Julien Sorel de la política del momento se ha dejado la piel en obtener el reconocimiento ajeno negado de antemano al hijo de un modesto carpintero con una estrategia tan fútil como práctica: decir siempre lo que el otro quiere oír. Si la novela de Stendhal es ante todo un vademécum atemporal sobre la hipocresía, el Gobierno del presidente ha sido ante todo una ceremonia de la confusión gloriosa que ha topado, al fin, con los muros de la realidad: no había dados, ni dinero a apostar, y en los controles de acceso al recinto de juego pitaban las alarmas de la morosidad antes siquiera de intentar la primera apuesta.
Pero hete aquí que, en ese momento de desvanecimiento, cuando todas las vergüenzas han sido expuestas en público y el oriundo de la gleba exhibe los tomates de sus calcetines blancos, surge la mejor versión del falsario en la peor de las circunstancias: derribada la pose, acabada la fantasía de que todo el mundo puede ser aristócrata proceda de donde proceda; al hijo del carpintero no le queda otra que empezar a hacer muebles.
El Zapatero que prometía el pleno empleo -"y dos huevos duros"-; el presidente que vivía y hacía vivir una eterna Noche en la Ópera; el líder cósmico que iba a acabar con el terrorismo; el estadista que lograría cristalizar el viejo axioma guerrista para que a España no la conociera ni la madre que la parió; de repente se transformaba en el emperador desnudo y, a diferencia del protagonista del cuento, aprovechaba la circunstancia para empezar a reinar en la tierra.
Seguramente este presidente decepciona a los suyos como nunca; es probable que lo más coherente fuera disolver las Cortes y convocar Elecciones que le evitaran hacer lo que no sabe o quiere hacer al objeto de que, en un escenario de previsible derrota, al menos lo hiciera otro. Pero aunque esas contradicciones son en el mejor de los casos un respetable acto de contricción y en el peor un síntoma más de liviandad; en todos merecen un respeto. Al final, la única gran revolución de José Luis Rodríguez Zapatero va a ser la más evidente de sus funciones primigenias desechadas: gobernar, un poco.
Esto que a continuación escribo puede estar equivocado. Que además sea justo o injusto es irrelevante: es probable que casi todo lo que ocurre y ocurra en los próximos meses sea injusto, pero también inevitable. No perdamos el tiempo, en fin, en juzgar, lamentar o sollozar por lo obvio: nadie se merece un cáncer, y nadie se lo desea, pero todos sabemos que no se cura con salmos, flagelos o admoniciones sobre el infausto destino.
Einstein se negaba a calificar de fracaso los cien errores previos a un acierto científico: eran pasos al éxito, o a la mera supervivencia. Conviene intentarlo, fallar y enmendar, ante la certeza de que la otra opción conduce al precipicio: tal vez dosifica el daño fragmentándolo en el tiempo; pero a la larga acumulada lo incrementa y hace irreversible.
Por buena intención o con pérfido cálculo, ya sabemos que lo hecho y lo no hecho hasta el momento ha situado a España en una zona de riesgo para sí misma y el conjunto de Europa: tiene dificultades para pagar su deuda y lograr nueva financiación; su tasa de desempleo duplica la media continental; su déficit ha crecido hasta amenazar su PIB; carece de un tejido productivo potente e innovador y depende como pocos de las energías importadas; la población activa es de sólo 14 millones de personas sobre un total de 46 y organiza su entramado político e institucional sobre un complejo esquema de tres administraciones que a su vez generan una miríada de órganos subsidiarios que a su vez se dotan de un régimen financiero, laboral y profesional distinto.
Y todo ello inmerso, nos guste o no, en un mundo económicamente global que condiciona e impone unas reglas del juego difíciles de sortear: ni los tipos de interés ni el valor de la moneda se deciden ya en Madrid, por citar sólo las dos herramientas que entre otras cien permitían en el pasado modular localmente el comportamiento de la economía.
No sigamos con la retahíla de problemas, que pueden resumirse en uno, aun a riesgo de simplificarlo en exceso: no hay dinero ni para pagar lo que se debe ni para sostener lo que se quiere. Hay culpables, pero tampoco importa demasiado: la naturaleza del mercado es la misma que la del ser humano, que coincide a su vez con la del dirigente político. Todos quieren ganar: repartamos pues la culpa, o la responsabilidad, pero no perdamos demasiado tiempo en ello hasta llegar a las urnas.
Casi todo el mundo sabe que Zapatero es una nulidad, un inconsciente o un mentiroso, un señor que, bien acompañado por altavoces de su nadería, negaba las evidencias y criminalizaba al grito de “facha” a quienes creíamos en nuestros ojos. También percibe que Rajoy se frota las patitas ante tanto drama y se limita a jugar al dominó mientras espera el paso del ataúd de su rival, emulando al Rey Pyrros que sólo ganaba una guerra si causaba y sufría las mimas bajas. También reparte las culpas entre el capitalismo especulador, el socialismo de cococha, el nacionalismo bulímico, el empresariado oligárquico o el sindicalismo de salón, unidos –¡totus tuus!- por el desprecio a la lógica y el amor al dinero fácil. Por supuesto entiende además la convivencia de una crisis global con un paroxismo local y se siente un poco culpable de haber vivido por encima de sus posibilidades y, sobre todo, de sus necesidades. Zanjemos pues ese asunto, provisionalmente, para pasar a la siguiente fase.
Y actuemos, así, por ejemplo, para concentrar los recursos en lo imprescindible, evitar el derroche público, defender de verdad el futuro del Estado de Bienestar y cambiar un poco la conciencia colectiva para que el mérito, el trabajo y la capacidad vuelvan a estar en el epicentro de la dura vida.
1.- Despedir a los parados. Parece un oxímoron, pero es una opción. Da igual lo que se haga en el resto si se mantiene un 20% de desempleo. O, mejor dicho, de personas que cobran el subsidio del paro. Con 5 millones de personas así, simplemente no hay recuperación posible: no cotizan, pero gastan. Estar en el paro tiene que resultar, pues, incómodo: hay que hacer lo imposible para que nadie cobre el seguro de desempleo si de verdad tiene otras opciones. Intervenir su cuenta bancaria para controlar sus ingresos; chequear su verdadera disposición a buscar o aceptar un empleo; descifrar con inspectores si tiene ingresos no declarados y forzarle, en fin, a trabajar. No hay estimaciones oficiales sobre el número de personas que prefieren un subsidio a un empleo o compatibilizan aquel con una remuneración sumergida, pero sí un incesante runrún sustentado en una cierta lógica: de existir de verdad tanto parado sin un euro, habría revueltas sociales en cada esquina. La única manera de garantizar el subsidio para quien de verdad lo necesita, por el tiempo que sea menester sin límites ni plazos, es quitárselo a quien tiene alternativas.
2.- Reducir un 30% la estructura de la Administración Central, Autonómica y Municipal. Parece una cifra desmedida, pero no es descabellada. Cada alcalde, presidente, rector, consejero y concejal sabe cómo hacerlo sin afectar a las obligaciones estructurales. Un indicio de por dónde empezar:
a) Subastar o cerrar todas las televisiones públicas autonómicas. Junto a la española, acumulan un billón en deudas. Básicamente atienden las necesidades del Gobierno de turno, pero aunque fueran un delicioso servicio público, no son un producto de primera necesidad en tiempos de hambruna. Ir al gimnasio también es sano, es una lástima tener que dejarlo, pero lo primero es asegurar el plato de lentejas. La Tdt ha estimulado una multiplicación de canales, y la inminente televisión por Internet elevará esa cifra hasta el infinito: algún operador se encargará de los delfines, de enseñar inglés o de atender ese tipo de espacios de presunto interés público con un patrocinio espectacularmente inferior al coste que ya tiene asumir el ente al completo. En todo el caso, el Estado siempre podrá premiar fiscalmente a las cadenas que incluyan en su programación todos aquellos contenidos, campañas o debates que ayuden a consolidar valores de igualdad, justicia o libertad.
b) Cerrar la mitad de las Universidades y el 90% de los apéndices clientelares de todas ellas para subir a continuación un 30% el presupuesto a las supervivientes, con un plan de exhaustivo control de la docencia, la investigación y su implicación en el tejido empresarial. En el 95% de los proyectos de investigación de Estados Unidos participan sus universidades de referencia; en España apenas se llega al 5%: faltan alumnos, se imparten estudios inservibles; se antepone el crecimiento del ladrillo impulsado por cada reyezuelo provincial; se financia una opaca red de intereses transversales presentada como epítome de los mejores valores internacionales que sólo sirve para pagarse canonjías y, finalmente, se trata por igual al profesor comprometido y talentoso que al catedrático que sólo acepta la dedicación exclusiva a efectos de cobro. Sobran facultades y sobran alumnos, pero faltan buenas Universidades: con un gasto menor, se haría sin duda mejor gastando mucho más en muchas menos, pero hay que aceptar y decir que no todo el mundo se merece ni necesita una licenciatura y que no todas las ciudades necesitan una Universidad. España ha atravesado sus dos décadas de mayor bonanza e inversión universitaria sin haber logrado generar una conciencia nueva para quienes emprenden, quienes fabrican y quienes gestionan: no han fallado los recursos, enormes, sino la manera de gastarlos. Era mucho dinero, pero para demasiadas Universidades, que han renunciado a su liderazgo intelectual y se han transformado en dudosas agencias de colocación laboral que no colocaban a nadie.
c) Subir el sueldo a los funcionarios, despedir o prejubilar a un millón y medio de ellos y suspender la oferta de empleo público salvo en educación, sanidad y seguridad. La reducción salarial es una torpeza y una injusticia que no arregla nada, deteriora sus expectativas, les enfrenta a la sociedad y mantiene un costo excesivo. La descentralización autonómica y municipal ha desembocado en una orgía de empleo público innecesario que, lejos de mejorar los servicios públicos, los ha sindicalizado en su acepción más absurda: poco hay que negociar cuando el trabajo es estable y para siempre. Con 24 millones de habitantes menos, España tiene los mismos funcionarios que Alemania, peor pagados y más desmotivados. Este fenómeno tiene dos efectos perversos: de un lado, estimula en demasiada gente la sensación de que lo mejor que puede hacerse en la vida es lograr una plaza en el Ayuntamiento o convertirse en Belén Esteban. De otro, la política se aprovecha y lo estimula igualmente, procreando un ejército de asesores, directores, delegados y oficinas inservibles cuya desaparición absoluta debería imponerse: en unas partes de España esto es un atraco a mano armada; en otras además estimula un secesionismo absurdo al malgastarse en embajadas en el extranjero y todo tipo de inservibles consejos destinados a inocular en el ciudadano el virus del agravio.
d) Impulsar un convenio colectivo único en la Administración, con una vigencia nunca inferior a quince años. El sistema actual es kafkiano: en cada ayuntamiento, universidad, comunidad, diputación e institución se produce una negociación cada dos o tres años que ha terminado, indefectiblemente, con la transformación de onerosos privilegios en sacrosantos derechos: los llamados Fondos Sociales son el epítome de una sangría que desatiende la capacidad financiera de la Administración y dedica el dinero de inversión productiva a gasto corrientes: en miles de ciudades de España faltan escuelas infantiles, parques, transporte público, ayuda domiciliaria o parques empresariales; pero en casi todas ellas sus trabajadores municipales tienen cubierta hasta la óptica o el dentista o los libros de texto para sus hijos. Hay que dar la vuelta al manido axioma de que “cualquiera puede hacer una oposición” para cambiarlo por el “a nadie se le obliga a ser funcionario” para que su condición de prestadores de servicios se anteponga a su tendencia a la sindicalización. Con el tiempo, los servidores públicos recuperarán una amplia estima social, tendrán unas retribuciones a la altura de sus obligaciones y darán solidez y futuro a un sistema público fornido que ahora está amenazado.
e) Reducir un 90% los cargos de confianza, asesores y demás estructura política: el abuso es tan manifiesto como inútil. Personal sin capacidad pero con carné que convierte las instituciones en comisariados del partido y resta legitimidad a cada Gobierno para imponer algo de sensatez en sus negociaciones laborales con los sindicatos. Esto genera un problema económico inmenso, otro social y uno más político: buena parte de los problemas de identidad y tensión dentro de España obedecen al ‘trabajo’ de organismos y personajes que malgastan el dinero público en dar problemas que la gente no sentía hasta entonces: las embajadas regionales en el extranjero son el mejor ejemplo de todo ello.
f) Cerrar o quitar toda la financiación pública al sobrecogedor sistema de chiringuitos relacionados con la Administración local, autonómica o central que da cobijo a una red clientelar y política insoportable. En España hay mil fundaciones, centros, pseudoembajadas, empresas casi públicas, institutos, observatorios y toda laya de denominaciones dedicadas a lo mismo: cooperación internacional, ayuda al desarrollo, formación, etc. Una simple investigación permite confirmar su sonrojante relación con figuras políticas, partidos y personalidades que, bajo nobles declaraciones de intenciones, en realidad sirven ante todo para justificar unos emolumentos amplios, coche oficial, contratos transversales y gastos de representación. Es imposible cuantificar su coste, pero basta con dar un paseo por la Castellana o la Diagonal para percatarse del imparable crecimiento de placas doradas, banderas ondeantes y edificios majestuosos dedicados a la inanidad envuelta en oropel.
4.- Imponer un único modelo de financiación autonómica. Exprimidos los ciudadanos con ingresos fijos (trabajadores, pensionistas y funcionarios), le toca a los territorios, si acaso existen. El esfuerzo compartido pasa inevitablemente por imponer, durante el tiempo que sea menester, un criterio fiscal, financiero y económico igual en cualquier punto de España sustentado en una máxima inapelable: el que más tiene, más contribuye, en la idea de que a la larga un reequilibrio territorial generará más riqueza para todos y especialmente para el que más contribuyó. Si se aspira a que Francia, Alemania o Estados Unidos ayuden a España, Grecia o Portugal, ¿cómo puede sostenerse aquí que Navarra, Cataluña o Euskadi tengan un régimen propio opuesto al inevitable peso del sentido común internacional?
5.- Quitar las subvenciones a la Iglesia, los partidos, los sindicatos y las patronales. Sin maniqueísmo, por razones estrictamente prácticas de transparencia y eficacia. En aquellos frentes que cualquiera de estas entidades ofrezca un servicio objetivo e imprescindible –formación, representación o asistencia-, puede crearse un contrato específico con una partida concreta fiscalizada con el mismo criterio que se sigue con una contrata. En lo demás, que opere la voluntad individual de cada una a través de las casillas que sean menester en la declaración de la renta.
6.- Privatizar todas las empresas públicas, empezando por las rentables. El Estado debe concentrarse en la Sanidad, la Educación, la Defensa, la Justicia, la Igualdad, los servicios sociales y las infraestructuras, aquí sin menoscabo de trabajar con la iniciativa privada. Todo lo demás puede controlarlo sin necesidad de ejercerlo, sacando tal vez ahora unas grandes plusvalías que hacen falta para luchar contra el déficit y la deuda: todos los transportes, la gestión del agua o los aeropuertos pueden seguir los pasos de las Telefónicas o los astilleros si, a continuación, la bacanal de organismos públicos que controlan los mercados, hacen simplemente su trabajo de supervisión.
7.- Cobrar por la Sanidad. El sistema sanitario actual es insostenible. Le ocurre como a la gestión del tráfico: cuando la única solución es ampliar ad infinitum las carreteras, deja de haber solución. Restringir el consumo, como racionalizar el tránsito de vehículos, es la única manera de evitar el colapso y el deterioro del sistema sanitario. Una vez más sobra demagogia y falta sentido común: la falsa sensación de que todo es gratis conlleva un uso abusivo del sistema sanitario, un consumo desmedido de fármacos y el deterioro del servicio pese al inmenso gasto público efectuado en la última década: nunca habrá suficientes hospitales, quirófanos, médicos, enfermeras o especialistas para atender a todo el mundo, local o foráneo, si no se aplican unos criterios de contención y regulación entre los usuarios: los medicamentos genéricos, el euro sanitario para las recetas y consultas, el control de acceso a las urgencias o el abono parcial de servicios secundarios son indispensables para garantizar a futuro una sanidad pública, universal y eficaz.
9.- Crear un nuevo DNI electrónico vinculado a la declaración de la renta. En la era de las tecnologías, es lamentable que no exista un documento físico y electrónico que incorpore la declaración del IRPF a los datos tradicionales identificativos: con algo así, podría imponerse un sistema de pago progresivo en casi todos los servicios, de modo que no pagara lo mismo todo el mundo. En realidad, sería una manera de que unos pagaran más, otros poco y algunos nada, pero en todo caso se entendiera que lo gratis no existe.
10.- Endurecer el acceso a la educación a partir de los 16 años. No todo el mundo vale ni quiere estudiar. Obligarle a hacerlo desvirtúa las opciones y recursos de quienes sí quieren hacerlo, iguala por debajo y hace poco competitivo a un país. Además se genera frustración entre los malos estudiantes, que bien podrían dedicarse a otros oficios bien necesarios si tuvieran el reconocimiento social del que ahora carecen: tener las mismas oportunidades y garantizar que nadie se quede fuera por razones de recursos es una cosa; ‘obligar’ a estudiar por falta de alternativas o convenciones sociales, otra bien distintas. En España sobran estudiantes y, treinta años después de la muerte de Franco, ya se puede y debe decir sin que nadie responda que sólo pueden estudiar los pudientes.
11- Sacar a Bolsa las Cajas de Ahorro. Que las mantengan los inversores. O que las absorban otros bancos. Cualquier cosa es mejor que soportarlas desde lo público, gestionarlas desde la política y desprofesionalizarlas para librarlas de las obligaciones que tiene cualquier empresa, sustituidas por la obligación debida al partido de cabecera de cada autonomía. No hay ninguna Caja que funcione bien, todas tienen pérdidas, todas han hecho inversiones ruinosas y la mayor parte renuncia o mitiga su función social en cuanto llegan adversidades. Caja Sur y Caja de Castilla-La Mancha, financiadora del ruinoso aeropuerto de Ciudad Real, son símbolos de un desastre generalizado que ya no puede soportarse: el de la subordinación de sus obligaciones bancarias a sus colores políticos, sean los de CiU en Cataluña, el ONV en Euskadi, o el PSOE y el PP en Madrid, Andalucía o Galicia.
12.- Reforma laboral y convenio colectivo. Es mejor que el Estado de Bienestar lo tutele, financie y garantice la Administración: delegar en las empresas es bienintencionado, pero tan fatuo como confiar la solidaridad al individuo o la ONG: mejor que figure en presupuestos y que no sea una opción personal, de la empresa o el ciudadano, sino una obligación del Estado. Por eso hay que facilitar a las empresas que contraten y despidan… y paguen impuestos para que la Administración redistribuya la riqueza pensando en las necesidades de todo el mundo: el sistema actual no defiende al parado de larga duración, no concede recursos al Estado para garantizar el futuro del sistema asistencial y de subsidios y no contenta a quienes crean empleo. El mercado laboral español no resiste la comparación con ninguno de Europa: si el paro aquí es el doble, alguien puede pensar que tenemos un problema legislativo. Y otro moral: un despido barato es mejor que un subsidio lamentable y caritativo, y sólo hay que preguntar a los parados sobre ello. En todo caso, la reforma no debe hacerse pensando en despedir, sino en contratar: menos modelos de contrato, más permeables a las jornadas reducidas, al teletrabajo y los objetivos, con un Estado quitándole el miedo a las empresas y recaudándoles lo que sea de justicia para poder sufragar los desperfectos del desempleo. Que cada uno se centre en lo suyo, en fin: lo mejor que pueden hacer las empresas es ganar dinero; entre otras cosas para que el Estado tenga recursos y no delegue en nadie sus obligaciones estructurales. Con todo, es más importante un cambio profundo en la negociación colectiva: en un mudo en cambio, plural, poliédrico y complejo no se puede encapsular las relaciones laborales en patrones fijos que simplemente bloquean al emprendedor y le invitan a no intentar casi nada.
13.- Nueva Ley de Suelo. Una cosa es que el tipo urbanístico, y otra el precio de mercado: legalmente no hay razón para que un suelo residencial cueste más que uno productivo, terciario o rústico. Controlar el mercado del suelo hubiera sido una manera muy práctica de frenar la burbuja inmobiliaria en un sector que, en contra del sainete que echa la culpa al ‘capitalismo salvaje’ (existente en el mercado financiero y bursátil, pero no aquí), está fuertemente controlado por el Estado: los bancos centrales controlan los tipos de interés y el funcionamiento de la banca privada; y las autonomías y los ayuntamientos los planes urbanísticos. Impedir que se repita la historia, gestionando a largo plazo las existencias de suelo y evitando la especulación, es factible: de paso se dará un golpe definitivo a la corrupción.
14.- Energía nuclear. No se puede estar a favor del Medio Ambiente pero en contra de cambiar el tipo de vida: la única alternativa al exceso energético es reducir drásticamente el consumo. Pero pocos están dispuestos a aceptar regulaciones en el uso del coche o a no enchufar la tele, el aire acondicionado, la nevera y la play al llegar a casa. Y aunque lo estuvieran, los países emergentes no se apuntarían: Occidente lleva 30 años contaminando el planeta para lograr prosperidad; ahora les toca a ellos. Tal vez algún día las nuevas tecnologías resuelvan la capa de ozono o el cambio climático, bombardeando la troposfera con un láser milagroso, pero mientras hay que apostar por una combinación de un mix de energías y una disminución del consumo. En el caso de España, la dependencia del petróleo o el gas exterior es absoluta y bloquea su crecimiento industrial y expectativas: sólo la energía nuclear, en una dosis determinada, conferiría al país una cierta autonomía en un ámbito estratégico clave. Pero sólo la demagogia lo impide: de poco vale cerrar centrales nucleares si se compra en media Europa energía atómica a mayor precio y además se contrae la obligación de recuperar los inquietantes desechos para enterrarlos en cementerios domésticos.
15. Edad de jubilación. Simplemente, debería desaparecer la obligación de jubilarse mientras a uno le den trabajo y quiera asumirlo. Lo razonable es que haya una edad en la que pueda dejarse de trabajar para empezar a recibir la pensión, y que ésta sea acorde con las expectativas vitales: los 67 años es un inevitable punto de partida, aunque no guste. Las pensiones no vienen de una hucha ni de una cuenta corriente, sino del flujo mensual de cotizantes: con mucho paro, poca población activa, prejubilaciones vergonzosas y jubilaciones forzadas; no salen las cuentas y se produce un desequilibrio que sólo compensarán quienes se hayan hecho un plan privado. ¿Pero y los que no pueden? El sistema de pensiones depende, casi en exclusiva, del vigor de la población activa: si no se genera empleo, a futuro no habrá manera de pagarlas, sin más.
16.- Infraestructuras. En España se han invertido billones de pesetas en infraestructuras provinciales, pero no se puede volar directamente a Shangai ni se dispone de un gran puerto que conecte a Europa con Asia y América. Con esas dos infraestructuras, más una sólida red ferroviaria de alta velocidad, el país viviría de la logística por su localización geográfica en el centro entre tres continentes. Hay un aeropuerto en Ciudad Real sin aviones, otro en Valladolid y así en cada pequeña capital de provincia: ocurre como con las Universidades, que todos quieren tener una aunque no sirva de gran cosa y detraiga recursos que bien invertidos hubieran generado riqueza y trabajo para todo el país. La suspensión de todas las inversiones anunciada por el ministro de Fomento, unos meses después de malgastar millonadas en poner pistas de pádel en pueblos sin agua caliente con un Plan E soviético que no ha frenado el paro, es la prueba del 9 de este triste fenómeno: hemos malgastado los años de bonanza en banquetes para caciques provinciales e indocumentados con birrete, ahora que no llega la comida, echamos de menos las alternativas que garantizarían el suministro
Creo que esta lista puede engordar, y obviamente debe discutirse cómo se aplica: de un plumazo generaría un cataclismo; con un calendario razonable a corto, medio y largo plazo, revocaría el déficit y garantizaría la supervivencia del Estado de Bienestar. Pero hace falta, tanto o más que unas cuantas medidas quirúrgicas, un cambio de mentalidad: mientras la gente siga pensando que todo lo más no va poder irse de vacaciones este año, alimentada por una clase política que primero adopta y después maltrata al ciudadano, será imposible dar un paso en la dirección correcta. Tampoco es baladí la resistencia intelectual preponderante, abonada al chiste de Woody Allen en lugar de al diagnóstico del doctor House: con el primero te ríes, pero sólo con el segundo te salvas.
Nada de lo escrito es agradable, a nadie mínimamente alejado del perfil de Charles Manson le puede seducir causar daños temporales, todo el mundo está en contra de la muerte y, en fin, sería mucho mejor lograr el mismo resultado con un sacrificio infinitamente inferior. Pero como no hay manos invisibles salvadoras, tal vez haya que confiar en las de siempre, con tal de esquivar la designación de las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández como nuevo himno nacional.
Posdata. Por supuesto, estoy totalmente en contra de la muerte.
Blanco en La Noria, o la metáfora de la política y del periodismo del momento: se puede decir lo uno y lo contrario, siempre y cuando se chille lo suficiente para tapar el eco del propio exabrupto, confundido con los aplausos de una platea ágrafa. Una sociedad de ignorantes dirigida por sinvergüenzas.
La otra condición indispensable del político de moda es que siempre invita a rondas pero jamás paga una copa: la debilidad de Rajoy es peor para el país que para el PP, pues a nadie se le escapa que sólo hay Gobiernos fuertes cuando hay oposiciones sólidas. El CIS no consagra una victoria del PP, sino una debacle del PSOE que entrega ese tipo de triunfos de ciclista malo, de pedalada mediocre, que ve caer a medio pelotón a diez metros de la llegada.
Zapatero es igual: juega a la ruleta confundiendo el mediocre azar con el elevado destino, característica del hombre voluble según Benjamín Disraeli, y transforma el insulto de ayer en vitola de grandeza hoy. Lo hizo con ETA, lo hace con la economía y lo hará con todo con una impavidez heroica: los recortes, el Estatut, la paz y lo que sea menester pueden gestionarse con la derecha, con la izquierda o al ritmo de la yenka sin variar su condición progresista si él, y sólo él, lo suscribe.
La psicóloga Alice Miller dedicó toda su vida a estudiar el maltrato infantil, sustentado en una especie de pedagogía perversa que transformaba el acoso en una herramienta de la educación, heredable y transferible de generación en generación: el niño con el padre, como el ciudadano con el político, desarrollaba una dependencia del capricho y la agresión presentada como una inevitable consecuencia del ejercicio de la responsabilidad.
Ahora La Noria despeja, al menos, el horizonte: tenemos tipos que hacen política como Belén Esteban fríe gallinejas. Lo extraño no es que ahora la cosa vaya tan mal; sino que alguna vez fuera bien. Y ésta es la mayor garantía de que algún día, pese a todo, volverá a mejorar.
David Cameron va a ser padre a los 43 años y, desde un partido conservador, suscribe un discurso sobre la pobreza y el cambio climático que haría palidecer al primo de Rajoy, que se parece al laborista Brown en la rotundidad de sus derrotas pero nada en la digestión posterior: uno se va a los dos minutos; el otro se agarra al reloj e intenta pararlo para ver si así las horas le sonríen.
Obama es negro, progresista pero nada progre, jura el cargo mirando a la Biblia, gana el Nobel de la Paz prolongando guerras y gestiona derechos universales como la sanidad con empresas privadas de seguros, consciente de que la única manera de alcanzar un ideal es dar el primer paso de lo posible.
En Alemania, en algunos de sus poderosos lander, gobiernan los conservadores de Merkel con Los Verdes, cuyo viejo líder se preocupó por reunirse con el Papa en los albores del nuevo siglo, cuando se discutía la conveniencia de reconocer la huella del cristianismo en la construcción de Europa.
Sarkozy se divorció, cantó bajo la luz de la luna pública con un artista viajada e, intentó, tan francés él, hacer su propia revolución, escasamente previsible en alguien presentado como la quintaesencia del centralismo reaccionario.
En la larga distancia, las virtudes ajenas se pronuncian y los defectos se alejan: le pasó también a Zapatero, idealizado por una parte de Europa que le vio, hace ya años, como un tipo distinto que se sentaba ante una bandera y aguantaba erguido ante el emperador equivocado.
Pero da la sensación, con todos sus defectos, de que cualquiera de los líderes externos, de izquierdas y derechas, superan en competencia, decisión, cultura, arrojo y responsabilidad a cualquiera de los nuestros, empequeñecidos en su monolingüismo sectario, mediocres en su comprensión de la vida, miserables con su malversación de la historia colectiva, nulos a campo abierto y siempre dispuestos a suscribir la idea de que la única victoria posible pasa por la derrota de todo lo demás.
Zapatero es un mal presidente, que conjuga siempre el verbo equivocado, transformando la realidad en una fantasía para evitar un disgusto que termina amplificado. Pero Rajoy es también un mal candidato: cualquier otro, con CIS y sin ella, ya habría logrado una reacción más enérgica de su rival o el anticipo de las Elecciones Generales para que el nuevo, del PSOE o del PP, hiciera lo que tiene que hacer, desagradable sin duda, inevitable también, algo mejor no obstante que la muerte: una reforma estructural del país que empapara una nueva conciencia individual y colectiva del tipo que Kennedy ofrecía y esperaba de los americanos.
Pero no es momento de lecturas cortoplacistas sobre la cualidad de los dos pequeños grandes hombres de la política del momento, sino de ayudarles a ambos, con la nariz tapada si es preciso, a que prosigan un camino sin vuelta atrás, con el mayor respaldo posible: sólo tocando el gasto no se llega; hay que meter el bisturí y transformar el país de los dogmas baratos en la España del sacrificio repartido.
Todo lo que no sea acabar con la miriada de chiringuitos institucionales, aplicar un sistema de financiación autonómica coherente y apolítico, terminar con el saqueo del dinero público que cada alcalde, presidente, rector, dirigente sindical o banquero de caja perpetra cada día, será una estafa y un atraco para el ciudadano: hace falta que su indispensable sacrificio sea para cambiar de verdad un modelo; no para perpetuar las prebendas empobrecedoras de quienes, con infinita cara en esa hipótesis, esperan que los de siempre se dejen la piel como nunca. O aquí pringan todos; o unos pocos harán el pringao.
No habrá pacto nacional por la educación. Ni por el mercado laboral. Tampoco para la reforma de la Administración. Y que nadie lo espere ninguno de los asuntos clave que marca el devenir colectivo e individual de cada ciudadano: lo que no se pacta es una metáfora de la política mentecata que tenemos. Termina haciéndolo todo tarde, a solas, mal, a medias, con cambalaches; como un condenado en el cadalso gritando su contrición antes de irse al infierno con cargo de conciencia.
Lo que sí se acuerda también retrata. Aún más, incluso: los procesos de fusión de las cajas de ahorro y la nueva ley que gestione el sector. Esto es, con menos circulonquios, la eliminación de las huellas del propio crimen y la sustitución del burgomaestre de cada cortijo: hasta ahora lo ponen los presidentes autonómicos; en adelante quieren hacerlo Zapatero y Rajoy.
La Caja de Castilla-La Mancha ha dejado un agujero cuya prospección necesita de algo más que economistas: habría que buscar alguna lumbrera en astronomía y el telescopio perdido por Canarias para sondear en el fondo y entender la cadena de explosiones, contracciones y deyecciones ocurridas allá donde la luz no alcanza. Pero nadie ha ido a la cárcel, ni ha dimitido, ni se ha sentado al menos en un tribunal para dar explicaciones.
En la Comunidad de Madrid se pacta poco y se grita mucho, haciendo carne el tópico del español bajito y cabreado; pero el PSOE sí ha sido capaz de firmar dos acuerdos distintos en Cajamadrid: le valía el vicepresidente Ignacio González; y le valió el ex director del FMI. En ambos casos con el respaldo de los dos sindicatos, a quienes cabe reconocer su habilidad para transformar en un asunto de estado una mera cuestión de dinero.
Básicamente, puede establecerse una conclusión: el PSOE y el PP son bien capaces de entenderse en todo aquello que renueve, consolide, sostenga o mejore sus intereses personales. Y no lo son cuando los intereses son externos; esto es, de todos los demás.
En dos largos años de crisis se ha puesto en solfa el empleo de 4,6 millones de personas; la existencia de 140.000 empresas; la edad de jubilación de 14 millones de trabajadores; el futuro de las pensiones o el acceso al mercado laboral de todo aquel con menos de 20 años y más de 45: en ninguno de esos epígrafes aparece ninguno de los responsables de impulsar, consensuar, modelar o cambiar alguna de las leyes, normas, decretos o reglamentos que, tal vez, pueden invertir la tendencia.
Pero nada se ha pactado, salvo los derechos propios, en una paranoica perversión de las responsabilidades básicas del ejercicio político: en lugar de buscar soluciones para los problemas de todos; busca problemas a todos para garantizarse las soluciones propias.
La estafa legalizada por la retórica alcanza su cénit con un último invento: achacar la crisis a inexistentes manos invisibles mientras la mitad de los organismos públicos que sí regulaban y tutelaban la nada nada libre y muy oligárquica manaza que ha causado el desplome (¿Acaso hay algo más regulado que el urbanismo, el precio del dinero y la energía?, ¿Dónde estaban los Bancos Centrales, la CNMV, la laya de ministerios, concejalías y consejerías del ladrillo y el suelo?) escurren el bulto y buscan, con la complicidad de la justicia y el amparo de las instituciones, un culpable extracorpóreo que cargue con el cadáver propio. El crimen perfecto: la víctima es el asesino.
El desembarco de Tomás Gómez en el PSOE de Madrid fue una buena noticia para todo aquel que considerase que la política ha de cumplir un requisito elemental que tan a menudo olvida: poner a los que saben hacer las cosas a hacer las cosas que saben. El duro ecosistema llamado tierra, en general, funcionaría algo mejor si asumiera que éste es el único pensamiento auténticamente revolucionario que debe suscribirse sin temor a las consecuencias.
Si José Antonio Marina fuera ministro de Educación sin dejar de ser Marina como Gabilondo ha dejado de ser Gabilondo; si el rector de la Complutense no quisiera ser ministro y el de Alcalá no aspirara a ser Berzosa; si el presidente lo fuera por los españoles y no para su partido; si el ministro de Economía fuera el Mafo de Banco de España o el Pizarro de Endesa y no el Mafo socialista o el Pizarro popular; si el jefe de la Oposición lo fuera por los ciudadanos y no para sus siglas, si a Pedro J. le importara más el mundo que El Mundo; si a Cebrián le inquietara más el país que El País; si a Ferrán le ocuparan más las empresas que sus empresas o si a Toxo o Méndez les desvelaran más las nóminas del resto que las propias; existe un seria posibilidad de que todo fuera menos malo y algún día bastante decente: decir la verdad aunque cueste, sobre todo si cuesta, suele acercar el remedio.
Gómez venía de Parla, con una visión periférica de la política y la vida que el Madrid de las vanidades necesita, tan poblado de urogallos en celo, de pavos de plumas pintadas al temple, de salmones en constante remontada por un río sin recodos plagado de tiburones de agua dulce: podía, en fin, implantar un discurso y una pose nuevas que acabara con ese provincianismo tan madrileño que no se percata de que lo es al recubrirse de la retórica del oro falso.
Pero no. Gómez no ha sido Parla, sino un parleño en Madrid que intentaba pasar por un salmónido siendo sardina, ese pescado azul plagado de proteínas que no tiene rival en una mesa si no renuncia a sus virtudes. Rápidamente eligió: primero el PSOE de Ferraz, luego su PSOE de Madrid y por último, los madrileños: justo al revés que la actual presidenta, que nunca cantará la rianxeira de Rajoy si en el viaje tiene que dejar de bailar su chotis.
Sus tragaderas han sido míticas, con la sobreprotección a una ministra inaudita, Magdalena Álvarez, que selló su indeleble impronta ante los sonrojados ojos del espectador imparcial y le dejó al fin en evidencia: no venía a hacer un PSC a la catalana en Madrid, que es lo que hacía falta; sino a legitimar el exceso, el abuso o el despecho si con ello se ganaba un lugar personal bajo el sol.
La insólita inquina a los medios de comunicación; el torpe desplante a las víctimas del 11-M; el reculado plantón a las instituciones autonómicas; la desatención a la militancia descontenta; la persecución al disidente; la subordinación a Ferraz y la sustitución de la alternativa argumentada al PP por el exabrupto barato contra Aguirre han jalonado una trayectoria inversamente proporcional al Gómez que intuíamos: ha sido y hecho justo lo opuesto a lo que muchos madrileños esperaban de ese chico alto, apuesto, ganador, algo provinciano y nuevo que venía del pueblo de donde ya nunca más se saldría ni se llegaría a mamarla.
Que Gómez sólo se enfrente a Ferraz para garantizarse su candidatura le equipara más con el tío que da una patada a un niño para quedarse en último bote de un barco a la deriva que con el líder autónomo que sitúa las prioridades convenientemente: primero los que me van a pagar; después los que creen que me pagan.
El ciudadano tiene dificultades para analizar con profundidad los recónditos arcanos de la vida política, pero está dotado de un fino olfato para traducir lo complejo con una simple idea: las encuestas atestiguan cuál tiene creada de Gómez, que no obstante se ha ganado el derecho a medirse con Aguirre. Porque una parte de la culpa, nada desdeñable, de la prematura deflagración de un candidato con buena pinta, la tiene ese PSOE que ha convertido su Ejecutiva Federal en una división de la BRIPAC: ideas para Madrid tiene muy pocas; pero de paracaidistas siempre va sobrado.
El Gobierno ha suprimido 29 empresas públicas y 32 altos cargos: más que una medida de ahorro, es una prueba de cargo para evidenciar el abuso sostenido en la Administración, superpoblada de chiringos, inflada de amiguetes, extenuada por la inflación de gabelas donde anidan rapaces con carné incapaces de demostrar fuera lo que cuestan dentro.
El saqueo es perpetuo, y se ha lucido durante años con extrema indiscreción: la Castellana de Madrid es una especie de Las Vegas institucional con ludópatas del dinero público que, bajo los fines nobles que enuncian en sus fachadas, sólo sirven para agrandar el parque móvil a cargo del presupuesto público y para hacer feliz a la sección de tarjetas Vip del Banco de Santander.
La miriada de centros de la cooperación internosequé; de institutos de la juventud medionosécuántos; de observatorios de la violencia de miraportúpordónde y de delegaciones para la lucha contraelquémedices alcanza índices pronográficos y convive con las colas del paro como el sultán de Brunei con los pordioseros sin turbante.
Con ser grave, ética y económicamente, lo peor es el eco que alcanza el regüeldo en círculos concéntricos: hoy no hay rector ni alcalde ni presidente que no mimetice esa bulimia repitiendo en su terruño el mismo esquema. No hay Universidad ni Ayuntamiento ni Diputación que no haya encontrado en la retórica lo que no cabía en la contabilidad para dar salida a los excedentes humanos que no cabían ya en la institución, con una única virtud digan del estudio de los biólogos: su enorme capacidad de reproducción, su simbiosis con otros iguales para reforzar la indignidad con una apariencia de red internacional que echa perfume inútil en el lodo de tanto detrito.
Son, en fin, como el protagonista de Los falsificadores, un timador de la Alemania nazi que salvó su vida emulando el dólar y la libra para el Fürher: si llenaba los Estados Unidos y la Gran Bretaña de dinero falso, podría provocar el colapso de las economías aliadas.
Con este panorama, el último reflejo es el más aterrador: no puede pedir contención a los sindicatos de la Administración quien preside el banquete y reparte las raciones. La ligereza en los convenios colectivos es el precio a pagar por mantener el estatus propio: al fin y al cabo las centrales se deben a los suyos, y es comprensible que saquen el máximo aprovechando las debilidades del que paga con dinero ajeno. Para que tengas lo tuyo, danos lo nuestro.
La crisis, en fin, tiene salida, sin necesidad de que la paguen ni los 14 millones de españoles cotizantes ni los 4,6 de españoles parados: basta con que los que dicen servirnos, dirigiendo el cotarro o trabajando en él, entiendan de una puñetera vez que una cosa es el Estado de Bienestar y otra el Bienestar de los que trabajan en el Estado. El orden de los factores sí altera el producto.
No existe unanimidad al respecto del porcentaje exacto de antitaurinos en España, pero algunas encuestas otorgan esa condición a una mayoría de ciudadanos. La cogida a José Tomás, no obstante, ha sido la noticia más leída de la semana en los periódicos digitales: en la necesidad de colmar el morbo se reconoce, un poco, la complejidad del asunto y se desecha de paso la simplificación del debate.
Los defensores del crucifijo suelen ser detractores del velo. Y viceversa. No parece detectarse demasiada coherencia en ninguno de los casos. La segunda derivada es aún más divertida: algunos encuentran en el tamaño del trapo la clave del asunto: si tapa la cara de la niña, pero no demasiado, es tolerable. La futilidad definitiva: no es una cuestión de igualdad ni de fe, sino de despliegue textil. "Sólo le di una torta, una", dicen algunos maltratadores como atenuante.
El 20-N ya no sale en los periódicos, y hay más audiencia en una conferencia sobre el ciclo reproductivo de la almeja babosa de Carril que en una concentración de Falange. Pero eso no es óbice para que se levanten barricadas y todo el mundo esté hurgando en hemerotecas y archivos para encontrar un retazo franquista propio o del rival.
Hasta El País, en una formidable serie de reportajes sobre el futuro amenazado del Estado de Bienestar, incide en la evidencia de que hay más universidades que universitarios y que esto es un atraco a las arcas públicas. Pero la Universidad de Alcalá acepta 100 millones de la Castilla-La Mancha que va en la cola del desarrollo para construir un tercer campus: las tuneladoras y las hormigoneras no son animales de compañía, pero aún así se les da de comer como a mascotas.
El Tripartito arremete contra el Constitucional. El PSOE, por interpuestos, contra el Tribunal Supremo. Y el PP contra la Policía y los jueces del Gürtel. Hay un ministro de Justicia y una Constitución, pero la verdadera ley de España tiene la firma de Groucho Marx: "Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros".
España, año 2010. 20% de paro, el mayor fracaso escolar de Europa, a la cola en investigación y desarrollo, sin ningún nicho productivo nuevo en el horizonte. Pero el gran debate sobre la educación sigue siendo si se puede estudiar o no en español en todo el país, y por cuántas horas exactamente.
Castilla-La Mancha: mi agua es mía. Cataluña: mi renta es mía. Si la caspa nacionalista cotizara en el Ibex, la crisis se borraría de un plumazo y todas las autonomías españolas figurarían en los ranking de desarrollo al lado de los lander de Hamburgo.
Zapatero no ha trabajado nunca en una empresa privada. Rajoy tampoco. Manuel Marín empezó con 27 años en el Congreso y ha esperado a los 60 para irse a Iberdrola, a ejercer en una eléctrica de Al Gore. El 95% de los políticos, en fin, ha hecho de su supuesta vocación una profesión estable. Pero son los que deben regular el mercado laboral, el modelo productivo, la composición de los Consejos de Administración y el tipo de investigación y desarrollo en España. Tocan de oído, pero a todas horas.
Rafael Díaz Usabiaga ha salido de la cárcel, en la que estaba imputado por terrorista, para cuidar de su madre. Es un fracaso doble del Estado: no sabe tratar ni a un delincuente ni a una anciana enferma. La política penitenciara es así de creativa: al lado de esto, lo de unos funcionarios invitando a güisquis a las presas parece un juego de niños.
El Gobierno es puntero en materia de libertades: memoria, fe, trato, sexos. No es baladí, pero el reverso de la moneda consagra que vale mucho para el lirili y nada para el lerele: está muy bien que los 4,6 millones de parados puedan ser ateos, laicos, víctimas y dependientes; pero estaría mejor si pudieran comer.
De Franco no hay que olvidarse. Tampoco de la Guerra Civil. Y desde luego que no puede dejarse en las cunetas a los muertos anónimos ejecutados por las balas del fraticidio más estúpido: no se trata de desmemoriarse, que siempre es la antesala de la ignorancia y el preámbulo de la repetición. Alemania no olvida a Hitler, América no tiene amnesia con Vietnam o Pearl Harbour, Polonia no esconde a Stalin y, en general, los pueblos maduros se aplican la máxima de Adorno sobre la necesidad de recordar para no recaer.
El problema deriva de mezclar la memoria, por definición individual, con la historia, por necesidad colectiva, para confundir a la última con la política: una bucea en el pasado con herramientas científicas para entender mejor lo que somos; otra -ahora, no siempre- trabaja en la dermis, al corto plazo, para lograr de nosotros lo que necesita para sostenerse en el poder.
Este debate exhibe las inmundicias, los rencores, la mediocridad intelectual y los intereses bastardos de casi todos, incapaces de construir desde el argumento y la respuesta práctica; convencidos de que es más rentable y barato hacerlo desde la separación emocional: hoy todo el mundo sabe, en los laboratorios electorales de los partidos, que no se gana buscando al centro ni al escéptico, sino movilizando al propio con mensajes que apelan a sus sentimientos. Se lleva, en fin, el fútbol de Gaspar sobre la política de Churchill o Azaña.
En realidad, no es tan difícil alcanzar un consenso básico sobre un asunto que, por complejo, termina siendo bien sencillo: la República, sin adjetivos, era el sistema que legítimamente se dieron los españoles, como ahora la Monarquía Parlamentaria: tenía taras, nació tras convulsiones políticas, tensiones territoriales, asonadas militares y revoluciones suicidas sin las cuales no se puede entender lo que vino luego. Y fue insolvente en una miriada de frentes prácticos de la vida cotidiana: pero era nuestra democracia.
La prueba definitiva: no duerme, está muerto
Franco fue un golpista sangriento, que derribó el orden legal, fracturó al país, le sometió a una lucha entre hermanos y, tras ganar la guerra, extendió por 40 años las represalias y la Dictadura: antes de ese tiempo, también se cometieron inmensas atrocidades contra todo tipo de españoles del bando nacional, personas de carne y hueso que pagaron con su vida el sinsentido del enfrentamiento. Después fueron recordados, e incluso exaltados, mientras sus iguales de la otra trinchera morían de nuevo en el olvido inducido y oprobioso.
Una última coletilla: la misma democracia asaltada en el 36 revivió en el 78 con una Constitución razonable derivada de una Transición valiente: siempre hay tiempo para juzgar criminales del pasado; pero en ese viaje no se puede demoler la estructura democrática construida ni adjudicar papeles del pasado a protagonistas del presente. En cada casa hay un abuelo que mató y otro que murió, y sobre esa premisa se ha intentado olvidar el odio: es la única parte de la memoria que merece la visita de la amnesia.
Esto puede y debe suscribirlo cualquier dirigente del PSOE o del PP; y desde luego también cualquier ciudadano de bien, conscientes todos de que las mercancías delicadas necesitan de guantes sutiles para manejarlas. Tal vez así podría cuadrarse un círculo que rescatara a los muertos sin abrir nuevas checas etéreas, sin malversar la quinta columna de los periódicos, sin bucear con mala fe en las biografías de nadie, sin reeditar paseíllos morales. En este consenso se encuentra, seguro, una inmensa mayoría de españoles, deseosos de recordar, pero incapaces de desempolvar ningún fusil: su memoria recuerda el dolor, siempre personal, y se conforma con que nadie le reproche sentirlo, exhibirlo, paliarlo un poco.
Pero hay idiotas interesados que alteran el orden natural, una ínfima minoría que sin embargo ocupa espacios de poder y trascendencia. No son menos idiotas por ello, y son bien fáciles de identificar: son aquellos que intentan ahora legitimar a Franco; y también aquellos -a las barricadas, entre cocochas- que lo resucitan para vivir de él simulando que sigue vivo entre nosotros.
La polémica generada por el uso del velo en un colegio de Pozuelo evidencia la dificultad congénita existente en España para resolver problemas bien sencillos. Aquí aún se discute sobre asuntos tan elementales como el papel de la lengua de todos en el conjunto del país, sobre la existencia del país mismo como Nación o, aún, sobre la huella de la Guerra Civil en el tiempo presente.
Todos temas dignos de análisis, encaje, estudio y respuesta, sin duda; pero ninguno de conflicto. Simplemente, no es serio que a estas alturas andemos discutiendo del sexo de los ángeles con una solemnidad que confiere altura y profundidad a lo que no son más que chiquilladas, caprichos, intereses o majaderías sobredimensionadas por esa versión absurda de la tolerancia que otorga categoría a la ocurrencia torpe, moviliza ingentes cantidades de dinero y usurpa el tiempo institucional reservado, en realidad, para atacar aquello por lo que pagan los ciudadanos y cobran los políticos.
En países de indiscutible tradición democrática, de poliédrica composición nacional y de enrevesada paleta de idiomas no se discute, sin más, la jerarquía central. Ni se disputa, con fuerzas centrípetas, la preponderancia del todo sobre la parte: en Francia hay tantas `nacionalidades´ como en España; en Italia se hablan más lenguas que las aquí llamadas cooficiales y en Turquía han padecido más guerras internas que nadie. Pero en ninguno de los tres casos se transforman esas realidades en la esencia de un discurso político e institucional de choque.
Con el velo ocurre lo mismo: se solemniza una discusión que debería resolverse en dos minutos tirando de valores democráticos esenciales. No se puede equiparar la obligación de anular los símbolos de discriminación de la mujer con el derecho 'cultural' a hacer ostentación pública de ellos. No hay espacio público, ni tampoco privado en una democracia convincente, en el que puedan prevalecer las normas lesivas sobre los derechos colectivos.
El gran problema del caso de Pozuelo de Alarcón no es que su Consejo Escolar haya decidido reprobar el velo de una de sus alumnas; equiparándolo tontamente con la gorra de un teenager enfadado con el mundo; sino que el centro de al lado pueda consentírselo. No es un problema de respeto religioso, ni de colisión contradictoria entre la necesaria exclusión de la simbología católica de las aulas y la aparente aceptación de los abalorios de otras creencias, ni tampoco una trasnochada imposición cultura al de fuera: eso es mirar al dedo en lugar de a la luna.
Lo sustantivo es que la protección de la igualdad de sexos no admite excepciones: esto vale para los colegios que discriminan a niños de niñas y viceversa desde un criterio casi eugenésico de la educación y para los padres que envían a las suyas escondidas tras un pañuelo indiciario de su papel secundario y genuflexo al macho dominante.
Hay reglas del juego que no pueden quedar al arbitrio de una parte, sea un consejo o un parlament: son las que definen y modelan el espacio de convivencia conjunto y garantizan el encaje de los derechos individuales en los derechos y obligaciones generales. Delegar esto en un puñado de padres y profesores, en lugar de asumirlo desde la Comunidad de Madrid o el Ministerio de Educación, es una manera de dar pábulo a una insensatez que, una vez más, otorga categoría al abuso y debilita el asentamiento de una democracia plena.
La Universidad de Alcalá no es una entelequia que, al calor de esa autonomía transformada en patente de corso vaticana, esté exenta de las medidas de control, el escrutinio público, la vigilancia real y la subordinación a las instituciones que la financian. Despropósitos como la costosísima recreación de un tercer campus en Guadalajara, financiado con pólvora de rey por un presidente castellanomanchego que sospechosamente ignora en todo lo demás a Guadalajara, confirman hasta qué punto la legalidad formal es papel mojado y, al contrario, sólo sirve para barnizar el sinsentido con una capa de permisos, reglamentos y autorizaciones que rubrican con infinita desidia, ovino desconocimiento o irresponsable complicidad los órganos internos de presunto control: si ha habido debate en el Consejo Social, el de Gobierno o el Claustro; sólo intuimos que ha debido ser para respaldar decisiones que no hacían falta, que hacen daño y que, finalmente, no se corresponden ni con el espíritu de la Universidad ni con sus auténticas necesidades ni, por último, con la competencia de quienes la dirigen.
Esto último es relevante: algún día, a no mucho tardar, alguien tendrá que preguntarse si es mínimamente razonable adjudicar la gestión global de una entidad con 200 millones de presupuesto a señores tan respetables en su formación académica como insolventes en la económica: saber mucho de química cuántica, filología inglesa o biología le faculta a uno para enseñar como nadie si es decente o vivir como un personaje de David Lodge si no lo es; pero difícilmente lo hace para dirigir una empresa cuyo producto es el conocimiento.
Que ningún rector figure a la cabeza del Consejo de Administración de una empresa, al contrario de lo que ocurre en todas esas grandes universidades que copan los primeros puestos en las clasificaciones internacionales, atestigua la evidencia de que para llevar una mercería se requiere de más conocimientos y experiencias que para encabezar una Universidad.
El kafkiano sistema de control universitario, la consagración del nepotismo como método de selección; la opacidad de sus decisiones y la indolencia o el temor de las Administraciones que deben tutelar el funcionamiento y la adaptación a unos fines de la institución universitaria; derivan en una caprichosa gestión cuyas claves casi siempre permanecen ocultas.
No lo están, sin embargo, los estragos derivados de ellas: hacer un campus externo en Guadalajara dependiente de la misma Universidad que languidece desde las tres de la tarde y sobrevive hasta esa hora; impulsar un nuevo parque tecnológico cuando aún está en pañales el existente; trasladar estudios clave para una ciudad que aspira a concentrar la industria del español como la Traducción o la Comunicación Audiovisual y, finalmente, malgastar el dinero público en nuevas instalaciones cuando las preexistentes están infrautilizadas o deterioradas es un abuso que no resiste un análisis elemental y sucita la pregunta más básica: ¿Para qué?
Que una Universidad desplazada de las clasificaciones nacionales del sector, sumida en una crisis de vocaciones estudiantiles, insolidaria con su entorno, afectada por el gigantismo del sector en la Comunidad de Madrid y excluida del sistema de campus de excelencia concedido a otras quince se dedique a buscar dinero para gastar en más ladrillo es inaudito. Sólo hay algo que sorprende aún más: la falta de contestación a tanto exceso dañino para todos. Empezando por los usuarios de una Universidad de tercera, por mucho yeso y cemento que consuma.
Posdata. Ni la Comunidad de Madrid ni el Ayuntamiento de Alcalá pueden mirar para otro lado ante tanta deslealtad institucional ni tanto despilfarro económico que ni siquiera tiene la compensación del beneficio a Guadalajara: hacer un campus externo vale para constructoras y reyezuelos, pero no para crear tejido social. A la capital alcarreña le beneficia más, económica y socialmente, una gran Universidad en Alcalá que una mala partida en dos. También los universitarios tienen algo que decir: desde el estudiante que comparte ordenador con 18 hasta el catedrático que conoce y calla los abusos, las redes internas, los intereses extravagantes. A todos ellos, si son universitarios, les cabe algo más que una obligación moral. Quien calla otorga, cuando no se hace cómplice necesario de algo terrible que ya se divisa en el horizonte: en un lustro, Madrid perderá de un modo u otro dos o tres universidades públicas. La de Alcalá ahora es la quinta, por abajo.
Juzgar a Garzón por querer juzgar el franquismo responde al exceso con otro exceso: el pecado del juez es la vanidad, pero la réplica no puede ser la persecución. Lo triste no es que haya un magistrado dispuesto a hacer justicia, sino que sólo haya un magistrado: Elliot Ness quedaba bien en las películas, pero en la vida real simboliza el fracaso del Estado de Derecho.
No se puede dejar al arbitrio, la testosterona, el arrojo, el compromiso o los intereses de nadie, santo o impuro, cuestiones esenciales de la historia colectiva, del presente continuo, de la convivencia democrática: si Garzón acierta en esta cruzada, hay que procesar al Estado por fallar en sus deberes esenciales; y si el Estado no se equivoca, Garzón es un arrogante peligroso.
Pero no pueden darse a la vez ambos preceptos: si el país ha solventado política, social y legalmente su herida más profunda y reciente o, si no habiéndolo logrado aún, está en ello; ¿qué pinta un salvapatrias, con toga o sin ella, carente de principios o sobrado de ellos, arrogándose personalmente la tarea general que ocupa a no pocos desde al menos 1975 y se traduce en un nuevo ordenamiento jurídico, constitucional y político?
Cuando al doctor Montes le señalaron por la mortalidad excesiva de su unidad de urgencias, y sin necesidad de entrar en juicios paralelos u homenajes emotivos que quedaron solventados por la instrucción judicial, no pocos le jalearon como padrino de la muerte digna, empezando por los mismos que, pudiéndolo hacer, se negaban a regular la eutanasia: más allá de las oquedades espinosas que siempre exhibe un episodio tan peliagudo, la transformación del galeno en un benévolo cupido del amor terminal o un siniestro ángel exterminador sólo sirvió para matar un debate razonable cuyos responsables esquivaron el bulto sumándose a los homenajes o a la caza, si acaso hubo diferencia, obviando de paso el derecho de los familiares de entonces a saber cómo murieron los suyos y amenazando la praxis paliativa decente en el futuro.
Con Garzón ocurre lo mismo: con su antiestética acusación –ni David Mamet hubiera creado una ficción dramática tan elocuente- y su irresponsable defensa; gana él –poner lírica en el despacho del notario concede ingentes derechos de autor-; ganan sus defensores –contra Franco se vive mejor que con la crisis, sobre todo si está muerto y luego hay cocochas-; ganan sus detractores –el PP esquiva un poco el Gürtel, aun a costa de parecer que los suyos cavaron las fosas y sus jefes aún guardan la pala- y, por supuesto, pierden todos los demás: el país del paro, que además vislumbra dos bandos donde sólo hay uno ya; y todos esos seres humanos que, simplemente, tienen derecho a saber dónde estás sus huesos sin que nadie grite nada desde la cuneta.
Aquí sólo hay manos sucias: especialmente las de quienes delegan en un frívolo juez el trabajo que no han querido hacer, sin levantar ruido, sin buscar beneficio, sirviendo a los muertos sin servirse de ellos. Demasiada tentación; demasiado fácil para que la patulea de cándidos, la soldadesca de divinos y la progresía enmoquetada de berzosas se resista a montar un show con la inefable complicidad de los indómitos cospedales del circo.
No es tan difícil, pero en estos tiempos de trincheras lo más sencillo se retuerce para despejar el balón sin dar una respuesta. Una semana después de conocerse el contenido del sumario Gürtel, Rajoy no ha tenido a bien explicar aún por qué ha pagado una pensión a Matas y la defensa y su salario a Bárcenas: lo demás no importa tanto, ya se encargará el juez o el votante, pero de esto sólo podía hacerse cargo él.
Tampoco se conoce una explicación medio decente de Tomás Gómez sobre la imputación de su número dos, la ex alcaldesa de Torrejón de Ardoz, en una permuta de terrenos que dañó a su municipio, benefició a una empresa privada y contó con el rechazo de los técnicos municipales, desoídos: es verdad que al PP madrileño le interesa especialmente destapar una cloaca enemiga, pero los juicios de intenciones no invalidan ni tapan la carga de los hechos.
A José Bono le tienen gato determinados medios de comunicación, que no soportan su porte, o sus victorias, o su cara, o todo. Y sí, es posible, sacan la escopeta que guardan para otras piezas mayores para matarle como al Camborio sus cuatro primos Heredia. Pero podría explicar, al resto, cómo ha logrado amasar un patrimonio inmobiliario tan jugoso como difícilmente compatible con los emolumentos reconocidos en un larga vida de trabajo: la mayoría de la gente hace lo mismo, y no le da para pagar una simple hipoteca.
En la lista cabe Aznar, que ha explicado en Sevilla cómo debe combatirse la corrupción sin aclarar primero por qué han acabado imputados todos los amigos de su yerno, capaz de convertirse en el tiempo que a otros les da para acabar una carrera en un auténtico capo europeo del fútbol, la televisión, la banca y los coches de carrera: nada que el talento aliado con la suerte no permita, pero la coincidencia entre la agenda de Agag y el sumario de Pedreira reclama al menos una ligera aclaración.
También puede explicarse, si quiere, el nuevo rector de la Universidad de Alcalá. Todo tendrá respuesta, y será sin duda muy decente. Pero antes de conquistar el mundo desde el trono cisneriano, no estaría mal que aclarara el camino seguido por su familia, la de su principal colaborador, la de sus ayudantes o la de los amigos constructores o políticos de cualquiera de ellos para vivir en y desde la misma institución a la que tantos quieren llegar y tan pocos llegan. Y cuál es, con balances, incrispción registral y reparto exacto de dividendo, el entramado empresarial preciso de la institución pública que dirige.
Antes, creo, había un código compartido con unos límites aceptados por todos que no podía excederse: por delante de la línea estábamos todos, así; y quien la cruzaba se quedaba solo. Hoy tenemos cómplices o gorilas, que tapan el crimen como Harvey Keitel en Pulp Fiction o matan al inocente para evitarse el problema, con un único punto en común: háganles la pregunta más sencilla y verán cómo se enredan en la respuesta más compleja o el insulto más intestinal.
La democracia, en fin, se ataca y se salva de la misma manera: defendiendo o impidiendo el silencio más leve, sin más. Respondan, pues. Y pregunten.
Gürtel es una de esas españoladas de los 70, que mezclaban teta y peseta para solaz de un público, de democracia pardilla y franquismo reflejo, que soñaba con ir a Benidorm en un Miriafori: ésa fue la verdadera Transición.
El sumario es un guión de Ozores, lleno de puteros que meten mano a la chacha; de mafiosos de medio pelo y eructo en boca; de contactos engominados con la etiqueta colgada aún del traje italiano; de políticos enanos que quieren llegar muy alto y muy rápido; de horteras de bolera y fajo de billete atado con cuerda y de gente que miraba para otro lado a ver si en el viaje le metían algún verde en el escote.
Pero esto también es España, que vuelve al paro desatado, al espabilado y al desarrollismo prepirenaico: el Gürtel es una vergüenza y un escándalo que invalida a Rajoy como alternativa tanto como la crisis anula a Zapatero como gestor de una tienda de pipas; pero lo más lamentable es la sensación de que es un simple corolario de una época que se resiste a morir pero empapa el futuro, explica el presente y recuerda el pasado.
Gürtel es el epítome y la radiografía esperpéntica de un modelo de país que explica los excesos constantes, transformados en costumbre, en toda laya de instituciones, universidades, sindicatos y patronales de España en las que el abuso, el exceso, el derroche, la incompetencia, la majadería, el impudor, la inutilidad y el fraude intelectual se consideran derechos o a lo sumo efectos secundarios inevitables.
En el siglo XVI, Bacon ya decía que era muy difícil hacer compatibles la política y la moral. El Gürtel demuestra que se quedó corto: ni él sospechaba que Matas, Camps y Bárcenas, como antes los parvos de Filesa, se hacían bocatas con su insigne apellido para desayunar.
Tiene algo el momento de El país de últimas las cosas, la apocalíptica novela de Paul Auster que descubre la esencia del infierno y la sitúa en una extraña ciudad a la que se llega en tren o barco pero no se puede salir: en ella hay clubes de suicidas, corredores que trotan hasta morir, clínicas de eutanasia que se quedan con tu vida a cambio de dos semanas de experiencias sensoriales excelsas, explosiones inexplicables en plena calle, plantas de reciclaje de cadáveres para hacer combustible y, en fin, una miriada de miserias, crueldades y bajezas con un matiz crucial. No se percibe mano divina, todo parece provocado y construido por el hombre, como si el autor neoyorquino quisiera retratar con una imagen algo distorsionada la realidad cotidiana que nos rodea.
Aquí las azafatas posan desnudas para cobrar el sueldo que les debe el presidente de la Patronal; un presidente autonómico busca tres millones de euros para esquivar la cárcel acusado de corrupción; un rector complutense gasta más dinero al parecer en pisos de lujo para los amigos que en residencias decentes para los alumnos; el presidente del Observatorio contra la Violencia defiende su derecho a portar armas disfrazado de Charlton Heston; el líder del país en cuestión tira propinas de rico en Grecia o Haití mientras sus calles se llenan de pordioseros y el aspirante a sucederlo demuestra, cada día, que la mejor forma de llegar a su meta es no hacer nada en el camino.
Hay más: políticos secesionistas o impúdicos que deciden sobre el todo para beneficiar a la parte con tanto arrojo como falta de sonrojo; presidentes de clubes de fútbol que copian sus discursos de Karacik; sindicalistas que entonan la Internacional mientras esquilman las arcas públicas con la complicidad de gestores políticos que han confundido la obligación de custodiar la caja con el derecho a utilizarla como un ludópata compulsivo; líderes autonómicos que multiplican por 17 todo sin saber sumar uno y uno; obispos que esconden los abusos infantiles y transforman el delito en mero pecado; jueces que esconden o sacan la maza al berrido político y dejan coja y tonta a la ciega... y una larga lista de despropósitos que, sin embargo, ya nos parecen normales.
Auster sitúa en su infierno en la tierra a Anna, una joven impulsiva que acude voluntariamente a la ciudad sin nombre a buscar a su hermano, perdido desde hace meses. Y desde allí, sin necesidad de revelar el desenlace, escribe una carta a su antiguo novio explicándole qué se ha encontrado y cómo está sobreviviendo: no está claro que su testimonio llegara al destino, pero a cambio acabó en las manos de millones de lectores que, tras disfrutarlo y padecerlo, miramos hacia arriba y luego hacia los lados intuyendo, tal vez, que el país de las cosas olvidadas podía ser perfectamente el nuestro.
Todo el mundo sabe que el escorpión pica a la rana como la zorra no puede cuidar el gallinero. Es como pedirle a un político que no quiera ganar, casi a cualquier precio; o a un futbolista que falle un gol adrede. O a un emperador, romano, español o americano, que no invada un país miserable para reforzar su Arcadia.
Pero es lo que tenemos, las ranas y las gallinas. La liquidación presupuestaria, que es donde se ve la diferencia entre las intenciones declaradas y las consecuencias económicas reales, ofrece datos sonrojantes: una subida del gasto en los ministerios de hasta el 10%, una deuda extra de 48.000 millones de euros acumulada en las empresas, organismos y demás chiringuitos de la Administración y un incremento de los costes laborales en el Estado, las comunidades y los ayuntamientos cercano al 5%.
Esto es, aunque el ciudadano tipo sólo tiene tres caminos -aguantar en su trabajo, hacer amigos en la cola del Inem o malvivir con su pyme en coma-, el sistema que debería ofrecerle alguna esperanza le quita su último aliento para sostenerse a sí misma. Con un añadido que refleja el apoteosis de la habilidad y, a la vez, de la falta de escrúpulos: Baco y Dionisio, dioses de la Adminitración, hacen un brindis extraído de Carlos Marx cada vez que les preguntan por la crisis, aunque en realidad sólo aspiren a seguir bebiendo de la frasca del vino. A morro, limpiándose en las delicadas puñetas de seda, eructando luego sin recato.
No es verdad, en fin, que el déficit y la deuda estén sirviendo para sostener, al menos, el sistema de subsidios. Ni tampoco para cambiar el modelo productivo con leyes sostenibles de autohomenaje que han de juzgarse mirando su efecto y no su métrica o rima. No, en realidad, todas y cada una de las pesetas hipotecadas del futuro y todos y cada uno de los recursos de mañana consumidos ya hoy están sirviendo, en exclusiva, para sostener lo intolerable a costa de amenazar lo imprescindible.
Antes de morir, Benedetti explicó mejor que nadie lo que nos está sucediendo. "Cuando creíamos tener todas las respuestas; cambiaron todas las preguntas". En la pomposidad zalamera de los discursos y la tozudez antagónica de sus efectos reales hay algo, sin embargo, que contradice al escritor uruguayo: tal vez la certeza de que esta aristocracia moderna no necesita ni las unas ni las otras para saber que el trofeo es suyo.
Posdata. Los Matas mallorquines, que suenan como Los Serrano, se comportan como el Dioni y se creen de los Alba; dan la puntilla al lumpen social: ahora va a resultar que los únicos que pueden vivir con 400 euros en el bolsillo son ellos. La parábola de la meretriz y el catre, restregada en el morro. Madre mía.
Fernando Galván ha estrenado su cargo de rector con uno de esos discursos que, como si se hubiera leído de una sentada los doce libros de la Instituto oratoria de Quintiliano, sintetizan la profundidad del discurso intelectual, exhiben algunas virtudes humanas del orador y enlazan el conjunto con una visión realista y a pie de obra de la compleja realidad circundante, obviando en el viaje el espejismo que conforman la combinación de historia y liturgia inherente a una institución universitaria.
Todo lo dicho por el nuevo rector es correcto, esperanzador, sensato e incluso refrescante: en sus palabras de profesor se percibe el eco de ese José Antonio Marina que tanto lamenta la nula versatilidad del docente actual, dotado apenas de un par de registros: el de abnegado sacristán en el pasado, y el de ruidosa plañidera en el presente; sin un perfil novedoso que le erija como referente social al que reconocer su poder a partir del correcto ejercicio de la autoridad.
Aceptar en público que, en un país en quiebra donde todo se pone en entredicho por la falta de recursos y la indefinición de expectativas, lo que no sea renovar la Universidad de Alcalá equivaldrá a verla morir, es algo edificante y no muy habitual. Tanto como apelar a la conjunción de esfuerzos con las instituciones local y autonómica, tradicionalmente observadas como una provinciana manceba, en el primer caso, y un mera caja de caudales sordomuda, en el segundo. O como apostar por la apertura a la sociedad civil y empresarial en la búsqueda de espacios de sinergia y beneficio recíproco que puntúen, al final, en la comunidad al completo.
La lista de mensajes acertados es larga, pero se resume en una máxima simplemente inapelable: nadie va a salir a defender, en el país de los parados y las ancianas con 300 euros mensuales; a un engendro que, desprovisto de birretes y latinajos, fabrica gramolas en la época del Ipod; mantiene a catedráticos con dedicación exclusiva que residen en Asturias; cobija rimbombantes institutos, fundaciones, centros con nobilísimos objetivos que en realidad operan con lúgubres chiringos de barra libre para el corifeo; financia a estudiantes inanes y, en fin, perpetra cada día una impúdica recreación de los peores episodios de las sagas universitarias de Tom Sharpe y Tom Wolfe.
A todo eso se opone el verbo atinado de Galván, sin explicitarlo no sea que a la rectora provisional pero estupendísima se le revolucione el cardado, ante una parroquia de ocasionales feligreses o educados invitados que escuchan y oyen la misa con el ánimo del cuñado de un amigo en la boda de su primo.
Ocurre, pasando de las artes romanas de Cicerón y compañía a las reflexiones francesas del existencialismo, que somos lo que hacemos: de nada vale condenar la pederastia, si me aceptan el símil de actualidad que no guarda parecido alguno con el caso que nos ocupa, si se mantiene al cura en la diócesis. Esto es, lo que va a juzgar al nuevo rector no es lo que diga que quiere o debe hacer, sino lo que haga lo quiera o no.
Y en este apartado, donde los propósitos chocan con el muro de las decisiones concretas, donde irrumpen las contradicciones entre la palabra y la firma, entre el alma y la carne o, como diría Wilde con su infinita sabiduría casi castiza, cuando se superan todas las tentaciones... sumergiéndose en cada una de ellas.
Tras los fuegos artificiales de una campaña plagada ad infinitum de insinuaciones tan explícitas como indemostradas de los tres aspirantes derrotados (ya saben: corrupción; viaductos a Zaragoza con preámbulo en Sevilla; cooptación de estudiantes sin oficio pero con beneficio; urbanismo amistoso con empresas argentinas; gestión creativa de los derechos de autor en el ancho mundo de la lingüa española; acumulación de poderes en una única persona; teledirigismo electoral, sucesión del sucesor urdida nada más escogerse al primer sucesor de la parte contratante) y la ceremonia incensaria que suele acompañar al ganador tras el primer asalto; todas y cada una de las sospechas previas sólo tienen dos caminos: o demostrarse falsas e injustas, o confirmarse.
No hay un tercero, y sin embargo ése es el que parece flotar en el ambiente bajo la bella galvanina del Paraninfo: decir una cosa, hacer la contraria y esperar que, por miedo, interés o ignorancia, todo el mundo acepte un menú compuesto en exclusiva por rueda de molino. La reaparición de Virgilio Zapatero, que ya no necesita disimular su indisimulable participación en la herencia; el abracadabrante papelón de la rectora en tránsito para homenajearse a sí misma tras anular el único cometido que tenía como estimuladora de una campaña que obvió con infinita torpeza; el nombramiento de la esposa de Daniel Sotelsek para el vicerrectorado que ha dado las mejores tardes seguntinas de jamón y canonjía a estudiantes y profesores dosmileuristas; el desembarco en la Fundación del ínclito López Ferreras; la salida del no menos célebre Pavonetti de Lingüa y su previsible sustitución por sangre de mi sangre o la anulación de toda disidencia en el Consejo de Gobierno ahora en composición perfilarían el reverso más tenebroso de una moneda que, por una vez, no debe tener caras.
Lo peor sería constatar que Galván ha creído o le han hecho creer que, en éste su nuevo mundo, todo bicho viviente se activa como el perro de Pavlov al encenderse la luz roja del puesto, el proyecto, el salario, el presupuesto o la promesa; sin que sea necesario siquiera cubrir las formas, como si el mero hecho de calzar el birrete fuera un salvoconducto y un antídoto en lugar de una herramienta de construcción bajo la lupa, crítica y leal, de quienes de verdad se crean que una ciudad sin Universidad es una ciudad muerta.
Por eso, hoy más que ayer pero menos que mañana, es preciso hablarle al magnífico educado en la lengua de Shakespeare con el latín que daba título a la novela de Sienkiewicz dedicada a Nerón. Quo Vadis, rector?
Estados Unidos siempre le dice algo así a sus ciudadanos: si usted ha decidido comprarse una casa de seis habitaciones; si usted conduce un coche de 200 caballos; si usted cena fuera de casa seis veces por mes y tiene un abono a los Nicks o a los Red Sox, ¿cómo va a pedirle a los Estados Unidos que se encargue, por completo y sin su propio esfuerzo, de su sanidad y su educación?
El sueño americano es, sobre todo, una fenomenal campaña de implicación del beneficiario en el esfuerzo previo que Kennedy resolvió con su famosa apelación: "Pregúntate qué puedes hacer tú por América". Es un eslogan que derriba barreras raciales, económicas, culturales, religiosas y territoriales: vale para todo y para todos; es el nexo de unión en un país formidablemente grande, joven y plural que no padece, sin embargo, los problemas identitarios, lingüísticos o nacionalculturales que se sufren en otros más pequeños y manejables, como España.
El reverso de un discurso público tan extraordinario -elige a la carta tu fe, escoge tu camino, habla como quieras, gasta donde puedas... y luego, por encima siempre, está América- es la criminalización del que no llega y su exclusión endémica del sistema: si no estás dentro, viene a pensarse, es por culpa tuya, en un reflejo de intolerancia que se ubica en el tuétano del calvinismo congénito de una nación que premia el éxito pero castiga el fracaso como nadie.
La reforma sanitaria de Obama entregará casi un billón de dólares extra a las empresas de seguros de su país, una concesión que en el caso de España provocaría un escándalo mayúsculo y que allí se presenta como una victoria del Estado a favor del necesitado: sin entender que millones de personas carecen de seguro médico y otras tantas lo tienen pero sólo les cubre un constipado, es imposible valorar el alcance real de una reforma que no altera la típica visión americana del esfuerzo y la recompensa pero introduce matices compensatorios.
El contraste entre lo que hace la primera democracia y el primer mercado del mundo con lo que hace España produce pasmo. Aquí, con más paro, menos dinero y más demagogia; se discute hasta la elemental restricción del gasto farmacéutico, un escándalo que se alimenta de la ligereza del usuario, la irresponsabilidad retribuida del médico, la indolencia de la Administración y la voracidad del sector farmacéutico.
O se estigmatiza la creación de un ‘euro sanitario’, eminentemente disuasorio, que se impone ya desde la próspera Cataluña hasta la pobre Senegal. O se confunde el gasto médico con el gasto en personal administrativo de la sanidad a costa de la precariedad de quienes sí nos curan, según confiesan desde el Ministerio de Sanidad del PSOE hasta los consejeros del ramo de cualquier comunidad, esté gobernada por socialistas, populares o nacionalistas.
O se esconde la evidencia de que, con el mismo dinero, se pueden abrir dos hospitales u ocho según se elija una estructura funcionarial convencional o se permita la participación del sector privado, aunque al largo plazo esta opción pueda salir más cara. Y todo ello sin contraponer a esas medidas, discutidas y discutibles, una alternativa que necesariamente pasa por autoreformar la Administración para no cargar en el usuario ni las taras del derroche ni la salida de la privatización.
La sanidad no es privatizable, por mucho que se confunda al ciudadano con cánticos obtusos que sólo aspiran a mantener un estatus intolerable –el que subordina el Estado de Bienestar al bienestar de los que viven del Estado- y a lograr un fin político. Pero sí se puede deteriorar hasta americanizarla: basta con que sea económicamente insostenible para que se convierta en un servicio caritativo cuyos usuarios sólo serán aquellos que no puedan pagarse un seguro privado.
A estas alturas, no basta con apelar a inexistentes pero ideales derechos divinos sobre la sanidad, la educación, las pensiones o los subsidios para que se sostengan y sean universales: hay que añadir cómo se logra y cómo se defiende asumiendo el desajuste entre la financiación de las arcas públicas y las obligaciones que éstas han de atender.
Obama lo ha resuelto con una medida histórica y plausible que no resiste, sin embargo, el análisis de un españolacostumbrado a otra cosa. Pero estamos más cerca de transformarnos en cualquiera de los protagonistas de Sicko, el espeluznante documental de ese gran periodista que es Michael Moore sobre las miserias del sistema sanitario americano, que de disfrutar sine die del nuestro: en este ámbito, y en cualquiera de los que definen la maravillosa pero amenazada democracia del bienestar española.
La resistencia que el presidente americano ha encontrado para aplicar justicia poética y práctica a los suyos se destila aquí para proteger privilegios, sostener equívocos paternales, avalar la demagogia oportunista y, finalmente, sembrar de nubarrones un futuro asistencial que no depende de la buena o la mala voluntad de nadie ni tampoco de la ideología de los gestores; sino de algo tan simple como las Matemáticas de primaria: si el debe es mayor que el haber, el resultado es negativo.
En un país que prefiere subir el IVA, extender la vida laboral o sugerir pensiones privadas para los exhaustos 14 millones de contribuyentes y las zaheridas pymes de supervivencia; que congelar el sueldo en la Administración, limpiarla de chiringuitos estériles a precio de trufa y empezar a decirle la verdad a la gente; no resulta sencillo confiar en su capacidad de reforma. Ayer mismo, mientras Obama defendía el sueño americano aceptando sus pesadillas, los policías locales de Madrid se manifestaban cortando el tráfico en una imagen metafórica que sintetiza el adocenamiento colectivo y presagia mucho, pero nada bueno.
Aquí no se pregunta siquiera qué puedes hacer por tí mismo: seguimos en el qué puedes hacer por mí, coreado por quienes, en realidad, más se benefician de un sistema en cuarentena y más sencillo se lo están poniendo a quienes, por aritmética o ideología, más apuestan por la externalización: al menos ellos tienen un relato, un plan y un objetivo que, en la otra orilla, se limita a proteger el privilegio de casta aun a riesgo de amenazar el derecho colectivo de quienes lo financian. No tanto por maldad cuanto por ser esclavos de un discurso tan efectista como insostenible que utiliza la esperanza del ciudadano para sostener un oasis particular en el que cada día caben menos.
Si la subida del IVA (que sigue siendo tan inferior a la media europea como lo son los salarios) fuera para pagar los subsidios y pensiones de jubilados, parados y dependientes; lo que tendría que retocarse es el IRPF: éste, a diferencia del anterior, se gradúa en función de los ingresos, de modo que paga más al fisco quien más tiene. El otro, por contra, no distingue estatus: todo el mundo va a sufrirlo igual, incluyendo a los receptores del subsidio.
Pagará más por el mismo producto la anciana con pensión no contributiva de 300 euros que el ejecutivo de multinacional con 250.000 euros de salario anual. Y si alguno de los dos no lo hace, se resentirá la producción: esto es, el empleo.
El ardid retórico del IVA resume toda la inoperancia, ineficacia y falsedades de un Gobierno, que empiezan por una, esencial: habla como si perteneciera al pueblo, como si el poder fuera de otro y en lugar de ministros tuviéramos operarios de fábrica con mono, compañeros del metal, lumpen laboral y parias de la tierra. Aunque todo el mundo sabe que, hoy más que ayer pero menos que mañana, Zapatero acumula poderes como pocos y ha llegado a sintetizar como nadie la disolución en uno solo del legislativo, el ejecutivo y el judicial.
Todo, a partir de ahí, son trucos éticamente reprobables, económicamente suicidas y profundamente injustos que no lo son menos por el evidente concepto rapaz de la oposición de Rajoy: se sube al IVA a todos, se especula con la edad de jubilación, se sugiere suscribir planes de pensiones y se coarta una imprescindible reforma laboral, lo diga Agamenón Díaz o porquero Ferrán, para sostener un modelo insostenible sobre los lomos de la menguante población activa, cargándole de una responsabilidad ya asumida previamente mientras se ignora el ancho margen de maniobra que el propio Gobierno tiene.
Porque mientras a cualquiera de los 14 millones de trabajadores se le enfrenta cada día al cuento del lobo y se le perfila un futuro extraído de la tétrica novela La carretera de McCarthy, el mismo Gobierno que dice tutelar el Estado de Derecho esquiva y por tanto protege la formidable amenaza que pesa sobre él: nada de tocar el kamikaze sistema de financiación autonómica a la carta, ése que transforma la identidad en un salvonducto para la insolidaridad y hace inviable la igualdad entre ciudadanos al transformar en ley el inhumano concepto de que "lo mío es mío y de lo tuyo hablamos".
Nada de reformar a fondo la Administración, desde la municipal hasta la nacional pasando por la autonómica con todos sus chiringuitos de playa universitarios, sociales, formadores o cooperantes, transformados en innecesarios cortijos de toda laya donde la simbiosis de intereses entre los partidos y los sindicatos esquilma el erario público (de cada 100 euros, sólo 8 van a inversiones y 50 casi a personal), frena el crecimiento del país, inunda de burocracia al ciudadano y nos condena al subdesarrollo.
Nada de congelar los sueldos de los funcionarios, nada de suspender la negociación colectiva en el ámbito público para imponer un convenio único en toda España desde la certeza de que no hay dinero para sostener el régimen vigente; nada de cerrar universidades que no enseñan para defender y mejorar las que necesitamos; nada de reformar el costoso, degradante e intoxicador sistema televisiones que nos empeñan para solaz del cacique autonómico o nacional de turno; nada de apostar por una energía posible que aminore nuestra insoportable dependencia del extranjero; nada de gestionar el dinero público con el decoro intelectual exigible a un vulgar cefalópodo cualquiera.
Nada de tocar los privilegios propios de una inmensa casta, en fin, mientras haya currantes de verdad, a nómina o por cuenta propia, lo suficientemente ocupados, cansados, doloridos y desunidos para no pensar primero y protestar después. Que paguen el IVA, y que lo pague la vieja, aunque digamos que es para ella.
Lo único cierto del 11-M son los muertos, y los vivos que quedaron salpicados por la sangre de los suyos. Nadie más iba en los trenes, por mucho que el lema se cacaree con una parte de ingenuidad y otra de interés: hay que tener mucho cuidado al adueñarse del dolor ajeno, que sólo es sincero cuando se llora en secreto, como decía el poeta Marco Valerio Marcial, autor de unos célebres epígramas que trataban de resumir en formato de perfume la esencia de la vida y del hombre: “Pero ahora ninguno vive para sí y vemos que nuestros buenos días huyen y se nos escapan y, aunque los perdemos, se cargan en nuestra cuenta. ¿Alguien, sabiendo vivir, lo deja para más tarde?”.
El sexto aniversario de la tragedia confirma que el recuerdo oscila entre la manipulación de quienes lo ignoran y la tergiversación de quienes lo presentan como una conspiración, sin que nadie haga lo decente: aclarar las impresentables lagunas, enterrar las versiones paralelas que explican la chapuza policial como una prueba de que fue ETA aliada con el PSOE y la CIA marroquí y, finalmente, honrar a los muertos demostrando que hemos convertido su ejemplo en una lección.
En este país de plañideras dominicales, de afectados de ocho a tres, de intereses antes que de principios, de creencias más que de ideas y de fines por encima de medios; el 11-M es la prueba del algodón de la quiebra colectiva de valores: mataron a 200 personas por madrugar y, desde entonces, se ha hecho de todo y casi todo indigno: investigar lo justo, fabular de más, utilizar a las víctimas y olvidarlas, y anteponer la lectura política a la reflexión estructural, obviando que el único sentido de tanto dolor es transformarlo en un antídoto contra nuevos pulsos colectivos.
La verdadera manipulación del 11-M sigue siendo aquella que llena de vergüenza al PSOE por negar la evidencia de que su legítima victoria tuvo mucho que ver con el atentado; aquella que culpabiliza al PP de una masacre que sólo cometieron los terroristas y aquella, en fin, que estigmatiza y separa a las víctimas en función de presuntas adscripciones políticas de inferior jerarquía a su idéntico, digno, entrañable y durísimo llanto. Auschwitz tardó 15 años en empezar a asimilarse: ése es el único consuelo.
Corbacho parece más de lentejas que de vichyssoise, pero al hablar de pensiones se deconstruye: dice una obviedad inquietante, pero la presenta gasificada, envuelta, adornada y confusa para que se note menos el tocino y la oreja que le da sabor.
Básicamente ha hablado antes de pensar, algo tan sugerente como peligroso: ha aconsejado un plan de pensiones privado, una sutil manera de revelar el temor a la quiebra de las pensiones públicas. Conviene explicar que éstas no dependen del buen rollito de ningún presidente, sino de una regla elemental que usted mismo aplica con su despensa: para pagarlas, tiene que haber más cotizantes que jubilados. Ahora hay 14 millones en el primer grupo y unos 25 en el segundo. Hasta un niño de cinco años lo entendería: que traigan a uno, pediría Groucho Marx.
La subida del IVA, que penaliza el consumo y por tanto la producción y en consecuencia el empleo; es el reverso de la misma moneda: aspira a sostener un modelo, el que sea, compensando la insuficiencia de recursos con la presión a los contribuyentes y el abuso a quienes no lo son. Si el Estado fuera una tienda, subiría los precios en lugar de buscar nuevos clientes, con el riesgo de que los pocos compradores que le queda dejen de serlo en su establecimiento o en cualquiera: algo válido para salvar ese mes; pero insuficiente para garantizar la supervivencia del negocio.
Corbacho ha huido de la legumbre, pero ha dejado su aroma, completado por una frase de la ministra Salgado que desata definitivamente el terror: “Si no subimos el IVA, ¿cómo vamos a mantener el Estado del Bienestar?".
Aquí nadie parece plantearse ya cómo multiplicar los panes y todos se conforman con lograr la maña del cirujano para dividirlos en infinitas porciones compradas por los pocos que no son detenidos por insolventes al entrar en la panadería.
Si la antítesis del romanticismo es el realismo, con sus derivadas revolucionarias y conservadoras como reflejo agudo del cambio de era, la gastronomía no puede quedarse al margen: más que un plan de pensiones, hay que ir pensando en el bocata de garbanzos.
Aunque Milan Kundera pasó a la posteridad por una notable novela, La insoportable levedad del ser, esa joya imprescindible que filosofa sobre la condición humana y retrata la degradación del comunismo en la Europa sovietizada, tal vez el libro que le permite codearse con Kafka como la segunda gran K de la literatura mundial es La vida está en otra parte.
A diferencia del mítico escritor checo que optaba por visualizar las miserias de la vida y del momento convirtiendo a un ser humano en un insecto una mañana cualquiera, Kundera opta por evitar la metamorfosis física y recrearla con una vida de penurias, contradicciones y miserias descritas por Carlos Fuentes como nadie: los personajes no necesitan amanecer transformados en un repugnante bicho, como Gregorio Samsa, para ser tratados como si lo fueran.
En el libro, el protagonista es un sentido poeta, dotado de la sensibilidad y la tendencia al autoflagelo de Rimbaud, que experimenta con infinita crueldad la colisión entre sus elevados principios y sus mundanas necesidades: de un lado quiere escribir con la conciencia; de otro colabora con la policía estalinista para sobrevivir, describiendo un círculo vital imposible de cuadrar cuyo epílogo conviene no desvelar. Ese choque entre lo que quiero ser y lo que debo hacer para poder ser resume la esencia más íntima del ser humano y actualiza el viejo debate planteado por Marx sobre si es la conciencia la que modela las circunstancias o son las circunstancias las que modelan la conciencia. El choque del cuerpo y el alma, o lo que el médico y ensayista inglés Thomas Browne resumía ya en el siglo XVII con mucha más gracia: "Dentro de mí hay un hombre que está contra mí".
Esa necesaria colaboración entre el posibilismo y los principios alcanza su cénit cuando el objetivo personal está condicionado por el escrutinio público: el pacto entre lo que uno sabe y lo que los demás esperan o lo que hace falta condiciona inevitablemente el discurso, la estrategia, los medios y, tal vez, los propios fines. No hay que bucear ni muy lejos ni muy atrás para encontrar ejemplos bien célebres: desde el Felipe González que incorpora a España a la OTAN hasta el Aznar que nos embarca en Irak o el Zapatero que pacta un Estatuto de Cataluña insolidario para mantener su equilibrio parlamentario o el Moratinos que disculpa la enésima bravuconada del inenarrable monigote venezolano; la historia reciente arroja una miriada de estampas infumables de colisión entre la ética y el interés.
Más cerca, en la Universidad de Alcalá, se ha repetido la historia: tenemos a un personaje solvente y encantador, con la dulzura canaria, el rigor castellano y la flema británica, al borde de convertirse en el rector que vino del trópico. Pero nos queda la sensación, casi empírica, de que le han ganado las Elecciones: hasta el aspirante a delegado de aula del más recóndito college del suburbio más residual del Nueva York más profundo sabe que no tiene opciones de ganar si ni siquiera se deja ver por clase: la apasionante peripecia del doctor Galván, ejerciendo desde Oxford de líder de los filólogos ingleses como Harry Potter desde Howards de los magos, es indiciaria de su nivel profesional y sus atributos personales; pero en principio incompatible con las ocupaciones y tareas inherentes a un ganador que, como dice Esperanza Aguirre en su célebre y arrabalero lema electoral, necesita siempre de pico y pala.
Él, en fin, tiene condiciones sobradas para ser un gran rector; pero no lo hubiera sido de no haber cavado otros la zanja de los votos en su nombre. Ésos que ya le eligieron antes de una dimisión como vicerrector que ya le consagró como sucesor de Virgilio Zapatero; ésos que han presumido desde su indiscreción de haber ganado las Elecciones antes de ser siquiera convocadas; ésos que conocían como nadie cada teléfono, cada miseria, cada interés y cada punto débil de cada votante. Y esos, en fin, que siendo conocedores como nadie de un sistema que no deciden ellos, han ganado con toda la legalidad y legitimidad a dos personajes tan sugerentes como Antón Alvar y José Morilla y otro tan contradictorio como Manuel Peinado que, en los tres casos, hubieran usado igual el sistema si el sistema les hubiera elegido a ellos.
En el caso del ex alcalde es procedente insistir en ello, pues su pírrico paso a la segunda vuelta obliga a analizar su trayectoria, intenciones y objetivos con la misma lupa que su rival con cara de ganador: si la hipótesis de que Galván ha triplicado a Alvar y Morilla o duplicado a Peinado por su cara bonita es ridícula; la de que Peinado puede darle la vuelta a la tortilla sin servirse de las mismas herramientas que sus chicos denuncian en los foros de internet entre eructos clandestinos (oigan, señores candidatos, si tanta corrupción hay, ¿por qué no la denuncian en el tribunal de la opinión pública y en el de la justicia raudo y veloz?) es, sin más, abracadabrante.
Con el añadido inquietante de que, en ese viaje del todo vale, se demuestre definitivamente que algunos de sus colaboradores se toman las elecciones a la Universidad como un anticipo de las del Ayuntamiento y terminen enfrentando a la institución cisneriana con la municipal y la autonómica en una lucha cierta o aparente letal, pero en todo caso letal para la UAH.
Tenemos, en fin, un sistema capaz de hacer que el poeta parezca un delator y el delator se crea un poeta, con un epígrafe que las novelas de Kafka y Kundera percibían y confirmó luego la historia: siempre llega un momento en que la única solución es el fin del sistema. Ojalá lo vea el rector y contradiga, por una vez, los designios de la ficción.
Aunque fue Amenábar quien firmó la espléndida Los Otros, la autoría moral de Hitchcock y Kubrick está bien presente en la combinación del relato dramático, la tensión escénica, el uso de la fotografía y los planos y la elección de las actrices, empezando por una Grace Kelly reencarnada es una formidable Nicole Kidman.
Si la vida es una commentatio mortis, como decía ese mismo Cicerón tan del gusto del ex rector Zapatero que también concluía que la verdadera libertad consiste en ser esclavo de la ley, la negación de la misma está en la esencia del ser humano: la resistencia a fallecer, o incluso la imposibilidad de entender que se ha muerto, enlaza un discurso filosófico por el que discurren desde Platón hasta Amenábar a lomos de soportes tan distintos como el discurso o la película.
La imagen final de Bruce Willis exhalando el vaho frío de un muerto refleja que, al final del viaje, y sean cuales sean los espejismos previos, la triste realidad se impone con un flashback sobrevenido que actualiza en dos segundos los errores de percepción cometidos, con un discurso sin palabras escrito en su estupefacto semblante: “Estaba muerto, desde hace tiempo, y aunque no hice caso de las señales que lo indicaban, ahora las recuerdo todas de golpe”.
La Universidad española, y en consecuencia la de Alcalá, aún no ha sido abatida a tiros por un ladrón mientras dormía bajo su plácido edredón, pero ya ejerce de Willis: sólo es cuestión de tiempo, si no refuerza sus alarmas, que cualquiera de los tiros que sobrevuelan la urbanización entre por la ventana y le acierte de lleno.
Éste es el contexto de la Universidad de Alcalá y, por ende, el futuro de cualquiera de los cuatro catedráticos que aspiran al rectorado tras una campaña en la que ha predominado el guante blanco en público, el navajazo arrabalero en privado y la preponderancia del debate gremial -fruto del lamentable sistema interno resumido en el mítico “¿Qué hay de lo mío?”- sobre el discurso estructural, necesariamente reformista, imprescindiblemente sacrificado.
Porque hoy la Universidad opera en un país en crisis, sin dinero para lo elemental, al borde de un cambio global que sitúe los bueyes delante del carro sin pienso que llevarse a la boca. En ese escenario donde se pone en entredicho el trabajo estable, la edad de jubilación, la financiación de la sanidad, el sistema de pensiones y casi hasta el comer para muchos; ¿alguien en su sano juicio cree sostenible un modelo universitario que produce parados, cuesta un riñón, funciona de martes a jueves y hasta las tres de la tarde, impide el fichaje de los mejores, no sabe el producto que fabrica y no vende el que logra fabricar, tiene a alumnos de más -cuatro de cada diez no aprueban y lo dejan- y a la vez de menos -su gigantismo obliga a incorporarlos a todos y a buscarlos si no los hay-; imparte estudios que no hacen falta y evita otros que son necesarios no sea que el profesor tenga que adaptarse un poco; no incorpora al inglés a sus enseñanzas; multiplica grados en cada pueblo a capricho del alcalde o rector de turno; rechaza el debate; esconde su voz en todo lo que mueve al mundo; carece de liderazgo intelectual o político; que fracasa en la investigación, en las salidas laborales, en la integración en la sociedad civil y en la transformación del universitario en un ser íntegro y pleno que lo es más allá de las aulas y del horario lectivo?.
Y que, finalmente, cuesta un riñón en el mismo país donde demasiada gente malvive ya con una pensión no contributiva de 400 euros. La liturgia es el atrezzo de quienes, a falta de argumentos, recurren a la historia, los mitos y las leyendas: apenas un código estético para camuflar la oquedad si no se rellena con medidas concretas el espíritu que se proyecta con ornamentos. Sólo la Iglesia y la Universidad manejan este negociado con habilidad, pero en tiempos de penumbra financiera no llega con echar selecta colonia al reseco sudor si se quiere disipar el olor a rancio. Y ya no vale con emular a las viejas plañideras o apelar a los nobles objetivos de la institución para convencer al Estado: cuando hay escasez, no basta con la voluntad.
Poco se ha hablado de todo esto en la campaña cerrada, en la que todo parece circunscribirse al guión de la ceremonia de los Óscar o, tal vez mejor, a la gala final de Gran Hermano. Pero más allá de la curiosidad de adivinar si va a ganar el valiente Morilla, el carismático Alvar, el sagaz Galván o el brillante Peinado; y si lo hará impulsado por un aparato episcopal o una respuesta obamiana inesperada; queda la sensación de que el mejor doctor posible para estos duros tiempos no se presentaba. Se apellida House, y gane quien gane va a tener que ponerse su disfraz si a la gloria efímera de su victoria quiere añadirle la trascendencia de su institución. Con ese rector, aunque no sea simpático, iré yo.
Posdata. Una concesión mínima y temporal, hasta mañana no más, a esos 'universitarios' que piensan con faltas de ortografía y escriben en los foros con esguinces. Aquí tienen, ahora, la posibilidad de preguntar lo que quieran, sobre este periódico y, en general, sobre lo que estimen oportuno. Ni siquiera es necesario que salgan demasiado de su cloaca, ni que cumplan demasiado con la obligación elemental de decir quiénes son, qué les mueve y por qué se esconden si tan nobles son sus objetivos e intenciones. Basta con entender que el insulto es poco universitario. Ni uno de éstos se atreverá a quitarse la penosa careta; las curiosidades que tenga el resto sobre cada candidato, el famoso debate, nuestras relaciones con la UAH o lo que sea; serán bienvenidas y modestamente respondidas.
No hay ningún dirigente político, comunicador con oficio, delegado sindical, representante académico, profesor de luces, rector en ciernes o empresario sensato; en ningún ámbito geográfico, moral, ideológico o emocional que, en la intimidad de una conversación sincera, niegue, rechace o se oponga de verdad a las tres reformas inevitables que están en la mente de todos: una laboral, tendente a derribar las barreras vigentes para contratar; otra de la edad de jubilación, que la demore para acompasar la esperanza de vida real a la resistencia del sistema de pensiones; y una más en la Administración, que acabe con el desfalco legalizado, la hipertrofia y el exceso y concentre el gasto en la inversión y el sostenimiento del Estado de Bienestar.
Nadie, más allá de principios, colores y sentimientos, niega esta certeza; y todo el mundo sin excepción asume que el debate queda anulado y la capacidad de respuesta disminuida si se formula la pregunta incorrecta, desoyendo la evidencia que recoge la recurrente fábula de las lentejas: mientras se inquiera a la gente sobre qué menú prefiere comer; se le esconderá la obviedad de que está en juego la simple posibilidad de hacerlo.
Horrenda y cotidiana imagen: parece un Pacto de Estado; pero fue un concurso cutre
España sufre una crisis económica profunda, sustentada en ciclos internacionales, causas endógenas, errores propios, taras estructurales, excesos inducidos y factores importados a la que añade una más de índole ético, tal vez en la base de la anterior: nadie dice la verdad, casi todo el mundo con algo de responsabilidad incluye sin pestañear el derecho a mentir como parte de su oficio y, en el viaje de garantizar el estatus propio, se manejan los recursos generales con la habilidad y la falta de escrúpulos de un prestidigitador que ofrece un espejismo glorioso a cambio de obtener un lleno en su próxima función.
El espectáculo político que ofrece cada día Zapatero tiene por reverso la patética actitud de Rajoy: el uno espanzurra cadáveres conduciendo sin luces por la carretera; el otro aguarda en el arcén hasta que se acumule suficiente carroña. Tal vez las responsabilidades técnicas son distintas, en tanto en cuanto uno gobierna y el otro no, pero las éticas, políticas y morales son siempre idénticas. Sólo en ese escenario de degradación extrema puede entenderse la prolongación de un estatus que simplemente no puede permitirse el Estado, por mucho que nos asuste o indigne: a nadie le gusta tener cáncer, pero peor que sufrirlo e intentar curarlo es recibir un diagnóstico benévolo pero falseado para evitar el disgusto y esquivar la terapia. Lejos de curarse; sobreviene la metástasis.
Los efectos de esa laxitud hipócrita son bien visibles, y tienen reflejo en el más nimio episodio de la actualidad cotidiana con distinta gravedad pero idéntica ausencia de decoro. En otro contexto nadie osaría proteger a un diputado de la comisión de Seguridad Vial que conduce bebido; ni a un mando de Interior que da un soplo ETA; ni a un presidente autonómico que se mueve de Bigotes; ni a un rector que dimite para irse a una Caja de Ahorros; ni a un sindicalista que se manifiesta en día laborable para que no vaya nadie; ni a un dirigente empresarial que no tiene empresas o las hunde premeditadamente. Pero aquí todo es posible: basta con mirar arriba para encontrar excusa y echarle la culpa a un rapero analfabeto que dice en la tele lo que todos ellos demuestran con su silencio.
Es muy probable que a Uriarte le adornen muchas virtudes intelectuales, personales y profesionales, pero su currículo narrado por él mismo limita su actividad remunerada a la política: ha de saber hacer otras cosas, tal vez, pero a sus incipientes 29 años sólo ha hecho una. Presidir Nuevas Generaciones y, por ello y desde ello, lograr un puesto a la vera del patrón y un acta de diputado por Valencia. No muy exigente, salvo que su juventud fornida le permita salir de copas un jueves hasta la madrugada de un viernes técnicamente laboral.
Su accidente, a bordo de un Golf y con una merluza o pescadilla de copiloto, pone fácil el escarnio -¿Se hirió también el cocodrilo del niqui?-, pero sería tan injusto hacerlo como esquivar que el precio de la comprensión es la dimisión plena: cualquiera puede ser Uriarte, pero para decir esto sinceramente y ponerse en su pellejo primero debe dejar sus puestos.
Como decía García Márquez en 'Memorias de mis putas tristes', somos lo que piensan de nosotros; y lo que van a pensar de él tras hacer doctrina de lo que ahora ha incumplido le invalida como ejemplo cívico, que es el primer deber de un cargo público: si no sirve para estar en la comisión parlamentaria de Seguridad Vial tras este peculiar trabajo de campo; no vale tampoco para representar a los valencianos en las Cortes, por mucho que allí estén ya acostumbrados a casi de todo.
En la resistencia de Rajoy a pedirle lo obvio se explica algo más, bastante más grave, que la incompatibilidad entre la conducción, la dipsomanía ocasional y la representación ciudadana remunerada: la subordinación absoluta del mérito y la capacidad a la lealtad ciega en un partido político y la elevación máxima de ese bovino criterio en los estatutos oficiosos de cualquier formación moderna con las subsiguientes consecuencias. Falta de debate interno, estigmatización del disidente, profesionalización sectaria, expulsión de los mejores, alejamiento de la sociedad y, por todo ello, pérdida de la autoridad en beneficio del mero poder.
Uriarte no ha tenido tiempo de hacer casi de nada, pero su sensibilidad a la vara de cerezo del pastor de su rebaño le ha concedido la bula de un acta de diputado por una circunscripción que conoce, y perdón por la nueva broma, de alguna noche veraniega en Cullera, todo lo más. No es único, ni excepcional: su corta biografía puede trasladarse a muchos otros de su quinta o superior, en su partido y en el otro, que han transformado en oficio una vocación renunciando a su esencia para garantizar su nómina.
La crisis que vivimos, la galopante falta de ideas, la instalación en lugares comunes, la jerarquía del dogma sobre el argumento, la ausencia de puentes, la ligereza intelectual, la astenia política y la degradación del mejor oficio posible según Azaña son efecto, directo, de la transformación de los partidos en politburós cerrados y sin democracia donde sólo corre el aire cuando se abre la ventana para oxigenar un poco la melopea.
No hace falta irse lejos para encontrar uriartes: mire cerca, allá donde viva o trabaje, y encontrará a izquierda y derecha personajes inenarrables que han convertido el medio colectivo en un fin personal recubierto de gritos y consignas, sin otra Seguridad Social que la emanada de la ubre pública o sus aledaños, y no tienen el detalle de accidentarse en la rotonda más cercana para que al menos podamos decírselo con cierto bochorno. Uriarte, en fin, es un símbolo.
Ésta es la cuenta: en España hay 14 millones de personas trabajando en la empresa privada y otros 25 entre parados, pensionistas o niños que dependen de los anteriores: otros tres millones se sitúan entre medias de ambos colectivos; pues de un lado cobran de los primeros, en su calidad de funcionarios, liberados sindicales o cargos públicos; y de otro atienden a los segundos; en su condición de bomberos, enfermeras, jueces, soldados, maestros o bedeles.
La esperanza de vida ronda ya los 80 años, y el reparto y gestión de los recursos públicos depende y se encauza de unos pocos factores sencillos de medir: el sistema fiscal, que es la herramienta para redistribuir la renta en el ámbito individual y dotar al Estado en sus tres ámbitos administrativos del dinero con el que atender sus responsabilidades a través de la inversión, las transferencias y el gasto corriente; y la capacidad de endeudarse para sostener el sistema cuando los ingresos son inferiores a los débitos.
Todo esto son datos, que a grandes rasgos y a falta de matices, confirman un escenario económico determinado en el que un Gobierno, central, autonómico o municipal, simplemente opera con un margen estrecho, el contable, y unos requisitos formales predeterminados, contenidos genéricamente en la Constitución y desarrollados por las leyes emanadas del poder legislativo. La regla de tres, en fin, o la cuenta de la vieja, siguen sirviendo a efectos de entender qué se puede hacer, hasta dónde se puede llegar y qué límites no se pueden traspasar.
En teoría, al menos: la política ha descubierto que, al circunscribir su radio de acción al plazo corto que dibuja la separación entre dos elecciones, su discurso debe obviar las consecuencias y efectos de lo que se decida más allá de cuatro años.
Actúa, piensa, decide y prevé sin vislumbrar nada más que el siguiente reto en las urnas, ignorando la evidencia de que hay vida más allá de los comicios, más allá de la victoria o más allá de la derrota. Si el presidente del Gobierno, cualquier presidente y cualquier Gobierno, fuera el protagonista de la célebre serie ‘Perdidos’, se comería los escasos víveres en dos días y vendería a sus compañeros de extravío la idea de que puede hacer lo mismo sin explicarles las dificultades futuras de la alicaída despensa.
Se transforma así una discusión sobre posibilidades materiales en un debate semántico sobre principios, con trucos retóricos de preescolar que sin embargo convencen a la hinchada: es más sencillo y productivo proclamar reiteradas declaraciones de buenas intenciones para el prójimo que gestionarle su miseria con criterios de supervivencia, especialmente si en caso de victoria se conservan los resortes y en el de derrota se desaparece.
En estos últimos años España, pues, ha conformado el siguiente paisaje: vivimos mucho más y trabajan muchos menos que dependen de los anteriores; el déficit amenaza la concesión de crédito al Estado para sostenerse a sí mismo y a quienes en él viven y de lograrse es a costa de la necesidad de financiación de quienes crean empleo; consumimos a coste directo cero una miriada de servicios públicos contenidos en el sacrosanto concepto de Bienestar, que es un derecho sobrevenido de las cuentas y no emanado desgraciadamente de una ley natural; duplicamos o triplicamos administraciones y dotamos a cada una de ellas de un sistema financiero y laboral propio y no necesariamente compensando con el otro ni con el anterior ni con el siguiente; dependemos de un mercado energético exterior como pocos y exportamos menos que casi nadie; carecemos de liderazgo en nuevos ámbitos empresariales de futuro y nos hundimos en los industriales por la pujanza de un mundo nuevo y, ya puestos; nos condiciona pero no nos ayuda un mercado global, financiero o legal, que en breve revalorizará el precio del dinero cuando menos podemos pagarlo sin transmitirnos el conjunto de normas, leyes, ordenamientos o discursos que más allá de los Pirineos ha comenzado a revertir la crisis.
Mientras se siga formulando la pregunta incorrecta, por ejemplo sobre la edad sensata de jubilación -¡mejor a los 58!-, se estará esquivando la cuestión de fondo, cada día más inevitable. ¿Y si mañana no tiene médico ni profesor ni universidad ni pensión ni subsidio ni trabajo ni casi de nada?
El incauto que siga creyendo que esto depende la voluntad de Zapatero, o de la falta de ella de Díaz Ferrán; o de los planes ocultos de Rajoy o los visibles de Cándido Méndez estará más cerca que nunca de llevarse una de esas sorpresas que invierten el sabio consejo de Sun Tzu: en este caso, esquivar la guerra propia adhiriéndose a caducos placebos es una invitación directa a una derrota sin haber combatido mientras el líder espiritual, que le prometía un edén y le decía que era suyo sólo por merecerlo, se queda en paños menores y declama el muy quevediano "para lo que me queda en el convento...".
"Yo soy un hombre sincero de donde crecen las palmas. yo soy un hombre sincero de donde crecen las palmas. y antes de morir yo quiero cantar mis versos del alma"
Celia Cruz
Guantanamera
Primo Levi murió en Auschwitz, aunque siguió respirando hasta tres décadas después. Sobrevivió al campo de exterminio donde los judíos eran gaseados entre tenues acordes de violín. Y escribió un libro indispensable para entender aquel horror que no tuvo éxito hasta tiempo después y le obligó a trabajar en una fábrica.
Pero cada noche hasta el 11 de abril de 1987 tuvo el mismo sueño recurrente, narrado en ‘La tregua’, la primera entrega de su mítica trilogía sobre el genocidio. Cuando cerraba los ojos y dormía profundamente, regresaba a Auschwitz, hacinado en uno de los gélidos barracones, para escuchar el frío, escueto y metálico mensaje con el que eran despertados al alba: “Wstawáck”. A levantarse.
La Shoah, como se define en hebreo al Holocausto, fue un hecho material narrado por Claude Lanzmann en una película documental de imprescindible visionado, pero también un concepto que excedía de los términos geográficos y las latitudes temporales en las que se perpetró con un sistema de campos de exterminio y de métodos de asesinato en masa perfectamente sincronizado cuya huella aún puede visitarse. “Auschwitz es el hecho”, decía George Bataille.
Guantánamo también es un concepto, además de una cárcel. Acoger a un preso, o a cinco como ofrece el Gobierno de España, no lo anula: lo extiende, lo legitima. Este penal no es un horror por su situación geográfica, sino por su concepción moral de la justicia, por consagrar la sospecha como causa de internamiento, por negar el derecho a la defensa y por crear un limbo procesal que cambia el número tatuado en el antebrazo por un mono naranja animalizante.
No se puede estar contra Guantánamo y justificar la exportación a suelo patrio de algunos de sus internos; como no se puede escandalizar uno con Irak y anunciar 100 millones de euros de gasto extra para enviar más tropas a Afganistán. Cuando los principios son livianos, dejan de ser principios para transformarse en herramientas.
Primo Levi recordaba en una entrevista concedida poco antes de morir que las raciones de comida en Auschwitz contenían 1.600 calorías: una cifra insuficiente para vivir bajo el frío y tras largas jornadas de cruel trabajo pero válida para malvivir los tres meses de labor que los capos del campo esperaban de los presos sanos. Ya sólo falta que Moratinos salga diciendo, para justificar el impresentable contradiós, que en nuestra Alcalá-Meco guantanamera la dosis calórica será estupenda y que incluso barajan poner natillas de postre.
Posdata. Inenarrable respuesta política a la crisis, visualizada en el Parlamento, aunque pudo ser en cualquier bar. Un Gobierno que no quiere gobernar y una oposición que no quiere opositar. Los nacionalistas, esa antigualla que ha provocado la crisis al impedir salidas europeas, por ejemplo, asisten al penúltimo espectáculo de Rajoy y Zapatero con ese tipo de sonrisa que presagia una inminente visita al huerto.
La obligación de un alcalde es pedir, protestar, añorar, reclamar, ofrecer y lograr. En ese sentido, los del Sur de Madrid han sido unos alcaldes estupendos, con el de Getafe, Pedro Castro, convertido ya en símbolo: como el personaje acaba abduciendo a la persona, esa mezcla de Martínez Soria, Adenauer de andar por casa y Jesús Gil sin caballo encarna el ideal de alcalde de pueblo que transforma en vergeles los páramos y modela, tacita a tacita, el pequeño mundo que le ha tocado gobernar.
En los últimos 20 años, los tres Gobiernos democráticos de la Comunidad de Madrid, a izquierda y derecha, han respondido con generosidad y sentido de la justicia al desafío constante que les llegaba de Getafe, Móstoles, Fuenlabrada, Alcorcón, Parla o Leganés. Leguina, Aguirre y Gallardón, por convicción o por temor, han dado la vuelta al calcetín, transformando uno de los patios traseros de Madrid en una gran metrópolis conjunta con todos los servicios.
Dos universidades públicas, la red de Metro, las mejores carreteras y los más modernos polígonos empresariales, el gran parque de ocio y aventura de España, las zonas verdes más amplias y mejor catalogadas de la región y una miriada de proyectos que, por hacerse allí, no se hacían en otro lado.
Durante ese tiempo, ningún alcalde, de cualquier color, en ninguna de las otras circunscripciones anímicas de Madrid, ha expresado una queja o un lamento: de una forma u otra, todos entendieron que el Sur se lo merecía y que el equilibrio general de la región era inviable sin una puesta previa intensa por la gran corona metropolitana que allí surgía, entre mitos obreros y realidades sociales.
Los que cedían, pues el dinero no es como los biblicos panes ni los evangélicos peces, perdían su oportunidad y se ponían a la cola sin decir ni mú. No hablamos de las acaudaladas ciudades del norte o la sierra madrileñas, sino de los complejos ecosistemas urbanos del Corredor del Henares: Majadahonda puede ser paciente con Getafe, si acaso lo es, ¿pero y la Torrejón herida tras la marcha de los americanos? ¿Y la Coslada asfixiada por la falta de suelo y la sombra de Barajas? ¿Y la monumental Alcalá, que debe ser tratada como Oxford pero tan a menudo recibe lo inherente a una pedanía?
Todas esas grandes ciudades, durante dos décadas, no han levantado su voz de queja contra nada de lo que le daban a sus homólogas sureñas mientras aguardaban turno, con una mezcla de solidaridad y bobaliconería de sus alcaldes, palomas de la paz o tiernos colibrís al lado de los halcones y los buitres de la otra acera.
Por eso es injusto y peligroso que, en plena crisis, con los cuartos contados; el Castro patrio se lance a una revolución absurda que sólo busca réditos electorales a costa de dañar tal vez las aspiraciones de quienes supieron entender o en todo caso no dijeron nada cuando todas las lentejas iban al mismo plato.
El llamado 'Plan del Sur' es sólo una milonga para promocionar a Castro como relevo de Gómez o a Gómez como relevo de sí mismo y para recuperar el aire de trinchera que siempre hubo en ese rompeolas madrileño donde viven más almas que en el poema de Dámaso Alonso: es normal que tengan miedo al PP, que le hagan jugarretas a Aguirre y que, a un año de las Elecciones, intenten orinar en su territorio como el león viejo que quiere ahuyentar al joven.
Pero en el viaje no vale todo, y frente a su amnesia autoinducida queda nuestra hemeroteca. Y allí aparece que el Sur es, amén de un logro de los buenos alcaldes de la zona, un milagro conjunto de la Comunidad de Madrid y de las otras grandes ciudades de la región que no supieron, no quisieron y no pudieron mirarse igual de bien a su legítimo ombligo.
Habla el Rey, que lo es también de las generalidades y las obviedades, mientras retiran al yerno caído del Museo de Cera, trasladado en una carretilla como Anibal Lecter en 'El Silencio de los corderos'.
La apelación vaga al consenso y la minimanifestación de los sindicatos por la maxijubilación de los currantes son las dos pruebas de toque de la estrategia del momento: diluir la responsabilidad al máximo para alcanzar un consenso de mínimos.
Don Juan Carlos nunca tiene nada que decir, y en ese viaje se resume la grandeza y a la vez la irrelevancia de la Corona, pero todo el mundo sabe que cuando dice algo lo hace por indicación del Ejecutivo de turno: desmochada la teoría de la conspiración, pueril en su intento de presentar como una excepción especulativa lo que es vieja norma del dinero, toca ahora repartir la carga del error previo pese a haber hecho lo imposible por hacer el viaje en solitario.
Da algo de entrañable lástima escuchar otro discurso navideño casi en marzo desde una institución que, ante envites similares sobre la concepción territorial, anímica, lingüística, económica, educativa o social de España, se limitaba a "cesar temporalmente" su actividad, aprovechando al parecer el comunicado redactado para la ya divorciada infanta; pero como la otra opción es aún peor -un Rey operativo y autónomo, tocado por la historia y bautizado en azul sangre-, convendremos en que simplemente no hay que tener en cuenta demasiado lo que diga: si no habla de nada, malo; si habla de algo, peor; y si habla pero no dice nada, simplemente produce indiferencia.
Don Juan Carlos sólo hace el trabajo que le reclama el patrón, en fin, y eso dice tanto bueno de su respeto a las normas como malo de su discurso, tan adaptable como la cera a moldear en un rincón o en otro del museo que es la vida.
Posdata. No menos lamentable que la estampa del Rey, que sólo aspira a serlo termine España en Logroño o comience en Casablanca, haciendo de becario de Zapatero es la de los tribunales persiguiendo a Garzón por perseguir a Franco. Como en este país todo funciona al revés, y estamos rodeados de alguaciles sin alguacilar, queda aún otra estampa impagable: la de Aznar, a estas alturas y con estos yernos, dando lecciones de lo que hay que hacer sin que nadie le pregunte, antes de nada, por lo que él hizo.
El mercado no conspira, actúa: intenta comprar barato, vender con ganancias, producir a un coste razonable y evitar riesgo. No es bueno ni malo, carece de alma, pero también de veneno. La política navega en parecidos mares, e intenta llegar a la playa provocando grandes tempestades con las que agitar el voto de los tripulantes de su amplia nave para que no se bajen sin pagar un peaje al capitán.
Hablar de conspiración para explicar la imagen económica de España es, en fin, un sandez que vuelve a poner en entredicho el tímido propósito de enmienda expresado por el Gobierno y demuestra su inefable capacidad de volver a las andadas: buscar un enemigo imaginario es un recurso mediocre para esconder las deficiencias propias que no es privativo de Zapatero ni de España ni de nuestro tiempo pero que, ahora y aquí, se practica con una intensidad sin parangón en el resto del mundo.
Como los Reyes Católicos con los judíos o Franco con los masones, por no salir del terruño, la identificación de un rival inexistente pero verosímil forma parte de las estrategias políticas más elementales en tiempos de crisis que ahora vive su apoteosis: la simbiosis entre la falta de escrúpulos de quien dirige, la indolencia intelectual de los medios y la proliferación de canales de comunicación permite, como nunca, la difusión masiva del mensaje y convierte las experiencias pretéritas –todas las guerras del siglo XX incluidas- en un ensayo del porvenir.
Lo único cierto es que España es menos fiable que Alemania para recibir un préstamo, y que eso no se debe a gustos personales sino a estrictos criterios contables: como debemos más, tenemos menos, gastamos más que nadie, lo negamos como ninguno, nos resistimos a las reformas como el que más y esperamos que nos lo pague el resto, el mercado se contrae según un esquema que cualquiera aplicamos en nuestras vidas: usted, y yo, no le vendería su casa a nadie que no le demostrara primero que puede pagársela.
El grito de hastío no lo ha dado el Financial Times, ni ninguno de los grandes periódicos del mundo que, a derecha e izquierda, se ha fijado en el caso español; sino ese club reservado de dirigentes internacionales que no soporta la demagogia insolidaria de su homólogo y se ha cansado de pagarle las copas: una vez más, usted y yo no soportaríamos quitarnos una caña mientras su vecino de barra invita a una ronda con su dinero a todos los clientes.
El verbo sustantivo de un presidente es “poder”, pero Zapatero siempre conjuga el “gustar”: le habla de comida a la gente cuando toca hacer recuento de filetes y tapa la insuficiencia de carne con una emocionante declaración sobre el derecho a un plato caliente.
A cualquier homínido en su sano juicio le gusta más una vida laboral corta y una larga jubilación subsidiada; un mercado laboral estable y bien remunerado; una sanidad universal, gratuita y de calidad; una enseñanza pública competente y plena y, siguiendo en esa estela, una vivienda digna y a un precio razonable; un desarrollo pleno de las inquietudes y talentos individuales; un mundo sin delincuentes y, por qué no, una vida de amor, salud y alegría.
Sólo un malvado o un psicópata querría algo distinto; así que convendremos en que esa premisa es insuficiente: en cómo lograr eso, en cómo garantizarlo y en qué hacer para que no peligre cuando peligra, con diagnósticos sinceros y tratamientos concretos, está la clave de un buen gobernante. Que no busca enemigos imaginarios mientras provoca enfermos reales oscilando, como decía Cioran, entre el oportunismo y la desesperación mientras cree que, de él para abajo, sólo hay analfabetos.
Encuestas electorales. Cuando Rajoy decía lo que pensaba, perdía Elecciones. Ahora que no sabemos bien qué quiere ni qué haría, supera a Zapatero en valoración y su partido le saca 5 puntos al PSOE. Cuando Zapatero no hacía nada pero decía mucho, ganaba Elecciones y gozaba de una saludable valoración popular: ahora que reconoce lo que pasa y sugiere medidas, se desploma.
Huelga general. Los sindicatos se resisten a convocarla. En todas las anteriores, con Felipe González y Aznar, había menos paro y nunca se combinaron con tanta intensidad las adversidades económicas y la previsible doble reforma laboral y del sistema de pensiones. En los últimos años han crecido de forma espectacular los fondos y subvenciones a las centrales y a la Patronal: es un dato, el juicio luego es libre.
Paro. En España hay más de cuatro millones de desempleados y se han cerrado, en pocos meses, 140.000 empresas. En esa estadística no figura ningún empleado ni cargo ni representante sindical del ámbito público, que cobran sus salarios del resto de la menguante población activa que no está en el paro. Sin embargo, la reforma laboral no les afectará.
Una paradoja. Las huelgas suelen convocarse y desarrollarse en el sector público y la Administración, donde también se producen constantes tensiones en la negociación colectiva que suelen desembocar en una elevación del gasto que soportan directa e indirectamente los ciudadanos con sus impuestos y renta. El que puede ser despedido no suele hacer huelga: el que nunca lo será y cuenta con un trabajo de por vida sin la sombra de una reforma y con la posibilidad cierta de una mejora, la hace periódicamente.
Una imagen, o una metáfora, extraída del gran diario argentino Clarín
Salarios. Según el indiscutido libroLa Castadel periodista Daniel Montero, los 88.000 cargos electos existentes en España suman un salario conjunto de 720 millones de euros. La cifra no incluye dietas, ni gastos extra, ni equipos ni, sobre todo, el presupuesto que arrastran en las instituciones que representan. En total, según el estudio de EAE Business School, adscrita a la Universidad Politécnica de Cataluña, el 40% del gasto público se va en sostener una Administración que aún obliga a ir a la Comisaría a renovar el DNI y somete al contribuyente a una burocracia incesante.
Esfuerzo. En los últimos diez años se ha duplicado el esfuerzo individual de cada ciudadano en sostener al sector público, a quienes en él trabajan y a quienes los gobiernan, principalmente por la miriada de convenios colectivos firmados en cada Autonomía, Ayuntamiento y Universidad de toda España mientras el Estado miraba para otro lado: en el año 2000 cada español dedicaba a este asunto 800 euros; en 2008 ascendía ya a 1595, casi 400 más que en Alemania. El Instituto Nacional de Estadística, el Ministerio de Economía y Hacienda o el prestigioso servicio de estudios de La Caixa confirman estos datos y añaden muchos más que consagran también la relación inversamente proporcional entre el crecimiento del sector público –no confundir con los servicios- y la riqueza de las regiones. El Nobel Krugman también lo viene explicando al menos desde 1994 en la obra Peddling Prosperity, entre otras.
Inversiones. La media de gasto en personal en las Comunidades Autónomas es del 30% del presupuesto total, que sólo dedica a inversiones algo más del 8% . Y el coste de cada trabajador es en torno a un 20% superior a la media. En países con un amplio sector público, como Noruega, se impone un coste similar y unas condiciones similares; en Francia es inferior y sólo en Holanda crece: se tienen pocos funcionarios, pero de una alta cualificación y una remuneración competitiva para no perderlos por una oferta privada.
Conclusión, subjetiva. La frase no es mía, pero la cojo prestada: “No hay que confundir el Estado de Bienestar con el bienestar de los que viven del Estado”. Tal vez las reformas tardan en llegar por una única razón: lo mismo, por vez primera, les da apuro estirar más el chicle de los 14 millones de asalariados para sostener el estatus de los 28 millones de personas restantes. En esa lista tienen que estar parados, jubilados, niños, ancianos y dependientes, pero es difícil incluir a los 3.088.000 políticos, funcionarios, liberados y demás gente de bien que, con los fríos datos en la mano, consumen bastante, devuelven poco y, de momento, impulsan reformas y piden esfuerzos que no les afectan del todo. No es la idea meterse con ellos, sino garantizar de verdad los servicios públicos en el futuro: la amenaza no está en la privatización, sino en que ésta llegue sola por el agotamiento de una teta ya exhausta que ponen trabajadores y empresarios ya extenuados.
Pueden buscarse cien razones, todas ellas válidas y solventes, pero la única absolutamente cierta, la primigenia, es más elemental: a Zapatero, y a su comitiva de prohombres de la política y la comunicación, les motivaba conocer a Obama en persona y fotografiarse con él.
No hay grandes diferencias entre el impulso de una adolescente en un concierto de Hannah Montana y el de Pedro J, Cebrián o cualquiera de sus muy diputadas señorías: hubieran bailado sardanas, o comido insectos, o participado en un karaoke sobre Frank Sinatra si al más decente producto de la politica del entretenimiento le hubiera dado por practicar tan nobles pasatiempos o por convertirlos en no menos respetables tradiciones.
No hay contradicción entre los principios y los protocolos: se puede ir a la boda de un amigo sin creer a la Iglesia, o comer kosher sin ser judío o ver Gran Hermano sin repudiar a Punset. E incluso se debe forzar, aunque no haya componentes lúdicos ni sentimentales en el viaje: aunque a Zapatero le den grima los empresarios, o al menos lo parezca, ahora mismo debería encerrarse con 300 de ellos para compartir una sesión de sodomía (el descarnado ejemplo es de Xavier Colás) sin con ello tiende puentes y encuentra remedios a la crisis.
Lo que produce pavor, en fin, no es el respeto a la casa ajena, sino la estigmatización de lo mismo en la propia: nunca hubo, o al menos ahora no hay, paradoja entre ser del PSOE y llevar a los hijos a un colegio privado en un flamante BMW, pues a nadie con un mínimo de sentido común puede escapársele que lo sustantivo de una actitud, un discurso y una política es lo que se hace, desea y persigue para los demás con independencia de lo que uno decida hacer con el excedente en el ámbito privado.
Pero es insoportablemente cínico, indignante como un zumbido en la oreja e indigesto como una tertulia de Cantizano satanizar aquí lo que se aplaude fuera de las fronteras propias y criminalizar a quienes piensan o rigen su vida con patrones similares a los que se aceptan y practican cuando hay una foto en juego.
La derecha siempre ha sido hipócrita hasta la náusea con la moral; pero la izquierda con el dinero, adoptando ese tipo de discurso degradante que convierte el éxito ajeno en una especie de hurto al obrero, mientras se busca en el navegador del todoterreno la dirección exacta de ese restaurante especializado en cocochas y los niños practican el alemán en la trasera.
El rezo de Obama, en todo caso, no es sólo un acto religioso privado de obligado respeto. Es, ante todo, una demostración política ante la que cabe abstenerse si de verdad se quieren sacar los crucifijos de las aulas, como las botas de la mesa de Crawford. Se puede y debe ir a la boda de las niñas de Mr President, pero quizá no sea tan procedente, si se piensa de una manera, legitimar la siempre inquietante demostración de confusión entre fe y gobierno poniéndose místico en la fiesta organizada por una secta, The Fellowship.Tampoco estaría mal que el análisis de la economía no dependiera de las dos únicas recetas aplicadas por Zapatero hasta el momento: entre la adivinación de antes, con bola mentirosa o averiada; y la plegaria de ahora, por definición etérea, hay algo que puede esperarse de un presidente. O incluso en quien aspira a serlo, a la sopa boba.
Posdata. El Deuteronomio es una amenaza de Dios al pueblo, y no demasiado sutil. El Libro de Oseas hubiera sido más oportuno: profecías inconcretas, vaticinios inexactos, y una enorme oscuridad.
Partamos de una premisa, subjetiva, pero con amplios seguidores: casi nadie, mínimanente informado, dice la verdad. O al menos publicita lo que piensa. Siguiente premisa: en esa categoría está la práctica totalidad del PSOE con respecto a Zapatero; la dirección de los sindicatos sobre el presidente del Gobierno, sobre su propio discurso y sobre la utilización de su fondo de comercio en la mayor parte de las negociaciones en la Administración. También los empresarios con la CEOE y con Díaz Ferrán y, si quieren territorializarlo, con la CEIM y con AEDHE, ese sucedáneo de la organización empresarial cuya voz se escucha tanto en la crisis como la de un mudo en un concierto de rock, no sea que se vayan a manchar el tutú y el mantel de encaje.
Pongan a medio PP sobre la otra mitad del PP, añadan a la miriada de ciudadanos que filosóficamente no entienden los derechos sanguíneos sobre los logros del sudor de la frente cuando contrastan la Monarquía con la República. Incorpore, o incorpórennos, a los medios de comunicación, que portamos verdades interesadas o mentiras verosímiles y miramos al otro como un rival en el banquete de carroña.
Welles fabulando sobre la invasión de la tierra
Completen con artistas sin discurso y discursos sin artistas, ganapanes con guitarra, juntaletras sin pluma, lameideas que ocupan el nicho vacante de intelectuales que o no existen o se esconden en madrigueras recónditas con el paraguas del miedo para esquivar la lluvia de la realidad.
Y terminen por los propios ciudadanos, que hay para todos, cobijados en la máxima de Víctor Hugo que consagra la complicidad entre el político mediocre y la sociedad de la que sale: no es un marciano amerizando en galaxia ajena; sino uno de nosotros, con genes similares y rutinas parecidas, que ostenta la condición de macho alfa en la manada de primates.
No está todo perdido. Las crisis demuestran siempre dos cosas: que la regeneración es compleja cuando al frente de la solución están los responsables del problema y que el fin de una era no equivale necesariamente a la frustración de una nueva. Siempre vuelve a amanecer: que el reparto sea deplorable, como decía Wilde, no significa que la tierra no sea un buen teatro. Para levantarse hay que caerse del todo: los resbalones no educan a la crisma.
Posdata. Mientras, es mejor asistir con una mezcla de pavor y diversión al espectáculo. Aguirre le ha puesto nombre, con el micrófono cerrado más sugerente desde los tiempos de Welles y ‘La Guerra de los Mundos’.
Habrá reforma laboral. Y endurecimiento de la edad de jubilación. Y merma del poder adquisitivo de las pensiones. Y subida fiscal. Y encarecimiento de la luz y el gas. Zapatero hace ahora lo que no sólo no hizo antes, sino lo que criminalizó con impiedad, escondiendo la evidencia de que no todos los que lo pedían eran Díaz Ferrán, transformando al conjunto del empresariado en una especie de Air Comet colectiva, presentándose como el campeón del los derechos sociales que ahora pone en solfa y, finalmente, desechando en tiempo y formas la posibilidad de un gran pacto de Estado que frenara antes la sangría y permitiera afrontar el escenario con calma.
Todo lo hecho y dicho hasta ahora se resume en la célebre frase del secretario general de UGT en Madrid, José Ricardo Martínez, cuando respondió al poco sospechoso de antisocialista gobernador del Banco de España con un "que se vaya a su puta casa" cuando reclamó un cambio de política económica de menor grado al finalmente emprendido al grito de “a fuerza ahorcan”.
No es la primera vez, ni quizá la última. Con ETA hizo lo mismo: señaló a todo aquel que discutiera la idoneidad de hablar con los terroristas de política, provocó la fractura del consenso social en torno a las víctimas (sí, aclaro: en ambos casos hubo miserias en la oposición y en la AVT, pero sólo sirven para descorazonarse más, no para alentar la irresponsable actitud de aquel momento), escondió la continuación de las negociaciones tras el atentado de la T4 y al final, cuando hizo y hace todo lo que casi todo el mundo le pedía, olvidó sus precedentes, ignoró la posibilidad de disculparse y pretendió erigirse en el campeón de la política que repudiaba.
Otra vez, ahora: durante dos años hemos visto cómo se negaba una crisis sin parangón en Europa; cómo se descartaba primero y se perseguía después toda propuesta o sugerencia que buscara una alternativa; cómo se transformaba en una agresión a la ciudadanía la más elemental asunción de una responsabilidad intelectual o política frente al desastre; cómo se convertía en enemigo de la patria y ultraderechista a todo aquel que no bailara al son del discurso oficial; cómo se cubría de maniqueísta marketing la galopante ausencia de decisiones y la irresponsable gestión del dinero público; cómo se travestía la máxima de Kennedy sobre la necesidad de pedirle al pueblo un compromiso con América para venderle la analfabeta idea de que América, con él al frente, lo haría todo por el pueblo para que, al final, con menos fuerzas, más desgaste, menos tiempo y más agonía, se haga multiplicado por dos todo lo que pudo hacerse antes: España tenía un tumor tratatable, pero se le dijo al paciente que era un resfriado y ahora hay que luchar contra la metástasis.
Hay algo peor, aún. En ese mismo periodo de tiempo se ha engordado el déficit -los ahorros de la próxima generación-, se ha avalado la insolidaridad entre ciudadanos alimentando la ludopatía de los territorios y se ha cargado en una parte extenuada de los trabajadores el sostenimiento de la otra, ubicada en los partidos, la Administración y los sindicatos. Ahora se pone en solfa el sistema de pensiones y se anuncia un retraso en la edad de jubilación, pero incluso en ese contexto de adversidad y presión al currante de verdad, en nómina o al frente de una PYME, no se toca el sistema que sostiene las prebendas públicas: a una vieja se le puede quitar una parte de su pensión en el mismo día, laborable para la humanidad, en que colegios, institutos y facultades cierran en una metáfora indigesta del momento que prolonga el abuso en una secuencia simplemente intolerable. Lo único que podría conferir algo de autoridad al presidente del Gobierno, con el preámbulo de una disculpa pública por la abismal diferencia entre lo que dijo y lo que hace para que por una vez se pague él alguna ronda de las copas que se toma, es una reforma a fondo del corrupto código ético que sostiene al Estado: para atreverse a extraer más sangre a los mismos de siempre, hay que estar dispuesto antes, como poco, a predicar con el ejemplo en la financiación autonómica, imponiendo un sistema único y solidario; y en la negociación colectiva en la Administración, acabando con el impúdico saqueo que políticos y sindicatos a pachas cometen cada día en autonomías, diputaciones, ayuntamientos, universidades, centros y chiringuitos de toda laya y mamandurria.
Es inevitable reclamar nuevos sacrificios en un país de recursos limitados, y obviarlo ahora sería indecente por mucha rabia que dé respaldar al Zapatero que lo negaba todo, pero la lógica se convierte en abuso si a la viuda se le reduce una pensión o al trabajador se le invita a seguir en el tajo hasta los 67 años en el mismo país en el que un bombero se pone en huelga, un catedrático trabaja un día; a un presidente se le toleran 80 asesores, a un rector se le deja dimitir con un festín en el Parador y abrir tres campus vacíos; a una región se le exime de la contribución a la caja única para lograr el equilibrio parlamentario y a cada ministro, rector, alcalde o jefecillo se le faculta para dirimir con el cacique sindical de turno el oasis laboral que sostienen en sus riñones los cansados vecinos del desierto colindante.
Para una viuda, un parado o un anciano, lo que haga falta. Pero a usted y los suyos, a su izquierda divina, a la derecha de carroña, al sindicato tripero y al nacionalista gañán ni un puñetero euro más, señor presidente.
A todo se le pone nombre, pero la estupidez sigue sin encontrar rival en el arte de la sinonimia: ahora que se quiere rebajar la edad de elección del itinerario educativo a los 14 años, que es el eufemismo para intentar que no todo el mundo estudie y dejar de tirar dinero y perder oficios, irrumpe la generación nini, montada a lomos de la desesperanza.
Ni estudian ni trabajan, y aunque existe la tentación de que el término pudiera hacer referencia a concejales, liberados sindicales o asesores de toda laya, define en realidad a los chavales que hace un tiempo se hubieran ganado dos tortas y hoy reciben sesudos estudios sociológicos, pedantes programas de televisión y mastuerzas tertulias periodísticas.
Esa confusión no es privativa de los mozos contemporáneos, sino consecuencia de un credo general y generacional, transversal y muy asentado, que conjuga muy bien el verbo "pedir" y desconoce las declinaciones más elementales de su antítesis, "ofrecer".
En un país que carga en alcaldes de pedanía la responsabilidad de acoger un cementerio nuclear; que convierte en representante de los empresarios a un ludópata de los barbarismos; que sanciona a un portavoz por insultar a una compañera pero le mantiene en su puesto; que soporta el necionalismo y le forra los riñones; que descarta pensar en pensar si conviene pensar reformas a tiempo para imponerlas al final de mala manera y con más cadáveres en la colina; no es sensato cargar en primer lugar contra quienes, simplemente, han mamado esa impronta y la ven cada día en la pantalla, oronda, complaciente, ensimismada en su idiotez.
Empecemos por algo, señor ministro de Educación. Tal vez por el envío masivo de un pequeño gran libro de Javier Gomá publicado por Taurus. se llama "Ejemplaridad pública" y defiende algo sutilmente revolucionario: para empezar a empezar, llega con que cada ciudadano adopte una conducta cívica ejemplar, encabezados por las figuras públicas, sobre todo políticas. El objetivo es también elemental: recuperar ciertas referencias. Las que ahora hay, son nini casi todas: ni sirven ni valen, pero cuestan mucho.
Corbacho habla de la destrucción del empleo con una mezcla de necrofilia y sandez: se van a destruir otros 100.000 puestos de trabajo en enero, pero la sangría es –albricias- ya inferior. Su análisis es similar al que haría el delegado de la ONU en Haití si dijera que, tras las 100.000 muertes por el cruel terremoto, es susceptible apostar por una disminución de la mortandad.
El viejo refrán sobre el perro y la rabia, que oculta el verdadero anuncio/resumen de la política económica del Gobierno: en unos días se presentará la reforma laboral, y será amplia y profunda, en palabras del presidente por boca del ministro de Trabajo.
Recapitulemos. Hace tres años se negó la crisis. Hace dos se minimizó. Hace uno y medio se anunció su fin y la inminente creación de empleo. Hace uno se destacaron los ínclitos brotes verdes. Y ahora se da por supuesta la recuperación, con la única incertidumbre de que tal vez no genere empleo en una larga temporada. Y, entre medias, se criminalizó a todo aquel que osara preguntarse si, quizá, no sería buena una reforma laboral a la europea dada la evidencia de que nuestro paro era uno y el del resto otro.
El resumen se hace solo: tras negar lo evidente, se hace lo que se negó. Sí, esto lo dice Aznar. Y Aguirre. Rajoy cuando no reposa, que es mucho de reposar, también. Sólo calla Gallardón, del que conocemos muchas opiniones sobre casi todo si cumple la innegociable condición de que no tenga la más mínima importancia. Pero lo dicen, sobre todo, las frías cifras y las gruesas hemerotecas, frente a las que no es tan sencilla la estigmatización ni la adjudicación de interés espurio alguno: se limitan a reproducir estadísticas oficiales y a traducir citas textuales del señor Zapatero.
La más benévola de las conclusiones convierte esta secuencia en la exhibición de lo que Pérez Reverte definió como “una sociedad de analfabetos gobernada por sinvergüenzas”. Sabían lo que venía y lo que había que hacer, pero la demagogia es un arma de doble filo: de un lado sirve para decirle a los demás lo que quieren oír y no lo que ocurre, pero de otra secuestra la acción al retenerla en los infranqueables muros de la impostura hasta que la ola arrasa los tenues diques del lema panfletario.
Encontrado el truco nuclear, el presidente repite en cada viaje el mismo itinerario: anuncia el cierre de las plantas, pero nada dice de la energía, que seguirá comprándose a precio de oro en Francia con la preceptiva construcción de un cementerio donde alojar los residuos que el amigo Sarkozy no tolera. O transforma la otra guerra de Irak, en Afganistán, en una excursión humanitaria para militares disfrazados de Papa Noel. O trata a ETA como se debe, pero sólo tras vejar a quien se lo pedía y tras intentar colgarse una medalla imposible.
Lamento coincidir con Aznar, que me provoca la misma simpatía que un agente de seguros a Woody Allen, pero lo que debería molestarle a los hooligans de Zapatero es que su predecesor tenga, a veces, razón. Algún día esas mismas hemerotecas permitirán refrescar el bochorno de quienes, en la política o en la prensa, miraron hacia otro lado en estos momentos para garantizarse el parné mientras gritaban "facha" a todo aquel que, simplemente, se negaba a rechazar lo que estaba viendo con sus propios ojos.
El Gobierno va a cerrar las centrales nucleares, pero busca arrabal donde poner un cementerio de residuos. El truco es obvio: se prescinde de las plantas, pero no de la energía, que se comprará en Francia por ejemplo, en un viaje más caro que obliga a quedarse con los detritos y quita puestos de trabajo. Seremos igual de nucleares, o casi, pero nos pagaremos la campaña de autopromoción para no parecerlo a costa de perder los escasos o amplios beneficios que pudiera reportar la producción directa.
El cinismo es, con la retórica, la segunda gran virtud de la política moderna: hay que decir lo que la clientela quiere escuchar; para luego hacer lo que se quiere sin que se note demasiado. Es una tendencia transversal, sin siglas ni credos, que une mucho: la imagen de Rato (PP), Eguiagaray (PSOE) y Fidalgo(CC.OO) juntos, debatiendo en público sobre las pensiones, es la metáfora de este fenómeno.
El viñetista Villeta y el ideal político: todos juntos. Pero sólo es una caricatura
Sólo dicen toda la verdad cuando se cumplen dos condiciones: que ya no necesiten un voto y que, al ser sinceros, obtengan una jugosa remuneración. Cuando están en activo, salvo excepciones, juegan a lo opuesto, a la confrontación y el déficit intelectual; y para conocer su verdadera opinión hay que quedarse en el off the record; dormir en el pasillo y charlar en la bodeguilla: allí abajo hay sensatez, sentido común, coherencia y un conocimiento exacto de lo que es posible y es necesario en cada momento. Incluso los rivales se muestran cariñosos entre ellos, apadrinan a las hijas del rival en sus bodas privadas y se sienten viajeros del mismo barco.
Lejos de ser esto tranquilizador, es la indignante prueba del poco respeto que tienen al gentío. Y a la vez, del poco respeto que se merece el gentío al tragar un sainete intragable que cambia las ideas por lemas y el puntero del buen profesor por la vara de cerezo del pastor con el ganado. Nucleares no, o sí, o ya veremos, o esperemos a que nos contraten.
Posdata. Bien cerca hay otro ejemplo de esto. El nuevo presidente de Cajamadrid era profesor, o algo así, en la Universidad de Alcalá. Y el ex presidente del Parlamento, Manuel Marín, también. El rector de ambos es ya vicepresidente de Cajamadrid: los tres tienen capacidad para esto, los tres son personas de saberes y experiencias; pero la incómoda sensación de que llegan como llegan, ahora a esto y mañana a aquello, sólo es superada por la molesta certeza de que les une mucho en privado pero en sus vidas han buscado la separación de los demás en público. Y es al revés, en todo caso.
La aceptación de la inmigración nunca tuvo un estímulo ético, sino una base financiera: no significa que los principios no cuenten, sino que para asumirla y respetarla había suficientes datos económicos positivos sin necesidad de recurrir a ese territorio íntimo donde la formación, los mitos, las realidades, los impulsos, las vivencias y los estados de ánimo modulan una postura personal subjetiva y por tanto discutible.
Fue la riqueza la que trajo a los inmigrantes, que les necesitaba para recrearse y sostener el imparable binomio que conforman la oferta y la demanda con el empleo, la inversión y la producción. Y es la pobreza la que suscita ahora el recelo: antes no hubo afecto; y ahora sí hay temor. En ninguno de los casos es, salvo en lamentables excepciones, una reacción contra la raza o la religión, sino una respuesta primaria sustentada en la rivalidad ante la escasez: los leones no se pegan en el zoo cuando hay abundancia, pero son capaces de comerse a la camada ajena si padecen desabastecimiento.
Los inmigrantes, en fin, son otras víctimas de la crisis más, como lo son los españoles, y verlos como tales es la mejor manera de regular el termómetro emocional de un debate que confunde el fuego con el humo, alentado irresponsablemente en Vic y en Torrejón, pero larvado en un patético itinerario normativo en el que tanto el PP cuanto el PSOE han jugado públicamente con sentimientos y emociones mientras, en realidad, sólo gestionaban los bolsillos, aprobando leyes contradictorias cada poco tiempo para justificar la mera importación de mano de obra barata o la expulsión del excedente no votante.
Entre medias se han dicho demasiadas tonterías sobre el inexistente y tal vez innecesario multiculturalismo que, en el reverso de la moneda, alentaban tópicos sobre la delincuencia foránea o la usurpación de los servicios públicos, componiendo un paisaje falso en lo positivo y falaz en lo negativo que aloja en el subconsciente colectivo un catálogo de mitos ridículo: ni es factible la integración, si se entiende como tal la recreación de una sociedad nueva a corto plazo fruto de la mixtura de credos, razas y culturas; ni el precio a pagar por esa imposibilidad es el desvanecimiento de una idea de país, el incremento de la delincuencia o la imposición de una forma de vida ajena.
Todo lo que no sea aspirar a una convivencia pacífica, con intereses recíprocos y vasos comunicantes laborales y sociales a ritmo lento; no será más que una ensoñación interesada de pseudoprogresistas de moqueta y menú diario a la carta o, sensu contrario, una admonición mitólogica de aprendices de Le Pen.
El inmigrante vino a trabajar y se irá cuando carezca de trabajo. Y volverá de nuevo cuando acabe la recesión: es un mercado que se regula casi solo en el que la política ha de hacer un trabajo mínimo pero trascendente. Fijar unas reglas del juego razonables en lo legal y decentes en lo humano, rehuir de la demagogia barata y apostar por la pedagogía social -sin eufemismos, con datos; sin lemas, con certezas- y, finalmente, garantizar la aplicación de todo ello de forma unitaria, sin dar obligaciones de más ni de menos a ayuntamientos o comunidades autónomas: a todos, sin excepción, les viene bien ahora señalar a un culpable externo, y el inmigrante es un tonto útil muy a mano.
Aunque en ese viaje se prescinda de la obviedad de que a algunos les sobran tanto los negros como los castellanohablantes o se pierda una estupenda oportunidad de explicar que los de afuera son entrañablemente similares a los de dentro: los hay que roban y deben estar en la cárcel o deportados (una pena no poder hacer lo mismo con los de aquí); los hay que sólo quieren trabajar y cubrir sus necesidades y los hay que, cuando no pueden hacer lo segundo y no quieren hacer lo primero, se marchan a Alemania o Suiza. Como nosotros.
Haití fue española, y francesa, pero ahora sólo se acuerda de ella Lucifer. Mientras él amontona cadáveres que ya eran zombis, el mundo se abona a la retórica, envía dos bomberos y tiritas y mantiene, en su confortable retiro parisino, al hijo del dictador que dejó la isla yerma y ahora come foei en París con la devoción de Saturno por sus hijos.
Mientras la cooperación internacional, la ayuda al tercer mundo, la solidaridad con el desfavorecido y esas mandangas sigan siendo cosa de curas progres, misioneros laicos, barbitas secuestrables y, en fin, davides sin honda frente a goliath armados hasta los dientes; la estadística de muertos equivaldrá al padrón general de vivos, aunque éstos sólo lo intuyan.
Arreglar el mundo es más barato que dejarlo morir, pero el negocio de todos suele ir en contra del beneficio de unos pocos: a Estados Unidos y Europa les costaría menos sacar de la pobreza a África, Asia o Centroamérica que pagar los costes de su destrucción, su miseria o el terror que exportan; pero perderían su negocio los tipos que bombardean primero y luego reconstruyen, pasando dos facturas en cada viaje.
La pregunta que hay qué hacerse no es por qué hay gente así, que convierte el horror en una cuenta de resultados y mete a la muerte en el Nasdaq; sino por qué ellos consiguen arrodillar a obamas y zapateros, sarkozys y merkeles, incapaces de frenar la derivada más cruel del credo darwiniano sobre la selección de las especies.
Meterse con un banco o una petrolera es tan sencillo como enviar a una enfermera a Puerto Príncipe; pero en el camino se olvida que sin la complicidad lasciva del poder político, que establece siempre una relación inversamente proporcional entre la belleza de sus discursos y la repugnancia de sus decisiones, no habría Hollyburtons con barra libre: cuando la conciencia, en política, no se refleja en los presupuestos, se convierte en una mera campaña de autopromoción.
La cooperación se ha transformado en una suerte de caridad temporal que calma conciencias indolentes, sostiene negocios, perpetúa chiringuitos, y condena a la pobreza, la guerra y el desastre a los receptores de unas migajas que lloran en vida su inminente muerte sin otro parasol que la sombra de las alas de los buitres.
El año comienza con una inquietante combinación de una crisis histórica con un alejamiento no menos apabullante entre la ciudadanía y la política, que lejos de aparecer como remedio a los problemas queda señalada como inductor de ellos.
Sin establecer paralelismos más allá de los estrictamente anímicos, nunca se había percibido un agotamiento similar en la política y una desafección tan grande desde los tiempos prebélicos de 1936: la sensación de que La Casta, como la llama el periodista David Montero en un libro demoledor que glosa el impresentable saqueo de las arcas públicas por quienes debían custodiarlas -hará falta una segunda parte: el aprovechamiento que de esa ‘debilidad’ hacen los sindicatos para rematar el desfalco en una Administración glotona-, es más un obstáculo que un antídoto flota en el aire y se corta ya con cuchillo.
Ése es el mejor caldo de cultivo imaginable para el nacimiento de líderes insospechados, de belenes esteban de la política, de vendedores de crecepelo caducados que, mezclando la demagogia con la desesperación ajena, ocupen de repente el estrado para guiar al pueblo por caminos de tinieblas.
No es factible que algo así ocurra ya, salvo en la mente de esos Nostradamus contemporáneos que hace tres años anunciaron el crimen del Papa y ahora presagian el asesinato del Rey con idéntica ligereza. Pero el mero riesgo, la simple sospecha, la mera sensación de que no es del todo inverosímil ha de ser suficiente para provocar una reacción en esa aristocracia acomodaticia que en lo sustantivo vive, piensa y hace lo mismo con independencia del reparto comercial de banderías.
En el caso de Alcalá, más que nunca se percibe un reflejo y un efecto de la política nacional que puede llegar perfectamente hasta las propias Municipales: el cansancio hacia los políticos tiene su eco en la ciudad, y resulta imposible calibrar a estas alturas en qué medida los deméritos propios y ajenos pesarán más y en qué siglas o dirigentes. En ese sentido, el año arranca apasionante para los amantes de las conjeturas: ¿En qué medida el elector reportará al PP complutense los efectos de una crisis que no es local pero tiene efectos domésticos? ¿Pagará ahora el PSOE su apuesta a una carta durante todos estos años, la de un Zapatero en caída libre? ¿Tendrá más peso el largo ciclo de Bartolomé González o el fin de ciclo que parece adivinarse en La Moncloa? ¿En qué medida creerá el ciudadano que las evidentes lagunas de esta legislatura, derivadas de una brutal ausencia de recursos, son achacables a una situación excepcional y ajena y en qué medida se lo reprochará al alcalde aunque lo haga luego también a Zapatero? ¿Ha perdido su rival, Javier Rodríguez, toda posibilidad de alcanzar la alcaldía por su más que bajo perfil local y su confianza ciega en que el influjo de las siglas le hicieran el trabajo o, por contra, emergerá como alternativa al ser observado, ante todo, como algo nuevo frente al veterano alcalde?
Todas ellas son preguntas razonables, pero en realidad no importa demasiado la respuesta, resumida en todo caso en uno de los célebres axiomas que Sun Tzu incluye en su ínclito tratado El Arte de la guerra: “Un ejército confuso lleva a la victoria del contrario”. Si en la confusión está la derrota electoral, en la audacia está la clave del beneficio ciudadano: más allá de lo que deparen las urnas, lo que ahora toca es contraponer a la sensación de crisis el mensaje de ambición, de que no todo está perdido, de que hay partido y bajar los brazos no es una opción. Ahora más que nunca le toca, a Zapatero, a Aguirre y en especial al alcalde, comportarse como el capitán que no se baja del barco ni permite que se hunda: no procede la dignidad de quien se ahoga por quedarse hasta el final, sino la inteligencia de quien evita el naufragio. A Alcalá, como a España, le va a ir bien o mal en función de la energía que tengan quienes la dirigen. Que sea mucha, pues, y que fluya rápido.
El 24 de diciembre de 1914 un grupo de soldados alemanes del frente Occidental comenzó a adornar con motivos navideños sus trincheras y a cantar, entre cadáveres abandonados en el fondo de los cráteres causados por los obuses, el célebre villancico 'Noche de Paz'.
La melodía llegó a las tropas británicas, que respondieron con más canciones navideñas. De repente, los viejos enemigos, cubiertos de barro y sangre, se entregaron a una tregua oficiosa que permitió recuperar los cuerpos de los caídos, oficiar sepelios, intercambiar tabaco y güisqui e incluso leer conjuntamente el Salmo 23, aquel que termina con una metáfora que allí no lo era: "Aunque camine por un valle oscuro / no temeré mal alguno porque Él está conmigo".
En la guerra, dice Ridley Scott en los créditos de Black Hawk derribado, no se combate en realidad por un país ni una bandera, sino por el compañero de trinchera, por salvarle a él y ser por él salvado. En 'La Vaquilla' Berlanga recrea esa vieja historia válida para la Primera Guerra Mundial y para la española, para Somalia y para Afganistán; para el siglo XX y para cualquiera de los anteriores y los sucesivos, que encuentran otro elemento común en la reacción de los mandos: ese armisticio temporal es indigno y contraproducente, y hay que evitarlo en el futuro. En el frente occidental, al año siguiente, la artillería redobló sus ataques para esquivar la tentación en las tropas de entonar, de nuevo, en inglés y alemán, el conmovedor Silent Night.
De algún modo, la tregua navideña ha llegado a nuestros días, y aun con razones distintas y contextos antagónicos, logra similares efectos: en las trincheras de los hogares las tropas cantan, comen y beben como si el mañana no existiera y el ayer fuera un mal sueño; mientras en los Cuarteles Generales políticos, sindicales o institucionales se mira para otro lado y se disfruta de mejores banquetes.
Y no se vive peor. Hoy, o el lunes a más tardar, la artillería volverá con el fuego cruzado y la aviación intentará que los campos ardan y las nubes sean de humo. Los generales, Zapatero el alemán, Rajoy el inglés; Blanco el británico, Soraya la germana; bien saben que la única manera de conservar sus galones es librar batallas desde cuarteles con calefacción mientras allá abajo, la tropa busca salmos para aguantar hasta el año que viene si el Dios de las balas y la Diosa del frío lo consienten.
A Jane Goodall le interesaban tanto los seres humanos que se dedicó a estudiar a los chimpancés para llegar a una conclusión disidente: “He comprendido, más que ninguna otra cosa, lo diferentes que somos de ellos”.
Leguina lleva toda la vida relacionándose con los monos de su zoo, y en ese largo viaje ha llegado también a una conclusión que se lleva poco en lo suyo, si lo suyo es la política: más que al plátano, la especie reacciona al palo y la zanahoria que desde fuera de la jaula empuña el dueño del látigo para conseguir que, allá dentro, el primate reaccione como el perro de Pavlov: el premio es la inclusión en una lista; y el precio perder los principios y acomodarse al traje de chimpancé que presta el carcelero.
Ahora ha dicho algo, Leguina, que responde a una petición de Goodall para la sociedad: si miraba para atrás, o adelante, a derecha, o a la izquierda, y no veía disidentes, se preocupaba de la chimpancización del homo menos sapiens, ya. “Sólo los hooligans creen que la política del PP sea catastrofista para Madrid”. Y otra: “Las esperanzas políticas de cualquier afiliado descansan más en la fidelidad al jefe que en el esfuerzo, la convicción y las ideas”.
Todos los males proceden de ahí, y más allá de que Leguina acierte en todo lo que dice queda claro que el acierto es decirlo: si mañana Solbes le dice a Zapatero, en su rostro monclovita, que la está pifiando; o si pasado alguno le espeta a Rajoy que está para vestir apóstoles; en breve dejaremos de protagonizar ‘El planeta de los simios’ para reescribir el único cuento válido en tiempos de zozobra, aquel que habla de un emperador desnudo y un par de críos renuentes a transformarse en la entrañable pero lerda chita.
Posdata. Aparte de los leguinismos sobre el mérito y la capacidad, hay otro estímulo de la política inigualable. Lo que no se hzo en 2009 por convicción y necesidad se hará en 2010 por miedo. Vienen curvas de reformas, aunque en el ancho arcén se encuentren ya preparadas toneladas de eufemismos para disimular las contradicciones, tan de mono, tan de Goodall: ella descubrió que no sólo el hombre sabe manejar las herramientas al fijarse cómo un primate deshojaba una rama para utilizarlo como punzón en un termitero.
Los cooperantes secuestrados por Al Qaeda pertenecen a una ONG de Barcelona. El Ministerio de Asuntos Exteriores, entre otros, se encarga de buscar la manera de liberarlos, como es su obligación y nuestra esperanza, pero sorprende que ningún Laporta ni ningún Carod haya reivindicado para sí la responsabilidad o, al menos, una parte de ella. Cuando hay problemas, a nadie le preocupa la españolidad si con ello ahuyenta el marrón.
Rubalcaba ha hecho un aviso a ETA, a costa de preocupar a todos los demás. Ésta es la única explicación decente para su anuncio, que afecta sólo a dos tipos de gentes: losque no necesitaban avisos porque que ya estaban prevenidos y preparados y a los que no les vale de nada porque no pueden estarlo. La opción de que sea una cortina de humo para invertir los designios del CIS es verosímil, pero también lo es una más perversa: si pasa algo grave, haberlo anticipado es una inteligente forma de tapar que no se ha sabido o podido evitar.
El PSOE y el PP vislumbran un Pacto de Estado en Educación. Y en Madrid se firma un acuerdo transversal entre Gobierno, sindicatos y Patronal. Nadie va a ganar ni perder unas Elecciones por consensuar algo con alguien en un país que tiene por icono a Belén Esteban. Ergo es sencillo impulsar cuantas reformas sean menester si el sentido común sustituye a la inanidad intelectual con la tranquilidad de que los votos no dependen de ello.
Rajoy se ha creído James Stewart en 'Qué bello es vivir', pero le ha salido Plácido, de Berlanga. Lo único bueno es que pone bien fácil una crítica merecida y extensible a tantos otros que van a reputados comedores sociales cada día a fotografiarse con un pobre entre clases de pilates y cocochas, compañeros. Con las causas sociales, es más fácil servirse de ellas que servirles a ellas.
A Benedicto XVI no le agredió una terrorista:se le abalanzó una señora. El Pontífice se lo ha tomado con más normalidad y elegancia que El Vaticano y la Prensa, más papistas que el Papa e incapaces de entender que la historia real tenía más Misterio.
Zapatero tiene algo maravilloso, reservado para flautistas y domadores de fieras. Ha ocurrido siempre lo contrario de lo que anunciaba en economía; a cada pronóstico comercial le ha sucedido una estadística oficial adversa y cada medida a adoptar ha sido sustituida por un paquete de eslóganes. Pero son los políticos, en general, quienes pagan el pato en el CIS.
Posdata. Metáfora española del momento, impagable: una reputada bodega aragonesa, Enate, se ha declarado insolvente. Sin palabras.
Los problemas empresariales de Díaz Ferrán son, en realidad, la metáfora de una crisis histórica que no perdona ni al representante máximo de los empresarios: lejos de ser un motivo de vergüenza y persecución, el hundimiento de una compañía presidida por el pope del sector debiera ser entendida como la prueba definitiva del formidable quebranto general de la economía española.
Pero la gestión que el afectado ha hecho de su problema, entre vergonzosa y punible, es también la metáfora del nivel general que en los cuatro lados de la mesa hay para atacar el problema. En lugar de mostrar con dignidad la herida sufrida, dar la cara hasta para que se la partan, presentarse en Barajas, negociar en primera persona una salida para sus clientes y, finalmente, presentar el martirio como un argumento definitivo para negociar un gran pacto de estado entre la política y los agentes sociales; el ínclito Díaz Ferrán lo ha transformado en una carga de prueba contra el conjunto de los empresarios que refuerza la inacción del Gobierno y recarga de energías a los acomodados sindicatos.
Hasta el Rey habla ya como si el paro fuera un cáncer, presentándolo como una enfermedad inesperada en lugar de como la consecuencia de una cadena de decisiones, o de falta de ellas, que puede ser respondida y atacada con los sacrificios que, ahí sí, también provoca la quimioterapia.
España tiene muchos problemas, pero el principal lo ha captado el ciudadano y reflejado el CIS: sus políticos son ya el tercer problema, o el primero si se tiene en cuenta que los dos primeros son achacables también a ellos.
En esa mesa ficticia hay un empresario que oscila entre el pelotazo y la huida; unos sindicatos que apelan falazmente al trabajador para conservar unas prebendas incompatibles con la miseria; un presidente del Gobierno que trata la economía como al clima, rezando a Manitú, y un jefe de la Oposición con alma de funerario.
Air Comet da, al menos, para un chiste cruel o una adivinanza facilona: Iban un presidente, un empresario, un sindicalista y una alternativa en un avión sin motores y sin paracaídas. Averigüen cómo hicieron para salvarse los cuatro, sorprendentemente, y a quién arrasó la aeronave al estrellarse. Feliz Navidad.
Gabilondo va a trabajar para Berlusconi, y Carlos Herrera para Roures. La primera obligación de una empresa es sobrevivir, pero si se dedica a la comunicación no le llega con eso: su producto es la credibilidad, y ésta se logra defendiendo ideas. El gran problema de la fusión es que a continuación se sigue en el barco: vender para vivir es humano, pero luego hay que marcharse para evitar que se consolide la idea de que sólo hay intereses: Il cavalieri no puede ser malo para Italia pero bueno para El País.
El PP del inefable Rajoy aprueba un 'Código de Buena Conducta' que impide conjugar verbos no reconocidos por la RAE pero alojados en el lenguaje cotidiano: gurtelear, por ejemplo. Es una medida indignante, por retórica y manipuladora. Donde hay estatutos internos y códigos penales externos no hacen falta catecismos, salvo para tapar el hedor y la falta de reflejos. Camps no llegó a tiempo a la puesta de largo del engendro. Qué metáfora.
“El burka no es bienvenido en Francia”. Lo dicen su presidente y su primer ministro, aunque hasta enero no se sabrá la opinión de la Comisión creada a tal efecto. Probablemente lo prohíba: tampoco hay crucifijos en las aulas. En España se está en lo segundo, no se atreve nadie con lo primero y se discute aún sobre cuál es el país y cuál su lengua. No tener lo básico claro genera siempre efectos secundarios absurdos y demuestra que la democracia treintañera es en realidad púber: a España le pasa con Francia lo que a Oriente con Occidente en cuestión de fe. Nos faltan años y nos sobra inexperiencia, pero todo el pescado está ya vendido.
Se confunden tiempo y clima, presentando la lluvia intensa, el frío extremo o la nieve inusual como una prueba de cargo contra los prescriptores del cambio climático. También se confunde la política con el partido. En ambos casos las previsiones más turbadoras son exactas. Pero hay más barro que tierra y más ventosidades que viento.
Las grandes potencias llevan un siglo contaminando al planeta. Pero ahora le cargan el mochuelo a China, un recién llegado. Es algo similar a echarle la culpa a Somalia de la obesidad infantil cuando empiecen a dejar de morirse de hambre. Lo cual no excluye venderles primero las hamburguesas y comprarles después el algodón industrial.
Posdata. La verdadera novedad no será que ETB difunda el mensaje navideño del Rey, sino que Telemadrid no lo haga. Si se la queda también algún Berlusconi, algo de dinero más habrá para todo lo que de verdad importa. Ya se apañará Juan Carlos I, de natural espontáneo, para dar un poco de espectáculo y lograr que en Euskadi, Valencia, Andalucía, Cataluña o Madrid algún programador, con principios o intereses, le de una porción en el prime time.
Wyoming y Ussía deberían dimitir o ser destituidos hoy mismo. Si era verdad lo que decían del otro, de los otros, no pueden ser compañeros ni un segundo más. Ni su nueva empresa fusionada permitírselo a sí misma. La otra opción es que, en adelante, nadie les oiga, o nadie les crea. O no vuelvan con éstas: dos españas fusionadas, pero en todo. Ahora sabemos, y no es poco, que ser Público o tener La Razón es una mera manera de ganar dinero, que puede cambiarse para ganar un poco más o perder un poco menos.
Los más antitaurinos son tal vez los más proaborto. No hay equiparación entre matar al toro e invalidar un embrión en ciernes, obviamente, pero si a alguien le pega ponerse tiquismiquis con el nasciturus es a aquel que confiere a esta tradición un valor estrictamente carnicero.
CC.OO, UGT, CEOE, IU, PP y PSOE no se ponen de acuerdo en nada, ni en la peor adversidad, pero sí en una cosa: en los sillones a repartir en Cajamadrid. No es lo mismo pegarse con los riñones de los demás en juego que no entenderse con los propios. Hace tres meses había que despolitizarla, ahora sólo faltan Felipe González, José María Aznar y algún padre de la Constitución.
A un 50% de la gente le ha gustado la agresión a Hertsch y a Berlusconi, aunque esté muy mal decirlo en público. Y al otro 50% le gustaría ver en el mismo trance a Zapatero y a Wyoming. No se conoce caso de un político del PSOE que haya visitado al presentador de Telemadrid en su cama hospitalaria. Ni uno del PP que haya defendido la evidencia de que Monzón sólo hace parodias. Muerto el Montesquiu de la división de poderes, está en coma el Voltaire que anteponía la defensa de una opinión adversa a la coincidencia con ella.
El Ayuntamiento de Jerez ha presentado un ERE. No es el único de España al borde de la quiebra. Hay muchos más, y también Diputaciones, Universidades y centros, institutos y organismos de toda laya que existen, básicamente, para incrementar la burocracia, dilapidar el dinero público, colocar al amigo y hacerle la vida imposible al ciudadano. Será más fácil verles quebrar, por inanición, que escucharle a un partido o un sindicato una propuesta que suponga un mínimo sacrificio. Tras el lince, nos acercamos pues a la extinción de la otra gran raza ibérica: ésta va a ser, casi, la última generación de funcionarios públicos.
El PSOE se atreve a quitar crucifijos, pero renueva la financiación de la Iglesia con el Vaticano. El PNV lleva a Dios en su escudo, pero apoya al PSOE en la Ley del Aborto. El PP está contra el Estatuto de Cataluña, pero en Cataluña el PP mira para otro lado para no enojar a CiU. Groucho Marx debiera ser canonizado: "Éstos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros".
Hay mucha gente con Aminatu, pero la huelga de hambre la hace ella sola. Si la secundaran, al menos, todos los políticos locales y nacionales, o todos los observadores, colaboradores de la ONU y eurodiputados que han vivido de algún modo del problema saharui, en dos días estaría en su casa.
Posdata. El Real Madrid necesita al Barça. Y viceversa. Más que fútbol, es una cuestión de mercado, sin más. El deporte es otra cosa.
Villalbilla se pronuncia Benidorm, aunque suena Sicilia a veces. No es la única peculiaridad: también se invierte allí la fábula del hombre y el asno, al ponerse la oveja delante del pastor, con un alcalde artista que ejerce el cargo desde la antítesis a su apellido. Es Borrego, pero dirige al rebaño atizándole con una vara de cerezo en las partes pudendas.
La solución a este caso, como a casi todos en la democracia municipal, pasa por una reforma que otorgue la alcaldía al partido más votado: España está llena de Villalbillas saqueadas por partidos minúsculos, tránsfugas de cemento armado, pactos de penumbra y acuerdos de medianoche que conculcan el sentido del voto ciudadano y consagran la sustitución del Ayuntamiento por el chiringo.
Mientras eso se hace, que se hará un poco antes de la reforma de la ley electoral que también algún día librará al Gobierno Central de turno del peaje nacionalista y sus derivadas financieras, sólo queda apelar a la decencia estética del Pacto Antitransfuguismo: es difícil que el pudor funcione con quien usa purines por colonia, caso del alcalde lanar en cuestión, pero sería inaceptable que no se intentara.
La vida y la historia están llenas de Borregos, de concejalillos mediocres que no saben escribir pero firman abultados cheques y de patadas a las urnas entre eructos autocomplacientes que ofenden y debilitan la confianza general del ciudadano en la política. Sólo hay un antídoto, decirle a este pavo, de una puñetera vez, que actúa solo, con su banda, sin otro amparo que su falta de vergüenza y su apego a la moqueta ajena. Si el PP del señor Granados sigue mirando para otro lado, será imposible ya no verle, para siempre, cubierto también de pura lana, erguido, con otra vara en la pezuña.
La agresión a Berlusconi ya tiene explicación: le pegó, con una catedral en miniatura, un enfermo mental tratado durante diez años. De ser cierto, el 30% de los españoles podría agredir en cualquier momento a Zapatero, por quedarnos entre homólogos. Las prisas del periodismo por explicar rápidamente lo que sólo puede contar tiene ese efecto perverso: generan leyes absurdas. Tanto lo es suponer que un trastorno mental sin especificar transforma al paciente en un homicida como concluir que los souvenirs son, viendo este caso, armas peligrosas. Ojo con los propietarios de giraldas y torres eifeles, si además toman transilium pueden ser muy peligrosos.
Más fácil de contar es casi todo lo demás que, sin embargo, se relata tortuosamente, si la luz de los datos prevalece sobre las sombras de las interpretaciones. Por ejemplo en la manifestación sindical del sábado: hay cuatro millones de parados, 140.000 empresas cerradas por la crisis y una combinación de deuda y déficit sin parangón en Europa. ¿A quién hay que protestar? No tengo la respuesta, lo que probablemente sugiere que en este caso no debe haber pregunta.
Pero si absurdo es chillarle al presidente que intenta parar la sangría, aunque no sé si sabe o puede, injusto se intuye hacerlo contra quien ayer, hoy y mañana debe crear empleo. Salvo que sea para distraer la atención: los derechos de los trabajadores los protege el Estado; y aunque increpar a la CEOE es siempre tentador, equivale a los autohomenajes con esa Iglesia que opina pero felizmente no gobierna.
También con la conferencia de presidentes autonómicos: Cataluña, Navarra y Euskadi llegan con un régimen de financiación propio y distinto al del resto de comunidades, en una situación difícil de encajar en el ideal democrático de que todos somos iguales ante la ley y la caja. Nótese que en estas regiones, a las que podemos llamar países si con ello evitamos el lanzamiento de butifarras o la fritura de espárragos, han gobernado partidos de todos los colores antes de concluir que el cónclave presidencial sólo debe valer para una cosa: aclarar si el Gobierno, como representante de los intereses de todos, va a consagrar esa injusticia o por contra a intenar subsanarla recordando que el valor de los territorios siempre es difuso, pero el de las personas prístino: Cataluña puede valer más que Madrid, o Canarias menos que Galicia, y a la inversa, pero es probable que un catalán, un madrileño, un gallego y un canario importen exactamente lo mismo.
Cajamadrid ofrece otro escenario para jugar a los perturbados con catedral arrojadiza con mayores probabilidades de acierto: cuando la Comunidad X iba a promover al persona Y en cumplimiento de la ley Z que le facultaba para ello, se apeló a la necesidad de evitar la politización de la entidad para abortar una operación legal presentada como un asalto testicular. Ahora van a dirigir al oso verde dos plantígrados de toda la vida, sin que ninguno de los que se pusieron estupendos antes lo hagan ahora: era, al final tienen razón, una cuestión genital.
Creo que el único cuerdo que queda en el mundo, en fin, es el agresor de Berlusconi: sabe lo que hace, lo hace sin excusas y pagará lo que haya que pagar por ello. Que le nombren, en ese orden, presidente del Gobierno, de la oposición, de Cajamadrid, de la CEOE, de los sindicatos y, a ser posible, de las comunidades históricas. Con referendum previo, si es menester.
En un encendido debate en la Cámara de los Comunes, Lady Astor no pudo reprimir su rechazo al discurso de Winston Churchill y le espetó a bocajarro, sin perder la compostura ni saltarse la hora mágica británica: "Si usted fuera mi marido, no podría evitar ponerle veneno en el té". El premier le respondió en el turno de réplica con jocosidad contenida en su pantagruélico rostro: "Si usted fuera mi esposa, me lo bebería gustoso".
Hubo un tiempo en que la política estaba cerca de la pintura, oscilando entre el trazo agresivo de Altamira, las líneas sutiles de Velázquez y los colores creativos de Picasso, pero sin perder nunca una perspectiva artística, como si quienes se dedicaran a ella se sintieran obligados a dar fondo y forma al cuadro que observaban desde fuera sin salpicarles con brochazos de gotelé. Baselitz, el pintor que expone sus obras al revés, decía que un trozo de papel era el mejor lugar para expresar un concepto, y algo así sentían aquellos políticos al subirse al atril del Parlamento, intervenir en un acto público o exhibirse en un medio de comunicación.
Ahora hay más trozos de papel, pero lejos de crecer las opciones de explicar un concepto, se han multiplicado las posibilidades de lanzar un melón, consolidándose una funesta alternativa al glorioso carpe diem consistente en no calibrar la barbaridad o el contrasentido de hoy por la seguridad de que mañana, o esa misma tarde, podrá enterrarse con otro: ni el incipiente número de soportes ni la facilidad para asentar una memoria fornida de lo dicho o hecho han activado las defensas y los límites de quien habla o escribe, en otra paradoja tendente a demostrar que la mayor exhibición no comporta mayor precaución si no todo lo contrario.
El último efecto de este fenómeno es su formidable capacidad de contagio: al desvanecimiento del político como portador de un mensaje constructivo que tenga en la asunción de los hechos la premisa innegociable se le suma la trivialización del receptor como mera fotocopiadora de la deyección recibida y la subsiguiente consecuencia para los dos extremos de la cadena. Unos y otros, políticos y ciudadanos, son para sus homólogos en el otro lado un mero enemigo a batir con el que nada se puede debatir si hay a mano algún argumento de carácter personal para replicarle, en una espiral recurrente que derriba, sin más, la posibilidad de entendimiento.
Desechamos sin asomo de vergüenza la imprescindible comparación, ruidos y lemas aparte, entre las recetas españolas para la crisis y las inglesas, alemanas, americanas o francesas. Transformamos la necesaria protección de la propiedad intelectual y la recomendable reflexión sobre la forma de gestionarla en un mero capricho, espurio, de la ministra Sinde y sus amigos del gremio. Acusamos al titular de Interior de querer espiarnos sin preguntarnos por la mejor manera de conjugar la obligación de frentar el delito con el derecho del ciudadano a no ser una víctima por ello.
Obviamos la complejidad de la política de Exteriores y la posibilidad de criticarla con un punto de sensatez para presentarla, simplemente, como una consecuencia de la estupidez congénita del titular de la cartera. Estigmatizamos la recomendable reflexión de Aguirre sobre la eficacia y el saneamiento de unos servicios públicos sometidos, aquí sí, a las ínfulas sindicales, al grito descompuesto sobre el lobo de la privatización. Y resucitamos la inquietante visión de las dos Españas -rojos y fachas; empresarios opresores y obreros oprimidos; ateos y creyentes- arramblando con la certeza de que unen muchas cosas más de las que separan.
La política no es idiota; simplemente ha entendido que es más comercial y sencillo movilizar a un rebaño que conducir a un ser humano. Churchill ganó una guerra sin bombas a una Alemania sobrada de ellas. Con la palabra. Ergo si salva, puede destruir: es lo que tiene sustituir la cicuta por matarratas y el té por la panceta.
Posdata. Virgilio Zapatero tiene verbo liviano, y es capaz de lograr que un tiburón cante delicadas arias en su estanque: esa virtud suya me admira, y no es la única. Pero como es político, churchiliano, ha terminado en Cajamadrid, como antes por serlo llegó a la Universidad de Alcalá. Mejor él que otros que sonaban, pero en este trozo de papel emborronado se vuelve a tratar la hemeroteca como a los libros deFarenheit 451: para querer despolitizar la Caja, como decían sin sonrojarse genoveses y ferracinos, nada mejor que dos patas negra. Al menos ambos saben mucho de infusiones.
No nos engañemos: los "defensores de la libertad en internet" quieren, sobre todo, que siga siendo gratis aquello que tiene sin embargo un valor. Otra cosa es cómo se cobra, cuánto se paga o quién lo gestiona: ahí la polémica, el debate, el conflicto y la propuesta es legítima. Lo ponen fácil, además, quienes ahora lo hacen, con una mezcla de codicia económica, sandez empresarial y tibieza política.
Ése es el dedo; pero la luna es el tan humano como imposible gratis et amore, escondido en sesudos argumentos que camuflan a duras penas el punto de partida evidente: la gente no quiere pagar por aquello que si pierde su precio, simplemente termina por desaparecer.
El debate se ha planteado como el de un elefante discutiendo con una hormiga, o un pollino con un cerdo, de modo que debamos elegir entre robar al creador o someternos al orwelliano ojo del Rubalcaba de turno, como si no hubiera más opciones: entre otras meter de una vez en la pomada a esas operadoras de telefonía que, amén de ser colaboradoras necesarias de cualquier tropelía, lo hacen con las tarifas más astronómicas de Europa pero el servicio más propio de una humilde aldea en la bella Tanzania, sin asumir una parte de la carga para el autor y restarle una porción del peso al usuario que ya paga su infame ADSL.
Hay que entender, sin más, que la propiedad privada es tal vez uno de los derechos más definitorios de una democracia auténtica, y proceder a partir de ahí con sentido común. Las leyes y los discursos intuyen que el comprador de un soporte digital lo utilizará para copiarse el último de Sabina o la penúltima de los Cohen, y aciertan en un porcentaje muy superior al que constituye el famoso canon con respecto al precio final del CD.
Y ahora supone también, con idéntica aunque indemostrable carga de prueba personal, que una página que sirve gratuitamente series de televisión o películas de estreno tiene por usuarios a internautas que van a disfrutar de ello sin renunciar al día siguiente a cobrar la nómina derivada de su trabajo: es dudoso que pasen horas conectados a sus servidores fijándose en las calidades del diseño de la web, o por olvido mientras hacen la cena, así que resulta razonable concluir que se están bajando esos productos con otro de esos programas que sólo sirven para tal menester.
Si vuela como un pato, anda como un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato, decía Walter Cronkite en mítico axioma válido también para un roto digital y un descosido cibernético. Así que menos gaitas, que el manifiesto es una engolada promoción del inexistente derecho a la apropiación indebida, y no deja de serlo por tener entre sus paladines a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis 2.0, en cursi versión Connecting People.
Ni tampoco por la posibilidad de que el ladrón se crea Robin Hood y pueda serlo: hasta en la hipótesis de que la industria musical, las productoras de cine, las entidades de gestión de derechos y los políticos reguladores conformen una banda de cuatreros; el autor tendría menos derechos y su cliente más obligaciones. Otra cosa es cómo se hace eso, y ahora se hace mal: se puede discutir la envergadura; pero no el concepto.
Quizá un buen manifiesto sería, al fin, el que uniera los dos extremos de la cadena y situara en el mismo frente a creadores y clientes y en el otro a todos los demás: identificar al intermediario es una buena manera de facilitar el acuerdo entre las partes. ¿O acaso nadie se ha fijado en quién paga ahora el famoso pato de Walter?
Posdata. El Gobierno ha estado inmenso, una vez más, en la gestión del problema: ha partido de un diagnóstico equivocado para imponer unas medidas desacertadas. Sólo vale para pagar rescates, en fin. Aunque el problema no es sólo suyo, y tampoco es nuevo: el gratis total nunca ha existido, pero la burra se ha extendido. Espero que exista una buena oferta de copias legales de 'Amanece que no es poco'. Urge revisarla, que todos somos contingentes. Especialmente los ciberactivistas de sillón.
España está llena de ellos. El resto del mundo también. Son los bobos, una especie de acrónimo de bohemio burgués en el original inglés (bourgeois bohemian). O algo más: se solidarizan con dramas remotos, rememoran compungidos tragedias del pasado, enlazan su conciencia con causas tan dignas como distantes, exponen sus principios con solemne rotundidad y, finalmente, rechazan o rehúyen la aplicación de todo ello en las escasas ocasiones en que la prédica puede ir acompañada del trigo.
Es la traslación al ámbito de la conciencia del viejo chiste que define la esencia del progre, una figura de atrezzo que ha logrado ocupar sin embargo el nicho del de acción: “Alguien totalmente dispuesto a acabar con las dolorosas injusticias del mundo… con tu dinero”.
América está descubierta, la Revolución Francesa terminada, el Muro de Berlín derribado y la Guerra Civil, con su trágico reverso de exilio, persecución y Dictadura; felizmente enterrada: hay que recordarlas, claro, y a ser posible metabolizarlas para desarrollar un antídoto y una alarma: a la historia del ser humano le pasa como a la moda y a la chistorra; siempre repiten; y sólo esa combinación de memoria personal y esfuerzo colectivo es capaz de activar las defensas preventivas.
Pero vivir en las causas que no comportan algún riesgo es, ante todo, una cómoda manera de aprovecharse de ellas, de apropiarse de un legado ajeno para cimentar una imagen propia tan llevadera como beneficiosa: ahí hay una miriada de canonjías abundante, de fundaciones, patronatos, premios, ágapes, cursos, conferencias, recitales, viajes, rectorías y toda laya de prebendas vampíricas que invierten el sentido ético del compromiso decente: dar, no recibir.
Sólo tiene legitimidad para adueñarse del martirio ajeno –no, no íbamos todos en los trenes del 11-M; no, no fuimos todos represaliados por Franco; no, no todas son maltratadas; no, no todos son objetivo de ETA- quienes identifican patrones similares en su tiempo, realidad y geografía cercanos y exponen una parte de su plasma, su prestigio y su estatus a la tarea de enmendarlo.
Aminetu Haidar fue expulsada del Sáhara por no renunciar a sus ideas, por tener razones y por defenderlas con la palabra, que es la única arma de destrucción masiva realmente invulnerable. Habrá quien piense que no, pero hasta en esos casos la evidencia de su expulsión ilegal y la recepción fraudulenta en España no admitirá dudas: es una mujer separada de su familia y su tierra; ocupada, silenciada, perseguida y sometida, que se resiste pacíficamente como todo el Sáhara, un pueblo sin tierra modélico en su réplica a tanto abuso.
Todos esos principios remotos encuentran en este caso una excepcional oportunidad para ponerse de manifiesto, para ir al combate, para dejarse algún pelo en la gatera. También la guerra de Afganistán. E incluso el Estatut de Cataluña por su derivada económica insolidaria con el que menos tiene.
Añadan, si quieren y son capaces de obviar el ruido que ensordece el debate en todo esto y pone cosmética retórica para camuflar el fondo de la cuestión, la insoportable diferencia entre el trabajador y la empresa privada y el confort de la Administración y quienes la dirigen o trabajan en ella, que el Norte y el Sur no son sólo latitudes: cuatro millones de ciudadanos no tienen dónde caerse muertos; pero al ministro o presidente o alcalde de turno le sobran colaboradores y sus plantillas se cogerán quince días de vacaciones en Navidad para volver con fuerza en enero a ver si entre el IPC y los fondos ‘sociales’ la teta pública se ordeña una subida salarial decente.
Aminetu está casi sola. Le defienden cuatro impagables ciudadanos y un actor, Guillermo Toledo, que prescribió el Gürtel con su montaje sobre una boda escurialense y ahora demuestra que le importa más la verdad que las siglas. Pero Moratinos, que en esto es España, se limita a lamentar, hastiado, que esta tía no acepte el apaño: no entiende que los principios son fines y que los medios derriban esos principios.
No es el único que juega con las palabras y las conciencias. Estamos rodeados de camaradas de sí mismos. Otra de gambas, por favor, a la salud de la República. Por ejemplo. Y qué viva el Chef. ¿Guevara no?
La identidad catalana no se puede discutir: es, sin más, aunque lo es de distintas maneras. Esto sólo hay que decírselo a unos pocos catalanes: en el resto de España se entiende, de siempre, y lo hacen especialmente quienes la niegan. Sólo se ataca, o se rechaza, aquello cuya existencia se asume: quienes pierden mucho tiempo en negar a Dios de algún modo consagran una parte de su escaso tiempo a él, emulando al Unamuno de El sentimiento trágico de la vida: tal vez no le perdonan su indolencia, un reproche absurdo a quien simplemente no existe.
No es una cuestión de identidad pues, y ni siquiera de recelo a una nacionalismo imprescindible cuando opta por su raíz cultural y desecha su cortoplacista versión política: lo catalán, lo auténticamente catalán, sólo molesta a los ágrafos e ignorantes, como lo español sólo inquieta a los incultos y a los sectarios.
La cuestión es si ese respeto cotidiano, ese reconocimiento explícito, esa asunción rutinaria, esa defensa de lo particular y ese afecto por lo distinto que no lo opuesto ha de reflejarse o no en leyes específicas, regímenes económicos blindados y, en definitiva, unas reglas del juego alternativas que a fuer de asumir las peculiaridades de la parte amenacen la integridad del todo.
El Estatut responde afirmativamente a todo. La clase política catalana también. Y ahora se suman los periódicos, que han decidido pensar y escribir lo mismo y a la vez en un insólito Editorial conjunto que solemniza un burdo aviso a navegantes: si el reconocimiento no se plasma en un catálogo de excepcionalidades económico-juridicas, si el Constitucional no se atiene al guión preestablecido y si, en fin, no se reconoce que la única lealtad posible entre el Estado y esta Nación pasa por la renuncia del primero y el privilegio del segundo... os vais a enterar.
La élite catalana utiliza la incontestada identidad de Cataluña para justificar un ejercicio de egoísmo contable que, simplemente, hace inviable la jerarquía en España del criterio de igualdad entre ciudadanos y que, en términos domésticos más mundanos, equivaldría a una rebelión de las rentas más altas para no compartir sus recursos con las más bajas: si el Estado aplicara esta medida en el ámbito personal, el equivalente al Estatut sería la devolución del excedente que los más adinerados 'ceden' a las arcas públicas vía IRPF, condenándolas a un endeudamiento endémico o, como única alternativa, a la merma de oportunidades, servicios y subsidios a los receptores de esa solidaridad fiscal.
El problema, en todo caso, no es que ellos lo pidan, pues tiene una lógica aplastante aunque nada progresista intentar conservar hasta el último euro para uno mismo; sino que se conceda desechando la evidencia de que el único pacto decente en las cuestiones de Estado es el que pueden firman quienes lo estructuran y gobiernan alternativamente: que Cataluña pida mucho, poco, de más o de menos es comprensible; que lo asuman quienes tienen obligaciones globales para garantizarse antes la estabilidad política coyuntural que el futuro colectivo estructural resulta inaudito, aunque bien coherente con un país que criminaliza al empresario, confunde la creación de empleo con la protección social, subordina el Estado del Bienestar al bienestar de quienes viven del Estado y padece a una clase política que oscila entre el procedimiento penal y la flatulencia intelectual.
Haga lo que haga ya el Constitucional, el problema está servido. Visça Catalunya, siempre, pero la pela es la pela tú.
El presidente no sabe cuándo se volverá a generar empleo, lo que demuestra de manera incontestable que confía la recuperación al destino. Como vino se irá, sugiere Zapatero en un diagnóstico que no le procurará el Nobel de Economía pero le confirma como un hombre pegado a la calle: en todos los bares se escuchan reflexiones similares.
Al PP le parece peligroso el sistema Sitel, aunque lo compró Rajoy siendo ministro del Interior, lo que demuestra a su vez que le molesta más no poder utilizarlo que sus inquietantes efectos secundarios. Pide que se dude sin pruebas de Rubalcaba; y aspira a que se confíe, también sin ellas, en el ahora jefe de la oposición.
El Gobierno no ha explicado aún los detalles de la liberación del Alakrana, lo que denota que sin duda pagó: cargar un delito falso es calumnia, y en los últimos diez días se le ha acusado de cometer uno de libro sin que haya recurrido al fiscal general del Estado.
El Rey sanciona todas las leyes, incluida la previsible nueva sobre el aborto. Si la Iglesia ha amenazado con excomulgar a todo aquel que colabore con esta norma, ¿tiene algo que temer don Juan Carlos?
El 10% de los profesores de la Comunidad de Madrid no va clase cada día en la escuela pública, el doble que en la concertada. O unos no van trabajar estando sanos; u otros acuden a dar clase enfermos. La otra opción merecería un exhaustivo estudio científico: en la Administración hay algún virus selectivo que eleva las bajas y se ceba con los funcionarios.
En España nadie va a la cárcel por abortar y nadie quiere que eso cambie. La nueva ley no protege entonces a las mujeres: convierte un delito despenalizado en un derecho fundamental.
Zapatero ha anunciado diez veces la nueva ley de economía sostenible que presentará el viernes. Y Rajoy le ha llamado inútil en otras diez ocasiones por no evitar ni paliar la crisis. Pero ninguno de los dos ha sido capaz de explicar, con palabras inteligibles y medidas concretas, cómo esquivar el derribo económico de España.
El único grupo profesional que se ha librado del desempleo es el de políticos y sindicalistas. Tampoco hay paro entre los magistrados: la estabilidad laboral no les da, en el último caso, para redactar una sentencia de tres hojas sobre el Estatuto de Cataluña después de casi cuatro años.
En Euskadi el PSOE ha defendido que juegue la Selección Española y pase la Vuelta a España. En Cataluña, el mismo partido apoya referendos independentistas. Y en los dos lugares, el PP no dice exactamente lo mismo, mientras en Madrid sus direcciones nacionales no terminan de decidirse.
Posdata. El eufemismo siempre florece en tiempos de crisis: el Gobierno ya prepara uan reforma laboral, pero le llamará "un nuevo mercado de trabajo sostenible". O algo así. De nuevo resucita Don Mendo, auténtico icono del discurso político en las dos orillas: "Mejor morir que perder la vida".
Un hombre desfigurado por un accidente de tráfico conducirá los informativos de la muy británica Channel Five durante una semana para concienciar a la audiencia de este problema y acabar con los prejuicios sociales. James Partridge tiene la cara como el culo de una dromedaria, y la tiene desde los 18 años: la descripción no es morbosa, aunque pueda resultar políticamente incorrecta, sino acorde con la intención que impulsa esta innovadora estrategia de concienciación: no se trata de esconder la diferencia o de hacer como si no existiera, sino de asumirla , conocerla, observarla, describirla y finalmente aceptarla tras superar la inevitable incomodidad inicial.
Periodísticamente no es una decisión profesional, como cualquiera que ponga el acento en el periodista antes que en la noticia. Pero es humana y, a efectos comerciales, muy acertada: es un espectáculo, y cotiza más que la información.
Cerca de los estudios de la cadena televisiva, se va a proyectar otro espectáculo con vitola artística que se sirve, igualmente, de las anomalías: el Arts Council ha contratado a una bailarina, Rita Marcalo, para que sufra un ataque de epilepsia sobre el escenario, previa suspensión del tratamiento farmacológico que reduce los brotes: si antes no había periodismo, aquí no hay arte; pero se apela igualmente a la concienciación para justificar la performance.
El primer montaje ha gozado de un inmenso aplauso público; el segundo de una severa condena, aunque en ambos casos se muestra un estado real para sacar del armario la tara y evitar el pánico cuando en la calle se asista o se aviste algo así: se trata de entender la historia de amor y odio de ‘Freaks’, la tragicómica película de Tod Browning, y no de salir huyendo al cruzarse con la mujer barbuda o el gemelo jíbaro.
Tal vez la diferencia esté en que en un caso el dromedario no cobra y en el otro sí, pero es un matiz irrelevante: los dos debieran ingresar una cantidad para terminar de dignificar su esfuerzo y equipararlo con el de los titulares habituales en la escena.
En realidad no hay periodismo, como no hay danza, y tampoco hay concienciación. O sí. Pero la duda aclara el debate y lo traslada a su auténtico ámbito: el de la libertad de elección de quien monta un show, quien lo protagoniza y quien lo disfruta. O lo rechaza. Lo que no es ilegal puede ser inmoral, pero ése es un terreno tan resbaladizo como un dromedario practicando esquí en pleno ataque de epilepsia. Qué arte, y qué noticia.
Posdata. En Alcalá no hay cines, pero hay Festival de Cine. Una paradoja canalla que lo explica todo, sin embargo: la sociedad civil no mantiene nada, y lo que mantiene invierte en sí mismo. Aquí somos tan chulos que cuidamos más a la presunta cantera del cine español que al tipo que quiere ir luego a ver una película. El problema no es que haya chinos; sino que sólo haya chinos dispuestos a intentar algo. Todos retratados.
Cuando más Europa hacía falta, menos Obamas han buscado los genios de la lámpara en Bruselas. En tiempos convulsos se imponen los grandes hombres, pero los pequeños siempre se ponen a la defensiva: cuanto más alto sea el jefe, más se notará su enanismo y menos controlable será su pequeño mundo de liliputienses adinerados.
El nuevo presidente de la Unión Europea tiene por mérito principal ser un desconocido para todos, requisito imprescindible para poner de acuerdo a tanto burócrata: teniendo a Blair, a González o incluso a Aznar a mano; han optado por un tipo cuyo apellido es impronunciable para no tener que pronunciarlo demasiado. Aquí se quiere seguir hablando en francés, en inglés o en español; con ese tipo de catetería tan autóctona que convierte también la defensa del parloteo propio, sea catalán, euskera o castellano, en una línea divisoria y no en un puente de comunicación.
Tanto hablar mal de América, con la inestimable ayuda de ese tipo con aspecto de recórdman tejano en ingesta de productos de barbacoa, y ahora es América la única que reacciona con decencia ante el ocaso y la crisis: pone a un negro de corazón blanco para sacarnos los colores rojos; que mira a China y a Cuba distinto; que habla con enérgica sutileza de Corea y China; que libra y gana una pequeña gran batalla sobre la sanidad y que, aunque ayuda a los bancos y las aseguradoras, les pone deberes criminales por encima y no deja de lanzar mensajes de ánimo al resto de empresarios.
Aquí hacen todos el ridículo psicofónico con Sitel, que es una vergüenza si se usa mal y una bendición si se emplea con cabeza; lo hacen también con el Alakrana, con lo fácil que es explicarlo y entenderlo todo cuando hay 36 vidas de por medio; y lo hacen finalmente con la crisis y el desempleo, que va a batir marcas de nuevo en noviembre: la única respuesta a esto siguen siendo los juegos florales de los sindicatos, cada día más verticales; y los indignantes eufemismos de Heidi al respecto de ignotos modelos productivos que valen para una misa y un funeral.
En lugar de europeizarse España; se está españolizando Europa. Y todavía miramos por encima del hombre a esa América que nos salvó en Normandía y ahora atiende los SOS mientras aquí, tan pulcros siempre, seguimos de guateque. Del de Peter Sellers.
Posdata. Hay empresas que se aprovechan de la crisis, claro: Electrolux es de libro. A ésas hay que atraparlas con menos frases bienintencionadas y más recursos legales. Pero la inmensa mayoría también lo está pasando mal: pagan pero no cobran, y los Bancos auxiliados con prontitud dan menos crédito que un gitano vendiendo ajos. Sólo por eso, los sindicatos debieran contenerse. El 12 del 12 a las 12 salen a la calle con el lema "Que no se aprovechen". Y no es una confesión.
No se conoce acto de contrición alguno entre los bucaneros somalíes, ni tampoco declaración cristalina de presidente o vicepresidenta que desmonte la doble evidencia que ha posibilitado la liberación del 'Alakrana' mediante el comprensible procedimiento de bajarse los pantalones.
Esto es, ni los primeros han emitido un comunicado reconociendo su inhumanidad violenta, pidiendo disculpas y anunciando voluntariamente el fin del secuestro; ni los segundos han negado que hayan pagado un rescate millonario con la promesa añadida de que devolverán a los secuestradores detenidos a algún país de tradición carcelaria laxa en cuanto sea posible.
O sea, que 47 días de penurias después, de caras largas y apelaciones a la imprescindible combinación de discreción mediática, silencio familiar, consenso político, finura diplomática y talento judicial, se ha resuelto esto pagando una pasta a los delincuentes remotos y soltando con retardo artificial a sus compañeros detenidos, como pedían los captores desde el minuto uno con tanta claridad como ausencia de escrúpulos.
Ergo este tiempo no se ha invertido en lograr la simbiosis entre el corazón y la razón; entre la necesidad de evitar un drama y la obligación de respetar unas normas esenciales, sino en evitarle al Gobierno el engorro de reconocer que ha dejado morir a los secuestrados por defender la legalidad o, en su defecto, que ha tragado con todo con tal de salvarles. Ésas eran las únicas opciones, sin más.
El Gobierno no ha liberado a los marineros del 'Alakrana' rápida y diligentemente, asumiendo y explicando el coste que supone conculcar las reglas del juego jurídico y político con la previsible complicidad de quienes lo hubiéramos entendido sin problema: en realidad ha prolongado su cautiverio para simular que no iba a hacer lo que finalmente ha hecho, anteponiendo su propia imagen a la integridad de los compatriotas secuestrados y al predominio de la legislación vigente.
De todas las opciones que siempre tiene un político a su alcance, la única indignante de verdad es aquélla que, al calor de los eufemísticos secretos de Estado, trata de idiota al ciudadano para evitarse un ligero rasguño. Felizmente, no parece probable que nadie muerda el anzuelo: con los atunes lo que haga falta; pero a los besugos no le pasamos una.
1- España sufre el paro más agudo, cualitativa y cuantitativamente, de todo Occidente.
2- En los países con menor desempleo, el mercado laboral se rige por otras leyes a las nuestras: mejores o peores, pero otras en todo caso.
3- Rajoy se ha presentado a las Elecciones dos veces como candidato a la presidencia, y en ambos casos ha perdido.
4- El primer secuestro de un barco de pesca data del año 2.000.
5- En España hay dos regímenes financieros distintos: uno para Cataluña, Navarra y Euskadi y otro para el resto.
6- España se ha instalado sólidamente en el furgón de cola de la educación según todos los informes oficiales.
7- En España hay más funcionarios que en Alemania con un 30% menos de población.
8- Sitel puede, técnicamente, intervenir y grabar cualquier conversación privada por teléfono.
9- Los primeros y máximos receptores de dinero del Estado en la crisis han sido los bancos. Los segundos, las constructoras, bien por la aprobación de sus expedientes de suspensión de pagos; bien por el incremento de inversión en obra pública.
10- Ningún partido político ni medio de comunicación ni asociación de entidad ni la propia Iglesia ha pedido nunca que una mujer vaya a la cárcel por abortar.
11- La deuda pública y el déficit sitúan a España fuera de la zona euro si no se corrigen antes de 2013.
12- Los sindicatos no han convocado ninguna huelga general en los últimos cinco años.
13- Los sindicatos y la Iglesia reciben subvenciones del Estado.
14- La Ley de Memoria Histórica no detalla quién debe abonar la búsqueda de represaliados ni cuándo y cómo debe iniciarse tan noble tarea.
15- Las televisiones públicas, nacionales o autonómicas, han generado una deuda superior al billón de las antiguas pesetas.
16- Batasuna está definitivamente ilegalizada. La Policía detiene a los terroristas. Y los jueces les encarcelan.
17- Educación para la Ciudadanía no ha generado ningún colapso ni polémica en ningún colegio de España.
18- Euskadi funciona con normalidad tras el pacto de gobierno entre el PSOE y el PP.
19- El Tribunal Constitucional lleva tres años preparando una sentencia sobre el Estatut.
20- Gallardón ha gastado unos 30 millones de euros en intentar, dos veces, que Madrid sea olímpica.
21- La Comunidad de Madrid tiene cuatro puntos menos de paro que la media española.
22- El Banco de España ha demostrado con cifras que la combinación de paro, deuda y déficit complica a futuro el pago de pensiones y subsidios. Y la Comisión Europea lo ha refrendado.
23- Alemania ha reducido los impuestos en 24.000 millones de euros y tiene menos paro y más renta.
24- Obama ha logrado imponer un seguro médico, universal pero a la vez privado.
25- Afganistán empezó como Irak: por decisión unilateral de Bush y sin amparo de la ONU.
26- La población inmigrante no ha menguado pero la tasa de delincuencia se ha reducido.
27- Un alumno de la escuela pública cuesta al Estado algo menos del doble que otro de la concertada.
28- La CEOE representa al 10% de los empresarios del país. Los sindicatos al 10% de los empleados.
29- En Cataluña sólo se imparten dos horas de clase en castellano.
30- El tesorero del PP está imputado por el Caso Gürtel.
31- En España hay dos millones de personas que viven con 421 euros al mes.
32- El 51% de los italianos habla otra lengua o dialecto doméstico, pero el idioma oficial de todo el país es sólo el italiano.
33- El Consejo General del Poder Judicial está compuesto por juristas elegidos por los distintos partidos políticos.
34- En España se imparte una historia y una geografía distinta en cada Comunidad autónoma.
35- Cada año se incorporan a la Administración unos 100.000 funcionarios.
37- El sistema electoral español no valora igual cada voto: distribuye las actas de diputado por circunscripciones y no por el cómputo total de papeletas a favor de tal o cual partido.
38- Ningún partido de España celebra Primarias en todos los ámbitos ni defiende las listas abiertas.
39- La Iglesia tiene un discurso férreo sobre la familia, pero en su seno está prohibido tener una.
40- El PSOE no le ha dado una licencia de televisión en abierto a la editora de El Mundo. Y el PP madrileño ninguna Tdt al Grupo Prisa.
41- Francisco Camps ha reconocido ser muy amigo de 'El Bigotes'. Y las empresas de éste han facturado decenas de millones de euros a la Generalitat de Valencia.
42- Los grupos feministas no han dicho nada sobre un programa de televisión en Cuatro que encierra a un granjero con tres mujeres para que le sirvan tal y como él estime oportuno.
43- En el Sáhara no hay ni ETA ni IRA. En treinta años no ha cambiado nada su situación.
44- El próximo presidente de Cajamadrid será un político, llamado Rodrigo Rato.
45- Los presidentes de las cajas de Andalucía, Cataluña, Navarra, Euskadi o Castilla La Mancha son o han sido militantes de un partido político y/o cargos de un Gobierno autonómico.
46- El yerno de Aznar es propietario de una escudería y de un equipo de fútbol en Inglaterra.
47- Los españoles van un 40% más al médico que el promedio de la UE.
48- La Carretera de la Coruña tiene cuatro veces más carriles que la de Barcelona.
49- Ninguna Universidad española figura en los ranking mundiales.
50- La directiva europea sobre residuos (2006/12) impone la creación de una tasa de basuras.
51- Estados Unidos, España, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, entre otros, se han gastado más en sanear los balances de la banca que en ayuda al Tercer Mundo y en acabar con el hambre.
52- En Cataluña las Cercanías dependen de la Generalitat; en Madrid no.
53- Montilla y José Blanco llevan a sus hijos a colegios privados.
54- Todas las empresas eléctricas dan ganancias millonarias. La tarifa ha subido una media del 20%.
55- Está prohibido fumar en casi todos los sitios, pero el Estado regula la venta de tabaco en estancos.
56- La improductividad de la Administración se cifra en 35.000 millones de euros y cuatro puntos del PIB, según el gabinete de estudios del BBVA.
57- Las bajas en la función pública cuadruplican a las de la empresa privada.
58- Los diputados viajan gratis en avión, tren o autobús. Y tienen una retención en su nómina unas diez veces inferior a la habitual en los asalariados.
Posdata. Iremos incorporando más hechos. Estaría bien que lo hiciéramos todos. Y luego vendrán las opiniones que, para ser legítimas, honestas y de algún modo útiles, han de partir de lo único que no admite réplica: puede discutirse si la luna gusta más que el sol, pero no si es de día o de noche.
A los 81 años tiene mérito hasta retener la orina, sin que ello prejuzgue la clarividencia mental de nadie: en el Senado romano se apreciaban las blancas sienes, y no hay mejor momento para resistirse a las tentaciones terrenales que aquel que se aproxima al penúltimo de una vida. Como Oliart no necesita ya casi nada, aunque la vanidad no conoce edad, puede permitirse hacer de todo.
La cuestión no es ésa, sin embargo: apreciar sus virtudes o defectos es algo subjetivo; pero no lo es denunciar la indecencia de nombrar a un octogenario para dirigir una corporación que ha prescindido de todos los trabajadores de más de 50 años y que confiesa carecer de los más elementales conocimientos del medio.
La lista de bajas, remuneradas eso sí con ese cheque generoso que siempre tiene el Estado con el dinero ajeno, es apabullante, con voces que forman parte del eco biográfico de todo un país: José Ángel de la Casa, Fernando Argenta, Antonio Fernández, Agustín Remesal, Pedro Barthe, Rosa María Calaf... un ingente patrimonio de experiencia, sabiduría y trayectoria que desamortizó el fondo profesional de RTVE para acabar, por la brava, con el pozo económico en que se había convertido. Un procedimiento, por cierto, que es anatema en el resto de la Administración: quitarse funcionarios de encima, para siempre; pagando el precio que sea, a los de ahora.
Que no pueda por edad; que no sepa por trayectoria: ése es el perfil buscado por el Gobierno y pactado con la oposición para RTVE, lo que termina por definir su cometido: no hacer nada, pero poner la cara como si lo hiciera.
Que esto se haya hecho en la televisión pública más decente en lustros confirma que, en este sector, todo huele a podrido: los 572 millones de euros que el año pasado perdieron el conjunto de las televisiones públicas, a los que hay que sumarles el triple en concepto de subvención, conviven con un sometimiento descarado del servicio al poder correspondiente; con una gestión de las concesiones más propia de Venezuela que de España; con una legislación que hace y deshace sin otro criterio que ayudar o molestar al amigo o al enemigo y con un emponzoñamiento general de la pedagogía potencial del medio.
Arreglar el debate apelando a que TVE es mejor que Telemadrid o ésta menos manipuladora que TV3 pero más que TVG, que a su vez tiene menos pluralidad que la nueva ETB equivale a mirar el dedo en lugar de a la luna y esquivar la única pregunta que convendría hacerse: ¿Es normal que en un país donde hacen falta más escuelas infantiles, más investigación, más camas hospitalarias, más parques, más médicos, más colegios y más carreteras se pierdan 100.000 millones de pesetas al año y se gaste diez veces más en sostener una miriada de televisiones públicas que en el mejor de los casos no ofenden y en el habitual producen bochorno?
Lo que el corazón no logra, privatizarlas todas; lo hará el bolsillo: si a RTVE se la van a cargar, con un abuelito contratado para ejercer de killer y que se note menos, para repartir sus ingresos entre las televisiones comerciales; en poco tiempo no habrá bemoles para evitar que ocurra lo mismo con todas las Autonómicas. Gato blanco, gato negro.
Esto es metabloguerismo, o plagio identificado. Lo ha escrito Ramón Cotarelo en su blog, y luego Ignacio Escolar en el suyo. Ahora yo. Que nadie se dé por aludido, salvo el que deba hacerlo.
“Hasta en el feraz reino de los trolls funciona la distinción izquierda/derecha. Tengo observado que hay trolls de derechas y de izquierdas. Es falsa esa idea que circula por la blogosfera de que los trolls son lectores u oyentes de medios de derecha que, recibida la consigna del día, se lanzan al ciberespacio a difundirla al precio que sea. En lo esencial, sí; pero no sólo. También hay trolls de izquierda que presentan alguna variante, claro, con los de derecha. Por ejemplo, no precisan su ración diaria de doctrina; a estos ya los adoctrinaron de golpe para toda la vida de adolescentes y jovencitos y ahí siguen. Su doctrina, por lo demás, es tan elemental como la de la derecha: lo que no sea alabar sin cuento ni medida lo que les parece bueno es una traición odiosa y una muestra de torpor mental y bajura moral (...)
El discurso del troll reproduce fielmente los giros, expresiones y puntos de vista de sus gurús y alimentadores espirituales. He acabado rindiéndome a la evidencia de que con los trolls no funciona ese escrúpulo que tenemos otros mortales de formular a nuestro modo nuestros pensamientos; no al modo ajeno los ajenos pensamientos. Por sorprendente que parezca la disciplina es una actitud mental antes que un comportamiento objetivo (...)
El razonamiento del troll suele ser ad hominem contra el responsable o autor de la página que esté "trolleando" y amparado en el respeto a la libertad de expresión (…). Lo primero que cuestiona el troll es la condición personal del bloguero al que ataca, tratando de deslegitimar su razonamiento en función de presuntos intereses. De no conseguir su finalidad hace una valoración general del discurso que quiere torpedear lo empaqueta como "crítico con la oposición", por ejemplo, con independencia de sus razonamientos y de inmediato pide otro crítico con el gobierno porque da por supuesto que hay que equilibrar, ya que en ello está la virtud. Corona su operación planteando algún otro tema que nada tiene que ver con el de la entrada de la página que ha invadido, a ver si consigue desviar la atención. En el ínterin si puede insultar a algún comentarista previo para concentrar sobre sí la atención, no dejará de hacerlo.
Por último, el troll, cuya conciencia de la propia importancia (aunque firme como anónimo) es tan alta que es imposible compartirla, pretende denodadamente un engagement directo y personal con el bloguero al que parasita. Trata de singularizar la relación y entrar a ser posible en un "cuerpo a cuerpo" con el fin de agotar las energías del bloguero en debates insulsos, cuando no directamente absurdos; lo interpela y lo requiere de modo sistemático para tenerlo entretenido en el terreno que el troll escoge y en los términos, generalmente elementales y disparatados, que él dispone.
Pero la blogosfera no sería un territorio tan divertido si los trolls no existieran. Por eso, no los echéis de comer pero divertíos con sus ocurrencias”.
Los columnistas pueden elegir el tipo de arma, con silenciador o con bazoka, pero no deben jugar a la comba. Para exponer hay que exponerse, aun a riesgo de acabar pareciéndote a lo que dicen de ti, a menudo alejado de la realidad pero tan verídico que puede ser cierto: con los articulistas sucede como con los perros y sus dueños. Terminan pareciéndose, en una simbiosis extraña que no despeja la duda de si el can desarrolla apariencia humana o el hombre atributos animales.
Escribo esto tras comprobar que, con sutileza o sin ella, con razón o carente de ella, por voluntad propia o inducida; van a dejar de publicar sus columnas dos de los articulistas más sugerentes del momento. Enric González era mejor que sus lectores, o que esa parte de lectores de la presunta izquierda que no busca justicia ni arriesga nada, pero requiere de calmantes accesibles para su conciencia: la izquierda es compromiso con su tiempo, pero en España se conforma con hacerse cómplice de un pasado que no sufrió para gozar de un presente confortable y sin riesgos.
Verán apasionadas lágrimas al vent, emocionados recuerdos del exilio, iracundas admoniciones sobre la Inquisición y encendidos reproches al imperialismo torpe de Bush; pero difícilmente encontrarán añadidos a tan razonables causas remotas si las más próximas generan sacrificios personales, dolores corporales o molestias en la manada.
González era capaz de lamentar que un dirigente de UGT mandara a su “puta casa” al gobernador del Banco de España por defender una reforma laboral al objeto de salvar el Estado de Bienestar. Y también de preguntarse si acaso Zapatero estaba equivocado en su gestión de la crisis al comparar sus recetas con las de Alemania. O de dudar del contumaz reparto de papeles entre buenos y malos en un mundo, el de la política y el periodismo, donde la forma ha terminado con el fondo.
Enric González se va a Jerusalén como Arcadi Espada se marchó por el mundo, colocándose modesta pero infatigablemente al frente de la sociedad, sin querer tal vez, pero sin poder evitarlo. Algo se han dejado en el viaje, pero no hay pistola que dispare sin dejar un rastro de pólvora entre los dedos. Que aprendan, otros.
Posdata. El otro columnista es Rafael Reig, que sigue viviendo en ‘Hotel Kafka’. La moraleja la pone otro periodista, Germán Temprano, viejo amigo de tertulias, metido en IU para arreglarles la comunicación, escritor y autor de un blog, Jaula de grillos, muy recomendable. Él habla así: “En estos tiempos de blogs y redes ya ni siquiera puedes argumentar que se acalla una voz crítica. Aqui todos podemos ya decir lo que nos salga del níspero”.
Comencemos por el principio. Yo pagaría el rescate de los marineros del ‘Alakrana’ secuestrados en Somalia. Y liberaría a los dos salvajes retenidos en la Audiencia Nacional. E incluso, si fuera menester, les regalaría mi apreciada colección de discos de Van Morrison. Con mis respetos, y como simple metáfora de la disposición y las prioridades, habría que conceder hasta los calzoncillos de Moratinos, o los de Rajoy si aquí la unanimidad es salvífica, con tal de acabar con el cautiverio.
Y luego dimitiría, o haría dimitir por ese orden al responsable visible del acuerdo; al miembro de la judicatura que haya convenido someter la justicia a las arbitrariedades humanitarias y al incompetente, ministro o secretario de Estado o las dos cosas; que desde el primer secuestro en el año 2000 no hubiera adoptado las medidas de seguridad que ahora, al calor del drama, anuncia sin problemas.
Hay otra opción: juzgar cuando toque por turno a los dos terroristas y encerrarlos hasta que su clavícula se asemeje a la de un anciano; explicar que ceder a un chantaje sólo sirve para que haya muchos más; movilizar al Ejército y las fuerzas especiales para asaltar el barco y deponer a los secuestradores; recordar que la seguridad de la tripulación es ante todo responsabilidad de quienes la contratan y, finalmente, estar preparados para repatriar cadáveres y soportar la inevitable indignación de la opinión pública, capaz por cosas así de arrastrar por el lodo a un Gobierno.
Ésas son las opciones, y no hay más. O sí, que este Gobierno siempre riza el rizo para tratar de lograr el imposible: liberar a los secuestrados y que parezca un accidente. O se traga, o no se traga, y en ambos casos se asumen las consecuencias. Eso es lo que ha de hacer un presidente sensato que, por una vez, esté dispuesto a llevarse una bofetada y soportar personalmente una adversidad: su intento de pagar pero que no se note sólo sirve para prolongar innecesariamente el cautivero de cuarenta pobrecillos sin ganar a cambio nada más que tiempo para esquivar heridas propias.
Posdata. Llamar piratas a cuatro borrachos harapientos es un exceso del periodismo. La palabra siempre comporta imágenes, y éstas dulcifican la opinión sobre unos hechos. El pirateo remite a tesoros escondidos, holandeses errantes, galeones hundidos y mitos infantiles. Son otra cosa, aunque hoy se entreguen los títulos con facilidad: cualquiera con presencia en redes sociales es un activista; es periodista el primero que coge un micrófono para diseccionar el páncreas de un famoso, cutre pero indefenso; se llama cantante al chaval que le da bien al karaoke en televisión; o izquierda al que enseña un simple carné y repite obviedades sin exponerse a riesgo alguno. Para ser pirata no basta con sentirse Barbarroja.
Rajoy es un killer, pero de ocho a tres. Mata como un funcionario, en horario de lunes a viernes y al calor de un convenio colectivo que le convierte en jefe de servicio: no tiene que convencer al personal; le llega con tener de su parte a los cuatro compañeros del metal de turno, siempre solícitos si a cambio cobran horas extra.
El supermartes de este buen hombre, de mirada franca y ceceo entrañable, confirma que confunde el poder con la autoridad: la primera se consigue con los estatutos, pero la segunda se concede en la calle. Ésta es la que mide a Rajoy, a quien hay que juzgar por los resultados: lleva tantos años en esto que no resulta complicado seguir su rastro como al de un jabalí en el monte bajo.
Fue un mal ministro de Cultura y un mediano en todo lo demás; formó parte del Gobierno de Irak aunque no lo parezca; llegó al liderato ungido digitalmente por Aznar; perdió dos Elecciones tras echarle primero la culpa a ETA y después también; no se marchó después de ninguna de ellas; mató a padres y padrinos; cambió de camisola y de discurso para demostrar que con ninguno se identifica si con ello obtiene dividendos; dividió al partido promocionado al mediocre a cambio de adulaciones de autoayuda y, finalmente, se disfrazará de Rey Pirro o de Lot por Carnaval.
Ahora sale contento y satisfecho, que es algo que un político debe decir muy pocas veces si en el viaje no arroja beneficios a quien se debe y sólo logra pisar alguna cabeza de la manada propia. Pero es lo que tienen los killer de ocho a tres: se conforman con lograr un trienio, aunque allá fuera haga frío y el gentío se muera de hambre.
Posdata. Aguirre tenía razón, con la Caja y con Cobo, por la ley, por los votos y por el código penal, no por ella; ni por lideresa. Pero ella también ha demostrado que eso no es lo importante: en lugar de defenderlo hasta el final, lo ha entregado a ver si a cambio se enfría la cosa, exhibiendo que esos principios que dice tener también se pueden modular. Rajoy, de 8 a 3, sabe olfatear la debilidad y responder a la altura: un mordisco, en lugar de una flor.
Claro que existen las ideologías. El quid está en que no las representan los partidos que apelan a ellas, en la versión menos mala de quienes en el pasado también se resguardaban en su manto protector: antes nos salían Stalin y Hitler, Pol Pot y Pinochet; remitiéndose a las nobles ideas que cobijan tanto el marxismo cuanto el liberalismo de libro; y ahora brotan zapateros y rajois que, siendo nefastos, sólo aspiran al poder desde el respeto, la defensa y la asunción de los principios democráticos.
Cobo, tan corpóreo que al hablar huele a sudor, aclaró la diferencia entre las ideas y los partidos, que han logrado franquiciarse una mercancía que gestionan con el páncreas, al presentarse como un esclavo moral de Gallardón, un término opuesto al que Nietzche señalaba en su obra: lo que para el controvertido autor suponía negar los méritos del poderoso, para el nada nihilista vicealcalde supone exaltarlos por encima de toda mesura, en metáfora impagable del funcionamiento del poder de los partidos, medievales en su concepción feudal; totalitarios en su concepción del equipo; perezosos en la búsqueda del bien común.
La historia de Cajamadrid tiene la virtud de retratarlos a todos con la precisión del ojo de Cappa, el fotógrafo de Normandía que por una vez vez dijo más con una palabra que con cien imágenes al concluir que, en la guerra, “sólo puedes odiar o amar a alguien”.
El mismo Gallardón que convirtió su recurso contra los estatutos en una cruzada para salvaguardar los intereses de los madrileños, lo ha retirado sin explicación ni cambio mediante para garantizarse una silla bajo el sol genovés. La misma Esperanza Aguirre que recordaba el amparo legal y legítimo de la Ley vigente para proponer un nombre, envaina su razón y maltrata a su mano derecha para demorar el duelo que indefectiblemente terminará por librar hasta ocasión más propicia.
Los mismos medios que ocultaban sus líneas crediticias para hurtarle al lector que su defensa de uno u otro candidato tenía ese interés personal añadido ahora aplauden por un consenso egoísta. Y los mismos que en toda España han transformado la gestión de la caja de cabecera en una sucursal del Gobierno de turno, socialista, peneuvista o popular; no se quejarán de la nueva intromisión de la política si la política respeta la parte alicuota de intereses que tenían concedidos.
Los esclavos morales moran por doquier, y ahora llenarán las portadas de guiños. Pero no nos confundamos: algunas personas, decía Wilder, sólo hacen ese gesto para apuntar mejor.
Imagino a Zapatero repantigado en su sofá, con una sonrisa esdrújula, asistiendo al show del PP mientras pasa desapercibido el formidable contraste entre la recuperación económica de Estados Unidos o Europa y el hundimiento literal de España, que cae otro 4% mientras el resto sube ya un 3% y padece un tercio de nuestros parados.
En el peor contexto consigue la mejor oposición, comandada por un Rajoy en el que sólo creen los que de él comen, sin almas caritativas cerca que le digan que vive desde hace años en Alcorcón, provincia inopia, capital el limbo; pero encima no es el Real Madrid.
Incluso su álter ego anda con problemas, por mucho que quiera transformar la rebelión de sus gutis en un ejemplo de democracia. Gallardón tiene la misma habilidad que el presidente, ese verbo bonito que envuelve la nada o la contradicción o la paradoja o el error; pero carece del manejo de los tiempos del líder socialista: siendo suyo el futuro, aunque no suponga futuro necesariamente para nadie más, hace lo imposible por derrapar en el presente con ese tipo de impaciencia de quien tiene más ganas que ideas.
Cuando se habla tanto de democracia, interna o externa, suele haber un déficit clamoroso de ella, aunque la propaganda hábil, el periodismo de trinchera y la política del momento sean capaces de convertir en príncipe a la rana. El mismo Gallardón que obliga a votar a mano alzada a sus concejales, para quedarse con su cara, moviliza a un Cobo para no decir nada diciéndolo todo, con la seguridad de que nadie se fijará en los hechos desprovistos de pasiones: ni acepta la democracia resumida en una votación libre de los militantes del PP a favor de Aguirre; ni asume que la ley faculta a la Comunidad de Madrid a decidir el futuro de la Caja.
Es, él sí, la derecha radical de España, la que no asumió la legitimidad de la primera victoria de Zapatero y la que sólo tolera la democracia cuando asiste a sus objetivos, aunque tiene la habilidad de envolver su terrible discurso de fondo con un manejo excelso del verso alejandrino, sin sinalefas.
Todo lo demás son intereses, negocios, ambiciones y cálculos que también existen en la otra orilla, pero con un matiz: al menos les asiste la ley, para gobernar la Caja; y el voto, para presidir el PP. No es poco, no da para obviar que las leyes deben cambiar cuando protegen un error; pero es mucho más que lo que pueden alegar quienes defienden, sin más, el quebranto del ordenamiento jurídico desde la demolición ad hominem -tan fascista esto- del otro.
Con Gallardón no es extraño. Siempre hace lo contrario de lo que dice o dice lo contrario de lo que hace; o calla de lo que debe y habla de lo que debería callar: se supone su deseo de presidir España, pero a estas alturas es muy difícil adivinar para qué. ¿Qué piensa el alcalde de Madrid del sistema financiero autonómico? ¿Es compatible la igualdad con un cupo vasco, un régimen foral navarro y un estatuto catalán a la vez? ¿Retiraría las tropas de Afganistán? ¿Ha llegado el momento de retocar el concordato con el Vaticano como impone un estado laico? ¿Es partidario de ir más allá o más acá de la despenalización del aborto? ¿Cómo reformaría la Administración de los 4 millones de funcionarios? ¿Qué alternativas expone para evitar la crisis de las pensiones, los subsidios y los servicios públicos preconizada por todos los especialistas y Premios Nobel imparciales? ¿Retocaría y cómo el mercado laboral? ¿Cómo gestionaría los estragos del Gürtel? ¿Cómo dirigiría la educación y la sanidad de aquí a diez años?
Todas son preguntas en cuya respuesta se adivinaría la estructura intelectual y política de quien aspira a hacerse cargo del futuro, pero en ninguna de ellas hay respuesta. Sí la hay en los versos engolados y las declaraciones de principios eufemísticos, y también en los hechos como gestor de una deuda paralímpica, de un Madrid bombardeado, de un IBI que trata al currante como un vecino de La Moraleja y de un afán recaudatorio que no conoce límites.
También en su negativa a asumir la derrota y en su disposición a convertirla en una cacicada del ganador sin explicar para qué quiere el juguete ni qué está dispuesto a cargarse con tal de lograrlo. En esto sí hay una diferencia con Zapatero: el presidente primero lo fue y luego ya nos decepcionó.
Posdata. Es obvio que prefiero a Aguirre, no por Aguirre, si no porque tiene la ley de su parte. O no sólo: me quedo con ella y con todos los que van de frente. Pero en este país hay más creencias que ideas, y se lleva más los gallarteros, los zapardones; que los leguinas, los guerras, los anguitas, las aguirres, los cayoslaras, los patxislópez, los aznares y ese tipo de políticos que no engañan ni se resisten a defender abiertamente aquello en lo que creen, aunque no sea lo mío. Si ya acertaran, seríamos Inglaterra. Conformémonos con que al menos no se escondan.
Gallardón no dirigió nunca Titirimundi, pero es un experto en la materia, que sintetiza con otro arte noble de la actuación bautizado como ventriloquia. Él habla, pero la boca que se mueve es la de otro, que acompasa el verbo con el movimiento de navaja. En tiempos de política tactista, calculadora, superficial y cobardica; se agradecen las bocas grandes y los combates cuerpo a cuerpo, y en ese sentido sería encomiable que el alcalde de Madrid diera el paso para a) fusilar políticamente a Aguirre y b) ejecutar a Rajoy al amanecer. O al revés, pero en ambos casos con ese tipo de impulso que conduce a la victoria y expone a la derrota: o César o nada.
Optar, sin embargo, por tirar la piedra a través de interpuesto y guardar la mano, acaba generando autolesiones. Gallardón saca a pasear siempre a Cobo, útil y capaz también de exhibir la que es, a la vez, mejor y peor virtud de su jefe: es capaz de convertir en agresiones fascistas las derrotas democráticas; pero también exhibe con ello una falta de escrúpulos galopante.
Cuando a Cobo y Gallardón sus militantes les dan la del pulpo, acusan a la mayoría de todo tipo de mezquindades, aunque la cosa tenga un explicación más sencilla: simplemente, prefieren a otro o a otra, con razón o sin ella, con buen gusto o carente de él; pero en todo caso con la misma legitimidad que respalda el mal gusto o el bueno de los madrileños para convertirle a él en su alcalde: a mí me parece que ha transformado la ciudad en Mordor, con oscuras zanjas, ladrillazos, ejércitos de grúas y una atonía impropia de quien parecía disponer de elevados gustos cosmopolitas; pero soy capaz de aceptar que los madrileños piensen de otra manera.
Ahora sucede de nuevo con Cajamadrid, que no lleva un oso por logo de casualidad ni permite comportarse como la ovejita de Norit. Nadie es del todo inocente ni del todo culpable, pero sorprende el descaro con el que se ataca la mera aplicación de la ley y se transforma al asaltado en asaltante con un único fin: a ver si hay leches entre Aguirre y Rajoy y aparece un salvador a la altura de las circunstancias. Si pica el presidente del PP, tan dado él a pasar del "cáspitas" al "te vas a enterar", el pérfido e inteligente pero falso Gallardón habrá demostrado que en cuestión de títeres, él es la única institución.
En Cajamadrid se rueda 'Corazón blanco, cazador negro' desde que a su presidente, el ahora mudo pero nunca manco Miguel Blesa, le diera por dedicarse a cazar elefantes. Si tienes sólo un caballo, es probable que todo el mundo piense que lo has robado; pero si dispones de una cuadra con dos decenas, supondrán que te encantan los caballos. A esa máxima se ha agarrado el hombre que vino de Aznar para provocar un cataclismo: de haberse ido cuando marcaban los estatutos, dando las gracias a los amigos por tantos años de pitanza y sueldo de sultán, a estas alturas la Caja se dedicaría a distanciarse de tantas de sus homólogas al borde de acudir al Monte de la Piedad y no malgastaría sus caudales en vergonzosas exhibiciones de poder, querer y temer.
El ruido suele confundir y distraer, pero si se baja el sonido queda un paisaje deprimente que, como una metáfora de nuestro tiempo, resume todos los males en uno: la política no se entiende ni pacta por principios, caigan los chuzos que caigan, pero sí lo hace por dinero. Y no hay ley que valga si estropea una ambición. Así, podemos ver a todo un alcalde de Madrid pidiendo, como si fuera un tipo sensato, que el futuro de una entidad independiente se decida en un despacho ajeno a la ley que regula el procedimiento, sin que ningún juez especializado en delitos monetarios le pida explicaciones. O a un jefe de la oposición madrileña que, tras tragar lo intragable de Ferraz y perseguir a sus rivales del PP con mirada de psicópata; ahora se enfrenta a sus papás y acepta a sus enemigos a cambio de una parte del pastel del oso verde.
O a esos sindicatos especializados en brochazos que dibujan ahora con tiralíneas para sentarse en el banquete mientras Zapatero y Rajoy, que no hablan de lo que deben nunca, encienden puros a medias para ver dónde ponen la ceniza. Disparar a un elefante, que mira como un niño, no es caza: es un crimen.
Que decida pues quien, en el cenagal, tiene los derechos legales atribuidos: no parece mucho, pero es lo único a lo que aferrarse para superar el atracón de celos, intereses, conspiraciones, atentados y excesos escenificados en una película que comenzó con Eastwood y va a terminar como La grande bouffe: no hay comilona que no provoque estragos suicidas.
Rajoy ya no acierta ni cuando se corrige, tal vez porque se equivoca cuando cree acertar: de todas las latitudes que miden las coordenadas de un político, la peor es aquella que señala su triángulo de las Bermudas. Si decides con esa zona ubicada entre el culo, el ombligo y el estómago, sueles terminar desaparecido en el océano.
Ahora ha echado a Costa por ser muy Ric, por tener cara de susurrarle a los Lacoste y por su seseo infinity, que es a los pijos como el regüeldo a los piratas: se les supone. Pero sostiene a Camps y a la vez dice que el Gürtel no es nada, perdiendo las únicas dos opciones que tenía. O subía por la escalera defendiendo a todos a cal y canto; o las bajaba echando a todos los implicados. Tirarse por el hueco no es ni gallego ni genovés, y a eso suena sacrificar al más tonto o al más a mano para decirle a cada uno lo que cree que quiere oír: como con el aborto, que ni está ni deja de ir, creyendo tal vez que el gentío es idiota y se traga sus medios embarazos.
Como tampoco se puede estar medio muerto, es posible que Rajoy se haya suicidado ya y emule sin saberlo al Bruce Willis del Sexto Sentido: por donde pasa hace frío, y lleva en el rostro esa marca inconfundible de los habitantes en el limbo.
El hombre que empezó a la búlgara en Valencia; puede terminar a la griega en la misma ciudad. O a la romana, apuñalado cualquier día por quien creía su mejor aliado. Más digno sería convocar un Congreso y demostrar que le gusta más, de verdad, registrar las propiedades que quedárselas de cualquier manera.
Obama mira como Denzel Washington, y ha llevado el clásico del Air Force One de la pantalla a la vida real, como en La Rosa Púrpura del Cairo: el mundo proyecta la misma película desde la noche de los tiempos, pero de cuando en cuando un galán bueno cruza el limbo, salta al patio de butacas y hace feliz a la chica, incrédula y deseosa de que el sortilegio encerrado en sus ojos obre el milagro.
Obama es de todos, y por ello está expuesto: le tienen reservado, tal vez, el otro guión cinematográfico de gran tradición en América, aquel que simula, recrea o explica el crimen de su presidente, que en esto también se parecen a Lincoln todos los inquilinos de la Casa Blanca. Allí llega Zapatero, en una imagen que vale más y es mejor que la de Aznar repantigado en ese rancho que olía a costillas, farias y vino cabezón: más allá de cuáles sean las intenciones de los dos presidentes españoles con traductor simultáneo –menos footing y más idiomas, que dan un espectáculo penoso–, y aun suponiéndolas buenas en ambos casos, no hay color.
Pero sólo hay un Obama, que busca la sanidad universal y pelea contra la crisis sin criminalizar al empresariado; que sanciona Irak sin huir y se queda en Afganistán sin querer; que condena Guantánamo pero no hace campaña de ello y que, sobre todo, antepone su país a su aritmética electoral. Zapatero se parece a Obama lo mismo que Aznar a Bush, pero los presidentes españoles se asemejan bastante: el uno, por la brava, no entendió la diferencia entre poner los pies en una mesa y a un país en el mapamundi; y al otro le da igual el fondo si con la forma logra su objetivo.
Tiene consecuencias peores salir en la foto de las Azores, tal vez, pero no es para tirar cohetes montar con eso una verbena si luego se pierde el trasero por una foto sin niñas a cambio del apoyo al cuarto azorí; el tal Durao Barroso; el refuerzo de efectivos en la guerra de Iraquistán y la hospitalidad pelota para los reos de la cárcel de las torturas.
Zapatero también quería encarnar al héroe de la película de Woody Allen, pero le ha salido un Paco Martínez Soria que tira de espaldas.
Posdata. Gürtel es una onomatopeya de eructo cacofónico que también concede su minuto fílmico a Rajoy, atrapado en Ozores: la fauna valenciana, con el inenarrable Ric Infinity a la cabeza, parece extraída de Los energéticos. Qué país.
No llegar a final de mes anestesia, aunque a menudo se nos olvida con el resto: miramos a la India, o a China, pidiendo que no contaminen con su frenética actividad industrial, después de treinta años de jolgorio nuestro y pobreza suya. Pero el caso es ése: un sofisticado policía gansea en el Faisán con ETA cacareándole una acción inminente y no pasa nada. O un aspirante a presidente del Gobierno tiene por tesorero a un tal Gürtel, sin papeles ni permisos, tirando migas de pan en el campo para poder volver a casa y abrir la caja B. Y tampoco pasa gran cosa.
El profesor Kao ha ganado el Premio Nobel de Física por descubrir una innovadora manera de transmitir luz por fibra óptica a larga distancia. Tal vez las bases del galardón circunscriben al ámbito científico lo que, en el político, está bien superado: irradiar destellos cegadores, de norte a sur y de este a oeste, forma parte de la rutina de los laboratorios de Génova y Ferraz, en los que el pobre Kao apenas pasaría de la categoría de chico de los cafés.
Hay más indicios de ese cloroformo social. En España se duplica el paro, el déficit y la deuda del resto de la Europa moderna, pero el presidente de los cuatro millones de parados es capaz de satanizar entre aplausos a todo aquel que, con la mejor intención incluso, le sugiera mirar a Francia o Alemania, a ver cómo gestionan su fisco, el funcionariado, la banca o el mercado de trabajo. Y el que tendría que torcerle la cabeza, para obligarle a mirar y cerrar un poco la boca, anda con tortícolis tras esconderse bajo la mesa, a su edad. El tal Zapatero es un desastre con buen pico; y el no menos tal Rajoy parece Romay metido en el Parlamento: está para hacer gracietas en Tele 5, pero las suelta o las calla en el Congreso creyéndose una estrella del baloncesto Boyle y Smith han ganado el mismo premio, en su caso por inventar la base de la tecnología digital que permite recoger imágenes sin imprimirlas antes en una película, como si estuvieran allí desde siempre, dispuestas también a proyectarse en el momento adecuado. Como el café está adjudicado, ellos se dedicarían al noble manejo de la fotocopiadora, que no hay descubrimiento que termine del todo con la artesanía. La anestesia, sin ir más lejos, se pone cada día manualmente desde la noche de los tiempos.
Posdata. Juan Van Halen se toma unas vacaciones. Es un periodista metido a político, un poeta que pelea por sus ideas y lo más parecido a Churchill que pasea su genialidad por estos lares patrios tan poco proclives a la finura intelectual. Creo que volverá pronto; pero creo sobre todo que hace falta que vuelva muy pronto. En general.
La guerra de Irak no era sólo mala porque anduviera metido en ella Aznar, en posado azorí junto a ese no menos preclaro Barroso al que la izquierda presunta tanto aúpa y medallea; ni tampoco lo era por carecer del amparo de la ONU, esa organización que es a la paz lo que el COI al olimpismo: nadería rimbombante para calmar conciencias facilonas. No arregló nada de lo que estaba mal, y le añadió nuevos problemas, entre los cuales la extensión del yihadismo y el exterminio de civiles son vergüenzas ya incuestionables.
A Afganistán le pasa lo mismo: se inició con Bush y sin ONU, aunque la prensa ligera y la memoria piscícola ha obrado el milagro de hacerlo pasar por una especie de Woodstock del humanitarismo humanitario y humanizado. En su caso, no es bueno porque lo respalden el PSOE u Obama, ni tampoco por disponer del amparo algo menos tardío pero igualmente sobrevenido de las Naciones Unidas y del plácet del Parlamento español. Eso lo hace más legal, pero en términos morales, políticos, humanos y prácticos no lo convierte en mejor ni en más digno.
Con las guerras, la política internacional y el Ejército, en España se ha jugado en los últimos diez años como el tipo nuevo que llega del pueblo y, para hacerse querer, invita a una ronda a todos los paisanos. Se olvidan los principios y se opta por esa mezcla siempre indecorosa que componen el marketing de consumo interno y la táctica de vuelo corto: al final, los mismos que denunciaban con razón la improcedencia de Irak se pasan ahora el día echando perfume al hedor de Afganistán, en la creencia no desmentida por los hechos de que el gentío morderá el anzuelo sin problema.
La verdad es distinta, sin hipocresías ni apelaciones a lo políticamente correcto: más allá de aspectos formales de valor cero cuando hay muertos a mansalva en las calles y del objetivo beneficio cínico que constituye concentrar terroristas en un punto remoto del planeta; en Irak y Afganistán se perpetra la misma fechoría, se somete a la población a un martirio doble y se perpetúa un efecto en cadena que promete lo peor para mucho tiempo. Lo diga Agamenón con su bigote, o el porquero con sus cejas.
Posdata. No será el último, pero es de los primeros de Madrid: el Ayuntamiento de Alcalá ya ha anunciado que un tercio de su plantilla estará de baja, seguro, por la Gripe A. Se desconoce si la inaudita invitación municipal incluye cena-baile con barra libre o si quedará en un asueto consentido a cargo de la casa. El ingenio para disfrutar de la crisis no conoce límites en la Administración.