ALONSO GUERRERO
Llega el año de Miguel Hernández. Vaya por delante que toda conmemoración me parece ridícula. Las instituciones, las Universidades y los Estados no deberían vindicar nada, porque suelen desecar y desvitalizar lo que celebran. Las instituciones no leen, sólo subrayan con rotuladores fosforitos lo que debería llegar íntegro y claro al espíritu humano.
Sospecho que el de Miguel Hernández, de cuyo nacimiento se cumple ahora el centenario, va ser un caso de subrayado. Miguel Hernández es uno de esos escasísimos poetas que podemos conocer a través de su poesía. A otros poetas los interpretamos, Miguel Hernández nos interpreta a todos, como el abismo.
Aprendió a escribir, se enamoró, enterró a su amigo Ramón Sijé y fue tragado por los frentes de la Guerra Civil, combatiendo en el bando republicano. Todo en diez años. Creyó, como un niño, no como un intelectual, en lo que antaño promulgaba el socialismo, porque el socialismo era y es un hermoso juguete infantil al que se le gasta la cuerda. Como socialista, abrazó la posibilidad mágica e hiperbórea de que un cuidador de cerdos pudiera convertirse en poeta, aunque fuese imitando a Góngora. Confío en que, de la misma forma que Cervantes se abre paso a través de todas sus traducciones, Miguel Hernández lo hará a través de las payasadas que le monten los políticos. Bajará de todos los pedestales, y volverá a la trinchera.
Hay que leerlo, practicarlo, suscribirlo, estar de su lado. Si el sacrificio ha tenido alguna vez sentido, él fue uno de los hombres que se lo dieron. Escribió porque admiraba el propio acto de escribir, no la obra de otros poetas. Ojalá hoy día poner un bolígrafo encima de un papel se hiciera con la misma fuerza y los mismos propósitos. La serenidad que emana su obra, la obra, escrita con sangre, de un hombre capaz de resignarlo todo, menos la inocencia, nos coloca frente a la necesidad de un compromiso, de una actitud ante la vida propia y ajena. Sus verdugos no entendieron que hombres así pueden morir para la memoria, no para la vida.
|