Cuando somos pequeños y nos enseñan lo que está bien y lo que esta mal, desarrollamos deseos y temores que nos acompañarán toda nuestra vida. Lo que nos causa miedo, lo que nos asusta se alimenta de nuestras debilidades o de nuestras posibilidades de debilidad. En nuestro mundo, el nivel de horror tiene una escala en la que se mueven nuestros miedos. En Haití, el nivel de horror ha cobrado una nueva dimensión que, aún haciendo un gran esfuerzo por comprender, nos es vetada al entendimiento. Es el nivel del infierno.
La forja de las emociones está muy ligada al inter-vínculo con la madre y el padre en la fase embrional y primeros años de vida. Dependiendo de la naturaleza de este vínculo desarrollamos cierto tipo de habilidades emocionales con las que nos enfrentaremos a los acontecimientos negativos de la vida. Esta capacidad para absorber y reponerse al trauma es conocida como resiliencia. El concepto fue introducido por Michael Rutter, más tarde, desarrollado y popularizado por el etólogo Boris Cyrulnik en su libro Los patitos feos.
La exposición constante a situaciones de estrés o ansiedad, como la extrema pobreza, pueden hacer que el nivel de resiliencia de la población se resienta. De modo que estas personas no poseen recursos emocionales suficientes para enfrentar la adversidad, y mucho menos, el desastre. Podemos pensar que una población como Haití, ya acostumbrada a la tragedia, puede soportar mejor este tipo de acontecimientos precisamente por eso. La realidad es otra muy distinta; estas personas no sólo lo han perdido todo materialmente hablando, también han sido devastadas a nivel psicológico. Tristemente paradójico resulta que Haití, patria de las leyendas sobre zombis y el vudú, ha acabado con sus maltrechas calles atestadas de auténticos muertos vivientes.
Tan importante como los víveres y la ayuda médica es una labor de reconstrucción de personas, mucho más difícil e incierta que la de infraestructuras y edificios. Esta labor va más allá de la inicial ayuda psicológica ante la ansiedad generada por la catástrofe. Como dice Cyrulnik, el trauma golpea dos veces: El primer impacto es el suceso en sí mismo, pero el verdadero trauma lo causa el segundo; el recuerdo del suceso y su significado en la historia personal del individuo. Sólo mucho tiempo después de la tragedia, nos damos cuenta de que el terror de la catástrofe lo llevaremos siempre en nuestra memoria, aferrado a nuestros huesos como la carcoma se instala en las viejas vigas de madera. Enfocar el traumatismo como un desafío que encarar y aceptar, esbozará las guías de resiliencia necesarias para la recuperación. Serán imprescindibles muchos años de apoyo y ayuda a la población haitiana para que recupere su resiliencia, si es que alguna vez la tuvo, o pueda crear de cero una red de recursos emocionales. Si algo puede contarse como positivo de toda esta vorágine de terror es, sin duda, la cantidad de ayuda que va a llegar a un país hasta ahora ignorado por los gobiernos de todo el mundo. Si esta ayuda será una base sólida sobre la que se cimentará una nueva sociedad de hombres y mujeres más libres y felices, sólo el tiempo lo dirá. Por ahora, nos cabe esa esperanza. |