A Alfonso Ussía se la ha calentado el teclado. A su edad.
“Dicho esto, la majadera de la princesa se repone, sonríe y con disimulo –ahí Rubén Darío no ofrece detalles–, con toda probabilidad, se toca el chichi” (La princesa. La Razón, 2-3-2010)
Aún no he entendido del todo bien, querido Alfonso, qué tiene que ver la célebre Sonatina de Rubén Darío con las andanzas de la Munar, reyezuela caída de las Baleares por el peso de su propia putrefacción choricera. Y además, se da la casualidad de que has embarrado mi poema de cabecera.
Sabes que te tengo antipatía -¿Por qué será que tu nombre me traslada inevitablemente a las cacerías de señoritos cabrones de Los santos inocentes?- y que en alguna consulta anterior lo he puesto en tu conocimiento. Y por más que te doy saludables consejos médicos, te empeñas en envenenar tus tripas y las mías con columnas de altanería trufada de falso casticismo y requiebros de barra de cafetería cara.
Como lo mío no tiene remedio, y además estoy obligado por mi juramento hipocrático, en vez de darte un bastonazo en la chepa te voy a recomendar descanso y tranquilos paseos. Te sugiero un garbeo, digamos, por La Celsa. Verás entonces como aprecias en lo que valen los mundos de oro, rosa y marfil. |