A los niños les educa la tribu, esto es, la combinación de la familia, la escuela y la calle. Fuera de ese trípode, complejo y lleno de matices, no hay soluciones milagrosas para un problema que definen los datos: somos el país 29 de los 36 más desarrollados de la OCDE; la tasa de abandono escolar es del 28% y duplica la europea y, pese a ello, los debates educativos no pasan del terreno folclórico o ideológico como si el crucifijo en las aulas, la Educación para la Ciudadanía o la enseñanza en catalán fueran el epicentro de la vida y los quebrantos en los centros educativos.
Por si fuera poco, el epílogo de la vida educativa son unas universidades desmovilizadas, con aulas vacías, profesores cruzados de brazos y rectores incompetentes que limitan su discurso plañidero a pedir más dinero aunque sean incapaces de fabricar una lavadora y colocarla en el mercado: ninguna aparece en los ranking internacionales, y el 42% de los estudios tienen ya menos de 50 alumnos, según la escandalosa revelación del ministro Ignacio Wertz.
Pese a ello, piden más, como si el dinero dilapidado en insensateces por tanto pedante con birrete no saliera de la misma hucha rota que no permite ya dar un plato de sopa a tanto muerto de hambre y de pena.
Desde 1985, se han aprobado en España cuatro leyes educativas distintas, todas del PSOE, con un resultado dantesco a la vista de todos, digno de sentar en el banquillo a todos los responsables educativos de los últimos 25 años, de cualquier color, en cualquier ámbito. Y tras de ellos, a los sindicatos que han devaluado la autoridad del docente, monopolizando su representación a cambio de una aburrida defensa laboral que les han hecho olvidar a menudo cuáles son sus prioridades, facilitando con ello una degradación de la estima social e incentivando la búsqueda de modelos concertados alternativos.
Se impone, pues, una vuelta al sentido común que desideologice, despolitice y dessindicalice un ámbito crucial en el que los menos burros son los niños: ellos saben aprender como nunca en nuestra historia reciente, pero nosotros no sabemos enseñarles, perdidos en debates inanes, pulsos laborales, batallas políticas y un sinfín de casposaspolémicas que suspenden al conjunto de los adultos y les dejan a ellos indefensos.
Bastante paciencia tienen; bastante soportan la mediocridad engolada de sus mayores sin levantar sus voces trémulas pero nada extraviadas ni incultas.
Un niño aprende casi todo con una rapidez pasmosa y tiene hoy más conocimientos que ninguna generación precedente: memoriza y retiene casi todo si se le enseña bien. Pero los resultados son malos. Quizá porque ninguno de los debates educativos le tienen en cuenta: su estructura mental 2.0 choca con una enseñanza analógica. La materia lectiva obligatoria obedece a la necesidad de colocarle muchos libros a sus padres aunque sea incompatible con el aprendizaje y el tiempo de permanecencia en clase. Y hasta la jornada se ha organizado en función de las necesidades de profesores y padres aunque no sea la mejor para ellos, para que unos coman en casa siempre y los otros no hagan más viajes de los necesarios. No son unos fracasados: son unas víctimas.
Bien, vale, a El País le viene mal Chacón, digamos. Y no hace falta recurrir a la historia de Roma para encontrar en ese sentimiento una reedición castiza de la inesperada traición de Bruto a César a los pies ensangrentados de la estatua de Pompeyo: todo el mundo con alguna prestación memorística, o alguna maña con las hemerotecas virtuales, es bien consciente de la inquina económica de Prisa hacia su competidor natural, Mediapro, creada espiritualmente por el marido de la candidata y concretada por sus viejos amigos y socios como una alternativa
Son negocios, y en ellos, recuerda Al Pacino a un impulsivo Andy García en el epílogo de El Padrino, no cuentan los sentimientos: es solo, siempre, una cuestión de intereses. No es el amor lo que mueve el mundo, pese a la insistencia romántica de presentarlo como el combustible de la vida: antes están el poder, el sexo, la venganza y el dinero.
Es verdad, a El País (la foto es suya) no siempre le pareció tan terrible Carmen Chacón: llegó a darle una portada de su dominical donde se glosaba heroicamente su doble condición de madre y ministra, aunque existen indicios serios de que esa tarea es menos llevadera para aquellas que coinciden en lo primero pero cambian lo segundo por un puesto de cajera en Carrefour. Entonces a El Mundo le gustaba también menos, tal vez porque no había firmado aún un acuerdo con Mediapro.
Ocurre que, en una democracia, todas esas intenciones perversas y todos esos sentimientos espurios sólo se culiman si, además y por delante, hay algo ilegal o ilegítimo que alegar: posiblemente haya quien quien quiera colgado de un olivo a Garzón por intentar ajustar cuentas con el franquismo, pero sólo puede hacerlo si el juez ha cometido antes un delito. Uno quiere ver al Barça hundido en su viejos fangos victimistas, pero es consciente de que antes su Real Madrid debe meterle una manita para lograrlo.
Esto es, aun aceptando que en los apoyos y ataques a Rubalcaba o a Chacón; como en las lisonjas y las vendettas a los Camps, Urdangarín, Blanco, Matas, Garzón se mezclan pasiones republicanas, nostalgias franquistas, cegueras socialistas, venganzas populares, intereses económicos, estrategias empresariales, mentirosos compulsivos, zangolotinos triperos, principios inquebrantables, finales quebrados, lealtades oscilantes y aceros albaceteños; a lo sumo podrá desacreditarse al mensajero, pero no invalidar el mensaje si se soporta en datos, certezas y silogismos.
En otras palabras, y aun dando por hecho que aquí cualquier tienen más cadáveres en el armario que rulos Barbra Streisand en el tocador, las preguntas a Chacón siguen reclamando una respuesta: si su marido benefició a sus viejos socios y amigos con una decisión política -la adjudicación de una licencia de TV que ha sido vendida por 250 millones de euros tras facturar en cinco años otros 270 millones a RTVE-, ¿ha logrado el entrañable matrimonio algún dividendo?
No sé si El País se merece una respuesta, pero el país la exige a voces. Y luego ya llamamos facha, machista, anticatalán o calvo al que sea menester.
Posdata. También hay algo de ataque a Virgilio Zapatero, de oficio progresista, por sus retribuciones bancarias por hacer la O con un canuto a duras penas. Pero sucede también que se saca 421.000 euros anuales por no hacer nada. Con mensajes así, ya puede el mensajero ser una mezcla de Al Capone y Jack el Destripador que muy pocos lamentarán su crimen.
Las Universidades se levantan hoy, con infinita rimbombancia, para defender la “autonomía universitaria”, aunque esconden que ya la tienen y ocultan cómo la emplean. Salvo alguna gloriosa excepción, ninguna de ellas, en toda España, pinta algo en el panorama internacional.
La investigación es residual, irrelevante, costosa y a menudo una simple excusa para adjudicar recursos extra a los departamentos más leales electoralmente al rector de turno. Hay profesores de más y alumnos de menos en aulas vacías donde se imparten estudios que nadie demanda pero no se cambian para no perturbar al docente que no quiere o sabe reciclarse. Se contrata a discreción, haya o no crisis; se acumulan deudas ingentes y se utiliza esa autonomía para crear fundaciones, centros y organismos opacos que a menudo se comportan como la cueva de Alí Babá.
Y se gasta más del 50% del presupuesto en impulsar convenios colectivos repletos de privilegios que convierten las obligaciones, por mínimas que sean, en mero papel mojado. 30 años de inversión millonaria sostenida sólo han servido para transformar a los rectores en unos caciques de pueblo que malversan ingente dinero en fabricar lavadoras averiadas que nadie quiere pero todos financiamos a precio de oro.
Este libro del gran Tom Sharpe describe mejor cómo es la universidad que ninguna de las soflamas retóricas de sus irresponsables responsables. Mientras se recorta en los institutos, se congelan pensiones, se aumenta el paro o se suben los impuestos; los rectores dilapidan ingentes millonadas en una nadería ostentosa que envíal desempleo a miles de jóvenes y no puntúa en ningún nuevo modelo productivo. Tampoco es malo 'Soy Charlotte Simmons' del gran Tom Wolfe
Ha llegado el momento de plantarse y de tratar a esas instituciones como lo que son: una especie de aeropuertos fantasma, como los de Castellón o Ciudad Real, conducidos por irresponsables como el capitán del Costa Concordia. Ahora salen a la calle para defender una autonomía vergonzosa, pues no se emplea en desarrollar un proyecto social e intelectual, sino en perpetuar la ineficacia millonaria.
Si de verdad creyeran y quisieran a la universidad, dirían lo que todo el mundo con honestidad y decoro político sabe: que hay que cerrar la mitad y reforzar el resto lo que haga falta, apoyando a los centros que lo merecen, apostando por los profesores fantásticos que hay aunque no voten al candidato, acabando con estudios inanes adaptados a las prestaciones del docente en lugar de a las necesidades del alumno, mejorando la relación investigadora con las empresas, especializando estudios y, en definitiva, siendo de verdad el faro de conocimiento y reactivación social que hace demasiados años dejaron de ser para transformarse en una chapuza clientelar a la que sólo salva una combinación de liturgia histórica, complejo político y la fenomenal pero hipócrita retórica de personajes tan nefastos como Peces Barba, Virgilio Zapatero y otros de su especie.
Mientras, no lo duden, los rectores sólo saben ponerse en pie de jeta.
Es muy difícil no sentir un ápice de bochorno al ver a un juez imputado por tratar de evitar que los responsables de la Gürtel puedan seguir con sus andanzas desde la cárcel. O por indagar en las responsabilidades pendientes en aquella formidable barbaridad que supuso el franquismo, saldada con el dictador muerto en su trono y una ley de amnistía y una cierta desmemoria indispensables, al parecer, para enterrar al régimen a la vez que a su inductor.
Desde una simple lectura ética o política, ajena a las leyes y las precisiones jurídicas que protegen la democracia, el enjuiciamiento a Baltasar Garzón podría equivaler a la detención de Elliot Ness por enfrentarse a Al Capone o a la de Simon Wieshental por perseguir a los criminales nazis diseminados por el mundo tras el hundimiento del Tercer Reich.
Ocurre, sin embargo, que en las garantías de la justicia, en sus aparentes imperfecciones, tal vez recaiga la solidez de la democracia: no encarcelar sin pruebas fehacientes a tres de los cuatro detenidos tras el brutal asesinato de Marta del Castillo conmociona a la opinión pública y estimula al amigo Talión como pocas otras cosas, pero también impide que la arbitrariedad, el capricho, el carácter, el contexto y la opinión pública o publicada reduzcan las garantías procesales y transformen las leyes en una especie de concurso interactivo donde el espectador decide el destino del concursante apretando un botoncito o enviando un sms.
No hace falta, en fin, pertenecer a la pequeña pero ruidosa jauría que persigue a Garzón ni formar parte de las exiguas pero incansables filas que confunden la amnistía franquista con la exculpación y transforman ésta, de paso, en una victoria postrera; para lamentar con idéntica fruición la campaña de transformación de un juez impreciso en un linchamiento político y convertir su proceso en un estertor de Franco impulsado por un tribunal represor.
La tentación de montar un circo en torno al franquismo es tan alta como frecuente en una parte de la política y la prensa española que, quizá, no pudo, supo o quiso hacer ese papel cuando tenía algún sentido y ahora, con inefable resistencia al paso del tiempo y a la biografía propia, hace lo imposible por labrarse un currículo marcado por un inexistente heroísmo que ensalza hazañas apócrifas sobre la resistencia y la clandestinidad que nunca conocieron.
Ponerse estupendo por un juez que tal vez no cumple las leyes equivale a avalar la vieja Ley Corcuera al peligroso grito de que el fin justifica los medios y, en realidad, facilita los atajos a sujetos tan indeseables como todos los mencionados en el sumario del Gürtel.
Y en lo relativo a la causa general contra el franquismo, la apreciación no mejora: nada más arrogante que sentirse la única esperanza para enmendar unilateralmente las decisiones legítimas adoptadas por los ciudadanos a través de sus representantes democráticos y su Constitución; y nada más peligroso que creerse con el derecho a hacer justicia al margen de la justicia.
Aunque los caminos y los fines sean antagónicos, el impulso de Garzón se asemeja bastante al de Franco: sólo los déspotas, los dictadores y los locos se sienten elegidos por algo o alguien para subsanar, en persona y en solitario, las debilidades del pueblo, las imperfecciones de la democracia y las lagunas de la ley.
Posdata. Huelga decir que este comentario no suscribe el afán revisionista ni la revancha personal que tanto neofranquista residual perpetra en nuestro tiempo. Me gustaría ver libre a Garzón, y con toga, en un tribunal. Porque tiene razón, pero eso no basta para imponerla: él mejor que nadie debiera saber la diferencia entre un juez y un justiciero.
El ex rector de la Universidad de Alcalá, Virgilio Zapatero, dejó su puesto precipitadamente y ahora gana 200.000 euros anuales en un banco por ir a una reunión mensual de 5 minutos en la que aporta entre poco y nada: su marcha dejó la institución hundida en prestigio internacional, precipitó unas elecciones a desmano, desmovilizó a la comunidad universitaria y tapó junto a su lamentable sucesor un formidable pufo de 2,4 millones de euros en asuntos sucios que hoy sigue sin aclararse.
En su descargo, sólo puede decirse que no es único en su raza: la mayor parte de las universidades españolas son un despropósito académico, un desastre financiero y una estafa intelectual que, en breve, obligará a reformar el sector para que sólo existan las mejores con mayores recursos.
Emilia Vázquez, de 77 años y con un hijo discapacitado, está a punto de perder su humilde morada: aunque nunca tuvo grandes recursos, empeñó su casa y la de Rosendo, un baluceante bebé de 56 años con una limitación física e intelectual del 95%; para que su otro hijo tuviera un aval con el que adquirir su hogar. El propio, desde hace 40 años, nunca fue un palacio, pero no dejó de pagarse con la sangre, el sudor y las lágrimas que hiciera célebres Winston Churchill: ahora los dos, por falta de pago de uno de ellos, pueden arder en ese infierno de los desahuciados que quema vidas en los fogones de la crisis y el abuso bancario.
El contraste entre esta abuela de mirada perdida y ese ex rector tan afortunado no es demagógico: ambos viven en el mismo país, pero el trato de las instituciones y la concesión de los recursos no es la misma. Diga lo que diga la ley, el sentido común impone una revisión a fondo de esta paradoja: a un servidor público no se le puede premiar tan generosamente por no haber hecho bien su trabajo; y a un modesto ciudadano no le puede castigar con saña por no haberlo conseguido pese a su inmenso esfuerzo.
El ministro Montoro ha dicho, con razón, que en adelante se incluirá en el Código Penal el delito de despilfarro del dinero público, pero mientras llega esa necesaria novedad, cabe preguntarse cómo subsanar injusticias tan flagrantes. Se me ocurre una: que el tal Virgilio, entre partido de golf y comida en restaurante de postín, se vea obligado a cederles sus pornográficos ingresos a la buena de Emilia. Ella lo necesita más, pero sobre todo se lo merece como pocos: no se trata de quitarle algo a quien lo ha ganado honradamente para dárselo a quien no lo tiene; sino de repartir de una manera más decente el dinero de todos ahora regalado a esa élite hipócrita que jamás lo ha ganado en el mercado libre, donde su carné político es papel mojado y alfalfa profesional.
Ya que este buen hombre presume de progresista, e incluso aparece en la escena pública como responsable del Comité de Sabios que analiza el futuro del Valle de los Caídos, que lo demuestre por una vez: Emilia está en el suelo, y aunque sus huesos no le permitan tal vez prolongar su imagen interesada y tan rentable de hombre comprometido con las víctimas del franquismo, sí le permitirán tranquilizar su conciencia. No sea que ésta solo una excusa para hacer caja a costa de servirse de las causas a las que, engoladamente, se dice servir.
Posdata. Si no llega con la canonjía legalizada al ex rector y ex ministro; puede pedirle ayuda a su buen amigo Manuel Marín, experto en pilates como se ve en la imagen, para masajear tal vez los riñones amorcillados con euros en una de esas empresas eléctricas que tiene a bien subir la luz a los curritos en plena crisis.
No libero a otros dirigentes del PP, CiU, PSOE o PNV que han logrado su dorada jubilación en empresas a las que ayudaron de una manera directa o indirecta con decisiones políticas sobre los lomos del respetable. He publicado la lista muchas veces y pueden consultarla aquí. Pero escojo a estos dos personajes porque creo que representan comonadie la antítesis entre los valores que predican y los desperfectos generales que provocan, con formidable éxito y desparpajo. Hacen bueno aquello sobre los caballos: "Si tienes uno, dirán que lo has robado. Pero si tienes mil, dirán que te gustan mucho los caballos". Ellos, siempre al galope.
¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad. Juan Rulfo
Fraga fue un elefante en una cacharrería que sabía bailar claqué. Quienes recuerdan las penumbras de su biografía, tan evidentes como las de Julio César en la suya y tan irrelevantes si no se tiene en cuenta tiempo y contexto; suelen olvidar, tal vez, que sólo desde allí podía hacerse una transición decente.
La facilidad con que al Rey, o a Suárez, se le concede indulgencia por su origen e incluso se reconoce que sin esos antecedentes no hubieran podido estimular la democracia sin ser derribados en el intento; le niegan al paquidermo la misma vitola.
Quizá porque, a diferencia de los anteriores, siguió siendo un estorbo democrático para quienes querían gestionar la apertura: la falta de reconocimiento a Fraga es una simple consecuencia de la existencia del PP como realidad política consolidada para discutirle el monopolio al PSOE, que siempre es más generoso con quien considera inofensivo.
También flaquean, sin embargo, quienes niegan las inevitables penumbras del personaje y centran toda su glosa en la segunda mitad de su vida política, esquivando las aristas, punzantes, de la primera: es verdad que durante el franquismo alguien debía ejercer de ministro, de represor o de jefe de informativos, pero quienes lo hicieron han de aceptar que en su recuerdo aparezca algo más que una mención comprensiva a esos datos.
No tanto para estigmatizar ni mucho menos para negar sus méritos posteriores, sino para entender por qué tuvimos 40 años de Dictadura y cuánta gente hizo falta para obrar el dudoso milagro. El Fraga de la Ley Mordaza y el de la ayuda al nacimiento de El País son el mismo, y en las paradojas de su existencia se resume la poliédrica, compleja, cruel y maravillosa historia de España: Fraga fue un gran hombre por su incuestionable contribución a la democracia y fue, también, una sombra gris de sí mismo hasta descubrir las grietas del franquismo, a quien ayudó a derribar a fuer de ayudarlo primero.
Carrillo era un mozo cuando el Gobierno de la República huyó de Madrid y él se quedó al frente con otros milicianos imberbes. Es probable que participara en Paracuellos o que supiera de la barbaridad y la incluyera en los daños colaterales de una guerra entre hermanos convertidos en lobos: nada justifica ninguna atrocidad, pero obviar que en cada Auschwitz hay un Dresde y viceversa desvirtúa la naturaleza de los hechos.
Pero fue también, y es, un protagonista indispensable del salto de la barbarie a la razón, y aunque las sombras le persigan hasta el ataúd, ha hecho más por la democracia que todos esos antifranquistas sobrevenidos que vivieron tan intensamente la clandestinidad que nadie se percató de su supuesto martirio hasta que lo amortizaron con una carrera política impulsada por una leyenda apócrifa de sí mismos.
Fraga presentó a Carrillo en sociedad en 1978, en una arriesgada conferencia en el Club Siglo XXI que consagró la necesidad de integrar a todos para superar las décadas negras precedentes. Anteponer ahora sus servicios a Franco, desechando la certeza de que hubo un tiempo en que tantos otros ahora ensalzados tuvieron relación con ese régimen, a su evidente contribución a la causa democrática; sólo sirve para otorgar la razón a Machado cuando decía que en España “de cada diez cabezas, una piensa y nueve embisten”.
Quien tiene un pasado vergonzoso es España. Unos pocos hicieron un esfuerzo por compensarlo y se merecen, llegado el epílogo de sus vidas, que les aplaudamos su destreza como bailarines de claqué. Pocos elefantes son capaces de ello sin pisotear al respetable.
Miguel Montes Neiro no es Nelson Mandela, aunque la incesante campaña a favor de su liberación pueda llevar al equívoco. Tampoco los presos de ETA son políticos, por mucho que ETA haya dejado de matar. Al primero puede soltársele, tras 36 años entre barrotes, por razones de salud o humanidad. Y a los segundos, acercarles a su tierra por razones familiares: su madre, o su marido, no tienen la culpa. Y puede ser práctico y poco costoso en términos morales, éticos, políticos y judiciales.
Pero en ninguno de los casos las medidas de gracia rehabilitan al reo ni, mucho menos, le convierten en lo que no es: Neiro no es Brad Davis en El expreso de medianoche ni está preso en una cárcel de Turquía por querer pasar un poco de droga en el recto: cometió reiterados delitos mientras pudo, y todas sus condenas están cimentadas en las mismas leyes que a usted y a mí nos protegen, juzgan, ignoran cuando somos buenos y recuerdan cuando somos malos.
Ahora hay que liberarle porque ha recibido el indulto, una medida tan legítima como arbitraria, y probablemente porque ya no es un peligro y en el perdón reside una parte de la autoridad de la penitencia previa. Que salga, pues, pero sin llevarse consigo una imagen distorsionada del mártir que no es: pregúntenle a sus víctimas, quizá no consideren menores los ataques que sufrieron, aunque no corriera la sangre.
Pues no, en la imagen no hay un etarra ni un Neiro: es Brad Davis, en una película
Sí corrió en el caso de los 700 presos de ETA: aunque ellos digan que disparaban a una patria, borrosa y cosificada, lo que reventaban era una nuca. O todo el cuerpo, en función de que usaran una pistola por la espalda o una bomba con mando a distancia.
Como ya no matan, porque no quieren o no pueden, la misma ley que les condenó puede levantar un poco la mano sin dejar de ser ley. Y la misma política que les persiguió puede cambiar a Parrot por Neiro y reducir las distancias entre la celda y la heroica herriko taberna en la que soñaban con esa Arcadia ideal que comparte espacio con el paraíso de los yihadistas suicidas, igual de tarados, pero con algo de más huevos.
Ni Neiro deja de ser un delincuente ni los presos de ETA unos terroristas. La diferencia entre una medida con gracia y otra desgraciada no es sólo retórica: si en el viaje de aplicar la ley, en su versión benévola, se incluye la restitución de la imagen o al anulación del pasado, se alimenta un nuevo monstruo y se transforma la memoria en un escupitajo en la cara de las víctimas.
Sáquenlo del trullo o cámbienles a otro más próximo al terruño, pues. Pero oblíguenles un poco a hacerlo con su vieja capucha: esta vez no será para huir, sino para esconder la cara de pura vergüenza.
En España hay cerca de 4.000 empresas públicas, organismos, fundaciones, institutos, centros u observatorios que, al calor de fines nobles y objetivos emotivos, todos tan grandilocuentes como artificiales, han generado el último año un déficit de 65.000 millones de euros para elevar el conjunto del déficit español al 8%.
Si alguna vez se ha preguntado para qué sirve todo eso, ahora tiene la respuesta. Básicamente para hipotecar el futuro de los servicios esenciales y triturar los ingresos fiscales en baratijas clientelares donde pacen todos los rebaños marcados con el hierro al fuego de la ganadería política, sindical o patronal de turno.
La convivencia de este dato de despilfarro estremecedor con el de un paro del 24%, el cierre de casi 500.000 empresas o la subida de los impuestos, el progresivo deterioro de los servicios y la ausencia de crédito para crear empleo arroja una conclusión estremecedora: el Estado es un cocainómano compulsivo que se gasta en droga el dinero de la comida de los niños de la casa.
Pero siempre ha sido un crimen perfecto: en ninguna de esas Casas de Lenonicio aparece una placa que, como la del mendigo sincero de la plaza de Callao, reconozca que se pide para vino y porros. En todas ellas se apela a la lucha contra el maltrato, la cooperación con el Tercer Mundo, la investigación universitaria, la televisión pública de servicio o la formación de colectivos marginales. Aún más, todo mínimo recorte en un país que antes de acabar con Chiringuistán ha preferido congelar pensiones, elevar la edad de jubilación o reducir salarios; comportará una queja solemne, afectada, tan melodramática como el pasaje bíblico sobre el Armagedón.
Un rector, pongamos el de Alcalá o el de la Complutense, puede tener hasta 20 organismos consagrados a unir lazos con Iberoamérica; disponer de una plantilla de 2.000 profesores ociosos o nada presionados de jueves a lunes y de mayo a octubre; cerrar las facultades a cal y canto durante medio mes para ahorrar matando al perro para acabar con la rabia; gastar el 55% del presupuesto en personal (más que Apple); acumular una deuda con entre siete y nueve ceros y, llegado el momento de la moderación, apelar a la jerarquía del “conocimiento para progresar” o advertir que se está apostando por una educación universitaria “sólo para ricos” sin sentir ni un ápice de rubor ni verse en la obligación de explicar por qué casi ninguna universidad española aparece en los ranking internacionales o dónde demonios se ha ido la infame deuda de la mayor parte de ellas. Y no faltarán trompetas de Jericó para poner banda sonora a tan melifluo apocalipsis.
En la eterna confusión entre el Estado de Bienestar y el Bienestar del Estado se dirime la degradación del primero a manos de quienes, con enorme soltura y fértil habilidad, se presentan a sí mismos como grandes paladines de algo que se están cargando.
Si aún tiene alguna duda de cómo buena parte de los presuntos defensores de lo suyo son en realidad sus primero enemigos, quédese con esta peculiar moraleja: uno de esos rectores, Virgilio Zapatero, huyó de la Universidad para aceptar un puesto en Cajamadrid a pesar de no distinguir un balance de una melón; obligó a la institución a adelantar las elecciones; dejó un notable roto económico y uno académico e intelectual sobresaliente y, aunque nada se conoce de su inexistente trabajo en tan insigne entidad financiera, el año recién terminado se embolsó 198.000 euros.
A las barricadas, pues.
Posdata. Por debajo de los caras legalizados como el ex rector hay otros que o rozan o se zambullen directamente en la ilegalidad. Matas, Chaves y Camps suenan, juntos, Ma-Cha-can. No es de extrañar que don Virgilio se sienta un hombre de Estado al lado de todos éstos, pero no se engañe demasiado: pertenece, como ellos, a la familia de los Gyps fulvus.
Rajoy se ha estrenado con esa combinación de silencio escénico y decisiones inesperadas que le hicieron legendario como aspirante pasivo pero no parecen suficientes para consolidarse como vencedor.
El melodramatismo exagerado de sus detractores, perdedores a fuer de cuatro años infames en Moncloa y otros cuatro de palomeros de la bonanza, demuestra también que en lo adjetivo el panorama poco ha cambiado: se han invertido los papeles, pero los entonces vencedores siguen jugando a la Guerra Civil, aunque sea entre ellos; y los ahora ganadores lo hacen al escondite, sin darse cuenta al parecer de que ahora les toca buscar a ellos.
En ese contraste de poses infantiles se esconde una realidad adulta: un déficit del 8%, un PIB reducido a dentelladas, un paro tanzano y ese intangible anímico colectivo que dispara el Ibex de la melancolía.
La primera decisión del presidente, no obstante, es una enmienda a sí mismo que demuestra tres cosas: no hay ideología que pueda con las matemáticas del Estado; no hay palabra que sobreviva fácilmente en el poder y no hay impulso reformista que no empiece por una injusticia o una sandez.
Este montaje de Rajoy hizo fortuna en la red. Era una impostura. O no
Subir impuestos contradice una máxima liberal que, con cierta razón, considera más productivo el dinero en el bolsillo del que lo ha ganado que en las arcas de un Estado derrochón. Pero además es una confesión indirecta la localización de un cadáver y de la disposición al delito: el primero es la cartilla de ahorros del Gobierno, compuesta por telarañas y el regusto a óxido de las cajas vacías; el segundo es la preferencia por dividir aún más el exiguo euro de cada cual en lugar de buscarlo en nuevos caladeros.
Cuando Soraya Sáenz de Santamaría presentó las novedades como “el inicio del inicio”, dejó abierta la puerta a esa vieja esperanza, transversal ideológicamente para cualquiera que esté dispuesto a tener ideas en lugar de creencias, de que no se cargue en los lomos de unos pocos un esfuerzo ya inhumano para sostener, entre bisutería retórica, ese mastodóntico potro de torturas que compone la jungla infame de chiringuitos en el Gobierno, las Comunidades, los Ayuntamientos y las universidades.
Pero mientras se despeja la duda, el PP ha optado por esa vía tan de Zapatero de querer arreglarlo todo fragmentando la miseria hasta el infinito: si la clave está en frenar el despilfarro del Estado en sí mismo (65.000 millones de euros de deuda al año), empezar por subir los impuestos equivale a quitarle a algunos un plato de lentejas para que otros no se priven de repetir salmón.
Frente a quienes piensen que es un comienzo inevitable, destinado a mejorar la tesorería al corto plazo por razones estrictamente vitales, está más que legitimada la duda sobre el auténtico impulso reformista del Gobierno: sobre todo si, mientras se perpetra este debut, Mariano Rajoy sigue pareciendo el tipo del puro en el vermú de provincias, válido para el aperitivo de los domingos, pero incapaz de despiezar un choto de madrugada en la carnicería de cada lunes.
Ya puede espabilar: casi todo lo que se haga tiene justificación, pero es imprescindible empezar por el principio y explicarlo personalmente, las veces que haga falta. Justo lo contrario de lo que este presidente con dudas ha hecho.
Antena 3 ha comprado La Sexta por unos 250 millones de euros: 150 en desembolso directo y otros 100 en concepto de asunción de la deuda. El Grupo Planeta refuerza, con ello, su rotunda posición en el sector: es el único que opera ya con éxito en los tres soportes tradicionales (prensa, radio y televisión) tras el desistimiento económico de Prisa con el cierre de CNN+ y la venta de Cuatro a Mediaset, propietaria de Tele 5.
Nadie, en fin, alcanza en España el vigor de la empresa de José Manuel Lara Bosch, quien puede colgarse sin pudor alguno la medalla de gran editor del momento, un puesto vacante desde la desaparición de Jesús de Polanco: Onda Cero, La Razón, Antena 3 y ahora La Sexta constituyen un portaviones mediático de enorme envergadura.
A los vendedores de La Sexta también puede reconocérseles un buen ojo para los negocios: primero lograron una licencia de televisión nacional en abierto que, al enterrarse la tecnología analógica, se transformó en un ramillete de canales digitales; después consiguieron convertirla en la productora de cabecera de RTVE para facturar 270 millones de euros en pocos años y, por último, se desprendieron de ella y de sus deudas por una millonada sin tener en cuenta cómo afectaba esa decisión al panorama televisivo nacional, presentado por ellos mismos en todo este tiempo como un oasis de la ultraderecha.
En el mundo empresarial, la barrera entre hacer negocios y especular con bienes es muy subjetiva, pero da la sensación de que en ambos epígrafes puede ubicarse esta operación nacida de un decisión tan legal como arbitraria y sobre todo política: la concesión administrativa de una licencia es potestad del Gobierno, que en este caso escogió a un grupo de contrastada solvencia profesional pero dudoso músculo financiero y empresarial al lado de otros aspirantes.
Y es aquí donde entra Carmen Chacón, verdadero objeto de este artículo. En los orígenes de La Sexta participa de algún modo innegable su marido, Miguel Barroso, socio desde tiempo atrás de casi todos los promotores de la nueva televisión en un montón de sociedades distintas y partícipe directo en la concesión de la licencia desde su puesto de secretario de Estado de Comunicación del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
Por resumirlo de una manera más comprensible, aunque en el viaje se pierdan matices importantes pero no decisivos a la hora de desechar la secuencia subsiguiente:
1.- Miguel Barroso es socio durante muchos años, en distintas empresas, de quienes acaban siendo propietarios de La Sexta.
2.- Sólo deja de serlo cuando el presidente del Gobierno le ficha como secretario de Estado de Comunicación y su esposa, Carmen Chacón, se convierte en una figura política nacional. Aún así, mantiene su participación en empresas relacionadas con el mundo de la televisión, si bien ninguna de ellas parece tener una relación accionarial con sus antiguos socios.
3.- Un mes después de abandonar esas funciones gubernamentales y retirarse como director de la Casa de América (un lugar digno de investigación, pero ésa es otra historia), La Sexta consigue su licencia de emisión: en todo el proceso previo, Barroso estuvo presente desde La Moncloa, en la que permaneció sólo año y medio, justo el periodo en que se redefinió el mapa televisivo español.
4.- Los promotores de La Sexta y el conglomerado de empresas que la rodean (algunas de las mejores productoras del país, sin duda), ingresaron 270 millones de euros del erario público entre 2007 y 2011 por contratos de RTVE, que en ese periodo deja de emitir publicidad.
5.- Finalmente, La Sexta culmina su venta por otros 250 millones de euros a Planeta una semana después de ser investido presidente Mariano Rajoy.
Es obvio que los méritos profesionales de Barroso son grandes y que, tanto él como sus amigos, saben de televisión como poca gente más. También lo es que La Sexta ha sido, y tal vez será, una alternativa muy decente y que entre sus impulsores figuran tipos maravillosos en no pocos sentidos.
Pero no lo es menos que sobre todo ha sido un negocio redondo, imposible sin una decisión administrativa en la que se mezclan viejos socios, buenos amigos y cargos políticos que han ido apareciendo o quitándose de en medio cuando se alcanzaba, en apariencia, un objetivo.
Resulta muy arriesgado decir que Barroso sólo dejó de ser socio temporalmente de un negocio pingüe para poder favorecerlo desde Moncloa. Y es sin duda un exceso hacerle partícipe del beneficio que esa cadena de decisiones, casualidades y operaciones ha generado. No digamos añadir a la secuencia, sin más, a Carmen Chacón.
Pero no sólo no es un exceso, sino todo lo contrario, formularle una pregunta a la aspirante a encabezar al PSOE, la mujer que ha estado ocho años en el Gobierno de España y que obviamente disfruta o padece aun involuntariamente lo que suceda en su casa: ¿Han logrado algún beneficio económico (directo o indirecto, personal o a través de una sociedad o de algún familiar) de cualquiera de las multimillonarias operaciones de compra, venta y contratación suscritas por cualquiera de las sociedades relacionadas con La Sexta, sus accionistas o sus empresas auxiliares?
En el manifiesto ‘Mucho PSOE por hacer’, Chacón dice por pluma interpuesta: “(Es precisa) una política económica que potencie el trabajo y el capital intelectual como motores de desarrollo y que mantenga a raya la especulación”.
También añade, en otro looping retórico: “La transparencia de la acción política y la rendición de cuentas antes los representados son el oxígeno de la democracia”. Y una más, epítome de ese metalenguaje hueco que tanto recuerda al adjudicado por Henry Miller al Santo Oficio encargado de juzgar a Las Brujas de Salem: “Por eso el diálogo debe ir acompañado de energía para poner freno a los poderes no democráticos que pretenden imponer sus privilegios o su moral a toda la sociedad”.
Seguro que todo tiene respuesta y que el bienestar político y personal de la pareja Barroso/Chacón obedece a su indudable capacidad, su formación, su experiencia y su trayectoria. También es muy probable que, en ese minúsculo pañuelo en el que conviven los mejores de cada campo, sea imposible no establecer conexiones sugerentes de favor recíproco que, al ser examinadas, se diluyen como un azucarillo para ubicarse en el epígrafe de las inevitables casualidades. Pero como ella quiere ser el futuro de un partido indispensable para articular el país y él ha sabido como pocos responder a ese desafío en la frontera del negocio y la política, no tendrán ningún problema en aclararlo.
Ahora que hasta el Rey da explicaciones, seguro que a tan feliz y respetable matrimonio no le importa desmontar la más mínima sombra de duda. ¿No?
El PSOE es una cena de Nochebuena entre cuñados mal avenidos que ya no tienen que disimular tras la muerte del patriarca y se pelean por los restos de un banquete exiguo. Cuando hasta el Rey entiende el cambio climático en la sociedad española y lanza la corona contra su yerno para poder ponérsela de nuevo, los socialistas siguen hablando de sí mismos y mal, por la espalda, en corrillos de hienas hambrientas que no esperan a la luna llena para hozar entre cadáveres.
No es fácil salvar a nadie, pero Carmen Chacón se lleva la palma de esa hipocresía tan divina de la muerte que apenas resiste un ligero acto de memoria: no se recuerda ni una sola palabra en contra de ocho años de decisiones hilarantes, sustentadas en una psicología negacionista de la realidad que no es propia de progresistas bienintencionados, sino de ludópatas de una fe particularmente reaccionaria que pone su vela donde nunca sopla el viento para ver si cuela.
No es que fuera parte del problema, que lo fue, sobre todo fue parte del silencio: otros, como Rubalcaba, quizá estaban también equivocados, pero sólo ella reniega ahora de algo que protagonizó tal vez más que nadie, oponiéndose como el que menos: atacarla por mujer y catalana es uno de esos eructos cavernarios que tan fácil le ha puesto a cierta progresía ahorrarse explicaciones por sus pecados; pero defenderla sólo por tales virtudes involuntarias no le va a la zaga.
La impagable inmolación pública de Chacón el pasado mes de mayo, o sea
Chacón es el silencio cómplice o tactista que ejerce de Bruto en el Senado; el tigre egoísta que avanza, retrocede, se esconde o salta sin pensar en la manada; es el regalo de la Sexta y su venta a Planeta posterior tras un lustro facturando 270 millones de euros a la exangüe RTVE y es el arte de decir una cosa, hacer la contraria, parecer una más y ser otra distinta.
Es probable que el PSOE no tenga solución a corto plazo, pero es posible que el único primer paso sensato sólo pueda darlo alguien que conozca los diez siguientes y sepa que el último es quitarse de enmedio tras digerir su propia derrota y transformarla en buen combustible fósil para su sucesor. No es el caso de Chacón, epítome de una izquierda desvaída, pija, superficial, de amiguetes y más propia de un concurso como ‘Operación Triunfo’.
Es muy probable que el peor ministro de Rajoy sea una mezcla de Adenauer y Azaña al lado de predecesores del calado intelectual de la célebre Leire Pajín: más allá de las caricaturas y excesos vertidos contra la insólita ministra, tantos de ellos de infame trazo grueso, lo cierto es que su gestión ha sido una mezcla de incompetencia, demagogia y frivolidad muy coherente con su nula trayectoria previa y muy coincidente con cómo ha quedado el país.
En el nuevo Gabinete hay gente de solvencia contrastada que, sin embargo, parece haber sido elegida ante todo por su lealtad al presidente, lo cual sólo puede significar dos cosas: o Rajoy se va a echar personalmente a la espalda el trabajo y las decisiones, para lo cual sólo necesita gente obediente de estricta confianza; o antes de empezar ya es de esos jefes que antepone la lealtad a la capacidad aunque el precio a pagar por ello sea muy grande en términos colectivos.
Me quedo con la primera opción, hasta que la realidad la desmienta o la confirme para bien de todos. Y con un dato muy interesante: por tercera legislatura consecutiva una mujer vicepresidirá el Gobierno y viendo cómo se las gasta Soraya Saénz de Santamaría, es harto probable que ordene a las ministrar que posen para Expansión hasta que para el Vogue.
Posdata. La elección de Gallardón, que será mejor ministro que alcalde sin duda; la designación de un cualificado miembro del establishment financiero e industrial para Economía o para Defensa y los terceros premios regionales esparcidos para que no falten andaluces, catalanes o vascos en la mesa del Señor adquieren un cierto aroma lampedusiano. Hay cosas que, gane quien gane, nunca cambian más que para volver al mismo sitio.
Empecemos por el principio: estamos muertos. No lo sabemos del todo, pero lo estamos. Aún más: no tenemos dónde caernos muertos. Como a Mozart, que nació genió y murió con tos en una sepultura de caridad, con el rostro hundido en el barro para enseñar un culo triste y anónimo a los curiosos.
A partir de ahí, no importa demasiado si Amaiur tiene grupo parlamentario propio, si el PSOE renueva a Rubalcaba o se echa al monte bajo, con hierbas aromáticas; o si Gallardón es ministro de Defensa o se defiende en algún ministerio. Casi todo es irrelevante, de un tiempo viejo pero no tan antiguo en que discutíamos sobre la fusión de La Sexta, la edad correcta de jubilación o la conveniencia de tener una universidad en el pueblo.
Básicamente, hay un antagonismo ya irremediable entre los ideales, las costumbres, los derechos, los privilegios y las aspiraciones y una realidad compuesta de una combinación endémica de burbujas: el aire de la que explota infla otra, que a su vez procrea una más en una cadena vírica que no tiene remedio.
Casi resulta entrañable, en su irresponsable infantilismo, seguir creyendo que un partido defiende el Estado Bienestar y otro no cree en él, como si estuviera en manos de alguno cuadrar una cuenta tan insondable como el Teorema de Goldbach, un sudoku del alma que martirizó durante décadas a los mejores matemáticos.
Tal vez haya un remedio. Decir la verdad. No discutir, desde un sofá o en la calle, la certeza de que el único antídoto es borrar la memoria de recuerdos recientes, abandonar el conservadurismo atroz que sustenta los mensajes presuntamente progresistas y empezar a cuadrar como sea la única cuenta que está en manos del Gobierno: no gastar mucho más de lo que se ingresa y gastarlo en lo importante.
Es probable que, hecha esa operación con dignidad, sigamos estando muertos: el dinero virtual que ha transformado la economía real en un puesto de pipas sepultado en una pirámide ficticia de euros, dólares y valores puede ser bien capaz de arramblar con la ejemplar aritmética cotidiana.
Pero si hay una esperanza, ésta pasa por dejar de creer en los Reyes Magos y en el averno y comenzar una intensa quimioterapia sin demasiada demagogia. Rajoy no es Churchill, pero su discurso de investidura se ha parecido bastante al "sangre, sudor y lágrimas" que prometió el premier británico para responder con emociones a los misiles de Hitler.
Luego perdió sus Elecciones Generales, pero ganó la guerra: si alguien sigue pensando que esto va aún de oponerse a una reforma laboral, quejarse por el control del gasto sanitario o discutir sobre los puentes festivos, tal vez perdamos la última oportunidad de resucitar de entre las tinieblas.
Como estamos muertos, no se lo pongamos demasiado fácil a Caronte, que ya ha atracado su barca en esta laguna Estigia de gloriosos esqueletos, inasequibles al desaliento y convencidos de que aún tiene sentido discutir por cómo les queda la ropa.
Hubo un tiempo en que a Tomás Gómezno le importaban las Primarias ni la tutela de Ferraz: en concreto cuando llegó a la secretaría general del PSM impulsado por Zapatero y, después, una parte de su partido no lo veía como candidato. Todo lo barnizó con un impecable ejercicio de democracia interna con truco, pues aunque él metió el penalty con su propio pie, el árbitro había quitado previamente al portero, ensanchado la portería, eliminado al ariete titular y adaptado para la ocasión las reglas del juego.
Las convicciones democráticas oscilantes son, a menudo, más peligrosas que la ausencia de ellas. Como también lo es disipar unos principios razonables que exponer claramente otros equivocados: Gómez, que ha perdido hasta la merecida condición de gran alcalde al sobrevenir el monumental pufo que escondía su presunta genialidad en Parla, toca todos esos mimbres para componer un autoretrato con la técnica de Kandinsky: se modifica constantemente lo que se es y se piensa para hacer ver que una simple mancha redonda u octogonal dice más que uan figura humana.
En ese viaje, que Gómez recorre con una habilidad encomiable, su apuesta por Chacón es en realidad una cuestión de supervivencia camuflada en un hipócrita discurso de renovación: la designación precipitada de la ministra de Defensa, a quien se conocen virtudes involuntarias como ser mujer o catalana pero es más difícil encontrar otras de índole política, agotaría en un solo paso todo el camino que debe recorrer antes el PSOE para volver a tener un lugar bajo el sol.
El Estudio de Color en Cuadrados de Kandinsky, una prueba visual indispensable
Pero a él le garantizaría un espacio propio renuente a la prueba del algodón que sus propios resultados le obligan a pasar: cosechar el peor escrutinio de la historia del PSM le transforma a uno en un pato cojo antes que en un mirlo blanco, por mucho que el afectado se ufane en emular al campesino que culpa al cielo de la falta de lluvias sin reparar en que no echó semillas en la siembra.
El PSOE tiene un problema, muy serio, de discurso, de relato de la vida, de propuestas concretas para replicar a los desafíos del momento; que no se arreglan declamando poesía ni presumiendo de principios: en cada soflama bienintencionada de Gómez hay antes un autohomenaje que una solución y un engaño que un error si se coteja la grandilocuencia melíflua de su retórica con el estropicio en la estadística global del país o los efectos concretos de su gestión allá donde ha tenido ocasión de demostrarlos.
No entender esto, empezar por el final apostando por la cosmética de una cara seminueva y semitodo cuando hace falta cirugía intensiva, equivale a frustrar la regeneración antes de que comience siquiera.
Frente al artero juego de Tomás Gómez, que sólo tendría un pase si él mismo se inmolara como prueba de vida de su discurso, aparece Rubalcaba como única alternativa para que el PSOE tenga siquiera una oportunidad de latir de nuevo, por el bien de una España que descubrirá una mala oposición en la calle si no tiene una buena en el Parlamento: sólo él, viceperpetrador de casi todos los desmanes de la última legislatura socialista, puede quedarse el tiempo suficiente, y ni un minuto más, para que el pollo o la rosa no corran por ahí sin cabeza, sin faldas y a lo loco.
No hace falta que algo sea ilegal para que sea inmoral y, en la misma medida, no basta con que acabe siendo legal para que se convierta en ético. Tal vez un juez considere algun día que las actividades de Urdangarín son irreprochables con la ley en la mano, pero esa conclusión no disipará nunca el profundo hedor que le rodea y la inconveniencia de sus andanzas: eligió la Administración como cliente exclusivo consciente de la facilidad de trato, la generosidad de los contratos y la facilidad de pago que iba a encontrar por ser el yerno del Rey. Basta con repasar la nómina de servicios para concluir que, a una empresa de verdad, con unos objetivos reales, no le vendió ni un lapicero.
A José Bono, o a José Blanco, les han buscado las cosquillas con razón y sin ella, a menudo impulsados en algunos medios por esa máxina tan poco periodística de "no dejes que la realidad te estropee una buena soflama". Pero aunque, una vez más, nada ilegal hubiera en el origen de su fortuna, lo objetivo es que no la tenían antes de dedicarse a la política y la van a abandonar dejando atrás un paisaje antagónico al suyo.
El aún presidente del Congreso de los Diputados, ex ministro de Defensa y ex presidente de su tierra durante dos décadas; disfrutará de una vejez dorada con un patrimonio formidable y una combinación de ahorros, participaciones empresariales y seguros privados que ha ido acumulando mientras ejercía sus funciones públicas con un resultado digamos discreto: en Castilla-La Mancha él y Barreda dejan un paro superior a la media española, una deuda de7.000 millones de euros, un déficit del 5% y una educación maltrecha según los indicadores más imparciales.
Y el todavía ministro de Fomento, más allá de su incierto futuro judicial, ha conseguido en los mismos ocho años de hundimiento económico del país al que servía un progreso personal magnífico: vive en un bonito chalet en las cercanías de la sierra madrileña, veranea en un ático soberbio a la orilla de la bella ría de Arosa, sus hijos pueden estudiar en un magnífico colegio privado donde se enseña inglés mejor que en el bilingüe público contiguo a casa y goza, en términos de ahorro, pensión y salario, de un confort estable fruto de su paso por el Congreso.
Puede no haber un delito, pero es difícil no sentir una mezcla de indignación y bochorno al cotejar lo que han dejado y lo que han logrado al pasar por la función pública. Debería de ser al revés. Ya añado dos huevos duros, o la gallina entera, a quienes echen de menos a Camps en la lista.
En Texas ejecutan a discapacitados, quién no lo es, en una silla eléctrica o con una inyección letal. También es perfectamente legal.
En España hay 9.000 gasolineras, y buena parte de ellas son hipermercados abiertos 24 horas al día: venden pan, tabaco, café y prensa; y en una muestra nada desdeñable de ellas se puede hacer la compra y adquirir un libro, disco, película, juego para la consola o juguete de lunes a domingo hasta al menos medianoche.
El 80% de las estaciones pertenece a Repsol o Cepsa, básicamente, dos empresas cuya cuenta de resultados y beneficio no deja de subir en cualquier contexto: la primera ganó 4.700 millones de euros en 2010, último ejercicio cerrado; y la segunda se quedó en unos más modestos pero nada despreciables 400 millones de euros que este año espera duplicar.
En ese mismo tiempo, el combustible ha subido como nunca, apremiado por factores internacionales, políticos y técnicos que no resuelven una pregunta muy mundana: ¿Cómo es posible que bajen los ingresos familiares y suban tanto las tarifas del combustible y la luz, dos sectores regulados por el Gobierno en los que operan las empresas más rentables?
Un último dato. El incremento de los precios y la ampliación de la explotación comercial en las estaciones ha ido acompañado de una reducción del servicio y una sobreexplotación aparente del exiguo personal: hace nada se repostaba sin bajarse del coche; hoy es muy normal hacer tres viajes, dos colas y mancharse para obtener el mismo resultado al doble de precio. Y donde había antes un ejército de empleados, hoy a menudo subsiste un trabajador desbordado que hace pan en un microondas, busca el suplemento del periódico en el almacén, abre el surtidor al camionero, cambia fichas para el lavado, pone un café con cruasán y canjea los puntos de la tarjeta del club del consumidor correspondiente. Pero en España hay un 50% de paro juvenil.
El sector de la banca, las finanzas, la energía o el petróleo apenas crea el 5% del trabajo, con una cobertura del Gobierno que protege y estimula su actividad comercial –nada de lo que hagan ni dejen de hacer carece del permiso oportuno por acción u omisión- o, si salen mal las cosas, acude en su rescate: desde el comienzo de la crisis, la UE ha movilizado 1,6 billones de euros para ayudar sólo al sector bancario.
En ese tiempo, la economía real (esas Pymes que en España generan el 70% del empleo y los ingresos fiscales y soportan el estigma analfabeto que se vierte contra todo emprendedor) apenas obtuvo 65.000 millones.
En contra de la versión oficial, que apunta a la especulación evidente como origen de todos los males y presenta a la política como una víctima más de la ola desreguladora, la concatenación de todos los datos anteriores ofrece una lectura más vergonzante de los hechos: todas las andanzas de los mercados financieros –o de las petroleras- son muy ciertas; pero en todas también fue imprescindible la complicidad del inmenso, costoso y bien pertrechado aparato del Estado: Lehman Brothers, o la Caja de Castilla de La Mancha, sólo pudieron hacer lo que hicieron porque premeditadamente se lo consistieron, conculcando u obviando leyes cuya existencia justificaba el formidable gasto público en crear herramientas que, llegado ese momento, miraron para otro lado.
El voluntarista ingenuo que aún crea que la culpa es del mercado, metiendo en ese saco a actores tan distintos como el escualo de Wall Street o al pequeño empresario de Alcalá de Henares; seguramente necesitará una última prueba para entender de una vez hasta qué punto tiene más culpa en policía laxo que el ladrón voraz: ¿Por qué?
Encontrar la pregunta no reviste especial dificultad: mientras usted se echa la gasolina más cara de la historia y recibe tal vez el gesto desdeñoso del desbordado operario, las cajas de ahorro mantienen a 5.000 políticos y sindicalistas en sus Consejos y las grandes responsables de la crisis (ésas que suben precios, provocan pérdidas, no generan empleo y al final son salvadas) siempre son agradecidas con quienes deben serlo.
No tienen más que repasar, aterrados, dónde acaban trabajando los custodios de la decencia pública con una retribución de entre 120.000 y 700.000 euros a cambio de estampar una firma de cuando en cuando:
Felipe González en Gas Natural. Aznar, Roca o De Guindos en Endesa. Boyer y Atienza en Red Eléctrica. Pedro Solbes en Enel. Josu Jon Imaz en Petronor. Carmen Becerril (ex directora general de Política Energética), Javier Solana y Pío Cabanillas en Acciona. Manuel Marín en Iberdrola. Virgilio Zapatero en Bankia…. Y una larga lista de dirigentes políticos de todos los colores y en todos los sectores tóxicos cuya única relación profesional con el gremio que ahora les recicla pagando en oro es incontestable: siempre tomaron las decisiones que beneficiaban a sus mecenas y nunca evitaron un problema a quienes entonces les pagaban el sillón y ahora soportan la factura.
La estampa de José Blanco en una gasolinera de pedanía no es, en fin, nada casual: sólo se dejó pillar donde otros se manejan con más decoro estético en idénticos lances.
Posdata. Claro que hay que hacer recortes y claro que hay que trabajar hasta los 67 años. Y tal vez algo más. La cuestión es dónde y para qué. No perdamos mucho tiempo en escuchar a la sobrevenida policía moral del Estado de Bienestar, que tras cargárselo con su insolvencia pretende pasar por su principal adalid. Y tampoco en quien, al calor del drama, pretenda reducirlo sin eliminar primero la grasa del Estado: hablamos de 50.000 millones de euros al año. Ahí está la cifra.
Posdata 2. Otro mito es atribuirle un comportamiento humano a la prima de riesgo y cargarle un perfil psicológico cercano a la psicopatía. En realidad, es bien predecible: sube mucho cuando pide un crédito alguien que no puede pagarlo fácilmente. Y baja cuando sí puede hacerlo. Esto es, cuando equilibra lo que ingresa y lo que gasta. Cualquier amo de casa lo sabe: al parecer ningún gobernante está en ese minusvalorado gremio.
Posdata3. Un último apunte. El epítome del cinismo se dispara como el Dow Jones de los buenos tiempos: los mismos que negaban la crisis se ponen ahora al frente de la denuncia de los desperfectos, como si aquello fuera una tormenta inevitable pero esto de los recortes fuese un acto de maldad.
Y buscan un culpable verosímil para seguir tapando a los autores materiales de los hechos, todos los gobernantes con algo de poder: mientras en Estados Unidos despellejan a presidentes y filman películas de terror como Inside Job, aquí nos salen Sampedros y Punsetes definiendo el delito pero escondiendo al criminal, elegido a más inri por sus propias víctimas.
Ni aunque el célebre Instituto Noos no hubiera cometido ilegalidad alguna, la catadura de Iñaki Urdangarín sería mucho más defendible. El mero hecho de concentrar toda su actividad en la Administración, desde Palma hasta Alcalá pasando por Mataró, ya denota un uso inaceptable de su condición de infante consorte para obtener una beneficio que de otro modo jamás alcanzaría.
Las tarifas de cada trabajo, a razón de hasta 69.000 euros por folio de obviedades, confirman el abuso y obligan a la Casa Real a algo más que a desmarcarse de las presuntas andanzas del un individuo que no ha dejado de ponerse las botas tras colgarlas.
Colgó las botas, pero es probable que no dejara de ponérselas
Todos somos iguales ante la ley, se supone, pero unos más que otros: si eres consejero delegado de un Banco o yerno del Rey, es probable que la implacable ciega de la balanza se transforme en una hermanita de la caridad sorda y muda que silba fados mientras estos individuos ganan la medalla de oro en la Olimpiada del bochorno.
No se trata de tomar la Bastilla, sino de frenar al listillo.
Posdata. No llega a caballo, pero se queda en Borrego: el ex alcalde del PP en Villalbilla, con tal apellido, envió 413 mensajes de SMS desde un teléfono pagado por el Ayuntamiento para concursar en el sorteo de un Porsche.
La horterada sólo es superada por la desfachatez. Pero conviene recordar que a este sujeto le sostuvo, durante casi cuatro años, el ya ex secretario general de los populares madrileños, Francisco Granados. Y no será porque en ese tiempo no quedara constancia de que este peculiar homínido no valía pero balaba.
Hay 330.000 personas en el País Vasco a quienes les parece suficiente haber dejado de matar para votar a la lista que, hasta ayer, no estaba en desacuerdo con ese lenguaje político. En realidad, creo, la ecuación es al revés: como hay tanta gente en Euskadi dispuesta a votar a Batasuna, existe ETA. Más que un problema político, policial o judicial, asistimos a una cuestión estrictamente ética: cuando han callado las armas, esas decenas de miles de patriotas han castigado a quienes recibían las balas, empezando por el tierno, ingenuo y estupendo lehendakari. La réplica incide en el problema patológico de esa sociedad tan enferma: "No conocen la realidad del País Vasco", insisten desde el diván.
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El PP aportará más mujeres que nadie al Parlamento, 66 sobre 186, un 35.4%. El PSOE le gana con 42 de 110, pero su porcentaje del 38,1% no se acerca ni de lejos a la paridad impuesta por ley a los demás. IU y Amaiur, con su nombre de laxante, también se quedan muy por debajo de los populares, con un 27,1% y un 14% de féminas en el hemiciclo respectivamente, aunque la coalición puede alegar con cierta razón que sólo ha logrado colocar a sus cabezas de cartel: allá donde consiguió dos escaños, no faltó una mujer. Hay leyes que pueden ser muy estúpidas, pero sólo algunas elegidas son, además, el colmo de la hipocresía: en California te pueden multar por pasear con un pollo en la cabeza; en España el autor del engendro se pasea tan pancho con un corral.
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Los dos grandes partidos han ganado con una participación de entre el 70% y el 80%. Las cifras derriban el mito autocomplaciente del PSOE según el cual su electorado es más crítico y exigente que el del PP y tiende a quedarse en casa: la sublimación del propio es una sutil manera de vejar al ajeno que no se corresponde con la realidad. Ocurre algo más simple: casi siempre vota la misma gente, pero cada le resulta menos traumático ignorar al que no se lo merece. El votante de IU, UPyD o CiU se merece un poco más de respeto. Y el del PSOE, algo más de autocrítica de sus dirigentes, expertos en el fútil arte de escurrir el bulto para no bajarse del coche oficial.
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El sofismo ibérico seguirá dando grandes tardes de gloria: los mismos que insistían en exonerar al Gobierno de casi toda la responsabilidad, diluyéndolsa en una crisis global inasible, afinarán ahora en buscar responsabilidades del nuevo Ejecutivo. Y a Rajoy le costará menos reconocer, desaparecido Zapatero y adormecido Rubalcaba, que no todo era culpa del PSOE. Mientras, asistimos a un espectáculo muy patético: una parte del periodismo miraba a la prima de riesgo como si fuera una pepera infiltrada en la campaña electoral y ahora, con esa misma lógica ovina, esperan que se tape y se modere.
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El PSOE ha quedado convertido, temporalmente, en La parada de los monstruos, sin la ternura del clásico de Tod Browning: todos quieren a la chica, y todos están convencidos de que su tara es inferior a la del resto de aspirantes. Pero no hay a oriente u occidente nadie que no sea enano, barbudo o tenga dos cabezas: mientras sigan pensando que es una cuestión de nombres, y no de procedimientos, propuestas y relato de la vida; el público del circo se reirá y aterrará por igual de Gómez, Rubalcaba, Blanco, Chacón o hasta el pobre Patxi. Si no son los freaks, al menos llegan a Los Otros: aún no saben que están muertos.
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No es verdad que al PSOE se le haya llevado por delante la crisis y que al PP le haya impulsado la sensación colectiva de que, en dos patadas, lo va a arreglar todo. A los socialistas les arrasó la certeza de que eran incapaces de responder al desafío con solvencia: cuando hay una gotera, se prefiere al fontanero. Y al llamar al PSOE, enviaron cuatro poetas que encima no sabían rimar.
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De hasta qué punto la única solución que tiene el PSOE es liberar al partido de la casposa élite que lo tiene secuestrado, para que su fantástica base social decida qué hace con él, da cuenta una imagen abracadabrante: el líder del PSM exige un “punto y aparte” a Rubalcaba por un resultado electoral idéntico al suyo. Ambos sacaron un 26% y ambos se resisten a asumir que el problema son ellos. Más madera.
Todos los excesos, errores, falsedades y miserias que ha encarnado el PSOE en los últimos años, preso de una arrogante sensación de superioridad moral que pretendía convertir los errores propios en fenómenos meteorológicos y compensar la ausencia de medidas concretas con una batería de soflamas sentimentales; quedaron en evidencia nada más confirmarse la derrota con una inaudita comparecencia del candidato caído, Alfredo P. Rubalcaba.
Lejos de expresar alguna autocrítica, reconocer la insolvencia de la élite socialista, asumir la necesidad de una catarsis y quitarse de en medio asumiendo que ahora les toca a los militantes y a los simpatizantes del PSOE decidir qué se hace con su partido; Rubalcaba se limitó a declarar la guerra a todo aquel que piense algo similar apostando por un Congreso Ordinario: esto es, por dejar para otro día toda revolución e intentar, en el camino, quedarse con el chiringuito a pachas con la familia propia.
Y no mucho mejor es la alternativa interna: ni Chacón ni Gómez ni ninguno de los barones regionales tuvo a bien exigir un tiempo nuevo, demostrando que les une mucho más a Rubalcaba o Blanco que a esos siete millones de votantes que probablemente hubieran querido escuchar otro discurso de todos.
El epílogo socialista es, en fin, la mejor demostración de que cómo ha sido el prólogo, una combinación de incompetencia y demagogia recubierta por un mensaje autocomplaciente sobre los supuestos valores propios, completado con una criminalización del rival tan infantil como incompatible con los hechos: si de verdad Rajoy tiene un “programa oculto”, sólo lo podrá ejecutar con esa herramienta de control obligatorio del déficit incluida en la Constitución... por el PSOE.
Los españoles parecen haber gritado ‘basta’ a esa arrogancia inane y, a la vez, chillado ‘adelante’ al único que parecía dispuesto a cortar por lo sano: tal vez Rajoy no suscite emociones, pero es el único que ha lanzado un mensaje comprensible para el ciudadano, por mucho que los socialistas se hayan empeñado en negarlo: “Recortaré en todo menos en educación, sanidad y asuntos sociales”.
Al presidente in péctore no le han elegido, en fin, para desdecirse de ese mensaje, sino para confirmarlo con la mayor rapidez y vigor posibles. Y de repente, todas las cantinelas sobre el futuro de la educación o la sanidad públicas, entonadas con fines gremiales antes que colectivos, han quedado sepultados por una maza de votos como se recordaba desde 1982.
Lo que se ha derrotado es una manera de entender la política al margen de los datos, las cifras, los recursos y las posibilidades. Lo que se ha derrotado es el maniqueísmo cutre de quien da por supuesta su razón y autoridad por el mero hecho de portar una rosa en el pecho. Lo que se ha derrotado es esa suicida tendencia del PSOE a intentar que el viento sople donde él pone la vela en lugar de poner la vela donde sopla el viento, como pedía Machado. Y lo que se ha derrotado, por último, es un sistema institucional sustentado en la confusión entre el Estado de Bienestar y el Bienestar del Estado.
Lo que probablemente han dicho los ciudadanos con su voto es que están dispuestos a aceptar sacrificios, pero a cambio piden que la Administración, los partidos , las patronales, las universidades, las televisiones y todo ese circuito oficial de canonjías se aprieten el cinturón o directamente desaparezcan.
Si Rajoy es inteligente, renunciará a esa absurda cruzada moral que una parte de su partido espera -el matrimonio gay, el papel de la Iglesia en la escuela, la anulación de Educación para la Ciudadanía- y centrará su agenda en reformar la Administración para que los recursos y la financiación corran de nuevo por las obstruídas venas de la economía real española; en promulgar un mercado laboral distinto y una negociación colectiva antagónica a la actual y, en definitiva, en combatir la miríada de mitos y leyendas que nos han convertido en el país del paro.
Y si lo hace así, no hay duda de que la crisis remitirá: en España hay recursos para crecer si se adapta una máxima aplicada ya por cualquier tendero. No gastar más de lo que se tiene, y gastarlo en lo verdaderamente necesario.
La legislatura comenzó con una promesa de pleno empleo para esconder una crisis algo más que incipiente y termina con el protagonista de tal ficción escondido por sus propios compañeros. El contraste entre el epílogo y el desenlace es de una dimensión tal que sólo habría un antídoto para paliar los estragos en el PSOE: haber emulado a los socialistas franceses, entregando la elección de su candidato y sus dirigentes no sólo a los militantes, sino también a los simpatizantes demostrados. Esto es, someterse a una voluntaria eutanasia purgadora que pudiera inducir una catarsis interna y, al menos, ofrecer un producto nuevo y sincero a los electores.
Desde el momento en el que se optó por todo lo contrario, situando a un Rubalcaba que a los errores cometidos como vicepresidente cómplice le añade ahora la hipocresía de distanciarse de todos ellos; el PSOE escribió su epitafio electoral con muy poco altura de miras: tal vez con el modelo alternativo la derrota frente al PP hubiera sido casi la misma, pero sin duda la resaca sería sensiblemente inferior.
En este contexto, vamos a vivir lo más apasionante al día siguiente del 20-N, con las urnas cerradas, los votos recontados y cada cual en el sitio oportuno: en ese instante, sabremos al fin cómo quiere gestionar Rajoy una herencia envenenada y cómo va a digerir el PSOE el peor resultado de su historia, agravado por la proliferación de movimientos sociales a la izquierda que ya no admiten tutelas y la consolidación de siglas nuevas o veteranas que en adelante le disputarán siempre su presunto electorado fiel: UPyD, Equo o IU están para quedarse, y lo harán casi siempre a costa de un PSOE que por primera vez puede perder su condición de alternativa hegemónica.
El mismo cinismo de Rubalcaba en estos días, tan lógico desde un punto de vista electoral como inane desde una perspectiva política e intelectual a medio plazo, resume el preámbulo dantesco del cuatrienio reciente y presagia un arranque de legislatura terrible para el probable sucesor de Zapatero en las filas del PP: los mismos que negaron la crisis y callaron después por los recortes apresurados del PSOE se olvidarán de la primera y se escandalizarán con los segundos cuando Rajoy proceda con una herramienta vinculante impuesta por los socialistas a través de una reforma constitucional.
Como ése va a ser el panorama político, agravado por una protesta en la calle que mezclará la legítima indignación de los ciudadanos con la hipócrita reacción de los sindicatos y como nada va a cambiar en el casquivano comportamiento de la prima de riesgo y en la especulación de los mercados (tan humanos ellos al no prestar a quien no puede pagar o hacerlo en unas condiciones salvajes), al PP no le va a quedar más remedio que remar a tope con el viento en contra, los tiburones saltando a cubierta y un horizonte gris tras el cual no se visionará tierra con facilidad.
No le falta algo de razón a quien piense que, tras cuatro años tocando la lira, optando por la pose de perfil típica de quien no necesita decir nada para que su rival se estrelle solo, Rajoy se ha ganado a pulso disponer de poco plazo y ninguna ayuda para enfrentarse al apocalipsis. Pero si esto es así, tampoco estarán muy equivocados quienes piensen que su única alternativa es, ya puestos, hacer lo que tenga que hacer muy rápido y con mucha intensidad para ganarse a medio plazo una cierta estabilidad hoy casi imposible.
Y quienes se quejen de esa mano dura, tal vez debieran dedicar unos segundos a pensar si, de verdad, tenemos alternativa: mientras algunos siguen pensando que podemos atar los perros con longaniza si el domador es un buen tipo, todos los datos económicos atestiguan que no tenemos ya ni para adquirir las modestas bolsitas con las que recoger toda la mierda que cada día vemos en las aceras de toda España, cortesía del mismo cánido que muerde tanto como ladra.
Rubalcaba. Casi todo es opinable, pero los datos son un frío antídoto para la demagogia. Que es el recurso inevitable de quien, viendo la derrota, sólo aspira a sobrevivirse a sí mismo en el PSOE: se renuncia al centro, ese espacio de aparente concordia indispensable para optar a gobernar, a cambio de movilizar el número de votos necesario con el que comprarse un colchón. Rubalcaba no puede ganar, pero quiere seguir al frente de su partido y ha optado por apelar a la epidermis a costa del hipotálamo y todo ese compendio de órganos que conforman el raciocinio.
Pero eso le lleva a espectáculos dantescos: por ejemplo acusar al PP de querer recortar el Estado de Bienestar tras haberle pedido ayuda para comprar la herramienta imprescindible para hacerlo: esa reciente reforma de la Constitución que pone un tope a la deuda y el déficit. Con el sello del mismo PSOE que, tras disparar, acusa al de enfrente de ser un peligroso francotirador.
Esa misma hipocresía no exenta de un cuajo a prueba de bombas se percibe en el propietario del principal tambor de la política madrileña: hace falta tenerlos muy cuadrados, como Tomás Gómez, para presentarse como garante de un futuro social espléndido cuando en su pasado, lo único medible, sólo aparecen cadáveres: frente a su discurso apocalíptico y salvador, prevalece el inmenso pufo de Parla, el despido de los trabajadores del Ayuntamiento y la quiebra del emblemático Metro. Es como Tarzán dando clases de dialéctica a Séneca.
Rajoy. Las tonterías engoladas que Rubalcaba soflama para movilizar al extremo sureño de su electorado, Rajoy las calla o apenas sugiere para no perder a su estribor más a estribor: su absurdo empecinamiento en situar en el limbo constitucional el matrimonio gay es la cruz de la misma moneda que su rival lanza al aire, pero uno se esconde y el otro hace todo el ruido que puede. Comparten moraleja: ambos tienen una parte de su clientela que sólo quiere carne cruda, por mucho que a los dos, seguramente, les guste más la dieta mediterránea.
En La Noria, los anunciantes se retiran cuando la hiel o la hez desbordan el orinal: aquí parece que un tipo muy concreto de espónsor, con su papeleta, sólo es capaz de acercarse a la urna si le rebuznan primero como un genuino pollino ibérico.
Las víctimas. No puede ser que cada avance en la derrota de ETA, que sólo ha dejado de matar por temor a la eutanasia, se presente como una agresión a las víctimas por quienes se arrogan la exclusiva de su causa. Más que apoyarlas, con ese discurso absurdo e incompatible con las evidencias, las infravaloran: lo que hay que decirles es que esta paz, inducida más que ética pero en todo caso definitiva, la han conseguido ellas. Y si luego se comete una indignidad pervirtiendo la justicia por razones tácticas, ya se montará el oportuno pollo.
Si algo legitima el deleznable discurso de Felipe González en Dos Hermanas o alimenta el desesperado intento de amortización electoral del fin del terrorismo que en las últimas 48 horas perpetran Rubalcaba, Jáuregui o Patxi López es la desbocada defensa de las víctimas de quienes, en realidad, más las humillan: les dicen que la paz se orina en sus muertos, cuando en realidad su ceniza es el ejemplar abono que ha silenciado las armas.
1.- Los debates deben ser un derecho para los ciudadanos y una obligación para los políticos. A la hora de la verdad, sólo los pide quien va a perder. Ni el PSOE ni el PP los han incluido en la Ley Electoral a la hora de la verdad. Esta reforma, las listas abiertas, las primarias y la paricipación de simpatizantes en la vida de los partidos; son básicas para perfeccionar la democracia. Pero cercenan el monopolio de los politburós de cada siglas.
2.- Gano Rajoy porque no podía perder. Con medio debate centrado en la Economía, sólo tenía que evitar que el otro medio le sirviera a Rubalcaba para presentarle como un ejemplo de la peligrosa derechona. Y lo evitó. El aspirante socialista pareció más un periodista incómodo haciendo preguntas punzantes que una alternativa de Gobierno.
3.- En términos futbolísticos, Rubalcaba fue un Atleti con pundonor y Rajoy un Real Madrid de lunes: el primero dejó una sensación agradable a su hinchada pese a la derrota; el segundo ejerció de ganador sin bajarse demasiado del autobús y rechazando la pugna en el barro, donde siempre hay lesiones.
4.- La sensación es que uno hizo todo lo que pudo y el otro sólo lo que necesitó: el probable perdedor del 20-N fue al ataque, con cabeza y como pollo sin ella; el previsible ganador se limitó a ponerse de perfil. Y avaló con ello el sainete que pesa sobre él: nunca se sabe del todo qué piensa ni qué va a hacer.
5.- El mantra de Rubalcaba con los servicios públicos, ensayado en la Comunidad de Madrid, no sirve para ganar elecciones, pero sí para movilizar a una parte del electorado. Presentarse como única garantía de la supervivencia de la Educación y Sanidad públicas (una ligereza política) es una renuncia a ganar las elecciones; pero una invitación a que muchos no se queden en casa.
6.- Desde un punto de vista escénico, ninguno de los dos aspirantes estuvo a gran altura: Rajoy lee de más, guiña mucho los ojos, sesea y pone constantes caras de espectador de una película de Antonio Ozores. Rubalcaba no para de moverse, gesticula e interrumpe demasiado y mueve la cabeza constantemente. Ambos mejoran cuando son escuchados: pero verlos es una dura prueba.
7.- Tras el debate, casi todo sigue igual. Es la última prueba de quién lo ganó, aunque ninguno lo perdió estrictamente.
Rubalcaba está atrapado por una doble realidad y busca una musa etérea, como la del escritor Martín Frost en la única película de Paul Auster, para compensar las evidencias: él ya estaba allí cuando todo ocurrió y ante el cataclismo su Gobierno declamaba poesía; cada día aparece un nuevo cadáver en ese caso abierto que es la crisis y, por último, ha participado activamente en evitar algunas de las medidas que ahora intenta convertir en la banda sonora del votante alicaído.
El candidato del PSOE, pues, sólo tiene un argumento, tan evanescente como su largo prólogo a la vera de Zapatero o, para los memoriados, a la del otoñal González de la otra crisis en los 90: la Fe. Un socialista apelando a las creencias del gentío ante la falta de argumentos. Una reedición de esa política epidérmica que ha tratado durante tantos años de sustituir la acción genuina de un Gobierno solvente por la mera movilización anímica de sus clientes: más que cuadrar las cuentas, el PSOE reciente ha concentrado sus energías en tararear melodías de seducción con una flauta de encantador de serpientes. Que siempre terminan mordiendo cuando dejas de soplar o llega el hambre.
Frente a quienes critican la campaña de Rubalcaba, cabe decir en su defensa que no podía hacer otra: es tal el peso de su mochila, que sólo apelando a los cielos puede compensarse las mundanas e inmundas realidades percibidas por el colectivo. El 'Ojalá' de la plataforma de atrevidos o el 'Pelea por lo que quieres' son salmos vacuos pero inevitables para tratar de movilizar un sentimiento religioso: se pide creer en lo que no se ve, buscando un milagro marxista. No crea usted en lo que ven sus ojos, desoiga el ruido del estómago y pelee consigo mismo. Si no gana, sería un espléndido embajador en la Santa Sede.
Posdata. En esta campaña ecuménica, también se quiere ver en Rajoy propiedades curativas milagrosas. Ni aunque rece a todo el santoral, el candidato del PP va a ser más alto, guapo y logopédicamente perfecto que hace cuatro años. Y no, no podrá emular a Cristo multiplicando empleo y panes.
La deuda privada en España es muy superior a la pública y, de largo, mayor que en Europa, aunque lo importante es el déficit, aquí desbocado: es más difícil que un trabajador medio atienda una hipoteca de 200.000 euros con un salario de 2.000, por ejemplo, que Cristiano Ronaldo devuelva un crédito de 5 millones de euros ganando veinte al año. No es tan importante lo que debes, sino cuánto supone eso en tus ingresos y cuál es tu riesgo real de impago.
Por eso la deuda pública, combinada con el déficit, es la más grave. De la privada sabemos que es mayor, pero también que será siempre pagada por el deudor de una manera u otra: perdiendo la casa sin por ello dejar de deber la hipoteca; trabajando más años para sostener la Seguridad Social; pagando más impuestos directos e indirectos o incluso –toquemos madera, no parece que pueda ocurrir- prescindiendo de los ahorros depositados en el banco.
Las tres administraciones deben 258.000 millones de euros a los bancos, que a su vez se los han prestado sin exigir las garantías que al mediano empresario y al moliente trabajador les impone, en un acuerdo moralmente vergonzoso, económicamente inviable pero de una aplastante lógica criminal: ambos se necesitan, y ambos se ayudarán siempre de un modo u otro.
La inevitable aunque hiriente decisión de la UE de exigir la recapitalización de los bancos y depreciar la deuda española atestigua quién va a pagar el banquete concelebrado a pachas por botines y zapateros, montillas y gonzález, camps y ratos, gallardones y pepiños.
Sí, el camarero que lo servía, sin catarlo, con su nómina; o alguna de las tres millones de pymes que en este país jamás reciben ayudas, aunque generan el 70% del empleo y los ingresos del Estado, y reciben como estímulo las invectivas analfabetas que debieran dirigirse, en exclusiva, a ese tipo de oligopolios bancarios, energéticos o inmobiliarios irrelevantes a efectos de empleo, ayudados sistémicamente por la política y muy agradecidos a posteriori en sus Consejos de Administración.
Esa formidable deuda no ha ido a sostener el Estado de Bienestar, único atenuante que cabría esgrimir para tratar a duras penas de justificar la ludopatía derrochadora: desde las pensiones hasta la educación, la sanidad, la atención social, la seguridad o las infraestructuras se pagan directamente con las cotizaciones a la Seguridad Social de las rentas de trabajo y el impuesto de sociedades y la variada gama de imposiciones fiscales que perpetran las tres administraciones, no tanto para garantizar una inversión productiva cuanto para sostener un gasto en sí mismas apabullante.
En otras palabras, cobrar una jubilación, acudir al médico, conducir por una autovía decente o tener una plaza en el instituto no son graciosas concesiones de ningún demócrata convencido, sino meras amortizaciones en servicios del esfuerzo personal de cada uno, con un límite: aunque la retórica progresista insista en lavar la sangre de sus homicidios sociales asegurando que sin ellos todo caerá; y a pesar de que su antagónica lectura conservadora es incapaz de simular su querencia privatizadora; lo cierto es que la calidad del Bienestar sólo depende de lo que podamos poner en la hucha colectiva y de cómo lo gaste luego el dueño del cerdito.
Si ahora trabajamos poco más de 17 millones de personas pero somos otros treinta más (tal vez cincuenta si se difieren deuda y déficit a futuro); no valdrá con alardear de principios ni con entonar el cuento de Pedro y el Lobo para llenar de filetes la nevera apelando al evidente derecho a comer, tan cierto como imposible de cubrir declamando poesías.
Esos 258.000 millones que ahora amenazan a la Banca, estrangulan al Estado y condenan a la sociedad civil son consecuencia de los 50.000 millones perdidos cada año en esa variada, inútil, corrupta, costosa, paniaguada y obscena concatenación de adefesios institucionales que adornan cada ministerio, cada comunidad, cada universidad y cada ayuntamiento de chiringos perfectamente prescindibles, creados para saquear el erario público en nombre de elevados fines que se olvidan al segundo de colocar en ellos a la cuota política o sindical oportuna.
Y son también un efecto de la devastadora improductividad de la Administración, cifrada en 35.000 millones de euros y jalonada de nuevo por una tupida red de obstáculos a la libertad, el impulso y los derechos de emprendedores y ciudadanos. Lo que ahora se paga son los brutales convenios colectivos en cada ayuntamiento y organismo de España, obscenos en la transformación en derecho del simple atraco privilegiado.
'Inside Job' es una memorable película de terror. Pero también una prueba de cargo para la política: lo sustantivo no es que los tiburones ejerzan de escualos, sino que los cuidadores del estanque se lo permitieran con toda premeditación
Lo que se paga también en la creación de una ingente maraña de televisiones públicas a la mayor gloria del padrino regional de turno que acumulan un billón de pesetas de deuda. Lo que ahora se paga es la alocada construcción de universidades inútiles, aeropuertos miserables, observatorios, embajadas y toda suerte de vergüenzas legalizadas para que cada reyezuelo provinciano tuviera su parque temático propio aunque no se pueda volar desde España a Shangai o no haya un puerto marítimo capaz de albergar todo el tráfico que daría de comer a decenas de miles de familias por su condición estratégica de puerta de Europa, Asia, África y América.
Lo que se paga, en fin, es la creación de necesidades artificiales a costa de obligaciones estructurales por esa nefanda componenda entre quienes prestan y quienes reciben para gastar en sí mismos: la coartada ideológica que se ha otorgado a semejante latrocinio, ha permitido en realidad que el abuso se sostenga invocando a la calidad de los servicios públicos desde las mismas voces que en realidad los empobrecían con sus legítimos pero insostenibles intereses gremiales, atendidos por una casta de políticos, sindicatos y patronales que en ese viaje se garantizaban también un silencio ante sus desmanes.
De igual modo que apelar a los mercados y las manos invisibles es una burda manera de esquivar la responsabilidad política (si hay algo intervenido y tutelado, con herramientas reguladoras capaces de frenar preventivamente cualquier desmán, son los sectores financiero, bancario, energético e inmobiliario y, al revés, si todos esos sectores han provocado este crack ha sido con el permiso por acción u omisión de las instituciones); invocar una crisis económica genérica para tapar las dolosas culpas es una ofensa a la inteligencia y los fríos datos: la gente ha hecho sus deberes, cumplido con sus obligaciones y en todo caso paga y pagará personalmente las consecuencias de sus errores, infortunios o excesos.
Quienes no lo hicieron, ejerciendo de zorra en el gallinero; quienes prefirieron elevar la edad de jubilación que cerrar Canal 9 o Telemadrid; quienes aceptaron sacrificar la calidad de los servicios públicos priorizando el estatus laboral sobre su rendimientos social y quienes empeñaron al país para sostener sus gastos superfluos han optado por una solución inevitable tal vez, pero miserable y ruinosa: pasar la factura al espectador, para que sufra él la resaca aunque no haya bebido ni servido una copa.
Jack el Destripador debería ir a la cárcel, pero aquí le permiten dar lecciones de anatomía, abroncar a su víctima y señalar a los despojos inocentes como responsables de su carnicería.
Posdata. Un mero listado de políticos que han acabado en empresas que o bien están detrás de la crisis gracias a la falta de vigilancia (que no de herramientas para hacerla) o bien se han beneficiado de decisiones políticas de las mismas personas que, al final, han acabado ganando mucho dinero con ellas. Nunca sobra repetirla, y pueden ampliarla:
Felipe González está en Gas Natural. José María Aznar en Endesa. Manuel Marín en Iberdrola. Virgilio Zapatero en Bankia. Eduardo Zaplana en Telefónica. Luis Atienza en Red Eléctrica. Rodolfo Martín Villa en Sogecable. Braulio Medel en Unicaja e Iberdrola. Javier de Paz en Telefónica y Mercasa. Pío Cabanillas en Acciona. Rodrigo Rato en Cajamadrid. Narcís Serra en Caixa Catalunya. José Antonio Ardanza en Euskaltel. Rafael Arias Salgado en Carrefour. Joan Piqué en Vueling. Josu Jon Imaz en Petronor. Miguel Barroso en La Sexta.
José María Izquierdo es un muy buen periodista que además escribe bien: parece una redundancia, pero se puede componer una espléndida melodía y tocar con torpeza el violín. E Iñaki Gabilondo es una de las dos o tres voces de la democracia en España: sólo afectado por ese tipo de resplandor que ciega en lugar de iluminar, se puede repudiar sectariamente a un icono transversal de un tiempo en el que dejó de haber bandos para empezar a haber meros rivales gracias, también, a tipos como él.
El uno ha escrito un librito que el otro ha presentado, una mera recopilación de frases tremebundas de lo que ambos, y los suyos, tildan de “caverna mediática” sin demasiado apego a Platón. Existe, y dice no pocas sandeces, alguna burrada y de cuando en cuando alguna verdad, pero en todo caso forma una reducida fauna que enriquece la democracia: algunos pensamos que el mundo es mejor si, además de gabilondos, hay losantos.
Con todo lo que está pasando, que se resume en una crisis global de dramáticas consecuencias humanas y económicas pero tiene una base y una solución básicamente intelectual; ambos han elegido convertirse en subalternos de un candidato amortizado para replicar al desafío del PP y aún más de la historia con un cortapega de gracietas de Pío Moa o Salvador Sostres, aplaudido por esa izquierda española, tan inane, que todo lo solventa tarareando a Serrat y consagrándose a una suerte de onanismo pseudoideológico superficial.
La izquierda cotidiana de este país lleva demasiados años ubicada en la poesía, repitiendo versos y estrofas de memoria que recrean un espléndido mundo mágico pero desatiende la realidad: si Gabilondo, o Izquierdo, querían participar activamente en su regeneración, bien podrían haber utilizado su talento, formación y visión de la vida en desmontarla un poco. En decirle a Zapatero y a su guardiaque la política no consiste, como decía Machado, en poner una vela y esperar que allí sople el viento; sino en poner la vela donde ya sopla el viento.
Podrían haber dicho, o decir, que no es progresista ni solidario convertir la financiación autonómica a la carta en una moneda de intercambio político a costa de consagrar la división de ciudadanos en función de su procedencia; que no lo es tampoco servirse de la memoria histórica para dejar luego a los mismos muertos en las mismas cunetas; que no lo es suscribir sin más el penoso discurso sindical sobre los servicios públicos sin afrontar un debate profundo sobre cómo garantizar su supervivencia y que no lo es, por citar un ejemplo entre cien más, adjudicar la culpa de la crisis a manos invisibles cuando hay un montón de caras reconocibles de la política que no hicieron bien su trabajo.
De todas las cosas que dos buenos periodistas podían haber hecho por el bien de sus creencias, han elegido la única que no hace justicia con su talento: limitarse a suscribir una visión epidérmica de la política (ésa que apela a los bajos instintos, apuesta por persuadir en lugar de por convencer), renunciar a todo discurso alternativo bien construido que necesariamente pasa por una crítica a esta izquierda y, finalmente, fijarse en una minoría folclórica para extender esa mancha al conjunto de un partido y sus votantes sin ser el bocaza Castro o el bocoy Pons.
Tanto oficio, tanto vivido, tanta experiencia y tanta sabiduría para al final limitarse a decir que César Vidal está gordo o que el gato al agua ya podría ahogarse. La izquierdita liviana, incapaz de asumir que todos sus problemas se limitan a uno solo: carece de un relato articulado decente, es incapaz de ser alternativa a sí misma y ha optado por entregarse a la soflama contra unos pocos y nada distinguidos soflamistas profesionales, damas de noche que florecen poco tiempo, bajo la luna, antes de morir sin que nadie las eche de menos. ¿Para eso hemos quedado, maestros?
Hay gente que siempre votará al PSOE, aunque ganara prometiendo a sabiendas lo contrario de lo que ha ocurrido y haciendo lo opuesto de lo anunciado: la fe no es patrimonio de los cielos, y aquí en la tierra mueve voluntades con encomiable resistencia a la realidad.
También la hay que vota al PP aunque su líder haga entrar a su país en una guerra absurda, con motivos falsos, que ya no sostiene ni su impulsor. O aunque su candidato, que vuelve a serlo, se descuelgue en la jornada de reflexión con una boutade sobre su convicción de que ETA y el 11-M están unidas que sólo tiene una justificación: aquellas horas eran para reflexionar, pero nada prohibía soltar una chorrada.
Ortega decía que España siempre fue un país de creencias antes que de ideas, y en ese perfil psicológico y educativo, antes que ideológico o cultural, se dirimen buena parte de las cuitas patrias, soflamadas siempre por altavoces convencidos de que la audiencia está en el ruido, en la distorsión, y no en la música.
Es probable, pues, que haya una parte de idiotas y otra de tontos de los cojones idéntica, con sus respectivos jefes de filas, y que nadie se ofenda: de hacer caso a Carlo Cipolla, autor del no refutado ensayo Las leyes de la estupidez humana, la probabilidad de que usted y yo seamos rematadamente cretinos es tan alta como la certeza de que no nos daremos cuenta.
Hay, tal vez, una manera de detectarlos: suelen infligir un daño enorme sin procurarse ganancia alguna. Y quizá un antídoto: basta con indignarse de igual manera con sus deyecciones, vayan envueltas en el esparto de unas siglas o el cartón de las otras.
Pedro Castro podrá seguir llamando “tontos de los cojones” a los votantes del PP, y González Pons “idiotas” a los del PSOE, pero apenas será un breve perfil autobiográfico de cada uno de ellos si nada más escucharles siente esa misma arcada necesaria para detectar, por ejemplo, un gobierno desastroso, sea cual sea, que dice representar tus creencias para evitar que tengas alguna idea propia.
Si sólo se enfada usted cuando el insulto es para los suyos, es harto probable que pertenezca al universo demoscópico utilizado con incontestable precisión por el también autor de Allegro ma non troppo.
1.- El abandono definitivo del asesinato es una espléndida noticia, sin matices: nadie puede sostener lo contrario sin incurrir en un contrasentido peligroso.
2.- El comunicado de ETA es una ofensa previsible que indigna por su lenguaje y deja entornada una puerta inquietante: aunque se parecen bastante, no es exactamente igual prescindir de las armas para siempre que disolverse y entregarlas. ETA no ha dicho todo lo que debía decir y lo que ha dicho viene envuelto en esa retórica deleznable de quien se siente un noble soldado en una digna batalla aunque sea un matarife.
3.- Sin Zapatero ni ETA sobre la mesa, urge un reciclaje en algunas trincheras mediáticas acostumbradas a inducir sus propias profecías para demostrar que eran ciertas.
4.- Con ETA rendida y a un mes de las Elecciones, Rubalcaba y el PSOE van a tener que cuidar mucho su tentación de amortizar electoralmente algo que es una alegría pero no un éxito, por falta de detalles y de consecuencias, y que de serlo es de todos y de nadie.
5.- Los discursos del presidente, de su posible sucesor en el PP y del probable jefe de la oposición a partir del 20-N sugieren un estimulante consenso previo de mínimos: nadie sacó los pies del tiesto, todos parecían enterados de lo que iba a ocurrir y todos antepusieron lo positivo del anuncio a la gestión política, judicial y legal de 51 años de terrorismo.
6.-En la misma medida en que Rubalcaba ha insistido en las últimas fechas sobre el inminente cese definitivo de la violencia, es razonable pensar que ETA sabe cuáles serán las compensaciones: su despedida es una derrota, solemnizada artificialmente con una Conferencia patética y un último comunicado dantesco para salvar los muebles con la hinchada propia, pero tiene algún valor negociador en cualquier momento y en especial cerca de unas Elecciones.
7.- Sólo puede haber una contrapartida tolerable para no avalar la teoría de que, en lugar de una rendición, ETA ha logrado una victoria: dejar que su apéndice político se presente a las Generales. Si ése es el caso, la banda terrorista ha matado a 900 personas para lograr lo que tenía a su disposición desde la aprobación de la Constitución: en España se puede defender cualquier idea, y lograr que se convierta en ley, desde 1978. Incluida la independencia.
8.- Es dudoso que ETA se conforme con algo que obviamente ya conocía; pero es evidente que esos mínimos le son indispensables, lo cual demuestra lo acertado de expulsarle de las instituciones y lo oportuno de aplicar el Estado de Derecho siempre y sin excepción.
9.- En esto último radica la clave de las próximas fechas: dejar de matar no puede ser premiado, los delitos no prescriben y, a diferencia de Irlanda, en Euskadi se ha permitido el desarrollo de las ideas abertzales en las instituciones desde el primer momento.
10.- Más allá de volver al Congreso, el Parlamento Vasco y los Ayuntamientos; el mundo etarra no puede esperar mucho más. Ni siquiera con los presos a corto plazo: nadie entendería que los encarcelados por delitos de sangre tuvieran beneficios penitenciarios de ningún tipo; y los que pudieran concederse al resto -razonables en tregua, mucho más ahora-, conllevan un requisito previo innegociable: pedir perdón a las víctimas.
11.- Si a ETA le ha derrotado el Estado de Derecho, como han dicho Zapatero y Rajoy al unísono, el Estado de Derecho ha de tramitar su complejo epílogo: nada que humille a las víctimas, avale expectativas políticas antidemocráticas y anule el peso de la ley. El líder del PP ya ha sugerido que ése será el camino, el presidente lo ha pasado por alto de momento y su relevo en el PSOE no parece dispuesto a concesiones.
12.- Siempre ha habido, pero ahora más que nunca, una deuda con las víctimas: la restitución de su dignidad debe estar en el primer punto del guión de los próximos meses. En los últimos años, y en especial a partir del nombramiento de Peces Barba como Alto Comisionado, han dejado de ser un valor compartido para ser tratadas como una especie de molestos invitados a una fiesta ajena.
13.- Los representantes de las víctimas no son exactamente las propias víctimas: su martirio les da mil derechos imperecederos, pero entre ellos no figura dirigir la política de Interior de su país.
14.- Si ETA ha perdido, debe notarse en todo lo que se haga en adelante: como no hay nada que agradecer a los pistoleros, no puede haber tampoco nada que deje de hacerse para preservar la ley, mimar la memoria y, sobre todo, criminalizar a los criminales para que su locura no se dignifique de algún modo y pueda volver a rebrotar en generaciones venideras de gudaris.
Es sorprendente la facilidad con que cierta izquierda agónica y despistada otorga credibilidad al dudoso deseo de paz de unos asesinos contrastados y, por contra, adjudica las más aviesas intenciones a todo aquel que sospecha de que el presunto final inminente y la Conferencia de San Sebastián huelen a gato encerrado.
Entre suponer que los escépticos no quieren la paz, como se sugiere sin demasiada sutileza, y recelar de quienes han matado a mil personas, no parece decente ni útil optar por la primera opción, ni siquiera en el caso de que ETA renuncie ahora o a corto plazo a las armas: reducir este asunto a un desenlace aparentemente positivo, sin tener en cuenta los antecedentes y las consecuencias, legitima aun sin querer lo que nunca debe olvidarse, crea bandos equivalentes donde sólo hay víctimas y verdugos y avala la resurrección del fenómeno en cualquier momento futuro.
Garantizar una derrota y señalar vencedores y vencidos no sólo es una cuestión de ética y justicia elementales, además es la única garantía de desaparición real del terror como excusa ideológica para generaciones de gudaris venideras: convertir esta certeza en una venganza que aleja la paz es, amén de una vergüenza denigrante para las víctimas, una agresión a los cimientos del Estado de Derecho.
Con la Alemania nazi vencida, Hitler muerto y el cruel III Reich desenmascarado; los Aliados entendieron la necesidad de añadir una derrota duradera a la génesis intelectual del Fürher y crearon el Tribunal Internacional de Nüremberg, encargado tanto de procesar a los jerarcas nazis supervivientes cuanto de encausar el concepto mismo del régimen y sus principales herramientas: considerar organizaciones criminales a los pilares de aquella Alemania bárbara, amén de condenar a 19 dirigentes de primera fila, ha sido la única manera de que nadie vuelva a invocar aquellos postulados y de que nadie pueda asumirlos sin sentirse un marginado oprobioso y delictivo.
Quizá ETA no abandone nunca las armas si no se avanza desde el Estado antes de que eso suceda, pero ello sólo sería una prueba más de su abyección y un argumento más para no cambiar el único guión presentable en esta larga historia de sangre y lágrimas: toda generosidad ha de ser un mero acto de egoísmo para los demócratas y suceder después de una disolución incondicional, sin contrapartidas y sin renunciar en ningún caso a que los efectos legales, políticos, penales y sociales de la barbarie se respondan con la contundencia debida.
No se pelea, en fin, contra las dos, seis o veinte docenas de pistoleros en activo, a quienes un Estado de Derecho debe intentar detener o padecer sin bajarse sus pantalones; sino contra la idea misma que los alimenta, intemporal por definición y fácil de resucitar si no se aniquila dándole el tratamiento que merece. Tildar de venganza a la mera justicia equivale, en fin, a aceptar la eufemística Solución Final como sinónimo del apabullante exterminio de seis millones de judíos. No se trata de poner escollos a la paz, sino de evitar que la celebren como un éxito nuestros nazis y como un escupitajo quienes se opusieron en nombre de unos valores que no se pueden sacrificar.
Nüremberg. ETA no se merece una Conferencia de Paz, sino un Nüremberg que permita comparar a alguno de sus dirigentes con Göering, aquel orondo delfín de Hitler que optó por suicidarse en su celda mientras esperaba su juicio. No es una cuestión de venganza, que a menudo es un sinónimo literario de la justicia; ni tampoco una traba al fin de la violencia. Es un mero asunto de principios, de sentido común, de decencia intelectual y de memoria: las víctimas no son quién para dirigir el Ministerio del Interior, pero sí se merecen algo tan básico como una lápida limpia de escupitajos. Y se pongan para arriba o para abajo, aflautando la voz con solemnidad pazguata, el Kus Klus Klan no puede organizar seminarios sobre la igualdad racial.
Verano azul. Hay imágenes que sólo resisten el paso del tiempo si se guardan en el recuerdo, envueltas en la seda de la memoria vaga y las sensaciones epidérmicas. Chanquete fue el primer indignado de la púber democracia española, y su Dorada el presagio de la Puerta del Sol. Pero ver ahora a sus discípulos recorriendo Nerja en bicicleta, con los glúteos cuarentones rebosando por ambos lados del sillín, es un ejercicio de demolición voluntario de un tierno legado sepia. A Rubalcaba, tan repuesto como la serie, puede ocurrirle lo mismo, especialmente si sigue entonando "No nos moverán" tras hundir el barquito de marras.
Durán i Lleida. No es difícil buscarle pegas y cargarle epítetos a este peculiar político que vive muy bien gracias a renegar de lo que le alimenta. Pero es mejor restregarle algunos datos sin necesidad de arramblar, en ese viaje, con la imagen de Cataluña. Si el Barça no es Laporta, ni su obscena tripa cínica, los catalanes no son algunos de sus intérpretes. No le molestará a ninguno la fría estadística, pues: la financiación per cápita desde el Estado supera los 3000 euros (un 25% más que en la Comunidad de Madrid), no hay ninguna otra región que haya recibido desde 1978 tantas transferencias y su solidaridad con las más desfavorecidas es exactamente la mitad que la madrileña aun sumándole la de Baleares. El nacionalismo es un negocio, pero no puede ser además un discurso matemático.
El plumero. Chacón no comparecerá por la pifia del escudo antimisiles; ni Blanco por el acoso y Dorribo en una gasolinera; ni Salgado por la concatenación de escándalos consentidos en todas las Cajas de Ahorros de España. En el ocaso de Zapatero, asoman todas las vergüenzas y se exhibe, rotundo, su concepto real de democracia: básicamente, consiste en coincidr con él aunque él no lo haga casi nunca consigo mismo. Al PP siempre podrán reprocharle a Camps, pero ante la atónita platea sólo cabe cobijarse bien de los inminentes tomatazos.
Rajoy. Alguien tiene que decirle urgentemente que no es un locutor de ciclismo ni un espectador de fútbol. A un mes de llegar a la Moncloa, no se puede seguir saliendo a la calle como si fuera domingo y hubiera partida de dominó en el casino de Pontevedra. Si se vio con Rubalcaba en el desfile del Pilar y sólo habló del Real Madrid, malo. Pero si habló de algo más y optó por esa versión ridícula del encuentro, peor. Algún día, el presidente del PP deberá empezar a demostrar todas esas virtudes que se le suponen para que la única conocida, la paciencia, no sea una estomagante variedad de la arrogancia.
No hace falta condenar prematuramente al número 2 del PSOE y ministro de Fomento, José Blanco, para dudar de su idoneidad para ocupar ningún cargo público ni político. Aunque en este momento pese sobre él la presunción de inocencia, válida para Agamenón y su porquero, y aun siendo evidente que el testimonio inculpador de un procesado no es suficiente para dar por hecho el cobro de comisiones millonarias a cambio de mediación institucional; la acumulación de hechos, contrasentidos y evidencias le inhabilita inevitablemente para ostentar la autoridad moral, política y personal que siempre hace falta en su gremio, pero hoy es además imprescindible para evitar un estallido social, salvar las instituciones de la hoguera de la desconfianza y adoptar las medidas oportunas para frenar la sangría.
Blanco compartió mesa, mantel y gasolinera con un siniestro empresario procesado que, en el transcurso de la instrucción judicial -y no por tanto como una mera vendetta pública-, ha acusado a tres políticos de tres partidos distintos de pedirle dinero para obtener su apoyo: dos de ellos han dimitido, uno del PP y otro del BNG; y el tercero en cuestión, de mayor enjundia, irrumpe extrañamente en el escenario del presunto crimen en tres momentos insólitos para un ministro: en una estación de servicio, en un premio financiado por el ahora acusador y con un primo mencionado en el sumario.
Blanco, y Camps: la higiene pública no tiene ideología y exige a todos por igual
La prueba es crucial a efectos penales, pero el juicio de la opinión pública no precisa la demostración del delito para aplicar preventivamente consecuencias políticas en algunas circunstancias: ni aun en el caso de que finalmente el ministro no fuera culpable, es menos urgente ahora su cese voluntario o destitución. Y no tanto por las palabras de un imputado, que en su desesperación puede utilizar un testimonio letal para desviar la atención, cuanto por su demostrable relación inusual con la trama.
En la misma medida que la continuidad del impresentable Francisco Camps en el cargo no dependía de ninguna condena ni se legitimaba siquiera en el respaldo popular en las urnas; la de José Blanco no puede sostenerse en la lentitud judicial para decidir el tipo de responsabilidad penal que pudiera tener o no.
Es inaceptable, salvo para ese tipo de talibán a babor y estribor que perdona hasta la pedofilia en el propio mientras condena en el ajeno dejar poca propina, que las inversiones públicas de un país y la vicesecretaría del partido gobernante estén en manos de un tipo que se reúne a oscuras en una gasolinera, tiene a un primo colaborando con un presunto delincuente y ha visto cómo dimitían ya los otros dos políticos concernidos por la trama.
Y, ahora sí, conviene preguntarse por la hipócrita vida paralela que Blanco y otros de su condición, tales que José Bono por ejemplo, parecen llevar gracias a su paso por la política: si antes de desembarcar en ella eran pobres de solemnidad, como presumen de algún modo en sus biografías, el ritmo de vida posterior (colegios privados, coches de lujo, viviendas para cada estación y extrañas propiedades empresariales) no se puede achacar sin más al esfuerzo ahorrador si entre medias detonan chuscos episodios como el presente.
Don José Oscuro, él bien sabe que en Lugo, como en Galicia entera, todos los guisos se hacen con unto, esa grasa revenida indispensable para cocer las judías. Y los chourizos.
Hasta hoy, el evidente trazo grueso de estos dos vídeos, más preparados para dañar que para buscar la verdad, era difícil de soportar. Desde hoy, con la Operación Campeón, es legítimo verlos: bajo el ruido, tal vez haya algo indecente
Como debe ser muy normal y en todo caso es saludable casarse en la senectud con un pipiolo, en términos comparativos, el enlace de la Duquesa de Alba hay que digerirlo sin convertir la edad en atenuante de los excesos visualizados por una dama a la que unánimemente se le reconoce un perfecto estado mental.
Esto es, nuestra venerable heredera de aquel Duque amado por Carlos V y Felipe II que hoy tal vez sólo volvería a los Países Bajos para sentarse en el tribunal de La Haya, era bien consciente de cómo hacía lo que hacía: esa demostración de poderío, nobiliario pero poco noble, entre la miseria y la gleba genuflexa, es algo más que un desagradable ramalazo medieval.
Constituye un sopapo al buen gusto y demuestra que la sangre real de la tal Cayetana fluye por ríos históricos más profundos de lo que ya se estimaba: incluso llegan, por el parecido, hasta la francesa María Antonieta.
Puede ser que en tiempos de zozobra tanta expectación social y mediática sea un guiño humorístico e irónico colectivo y que, debajo del alud de melaza y majadería sevillana, exista en realidad una revancha elegante: por ridículos que sean los contrayentes, sólo lo son de verdad si lo suyo se hace muy público. Pero puede también que el derrumbamiento general que vivimos incluya un ejercicio cretino conjunto de aplauso al que se come todos los langostinos mientras en casa apenas hay pan duro.
Aún hoy en día, en no pocos hogares holandeses y belgas asustan a los niños diciendo "Que viene el Duque de Alba", convertido en el hombre del saco a fuer de inmortalizar sus aventuras militares, exitosas para España, crueles para sus damnificados. Ahora, a su remota sucesora, de elegante berza rizada, las víctimas le aplauden. Si lo viera Fernando Álvarez de Toledo, no podría reprimir la admiración por su atrevida tataranieta.
A la política le cuesta aprender de sí misma, y atribuye al ciudadano esa memoria típica de los peces, olvidadiza, liviana y dispuesta a chocar dos veces o cuatro con el mismo cebo. En lugar de gestores, y pese a la magnitud del cráter provocado por tanta liviandad, tenemos malos poetas y pintores de brocha que oscilan entre recitar sonetos mal construidos sobre los derechos del hombre o intentar derribar al rival poniéndole de pintura hasta las cejas haciendo buena la definición de Groucho Marx sobre tan peculiar gremio: "Los políticos buscan problemas, los encuentran, hacen diagnósticos falsos y finalmente aplican los remedios equivocados".
Rubalcaba ha participado en todas las decisiones relevantes de un Gobierno derrumbado, y su verbo e imagen es inseparable de cada error y cada acierto de ese individuo eternamente encogido de hombros que va a dejar tras de sí un reguero de tristezas. Esa certeza sólo tenía un antídoto: empezar a decir la verdad, con carácter retroactivo.
Pero es mejor atizar al PP cargándole de una inquina hacia el Estado de Bienestar que sólo está en fase de imprescindible reforma por dos razones, ambas íntimamente relacionadas con el candidato socialista, su partido y su Gobierno: de un lado, la reforma constitucional impulsada por Moncloa para contener el déficit; de otro, la formidable boñiga financiera dejada por sus colegas autonómicos, que intentan cargar sus atropellos al nuevo conductor de un coche de segunda mano.
Victoria de Samotracia, o la parábola del vencedor vencido: sin cabeza
Lo que derriba o amenaza el Estado de Bienestar no es la malicia ideológica de nadie, sino el desajuste aritmético entre gasto e ingresos, entre cotizantes y subsidiados, entre población activa y pasiva, entre obligaciones de deuda y derechos de cobro. Y la única manera de sostener lo importante es elegir lo accesorio y pasarlo por la guillotina: pero en esa arcadia progresista que se ha empeñado en decirle al ser humano lo que se merece en lugar de cómo garantizárselo, vuelve a ser más productivo cargar de cualidades diabólicas al adversario y esperar que el ciudadano sea tan idiota como le parece.
El PSOE se enfrenta a algo más que una derrota brutal, y la coincidencia entre sus estropicios, un clamor indignado en la calle y la irrupción de nuevas siglas pronostica algo parecido al comienzo de su extinción como el partido hegemónico que conocemos. Es la parte que le toca de un fenómeno que también sufrirá el PP, una vez llegado al Gobierno, en términos de una presión sin precedentes desde el minuto uno, sin cien días de gracia ni gracia alguna durante un día.
Si unos y otros quieren ser poetas zafios, declamando sobre el aborto, la manipulación de TVE, la educación pública o el sexo de los ángeles para no ponerse los manguitos de gerente que hacen falta, que al menos aprendan a rimar en consonante y dejen de pegar patadas en la boca a Benedetti, el autor mágico de la "Oda a la mordaza". Parecen rapsodas de instituto.
No es difícil comprender una oposición contumaz a los toros, pero es casi imposible entender que ciertos detractores sólo vean sangre en un espectáculo tan complejo, plástico y definitorio como pocos de la esencia del ser humano: esa capacidad de asumir riesgos absurdos, la renuncia a la ventaja (un trapo, una espada y 70 kilos frente a dos cuernos y media tonelada en estampida) y la diversión en el miedo son el reverso imprescindible de ese mismo espíritu que compone melodías, descubre curas al cáncer y combina especias en una cazuela.
En la aparente inutilidad de algunas costumbres, impulsos y placeres, incluso en su notable estupidez, reside sin embargo el secreto del hombre, lo que le distingue del mono y del resto de especies animadas: sólo él sabe que algún día morirá, y sólo él es capaz de jugar con esa certeza corriendo un encierro, volando en parapente o citando a un toro calzado con tibias manoletinas.
No me gustan los toros, o no los entiendo, pero prohibirlos humanizando a un animal es tan ridículo e inquietante como animalizar a un humano, y en buena parte de los discursos animalistas se percibe la misma ligereza de una película de Walt Disney: claro que los animales tienen derechos, y por supuesto que una democracia decente se apresta a salvarlos, pero no es necesario hacer de cada toro un Bambi o de cada pato un Donald.
En todo caso, es bien legítimo preguntarse si es de recibo disfrutar de un duelo entre un toro y un torero o si tiene sentido ver morir en directo a un animal por muy artístico y limpio que sea el duelo; aunque se agradecería un argumentario más elaborado que el vigente, tan parecido al de esos espectadores que sólo ven greñudos en el flamenco o gordos chillando en la Ópera.
Ahora bien, lo que no tiene sentido, lo que es un atraco a mano armada de políticos hipócritas y tuercebotas de la cultura y la identidad, es la prohibición de Barcelona y el cierre de la Monumental: lo han decidido comiendo carne cruda de choto español y no les importa despeñar una cabra desde el campanario si el balido es en perfecto catalán.
Manuel Marín se ha encargado un retrato fotográfico de 10.000 euros para adornar el Congreso de los Diputados, si acaso el verbo es correcto para tal posado en tal destino. El encargo a Cristina García Rodero, estupenda fotógrafa e involuntaria musa de esa gauche divine tan previsiblemente ágrafa y conservadora, va a contradecir la apasionante costumbre de inmortalizar a todos los ex presidentes de la Cámara Baja con un cuadro al óleo: aunque predomina el realismo, el mero encargo sin pudor convierte cada obra, y la galería en su conjunto, en un sucedáneo cutre de la pintura del llamado grupo Puteaux: aquellos disidentes del dadaísmo original, tan pijos y burgueses como ellos, que se veían a sí mismos bajando una escalera en pelotas donde el resto sólo veíamos un montón de pintarrajos.
Puede que en el ánimo reformista de Marín haya pesado más un cierto esnobismo vintage, pues nada hay más viejo que un antiguo haciéndose el moderno. O, por contra, un irrefrenable impulso ahorrador, pues es probable que el innovador retrato cueste hasta ocho veces menos que el vetusto cuadro para el erario público.
En todo caso, y sea cual sea el móvil, la moraleja es la misma: frente a la pose progresista y el discurso público; irrumpe en privado el personaje real: el que se encarga una foto de sí mismo por un pastizal, el que viaja en coche oficial desde hace 30 años, el que posee la fórmula mágica para que media familia nunca carezca de empleo en este triste páramo del paro, el que trabaja en una empresa favorecida por el Gobierno que sube la luz a las familias en plena crisis y el que, como diría Sartre, prueba que al final sólo somos lo que hacemos.
No es único, ni tal vez el peor, pero sí simboliza como pocos otros la antítesis entre lo que predica y lo que en realidad practica este tipo de políticos que padecemos. Eso sí, que nadie duda de que la foto ecuestre, a caballo de la gleba y del buen gusto, constituye un ahorro: cuando un progresista de toda la vida se pone austero, es bien capaz de decirle a la chacha que sólo venga a casa tres días por semana.
Todo el mundo sabe cómo terminó esta película, pero se rodó
1. Un profesor español trabaja235 horas menos al año que sus colegas europeos y cobra unos 10.000 euros más de media.
2. No hay un patrón fijo, pero en la práctica totalidad de los países avanzados la jornada no lectiva de los profesores, esto es, la que no dedican a impartir clase, se organiza con un horario preestablecido con presencia física en el centro educativo.
3.- En España, los profesores sólo tienen obligación de estar 27 horas semanales en el instituto, a razón de 5,22 por día. No hay una programación estable de a qué dedicaban hasta ahora el total de las 19,5 horas de su jornada laboral sin clases: fuera de las aulas, tienen por ley cuatro horas de trabajo diarias para atender correcciones, preparar las lecciones del día siguiente o atender tutorías sin necesidad de hacerlo en casa. Son tareas básicas que perfeccionan la calidad de la educación, pero sobre ellas no hay un control uniforme en su totalidad: pueden hacerse en el instituto, en el hogar (y por más horas desde luego)... o no hacerse sin que nadie puede premiar o sancionar al docente comprometido o al indiferente.
4.- El mes de julio no es vacacional, simplemente no es lectivo. No hay datos firmes ni obligaciones reguladas para, una vez terminadas las clases, dedicar la jornada laboral a cursos de reciclaje o clases de refuerzo a los suspendidos una vez liberados de las clases ordinarias. En la práctica, los institutos o están cerrados o tienen un retén de guardia para cumplir los mínimos exigidos por la ley y la mayoría de profesores está de vacaciones.
5.- Un profesor en España trabaja menos que en la media de la OCDE, pero sin embargo da 101 horas más de clase que sus colegas. Y un estudiante de aquí recibe hasta 200 horas más de formación que un finlandés, pese a lo cual la tasa de fracaso escolar y abandono ronda el 29% y supera ampliamente a la del resto de países avanzados.
6.- El gasto público en educación en España es 0,8 décimas inferior a la media de los países avanzados y supone el 4,6% del PIB pese a que nuestra renta media es entre tres y ocho puntos inferior a la de los países líderes en este epígrafe. El abandono, sin embargo, es un 300% superior.
7.- La ratio de alumnos por clase en los centros educativos españoles es de 19,8; en los países avanzados del mundo sube a 21,4. Y en la privada, crece a 24,5.
8. No hay ninguna universidad española entre las cien mejores del mundo. Sin embargo, la FP en España es de las más bajas de Europa, el autoempleo un 50% inferior y los compromisos hipotecarios de los jóvenes casi el doble.
9. El absentismo, las bajas y los días de asuntos propios son cinco veces mayores en la Administración que en la empresa privada. Y la improductividad de la Administración se cifra en 32.000 millones de euros, a los que cabe añadir otros 50.000 millones de deuda derivada de la proliferación de apéndices institucionales en gobiernos, ministerios, universidades, comunidades y ayuntamientos.
10.- Los días de clase en España son 175: entre fines de semana, festivos, verano, Navidad, la semana blanca o su compensación y la Pascua, hay más días con las aulas vacías que llenas. Más allá de visiones ensalzadoras o denigrantes sobre los profesores, el dato frío objetivo es que permanecen en el centro cinco horas, no suelen acudir por las tardes y su lugar de trabajo está cerrado en la práctica algo más de la mitad del año.
11. La jornada continua facilita la organización laboral del profesor y, en menor medida, de los padres: el primero puede salir a las 2 casi a diario; los segundos sólo tienen que hacer dos viajes al centro. Aunque no hay unanimidad al respecto, una mayoría de pedagogos defiende la jornada partida ante la evidencia de que el maratón de clases reduce la capacidad de concentración y aprendizaje.
12. El gasto educativo anual de España, desde el Estado o las Autonomías es cualtitativamente mayor que en el de la práctica totalidad de países del mundo, sólo superado por Noruega y Estados Unidos y por encima de Japón, Reino Unido o Finlandia. Si se compara la inversión en centros educativos por alumno en relación al PIB por habitante, el esfuerzo aquí es del 29%, tres puntos más que en la UE y dos por encima de la media de los países avanzados de todo el mundo.
13. El último informe PISA certifica que España está muy por debajo de la media de los grandes países en comprensión lectora, matemática y científica: en los tres epígrafes nos superan países como Estonia o Macao.
14. Un chaval de primero de ESO puede llegar a necesitar 19 libros de texto al año y el gasto por alumno ronda los 300 euros por este concepto para las familias. El negocio editorial, bien a costa de la Administración que los financia o de los padres que los pagan directamente, engorda el programa lectivo, desborda a los profesores y puede estresar a los alumnos: no se estudia lo que hace falta, sino que se programa lo necesario para elevar la factura por adquisición de manuales. La imposibilidad para enseñar o aprender todo el programa provoca demasiados deberes, dificulta un aprendizaje razonable y obliga a portar pesadas mochilas. No ha habido ninguna protesta de los docentes por algo que les afecta decisivamente como enseñadores. Y tampoco de padres a través de sus presuntos representantes.
15. Un niño de entre 8 y 11 años debe saber acentuar y hacer raíces cuadradas. Con 13, tal vez deba leer al Arcipreste de Hita. En pocos países de Europa se obliga a comprar tantos libros de texto y el aprendizaje se organiza de otro modo: quizá por eso se conserva de adulto un placer por la lectura mayor o se entienden mejor las matemáticas.
16. El coste por alumno para la Administración es de algo más de 3.000 euros en la pública; en la concertada de 1.800 euros. Sin embargo, la concertación con cooperativas de profesores laicas, de enorme prestigio y resultado en Francia por ejemplo, es aquí residual. En favor de la Iglesia, a quien le va celestialmente bien en la tierra educativa.
17. Puestos a ahorrar, que parece imprescindible, la Consejería de Educación empieza por donde parece gustarle y no por dónde puede y debería: cuesta más mantener Telemadrid que sostener a 3.000 interinos. Y lo segundo es mucho más necesario.
Epílogo
Todos los datos aquí expuestos proceden de informes institucionales oficiales, nacionales e internacionales -OCDE, UE, Ministerio de Educación y de medios de comunicación de gran credibilidad: el artículo está lleno de enlaces para que cualquiera pueda comprobarlo por sí mismo. Todo ello permite establecer algunas conclusiones razonables sobre la educación, los profesores y los alumnos que van más allá de la simplona discusión vigente, en la que no faltan excesos a un lado y otro:
El profesor. La fotografía es difícil de replicar: cobra mucho más que sus colegas europeos (caso único entre todas las profesiones de España al cotejarlas con la UE); tiene una jornada laboral total sensiblemente inferior y agrupada en las mañanas; da sin embargo más horas de clase y goza de unas vacaciones y días festivos cuatro veces superiores a las de un trabajador normal. Por debajo de ellos, pagan el pato los docentes interinos que más y mejor aceptan la movilidad y el esfuerzo. Por encima, se libran cientos de profesores universitarios que imparten asignaturas sin alumnos y otros tantos catedráticos con dedicación exclusiva que necesitan un GPS para acordarse de dónde está su facultad.
La educación. España gasta mucho en educación y es de los países que más esfuerzo hace con arreglo a su PIB y renta reales. Sin embargo, aparece en el furgón de cola de todos los estudios y fracasa desde los grados inferiores hasta la enseñanza universitaria.
El alumno. Le enseñan cosas que no necesita saber y que va a olvidar rápidamente, en un esfuerzo baldío que le obliga a perpetuar el trabajo en casa y le aleja de las ganas de aprender, de leer y de entender. Puede quedarle una huella, no obstante: una lesión lumbar por soportar durante años el transporte de libros artificialmente creados para hacer la vida más sencilla también a sus padres.
Conclusión
Ahora me permito una opinión personal, con el ruego de que las siguientes palabras no anulen el vigor estadístico de todo lo anterior. Profesores llorones, sindicalistas amancebados, ministros y consejeros de Educación incompetentes, políticos de oriente y occidente con encefalograma discreto, asociaciones de padres paniaguadas, rectores incultos y demás laya de vampiros hipócritas y perezosos de este chiringuito que es la educación patria: están a punto de lograr, al fin, que no sean todos ustedes los más tontos de la clase.
El PSOE acusa al PP de querer cargarse el Estado de Bienestar, tres segundos después de ofrecerle pactar la única herramienta que podría conseguirlo. En el juego que se traen los socialistas, con un presidente que dice hacerlo todo por España y un candidato que intenta distanciarse de los estragos del estadista sobrevenido, alguien debería decirles que no se puede estar medio embarazado.
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A Rubalcaba le quieren presentar como un Adenauer redivivo, pero en su vídeo de lanzamiento les sale una especie de Rasputín: sólo le falta curar con la mirada. Todo lo demás son virtudes, tan subjetivas como probablemente reconocibles para su militancia: la puesta en escena es más, por ello, la de un aspirante a sobrevivir en el liderazgo socialista tras las Elecciones que la de un presidente en potencia. Jugar a no perder por mucho siempre ha sido una estrategia equivocada, como saben los atletas, los futbolistas y los ex vicepresidentes expertos en borrar sus propias huellas.
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Si el PSOE incurre en el ridículo al querer que el PP sea policía y criminal a la vez; el PP no le va a la zaga al tratar de presentar al Gobierno como una banda de insolventes... con los que se puede reformar la Constitución. Con este pacto, tan necesario en otros frentes, Rajoy ya no puede llamar zoquete a Zapatero y Zapatero ya no puede tildar de desleal a Rajoy: a ver qué se les ocurre a sus equipos para sostener el Dow Jones de los epítetos y los brochazos.
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Los ricos son aquellos que ingresan más de 600.000 euros al año. En España hay pocos -el 0,04% de los contribuyentes- y pagan bastante -casi el 4% de la recaudación total-. Puede y debe incrementarse algo su esfuerzo, por razones estéticas siquiera, pero sin añadir la miríada de ridiculeces que se escuchan últimamente. Pretender que la solución pasa por repartir más aún un miserable euro sólo sirve para estimular la bilis en el pobre, pero no para solventar su miseria. Especialmente si, mientras se hace demagogia hasta con las clases medias consumistas, los auténticos ricos y otros derivados porcinos siguen instalados en un Gibraltar moral, unas Caimán legales y una Andorra fiscal con la total complicidad de esos mismos políticos que están estimulando el apedreamiento de un ejecutivo medio por conducir un BMW Serie 3.
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Aunque a los profesores les moleste, se puede y se debe discutir sobre su trabajo. Y del de Esperanza Aguirre, y del que hace la calle o el que hacemos los padres. Aunque sólo sea porque es imposible arreglar o estropear la educación sin ellos, en la parte alicuota que les corresponda. El debate que les presenta como unos mártires o como unos vagos, sin ningún matiz en un asunto lleno de ellos que pide a voces pedagogía, es una fotocopia de la dialéctica que nos ha traído hasta el precipicio: aquí sólo hay creyentes, de lo que sea, y muy pocas ideas. En este caso, podríamos empezar por el principio: pedirles a los profesores que hagan su trabajo de 37,5 horas semanales de la mejor manera posible para atender la crisis y el fracaso escolar, sin que se pongan estupendos; y esperar que la Comunidad de Madrid no pierda a ninguno de los interinos e intente no abofetearse a sí misma atacando sin tacto ni mesura a sus propios trabajadores.
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El nacionalismo siempre ha tenido una extraña protección o comprensión de la progresía patria, tan dada a vejar la bandera propia y entender casi cualquier otra, en uno de esos ejercicios de desdoblamiento de la personalidad digno de Freud. Es normal que se suba a la parra ahora a cuento del catalán, una bella lengua que necesita pocos enemigos teniendo tales protectores. Sólo será inmortal, vehicular y lo que sea menester cuando descubra el único antídoto válido contra tanto españolazo empeñado en que nos entendamos todos: asumir que el castellano es tan suyo como de un entrañable soriano.
- Un profesor de la escuela pública, de Secundaria, FP y Bachillerato, impartía hasta ahora 18 horas de clase semanales, a razón de casi 3,5 por día.
- Su jornada semana total es de 37,5: le restaban, hasta ahora, 19,5 horas para tutorías, correcciones, preparación de la clase y todas las actividades paralelas a las estrictamente lectivas. Muy necesarias todas, pero no precisadas del todo.
- Además de los 25.000 profesores con plaza fija; otros 3.000, aproximadamente, se incorporaron el año pasado al circuito educativo para impartir, según la misma carga lectiva, unas 54.000 horas a los alumnos de toda la Comunidad de Madrid.
- La Consejería de Educación ha anunciado que aplicará la ley y obligará a los profesores fijos a dar dos horas más de clase a la semana, una menos del máximo establecido por ley. Dado que son 25.000, sumarán 50.000 horas más, casi las mismas que impartíán sus compañeros no renovados.
- La ratio de alumnos por clase no variará especialmente: el mismo profesor dará más asignaturas, pero a los mismos oyentes.
- Según los datos oficiales de la Dirección de la Función Pública de la región, el absentismo laboral por baja o permiso en la Comunidad de Madrid es del 22%, casi seis veces más que en la empresa privada. Los sindicatos lo niegan con vehemencia, no obstante.
- Casi todos los centros educativos de Madrid funcionan, a efectos lectivos, de 9 a 2.
- Los profesores comen en casa, prosiguen allí su tarea sin control alguno, pero también sin límite ni compensación para los que no miren el reloj: queda al albur de su conciencia y responsabilidad, sin prejuzgar nada al respecto. Y no es esto por mejorar la educación, sino por estar menos tiempo en el centro escolar a pesar de que eso comporte una jornada continua criticada por los pedagogos e impida saber a qué dedican de verdad 19,5 horas de su jornada semanal que bien podrían seguir haciendo en su instituto o centro por la tarde.
- Disponen de las mismas vacaciones que sus alumnos: dos meses en verano, toda la Navidad, la Semana Santa, los puentes festivos y alrededor de cinco días repartidos a lo largo del curso, en compensación a la Semana Blanca, que pueden no coincidir con la fiestas ordinarias de padres y el resto de trabajadores.
- El déficit estará en las no precisadas pero en todo caso innegables actividades no lectivas que los interinos asumían: los 25.000 pueden cubrir su hueco en clase, pero perderán 50.000 horas propias (dos de las 19,5 que ahora tenían) y será imposible compensar las 58.500 que los interinos dedicaban a las mismas tareas imprecisas pero imprescindibles que completaban su jornada laboral.
El resumen:
- Los 25.000 profesores que trabajan en el centro hasta la hora de comer y luego en su casa; pueden asumir la carga lectiva de sus compañeros con un esfuerzo que no parece desmedido: con 30 minutos más de clases al día, por dar una media, se cubriría el déficit de horas dejado por los interinos.
- Los alumnos no sufrirán desde el punto de vista lectivo ni tiene por qué sufrir alteración alguna la ratio de estudiantes por aula: basta con que los profesores de plantilla hagan su trabajo tal y como recoge la ley.
- Los estudiantes sí sufrirán una merma, difícil de concretar de nuevo pero en todo caso innegable, en todo lo referente a los 'extras': es casi imposible saber cuántas de las 19,5 horas no lectivas se dedicaban al refuerzo, la tutoría, el trabajo con alumnos especiales y otros servicios necesarios y cuántas al trabajo doméstico. Pero sean las que sean, nadie las hará en adelante: si adjudicamos a esta epígrafe la mitad de ese tiempo diario no consagrado a dar lecciones ni a las actividades domiciliarias, habrá en concreto un déficit de 29.100 horas semanales.
Por último, la opinión:
- Ningún profesor tiene derecho a quejarse de su carga de trabajo. No tiene parangón con cualquier otro oficio, ni público ni privado. Lo extraño no es que les pidan 20 horas de clases, sino que hasta ahora sólo dieran 18.
- Su jornada escolar es poco pedagógica pero laboralmente muy cómoda, más fruto de una reflexión sindical sobre el trabajador que de una lectura intelectual sobre la misión del docente.
- Hoy en día, un niño trabaja más que su profesor: el primero soporta una carga enorme de deberes que tiene obligación de certificar; sobre el trabajo extramuros del segundo no hay control alguno.
- Los sindicatos educativos tienen a confundir las legítimas aspiraciones de un grupo de trabajadores con la calidad o el futuro de la enseñanza pública. Pero ni unos ni otros dice nada de algo que la ataca mucho más, entre tantas cosas: la insoportable y absurda programación de asignaturas y tareas, la controvertida jornada continua, más pensada para obligar a comprar muchos libros innecesarios que para enseñar lo que hace falta. No se conoce una manifestación o una protesta formal por algo determinante en la manera de impartir clase o aprender la lección que obliga a esfuerzos absurdos. Tampoco sobre la patosa transformación de la lectura en una tortura: más que alimentar una pasión, la destruye para siempre a fuer de insistir en la obligatoriedad de leer grandes libros y novelas para los que no tienen edad.
- Al profesor se le ha dado poder por ley, al conferirle condición de autoridad pública, pero el crédito social depende de otros factores: también de su actitud. La educación es un compendio de lo que se hace en la familia, en la calle y en la escuela. De un tiempo para acá, sólo se discute y mal sobre los errores de las dos primeras, estimulando en el profesorado un victimismo artificial que obvia su responsabilidad en el entuerto.
- No se conoce caso, salvo honrosas excepciones como el Instituto de Espartales de Alcalá, en que las puertas del centro permanezcan abiertas en julio. Como es 'voluntario' acudir, salvo un retén de guardia, no acude nadie para atender si quiera unas horas semanales a esos alumnos que reuieren una atención personalizada incompatible con el curso ordinario. Y a efectos de reciclaje, simplemente es obvio que en ese mes liberado de dar clases no hay obligación ninguna de emplear un poco de tiempo en renovar conocimientos, herramientas pedagógicas o criterios docentes: todos prefieren estar en casa o en la playa.
- La Comunidad de Madrid es injusta, poco original y hace tabla rasa mirando las cuentas y despreciando la letra pequeña: el ahorro que busca (entre 80 y 112 millones según la fuente) es inferior a la contribución anual a Telemadrid, prescindible siempre pero más en tiempos de crisis cuando han de tenerse más claras las prioridades.
- Aún más. Prescinde de 3.000 profesores cuyo régimen laboral les hace más endebles que nadie, pero también más necesarios: hacen más esfuerzos que el resto, viajan cada día al centro que les toca cada año, asumen buena parte de las tareas que dignifican la educación pública (el apoyo al rezagado, la atención a los alumnos con problemas, la enseñanza especializada).
- Otro dato más para criticar a la Consejería de Educación, con menos demagogia que los sindicatos o el PSOE pero bastante más opciones de que Lucía Figar no pueda defenderse ni justificar su torpe decisión: si de verdad cree en el mérito y la capacidad, si es cierto que le preocupa tanto el destino del dinero público, si le mueve una mezcla de principios y respeto a los escasos recursos, ¿por qué ha empezado por tirar por la venta un capital colectivo de 3.000 profesionales irremplazables, pudiendo primero fiscalizar el rendimiento de la plantilla fija, garantizar el correcto destino de las 37,5 horas de jornada y ahorrar de otro sitio para demostrar que se apuesta por una enseñanza de calidad que sólo lo es si es sensible a la letra pequeña existente en las aulas?
- Y uno más. Puestos a ahorrar en profesorado, la Comunidad de Madrid tiene seis universidades públicas que no paran de acreditar a profesores innecesarios de estudios irrelevantes en facultades prescindibles para alumnos inexistentes.
- Si hay una presunta apuesta contra la enseñanza pública, quienes dicen defenderla política y sindicalmente lo ponen bien fácil: el coste por alumno en la concertada es la mitad para la Administración, y de no ser por la irrupción de la Iglesia en ese reparto, los paladines de tan heroica batalla tendrían pocos argumentos. En Francia, donde la concertada es mayoritariamente laica y proliferan las cooperativas de profesores, la pública no dice ni mú y se limita a intentar demostrar que es igual de buena o mejor.
- Es razonable pensar que, antes que optimizar el gasto en mejorar la enseñanza pública; la Consejería de Educación se sirve de los excesos sindicales y la crisis para apostar por otro modelo más barato, ideológicamente más cercano y poco parecido al de otros países europeos donde la concertación atiende más a criterios profesionales que por ejemplo religiosos. Lo que más ayuda a la derecha a lograr sus objetivos en el ámbito público es el penoso, gremialista e incompetente discurso de la presunta izquierda, que confunde el Estado de Bienestar con el Bienestar de quienes trabajan para el Estado y logra que lo público parezca siempre más caro y más inútil pese a ser, bien gestionado, más rentable, justo, eficaz y solidario en materia educativa, sanitaria o asistencial.
- Conclusión. Sin necesidad de recurrir al tópico que o bien presenta al profesor como un trabajador ocioso o bien lo hace como un pobrecillo, hay un clamoroso fallo del sistema que en tiempos de vacas gordas alimenta el exceso y, cuando llegan flacas, ataca al sistema por su eslabón más débil.
Y éste son los alumnos y los interinos, tal vez lo mejor que tenemos; y sin duda las más inadecuadas cabezas de turco. Ésas, quizá, haya que buscarlas en quienes nunca pagan el pato que han armado: los vociferantes a un lado; los que les dan lo que se merecen... pero siempre en culo ajeno.
Sinsentido. El problema no es que el control del déficit se incluya en la Constitución, sino que haga falta la Constitución para regular una materia inherente al sentido común, la decencia y el rigor profesional en la gestión del dinero público: no te puedes gastar más de lo que tienes, pero sobre todo no te lo puedes gastar tan mal.
Al infierno. La fórmula elegida para aceptar lo obvio es, sin embargo, tan triste y patética como el preámbulo ludópata que nos ha llevado a esta situación: hemos pasado de escuchar la promesa de un Paraíso sin obligaciones a padecer una dieta de manzana envenenada por decreto ley.
La leal oposición. Sólo hay algo igual de frívolo que este espectáculo de contradicciones políticas, flatulencia intelectual y una falta de pudor aparatosa: la infantil petición de un referéndum para oponerse a la muerte. Claro que quienes más han avalado esta reacción indignadamente púber son los mismos que ahora piden comprensión y que no han dudado en quitarle la sopa a las viejas antes de dejar ellos mismos el Vega Sicilia que riega el dispendio en la Administración, llena de gabelas, mediopensionistas y corruptos con carné en la boca.
La comida. Nunca ha tratado esta historia sobre el derecho a comer, obvio; sino sobre cómo poner un filete en la mesa. Cuando tratas a un carnívoro como un hervíboro, suele convertirse en un feroz depredador.
El pacto. Le ha costado menos a Zapatero entenderse con Rajoy que a Rubalcaba disimular dónde estaba él en los buenos tiempos y cuánta responsabilidad tiene en éstos, tan malos. Para no ser un partido colaborador, como repite la trompetería oficial, el PP ha firmado la más delicada de las reformas posibles, pues toca el alma de la democracia. Y aunque exista la sensación de que lo hace para llegar a Moncloa con el trabajo casi hecho, no es sencillo cargarle ya el mochuelo de cada día. Y queda el epílogo final de que aquí sólo se entienden los dos grandes cuando no queda más remedio, para solaz de nacionalistas bulímicos, patronales absurdas, sindicatos gorrones y fauna patria en general.
Enemigos de luxe. El debate del coste económico de la visita del Papa es ocioso: allá donde se junten 1.5 millones de almas, con sus correspondientes cuerpos, la rentabilidad cotiza tanto como la Fe. El anticlericalismo feroz nubla la visión y resta fuerza a una discusión interesante sobre cómo separar y hacer convivir el Estado de Derecho con la Iglesia. Más que Benedicto XVI y sus respetables peregrinos, lo que ha estimulado las vocaciones a pie de obra es el exceso de los autodenominados laicos de primera línea: con enemigos así, no hacen falta amigos.
Bajen, o suban. El Gobierno se va a despedir con una de esas contradicciones genuinamente zapateriles, que sigue pensando que lo uno y lo contrario es progresista si lo dice él: subir impuestos y bajarlos, por ejemplo. Reducir el IVA de la vivienda ayuda a constructores y a los bancos, pero difícilmente a la ciudadanía: para comprar algo hay que tener un salario, lograr un crédito y vencer al consolidado miedo a casi todo. De todas las preocupaciones, pues, la del tipo de IVA vigente es la menor. Sólo ayuda a los ciudadanos que no tenían problemas y a los sectores que se merecían tenerlos. Pero es de izquierdas, de repente.
Escanciando pulpos. Si el saliente en el PSOE y el entrante del mismo partido juegan a Tom y Jerry sin dejar de ser dibujos animados, su alternativa parece cada día más un escanciador de pulpos, trabajo inexistente. Es casi imposible saber algo, por nimio, de lo que piensa hacer si alcanza la meta. Y ni siquiera con el Papa de oficiante de una misa que le puede beneficiar ha sido capaz de aclarar cómo va a ser su ceremonia una vez investido. Rajoy no es perezoso, como repite la propaganda del adversario en uno de esos ejercicios simplones tan del agrado de la España Sálvame de luxe, pero puede ser algo peor: un tipo que confíe en echarle toda la culpa al PSOE y, cuando llegue al poder, exigirle todas las soluciones a Bruselas.
Manzanas. Un peregrino puede indignarse, y un indignado peregrinar. En ninguno de ambos casos tienen estos perfiles mucho que ver con la patulea de alborotadores que de un tiempo para acá ocupan espacios ajenos para tener el éxito negado en su letrina de origen. Antes de informar u opinar, todos debiéramos comprarnos unos prismáticos, por si a simple vista no se ve lo obvio: que aquí, o en Londres y donde sea, siempre surgen pequeños grupúsculo antitodo y pronada a los que hay que tratar de separar del cesto que invaden. El resto de manzanas bien lo sabe ya.
Fiestas. En todas las ciudades de España, también en ésta, se celebran sus ferias y fiestas. Sin embargo, hay calles que no se limpian desde el Medievo y serían un chollo para biólogos, forenses y entomólogos. Clasificar y elegir cómo se gasta el dinero es la más difícil y definitoria tarea de un gobernante. Pero imaginen qué diría el pueblo, literalmente, si al alcalde se le ocurriera elegir lo correcto y prescindir del resto.
Citan muchos a Lorca, que lloraba siempre por la ignorancia de una mitad de España hacia la otra, sin darse cuenta de que el enorme poeta lo decía también por ellos. El respeto es un producto volátil, perecedero, necesitado de tantos cuidados como una anchoa del Cantábrico antes de nadar en el plato: hay que envolverla en un ungüento aceitoso, dejarla macerar un tiempo, retirar con mimo la piel argenta del lomo y cortar con tiralíneas las espinas sobrantes.
Hacer una manifestación antiPapa es un exceso, tanto como montarla en Chueca contra el matrimonio gay en sus días grandes: esto no tiene que ver con las ideas, la fe, las creencias o la orientación; sino con el mero respeto y el sentido común. De ésos que van con su razón hasta el fin del mundo, sin pararse a pensar si acaso no retroalimentan el exceso recíproco, estamos rodeados.
Pero entre medias de esta España de comecuras antigüos y de torquemadas añejos, que ve sótanas y pierde el juicio o se las pone y lo abandona, hay gente: en concreto, la mayoría. Separar Iglesia y Estado está en la matriz de la democracia occidental, como no hacerlo explica en parte el retraso de Oriente, donde Dios y el Rey se confunden para gobernar sobre los cielos y las tierras con idéntica miseria.
A partir de ahí, lo que diga la Iglesia obecede a su legítimo credo, su tradición, sus costumbres, sus normas y la libertad de expresión; y no hace falta compartirlo ni es preciso dejar de criticarlo para valorarlo: cualquiera que hable de recuperar una cierta espiritualidad, merece como poco atención y curiosidad.
Y de sus excesos y repudios, de su tendencia a matar a Cristo ahogándole en charcos innecesarios, que respondan el Estado y su Gobierno: son ellos, y no Benedicto XVI y Rouco Varela, quienes mantienen los acuerdos financieros con la Santa Sede y es a ellos, otro día, a quienes en todo caso habría que montarles una manifestación.
Mientras, salud al Papa, y gracias a sus peregrinos por llenar la lánguida Comunidad de Madrid, en un agosto indómito, de vida y de consumo. Por decirlo en cristiano, que les pregunten a farmacéuticos y expendurías en general.
Hay imágenes que remiten a 'La viuda embarazada' de Martin Amis, por su aparente contradicción: una es Rajoy asustando pulpos en Galicia mientras dice sufrir tensión por la crisis. Y la otra es Rubalcaba disimulando su complicidad, con todos los zapatiestos, organizando su propia JMJ socialista: sólo le falta una guitarra, de salmos va sobrado.
El ser humano occidental es conservador por obligación; le pasa a cualquiera que tiene algo. También por eso su umbral de dolor es bajo y su espacio de tranquilidad depende en buena medida de tener una explicación para todo. Sea un crimen o una revuelta. Mientras la busca, y siempre habrá algún especialista dispuesto a dársela a cambio de una cantidad o subvención razonable, que el Estado haga su trabajo sin zancadillas. No se entiende del todo que cuando unos tipos destrozan un híper o se llevan el televisor se pongan tantos otros a discutir, con solemnidad gangosa, en qué punto falló la sociedad.
A Voltaire, el que daba el brazo propio por defender una opinión ajena, ahora le pondrían de linier en el Bernabéu, a lo sumo, a ser gorreado por tanto hincha. Si cambiamos de nombre, de evento o de sigla; el comportamiento de las manadas es el mismo: atizar sin compasión y reprochar lo mismo que se practica. La visita del Papa o las concentraciones del 15M reproducen ese acto reflejo y demuestran que la única ideología reinante, de verdad, es el sectarismo.
Con 50.000 millones de deudas a los proveedores, la Administración es más el problema que la solución. A esos pobres empresarios les zumban por todos los lados: pagan lo que deben, con cobran lo que les adeudan, carecen de crédito y, a la más mínima, les ponen a parir. De todas las reformas pendientes, la educativa es la más acuciante, junto con unos buenos cursos de lanzamiento de piedras. En España, todas caen sobre el tejado propio.
Mou y Guardiola no representan dos mundos: es el mismo, siempre, que se retroalimenta con héroes y villanos intercambiables. Hay algo de tocomocho bipolar en el fútbol, que una vez más demuestra cuánto se parece a la vida: el Barça anuncia a Unicef y a Qatar a la vez; el Real Madrid a una casa de apuestas. Y todos tan panchos, con la lealtad del gallinero.
Que se mueran ellos. La emergencia en Somalia ha logrado movilizar 25 millones de euros en ayudas, más de cien veces menos que la salvación de una Caja gobernada y tutelada por esos mismos políticos que ahora le echan la culpa al cielo, como un mal jugador de póquer. La moraleja es inquietante: si se hunde un Banco, tal vez se hunda entero un país; pero si se mueren mil personas de hambre al día, sólo sufren ellas.
La prima, y el primo. España es un país de motos escacharradas que no consigue colocar pese a que aún debe ruedas y manillares. Europa, esto es Alemania, ha decidido comprar unas pocas para que se animen otros clientes, y a tan lógica secuencia responde el comportamiento de los perversos mercados: son tan humanos que hacen exactamente lo mismo que usted y yo. Procuramos no prestárselo al amigo moroso.
Por narices. La segunda parte encierra el mismo sentido común, y sólo hay que ver cómo compagina Zapatero sus obligaciones hacia el prestamista con el exotismo discursivo de Rubalcaba, el semiindignado. El mercado labora, las pensiones, los conciertos económicos a la carta con las comunidades históricas y esa larga lista de canonjías, excesos, boutades y patochadas que jalonan nuestra historia reciente están ya en entredicho: si queremos el dinero de los alemanes, tendremos que comportarnos como alemanes.
Parece una célebre película, pero quizá sea España con sus socios de la UE
El pato, gratis. Antes, alguien debería pagar el festín: en los últimos cuatro años, todas las rondas han sido abonadas por trabajadores y pymes, miembros de ese exiguo club de los 18 millones de cotizantes que deben sostener a los 29 millones que no lo son. Sigue llamando la atención que, a estas alturas y con Frau Merkel y Monsieur Trichet ejerciendo de padrastros; no se conozca ningún ERE ni ninguna demanda contra cualquiera de los políticos que construían bases lunares en Marte. O aeropuertos en Ciudad Real.
Viene el Papa. El debate entre detractores y benefactores ha alcanzado ya tintes futbolísticos y contiene el mismo exceso de pasión y defecto de argumentos que la previa de un Madrid-Barça. Todo se reduce al respeto recíproco y a interpretar correctamente en qué consiste. Un país que no sabe del todo cuál es su idioma ni cómo se llama y que a estas alturas persigue sotanas o quiere poner crucifijos en las aulas esta irremediablemente condenado a la insignificancia y el desvarío.
Especulando con eufemismos. Descubierto el origen del mal, es más fácil rechazar responsabilidades. Ahora se simulan oscuras manos, no del todo humanas tal vez, para explicar por qué estamos colgados de una frágil rama en el precipicio económico. La realidad es más sencilla: España gasta más de lo que ingresa, debe más de lo que puede devolver y además necesita nuevos créditos.
Alcaldes en apuros. El gran dilema es si la cigarra puede metamorfosear en hormiga. Y no se conoce precedente. Cada día, una de esas gastonas libertinas sale diciendo que no tiene ni para un puñado de trigo, aunque todas ellas sabían de antemano la solución: no firmar convenios colectivos que agotaran el 50% de los presupuestos municipales; no convertir su modesto consistorio en una mala copia de la Casa Blanca; no transformar el equipo de confianza elemental en un ejército de paniaguados y no tratar el dinero público como si no fuera de nadie. ¿Y ahora qué?
Lo viejo y lo antiguo. Son dos etiquetas intercambiables entre Rubalcaba y Rajoy. Sus discursos e ideas suenan no a ya vistas, sino a ya padecidas y tiene la misma capacidad de emocionar que un doctor prescribiendo una colonoscopia. Del candidato del PSOE nunca podrá decirse suficientes veces que todo lo que promete es incompatible con lo que no ha querido hacer y antagónico de lo que ha hecho. Y de su clon en el PP, sólo una pregunta. ¿No le da qué pensar la certeza de que, sin haber gobernado aún, presenta un agotamiento similar?
Insolados. La protesta o es un medio, o no es nada. Ocupar Sol era menos importante que decir para qué se ocupaba. Pero los indignados han alterado el orden de los factores para olvidar a continuación el producto. Los esfuerzos estériles conducen a la melancolía, o a algo peor: un mero desahogo, tan improductivo como contar granos de arena en el desierto.
Es bastante incongruente, cuando no escapista o ridículo, achacar la barbarie de Oslo a las ideas que, al parecer, echaban gasolina al psicópata fuego interior del asesino templario. Pero no lo es por la inexistencia de una relación de causa y efecto entre lo que creía y lo que hizo, sólo válida en el caso de ser un tarado amén de un ultraderechista; sino por la evidencia de que esas ideas son legales en Noruega –y en toda Europa-, son publicitadas y difundidas y, sobre todo, pueden ser votadas. Y de hecho lo son.
Esto es, o la explicación política a la matanza del panoli rubiato con aires de Cid de los Fiordos es una boutade interesada destinada a amortizar el martirio desde unas siglas –y ahí tienen la impostada reacción ideológica de una parte del PSOE con Rubalcaba a la cabeza, tan patética como la respuesta del turiferario Arenas- o, si es cierta, todos y cada uno de los Gobiernos de Europa son moral, política y casi legalmente responsables por conceder legalidad a un lobo que en cada país se presenta con unas siglas pero bebe la misma sangre ideológica.
No es verdad que se deban respetar todas las ideas mientras no se defiendan con violencia. Y no es cierto que cualquiera pueda defender cualquier cosa siempre y cuando lo haga respetando la democracia, un oxímoron ético y legal por la incontestable incompatibilidad existente entre utilizar la herramienta que se quiere eliminar: si la Constitución de cada nación, si la carta de Derechos Fundamentales, si el Código Penal y si, en definitiva, todo el entramado jurídico y político de Europa consagra la igualdad de credos, razas y sexos, ¿cómo demonios va a ser legal construir un discurso destructivo contra esos valores?
Tarados nazis ha habido siempre. La cuestión es por qué es legal defender todas esas ideas 'pacíficamente'. Esa responsabilidad es de los políticos, en exclusiva
Más allá de la despampanante chapuza policial que permite a un único tarado (o a unos cuantos moros fichados del primero al último por la Policía) volar la City noruega (o el Metro de Londres o los trenes del 11-M) y fusilar a 90 jóvenes sin que nadie lo detecte primero y lo reprenda luego con rapidez; la gran avería que exponen estas matanzas es de la clase política europea, sin excepción de país ni de color.
Ni son capaces de evitar que los valores constitucionales sean pisoteados por esa parte de lasminorías étnicas o religiosas que desatan yihads domésticas desde el corazón de las ciudades que los acogen; ni son capaces tampoco de perseguir a quienes hacen una sangrienta enmienda a la totalidad de la democracia y convierten la parte que no funciona en un todo a derribar.
El tal Anders Behring Breivik puede ser sólo un loco, que encuentra una realidad distorsionada en la calle como Charles Manson se inspiraba en los mensajes ocultos del ‘Helter Skelter’ de The Beatles –un simple tobogán infantil, para él una orden del demonio-; o puede ser un loco fascista. Lo sustantivo es que en el primer caso el costoso Estado de Derecho quedó indefenso ante un pistolero y, en el segundo, avaló durante años que sus fuentes de bilis camparan en ayuntamientos, parlamentos y cámaras como Pedro por su casa.
Europa, de Noruega hasta España, tiene infinitos problemas, aunque ninguno tan grave como los de la olvidada y menos quejica África. Pero tal vez el más grave de ellos sea su relativismo, su indolente defensa de los mejores valores que campan en el mundo, su estúpida confusión entre el respeto a la diferencia y la tolerancia con el exceso, su meliflua, retórica e incompetente pasividad ante todo y, por último, su inoperancia para defender lo que le compete.
La Policía llegó tarde; pero la política no llegó nunca. Le Pen no es de ayer.
Es ese tipo de política que permite, a la vez, el castrante velo y el discurso Breivik; que permite una España 2000 en cada país y una Bildu en no pocas regiones; que legisla a la vez contra la inmigración y permite que se agoten los servicios públicos en fines asistenciales alimentando una inquina interracial para esquivar una queja compartida de todos los usuarios y que, en resumen, es intelectualmente estúpida y políticamente trivial cuando toca conocer, aplicar y proteger unas reglas del juego anchas como en ningún otro logar del mundo pero con unos límites establecidos en defensa de los jugadores.
Es probable que siempre haya un Breivik, en Oslo o en Oklahoma, en Madrid o en Casablanca; dispuesto en solitario o con camada a sentirse el Leviatándescrito por Paul Auster –un escritor cansado con el sistema que decide volar todas las réplicas posibles de la Estatua de la Libertad- siendo en realidad un matarife alucinado. Y es seguro que no será fácil detenerlo, aunque ya está bien de que un pigmeo logre en Internet para matar lo que los Cuerpos de Seguridad –más numerosos, mejor pertrechados, y obviamente muy costosos- no obtienen para evitarlo.
Pero no hay ninguna razón objetiva ni moral ni política ni progresista ni conservadora que obligue a facilitar que el fascismo, el nacionalismo agresivo, la fe radical o la xenofobia en nombre de una mal llamada tolerancia que es una simple mezcla de incultura, irresponsabilidad, incompetencia y temeridad doloso de todos y cada uno de los Zapatero, Cameron, Merkel, Sarkozy, Van Rompuy, Barroso y esa casta de burócratas livianos que a la ruina económica le añaden una pereza política bochornosa.
Charles Manson nunca vio a los Beatles y la canción que le inspiró era un homenaje algo heavy a un columpio infantil. Pese a eso, hay 'testimonios' que incluso situán juntos, ensayando, al grupo de Liverpool y al asesino americano
Camps. Habló en su despedida como el alcalde descrito por Eduardo Mendoza en 'La aventura del tocador de señoras', con un toque Isbert inocultable. No quedaba claro si se estaba riendo de la audiencia o si, por contra, había perdido el juicio, pero en todo caso dejó una estampa para la posteridad: citó a los millones de amigos que le han respaldado, pero todo el mundo se acordó en exclusiva de su amiguito. El bochorno es su primera condena, con agravante de ridículo y vergüenza ajena.
Curbelo. El senador saunero, que en pareado malo rima también con putero. Como Camps, no dimitió a la primera, sino a la segunda, y sólo como senador: montarla parda inhabilita al parecer para simular que se trabaja en la Cámara Alta, pero es compatible con presidir el Cabildo de la Gomera. O, aquí, número 2 del PSM aunque se esté inhabilitado por prevaricación. Hay un dato más para no creerse del todo ni al dadaísta ex presidente valenciano ni al senador gore canario: las damas del PSOE que buscan anuncios de prostitución en los periódicos para prohibirlos por ley, tardaron cuatro días en decirle que se fuera. Antes que putero, era socialista, debieron pensar.
Rajoy. Sigue pareciendo un killer de 8 a 3, que echan el Tour y siete horas de trabajo cansan mucho, pero en su horario hiperreducido es un depredador inmejorable: parecía que besaba a Camps, pero era el beso de la muerte. El presidente del PP tiene esa tendencia tan gallega a no aclarar nunca si sube o baja una escalera, y tras varios años sugiriendo que al final se despeñaba él mismo por el hueco, ha demostrado que en realidad arroja fardos por la ventana, a su manera. Ojo con el blando que empezó oliendo a horchata en Valencia y ha terminando haciendo una Falla con su mentor.
Rubalcaba. Es un artista, pero hasta él va a tener serias dificultades para colocar su moto. Cada día que pasa, alimenta la sensación de que promete todo aquello que no va a poder hacer desde la oposición y que no ha querido hacer desde el Gobierno. Al dejar Interior, se ha puesto un traje de poli bueno con las coderas desgastadas que recuerda al de Tomás Gómez en la Comunidad de Madrid: no juega a ganar, sino a no perder por demasiado para gestionar su propia derrota.
Lugares comunes. Allí se encuentran algunas de las causas de la crisis actual. Se dan por supuestas demasiadas afirmaciones y hechos como verdades inmutables o inevitables. Que hace falta crecer al 2% para crear empleo; que faltan profesores en la pública o que la sanidad española es formidable. Puede que sí, o puede que no, pero ante la duda hay que actuar como los matemático de Jorge Volpi en 'En busca de Klingsor': todos sabían sumar dos y dos y no dejaban que su pasión por el tres o el cinco alterara el resultado. Sobre los maestros, por ejemplo: una buena manera de defender que deben seguir los 3.000 interinos remozados por la consejera Lucía Figar sería denuncia a ese 22% de compañeros con plaza fija que se coge una baja cada día en nuestras escuelas. Tal vez sean ellos quienes les están quitando también el puesto.
Entre la sublimación de la República y la disculpa a la Dictadura hay un camino que no es equidistante, sino meramente histórico, construido con los hechos y al margen de las apreciaciones, las vivencias, las poses o la herencia genética.
En esa senda, no es difícil encontrar un régimen superado pero democrático, incapaz de atender sus problemas pero legitimado para intentarlo; y otro que, al calor de la descomposición del sistema establecido por el pueblo y utilizando el descontento de una parte de él, primero se sublevó, después fracasó en el Golpe de Estado y finalmente optó por insistir con una Guerra Civil que, una vez ganada, se prolongó contra rivales ya desarmados.
Muchos de quienes no vivieron nada y unos cuantos de quienes sí lo hicieron desde la distancia, imprescindible para entender por qué Franco dominó durante 40 años y murió en la cama, son ahora antifranquistas con medallas de hojalata a un honor sobrevenido: de ahí una versión legendaria de la República, mitificada y tan alejada de su verdad histórica como esa antítesis, mucho más repugnante aún, que justifica el Alzamiento, entiende la guerra, acepta casi todo lo demás.
La República no necesitaba ser eficaz para ser legal; y la Dictadura no se adecentaba por absorber un descontento formidable, trufado por miseria y alimentado, sin duda, por esa lucha fraticida de tanto izquierdoso que quería una revolución antes que una democracia debilitada. Traigamos a nuestros días esta descripción para entender que un golpe contra Zapatero lo es contra todos, y que tener esto muy claro no legitima a la gestión de la persona, sino a nosotros como portadores de la esencia de una democracia decente.
Hay más hechos al respecto: durante el conflicto, unos y otros mataron tanto como pudieron, y la contabilidad en esos tres años no admite orgullos de nadie. Pero hubo cuatro décadas para recordar a los que murieron ganando y para enterrar más hondo, con la cara borrada boca abajo, a quienes murieron perdiendo: como cada muerto es una persona, sacarlo del anonimato no es una victoria de los colores que defendió, sino un acto de justicia poética con las almas borrosas, condenadas en ese limbo de la memoria que son siempre las zanjas y las cunetas.
Poner una lápida siempre es un acto humanidad; entender los hechos uno de inteligencia. Sólo hay algo a hacer para que la concordia, sustentada en la asunción de que ya no hay culpables, deje de fluctuar a manos de especuladores de la memoria: evitar que unos se comporten como los héroes que no fueron y exigir que otros dejen de hacerlo como los propietarios de la pala que no utilizaron.
La memoria no es olvido ni manipulación, no es colectiva ni coral, no es histórica ni tampoco científica: es un homenaje, un derecho y casi una obligación individual de cada uno que nadie debe succionar como el plasma que engorda su propia bilis mediocre.
Paz, piedad y perdón. A la izquierda, el último discurso de Azaña. Y a la derecha, tantos años después, el Rey hablando del ex presidente y desvelando cómo su viuda le dijo que a su marido le hubiera encantado vivir ese momento de reconciliación definitiva
En la tercera temporada de The Wire, esa serie que ubica en Baltimore el infierno descrito por Paul Auster en ‘El país de las últimas cosas’, un comisario comprometido adopta una decisión tan controvertida como al menos defendible: ubicar en tres zonas abandonadas todo el mercado de drogas que cada día destrozaba hasta entonces cada esquina y cada barrio de su ciudad.
En esos rincones, rodeados por casas vacías y tapiadas destinadas a ocultar los cadáveres de las víctimas de cada guerra de bandas, el tráfico es libre, la Policía se limita a impedir altercados y camellos y consumidores conviven en una armonía tétrica, con todas sus miserias expuestas y concentradas como en una versión yonqui y en aguafuerte de la Visión del Apocalipsis de El Greco. Le llaman, los negros, Hamsterdam, con h.
A cambio, el resto de Baltimore recupera su humanidad, los parques dejan de ser campos de tiro y el silbido de los tristes pájaros grises sustituye al de las crueles balas de plomo, dispuestas a entrar por la ventana y derramar los sesos de un niño incapaz de esconderse a tiempo bajo la cama.
En el aire, para el espectador y algunos de los protagonistas, flota una doble pregunta inquietante: ¿Hay que aceptar esas bajas de una parte de la sociedad para garantizar el bienestar de la otra, mayoritaria? O planteada de otra manera, si no se pueden evitar determinados problemas y realidades, por mucho que atenten contra la conciencia y el corazón, ¿se puede condenar al conjunto de la sociedad a padecer sus efectos?
En todo caso, el buen policía acepta ese desafío a sí mismo y prueba, con el desconocimiento inicial de sus jefes y la utilización final de su éxito contra la delincuencia y su fracaso estético, que le cuesta el puesto.
Nadie con un ápice de sentido común, de aceptación de la compleja y dramática coexistencia en un mismo ecosistema de un montón de realidades distintas puede esperar que, al aceptar que tu terreno son los charcos, no salpique el barro a la camisa. Sólo un cínico y un hipócrita puede exigir, por ejemplo, que en la lucha antiterrorista todo se ciña a un guión angelical y garantista que haría simplemente inviable la gestión del problema: no vale todo, desde luego, pero no puede arramblar sin más contra todo aquel que bordee los límites e incluso los exceda.
En dónde esté la frontera, en cuán ancha o estrecha se perciba, reside la diferencia entre el abuso y la eficacia: matar a un terrorista con mercenarios es intolerable; pactar con ellos una tregua defendible, ¿y avisarles de una redada policial para preservar un bien mayor, la esperanza de una paz duradera?
Esto último, en lo sustantivo, es el ‘Caso Faisán’, más allá del lamentable ruido que genera a un lado y otro de una trinchera que empieza a parecer una tumba de cerebros degradados, carnes macilentas y páncreas resistentes a la segregación de bilis en masa: no todos los argumentos que maneja el PP son tolerables, como tampoco lo son todos los que utiliza el PSOE con Camps.
En esa dialéctica inversa, que no deja resquicio a la duda y cobija el exceso propio con la misma resistencia tontuna con la que ataca al agravio ajeno; reside una parte del enorme problema ético de este país: no cuenta lo que se hace, sólo quién lo hace.
Un camino hubiera sido mezclar comprensión y condena emulando un poco al noble, aunque equivocado, comisario de Baltimore: lo triste de Zapatero, o de Rubalcaba –y cambien de personas, de partido y de sucesos- no es que acepten vivir y gobernar en esa delgada líneas roja de Malick; sino que jamás, cuando se sabe que la han pisado, tengan el valor, la decencia, el respeto y la clase de aceptarlo, defenderlo… y pagarlo.
Casi todo se puede entender; pero hay cosas que no se deben perdonar cuando se saben para que el siguiente comisario pueda volver a las barriadas.
Esto es Hamsterdam, aquí y en Baltimore
Posdata. El mismo contradiós aparece en la búsqueda de un nuevo malo para la película de la crisis. Más allá de juego de poli bueno y poli malo que se traen sucesor y sucedido, aunque son de la misma Comisaría, reaparecen viejos coroneles para ahondar en el contraste y embelesar a la opinión pública. Felipe González es, más que una persona, un concepto: ahora echa la culpa, con razón, a la Unión Europea. Por carecer de un sistema económico único. Y lo dice tras haber defendido lo contrario aquí: le exige a los catalanes, vascos y navarros de Europa lo que perdona a los de España. Sin mover una pestaña.
El capital no es un tipo obeso con un puro en la mano que desayuna higadillos. Es una estampa tentadora, pero lamentablemente no es cierta. Lo componemos los 15 millones de trabajadores por cuenta ajena, las tres millones y medio de PYMES y autónomos, los casi tres millones de funcionarios y, también, el resto de personas que no cotizan pero respiran hasta llegar a los 47 millones de almas cansadas que somos.
Luego hay una ínfima parte porcentual que componen las corporaciones y una parte de la clase política dirigente, y ambas están íntimamente relacionadas. El precio de la luz y el gas; el tipo de interés bancario; las operaciones en Bolsa o los planes urbanísticos están supervisados y pueden ser intervenidos desde la política: cuando ejerce su función, y cuando no lo hace también, permite que esos pocos operadores ganen entre mucho y muchísimo dinero, aunque apenas generan el 5% de los empleos del país.
Aún hay una parte más que decide la política: cómo se gasta y en qué el dinero que recibe de los trabajadores y empresas descritos en el primer párrafo, a los que retiene una media del 41% de sus retribuciones cada mes, sin que se entere. Y no parece que lo haya hecho con el decoro oportuno ni las prioridades pertinentes: es difícil tener datos fiables al 100%, pero cruzando unos y otros se puede alcanzar alguna conclusión apabullante, estremecedora, de ésas que convierten al ladrón de guante blanco más legendario de la historia en un vulgar mangui de radios de coche.
Por ejemplo que la miríada de tapaderas creadas artificialmente generan una deuda anual de 50.000 millones de euros, a los que hay que sumar otros 35.000 millones derivados de la improductividad, las duplicidades y el misterioso absentismo en la Administración, cuatro veces superior al de la vida ¿real?
España derrocha una Grecia al año, si admitimos al bello país heleno como unidad de medición en este ejercicio pedagógico con las cifras: este desmán, por cierto, facilita todas las privatizaciones imaginables, pues siempre serán mejor alternativa que el atraco, aunque peor que lo público si es decente.
De un lado, pues, la política quema billetes para solaz de esos 88.000 cargos públicos o de confianza a los que el partido o el sindicato o la patronal agradecen sus servicios… con tu dinero. Y de otro, avalan por activa y por pasiva la ludopatía financiera de esos cuatro gatos multinacionales que cada día pueden cantarle al Gobierno, ellos sí, el viejo tema de Amaral: “Sin ti no soy nada”.
No puede ser casual, por buscar un último elemento objetivo para derribar al inexistente gordo del puro, que una parte nada desdeñable de quienes han perpetrado el derroche de fondos públicos y protegido a los amigos de la banca, trabaje con ellos. He publicado la lista mil veces, e incluye a ex presidentes, ex ministros de Economía, ex presidentes del Congreso y una pléyade de ex altos cargos a quienes parece haberles ido muy bien en esas empresas a las que les fue muy bien con ellos mandando: en un país serio esto sería delito; aquí se considera una consecuencia de la experiencia.
Hay gordos con puro, que calzan zapatos con puntera de hierro y están dispuestos a patearle el culo a su madre. Pero o no son relevantes o, cuando lo son, resultan fáciles de identificar y de controlar: cuando no se hace, sube la prima de riesgo en un año de 170 a 370 y los trompeteros de la nada, que callaron antes y ahora buscan culpables verosímiles, vuelven a señalar a una mano negra o a un zampabollos sin alma; aunque una vez más todo tiene una explicación más sencilla
España es un país que gasta lo que no tiene en lo que no debe, adeuda lo que casi no puede pagar y pide más a quien no está convencido de que vaya a recuperarlo y por ello le impone unas condiciones leoninas: en ese escenario, usted y yo también tendríamos dificultades para lograr un préstamo y nos plantearíamos muy seriamente hacérselo a semejante acreedor.
No hay más, pero tampoco menos. Sólo se trata de elegir entre la dura realidad, en cuyo reverso están presentes las causas objetivas del estropicio y en consecuencia el comienzo de las soluciones; o dejarse llevar por estos reverendos de nuevo cuño que, como en Las Brujas de Salem, lanzan maleficios, buscan brujas y encienden hogueras para que el rebaño se contente con un poco de sangre mientras ellos ríen en sus renovados altares.
* Este artículo está dedicado a Javier López, secretario general de CC.OO en Madrid, un hombre íntegro e inteligente, con el que es gozoso debatir, aunque tiene un serio problema con las vigas y las pajas y se equivoca o se engaña a sí mismo con alguna frecuencia. Y a Carlos Martínez Gorriarán, antes filósofo que político de UPyD: a él le adeudo la estampa del gordo fumador. También a mi madre, que hacía cuentas mucho mejor que Solbes, Rato y el tal Van Rompuy juntos: sabía que dos y dos son cuatro y que si pones aquí, quitas de allá. Nunca se equivocó de prioridades.
Entre las decenas de efectos que genera el ruido, una lacra invisible como la contaminación atmosférica que provocaría una alarma sanitaria internacional de estar presente por ejemplo en el agua, hay uno que pasa desapercibido pero resulta especialmente letal: genera serias dificultades para la observación.
Si la deshidratación provoca espejismos bajo el sol, el ruido extremo deforma la capacidad de percibir un fenómeno y lo moldea libremente o, en el caso de que proceda de un altavoz político, a antojo del emisor.
El redoble de campanas que ha acompañado a la proclamación de Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato oficial del PSOE pertenece a esta última categoría: no hay inquina alguna contra tan nobles siglas, responsables de una parte del progreso que hemos vivido en este país. Tampoco hay tacha a las virtudes del elegido, un Demóstenes moderno que, si habla bien, es porque no debe pensar demasiado mal.
No es sencillo, incluso, buscar grandes pegas a sus anuncios epidérmicos, pues más allá de su escaso contenido práctico o su dudosa aplicación, encierran esa virtud tan definitoria de la política decente cual es la capacidad de estimular al propio y retar al contrario.
Rubalcaba, o Chanquete, o Sean Connery, ya puestos
Ni siquiera se antoja decisiva la paradoja generacional entre el sucesor y el sucedido, que ahonda la sensación de que esto es, sobre todo, un suceso; aunque aparezca en la sección de política. E, incluso, por buscar un último argumento, hasta suscita cierta solidaridad un personaje que desde ciertos ámbitos no es replicado con argumentos, sino con una ristra de prejuicios, eslóganes y rebuznos que harían palidecer al más procaz cliente de un local nocturno de señoritas en la autovía de Barcelona.
Nada de esto, en fin, pesa sobre Rubalcaba mucho más que la catarata de clichés que acolchan la identidad de cualquier dirigente político del país, gracias al buen oficio de los adversarios de su oficio o del mío, expertos todos en pintura al gotelé.
Lo sustantivo, lo que hace de este buen hombre una mera versión remasterizada de ‘Verano Azul’ es que ha tenido ya la oportunidad de hacer lo que promete y no lo ha hecho. Con un agravante, incómodo, indignante: ha hecho justo lo contrario. Con él se ha aprobado la reforma laboral, la extensión a los 67 años de la edad de jubilación, la entrada de Bildu en los Ayuntamientos, las exenciones fiscales a los directivos de los Bancos o las ayudas a las Cajas.
Bien mirado, todavía hay algo peor que la hipocresía pendular y el disimulo retórico: más que resucitar a Chanquete para luego dejarlo morir, esto es como asesinarlo a guitarrazos y pretender que los teleespectadores aplaudan con lágrimas al homicida que, con un par, oficia el funeral.
Posdata. El ex ministro, ex diputado, ex rector y creo que ex vicepresidente de Bankia, Virgilio Zapatero, pasa por ser un doble descafeinado de su íntimo Rubalcaba, aunque también procuraba serlo de su adversario Guerra. En esa guerra de clones, de hoy con uno y mañana con el otro para lo uno y lo contrario, parece adivinarse la personalidad final de ambos: lo que toque y cuando toque, con tal de seguir y servir. "Ésos son mis principios; si no le gustan, tengo otros". Seguro que Aznar, silencioso consejero de Murdoch, tiene algo que decir al respecto: su amarillismo remunerado no necesita de News of the world para prosperar.
José Blanco es gallego de maradentro, pero conoce la fauna marítima de la costa y sabe que los peces tienen una memoria de corto alcance: una lubina encuevada por un ruido olvida la amenaza a los nueve segundos, y vuelve sobre sus pasos para ponerse de nuevo a tiro de arpón o de chivo. El ministro de Fomento adjudica al ciudadano la misma condición que al pez, y supone que borrará rápidamente sus recuerdos para morder la lombriz: hay que plantearse el copago, hacerles pagar a los bancos una parte de la factura y dejar de hacer autovías y aeropuertos; dice sin pestañear.
Pero en el mar también hay pulpos, de enormes prestaciones más allá de su perfecta sintonía con el pimentón, la sal maldon, el aceite de oliva y unos buenos cachelos: su cabeza moldeable recuerda casi todo, y no les es difícil retener algunas referencias visuales y olfativas del pasado remoto y reciente.
Por ejemplo que la banca, como el ladrillo, las energéticas o el mercado de valores; no pudieron hacer nada de lo que hicieron sin la complicidad, la tutela, el estímulo y la protección del Gobierno: cada vez que se echa la culpa al mercado, se entrega una coartada a los pocos y conocidos responsables de la crisis y se adjudican las culpas a fenómenos meteorológicos imprevistos o excesos individuales de los ciudadanos.
En realidad, desde el precio del dinero hasta la salida a Bolsa o las tarifas de la luz o la calificación de un suelo dependían, y dependen, de quienes ahora intentan pasar por médicos aunque han sido siempre enterradores. Por mucho que suenen las trompetas de cierta política y cierto periodismo, que repiten el mantra de la mano negra mientras intentan blanquear su alma sucia, todo lo que ha pasado tiene un origen definido y un culpable claro: había un Banco de España, una CNMV, un Ministerio de Industria y tantos otros, con subyacentes consejerías y concejalías, consagrados a la gestión del suelo.
Tan obvio es que, pese a la pose bramante de ahora, hoy mismo no lo disimulan: allá donde antes hubo un político negligente y consentidor, hoy hay un consejero de la empresa beneficiada, que tiene tanto que ver con el mercado real –el que componen trabajadores, PYMES y consumidores- como un huevo a una castaña.
El rizo rizado otorga una pista final: ni siquiera han tenido la decencia de invertir bien el derroche. La caja que presidían y el dinero que gastaban era en aeropuertos en Ciudad Real o Aves a Albacete, satisfaciendo las aspiraciones catetas del cacique regional de turno en lugar de ofreciendo a su país un aeródromo con enlace directo a Asia o un puerto de mar capaz de encauzar desde España las mercancías pesadas de medio mundo.
De todos los bichos acuáticos, al fin, el más parecido a esta clase política manirrota e intelectualmente bivalva es la lapa: no se come y no come, pero tiene una concha dura y una carne capaz de estimular las náuseas de un mugel, un pez plateado que no le hace ascos ni a la mierda expulsada por un colector. Como el pulpo, no es animal de compañía.
Posdata. Los mensajes a la Banca parecen más una obra de teatro aficionada: mientras declaman en la platea que ellos son los malos, buscan en la caja fuerte el dinero que necesitan para no cambiar. Don Emilio Botín bien sabe que una cosa es soportar una pitada y otra bien distinta pagar una ronda: los actores del momento se conforman con pedirle lo primero a cambio de descargarle de lo segundo.
Tele 5. Es dudosa la sensibilidad de una cadena cuyo jefe máximo considera a Belén Esteban la musa del 15-M. Y no hace falta ver la serie del 11-M para temerse lo peor: no tanto por el guión cuanto por la oportunidad y el escenario. Pero tampoco es fácil resolver un dilema: ¿Cómo no olvidar sin recrear? El problema no es que se haga una serie, sino que sólo se ha hecho una serie: el mundo tardó casi 20 años en darse cuenta del Holocausto nazi y ponerlo en la estantería pública oportuna.
Paolo Vasile y sus mamachicho no son culpables de esto: hay que mirar más al Gobierno, a la oposición, a los medios de comunicación y a este sistema que tiene atragantado aún el debate político sobre el atentado y olvida que allá, en los andenes, no sangraban las urnas sino un montón de tristes cadáveres sorprendidos.
Arana. Tal vez resulte recurrente repudiar a estas alturas casi todo lo que no ocurriera casi ayer, pues hasta el ahora parece agotado por el ya en estos tiempos de urgencias: lo nuevo se hace viejo nada más exponerse, y el porvenir parece un producto caduco por el mero hecho de poder fabularse. Pero hay excepciones: Bildu no quiere sumarse a la moción del PP de Ermua, que es también del PSOE, para condenar todos los crímenes de ETA. Considera que esa retórica no responde ya a esquemas "superados por la sociedad". Y quizá lo haga mirando a Sabino Arana, decimonónico, o a Franco, ya casi medieval: entre los múltiples pecados del nacionalismo, y su clímax terrorista, hay uno no menor: conjugan fatal los tiempos verbales y no conocen el significado. Matando, que es gerundio.
Veraneo Pajín. Sacarla en lorzas fue una tropelía, tanto como buscar corpiños en el mismo periódico. La vida privada no tiene tanto que ver con el espacio cuanto con el cometido: las ministras también pueden pedir intimidad en un concierto de los Rolling, rodeadas por miles de almas, si sólo son espectadoras. Otra cosa son las prebendas: estar ya de playa en julio, en un hotel y una playa reservada para una casta, es inadmisible. En España hay no menos de veinte espacios de ocio, en playa y montaña, reservados para los servidores públicos: usted, y yo, ponemos la cama.
Mujer tenías que ser. Uno de cada tres europeos no aparca a la primera. La media masculina es del 24%, y del 37% la femenina. Ellas aparcan peor. También aguantan menos el alcohol, tienen una masa cerebral un 9% menor y dan a luz. Son sólo estadísticas, y hay más: aunque sea algo más pequeño, su cerebro está más preparado para la memoria y las emociones. Para pensar y para amar, u odiar, pues. La igualdad es en derechos y oportunidades, no en prestaciones ni capacidades. Mujer tenías que ser, felizmente.
El bikini. A Leire Pajín se le puede criticar por casi todo lo que dice y hace, pero no por quién es ni dónde veranea. Casi todo el mundo tiene un mal desnudo, y a una parte nada desdeñable de los chistosos con el de la ministra les parecerá estimulante cuando dejen de bromear y se escondan bajo sus sábanas solitarias. La cuestión es que lo ha contado un medio de comunicación serio, pero no tanto, sin contar al parecer con el permiso oportuno ni explicar por qué las lorzas de la no tan joven son materia informativa y no detrito periodístico.
Aunque parezca un tema menor, el robado a Pajín y las bromas de quienes luego se matan a ídems es una estupenda metáfora del país: como nadie sabe a qué debe dedicarse y cuál es su misión, es difícil saber a dónde mirar cuando la vida se tuerce. Unas van en bañador en julio, pero el gran problema es que demasiados viven en pelota picada y hablan con pedorretas.
Teddy Hoffa. Bautista parece Jimmy Hoffa, pero de haber hecho algo tiene tan poco que ver con el estatus de la propiedad intelectual como la política con el robo: a nadie se le ocurre cerrar un partido o clausurar un Ayuntamiento cuando el secretario general se pone chusquero y manilargo o el alcalde descubre el posado egipcio o la suavidad del maletín. Los países que no respetan la propiedad privada son, simplemente, menos democráticos: carecer de propiedad no estimula un reparto por arriba, sólo equipara en
miseria muy por abajo.
Senectud y parto. Es dudoso que Rubalcaba sea el mejor socialista posible: suena a algo así como a poner de nuevo a Santillana para solventar los problemas con el gol del Real Madrid. Es sabio, o por lo menos experto, y casi todas las críticas recibididas son meros brochazos subjetivos: no lo es, sin embargo, verle como un contrasentido químico y biológico. Va el PSOE, se pone de parto, y da a luz un abuelo. Los socialistas querían rodar ‘Volver a empezar’, pero les ha salido ‘El extraño caso de Benjamin Button’.
Bildusuna. El candidato se desdobla como Houdini bajo siete grilletes. En su calidad de brillante ministro del Interior ha tenido, sin embargo, un lapsus al referirse a Bildu: “No dejamos que nos ganaran la guerra, y no nos ganarán la paz”. Habíamos quedado en que no eran ni ETA ni Batasuna, pero el subconsciente es que como un perro Breton: si le sueltas el collar, no hay manera de evitar que vaya de cabeza a la madriguera.
DSK. Todos los políticos son muy de Camus, incluso sin haberlo leído: entre la justicia y su madre, se quedan con la madre. Aunque no lo sea. A Strauss-Khan costó echarlo a la pira y no han faltado manos para sacarlo de allí a la primera de cambio, como si no hubiera abuso en todo caso: el viejo verde de la chequera y la chacha negra de hotel no pueden tener una relación repentina y consentida nunca. Otra cosa es que no la forzara con los puños: le bastó tal vez con sacar el fajo, que es el paquete de los poderosos que ya usan pañal para la orina. Más gracioso es el silencio casi total de cierta izquierda y cierto feminismo oficial: sólo les ha faltado llamar puta a la camarera y pedir la canonización de Dominique. Si hubiera sido Rato…
La elección de Donosti como Capital Cultural Europea no respalda los valores intemporales de una ciudad espléndida, de indiscutibles e internacionalmente conocidos méritos y de numerosos recursos derivados de su renta per cápita, su privilegiado encaje geográfico y su pertenencia a una comunidad que ha hecho de la identidad una rentable herramienta de insolidaridad fiscal con el resto del país.
Sólo por eso, el conservador jurado debiera haber gastado el cartucho promocional en designar a cualquier otra, si de verdad el fin del invento fuera integrar en el espacio cultural colectivo aquellos bienes de indudable trascendencia pero escasa difusión que al ser señalados logran y producen un beneficio objetivo: de un lado, quedan protegidas al ser expuestas, obligando a las autoridades estatales y europeas a invertir y tutelar su supervivencia física y anímica; de otro, desvelan a la ciudadanía una miríada de tesoros, latidos y virtudes que hasta entonces le pasaban desapercibidos.
Por utilizar un símil cinematográfico, la Academia de Hollywood puede y debe premiar a ‘Titanic’ por su indudable contribución al mantenimiento de un negocio industrial; pero el Festival de Cine de San Sebastián siempre debiera reservar su Concha para una de esas películas menores que, de otro modo, jamás llegarían a las pantallas: un recorrido por el palmarés reciente del certamen donostiarra permite confirmar esta tesis, presente en los galardones a ignotas películas de origen turco, iraní, chino, checo, alemán o argentino.
Europa, o más en concreto el Gobierno de España como promotor directo de 6 de los 13 miembros del jurado, se ha decantado ya de entrada por premiar lo que ya estaba premiado, empobreciendo de paso el ecosistema cultural español al desechar la estupenda posibilidad de presentar al mundo a ciudades como Segovia, Zaragoza, Burgos o la propia Alcalá, echada de la liza a las primeras de cambio en otro alarde de incultura politizada.
Si desde un punto intelectual la elección de San Sebastián es un estropicio, desde otro político –que es el que ha pesado de verdad- es un bochorno: como Donosti ya existía y su prestigio estaba bien consolidado por las razones ya explicadas; lo que realmente se ha hecho es dar un espaldarazo a su nuevo gobierno, encabezado por el delegado de Bildu, Juan Carlos Izagirre, como extensión de una estrategia que permitió a esta coalición nada heterogénea de siglas presentarse a las Elecciones Municipales con ETA dormida pero no disuelta y el Supremo y la Policía insistiendo en el carácter estrictamente táctico de la tregua: si hay que matarles, que sea a besos, en la idea de que así asumirán las bondades del amor frente a la guerra.
Vuelven a olvidar estos relativistas de la ética la exigencia elemental de que, en cuestión de principios, no debe haber atajos: el juego de la democracia impone unas reglas públicas conocidas e iguales para todos, y su inobservancia prolongada no obliga al Estado de Derecho a enfriarlas ni a aceptar las presiones de nadie que, en realidad, se expulsa a sí mismo.
Como tampoco la búsqueda de la paz y la ausencia de violencia merecen pagar cualquier precio: no sólo no se lo merecen los mil muertos del terrorismo, cuyo martirio sólo se justifica en la vigencia innegociable de los valores por los que dieron la vida; tampoco es bueno para un Estado de Derecho sólido rebajar sus peajes ante quienes no van a cambiar de objetivo político y no pueden convertir la violencia en un argumento de negociación.
Hay, finalmente, una razón estética nada baladí, pues la liturgia y las formas no son la bisutería de la democracia, sino su primer mensaje pedagógico: no se puede entregar la representación de España a quien legítimamente reniega de España y rechaza todos sus símbolos; como no se puede entregar la bandera de la paz y la ciudadanía –supuestos motores de la candidatura- a una ciudad que hace dos meses votó mayoritariamente a un candidato capaz de sostener que una pancarta con el lema “ETA no” carece de sentido y hace dos semanas no fue capaz de imponer un acuerdo al resto de fuerzas para evitar el acceso a la alcaldía de semejante lumbrera ética.
La equidistancia sirve sólo para medir la resistencia de ciclistas como Bahamontes, quien en su campechanía respondió así a la pregunta de si prefería subir puertos o bajarlos: “Me es equidistante”, cuentan que contó contando y cantando entre jadeos. En casi todo lo demás, es mero eufemismo que intenta maquillar una actitud, una posición o una opinión favorable a algo no del todo decoroso, dignificado desde ese momento a ojos vista del receptor.
Quienes tienen un problema, y ya está bien de no decirlo en voz alta; son los vascos en su conjunto, y en este caso más en concreto los donostiarras; al callar o aceptar o convivir o permitir que su potencial, su cultura, sus esperanzas y sus sentimientos estén condicionados y representados siempre por una visión de la vida que oscila entre la ilegimitidad –cuando no mata- y la ilegalidad, cuando recurre al delito; pero nunca es tolerable: una cosa es aceptar la existencia de casi cualquier idea e incluso reconocer la posibilidad de que se imponga utilizando los mecanismos constitucionales; y otra bien distinta desechar el combate que reclama.
En este caso, se renuncia a una pugna intelectual, cultural y política contra el independentismo y, además, se paga un precio vergonzante y legitimador de ese sinsentido a cambio de que no nos maten. Señalar a la Donosti de Bildu, y ahora lo es por mucho elorzismo que haya en su expediente, como referente de la “Cultura de la convivencia” y reconocer su autoridad para organizar un “Encuentro Internacional de las comisiones de la Verdad, Justicia y Reconociliación” es tan vergonzoso como situar en Srebenica la capital europea de los Derechos Humanos sin haber juzgado primero a Mladic.
Posdata. Un paraguas en la acera. Era el cadáver de José Luis López de la Calle. Me pilló en Donostia, y en la Parte Vieja no pararon de comerse pintxos ni de beberse txacolí. Los ciclistas paseaban mirando al monte Igueldo, y los pescadores dominicales buscaban doradas en la Concha ensartando lombrices en el anzuelo. Nada cambió, aunque a mí el cielo me parecía parado. Una semana después, 40 directores de periódicos fuimos al Kursaal a leer una carta de denuncia y resistencia cívica. Y allí entramos escoltados. Nunca he vuelto. Y no quiero volver. Creo que estaría muy bien que la izquierda, que Iñaki Gabilondo y que tanto vasco de bien dijeran estas cosas: sólo parecen de extrema derecha por su silencio, aunque sea bienintencionado.
Nos vamos a jubilar a los 67 años a cambio de que la Generalitat se quede en propiedad con los hospitales del Estado en Cataluña. Belén Esteban es la precusora del 15M, según el docto criterio del consejero delegado de Tele 5, Paolo Vasile. Media humanidad se dedica a insultar con prehomínida bajeza a Bibiana Aído y la otra media exalta sus virtudes hasta transformarla en una mezcla de Victoria Kent y Margarita Nelken, sin caer en que las dos se opusieron al voto femenino.
Dos soldados han muerto en una guerra que ya rechaza Obama y que en España siempre fue presentada como una misión de paz. Los obispos se oponen a la ley de muerte digna por legalizar la eutanasia, pero el Gobierno se opone a regularla y prefiere aplaudir a los doctores Montes. Otegi está en la cárcel por dirigir el mismo partido bendecido, sin embargo, para tener una centena de alcaldes y una Diputación Provincial bajo su manto.
Y así se escribe el relato cotidiano, una simbiosis de vergüenzas, cambalaches, insensateces y un contumaz deseo colectivo de hacer lo contrario a lo debido y explicarlo luego de la peor manera imaginable.
La solución empieza por cuidar un poco las formas y practicar esa virtud tan arqueológica ya, llamada honestidad. No hace falta estar de acuerdo en todo, ni siquiera es necesario renunciar a una crítica contundente, a un ataque apasionado o a una defensa enérgica. Pero sin pasar esa línea roja que separa la sutil pero crucial diferencia entre tratar de convencer al otro o conformarse con persuadirle, entre respetar al de enfrente o ver si traga el engañabobos.
Tampoco es tan difícil. Bastaría con defender la extensión de la edad laboral, por razones obvias de esperanza de vida, pero sólo después de que el Estado hiciera el primer esfuerzo ahorrador, no sea que con eso llegue: da la sensación de que ahorrarse los 50.000 millones de euros acumulados en la bacanal de chiringos públicos bastaría para no hacernos trabajar a todos hasta el borde del lumbago, especialmente si se le añaden otros 35.000 millones de euros extraviados por la improductividad de la Administración.
Llegaría con alegrarse bastante, pero sin excesos, de que un español alcance algún puesto de relevancia internacional; y preguntarse después si hay derecho a que cada noble misión necesite de una nueva herramienta costosa para lanzarse: ya hay una ONU, y no parece funcionar muy bien.
También sería suficiente con respetar la opinión de la Iglesia y orar mucho porque su palabra siga siendo asunto celestial y no intervenga demasiado en esa otra, tan terráquea, expresada en leyes, que tanto y tan bien nos diferencia de todas esas civilizaciones que integran la Biblia y la Constitución en un único libro de mado. Y con reclamarle al Gobierno que si cree en el derecho a decidir cómo se muere, deje de buscar enemigos creíbles y de ejercer de palmero de galenos controvertidos y ejerza las potestades parlamentarias oportunas.
Entender que Vasile sólo busca el negocio; reclamar que Batasuna y Bildu tengan el mismo trato, sea cual sea éste pero si es de cuarentena mejor o reprobar a Chacón por jugar a los soldaditos aceptando sin embargo las responsabilidades de un Ejército profesional; ayudarían también bastante a digerir la vida sin que sepa tanto a sapo.
Cuentan que en 1929, en una charla informal, el entonces presidente mejicano, consultó a su homólogo americano, Herbert Hoover, su opinión sobre la terna de candidatos a sucederle: el inquilino de la Casa Blanca no conocía a ninguno, y respondió con un cortés “I don’t know”, de sonoridad similar a uno de los aspirantes. “Aáron no”, entendió al parecer el presidente Calles, y procedió.
Pudo regalarle los hospitales de Cancún a Texas, pero optó por jubilarle. Espero que se entienda: somos tontos en varios idiomas, épocas y continentes, por si sirve de consuelo.
¿Invictus? La derrota de Tomás Gómez fue de tal calado que hasta se obviaron chistes al respecto de su efímera carrera cinematográfica: parecía un abuso bromear con Invictus y todas las declinaciones que permitía su pasión por el gore preelectoral. Da la sensación, no obstante, de que el declinante líder del PSM no tiene por costumbre aprovechar la indulgencia ni cuidar una segunda oportunidad: se comenta que acaba de pelearse con su propia sombra, mientras en la cuneta se le acumulan los enemigos internos con ganas, ellos sí, de rodar con él una película. El nombre provisional que más suena es ‘Ejecución inminente’. O inminentus.
Asamblea, o no. Cayo Lara no sabe cómo explicarse a sí mismo que gobierne Extremadura el partido que ha ganado las Elecciones, como si lo normal fuera lo contrario y el eclipse mereciera menos aspavientos que la alborada cotidiana. Ese tipo de inseguridades y contradicciones explican bastante bien las dificultades de IU para salir de la ducha sin mostrar las partes pudendas: no se puede aplaudir el asamblearismo del 15M, agradecido por cierto a boinazos, y luego criminalizar el de los compañeros extremeños, que por algo será. Tal vez porque saben, 30 años después, que entre el jamón de bellota y la mera pata de cerdo hay importantes diferencias.
A la francesa. El mercado no tiene alma, afortunadamente, pero la Banca carece de páncreas. Esto es más grave para todos. Un ejemplo de quién maneja el cotarro lo vimos ayer con estruendo: mientras Sarkozy utilizaba su mejor taburete para llegar al cuello de Frau Merkel y sacarle un griego a la francesa, los bancos alemanes tiraron a ambos por los suelos y recordaron que el dinero era suyo y que no había plata para salvar a Platón. Nunca se había escenificado con tanta claridad el orden de los factores y la pirámide de poder: a Napoleón y a la Archiduquesa les ponen a limpiar Botines en cuanto se despendolan. Y luego les echan un euro en el escote si se portan bien. Hay cosas que no sabe hacer un presidente -el español continúa al frente por petición expresa de don Emilio del Santander-, pero sí un señor calvo en una junta de accionistas. Torero.
Ultramarinos. Los excesos bancarios dan para constatar el impúdico matrimonio con la política, con macho dominante y pareja sumisa, pero no para santificar algunas tonterías, por indignadas que estén. Para que alguien tenga trabajo, alguien debe ofrecérselo: la Constitución recoge ese derecho esencial, pero no obliga a nadie a ejercerlo a favor de terceros. Desde esa premisa tan obvia, lo mismo no es tan tonto escuchar a los empresarios: se parecen tanto a sus representantes, siempre colorados y con apellidos compuestos, como un Banco a una tienda de ultramarinos.
Desahucios. Es la parte más gloriosa del #15M: la ley dirá lo que diga, pero a nadie con un corazón sano puede parecerle demasiado mal que se evite la expulsión de una familia de una casa que el banco no necesita y difícilmente revenderá. Pero conviene recordar que la ley podía decir otra cosa y que el Congreso se negó. Esa confusión también existe al otro lado: una cosa es acudir en auxilio de la Paqui y sus cachorros en Carabanchel y otra indignarse en ayuda de la heroica Aurore Martin, una muchacha de Batasuna que desahuciaba y ahora va de desahuciada.
El periodismo. Los indignados protestan por el cuadro de miseria con añejos orígenes, pero perpetrado básicamente desde 2007, Año del Pleno Empleo traducido al chino, al final, bajo el designio de la rata. Curiosamente, los periodistas que más emoción dicen sentir ante el movimiento son los que más negaron esa miseria y, por ello, más contribuyeron a aumentarla. Cuando advertir la crisis equivalía a detener antes la sangría, los excitables periodistas del progresismo oficial impartían con destreza carnés de antipatriota. Y no vale con alegar que unos pocos ultras digitales y terrestres se los merecían: también había gente que lo anunciaba simplemente porque era la verdad.
La política. Ocurre ante el fenómeno justo lo contrario: los responsables teóricos se sienten un poco al margen de la queja, y los beneficiarios, técnicamente, se consideran un poco señalados. El PSOE se comporta con esto como el cojo que se ríe si al de al lado le amputan también la pierna. Y el PP no deja de meterla hasta el fondo, como si quisiera apurar sus prestaciones hasta que la corten. Se adivina un desembarco en Moncloa glorioso para las estrechas espaldas de Rajoy: sin un euro, con un montón de reformas pendientes y con una calle dispuesta a tratarle desde el minuto uno como si fuera María Antonieta.
Los ciudadanos. Cuando se limitan a protestar, son imparables. Los aspirante a ventrilocuo y titiritero en el #15M debieran tomar nota de la obviedad: cuando se retiran de la escena, dejan de jugar a las asambleas y remiten sus tentaciones anarcogolpistas, el movimiento alcanza el cénit. Frente a quienes creen que todo hay que regularlo en interminables sesiones que recuerdan a la parte contratante de los Hermanos Marx y remiten al falso asamblearismo cubano, la salida en masa a la calle aclara el camino a seguir: no hay política en el mundo que soporte la mera presencia de miles y miles de personas que, con estar un domingo bajo el sol, lanzan una orden directa al corazón del sistema. Háganlo bien, y háganlo pronto.
Los intelectuales. Un país sano necesita disidentes, pero en España sólo hay jefes de marketing o paquetes para la moto de cada cual. Entre los miedos de la política, las urgencias del periodismo y los lamentos de calle; no se encuentran voces cristalinas capaces de separar, con su autoridad, las aguas de nuestro Mar Rojo. Como mucho vemos altavoces de las gansadas que, entre tanta cosa buena, proliferan en este tipo de movimientos: Sampedro o Punset deberían decirles a todos que el hambre, como el trabajo o la vivienda, no se sacian recordando el derecho a comer: más que poetas, hacen falta economistas. Se empieza con eso y se termina echando pestes baratas sobre el mercado, que es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás.
Los tentáculos. Si el #15M fuera un pulpo, animal inteligente e imprevisible donde los haya, debería reservar uno de sus tentáculos para Euskadi. La misma contradicción existente entre haber negado la crisis y aplaudir ahora la reacción ciudadana -de nuevo: olé si no se deja manipular por nadie- se da al defender primero la legalización de Bildu y callar ahora ante el hedor que empieza a echar el invento. Como siempre fue una cuestión de principios, conviene ir trasladando a los paladines del adefesio una única preguntas: Si se trata de esto, ¿no podíamos habernos evitado mil muertos?
Posdata. Es de esperar que la crisis y la ira redefinan un poco el marco conceptual y la vida, los hechos y las cifras dejen de ser de derechas o de izquierdas para ser simplemente ciertos o falsos. La cura siempre procede de un diagnóstico correcto, y aquí hemos tenido con el fonendoscopio en la mano a simples matarifes del tres al cuarto.
Los jóvenes tienen razón, a medias. La indignación con el político, más allá de las minorías floclóricas que amenazan con cargarse la protesta, es razonable: incluso aunque todo lo hubieran hecho bien, los estragos suceden con ellos al frente. Y un añadido: no los frenan para el resto, pero no los pagan como el resto. Aquí se han reducido salarios, ampliado edad de jubilación o congelado pensiones mientras, con el dinero que no había, Cataluña mantenía 40 embajadas en el extranjero o la Universidad de Alcalá doce centros distintos de cooperación iberoamericana. Y así ad infinitum.
Pero hay un reproche al conjunto de la sociedad que ya no es tan justo, cuando no resulta francamente pueril. El victimismo del 15M debe frenarse un poco en los acantilados de la responsabilidad personal que todo el mundo tiene, también los jóvenes. Un ejemplo: ha habido demasiados que, al llegar a los 27 años con dos carreras y un máster, pensaban que el futuro les debía algo y optaban por frustrarse en la falta de reconocimiento mientras se endeudaban con una hipoteca: con una octava parte del precio del piso, podían haber iniciado un proyecto personal, pequeño pero a la altura de su talento.
Una entrevista que debería ser prescrita a todos los jóvenes con uno de ellos
El autoempleo en España en entre un tercio y la mitad de inferior al de cualquier país de Europa: la tasa de vivienda o coche en propiedad, sin embargo, es superior. Y en ese contraste también se explica de algún modo una parte del páramo laboral: por debajo hay gente que no podía invertir en sí mismo, pero hasta esos hubieran disfrutado de una oportunidad laboral si los jóvenes compradores de vivienda se hubiesen atrevido con sus sueños.
Es más fácil comprar íntegro el entrañable discurso de Sampedro o Hessel, pero también menos eficaz a la larga: no se conoce generación que, antes de encontrarse, no se haya sentido perdida y haya tenido que esforzarse mucho por situarse bajo el sol. A nadie vienen a buscarle y, desde la noche de los tiempos, suele ser más rentable ofrecer que pedir y más directo intentar que esperar.
Más lírica. La verdad no tiene por qué ser grata, pero es la verdad. El Derecho Natural no paga facturas, aunque sitúa las expectativas razonables del ser humano en la categoría oportuna: como un objetivo irrenunciable. Pero mientras hay que pagar la cesta de la compra. O sostener la Sanidad y la Educación. Lo sencillo es insistir en lo que nos merecemos, criminalizando a todo aquel que se pregunte por cómo lo vamos a pagar. Más allá de la retórica, sería bueno en estos tiempos de cólera exigirle a todo político que, antes de susurrarnos en la oreja, resolviera un problema matemático de Primaria: somos 47 millones de ciudadanos y sólo cotizamos 18. Ya me dirán.
Posdata del cuaderno azul. Es la metáfora impresa del poder, el reducto reservado del que manda para esparcir premios y firmar sentencias de muerte, siempre con el pulgar, como el César en el Coliseo amortajando gladiadores. Ese instante en que Aguirre, o Zapatero, o Gallardón o Bartolo se ensimisman merecería una cámara oculta para recoger su semblante. El reverso del poder son los indignados, las cruces en la espalda, las cáscaras de plátano y la declamación a su paso de todos los epítetos de Quevedo para acá. Pero el anverso es excitante: en un segundo, con una estilográfica, una brocha o un cincel, entierra almas o receta futuro a un montón de seres humanos insignificantes.
La jauría. A Gallardón podían haberlo linchado, como el sábado a su holómologo de Alcalá, Bartolomé González. En demasiados rincones de España empieza a haber gente que se cree con derecho a protagonizar un Auto de Fe con el alcalde de turno y tiene tendencia natural a reeditar ‘La jauría humana’. Todos hemos soñado con gorrear a nuestro alcalde, presidente autonómico, rector, ministro o capitán general a las puertas de su despacho, pero sólo era un sueño. El peor de los políticos tiene una ventaja sobre el mejor de los anonymous: sabemos quién es, dónde trabaja, cuánto cobra y a qué se dedica. Pero esos datos eran para juzgarle y reclamarle, hasta ahora: de repente, parecen servir para tenerle localizado y poder partirle las piernas.
Indignantes. Para cuidar la indignación de los que indignan a los indignados y de los que se indignan de más, es preciso recordar en qué debería consistir la indignación: basta con plantarse cada cierto tiempo a las puertas de un ayuntamiento, una asamblea regional, una universidad, o La Moncloa. No hace falta regular el sexo de los ángeles: en realidad, pretender regular cualquier cosa desde una Asamblea desnaturaliza la condición ciudadana de la queja y la transforma en una inquietante parapolítica clandestina. Al final, la flauta y el perro van a ser el mejor aliado de la política de siempre: ésa que no escucha, y menos si se lían a gritos cuatro indeseables.
Democracia mejorada. Hoy Esperanza Aguirre debería abrir todos los telediarios y portadas por defender, de una misma tacada, tres reformas imprescindibles para avanzar en una democracia más auténtica: dividir la Comunidad en circunscripciones electorales para que los diputados procedan de las ciudades y no del cuartel general de cada partido y cambiar la ley electoral para desbloquear las listas y, quizá, acercarse al ideal de que cada voto valga lo mismo. Frente al tópico y la caricatura, los hechos: Madrid nunca ha pedido un régimen financiero propio que evite el atraco de Extremadura, como dicen algunas lumbreras en Cataluña. Y ahora es la primera que practica un poco de #democraciarealya. Podrá el prejuicio, al menos hasta que esta buena señora se ponga chilabas o cambie de partido y de repente, aun diciendo lo contrario, obtenga la vitola de progresista. Al parecer, Tomás Gómez sigue perteneciendo a esa categoría pese a haber salido en tromba a rechazar tan fascista propuesta: debe ser muy de ultraderecha parecernos un poco a los británicos, con sus reaccionarios speak corner.
Ataque de constitucionalismo. La pose y el sentido del espectáculo no son privativos de los políticos. También son duchos en la materia no pocos jueces. A tres de ellos les ha dado un repentino ataque de constitucionalismo y han presentado una dimisión que sabía de antemano no les iban a aceptar. En todo caso, su preocupación por el Tribunal ha sido perfectamente compatible hasta ahora con el uso de todas sus atribuciones: porque los tres se cuidaron muy mucho de olvidarse de que habían caducado cuando perpetraron la sentencia de Bildu. Tuvieron noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril, mayo y casi todo junio para dimitir, pero sólo lo han hecho cuando el tío Izagirre ha sido investido en Donosti. Y todos sabemos que las casualidades no suelen existir salvo en el cine.
Buena teta. Una concejala de IU en Valladolid se ha hecho famosa por enseñar la teta mientras montaba en bici. Utilizaba su cuerpo para vender una idea: la desnudez cotidiana de los cicloturistas ante los conductores. Habrá quien piense que lo sustantivo era la concienciación, pero en realidad era lo adjetivo: el mensaje era el pecho, como herramienta de poder que en este caso se utiliza para vender una idea razonable. Los sectores más progresistamente puritanos tienen ahora un dilema muy divertido ante sí: regular cuándo se puede ir a pecho descubierto para vender según qué y cuándo es una repudiable utilización publicitaria de tan noble glándula femenina. Bildu y el alcoholímetro. Con Bildu ocurre como con las deudas: si debes un millón, tienes un problema, pero si debes mil millones, el problema es del banco. Por conducir ebrio, las autoridades pueden retirarte el carné y ponerte en cuarentena, aunque tal vez al día siguiente seas capaz de coger el volante perfectamente sobrio. A Bildu le ha bastado con decir que no volverá a beber, o que debe mil millones, para obtener el permiso de conducción y algo más: sus atropellados deberán pedirle permiso para renovar el carné que siempre usaron con decoro. Indignación, a medias. Es difícil enfadarse con cualquiera que se queje de su alcalde, su presidente, su ministro, su rector, su sindicalista de cabecera o el primo de éste, encuevado en una patronal: todos han dado razones de sobra para provocar una cacerolada. Pero unos algo más que otros: salvar a Donosti de las iras campistas o ignorar La Moncloa mientras se escupe al hijo del alcalde de Alcalá es como liarse a pepinazos con la cervecería alemana de la esquina mientras se bailan danzas tirolesas con Frau Merkel. Rubalcaba lo ha entendido a la primera: ahora los campistas le caen simpático.
Indignado y rico. A un campista le ha tocado más de un millón de euros en la Primitiva, pero al parecer no va a socializar el beneficio, como pedía para los demás. Tampoco va a financiar un 'Campamento Esperanza': todo lo más, abrirá una empresa. Por supuesto, su ganancia y su negocio serán bien distintos a los que criticaba hasta ayer. Él se lo merece, basta con levantarse hoy un pelín menos marxista, como dice el siempre agudo Fernando Escudero.
Convenio o colectivo. Los sindicatos defienden la negociación colectiva unitaria por razones obvias: es la única gran mesa donde aún pueden partir el pavo, y cualquiera en su lugar intentaría quedarse con la pechuga. Menos razonable es la oposición de los parados, en su versión indignada: pedir que nada cambie equivale a chillar en un restaurante de tres tenedores que le bajen el vino al comensal, aunque por ello el maître no pueda ofrecerles ni un calimocho. Por no perdernos en tecnicismos, una simple pregunta: ¿Qué mercado laboral, qué sistema de convenios y qué modelo de cotizaciones, pensiones y retenciones tiene ahí fuera para lograr que su paro sea entre dos o tres veces inferior?
Anonymous. Es difícil decidir si da más risa la Policía anunciando que ha detenido a los cabecillas de Anonymous o los cuatro frikis que han boicoteado la web de la Policía. Al ladrón más memo, suele corresponderle el agente más lerdo, y cada día queda más claro que éste es un apasionante duelo entre el inspector Clouseau y el Woody Allen de ‘Granujas de medio pelo’.
Indignados. Protestar frente al Congreso es plausible, tanto como abroncar al árbitro desde la grada. Sólo faltaría. Otra cosa es ponerse a hacer las alineaciones, o saltar al campo a rematar un córner, sin ser nombrado entrenador o delantero centro. La diferencia entre ser un ciudadano con mayúsculas o un Jimmy Jump de la democracia es ésa: saber cuál es el sitio de cada uno y no liarse a correr en pelotas por el hemiciclo.
Indignantes. Con el sentido de la oportunidad que les caracteriza, los políticos han decidido preguntarse en voz alta si podrían acortar la semana parlamentaria a dos días de sesiones, se intuye para facilitar el retorno al hogar. Sólo hay algo peor que la demagogia sobre los sueldos, el esfuerzo, la corrupción, la vaguería o la incompetencia de los políticos: que hagan lo imposible por merecérsela.
Generales. Empiezo a sentir algo de lástima por Zapatero, César en un Senado donde llueven las dagas. El festín caníbal que los suyos se están dando conél es una prueba de culpa propia: todos ellos estaban allí cuando la lumbrera perpetraba todo, y ni uno sólo de ellos levantó la voz. La hemeroteca es la memoria de los olvidadizos, y en este caso parece la vitrina de una charcutería: a cada boutade del presidente, le correspondió sistemáticamente un repique de higadillos y aplausos de sus ahora verdugos. Y de todos esos periodistas que daban cobertura moral al despropósito y ahora sólo saben decir "marica el último".
Me lo llevo, no te lo quito, es tuyo, no es mío: una vieja confusión
que estimula espontáneos, también en la democracia
Tomás Gómez. Es de una madera especial, en concreto de contrachapado. Pero su ceguera tiene una virtud: ensancha sus espaldas como las de nadie y le permite sobrevivirse a sí mismo con una soltura apabullante. Menos pedir la dimisión al 74% de los ciudadanos que no le votó, ha hecho de todo para esconder su cataclismo. Y eso, no lo neguemos, tiene un mérito impresionante: tal vez nunca le comprará una moto, pero no me diga que no le querría para encender una, aunque no tenga gasolina.
Esperanza Aguirre. La lideresa sigue teniéndolos cuadrados, pero alguien debería enseñarle las virtudes de la geometría variable. Usar siempre los frutos de la gallina acaba haciendo tortillas sin huevo: tal vez su oposición se merecía el nombramiento de Echevarría como presidente del Parlamento Regional, pero el conjunto de los ciudadanos tenía derecho a un poco más de tacto. Y no del rectal.
La legislatura. Huele a Elecciones que tira para atrás, pero antes del óbito toca comenzar la dura vida en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. En ellas, se impone la estampa de Paul Auster en 'El país de las últimas cosas': vuelan los cadáveres, corren los suicidas y cada día llegan barcos a puerto que jamás devolverán a la tripulación a su lugar de origen. En 'Ciudad Miseria' no hay un duro, más duros serán los tiempos.
La Acampada de Sol ha intentado regular el sexo de los ángeles, y aún más absurdo que eso es la conclusión del reto: hace falta otra asamblea para salir de dudas. De todas las herramientas del periodismo, la mejor sigue siendo la más antigua, de la que presumía Steve Everett, el veterano reportero encarnado por el gran Clint Eastwood en ‘Ejecución inminente’.
Pero ha faltado ese olfato para entender la inesperada respuesta de la calle el pasado 15M y, después, para distinguir esa ola transversal del carnaval montado en la Puerta del Sol. Lo primero fue una respuesta finalista, en el sentido de que el ciudadano consideraba que su airado grito en la calle era suficiente para cambiar las cosas y obligar a la política a hacer su trabajo, bajo amenaza de volver a chillar hasta que le hicieran caso: no hacía falta decirle cómo ni qué para lograr el objetivo y recuperar la relación de fuerzas entre el administrado y el administrador, invertida durante demasiados años a favor del segundo.
La formidable reacción social y la ocupación de plazas y espacios públicos posterior nunca tuvieron mucho que ver, aunque la curiosidad y buena voluntad de los protagonistas iniciales y la ceguera periodística posterior contribuyeron a otorgarles una condición de causa y efecto sin tener en cuenta los relevantes matices.
La usurpación del concepto básico y su transformación en una plataforma de grupos acostumbrados a la marginalidad fue prácticamente inmediata, pero la sensación de culpa en el periodismo, la necesidad de buscar exordios en la izquierda deprimida, el recelo de la derecha torpe y la cercanía de las Elecciones contribuyeron al éxito de la monumental confusión.
Y una cosa más: la profesionalización de la protesta, a través de líderes que jamás se vieron en la tesitura de hablar para más de diez o doce personas en una facultad o bajo un puente y de repente se dirigían al mundo, colisionó con la imposibilidad material de los manifestantes originales para evitar el hurto: los que salieron el domingo 15M no tenían ni prevista una fecha para volver a hacerlo, probablemente se sorprendieron por el impacto de su marcha en 60 ciudades y, por último, jamás pensaron en que para ser escuchados debían añadir una solución política a cada denuncia social.
Es ese el contexto que ha diluido una protesta maravillosa que nadie ha sabido cuidar, despistados con el ruido ridículo que la ha rodeado hasta hacerla estallar: lo menos malo que puede decirse de la insoportable ruleta asamblearia es que es pueril; lo más razonable sería añadir que además es muy peligroso reírle la gracia a todo aquel que se arroga la representación del pueblo, denigra a las instituciones y se siente autorizado para regular, compensar, cambiar o llenar las lagunas del sistema interpretando un sentir generalizado sin someterse a los canales que lo certifican.
Para defender el espíritu enragé del 15-M no hacía falta acatar la invasión asamblearia de cuatro geyperman perroflauta dispuestos a jugar al mayo del 68, sino todo lo contrario: cuidar tan valiosa mercancía para dejarla germinar exigía, y exige, una defensa activa ante cualquier organización o personaje que tratara de usurparla para lograr una audiencia que no era suya. Y, a la inversa, para poner en evidencia los abusos, el infantilismo o el parafascismo presentes en Sol, que de todo hay, no era necesario extender esa mancha al loable germen del que se ha servido el desvarío posterior, sino librarle de estos vampiros desnortados y cada día más patéticos.
Queda la esperanza de que, siendo tan intenso, extenso y profundo el descontento y la frustración social; la ola de indignados sobreviva a los excesos de sus presuntos delegados y se encauce de nuevo por donde empezó: no hay nada más insoportable para un político que ver cada domingo, frente a la sede de un Ministerio o de un Ayuntamiento, a miles y miles de padres, abuelos e hijos concentrados pacíficamente allí, sin líderes ni objetivos, sin asambleas ni comunicados; ejerciendo de lo que son con demoledora tranquilidad.
Lo que hay ahora no sólo mata esa posibilidad y lanza un mensaje inquietante sobre cómo debe renovarse la democracia para tener sentido, sino que además pone muy fácil a la política seguir en sus trece una vez escampe el chaparrón y la ola deje paso a una mezcla de indiferencia o reproche a los surfistas asamblearios.
Parece mentira que gente tan sensata como Eduardo Punset o Sampedro no hayan visto lo obvio y autentifiquen con sus banalidades un circo contraproducente que sólo tiene una misión por delante si le queda un ápice de sentido común y buena fe: levantar las chabolas, soltar la pancarta que no era suya y llevarse las propias allá donde siempre estuvieron, sea en el respetable formato de pintada en los retretes de Atocha, en el de meritorio pasquín en la facultad o en el de interactivo blog para los amiguetes.
Dejen que los indignados de verdad, con su entrañable amateurismo y su escaso tiempo libre, puedan lograr que su sueño se haga realidad y no se vean sepultados por ese presunto profesionalismo que, a fuer de meter la pata, se diría diseñado por las propias cúpulas del maquiavélico sistema.
Javier Valenzuela, ese hombrecillo que intenta ponerse al frente de pancartas que en realidad le señalan a él, acaba de publicar un libro, titulado “Usted puede ser tertuliano”, como él mismo demuestra allá donde perpetra comentarios escasamente coherentes con su comportamiento: salvo que sea válido ir de paladín de la infancia, un suponer, y comerte luego a los niños como Saturno a sus hijos.
A la izquierda, el crimen. A la derecha, el autor
Hace falta ser una lumbrera para decir que el23-F y la teta de Sabrina son la cumbre de la televisión en España. Y tan pancho, sin alegar como atenuante alguna enfermedad neuronal, deseemos transitoria, que si no pensar, al menos le permita miccionar erguido.
Si no tuviera que trabajar, le escribiría yo a él el libro "Usted puede ser escritor". He de reconocer que sí es bueno como oficina andante del INEM y como electricista: en el Congreso, la Casa de América y la Universidad de Alcalá son bien conscientes de su maña, tan poco progresista, tan cínica, tan machista, tan gauche divine farlopera. Esto es lo que, de un modo u otro, ha dirigido el país, cacareando cada día que, si uno vale para tertuliano o escritor, “Usted puede ser presidente”.
Su amigo, mentor y desconozco si tutor de Pilates, el sobrevalorado Manuel Marín, completa este círculo de antítesis entre lo que se dice y lo que se hace: nunca se repetirá demasiado que este gran hombre, autoproclamado Al Gore patrio, sólo se bajó del coche oficial cuando Iberdrola se cruzó en el camino tras tres o cuatro eras glaciares de enmoquetada lucha obrera: sí, esa empresa que sube la luz a las mismas abuelas a las que han congelado las pensiones con el visto bueno del partido político del que procede el alto ejecutivo.
El siempre concienciado Manuel Marín, haciendo estiramientos de ética tras subirle a usted la luz: la imagen es increíble, pero auténtica
Reconozco el rencor hacia ambos personajes, que agachan la cabeza si me los cruzo, intuyendo con razón que el Hemingway que uno lleva dentro es ése capaz de bajar de las musas del diptongo al teatro de los guantes. Pero es un rencor merecido y soportado en varios hechos incontestables: Valenzuela va enchufando a sus chatis allá donde puedan pagarlas los ciudadanos; y Marín les ha subido la luz a los currelas.
Allá donde se pone un enchufe, se justifica una casa entera inane, innecesaria, para el amigo, la querida, la propia o el afiliado. Que soporta en sus riñones el currito empadronado en la inopia: cada año se dilapidan 50.000 millones de euros en estas bacanales con dinero público que permiten al golfo pasar por santo y al santo le condenan al cadalso.
No hay recursos para actualizar la pensión a los mayores; ni para mantener el subsidio de 400 euros a los parados de larga duración; pero al Marín, al Valenzuela, al Virgilio Zapatero o al Fernando Galván de turno jamás les faltará un caddie para jugar al golf, una segunda -¿o tercera?- residencia en la playa y unas cocochas en la mesa mientras brindan por la República y entonan la Internacional.
El último bodegón de tanto abuso, tanta ludopatía con el dinero público, de tanto desfalco moral, lo tenemos en uno de los nidos donde todos estos personajes han posado sus garras: mientras todos estos hipócritas juegan a los progresistas en los ratos libres que les deja el golf, mientras todos estos vampiros del esfuerzo ajeno succionan hasta la última gota de los recursos colectivos para devolverlos en forma de purines de cerdo; los chavales de la Residencia de Estudiantesde la Universidad de Alcalá se han ahogado en el agua de la lluvia y de la bilis, superados por el deterioro de unas instalaciones que no han querido ni sabido mantener los responsables de hacerlo, con sus sueldos inmorales, sus trapicheos ocultos –por poco tiempo- y sus vergüenzas al aire libre.
Dos meses después de despedir al director de esa residencia sin explicar por qué, escondiendo las razones y hurtándole a la opinión pública qué se ha hecho exactamente con los fondos de la entidad, al rector Galván –que bien podría llamarse Valenzuela o Marín- sólo le ha dado tiempo a esconder las pruebas y dejar que su palafranero de siempre, Daniel Sotelsek, nombre a otro Señor Lobo para limpiar la sangre.
Quien quiera saber por qué España no funciona pero cualquier tonto hace relojes, o escribe libros, aquí tiene una explicación accesible para todos los públicos. Especialmente para aquellos que sólo pueden hacer Pilates cada mañana estirando la rabadilla al coger el tren de Cercanías. So pijos.
Hay profesionales de casi todo, pero los más sibilinos son los del desencanto. Exploran como nadie el espacio, pero sobre todo el tiempo, para detectar problemas que golpean la conciencia pero no comprometen el presente. Es una inteligente manera de proyectar una imagen determinada sobre uno mismo sin exponerse a los rigores y riesgos del compromiso real.
Pongamos un ejemplo. Generaciones de políticos, y especialmente de políticos metidos a rector por esa maravillosa combinación de nulidad para el cargo con militancia añeja, se han dedicado no pocos homenajes a sí mismos utilizando el drama del exilio español tras la Guerra Civil, una de esas mercancías delicadas que requiere la finura del cirujano pero es tratada a menudo con la sutileza del charcutero pelando callos.
Mientras la Universidad pública se convertía en el cacharro estropeado más caro, reaccionario, ineficaz y opaco de España; Gregorio Peces Barba, y su ahijado Virgilio Zapatero, se han pegado no pocos viajes y levantado no pocas efigies a cuento de Alberti, de Lázaro Cárdenas o de los niños de Rusia, como podían haberlo hecho sobre los Santos Niños Justo y Pastor, o sobre las terribles guerras de las Galias; si a la crueldad de ambos episodios se le uniera una cercanía suficiente para no hacer el ridículo al invocar, con pesadumbre en el rostro, tan sensatas causas.
Pero no se recuerda fácilmente una intervención de alguno de ellos, al calor del debate político en el que tan necesarias son las voces presuntamente intelectuales, sobre ese otro exilio tan próximo en todos los sentidos que han padecido decenas de miles de vascos –socialistas, populares o mediopensionistas- a fuer de notar el aliento del verdugo en la nuca.
O sí, pero en el sentido opuesto: don Virgilio, rectoreando en la Alcalá del 11-M, no tuvo reparo alguno es anunciar primero y esconder después un Centro de la Memoria que los peajes políticos postreros prefirieron consagrar al Alzheimer.
El propio Barba, que busca Peces mojando el mismo cachete del culo siempre y cada vez con menos tacto; sólo se atrevió a acercarse directamente al problema para terminar de estropear el único valor colectivo que el fenómeno del terror había instigado: sin necesidad de echarle a él toda la culpa, y hasta aceptando pulpo como animal de compañía al respecto de sus buenas intenciones; lo cierto es que los efectos de su mandato como Comisionado gubernamental de la materia coincidió con la división social en torno a los damnificados por ETA.
Aunque otros muchos ayudaron, un mínimo de responsabilidad cabe achacarle a quien tanto presume de padre de la Constitución sin percartarse de que la niña crece, tiene otras necesidades y no está para aguantar al magno y sectario abuelo Cebolleta.
A pocos metros de donde se aplaudió a la muy plausible Bachelet, 25 barones varones del PSOE rodaban el spot de Veterano sin que las aplaudidoras dijeran ni mú del chaconcidio
Esa contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se defiende para los demás y lo que practica uno mismo o entre lo que se busca en el pasado remoto para sortear los rasguños del presente; explica casi en su totalidad el deterioro sociopolítico de los últimos años, la envergadura de una crisis negada; la ausencia de respuestas solventes y el estrepitoso distanciamiento entre las calle y las instituciones.
De hasta qué punto esta ceremonia dista mucho de terminar, pues a nadie se le escapa la formidable capacidad de regeneración del posado como lenguaje artístico, da cuenta la pavorosa escena que el gran Hitchcock hubiera grabado en dos planos distintos para proyectarlos en una única pantalla: en el auditorio en que una pléyade de profesionales del activismo femenino aplaudía a la meritoria Bachelet -invitada por el gran Iñaki Gabilondo en un ciclo de debates por lo demás muy plausible- por decir obviedades sobre la igualdad a hombres y mujeres que no podían oírla porque estábamos conciliando a todo trapo; a ninguna se le ocurrió alzar la voz para decir algo de una de ellas.
25 barones varones del PSOE acababan de desconciliar a Chacón bajo el sesudo análisis de que el Veterano es cosa de hombres y de que, aunque los Rubalcaba, Chaves, Blanco o Felipe lo habían estropeado todo; eran los mejores para arreglarlo. ¿Alguna queja por ello? No se conoce, pero démosles un tiempo y ya verán cómo reeditan la biografía de Margarita Nelken y le dicen a usted, pobre diablo, diabla o como diablesas leches se diga, que concilia como Merkel entiende de pepinos.
Y no faltará un sacrificado Barbas que, por una módica cantidad de dinero o de ego, esté dispuesto a inmolarse por salva sea la causa.
La niña de tus ojos: ellas también ayudan a los machos de toda la vida. La parodia de 'Polonia' sobre la tocata y fuga de Carmen Chacón es el mejor análisis informativo de este asunto que se ha publicado. Con tanto pasito adelante y hacia atrás, más que una aspirante, doña Carmen es una virtuosa de la yenka
Nos amargan los pepinos y los cielos se derraman. Como en una doble metáfora del fin de los tiempos plasmado en la economía, la política y la calle. El problema hortofrutícola es lamentable desde una perspectiva comercial, pero no tiene precio a efectos de describir el paisaje: a España le dan, por todos los lados. Y sale gratis.
Seguramente Zapatero se merece casi todo lo que le está pasando, pero al menos lo soporta él: no debe ser tan duro, a poco que se piense en la inminente jubilación en las bucólicas estepas leonesas, pero en todo caso su calvario es una penitencia pública digna de respeto. Mucho más indecente es el fariseísmo de tanto socialista y tanto periodista que aplaudían en el templo y lapidaban, con suficiencia moral insólita, a todo aquel que se atrevía a decir que ése no era el camino.
De todas las ceremonias que comporta la pérdida de poder, hay dos especialmente divertidas: en una, se juega a quien se fue a Sevilla, como aquellos obispos del siglo XV que se pegaron por la prelatura tras intercambiársela para tapar sus marrones. Y en la otra, muy geométrica, el círculo o la pelota intentan transformarse en triángulos escalenos: no tenían ángulo alguno, se limitaban a botar al ritmo de la ocurrencia, pero ahora de repente son los paladines de la evolución paralepípeda del nuevo socialismo o lo que sea menester.
Quien vea en esto una crítica exclusiva a los socialistas, que se merecen algo más que un mero escarnio tras tantos años de ceguera interesada, quédense con la moneda entera: si es patético el broche del zapaterismo, con un veterano del Vietnam puesto a dedo para evitar la extinción del dinosaurio; no mucho mejora el panorama ese lector compulsivo del Marca que sabe bien quién ha ganado el Giro pero no es capaz de demostrar que sabe atarse los zapatos.
Posdata. Como las derrotas no pagan precio inmediato, las victorias lo borran todo. Si Zapatero sigue en Moncloa y la contestación interna sólo ha llegado, tímidamente, cuando miles de mudos han perdido su sustento el 22-M; es también porque Camps sigue en su puesto por haber arrasado: lo hubiera hecho cualquiera del PP, a lo que se ve, pero sólo él debía tener el fondo de armario repleto de cadáveres. Hay éxitos tan tristes como el más sonoro de los fracasos.
Era el ministro de Economía cuando el paro desbarró, y aunque su salida fue presentada como una señal de divergencia con Zapatero, de su boca no salió una mala palabra, un reproche, una crítica, un gesto leve de contrariedad. Es Pedro Solbes, fichado por Barclays, pero podría llamarse Virgilio Zapatero, Manuel Marín, Luis Atienza o Narcís Serra: todos ellos han acabado trabajando en las mismas empresas a las que ayudaron de un modo u otro desde sus cargos públicos, sin disimular ni un poco el escaso conocimiento del sector que los ficha. O quizá ya estaban fichados, pero ahora tienen nómina oficial.
Los hay del PP también, y del PNV o CiU, pero los del PSOE merecen ser un poco más destacados: el resto procura esconder el rostro y que no se note y, antes de desembarcar en sillones de oro, tuvieron el pudoroso detalle de no hacer demasiada demagogia contra el capital ni contra nada que oliera a empresa.
Pero es que éstos, amén de beneficiar objetivamente a cada una de las empresas en las que aterrizan -ora permitiendo el abuso en los bancos, ora salvando a las Cajas, ora subiendo las tarifas de la luz-, se han tirado media vida criminalizando al empresariado y la otra haciéndole culpable de una crisis que en realidad ha sido provocada por esas firmas que antes no vigilaron y ahora les recompensan sus servicios.
El crimen perfecto concluye con esa ceremonia de humo que obliga a la puta a poner la cama: el tío Solbes, como el resto, no se conforma con haber concedido barra libre a un puñado de empresas estratégicas en su calidad de consejero externo con rango de ministro; llegado el supuesto, y ha llegado, las salvará cuantas veces sea menester con ese dinero de todos que no llega, sin embargo, para actualizar las pensiones.
Si en España no hay un Michael Moore, capaz de desvelar cómo vieron juntos el 11-S familiares de los Bush y de los Bin Laden, deberíamos inventarlo: bastaría con que cogiera los hechos, estableciera la secuencia, repasara los méritos profesionales y dejara alcanzar una conclusión al espectador que yo me atrevo a aventurar.
Este fragmento de Farenheit 9/11 nunca caduca. Sólo reclama una versión española adaptada a un guión igual de inconcebible: políticos que benefician a multinacionales, a costa de los bolsillos de los ciudadanos, en las que acaban trabajando pese a carecer de experiencia
Estos señores, de silueta contrapicada y sombra revenida, tienen como única virtud la gestualidad de jugador de póquer en Las Vegas. Y cada vez que apelan al trabajador, al compañero o al pueblo; le quitan un billete más de la cartera mientras promocionan una imagen comprometida de sí mismos que tanto cotiza a la hora de pillar un pellizco del pillo de Botín.
Posdata. En el seno de los partidos también se practica este espíritu. Carmen Chacón intenta pasar por una víctima aunque sólo sea un verdugo: no jugándose nada serio, dio un paso atrás para evitar no sé cuántos pasos adelante de no sé quienes, como si fuera una yenka.
Pero lo cierto es que se presentó como una novedad frustrada cuando en realidad ha sido cómplice de los peores ocho años de nuestras vidas recientes. Prefiero a Rubalcaba que a una dama que sólo hace pucheros por sí misma, teniendo antes tantas razones. Aunque en el viaje ninguno aclare por qué el PSOE tiene miedo a los ciudadanos y recelo de sus militantes. Más que prietas las filas, esto parece una comitiva fúnebre.
Sólo un dirigente político tan inteligente y experto como Rosa Díez es capaz de cuadrar el círculo sin que le noten demasiado los ángulos de su actitud. Vincular la decisión de UPyD en diez municipios al cambio de la Ley Electoral en toda España o la recuperación de las competencias educativas por el Estado –dos medidas sensatas y casi imprescindibles- es tanto como no decir nada diciendo algo muy llamativo.
Tiene su gracia imaginar a Bartolomé González, Juan Soler o Pedro Castro, por citar tres nombres de dos partidos distintos, piticlineando a Génova o Ferraz diciéndoles que, o consiguen que el Pisuerga se estudie en Cataluña, o el tipo impositivo del IBI y la designación del concejal de Abastos de su pueblo puede caer en manos rivales.
Como Rosa Díez no es nada frívola, como esta estupenda señora tan vilipendiada por mediocres y envidiosos sabe muy bien lo que tiene entre manos, como esta pata negra de la política sabe que su batalla es dentro de unos meses y huele la victoria -¿Grupo parlamentario propio? ¿Superar a IU y empezar a alojarse en el subconsciente popular como aspirante a superar algún día al PSOE?-; invierte su influencia municipal en lanzar un mensaje nacional que, una vez digerido por todos, dejará paso al sentido común en cada demarcación donde puede incidir en la elección de alcalde.
Dejar que las urnas decidan, guardándose el derecho a controlar al Gobierno con el rigor y la imprevisibilidad que seguramente esperan sus electores; no sólo es la mejor manera de traducir el éxito de UPyD, sino también la única de llegar a las Generales limpio de polvo y paja: olvidándonos de siglas, y dado el deseo de pescar en caladeros electorales muy transversales, la decisión se traduce sin duda en no quitar gobiernos que no hayan sido quitados por los ciudadanos ni dárselos a quienes no los han logrado en las urnas. Lo segundo condicionaría para siempre su discurso; lo primero les deja manos libres para sostenerlo sin problemas y llegar a la batalla nacional sin cadáveres en el armario.
Seguramente si el PP no hubiera arrasado en la Comunidad de Madrid, la traducción de esta estrategia sería más sencilla: pero el barrido al PSOE, por una mezcla de agotamiento en Moncloa, kafkiano liderazgo de Tomás Gómez y cansancio de los alcaldes más veteranos; hace tiempo que habría anunciado sin rodeos su abstención en unas plazas y el voto a la investidura del más votado en otras: nada mejor para demostrar que no les mueven cuotas de poder ni les condicionan leyendas ideológicas trasnochadas que dejar que en Alcalá gobierne el PP y en Getafe el PSOE, por poner dos ejemplos paradigmáticos.
Pero el cataclismo socialista les ha colocado frente a un escenario de gallos derrotados que en la práctica limita su estrategia a dejar mandar al PP, aunque no sea ésa su intención: de ahí que en Coslada se busquen razones tan legítimas como la imputación al candidato popular, Raúl López; o en Getafe se calibre si la lista más votada objetivamente, la del popular Juan Soler; puede ser superada por otra de síntesis del PSOE e IU que no se presentó en coalición pero funciona como tal desde que el Napoleón del Sur se metió la primera galleta en 2007.
Nada mejor que escuchar directamente a Díaz para entender lo que dice
Sólo Alcalá ofrece la certeza de que Bartolomé González no tiene una alternativa articulada que no obligue a UPyD a dejar de tocar la cítara para comprometerse –y retratarse- con un Gobierno de coalición: al mantenimiento debilitado del PP, que deberá aprender a gobernar con mano izquierda y a meter el rodillo en el baúl de los recuerdos; simplemente no se le opone nada por la combinación de tres factores. Una derrota abrumadora del PSOE –perder lo mismo que el Gobierno cuando se está en la oposición equivale moralmente a perder el doble, aquí y en la China popular que diría el extinto Carod-, un rechazo irrevocable de IU a formar Gobierno y, por todo ello, una comodidad absoluta para UPyD a la hora de decantarse.
Dejar que siga el PP no equivale a apoyar al PP; pero permitir que le suceda el PSOE lo transforma en su muleta imprescindible y activa cuando más denostada está la marca de la rosa: no hay en este diagnóstico opinión alguna, sino una mera traducción lineal de los hechos y sus consecuencias.
Es obvio que en la estrategia de UPyD hay una evidente incoherencia entre las razones que pueden haber movido a sus electores a votarle en el ámbito doméstico y las razones que finalmente pesan en su actitud, pues a nadie se le escapa que si de verdad se quiere que se note un sello, la mejor manera es imprimirlo en persona: pero hasta esa crítica vale más para lamentar que no alcance un pacto de legislatura con el PP, entrando en el Gobierno y centrando su acción; que para reprocharle que no impulse un tripartito casi imposible con PSOE e IU que le obligaría a negociar cada día con dos partidos y hacerse cargo de los errores conjuntos en lugar de a pactar ocasionalmente con uno quedándose sólo con lo buenos de sus efectos.
Una vez que se llega a las instituciones, quien no se retrata termina por salir borroso, pero hasta que el observador fije su atención en los matices de cada foto, UPyD tiene unos meses para gestionar su desembarco institucional con arreglo a unos intereses de mayor enjundia que Rosa Díez tiene bien claros: aprovechar el hundimiento del PSOE para pasar de la nada de hace tres años a condicionar, de manera muy sugerente, toda la política nacional. El magenta de sus siglas está condenado a incluir las tonalidades marrones inherentes a la acción política, pero mientras llega ese momento, cuidar al máximo la limpia escala cromática de la formación es, bien mirado, una decisión irreprochable.
Por mucho que algunos añoremos que la claridad proverbial de este pánzer en cuerpo de mirlo cuando habla de lo divino de España se traslade a los humano de nuestras calles.
El PSOE quiere que parezca que haya Primarias, pero sólo si sale lo que espera y, al convocarlas, gana de paso un tiempo que ya no tiene. Rubalcaba se sale con la suya, Chacón se inmola renunciando a algo que nunca había anunciado y que no podía lograr para ganarse una opción de futuro y, entre ambos, Bono ayuda al primero a estrellarse y disputará a la segunda el cetro cuando toque.
Por último, Zapatero sigue jugando a las damas cuando el resto juega al póquer y desecha un último atisbo de dignidad presidencial: como ya no controla a su partido, que al menos dirija al Gobierno a una disolución que desde ayer es tan imprescindible como la convocatoria de Elecciones Generales.
La única manera de conservar el trasero en Estados Unidos, o incluso de ganárselo, es estar dispuesto a jugárselo antes de obtenerlo: a Hillary le hubiera gustado más llegar a la cúspide sin discutir en el camino con simpatizantes de Wisconsin; y nadie duda de que el mismísimo Obama hubiera preferido encabezar a los Demócratas sin andar de bolos por las anchas llanuras americanas.
Pero uno y otro sabían que para estar primero había que ser; y en ese matiz semántico reside la grandeza de la democracia americana y la liliputiense mediocridad de la política española: si quieres seguir viviendo de esto, han venido a decir a Chacón, no se te ocurra intentar hacer lo que debiera ser una obligacion. Y ella lo ha aceptado, sin presentar batalla, como si en el viaje de una derrota fuera a perder algo más que unas horas de sueño y ese rimel corrido por unas lágrimas furtivas.
Todo lo que el PSOE no ha querido ni sabido hacer por España, va a ser capaz de intentar hacerlo por sí mismo: a Zapatero le han perdonado los suyos que divida y degrade, que rompa a cabezazos la misma piedra nueve veces y que fantasíe como Hitler en su búnker con una imposible victoria en la Segunda Guerra Mundial. Pero no le han tolerado que, además de todo eso, se lleve por delante al partido.
Con tres frases sobre el riesgo de partir al partido, al Gobierno y al presidente si ella se presentaba; la grácil ministra de Defensa ha impartido el mejor máster de política actual que se recuerda y enterrado el zapaterismo sin marcha fúnebre, apenas con unos timbales de feria de pueblo. Algunos a esto lo llaman política, pero uno encuentra mejor su acomodo en las páginas de espectáculos. O en sucesos.
En todo caso, una pregunta ingenua se impone entre tantas lecturas entre líneas. Si el país está hecho unos zorros y ya está claro que el sucesor de Zapatero va a ser el más veterano de sus antecesores, ¿por qué no convoca hoy mismo Elecciones Generales? Tal vez de paso podamos conocer, un poco, todo lo que piensa y todo lo que intentará hacer el gallego impasible, también conocido por Rajoy.
La hornada de dirigentes socialistas que ha callado ante todos los errores de Zapatero ha logrado lo que Gómez denunciaba del PP: entre todos ellos, van camino de privatizar al PSOE, alejado como nunca de la esfera pública
De hasta qué punto Tomás Gómez ha sido artero, demagogo e irresponsable en la campaña electoral, da cuenta un dato no menor que si bien no es tan llamativo como sus hits electorales -el copago, la privatización y los negocietes de sus rivales-, a la postre resulta mucho más elocuente: el mismo que reclamaba a los votantes que hicieran una reflexión estrictamente madrileña; se va a servir de la situación nacional que exigía olvidar para no hacer lo que reclaman sus resultados.
Esto es, presentar su dimisión tras haber encabezado la mayor catástrofe del socialismo madrileño en la historia. Que nadie haya pedido aún su cabeza en público demuestra otra cosa del propio PSOE nacional: todo, desde la renovación en la federación más pequeña hasta los intereses objetivos del país, va a quedar vinculado a la estrategia de supervivencia interna de un partido que ha unido su futuro al del presidente visionario y sin contestación interna.
Hasta ahora, los socialistas perdían o ganaban. Desde ahora, y que esto pueda plantearse siquiera es una demoledora novedad, se enfrenta a su supervivencia: la dimensión del castigo; el contexto general de hundimiento económico; la pérdida casi absoluta del poder municipal y regional; las luchas fraticidas por el control y los estragos laborales que genera la exclusión del poder político y económico colocan al PSOE en un lugar más peligroso que el de la derrota traumática.
Tomás Gómez ha sido la quintaesencia de ese fenómeno que subordina los hechos a las fantasías ideológicas y condiciona los discursos públicos a las meras necesidades tácticas internas, aprovechándose del deseo de creer de la gente, finalmente atropellada por una realidad primero negada, luego falseada y por último desatendida.
Zapatero se montó en la barca de Caronte para pasear a España hacia el reino de Hades. Pero nadie levantó la voz en el PSOE y ahora se enfrentan a algo más grave que una derrota descomunal
Poco importan las virtudes de la persona, que las tiene y son muy apreciables en la distancia corta; si el personaje elegido se olvida de ellas o las malversa buscando el crecimiento desde el miedo, la mentira o la destrucción del rival. Si Zapatero encomendó su futuro a una distorsión premeditada de los hechos, queriendo que la gente no confiara en sus propios ojos y criminalizando a quienes pedían que los abrieran; Gómez es un clon exacerbado que ha hecho buenos a todos los demás, renunciando a ser como en realidad es para forzar un violento e improductivo choque social con sus contrincantes.
Que ahora pueda sobrevivir pese a esa cataclismo y que sea uno más de tantos socialistas que van a utilizar su poder orgánico en lugar de su autoridad política para participar en la merienda sucesoria de Zapatero; sólo refleja la deriva mediocre de un PSOE sin ideas, sin contestación interna y sin alternativas.
Y no era tan difícil: hubiera bastado que tres o cuatro barredas se hubieran levantado a tiempo en cualquier reunión de la Ejecutiva Federal para decirle al presidente, en cualquiera de los escandalosos lances que ha librado, de las tropelías cometidas, de los dislates regulados; que ése no era el camino y que el PSOE no tenían ninguna obligación de acompañarle a la laguna Estigia.
Pero callaron todos, dejando que el caótico presidente privatizara un partido legendario sin decir ni mú.
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¿Contra quién protestamos? Si #democraciareal nace de la indignación y la protesta, algo falla cuando quien la ha estimulado desde el Gobierno con sus cinco millones de parados empieza a ver el movimiento con buenos ojos. La sensación no da para arramblar contra la respuesta más estimulante -por espontánea, transversal e intergeneracional- de la sociedad civil en muchos años; pero sí para preguntarle a sus impulsores si van a dejar por mucho tiempo que se invoque su espíritu y se apropie de la camiseta otra cosa bien distinta.
De acampada. Tampoco hace falta atacar a los campistas de la Puerta del Sol, cuyos móviles son legítimos por el mero hecho de sustentarse en el ejercicio de su libertad. Simplemente hay que decirles, con respecto e incluso afecto, que no es de recibo vampirizar una causa ajena para compensar su nulo poder de convocatoria: son los mismos que hace unos meses convocaron una manifestación irrelevante contra el paro juvenil y que ahora, al calor de un éxito ajeno, se suben al carro para conducirlo. Pasar de pintarrajear bancos en el parque a erigirse en la voz asamblearia del pueblo es muy tentador, pero escasamente productivo para que #democraciarealya prospere y consiga su objetivo de la única manera decente posible: nada de presionar a nadie con manifestaciones en jornada de reflexión; nada de emitir comunicados con siete puntos y once peticiones y sobre todo nada de actuar como si todo el pueblo les hubiera habilitado. Sólo con salir periódicamente a la calle, con la risa de un clavel revolucionario, su éxito estaría garantizado.
¿Pero no era de fachas? Un último dato al respecto: casi todo lo que dijo #democraciarealya el pasado domingo es lo que algunos hemos venido denunciando durante años y que se resume fácilmente con una imagen vistosa: los mismos que han decidido elevar la edad de jubilación a los 67 años o congelar las pensiones; se garantizan la suya con ocho años escaso de presencia en el Congreso. Por decir esto, por denunciar el derroche en la Administración, el clientelismo de los partidos con dinero público, la multiplicación de chiringos a la mayor gloria de siglas políticas, patronales o sindicales; por advertir de la crisis y criticar al indolente Gobierno que la negaba primero y luego no la atacaba, hemos soportado carros y carretas, epítetos y piropos irreproducibles.
Esto también lo pone en la la Puerta del Sol
Los últimos no serán los primeros. Y ahora es indigno que quienes daban cobertura intelectual o periodística a ese despilfarro, quienes sacaban las trompetas para estigmatizar a los fachas y antipatriotas que veíamos el problema y exigíamos un cambio; se pongan al frente de la ola social. Esa usurpación es tan vergonzosa como homicida con el movimiento: tanto que invocan ahora a Hessel y, en realidad, se han tirado años poniéndole a parir y repitiendo que sus mensajes, con otras firmas, eran cosa de antipatriotas de extrema derecha. Y qué bien le han venido los tres o cuatro que efectivamente lo eran, desde esas tertulias digitales que provocaban sordera con su griterío.
Y esto también
¿Y de esto qué? Una última oportunidad de demostrar dónde está cada uno la ha ofrecido la canciller Merkel con su exigencia de que en España se trabaje más y se cojan menos vacaciones. Todos esos que se mofaban de #democraciarealya cuando no tenía nombre pero ya existía en la calle y ahora se ponen al frente, bien podría aplicar sus postulados y decir lo obvio: que aquí le han reído la gracia a los políticos catalanes cuando trataban a los ciudadanos extremeños como los políticos alemanes a los españoles. Y que, puestos a hacer esfuerzos, no los tienen que hacer todos: el trabajador medio español, en la empresa privada, dedica sin saberlo el 41% de sus retribución bruta mensual a un fondo que no da para jubilarse a los 65 ni para actualizar las pensiones; pero sí para que cada administración firme a diario convenios colectivos para que unos pocos trabajen 35 horas semanales, tengan más vacaciones de las que pueden disfrutar y hagan la vista gorda cuando la política crea empleo para sí misma.
Perroflautas del periodismo. Menos eslóganes de quinceañero, menos almohadillas twiteras, y un poco más de ejemplo. Porque cuando no se protesta contra algo ni se asumen ciertos riesgos en el viaje; en realidad se está haciendo política barata y rindiéndose un deplorable autohomenaje a uno mismo. Y me da que eso es lo que están haciendo un montón de perroflautas comodones del periodismo, la política y la vida.
Posdata. Otra cosa es el PP, incapaz de entender que ese descontento de fondo merecía algo más que sus dudas y su pose a la defensiva. Eso ha estimulado tanto la utilización de un espléndido contubernio de jóvenes, abuelos y niños como las ínfulas interesadas de los de siempre. Se trata de tenerle respeto, no miedo: lo que ahora dicen, o deberían decir, de Zapatero, mañana lo dirán de Rajoy. Ésa era su grandeza, pero muy pocos se están resistiendo a maltratarla.
Contra esto va #democraciarealya; antítesis de otras aventuras intelectualmente indigentes como los antisinde o residuales como los antisistema
Espléndido comienzo. Casi todo son dudas con el movimiento ‘Democracia real ya': ¿Quién los encabeza? ¿Cómo se organizan? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Dónde está el objetivo? Pero hay también una maravillosa certeza: no necesitan padrino, no dependen de nadie en concreto, no les mueve ni el interés ni el poder y catalizan la indignación social saliendo a la calle al margen de los conductos oficiales. Antes de que las dudas cristalicen, bien o mal, quedémonos con las espléndidas certezas: tienen razón, por mucho que sus gritos sean salmos estériles para la miríada de sordos ilustrados que hablan de darle todo al pueblo sin contar con el pueblo.
A tomar nota, o a darla. Mientras se aclaran las dudas, quedémonos con la ejemplar imagen de un millón de personas en la calle protestando contra el empedrado: que un reducto de ellos se atizara con la Policía, o a la inversa, es irrelevante. Lo sustantivo es que la inmensa mayoría tiene muy claros los desperfectos pero no reconoce a ningún experto en remedios: ningún partido, ningún agente social y casi ningún medio les merece confianza, pero sobre todo los que mandan. Fracase o avance esa ola, su diagnóstico será igual de válido: hay que tomar nota, y hay que tomarla ya. Mientras, lo más revolucionario del mundo es intentar controlar su normalidad de la miríada de anormales que van a querer apropiárselo.
Mirando a Moncloa. Lo que une este movimiento es la indignación, que siempre se dirige al poder, al que manda: no es contra Zapatero exactamente, pero sí contra lo que ocurre con Zapatero. A Rajoy le pasaría lo mismo, y le puede pasar a cualquier alcalde o presidente regional, pero más adelante: ahora las miradas se dirigen a Moncloa y a los Bancos. A Botín y al presidente, que no hace nada se pasaban el brazo por el hombro pidiéndose paciencia y prometiéndose ayuda en las narices de cinco millones de parados.
No son como los demás. Su éxito es esa transversalidad ideológica, geográfica y generacional. A mí me anticipó mi madre lo que se venía encima, hace semanas. Nada suena más alto que el sentido común, y sobrevivirá si no se deja usurpar por la variada fauna de perroflautas, antisistema, anonymous, #nolesvotes y demás colectivos residuales que no tienen derecho a usurpar lo que es de todos esos padres, abuelos y niños que salieron el domingo a la calle a protestar ejemplarmente.
Gómez el divino. Tomás Gómez sigue perdiendo con Rafael Simancas, y cada alarido desesperado en una prueba de su derrota interna. Ahora ha anunciado que sus consejeros no llevarán a sus hijos a un colegio público, dejando al aire a salva sea la parte de Blanco o Montilla: si cada socialista que utiliza la concertada o la privada es un mal socialista, pese a sostener con sus impuestos la pública que no usa, la mitad de la élite del PSOE ha quedado señalada por el frívolo candidato a la presidencia regional. Que, huelga decirlo, ni estudió en lo que ahora impone ni vive en una VPO al margen del ‘urbanismo depredador' ni ha cotizado en ninguno de los empleos de los que tanto habla. Más que gauche divine, el candidato es divino a secas.
Dios los cría. González y Aznar tendrán muchas diferencias públicas, pero ambos no han tenido reparo en recoger a la vez la medalla de oro del Ayuntamiento de Madrid. Dejan sus cuitas para enredar al gentío. Cuando se trata de sus intereses, hay consenso: pueden compartir galardones, y el uno nunca dirá del otro que ha llegado a tal o cual consejo de administración a llevárselo crudo. Debiera ser al revés: que dejen los besos para el público y que en privado se lleven como el Coyote y Correcaminos si les parece.
Recortes, pero propios. Diez días después del comienzo de la campaña, ningún candidato a alcalde o a presidente regional nos ha aclarado qué va a hacer para gestionar la miseria: el resto es prosa y verso endecasílabo, de juglar y vendedor de crecepelos que va de pueblo en pueblo buscando incautos y colocando motos. No es que vaya a haber recortes, es que van a tener que recortarse ellos: más que miedo, produce esperanza y un cierto placer. Que llegue ya ese día.
Posdata. Si #democraciarealya va en serio, sabrá que no debe tener otro objetivo que salir a la calle, pacíficamente, y esperar que reaccionen quienes deben hacerlo. Representar al pueblo así es tan peligroso como no hacerlo. Y, por favor, que echen rápido de su vera a ventajistas del tamaño de Enrique Dans y lumbreras de la magnitud de los Anonymous, que sólo aspiran a bajarse un disco por la cara. O esto es otra cosa, o no es nada.
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Tomás Gómez nació en Holanda en 1968, tres años antes de que yo lo hiciera en Madrid. En 1970 se instaló en Parla, donde acabó siendo un alcalde espectacularmente apoyado desde 1999.
Y allí fue al colegio privado San Miguel, que hoy no existe y nunca debió ser ni remotamente parecido al Británico, donde estudió Esperanza Aguirre y al que lleva sus hijos José Blanco: la primera presume de ello; del segundo no hay constancia de que lo haga o lo deje de hacer.
La cuestión es que, en el transcurso del único debate electoral en Telemadrid, con Aguirre y Gordo; el aspirante a presidente se presentó a sí mismo como un “producto de la pública”. Horas más tarde, intentó justificarse apelando a la condición del Instituto y la facultad donde cursó el Bup, el COU y la carrera de Ciencias Económicas.
El viaje, entre reparador y simulador, terminó un poco como la bola de nieve en una pendiente pronunciada: para no reconocer del todo dónde estudió y para no confesar del todo lo que ocultó en televisión; Gómez reinventó la historia y aseguró, en Onda Cero, que estudió donde estudió porque en Parla no había colegios públicos entonces.
Cuando él ingresó en cuarto de EGB, yo estaría en Primero: mi colegio era el Ignacio Zuloaga, en Francos Rodríguez, a la vera de esa calle tan periodística llamada Federico Rubio y Gali oreada por la Dehesa de la Villa. Dos cursos después –tras pasar brevemente por monjas dominicas y curas menesianos y antes de aterrizar en el concertadillo Minerva y en la publiquísima ULA- asenté mis torpes ingenios escolares en el Dulcinea de la maravillosa Alcalá de Henares. Gómez ya debía estar en el mítico octavo, y obviamente pudo cursarlo en cualquiera de los nueve colegios públicos de la modesta Parla.
Descartado el lapsus por la reincidencia, sólo queda una explicación: o le avergüenza su pasado, o lo considera incompatible con su discurso actual al respecto de la educación presuntamente auspiciada desde la Comunidad, aunque los datos digan lo contrario del sainete: desde 2003, se han abierto 74 centros públicos, 242 bilingües públicos, 32 institutos bilingües y 40 concertados.
A vuelapluma, con apoyo matemático de la célebre vieja y su popular cuenta, sale que sólo uno de cada diez centros escolares es concertado. Si alguna crítica cabe a la Comunidad es más, en todo caso, por no haber apostado mucho más intensamente por un modelo de gestión educativa que en países tan serios como Francia ocupa un 50% de la cuota y por haber limitado su exiguo 10% a conciertos con la Iglesia, en lugar de apoyar más y mejor a fórmulas como las de la cooperativas de profesores con tan buen resultado en media Europa.
Peces Barba ha pasado de loable padre de la Constitución a aparente padrastro de un discurso desbocado con su protegido Gómez: él mismo se arroga la Transición y apoya o ataca a Zapatero sin medida
No se sostiene, con los datos reales y no los meros eslóganes, la especie privatizadora en un ámbito que requiere de menos lugares comunes y de mayor valentía: insistir a estas alturas, como hace también el Gómez abonado a los tópicos, que a la Universidad le faltan recursos, es una frivolidad que nadie serio mantendría y que sólo puede obedecer a un profundo desconocimiento de la materia o, más probable, a un deseo de agradar a la clientela que necesita para llegar al 30% de los votos y no morir por la mezcla del pasado de Simancas y el futuro de Rubalcaba.
Aunque sea al precio de renunciar a una visión crítica de la falta de reversión laboral, intelectual y económica de nuestra universidad tras muchos años de inversión pública generosa; o de la inaceptable epidemia de bajas en la escuela pública; o de la progresiva transformación del docente en un objetivo sindical que le resta autoridad a cambio de darle jornada continua; o de la inquietante certeza de que, con la mitad de coste para el erario público por plaza, la concertada gana a la pública en las preferencias paternales.
El liviano análisis educativo, en el que la parte más demagógica y degradante de la ideología sepulta una receta solvente desde esos mismos principios; es indispensable para entender el desvarío bochornoso sobre el caso personal de su educación infantil y, desde luego, para conferirle la gravedad que tiene a la conjunción de ambos factores.
Porque si de un lado te avergüenzas de lo que has sido y de otro estimulas una falsa percepción de un servicio esencial para el ciudadano; sólo logras prolongar el prejuicio y el tópico –madres de todos los atrasos-, sin aportar alternativa alguna digna de ser tomada en serio para paliar los problemas siempre evidentes que albergan ambos servicios: que sean de los más valorados de España o que no estén en manos privadas no equivale a avalar todo lo que se hace ni cómo se hace; y la habilitación de colegios segregacionistas o la falta de equipos de apoyo son dos buenos ejemplos de lo mucho que queda por mejorar.
Tácticamente, se comprende muy bien que Gómez elija la Sanidad y la Educación como terrenos de confrontación para desviar la atención del paro y la crisis económica; pero es muy preocupante que el fin electoral avale todos los medios. Que en este caso son los clichés, las falsedades y, sobre todo, una galopante ausencia de alternativas claras, apenas sustituida con ocurrencias que bien podría sellar, por su soberana insolvencia y su buenismo inane, cualquier mozalbete de colegio privado o jovezno de instituto público.
Todo ello le libra al PP de explicar mejor qué va a hacer para paliar el fracaso escolar, evitar la creación de guetos educativos en los colegios más modestos, atacar la degradación de una universidad inútil o lograr que, amén de hablar inglés, los niños piensen en cualquier idioma de una manera más solvente que sus políticos.
Porque el reverso del destructivo discurso de Gómez, en su bola de nieve, es tan facilón como igualmente improductivo: basta con añadir una viñeta a esa caricatura que dice que un socialista es alguien que le dice a la gente dónde vivir, dónde estudiar, dónde curarse y a quién debe dar su dinero pero luego, en la intimidad, elige un colegio con uniforme, un chalet en la Sierra, un seguro en la clínica de La Moncloa, el mayor y mejor sueldo imaginable con el menor esfuerzo posible y, como dice Gregorio Gordo (IU) del caso que nos ocupa, privatiza todo lo privatizable cuando toca algo de poder en una alcaldía, preso de un ataque de realidad.
Como esto no puede ser verdad, como es tan falso y contraproducente como las caricaturas nobiliarias o golfísticas de Aguirre, como el juego democrático decente ha de ser una competición de altura entre dos diagnósticos solventes para una misma enfermedad; como un tipo tan querido en Parla no puede ser tan patán al aterrizar en la Metrópoli; bueno sería que alguien le dijera a Gómez que huya con rapidez de la imagen que se está ganando para no perder por demasiado. La del progresista del chiste, ése que sabe siempre cómo arreglar las injusticias del mundo… pero sólo con tu dinero y esfuerzo.
Es obvio que Gómez compite más con Blanco, Rubalcaba y Ferraz que con Aguirre y el PP; y lo es también que ha renunciado a ganar y aspira a sacar un voto más que su predecesor: sólo así se entiende que haya abandonado las latitudes templadas, donde habita la mayoría, para buscar las temperaturas electorales más extremas con invitaciones a una lucha de clases tan hinchada como su currículo.
Seguramente si Gómez se jugara sólo estas Elecciones, sus virtudes evidentes se impondrían a sus excesos forzados por la situación: compite más por evitar que Rubalcaba y una parte del PSOE pidan su cabeza tras el 22-M que por ganar al PP
Porque tan cierto es lo que desbarra don Tomás de la política madrileña (sin restarle ni un ápice de gravedad al paro y los enormes desperfectos de la crisis ni quitarle ni un gramo de responsabilidad a una Aguirre que si presume de los éxitos ha de asumir también los fracasos) como lo que cuenta de sí mismo y lo que hace con lo suyo: el paladín de la transparencia tiene a su vera a una condenada por prevaricación; el profeta de la privatización incorporó a la empresa privada a casi todos los servicios públicos de Parla; el ogro del urbanismo depredador ha vivido durante años en un chalet fuera de su pueblo; el cazador de privilegiados y embajador del compañero del metal ha estudiado en un colegio privado y no ha tenido que buscar trabajo etsbale nunca fuera del confort del cargo público político o la placidez universitaria a la vera de su paladín Gregorio Peces Barba, el pintor de la Constitución metido ahora a amanuense del gotelé y el trazo grueso.
Ninguna de las cosas hechas por Tomás Gómez son delictivas y ni siquiera criticables; nadie en su sano juicio desmontaría sus principios por la sólo aparente contradicción con su forma de vida; cualquiera con un asomo de ecuanimidad reconocerá sus virtudes y capacidad pese a la capa de tensión estratégica que recubre a un hombre válido, tímido, de buena planta y sólidos conocimientos. Pero es una lástima que lo que espera sin duda que se le conceda a él; él se lo niegue al resto apelando a los bajos instintos de una parte de la población, cada vez más exigua.
La desesperación del candidato está detrás de todos sus despropósitos, pero cabe preguntarse si no le hubiera ido mejor optando por un discurso más moderado y achacando el resultado adverso que se adivina a una situación nacional que nadie puede compensar en su terruño: quizá sus enemigos internos querrían cazarle igual, pero al menos su cabeza luciría erguida y con la sensación de que se merecía otra oportunidad cuando las aguas de la crisis permitieran una campaña netamente autonómica, sin brochazos a destiempo ni zapatazos externos.
No me fío de mí mismo. Hay un terremoto en Murcia y se suspende la campaña electoral. No lo hizo el 11-M, aunque oficialmente sí se anunciara, por buscar la conmoción colectiva de mayor impacto en nuestra historia reciente. Es una medida discutida y discutible, como demuestra su aplicación anárquica: aquí sí, allí no, allá a medias. Pero sobre todo es un reconocimiento de culpa de los partidos, de los candidatos, de sus discursos: vienen a decir que lo que tuvieran que decir, pese a aspirar a gobernar cuerpos y almas, no es digno de un momento delicado. Pero debiera ser al revés.
Prohibido, y más prohibido. Ese clima de restricciones innecesarias convive con otro de imposiciones inevitables que ya es algo más que preocupante. Si la regulación de los espacios electorales en los medios audiovisuales convierte en una obligación propagandística lo que debiera ser una opción informativa, restringiendo el derecho a la libre difusión de información; la hiperactividad de las distintas Juntas Electorales al respecto de carteles y mensajes de los propios partidos ha alcanzado cotas cubanas.
Las risas descalzas. El único límite a la libertad de expresión es o debe ser el Código Penal, en cualquier circunstancia. La retirada del cartel del PP con Tomás Gómez y Rodríguez Zapatero riéndose bajo el lema ‘5 millones de parados’ es un abuso. Tanto como prohibirle al PSM una denuncia sanitaria sobre el copago o uno de sus póster cinematográficos parodiando a la condesa Aguirre. Ya decidirá la gente qué se cree, a quién castiga y de quién se ríe.
Todos los mensajes bordean la falsedad y apelan al porcentaje Cromagnon que conserva el homo sapiens, para estimular sus glándulas salivales antes que activar las conexiones neuronales, pero hasta eso es permisible o debe serlo en un país libre.
Copago, constructoras. La cuestionable paralización de la campaña, beneficiosa sobre todo para esos restaurantes acostumbrados a disfrutar de la excelsa presencia de políticos ahora en caravana, permite pararse un poco sobre el fondo de algunas polémicas.
Por ejemplo los nuevos hospitales de Madrid: pónganse para arriba o para abajo sus detractores, a ellos se va sin tarjeta de crédito, en ellos reciben servicio miles de ciudadanos satisfechos según las encuestas (encargadas por la CAM sí, pero no hay otros datos en contra) y el personal sanitario sigue siendo tan público como en el 12 de octubre o el Príncipe de Asturias: los administrativos y los camareros trabajan para una empresa privada, pero eso es una bendición a tenor del extraño virus que multiplica por tres las bajas laborales en la función pública.
¿Pero no eran los especuladores? La carta de sus constructoras, sin embargo, no deja muy bien parado a nadie. Demuestra que el Gobierno regional, por buenas que sean sus cuentas al lado de las del resto de Comunidades Autónomas, está más apretado que el pantalón de Tony Manero y tal vez deba incluir en breve en su nómina de colaboradores el célebre Cobrador del Frac.
Y deja mal parado a Tomás Gómez, que se ha hartado a sostener falazmente la especie privatizadora de una Sanidad degradada (para entusiasmo de Sanitas o Asisa por la gratuita campaña de captación de clientes asustados) a favor de un negocio que, a lo que se ve, no es tal: tenemos más hospitales que nunca, siguen siendo igual de públicos que siempre, soportan menos veleidades moscosas en departamentos administrativos y además no los pagamos para indignación de la élite del ladrillo patrio. Seguro que tales empresas sabrán defenderse solas, sin ningún dirigente exigiendo que les paguen con la premura negada al carpintero e la esquina.
Público y privado. Más interesante sería discutir qué riesgos privatizadores potenciales se derivan de la concatenación de tres hechos incuestionables: un déficit galopante entre los contribuyentes y los usuarios del servicio; un insoportable modelo laboral en la Administración que detrae recursos de los servicios públicos y una demostración de eficacia mayor de la empresa privada por razones de vigilancia política, contención del gasto y productividad de su plantilla.
Mientras la izquierda borrosa no asuma esa evidencia, no acepte el debate sobre la eficacia, no acabe con los abusos, no asuma el preocupante desajuste de gastos e ingresos del Estado de Bienestar y no empate a la empresa privada superándola a continuación en compromiso público; la privatización será una deriva natural legitimada por los propios ciudadanos. Y no se podrá quedar, para seguir siendo universal y gratuita, en el heroico fotocopista: entre que privaticen los servicios las empresas y lo hagan los sindicatos, debe haber un término medio razonable. Que se acuerden a quién se deben quién los sostiene y cómo gastan ahora el dinero.
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#sinpreguntasnocobertura es una buena causa. Pero a veces estamos a setas y a rólex: si nos quejamos de Rajoy o de Chacón por callarnos mientras ellos monologuean, no se puede montar un lío a Esperanza Aguirre por contestar a un requerimiento periodístico en una absurda jornada de silencio. Tampoco lo guardó de algún modo Tomás Gómez renovando su videoblog. E hizo muy bien. Nunca se contesta ni se pregunta demasiado.
La teta y la luna. Es campaña y hay crisis, pero Zapatero tiene que adelantar un mitin en Cantabria para no quedarse sólo por un partido del Racing de Santander. Y el despliegue merluzo de Errandonea, 25 años en la cárcel y sale igual de tarado, no pudo ser la noticia más leída del día por el desplazamiento de pecho de una concursante de televisión. El cerebro del elector parece trasladarse con facilidad al pie de un campo de fútbol o a un seno superviviente. Y plantea la duda de cuál de los tres órganos es más de silicona.
Peter Pan Gore. Sólo los tontos y los fanáticos pueden seguir siendo los mismos así que pasen cinco lustros. El peterpanismo del etarra de todas las portadas es una prueba psicológica de cargo contra la posibilidad de que se abandone la violencia del todo. Y un indicio del carácter exclusivamente táctico de una tregua o una condena que, por lo demás, ya debiéramos conocer tras treinta años de bombas.
Matar, o no. En otras palabras, la única manera de comprobar de verdad si el fin del terror es inminente era no dejar a Bildu presentarse a las Elecciones: si era cierto; ETA no matará. Y si mata, no era cierto. Puestos a hacer política, el Constitucional podía haberla hecho de la buena: regular a partir de los principios y no de la táctica, por tentadora y defendible que sea a pesar del exceso de alaridos y críticas, nada razonables.
Bildu, transparente
Terminando con Bildu. La única manera de soportar y explicar la presentación de Bildu es, pues, desde la política. Y el gran problema, delegar esa tarea en un tribunal: pierde la justicia, y se esconde la política. Cada argumento a esgrimir para ilegalizar Bildu tiene otro para dejarle concurrir en las elecciones, sin que nadie a un lado o a otro deba escandalizarse: es perfectamente defendible lo uno y lo contrario. Sólo hay una cosa que no lo es: decidirlo desde el Gobierno, pero que parezca un accidente.
Lo público. Suele confundirse el anhelo de quienes trabajan en con las necesidades de quienes los financian y esperan disfrutarlo. Mientras la discusión sobre el coste y la eficacia quede al margen del mantra nada progresista de quienes dicen defender lo público; al público le importarán menos quién le dé la sanidad o la educación si se la dan con unos pocos menos moscosos y una ligera reducción de la retórica sindical. Para defender de verdad lo público, hay que pensar un poco más en el público.
La promesa. Por lo visto ha habido un candidato a alcalde que ha prometido algo. No se descarta la intervención del Supremo y del Constitucional por si fuera constitutivo de delito o todo queda en una mentira. La contención electoral estimula el ruido para llenar el tiempo y simular que hay campaña, pero todo el mundo sabe que la próxima legislatura va a ser a la griega: intervenidos, sin un euro, y un poco de rodillas.
Dos copagos. El PP ha encontrado su copago en la educación concertada: Aguirre acusa a Tomás Gómez de tener un plan oculto, su erradicación para indignación de las 320.000 familias que escogen esa opción educativa. Nada recoge el programa del PSM al respecto, y el candidato socialista lo niega: respeta la concertada y la privada, aunque apueste prioritariamente por la pública.
La palabra. Debería valer la palabra del líder socialista, y debería desaparecer del debate una especie que descarta la propuesta y pretende atraer al elector provocando su miedo hacia lo que pueda hacer un rival. Pero Gómez es un poco alguacil alguacilado: su insistencia en replicar al modelo sanitario o educativo de Aguirre asegurando que quiere regalarle un negocio a sus amiguetes –que además se quejan de la dureza económica y las exigencias de la Administración, sea colegio u hospital- le quita fuerzas para pedir moderación a su adversaria. No hay ideas criminales aquí; pero sí existen las mentiras peligrosas.
Cole privado. Tampoco queda bien parado por presentarse como un producto de la educación pública cuando, en realidad, estudió en un colegio privado hasta ingresar en el Instituto: se puede ser socialista y jugar al golf, vivir en un chalet o ir a un colegio selecto. Antes de nada, porque es una decisión paterna. Y después, porque no es incompatible consumir lo que uno cree mejor si se defiende lo mejor para todos. Pero esconder los orígenes tiene menos encaje: no tenía nada de malo, hasta que se oculta: sólo el relax de Aguirre, o la sensación de cierta debilidad que ofrece últimamente, explica que no se haya hecho demasiado sangre con algo objetivamente criticable: no decir la verdad, o en el exacerbado lenguaje del promotor de ‘La Condesa Descalza’, protagonizar ‘Mentiras y gordas’.
Sin preguntas. Un día se harán entrevistas sin preguntas, como bocadillos de pan. Rajoy lleva cinco días de campaña electoral y, aunque no ha dejado de citar a los medios, no les ha dejado plantearle nada, no sea que se le escape lo que piensa. Hay una ministra que aspira a presidir España, o al menos a encabezar el PSOE, que debe pensar que sólo está para dirigirse a la Nación: la última vez que admitió una pregunta, el hombre intentaba llegar a la luna. Esto, como los debates, las primarias, las listas abiertas o el desarrollo de la democracia participativa, debe ser una obligación: no se defiende al periodista; se protege a la democracia. Los mudos, en política, suelen pensar también en voz baja.
* Este vídeo de Telemadrid demuestra dos cosas, a partir del minuto 17: que no es cierto que Tomás Gómez quiera cargarse la enseñanza privada y concertada de la Comunidad de Madrid y que, desde luego, no fue honesto al presentarse como producto de la escuela pública.
A brochazos. Da igual que sea impreciso, injusto o directamente falso por pintar el cuadro a brochazos, sin los matices del pincel, que siempre cambia el lienzo. Pero flota en el aire: hace cuatro años, teníamos el paro de Alemania y hoy lo triplicamos. Y hace cuatro años, nada que sonara a ETA estaba en las instituciones, con la miríada de millones que comporta, y hoy va a estarlo.
Donde las dan. El PSOE no se merece esa caricatura grotesca y desenfocada, pero es el precio a pagar por haber sido el primero en pintar al gotelé: cuando se acostumbra a la gente al reduccionismo, la gente lo practica siempre. El reverso de la moneda que ahora recibe es aquel que pinta al PP como un partido de ultraderecha, franquista, privatizador, pijo y necesitado de un cordón sanitario. Donde las dan, las toman: algún día todos deberán empezar a entender que, si alimentas un monstruo, el monstruo nunca para de querer comer.
Todo gratis. Si es barata al corto plazo ese tipo de política; también sale gratis este tipo de opinión pública: unos hablan por hablar; otros prefieren resolverlo todo echando la culpa a alguien y pensando que llegará uno que se lo arregle todo. Las dos cosas son tan falsas como prósperas y definitorias de una democracia barata y sin respeto entre las partes.
El copago. Es la quintaesencia de lo anterior. Los servicios no son un derecho natural, sino la consecuencia directa de la contribución de trabajadores y empresas al sistema que los mantiene. Hay 18 millones de personas ocupadas y 29 millones dependientes. Con ese desajuste, el copago es un problema menor y en todo caso disuasorio: no pretendería financiar los servicios, sino evitar que se usen. Pero ni de eso se puede discutir con calma, luego de lo importante ni hablamos. Volvemos a la famosa parábola del doctor House: en lugar de hablar claro y ver si hay opción de curarse, aquí se receta aspirina para el cáncer con unos golpecitos condescendientes en la espalda.
Por soñar. El día que a un votante del PSOE le avergüencen frases como la de Felipe González sobre el PP -"Dieron tiempo a ETA para rearmarse"- y a otro del PP le escandalice la comparación de Rubalcaba con un terrorista; será más fácil que todos empiecen a justificar su salario público. Ahora se lleva el eructo, a precio de oro.
Programa oculto. En realidad, todos los tienen, o deberían tenerlo. Porque el 23-M terminan los sanfermines electorales y comienza un largo pobre de mí de recortes que, bien gestionados, tocarán más a la Administración que al ciudadano. La única duda es si será esa dieta depurativa o volverán a pedir más esfuerzos a quien ya no tiene fuerzas.
Que viene el lobo. Tomás Gómez parece haber renunciado a ganar las elecciones y se conforma con superar a Simancas.
Decir (*) que va a eliminar la educación que eligen 320.000 familias en Madrid, la concertada, es un una locura y un horror. Pero puede ser útil para intentar sacar más de un 30% de los votos y desengrasar con ello la guillotina de Rubalcaba. Lo sensato ya es para finolis, y son tiempos de legumbres.
#sinpreguntasnocobertura. Es el hit de la campaña: no se trata de imponer qué se responde, sino de evitar que no se pregunte. La política no puede agarrarse al discurso para mudos o la ciudadanía les responderá en silbo gomero.
Ampliación. A Tomás Gómez no le ha gustado nada el penúltimo párrafo de este artículo. Y tiene parte de razón. No es exacto por mi parte achacarle un anuncio que él no hizo en del debate en Telemadrid. Fue Aguirre quien le acusó (minuto 17 aproximadamente de este enlace) de querer acabar con la escuela concertada, y lo hizo leyendo un fragmento literal del programa del PSM que yo no he encontrado tras leer 19 páginas (de la 38 a la 57) del mismo.
Gómez no respondió a esa acusación, pero aún así yo he cometido un error o, cuando menos, una imprecisión. Su palabra me es suficiente para descartar que tenga un plan oculto: es respetable e indiscutible por el mero hecho de ser suya y le pido mis más sinceras disculpas. Creo que podría aplicárselo él mismo con el copago sanitario, pero ésa es otra historia.
Bilingüismo. La diferencia política entre Madrid y Cataluña es que aquí se intenta enseñar en inglés y allí que no se haga en español. Más allá de caricaturas nobiliarias, carteles de cine y frases hechas, el éxito de Aguirre en todas las encuestas tiene una explicación muy sencilla: el empleo sube aquí mientras el paro lo hace en el resto. Todo lo demás, es bisutería barata y bilingüismo equivocado: la gente sólo quiere poder decir money.
Por los pelos. Legalizar Bildu sería como comerse una sopa con pelos: por muchos fideos que haya, ¿alguien puede asegurar que un plato así es comestible? El reproche ha de ser para el cocinero, no para el comensal. La gastronomía no se debe ilegalizar nunca; pero la falta de higiene no se puede tolerar.
Chusqueros. Los cinco millones de parados y la falta de respuesta, diluida en la retórica y el pase corto, demuestran sobre todo una cosa, inquietante: la política no representa bien a los ciudadanos; los sindicatos tampoco a los trabajadores y la patronal no lo hace con los empresarios. Es mejor un general malo que tres buenos, decía Napoleón, pero en este asunto sólo vemos sargentos chusqueros.
La Champions.Esperanza Aguirre es de Mourinho, pero es Tomás Gómez quien parece el Real Madrid: todo el mundo sabe el resultado de la eliminatoria, sólo queda sostener una tensión ficticia y buscar fantasmas externos para explicar una debacle cinematográfica. La única cuestión que parece en juego es la continuidad del técnico: si logra menos puntos que Simancas Pellegrini, a ver cómo resiste el día después con Florentino Pérez Rubalcaba pidiendo su cabeza.
Bin Tonic. Osama vivía en una casa de lujo y no en una cueva. Su muerte es una espléndida metáfora del liderazgo en tiempos de cólera: estamos rodeados de gente que dice a los demás lo que hay que hacer procurando hacer él lo contrario. Un terrorista suicida, o un parado, debieran tomar nota de cómo se las gastan los jefes: unos se regulan las pensiones de por vida a cambio de ocho años de trabajo y 67 para el resto; otros ven los atentados tumbados en el sofá, con un gin tonic tal vez en la mano.
La caza. Los dos sátrapas han sido ejecutados: al menos con el primero pudo hacerse otra cosa, deportarlo y juzgarlo públicamente como en Nuremberg a los nazis. No sé si ajusticiarlos de mala manera y hacer desaparecer sus cadáveres es una lección de democracia o un ejercicio de brutalidad poco práctico, salvo que interese convertirles en mártires.
Elvis vive. Los seguidores de las teorías conspirativas pueden añadir a Bin Laden y Sadam Husein en la estantería de Elvis: al primero dicen haberlo enterrado en el mar; y al segundo lo quemaron tras ahorcarlo unos aficionados. Tanta prisa… quizá empiece a vérseles en Memphis, con una guitarra.
#sinpreguntasnocobertura. Algo pasa en el periodismo y en la política para que tengamos que defender una obviedad. Uno puede responder lo que le parezca siempre, pero el otro debe poderle preguntar al menos. No es un viaje contra los políticos y en defensa de los periodistas, sino un elemental sentido de la decencia y el respeto a los ciudadanos, que delegan en los otros dos grupos derechos que son en realidad suyos.
(Puedes seguirme en diariodealcala.es, eldigitaldemadrid.es,
Hay dos tipos de televisiones públicas: las que manipulan bien, con un guante de seda y oliendo a perfume; y las que manipulan peor, con un trabuco y fragancia a legumbre. Telemadrid lo hace por acción, con la misma compostura de SalvadorSostres ante el escaparate de una mercería; TVE lo hace por omisión, disertando largamente sobre el ciclo reproductivo de los delfines para tapar el innoble apareamiento de los faisanes y los concubinatos financieros con acento andaluz.
Todas coinciden en algo, pese a todo: son muy caras y arrastran pérdidas y deudas espectaculares. No es una opinión, sino un dato incontestable: el conjunto de entes televisivos públicos de España acumula anualmente cerca de mil millones de euros de pérdidas, a los que hay que añadir unos 600 millones de euros más en concepto de subvenciones del Gobierno Central o de los autonómicos de cabecera. Las privadas, por el contrario, ganan conjuntamente 500 millones y contribuyen con 200 a las arcas del Estado a través del Impuesto de Sociedades.
Esto es, lo que pierden o consumen estos canales cada año es muy similar a ese recorte educativo previsto para 2011 -unos 1.800 millones de euros- que nos condenará a seguir doblando la tasa de fracaso escolar de Europa (sólo nos gana Malta): la concatenación de este dato con el del paro, la falta de productividad, la ausencia de un modelo empresarial, la intensa dependencia energética y la incompetencia de la Universidad como semillero de talentos pone en entredicho la capacidad real de recuperación de un país atrapado en sus propias zanjas.
Es casi imposible cerrar una cifra definitiva acumulada de veinte años de televisiones regionales y cincuenta de estatal, pero sólo en la última década puede afirmarse que el derroche colectivo total es superior a todas las inversiones productivas del Estado en un lustro: en los Presupuestos Generales de este año se recogen poco más de 8.000 millones de euros en un capítulo crucial para el desarrollo, el empleo y el manido modelo productivo nuevo, que no surge invocando a Manitú, sino impulsando una estructura sólida en todos los ámbitos.
La BBC tiene una gran virtud: la pagan los ingleses
España no tiene dinero para un aeropuerto conectado directamente con Asia y las zonas emergentes o para un gran puerto que asuma todo el tráfico marítimo de Oriente, África y América y permita al país vivir de la logística; pero ha perdido un billón de las viejas pesetas en una mezcla de programas infames, informativos ad maiorem gloriam del Dios de turno e incluso estupendos espacios que, no obstante, pueden ser atendidos por canales sin coste para el ciudadano o en todo caso no son tan importantes como para anteponerlos a la revalorización de las pensiones, un suponer.
El problema no es, en fin, si Canal Sur es peor que la TVG gallega pero mejor que Telemadrid o si TVE es más decente con Urdaci que con Maria Antonia Iglesias pero menos que con Llorente.
Concedámoslo todo, al que quiera, y dos huevos duros; pero limitar el debate a una cuestión de gustos, intereses o poses lo hace irresoluble y perpetúa un modelo arbitrario, clientelista y en todo caso inasumible para un país que en tiempos de penuria ha de comportarse como un hogar en apuros: primero la comida, y luego el baile.
Apelar al carácter de servicio público -que ni siquiera está definido como en otros países de Europa y lo mismo vale para un triunfo que para una operación- para garantizar un dispendio insoportable, sería un buen chiste de no resultar tan trágica la letra pequeña: ni la eficaz Ana Pastor ni el irascible Hermann Tersch pueden ser más prioritarios que los 400 euros de caridad para los parados sin subsidio; ni tan imprescindibles como para obligar a los pocos que trabajan a hacerlo hasta los 67 años; ni tan vitales como para anteceder a una red sanitaria o educativa pública solvente.
Y a la carcundia de Oriente y Occidente, que tanto se retroalimenta con debates estériles sobre la paja y la viga presentes en ambas cuevas, siempre le quedarán Intereconomía o La Sexta para evacuar sus sutilezas y evidenciar la vigencia de Ortega cuando decía que, el nuestro, es un país de creencias y no de ideas.
No nos engañemos: la única razón por la que perviven estas televisiones (y añadan universidades de cartón piedra y una variada gama de bacanales institucionales triplicadas sostenidas con discurso fatuos sobre la “autonomía”, la “libertad de cátedra”, la “solidaridad” y otras perogrulladas huecas) es por la resistencia de un sistema político, sindical, laboral y gremial que siempre preferirá quitarle un poco más al que menos tiene para que siga sosteniendo lo que no necesita pero a ellos les procura un confort notable.
La eterna confusión entre el Estado de Bienestar y el bienestar de quienes trabajan en el Estado. Tal vez por eso la única solución es tan traumática como quizá ya inevitable: llegará el día en que, al ir a encender la luz, no funcione. Algunos empezamos a desearlo viendo la irresponsable actitud de los gestores, la complaciente postura de los agentes sociales, la interesada pose del periodismo y, al fin, el ingenuo seguidismo de una ciudadanía que sabe poco aunque no dejan de informarle de sol a sol.
Posdata. Huelga la aclaración, o no, que siempre es posible que aparezca un Ignacio Escolar para darse un último baile a mi salud mientras descubre a Wilco y abandona la zambomba. Obviamente Ana Pastor es una espléndida profesional y el titular de este artículo es un recurso literario que ella sabrá enmarcar.
Y para los que salivan con la merecida periodista de moda, que dejen de hacerlo por razones opuestas cuando pegan a Tersch: incluso aunque esté en un bar, me gusta escuchar o leer lo que dice. Pero, a ambos, preferiría no tener que pagarles yo, que hay mucha boca a alimentar esperando.
Aunque Gómez juega con ‘Invictus’, es posible que esté soñando con el Alfredo Landa de ‘Jenaro el de los 14’, aquel entrañable españolito de los setenta que confiaba su destino a la quiniela en lugar de al mérito, la capacidad o el talento.
La falta de un discurso alternativo bien articulado y la mera sobreactuación no parecen suficientes para derrotar el 22-M a Esperanza Aguirre, que vive su mejor momento político por una mezcla de aciertos propios y deméritos del rival, enzarzado en una pelea consigo mismo que sólo puede reflejar dos cosas: o no conoce la calle madrileña, poco dada a los numeritos, un poco menos manejable que las demás y bastante más práctica que casi todas; o actúa con la desesperación ruidosa de quien teme más el fusilamiento a manos de los suyos que la derrota frente a los rivales.
No es fácil encontrar a aquel alcalde triunfador de Parla en este candidato gaseoso, inestable, contradictorio e incapaz de detallar qué quiere, qué piensa, qué propone y qué rechaza con datos y argumentos que eludan el ruido, la media verdad o la falsedad directa e intenten convencer al ciudadano antes que asustarlo.
Tal vez Lissavetzky pierda por lo mismo o aún por más frente a Gallardón, pero sea cual sea el escrutinio se habrá ganado el derecho a intentarlo de nuevo con un mensaje constructivo, que no acrítico, que demuestra respeto al ciudadano por no faltárselo a su rival con pedorretas solemnizadas y miradas ensayadas frente al espejo como un mal imitador de Robert de Niro en Taxi Driver.
Ése es el Gómez que amedrenta con el copago sanitario mil veces rechazado, el Gómez que busca corruptos ajenos como un inquisidor y disculpa a los propios como una madre, el Gómez que tilda la misma gestión de servicios públicos de “regalo a los amigos” o “modelo de eficacia” según el color de la Administración; el Gómez que insulta a su contrincante con carteles cinematográficos sin gracia o el Gómez que es muy de Zapatero o muy poco de Zapatero según le sople aire y combinen la pólvora o la melaza con la tonalidad de su sillón.
Si de verdad el secretario general del PSM es un hombre con futuro, más allá de lo que ocurra el 22-M, y ojalá lo sea por el bien de un socialismo madrileño desnortado durante tres lustros por los caprichos de Ferraz; alguien debe decirle que deje de hacer el ridículo, de pegarse tiros en el pie y de andar desnudo por las calles, como el emperador del cuento al que todos le aplaudían sus inexistentes ropajes por miedo a perder su favor.
Fuera del palacio, iba en cueros. Y sólo él parecía no darse cuenta.
Posdata. La condena a Miguel Ángel Rodríguez por tildar de "nazi" al Doctor Montes es bien merecida. Sólo tiene una explicación, más allá de la ligereza del ex portavoz reciclado en trompetero: los que defienden y los que atacan al galeno jamás se han leído ninguna de las sentencias sobre el Severo Ochoa. Es mejor chillar como un marrano o esparcir incienso samaritano que hacer bien el trabajo más elemental del periodista.
Paradoja del enfermo. Puede haber dos diagnósticos, o seis, pero sólo una enfermedad. La campaña electoral invierte el proceso: se buscan seis enfermedades y se apunta algún placebo. La sanidad pública, por ejemplo: todo el mundo sabe que, siendo de las mejores, es muy mejorable. Pero conoce también su inmenso coste y la posibilidad de que no sea sostenible si se abusa o simplemente no se gestiona teniendo en cuenta la deficiente relación entre los recursos, los usuarios y las costumbres. El PSOE prefiere asustar que proponer, y con ello ayuda como nadie a la sanidad privada: hablando tan mal de la pública, los seguros médicos pueden vivir grandes días de gloria. Y frente a tanto brochazo, el PP se ahorra explicaciones que sí debiera dar si las preguntas no fueran meros alaridos.
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Paradoja de Mandela. Si existen dudas sobre cómo percibe la élite política al común de los ciudadanos, las elecciones siempre las despejan. Uno se compara sin pudor con Mandela y se hace pasar por ‘Invictus’, aunque mejor estaría Callao, con un poco de sentidiño. Otra compara a Rubalcaba con Troitiño y deja aroma a regüeldo de chorizo, tan pancha. Y uno más busca yernos de Aznar a quien insultar por ser amigo de la misma persona a la que él ha vendido bombas. Here comes the sun, que diría el beatle espiritual.
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Paradoja del futbolero. Quienes buscan argumentos para desautorizar a Camps, se vuelven locos para exonerar a Chaves. Y viceversa. Algún día ganará las elecciones aquél que utilice el sentido común, la mejor ideología posible y la menos manoseada. Con el menos común de los sentidos cualquiera podría escandalizarse con ambos presidentes, avergonzarse de las mentiras del Faisán, pedirle al PP que no juegue con el fuego del terror o exigirle a la clase política que recorte su aparato antes que apretar más el cinturón al respetable. El cainismo de las grandes siglas ha contaminado definitivamente a la población, que se comporta con hinchas: unos del Real Madrid, otros del Barça, pero nadie del fútbol.
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Paradoja del racimo. El Gobierno reprocha los mimos de Aznar a Gadafi, pero antes le vendió bombas de racimo, con uva venenosa. Preguntada Carmen Chacón por el asunto, un sonoro silencio. La moraleja hace ruido pero es bien cristalina: la diferencia entre una guerra y un crimen es estar o no en el Gobierno, y cualquier dictador puede lograr décadas de complicidad si pasa por taquilla. A esto le llaman geopolítica, aunque en la calle es más conocida por desvergüenza y no tiene colores ni siglas: es transversal, como el dinero.
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Paradoja del aeropuerto. Islandia ha decidido no salvar ni a sus bancos ni a sus políticos y no parece que se haya hundido nada. Por evitar el hundimiento general que comportaría no atender a este sector, según casi todos los especialistas y todos los políticos, ya estamos hundidos. Tal vez convendría probar a ver si de verdad es tan grave no rescatar a esa Caja morosa, gobernada por un político, que hizo un aeropuerto en Ciudad Real mientras la A-2sigue con dos carriles, casi.
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Sin saberlo, repiten la Parábola del Palacio de Borges, aquella en que un poeta roba su templo a un emperador al describirlo con sus versos. Pero es una versión sin rima, con faltas de ortografía, como una sinalefa con la pedorreta.
Ese ejecutivo por cuenta ajena que juega al golf, conduce un todoterreno, lleva a su hijo a un colegio privado, acude a una clínica y come a la carta un martes laborable tributa a Hacienda hasta un 40% de sus ingresos. Es decir, contribuye a mantener el polideportivo de barrio en el que jugamos al mundano balompié, financia el centro escolar al que llevamos a nuestros hijos y, en general, soporta una miríada de servicios públicos que no utiliza.
Un respeto, pues. El discurso público debiera valorar su existencia sin dejarse llevar por la pendiente de la demagogia, prima hermana de esa envidia tan española que aspira a conseguir la igualdad por abajo y encuentra no pocos paladines en la política, conscientes de que es más fácil gestionar la modestia que conseguir el progreso generalizado: en ese viaje, atizar al que va mejor es una medida retórica tan sencilla como empobrecedora que ejemplifica la vigencia del refranero popular sobre los males, el consuelo y los tontos.
En Estados Unidos, y en general en todos los países cuya religión se inspira en los principios calvinistas -horribles a efectos de libertad de pensamiento, razonables en la valoración del éxito-, ese ejecutivo suele tener un reconocimiento social y es visto como un referente estimulante para todo aquel que se plantea emprender y mejorar: aquí se penaliza el mero intento y se castiga a quien consigue el objetivo, extendiendo una sospecha sobre el conjunto de esa élite también trabajadora, y no digamos si es empresarial, que desprecia el valor del esfuerzo y da por supuesto que el beneficio logrado es espurio, corrupto y a costa de algo y alguien.
Para rematar la caricatura, promocionada especialmente por quienes más buscan ese estatus al menor esfuerzo posible y generalmente a costa del contribuyente, es imprescindible transformar la parte indeseable del fenómeno en el todo alejado de esa realidad: aunque el 90% del empresariado español esté compuesto por esforzadas PYMES que crean el 70% del empleo y de los ingresos fiscales sin pasar de los 6 millones de facturación; conviene hablar de ellas como si fueran Lehman Brothers y estuvieran dirigidas por un Madoof castizo.
Y aunque la crisis esté provocada por esa más que minoritaria élite de multinacionales reguladas por acción u omisión desde las instituciones - banca, ladrillo, energéticas y comunicaciones- se impone señalar al mercado libre, compuesto por las pequeñas y medianas empresas antes citadas y los modestos consumidores que nos acercamos a ellas.
El clímax de esa mezcolanza entre discursos criminalizadores, dejación de responsabilidad e inducción del desastre se alcanza al constatar que los mismos que degradan el esfuerzo y señalan a un falso culpable ayudan y se benefician en realidad de los responsables del empobrecimiento: suben las tarifas eléctricas, se refinancia la banca, se aprueban suspensiones de pagos a las promotoras, se admiten infames bonus en telefónicas y, finalmente, se contrata en puestos de alta dirección a los mismos cargos públicos que han aprobado esos excesos y han consentido que se señale con el dedo -el viejo pan y circo- al del carrito con los palos de golf o al pobrecillo que cometió la temeridad de abrir una empresa con 30 trabajadores.
Y mientras se enzarza al que crea un puesto de trabajo con el que lo ocupa temporalmente para llegar justo a fin de mes o mover el imprescindible consumo con su alta nómina fiscalmente necesaria para sostener el Estado de Bienestar; la bacanal entre el regulado y el regulador, éticamente corrupta, continúa y se salvaguarda a sí misma.
No por repetido, es menos interesante glosar de nuevo la escandalosa relación entre dirigentes políticos que acaban trabajando en empresas a las que han beneficiado primero y salvado después pese a sus desastres económicos:
Felipe González está en Gas Natural. José María Aznar en Endesa. Manuel Marín en Iberdrola. Virgilio Zapatero en Cajamadrid. Eduardo Zaplana en Telefónica. Luis Atienza en Red Eléctrica. Rodolfo Martín Villa en Sogecable. Braulio Medel en Unicaja e Iberdrola. Javier de Paz en Telefónica y Mercasa. Pío Cabanillas en Acciona. Rodrigo Rato en Cajamadrid. Narcís Serra en Caixa Catalunya. José Antonio Ardanza en Euskaltel. Rafael Arias Salgado en Carrefour. Joan Piqué en Vueling. Josu Jon Imaz en Petronor. Miguel Barroso en La Sexta.
Puede usted seguir: ése es el mercado 'desregulado' que ha fallado, el único que sí estaba controlado o debiera estarlo. El que tiene por encima costosísimas instituciones que tutelan a las Cajas, regulan los valores y productos financieros o aprueban los planes generales de ordenación urbana: lo que ha provocado la crisis no es una 'mano negra' invisible, sino una zarpa bien identificable que ahora se esconde para tapar la responsabilidad absoluta de una clase política lamentable pero muy avispada para desviar la atención y seguir salvando con ayudas económicas y legislativas el negocio perfecto de una minoría que sabrá agradecerlo con un buen puesto a futuro.
Hemos pagado tres veces con la triple complicidad de estos manolosmarines y eduardoszaplanas: primero permitieron barra libre mirando hacia otro lado desde sus Bancos de España, sus CNMV o sus ministeros de Fomento y después, cuando la ludopatía económica reventó las costuras, salieron a salvarles con recursos públicos y subidas en las tarifas. Un negocio perfecto y sin riesgo con un remate estremecedor: la única manera de esconder el cadáver del todo es echarle la culpa al ciudadano -eso es el mercado libre- y hacérselo pagar otra vez. Y se deja.
Más que izquierdas o derechas, ya sólo existe arriba o abajo: no es lo mismo jugar al golf que ser un golfo.
Los mendigos afean, huelen mal, molestan, ahuyentan a los turistas, perjudican a los comerciantes y además no votan. Esto es lo que, para cualquiera que no le escuchara, ha dicho el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, según las ecuánimes interpretaciones de no pocos medios de comunicación y algún dirigente político empadronado a orillas del Pisuerga.
La realidad es que el munícipe, hablando tal vez en nombre de casi todos sus colegas de las grandes urbes españolas, ha intentado buscar una solución decente al inmenso drama humano que albergan nuestras calles, a menudo llenas de despojos similares a los que protagonizan la inquietante serie The Walking Dead: caminan, respiran, sienten, sufren y disfrutan; pero envuelven sus emociones en un tatuaje indeleble que recoge el horror de sus vidas, en jirones de tela y páramos de carne solitaria.
Aspirar a que esas personas sean atendidas en albergues, examinados por médicos y tratados por trabajadores sociales, incluso aunque no lo quieran; plantea una sugerente controversia sobre los límites del Estado para entrometerse en la libertad personal, incluso cuando utilizamos ésta para destruirnos o dañarnos. Pero, si acaso eso es un error, en un error decente que nace de un impulso sensato aunque tal vez naufrague en los acantilados de las competencias.
Más importante que la polémica política, hinchada por los amantes de la brocha gorda y los miembros de la cofradía del garrote en uno de esos viajes lisérgicos que provoca grandes emociones y peores resacas, es el cinismo que sobrevuela en los debates que tocan la fibra ética, la resistencia moral y el tejido intelectual de cada uno.
¿Tenemos derecho a salvar a alguien de sí mismo? ¿Debemos aceptar lo que cada uno quiera hacer con su vida, incluso en aquellos casos en los que pensemos que su elección no tenía alternativas? ¿Hay que distinguir entre el sintechomentalmente sano y el desequilibrado o drogodependiente para conducirle a un albergue o lo sustantivo es la indigencia y no la enfermedad?
Como las preguntas no son fáciles, las respuestas han de ser necesariamente complejas. Y un buen ejemplo de ello es que casi todos los que se han prestado a sacar la lengua a la intemperie, con pronunciamientos tan precipitados como electoralmente intencionados, no responden de la misma manera a otros asuntos que también dirimen la confrontación entre la libertad individual, las obligaciones del Estado y las emociones del ser humano.
Yo no obligaría nunca a nadie a hacer algo que no quisiera si él es el único perjudicado, pero todos esos que suscriben esa máxima han de intentar ser un poco más coherentes cuando el velo, el tabaco, la prostitución o el cinturón de seguridad se crucen en sus vidas. O a setas o a rólex, que diría el liberal.
El a menudo genial Andreu Buenafuente, tras entrevistar a la ministra de Cultura y avalar expresamente algunos de sus argumentos, es la penúltima víctima de esa masa informe que, capitaneada por sacerdotes del ego y trileros del verbo como Enrique Dans, intentan convertir en inalienable derecho el disfrute libre de la propiedad ajena.
Son los #antisinde, y bajo una careta física y otra argumental de cartón piedra, se sienten protagonistas de una revolución social que en realidad se parece más al ritual lúdico del entrañable cerdo en el lodo por la vacuidad de sus movimientos y la ligereza de sus fines.
La evidente dificultad de la industria cultural para comercializar más y mejor sus productos -no muy distinta de la que aqueja al ámbito periodístico-, la merecida mala fama de las entidades de gestión de derechos de autor, la antipatía espontánea que suscita el poderoso o el famoso cuando reivindican lo suyo; la injusta imposición de peajes como el canon digital o la compleja verificación técnica del intercambio masivo frente al cambalache individual son el eco lejano que utilizan para vocear agresivamente derechos inexistentes y presentarlos como el clímax de la ‘cultura libre’.
En el mercado, lo saben hasta los niños de cinco años que Groucho Marx reclamaba para aclarar los debates de adultos, la oferta siempre se regula desde la demanda, y todos los cambios de modelo de la historia se han circunscrito a tan elemental fórmula.
La nariz roja, y el ojo morado
Pero mientras llega y artistas, editores o productos entienden que el futuro pasa por adaptar su mercancía a los parámetros económicos, tecnológicos, sociales y casi filosóficos de sus clientes; un Gobierno sensato debe limitarse a proteger la propiedad, sea una casa, un coche o una película: esa protección es, según no pocos estudiosos, definitoria de la salud democrática de un país. Tal vez usted no haya rodado nunca una película ni grabado un disco; pero lo entenderá fácilmente si piensa en su piso o su utilitario.
El modelo evoluciona desde la defensa del propietario y las exigencias del consumidor; y el arte, la música, el cine o la literatura no existirían si no contaran con una reversión que estos artistas alternativos simplemente quieren ahorrarse: como si el precio desmedido de la gamba roja de Huelva les legitimara a llevarse medio kilo de la pescadería, disfrazado de Anonymous, para que el pescadero espabile y se adapte a los tiempos.
En el fondo de esta polémica, amén del futuro de la creación -¿Se haría El Padrino si no pasáramos por taquilla porque un indeseable la regalara en la web y otros cuantos llamaran a eso intercambio personal o, peor aún, libertad de expresión?-, subyace la conformación de inquietantes movimientos que, bajo el paraguas de la crisis y la tecnología, se sienten libertarios pero en realidad están más cerca del fascismo: arrogarse la representación de todos y ejercerla con clandestinidad pancartera apunta más al totalitarismo casposo que a las heroicas revueltas en Oriente.
Y, qué demonios, si hasta Buenafuente es sospechoso, todos los somos para esta horda tan ligera de cascos.
El PSOE, y también la izquierda, se quejan de la politización de una marcha contra ETA a la que no acuden, permitiendo con ello que los peores instintos de una parte de los convocantes encuentren un impecable caldo de cultivo para la sospecha.
Centrarse más en las segundas intenciones de los manifestantes, tan evidentes como fáciles de abortar con el antídoto de la presencia, es tanto como fijarse en el humo contaminante de un crematorio en lugar de en los cadáveres incinerados en el horno del campo de concentración.
Es una comparación algo provocadora, pero bien gráfica, más elocuente que la del fuero y el huevo, con sus gallinas. Las pieles sensibles puede elegir mejor esta otra: es probable que a los convocantes les importara más fastidiar a Zapatero y minar a Rubalcaba que frenar el acceso de ETA a las instituciones, y así empatamos en coger el rábano por las hojas.
En realidad todo es más sencillo: nadie debería tener problema para pedir lo obvio si lo obvio estuviera asegurado. Dramatizar el temor saliendo a la calle, pese a la certeza de que la maquinaria judicial, policial y política no se para contra el terror; sería uno de tantos autohomenajes estériles pero bienintencionados si todos hubieran cogido la pancarta con ganas u oficio.
Es menos grave cocear un poco al PSOE si no va a una marcha que recuerde a Miguel Ángel Blanco o rechace otros 30 años de financiación municipal a Batasuna que no ir a la encerrona: quizá a Isabel San Sebastián, a Alcaraz y a todas esas cavernas que se denuncian desde las cuevas les resulte tentador que se cumpla su autoprofecía sobre el terrorismo, pero el gran problema es otro.
Al PSOE le pasa un poco con esto como al PP con el franquismo: se comportan como si fueran culpables. La diferencia, y no tengo claro a quién deja peor, es que Franco está muerto.
El gran problema, en este asunto, es que todos parecen deber alguna explicación y tener eso que el gran Ken Loach llamaba "Agenda oculta" en una de sus películas de los noventa: la del PP pretende llegar a las Generales con un PSOE cercado por la crisis y mancillado por sus devaneos con ETA para presentarle como una opción que empobrece económica y éticamente todo lo que toca.
Y la del PSOE, siempre tautológica, aspira a que nos creamos que no le tienta compensar su fracaso económico con un éxito político, aunque para ello haya que desayunar batracio o lobotomizar al respetable para endiñarle la enésima trola y regañarle en el caso de que no la digiera sin rechistar.
No sé si me repugna más el grimoso Sostres, un genio en comercializar sus taras emocionales, o el aquelarre posterior. No sé si me molesta más que un buen periódico publique sus deyecciones o que sus deyecciones sirvan para que un montón de ofendidos no tengan que explicar, gracias a él, los excesos inconstitucionales que sostienen al calor de causas tan nobles como la igualdad.
No sé mi me asquea más que El Mundo le dejara escribir o que le retire un artículo por presiones externas. No sé si me horroriza más que nadie se leyera ese engendro antes de publicarlo o que tantos lo juzguen luego sin haberlo siquiera leído. No sé si me escandaliza más la persecución a Nacho Vigalondo por su patochada sobre el Holocausto o que se disculpe rápido a un periódico y nunca al otro.
No sé si me inquieta más que un eurodiputado sólo tenga vergüenza cuando su desvergüenza se hace pública o que cualquier mendrugo con una cuenta en Twitter o una careta de Vendetta consiga pasar por la quintaesencia del pueblo libre.
No sé si me aterra más que Sostres exista o que algunos no puedan existir sin un Sostres enfrente. Y no sé si me sugiere más la certeza del evidente hastío social o me asusta que estalle de mala manera por la galopante ausencia de referentes, valores y principios incuestionables; diluidos todos en un guateque eterno de debates sostresados.
Pero sí creo saber algo: cuando todas las polémicas son tan ligeras; cuando todas las trincheras son tan previsibles; cuando todas las voces y sus ecos reverberan eternamente; cuando se pregunta siempre la identidad del delincuente para decidir la importancia del delito; es que estamos muy perdidos.
Las voces atipladas son como las pistolas con silenciador, enemigos escurridizos que hieren o matan entre susurros. La más célebre fue la de Franco, que percutía con todo el estómago contra el esófago para expandir la laringe y rugir como un león, pero le salía un gato: quizá engordó tanto sólo para eso, como las bolsas de una gaita, y tal vez la frustración por tan estéril esfuerzo le llevó a optar finalmente por la zarpa, el otro atributo del Rey de la Selva.
Miguel Ángel Rodríguez habla como el abuelo Paco, felizmente transformado ya en carne de pasodoble chocolatero, pero ahora sabemos que es pura pose: son cosas de las tertulias, explica como eximente ante el juez por haber llamado nazi al Doctor Montes, otro que tal baila con esa pose absurda de mártir de una causa que el partido que tanto le aplaude se niega a tratar en el Congreso, como si tuviera que conformarse con este pobre hombre zarandeado por todos y derretido por sí mismo.
El periodismo era reposo, siembra y cosecha; se hacía con el olfato antes que con el páncreas y, en tiempos, controlaba los silencios como Beethoven las fusas en una sinfonía: ahora se adelanta la voz al pensamiento y se tienen todas las respuestas antes de conocerse siquiera las preguntas, haciéndose la digestión y su escatológico clímax algo antes de haber ingerido el alimento.
A MAR habrá que agradecerle el servicio involuntario que le ha brindado al periodismo, tombolizando definitivamente una tómbola de doctores sin receta que equivocamos la enfermedad y nos dejamos dentro del paciente el bisturí oxidado: cada vez que vea una tertulia, Al Rojo al Agua o El Gato Vivo, no se lo tome demasiado en serio.
Es muy duro estar allí tantas horas a esas horas, pero peor es trabajar.
Madrid es un lago que juega a mar, con chanquetes que se quieren tiburones y tiburones que prefieren esconderse en las azoteas para pescar, desde allí, en una tumbona. Podrían morder, pero les resulta más divertido ver boquear a la pieza mientras recogen un sedal de cincuenta metros con una mano en el carrete y la otra dudando entre el puro, la ingle y una copa templada con coñac.
En algunas ventanas, en Ministerios y otras fiestas institucionales de guardar, se asiste cuando huele a Elecciones a un espectáculo de suicidio inverso: en lugar de ver cómo caen los fardos, se mira hacia arriba para ver cómo suben, y allá un coleteo de sardinilla en un pantalán sustituye al estruendo seco de un desplome.
En los anzuelos hay viejos consejeros autonómicos castrados, antiguos alcaldes con el ala rota, eternas jóvenes promesas con arrugas en el alma y una morralla de diputados, directores generales, asesores o concejales que son clasificados como en un pesquero del Gran Sol: unos para carnaza, otros para caldo, alguno más a congelar y los menos como plato principal.
En esos edificios, localizables en la Castellana, la Puerta del Sol, la Gran Vía y las inmediaciones palaciegas de la carretera de la Coruña; también hay gente que no sube al morder el cebo pero tampoco está arriba ni ha podido utilizar el ascensor: un Rajoy, cansado en el descansillo, pero convencido de que en breve se pondrá en la proa a pescar al curricán o con arpón.
Zapatero no lo sabe, pero está en un cubo, con algo de agua, por la gracia de sus viejos camaradas: mientras ha venido bien, le han dejado calzarse los galones y simular que era patrón y timonel; pero tras cuatro mareas vivas han decidido ensartarlo en una aguja como una lombriz de tierra y echárselo a las doradas, a ver si pican.
Así es Madrid, el mejor puerto pesquero de secano en el mundo y el único donde los escualos prefieren reírse de sus víctimas que comérselas mientras bailan un chotis pisando al de al lado. Me temo que Tomás Gómez, como el bueno de Zapatero, no es consciente de que Rubalcaba y compañía además son expertos en tirar al pichón.
Zapatero no ha renunciado a volver a encabezar al PSOE por una discutible pero respetable asunción de que a los ocho años hay que dejarlo: ese tipo de convicciones se expresan con tiempo y no se invocan en el último momento.
El presidente no lo ha hecho, y con ello asume que la lectura externa de su abandono es la correcta: se va porque, con él, el PSOE se dirige a un cataclismo electoral con el 22-M como primera etapa del calvario. Esto es, lo deja para que los barones regionales primero y su sucesor, después, tengan alguna opción de medirse al PP sin hundirme estrepitosamente.
Ese viaje demuestra que Zapatero era dueño de sí mismo para rechazar una nueva candidatura frente a Rajoy; pero no lo era en ningún caso para decidir intentarlo por tercera vez consecutiva: ahora que ha desvelado la incógnita en el sentido que indicaba la lógica, todos dirán que podía haber seguido, pero resulta evidente que no era así.
Si la mera presión de algún presidente autonómico temeroso de pagar los platos rotos ha sido suficiente para obligarle a responder negativamente y antes de lo previsto, es presumible que una vez consumado el desastre en las Autonómicas y Municipales de mayo el acoso hubiese sido terrible y las luchas cainitas imparables.
La cuestión final, la verdaderamente importante, es si con esto el PSOE cumple con alguien más que no sea sí mismo. Y la respuesta es no, por mucho que la curiosidad y el morbo centren ahora la atención en la previsible pugna entre Rubalcaba y Chacón, por citar los dos nombres más mentados.
En pocas palabras, lo que no vale ya para el PSOE no puede ser la solución para todo un país: más importante que la presión interna, instigadora de este anuncio largamente esperado; es la certeza externa de que la crisis es insuperable si el capitán de la nave acaba de reconocer que no es el mejor ni para dirigir a los suyos. No digamos pues para salir de la tormenta y salvar al total de la tripulación.
Las Elecciones anticipadas son inevitables. Es verdad que beneficia al PP, pero la otra opción perjudica a todo el mundo. Bueno sería que Zapatero, amén de en el PSOE, pensara en el conjunto de los españoles: irse del todo, y ya, es el mejor y el único servicio que le queda ya por hacer. Aunque no le dejen los suyos.
Zapatero quería pasar a la historia por las reformas emprendidas a regañadientes y con retraso pero que, en todo caso, le han hecho gobernar con algo de criterio y responsabilidad por vez primera en ocho años de juegos florales y embustes para mentes ligeras.
Es poco bagaje para entrar en los libros en otro epígrafe que no sea el de desastres naturales de la política española, bien jugoso por lo demás a derecha e izquierda. Si una ocasión le queda de adornar su currículo con un ápice de dignidad pasa, necesariamente, por la renuncia total, absoluta y rápida: es elocuente que ése sea el mejor servicio que pueda hacer; pero mucho más lo sería que no fuera capaz de hacerlo por cálculos internos que no le interesan a nadie.
El dinero no tiene alma; tampoco el mercado: adjudicarle virtudes o defectos morales es un truco barato, tanto como animalizar al ser humano o humanizar al animal. Cada cosa en su sitio, sin que necesariamente ese sitio sea peor: para defender al lince no hace falta compararle con un niño, y quienes lo pretenden demuestran que no saben muy bien qué es un lince ni qué es un niño: se empieza llevando el caniche a la peluquería y se termina emulando al Doctor Moreau, el Mengeleimaginado por H.G. Wells que experimentaba con cruces de hombre y cerdo, ahora tan actuales por generación espontánea.
Emilio Botín probablemente apoya a Zapatero, que se deja apoyar en cualquier hombro como un borracho en la Gran Vía con tal de no caerse en una boñiga o un charco, porque le viene bien a su negocio y le acerca a algún objetivo: ganar lo máximo, arriesgar lo mínimo, emular a Rosell hablando de fútbol aunque aquí el 5 sea un banco y el 0 los millones de arruinados y, finalmente, quedarse con las cajas de ahorro que le interesen. CAM, Bankia, cualquiera mientras tenga pelo.
La lógica del sector financiero es aplastante, y pedirle otra cosa equivale a esperar que un lobo declame poemas de Góngora o que Góngora devore conejos como un lobo: vale para los dibujos de Walt Disney, plagados de ardillitas animadas y príncipes de corazón partío, pero en la selva urbana es una sandez esperar que la máquina tenga sentimientos como un replicante de Blade Runner. Aquí no hay naves en llamas más allá de Orión ni humanoides enamorados, sólo cuentas de resultados frías como el trasero de un pingüino.
Otra cosa es la política, o esta política, que tiene mucho menos que alegar para justificarse. Zapatero sabe, o debe saber, que el 70% del empleo y el 70% de los ingresos fiscales del Estado dependen de los tres millones de empresas de las cuales apenas unas miles superan los 6 millones de euros de facturación y que, pese a su impacto en la estabilidad del país, carecen de financiación de esos mismos bancos que celebran picnics monclovitas y se comportan como Nerón en el incendio de Roma: tocando la lira y brindando con buen vino mientras el resto arde en barbacoa.
Botín hace su trabajo, pero es muy difícil decir que el Gobierno esté haciendo el suyo: tras presumir de rodiezcismo, y abrir Progeland en primavera; lo cierto es que en el invierno sólo ha sido capaz de encontrar argumentos para quitarle más al que menos tiene y ayudar como nunca al que más tenía: banca, ladrillo y energéticas.
Será inevitable para evitar males mayores, pero retrata a la perfección la escala de valores: primero nos hacemos los proletarios para que nos voten; después les asfixiamos para mantenernos; más tarde nos juntamos con los que saben y ayudamos a los que tienen y, por último, les pedimos trabajo cuando perdamos el que teníamos. Eso sí, Viva la República.
Diálogo con ETA. No es un problema hablar con ETA, sino de qué se ha hablado. Y cuándo. En un país maduro hasta se acepta que se haga con dos muertos y un aeropuerto volado en la víspera, aunque el sapo no sea fácil de digerir. Pero en ese mismo país nunca se admitiría que, ni antes ni después de la explosión, se discutiera sobre nada que no fuera el abandono de las armas, la política penitenciaria y la vuelta a las instituciones de las siglas franquiciadas para que las urnas, y sólo las urnas, las pusieran en su sitio. En otras palabras: para alcanzar cualquier paz, no había hecho falta esperar 30 años y más de mil muertos.
Sobremesa con ETA. La comunicación de crisis impone siempre rapidez en la primera respuesta. El Gobierno ha tardado casi 48 horas en decir que los papeles de ETA son una mentira, pero a renglón seguido ha salido su delegado en Euskadi, ese kamikaze apellidado Eguiguren, para reconocer que preparó una nueva hoja de ruta con Josu Ternera. El consenso, como el apoyo, son medios para defender un fin; pero el Gobierno los transforma en un fin en sí mismo casi tautológico y no necesitado de contenido ni precisiones: hay que apoyar y consensuar por sistema, en esto del terrorismo, aunque nosotros mismos no sepamos qué pensamos ni qué decimos del todo.
El antipatriotismo español. Un antipatriota, en estos tiempos, es alguien que anunció una crisis terrible o temió un diálogo vergonzoso con ETA y que, al cumplirse los peores presagios; es tildado de mayor antipatriota aún por los mismos que lo antes lo habían negado.
Un brindis. Pese a todo, a Rubalcaba y a Zapatero hay que apoyarles, darles la razón y desde luego cerrar pronto la polémica. Aunque sea una mentira decir que los papeles de ETA son una mentira, es nuestra mentira. La que nos interesa y viene bien, al menos hasta que se concrete definitivamente si Batasuna se presenta o no las Elecciones: si lo hace tras enseñar el MacGuffin de Sortu para colarse en pantalla con Eusko Alkartasuna, será difícil no creer del todo a nuestros propios ojos.
Otro brindis. Algún día estaría bien acabar, en todo caso, con la doble especie de que, en cuestiones de terrorismo, hay que estar sin más con el Gobierno y hay que entender en todo a las víctimas. Depende de lo que hagan: si el Gobierno utiliza sus funciones como un pavo real -o un faisán- en periodo amatorio, puede y debe tratársele a perdigonazos. Y si las víctimas, amén de solidaridad, hombro, apoyo y ayuda; se creen con el derecho a dirigir la política de Interior; no pasa nada por mandarlas a paseo.
La normalidad vasca. Los vascos cierran el debate: se irían de cañas con el Rey antes que con su lehendakari. Ni Santiago Segura ni el mismísimo Rafa Nadal superan al monarca como compañero de zuritos. Hay estudios que dejan muy bien a los encuestados y algo peor a los encuestables : entre un Rey Sol y un Rey Sol y Sombra, tal vez podría existir un Rey normal que pudiera hablar de algo para que se pueda hablar de él. Ahora sólo lo hacen la Mahou y los devotos del botellín.
A ETA se le puede odiar, temer, ignorar y perseguir; pero es difícil decir que mienta: lo que el resto querríamos ocultar, es para la banda terrorista su razón de ser. Y presumir de ello es la única manera de intentar lograr sus objetivos.
Leyendo en frío (sin interpretaciones interesadas para condenar o absolver al Gobierno) los documentos incautados a Thierry, el jefe de la banda durante la penúltima etapa que tenía pinta de cuñado en una despedida de soltero, coinciden en varios puntos.
El individuo del centro fue el jefe de ETA, aunque aquí olvidó la capucha
1. El Gobierno estuvo dispuesto a reanudar el proceso, pese a darlo por roto, tras el atentado de la T-4 en Barajas.
2. El Gobierno quería liberar a De Juana Chaos, tras procurarle un tratamiento médico de rehabilitación por su voluntaria huelga de hambre, aunque eso sí apostaba por mantener en secreto su libertad.
3. El Gobierno se comprometió a reducir la presencia policial en los controles, esto es, a dejar pasar a posibles terroristas, y a aceptar a Batasuna en las instituciones.
4. El Gobierno aceptaba compensaciones políticas a la paz definitiva, aunque las condicionaba a “acuerdos técnicos”. Suena, aunque se admiten otras hipótesis, a una disposición abierta a progresar en el camino de la autodeterminación si la sangre deja de llegar al río.
5. Con independencia de quién dio el chivatazo en el Bar Faisán y de qué rango institucional tenía quien le dio la orden de hacerlo, al Gobierno este episodio le pareció “un accidente grave” que intentó parar pero no pudo.
Zapatero dijo haber suspendido los contactos tras la T-4. Parece que no fue así, aunque la credibilidad de un etarra es casi inferior a lo de un ministro de Economía
Los cinco puntos están extraídos de una información de El País basada en las actas redactadas por Thierry que nadie en el Gobierno, hasta ahora mismo, ha desmentido. Y se presentan, o lo intentan, como una réplica a las informaciones de El Mundo con Rubalcaba como objetivo: no son, en fin, pruebas de cargo, sino eximentes con formato de noticia.
La secuencia es tan abrumadora como comprensible a poco que se intente entender que en el infierno no se juega a la brisca, sino con fuego: se puede compartir o no, pero es posible asumirlo casi todo. Con dos límites: el primero, que no se sepa nunca. Y el segundo, que si llega a saberse, alguien se vaya a su casa, soportando heroicamente el hedor a letrina como un precio a pagar personalmente para ahorrárselo a todos los demás.
Como eso no está pasando, no queda más remedio que recordar que, durante todo ese proceso, el Gobierno negaba lo que hacía: se puede bajar al Averno, pero es simplemente inadmisible volver con olor a azufre y mentir, además, con tan escandaloso descaro.
Mientras alguien no demuestra lo contrario, las actas de ETA confirman que Zapatero y Rubalcaba estaban dispuestos a bajarse los pantalones por debajo de las lindes democráticos para lograr un fin tan loable como inalcanzable con esos medios. Pero sobre todo demuestran, y esto es lo único imperdonable, que no tuvieron ningún reparo en mentir.
Lo diga Agamenón con sus tirantes mundiales y una infinita intencionalidad, o lo haga su porquero, tras superar la arcada. En España nadie se va, pero cada vez dan más ganas de marcharse. El Faisán es caza mayor, aunque esté rodeado por pichones.
Posdata. Es otro asunto, pero salir de la cloaca bien merece una cambio de tercio. Parece que el Gobierno ha decidido que los maestros se sigan jubilando como ahora. En realidad quiere decir que, el resto, tendrá que alargar más su vida laboral. No hay trabajos duros o blandos; sólo hay trabajadores mejor defendidos por buenos lobbies sindicales. Pero a ver quién es el guapo que cuadra las cuentas, con una población activa menguante, una esperanza de vida mayor y una certeza aritmética que obliga a cada asalariado a mantener a tres que no lo son.
El sectarismo y la intolerancia, esos males tan españoles consistentes en sentirse en posesión de la verdad, con el derecho a imponerla y a negar cualquier otra alternativa, está bien presente en el episodio de abordaje en la capilla de la Universidad Complutense, por mucho que resulte tentador echarse algunas carcajadas al fabular con la imagen de esas sacerdotisas laicas exhibiendo sus protestantes pechos mientras el protestado oficiante, al borde del colapso, se preguntaba en qué página de la Rituale Romanum se explicaba cómo exorcizar a un demonio con tetas.
Cualquier ciudadano de bien, creyente y practicante, ateo o laico, musulmán o mediopensionista; es capaz -o debería serlo- de entender que ninguna postura legítima, ningún credo religioso o ideológico, justifica tan vistoso como infantiloide abuso. Y en un país intelectualmente solvente, los primeros que lo dirían serían, sin duda alguna, aquellos que defienden la separación absoluta y respetuosa de los espacios donde se desarrollan actividades públicas de aquellos otros donde se manifiestan convicciones privadas.
El Exorcista: que venga uno, experto en casos laicos, creyentes y ateos
Ser creyente no justifica la insumisión a una norma que, por ejemplo, desplace los crucifijos de las aulas en aplicación de esa vieja conquista de la civilización que separa Estado e Iglesia y explica en buena parte la superioridad democrática de Occidente frente a Oriente: la única manera de no convertir la escuela en un laboratorio de doctrinas es que entre ninguna para garantizar, una vez más, que allí sólo se inculquen aquellos valores netamente democráticos sin un carné ni una filación concreta.
Pero no serlo tampoco legitima el exceso, el abuso y la violencia mientras se desarrolla un derecho tan cuestionable, por otros métodos, cuanto perfectamente legal en estos momentos. Y respetable en general, pues otro rasgo del buen demócrata es aquel que le lleva a entender y defender, en primer lugar, aquello que no es suyo: especialmente cuando el otro, en este caso la Iglesia, tiene serias dificultades para practicar la muy cristiana empatía.
La laxitud ética es ésa que justifica los medios en la presunta autoridad de los fines, y este chusco sainete en la Complutense lo demuestra, como tantos otros en los que resulta acongojantemente previsible la actitud y la respuesta de los agentes sociales, mediáticos, políticos y culturales: primero miran quién ha dicho o hecho qué; y luego valoran de una manera ovinamente positiva o agresivamente negativa las mismas guerras, los mismos abusos, las mismas reformas.
Me temo que, en el fondo de esta polémica, indiciaria del nivel de los debates en España y simbólica de nuestra tendencia natural al frentismo subdesarrollado, hay siempre un deseo de no unir lo que puede estar separado y de no entender que, más allá de cuatro o cinco factores importantes pero no exclusivos, casi todo el mundo está de acuerdo en lo sustantivo y dispuesto a vivir sus diferencias con rutina, sin olvidar que el cemento colectivo es más importante que las flores del balcón de cada cual.
Que esto haya ocurrido en la Universidad, territorio comanche que hoy avergonzaría a Unamuno una vez disipada la caspa, añade un escepticismo inquietante a futuro: si ni allí lo obvio se entiende, acepta y aplica; si allí se boicotean misas y se abortan conferencias; si allí el faro del conocimiento ha mutado en hoguera de las sinrazones, apaga y vámonos.
Es verdad, por último, que la escandalera hubiera sido mayor de haber ocurrido todo en la Mezquita de la M-30, e importa poco que no esté situada en un espacio público: siempre habrá alguien dispuesto a llegar más lejos que los chicos de la Complutense, a quien hay que ponerles un castigo a la altura. Detenerlos me parece una barbaridad, debiera llegar con dejarles sin Natillas.
Posdata. El Real Madrid no alinea a ninguna mujer. Y no se conoce caso de hombre en la Federación de Mujeres Progresistas, un suponer. Si la Iglesia no ordena sacerdotas, es su decisión y su problema: el nuestro sería que ella, o Mourinho, legislaran. Un poco de por favor, pues.
Todo el mundo entrega, arrienda, alquila, presta o regala una parte de su cuerpo para ganarse la vida. La vida es una constante pulso entre Mefistófeles y Fausto, con el alma en la casa de empeños a cambio de un incierto beneficio o de la mera supervivencia.
La política vende su corazón, el periodismo el páncreas y así hasta establecer un cambalache anatómico o anímico entre cada profesión y su correspondiente salario: nadie es del todo virgen, y el tráfico de ideas, principios, carnes, sentimientos, emociones y prioridades forma parte indisoluble de la esencia, maldita y espléndida a partes iguales, del ser humano.
Comprar y vender, como temer la muerte o asumir riesgos absurdos como correr delante de un toro o lanzarse en paracaídas, son la cruz de esa moneda incomprensible que permite al hombre escribir como Neruda, pintar como Van Gogh o componer como Mozart: lo inexplicable nos explica, y nos distingue de la previsibilidad depredadora y fisiológica del lobo, incapaz de comer por placer.