ALONSO GUERRERO
Acaba 2009, un año para olvidar. El milenio ha inaugurado la hora estelar de los mediocres. En política todo está permitido, excepto la promesa de sangre, sudor y lágrimas. Se prefiere travestir, o mediatizar, para que no veamos que la verdad se dirige a una merecida y estereotipada extinción. Todos mienten, porque a los que mandan les parece que la mentira es el único lenguaje que el pueblo comprende. Desde la culminación de la reforma de la enseñanza, hasta Bolonia, se ha apostado, con los mejores propósitos, por limitar la cultura de los que tienen que votar, así se marginaliza la protesta. El sistema cada vez se parece más a los antisistema.
La justicia sigue beneficiando a Barrabás, y la estética a Hirst y al best-seller. En esta civilización con Alzheimer, cada sufragio aúpa a los bribones. No hay más opciones. Europa es ya la Unión Europea, una institución triste que cada vez recuerda más al Vaticano, y aboga por todos los derechos humanos, excepto el derecho a ser humanista. Los políticos españoles, una sarta de muñecos a los que no se sabe quién da cuerda, pasan el tiempo peleándose por salir en la tele, como drag-queens. La última conversación entre Rompuy y Zapatero ha consistido en establecer quién se pone a la derecha de quién, como si todo dependiera de eso, igual que en la bóveda de la Capilla Sixtina.
Llegamos a la conclusión de que el deterioro del clima es culpa de los climatólogos, el de la justicia, de los ordenadores, y el de la economía de tío Gilito. El imperio de la sandez, como dijo Lipovetsky, es lo que nos espera. Esa es la tradición que urge salvaguardar. Si Prometeo levantara la cabeza, le daría el fuego a la SGAE que, al menos, cobra por cada vitrocerámica. ¿Hay esperanza? Tal y como van las cosas, no extrañará que en los próximos comicios se enfrenten Leire Pajín contra Homer Simpson. De esto sólo nos libra la cuesta de enero, que al menos es real. Dios nos coja excomulgados.
|