Haití fue española, y francesa, pero ahora sólo se acuerda de ella Lucifer. Mientras él amontona cadáveres que ya eran zombis, el mundo se abona a la retórica, envía dos bomberos y tiritas y mantiene, en su confortable retiro parisino, al hijo del dictador que dejó la isla yerma y ahora come foei en París con la devoción de Saturno por sus hijos. Mientras la cooperación internacional, la ayuda al tercer mundo, la solidaridad con el desfavorecido y esas mandangas sigan siendo cosa de curas progres, misioneros laicos, barbitas secuestrables y, en fin, davides sin honda frente a goliath armados hasta los dientes; la estadística de muertos equivaldrá al padrón general de vivos, aunque éstos sólo lo intuyan. Arreglar el mundo es más barato que dejarlo morir, pero el negocio de todos suele ir en contra del beneficio de unos pocos: a Estados Unidos y Europa les costaría menos sacar de la pobreza a África, Asia o Centroamérica que pagar los costes de su destrucción, su miseria o el terror que exportan; pero perderían su negocio los tipos que bombardean primero y luego reconstruyen, pasando dos facturas en cada viaje.
La pregunta que hay qué hacerse no es por qué hay gente así, que convierte el horror en una cuenta de resultados y mete a la muerte en el Nasdaq; sino por qué ellos consiguen arrodillar a obamas y zapateros, sarkozys y merkeles, incapaces de frenar la derivada más cruel del credo darwiniano sobre la selección de las especies.

Meterse con un banco o una petrolera es tan sencillo como enviar a una enfermera a Puerto Príncipe; pero en el camino se olvida que sin la complicidad lasciva del poder político, que establece siempre una relación inversamente proporcional entre la belleza de sus discursos y la repugnancia de sus decisiones, no habría Hollyburtons con barra libre: cuando la conciencia, en política, no se refleja en los presupuestos, se convierte en una mera campaña de autopromoción.
La cooperación se ha transformado en una suerte de caridad temporal que calma conciencias indolentes, sostiene negocios, perpetúa chiringuitos, y condena a la pobreza, la guerra y el desastre a los receptores de unas migajas que lloran en vida su inminente muerte sin otro parasol que la sombra de las alas de los buitres. |