En el centro de Madrid, en la segunda planta de un macro almacén de ocio y cultura de origen francés (que tengo entendido fue fundado por unos progres troskistas), desde hace algunos meses guardan encerrado en una especie de urna o pecera seca, un pick-up. Quiero decir un “tocata" o más finamente un plato. Anacrónico artilugio que hace ya algunas décadas, junto con la máquina de escribir, pasó a peor vida. Las últimas olivettis posiblemente las vimos en las comisarías, donde el madero se afanaba en machacar las teclas del mismo modo que el mudo de los hermanos Marx destrozaba los pianos.
El efecto ‘boumerang’ No, no se trata de una exposición retrospectiva dedicada a la música. Simplemente forma parte del efecto boumerang en la sociedad de consumo. Un largo recorrido que, con toda seguridad, debió iniciarse con los discos de pizarra de nuestros bisabuelos, donde las bulerías de Tomás Pavón o las medias granaínas de Manuel Vallejo sonaban como ectoplasmas, y acabó cuando nos invitaron a deshacernos de todos aquellos obsoletos ‘elepés’ que habían puesto banda sonora a nuestra adolescencia y juventud. El progreso nos había traído la modernez del cedé. Sin embargo en los últimos años, el ‘top manta’, el iPod y las descargas de fusilería contra Teddy Bautista, han derrotado en dura batalla de guerrillas, no sólo al cedé, sino sobre todo a las hasta entonces jugosas y saneadas cuentas de las discográficas y del virreinato del ex-solista de Los Canarios. Por lo tanto no se trata de exponer una reliquia de otro tiempo, sino que pretenden comercializar el artilugio para recuperar su boyante pasado crematístico. Alrededor del pick-up encapsulado, permanecen expuestos, como ex-votos, los long-plays reeditados, resucitados de nuevo para el consumo, en la falaz pretensión de tocar la fibra sensible de la nostalgia y que los mayores caigamos así en la trampa de volver a consumir lo consumido. Perturbador resulta pasear nuestras canas por entre las rotundas carpetas de Simon & Garfunkel, el Nashville Skyline de Bob Dylan, el Nebraska de Bruce Springsteen o Songs from a room de Leonard Cohen. Al tiempo que intentan apabullarnos, anunciando como novedad la integral de Los Beatles. Vano empeño de estrategia comercial, tal vez porque los lumbreras del marketing ignoran que los más fetichistas nunca nos deshicimos de aquellos álbumes que pusieron imagen, tono y deseo reprimido a los años lejanos que nunca regresan. En cuanto a los jóvenes, tratan ahora de convencerles de algo que nosotros siempre tuvimos claro, que un vinilo suena con infinita mejor calidad que un cedé.
A la busca del tomo perdido Pasarán los años, afortunadamente a mi generación no le dará tiempo a verlo, pero con toda seguridad se volverá a repetir la imagen cuando hayan llegado a piratear hasta la Biblia en verso y a los Zafones y Revertes del momento no les salgan las cuentas de beneficios porque se les han escaqueado sus lectores virtuales por los agujeros negros de la red. De nuevo expondrán la urna o pecera seca y en su interior un extraño artilugio que los antiguos llamaban estantería, alrededor, como ex-votos, libros de los de papel, con sus páginas, sus cubiertas y sus letras: negro sobre blanco. Los lumbreras en marketing volverán a la carga, afirmando que donde se ponga un libro que les quiten lo bailao o mas bien los años esclavizados ante las pantallas de iPad, los Kindle y las compras virtuales en Amazon. El efecto “boumerang" volverá a convertir el libro en objeto del deseo, y como los bomberos de Fahrenheit, pero a la inversa, los consumidores saldrán como posesos a la busca del tomo perdido, y al igual que el personaje de Shakespeare, exclamarán desesperados: ¡Mi reino por un librero!
Elegía a Gutenberg Hace diez años se publicaba en España, por Alianza Editorial, un libro que su autor, el prestigioso crítico norteamericano Sven Birkerts había escrito en 1994. Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica, no sólo no ha perdido vigencia en los vertiginosos años transcurridos, sino que como si se tratase de un buen relato de Julio Verne, resulta de fundamental lectura para desolados editores, solitarios libreros, aburridos bibliotecarios y heroicos lectores de páginas tangibles, ante el actual momento de confusión frente al incierto porvenir del libro. Los más viejos del lugar aún recordarán a aquel personaje mediático que en la década de los 60, fumando hierba, ya profetizaba la desaparición del libro. Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg. Génesis del Homo typographicus, afirmaba que la humanidad se encaminaba hacia la aldea global, aldea primitiva y altamente sofisticada donde el libro sería venerado como delicada pieza de museo, y el hombre tipográfico, caso de ser recordado, lo sería bajo la condición de ser poco menos que un fósil. McLuhan murió hace treinta años cuando todavía en las comisarías los maderos machacaban las teclas de las olivettis como Harpo Marx los pianos. El gran teórico de la comunicación, sólo alcanzó a ver por el ojo de la cerradura, lo que se preparaba al otro lado, los preliminares del milenio electrónico. Hoy la puerta está abierta de par el par, los eruditos de Wikipedia pululando por las esquinas y las apocalípticas profecías a punto de cumplirse. Con toda probabilidad la aventura del libro electrónico será con camino de retorno, pero en su arriesgado trayecto es muy posible que deje mucho territorio esquilmado y paradójicamente un cadáver exquisito: la lectura y la cultura literaria.
La recomendación: Regresando a Gutenberg Frente al vehemente McLuhan que intuía lo que se nos venía encima, Sven Birkert, ya testigo directo de fenómeno, se muestra mucho más moderado, en sus afirmaciones, teorías y análisis, aunque igual de apocalíptico. Para todos aquellos aún adictos a la letra impresa, antes de tornarse definitivamente en fósiles, recomiendo como penúltima lectura en papel, Elegía a Gutenberg. Libro teórico, pero a pesar de ello ameno y clarividente, porque rápidamente se aprecia que está escrito por un amante de la lectura. Fundamental para educadores que encontrarán afirmaciones como ésta: “Nuestros estudiantes están cada vez menos capacitados para leer y comprender los textos que se les exige”. Recomendable también para la torpe clase dirigente, que si aún es capaz de saber unir las palabras de un texto, encontrará en sus páginas verdades como puños: “La comunicación a base de coletillas, la comunicación a ráfagas, está destruyendo lo que quedaba del discurso político”. |