PEDRO P. HINOJOS
Cuando el verano pasado la Comunidad de Madrid confirmó que iba a presentar su candidatura a la Ryder Cup de golf de 2018, si es que la sede se concede a España, y que para ese menester ofrecería los campos de El Encín; este periódico ilustró la noticia con una portada de impacto: en un ondulado green salpicado de árboles y con el skyline barroco de las torres y espadañas complutenses al fondo, emergía en primer plano la figura colosal de Tiger Woods ejecutando un swing magnífico. Pues bien, de esa estampa de ensueño, acorde a un futurible que, por mucho optimismo que se le quiera echar, está pendiente de demasiadas carambolas; se nos ha borrado lo más inesperado: el golfista. Quién iba a decirnos que el inmaculado Tiger caería en desgracia, él todo perfección fuera y dentro de las praderas, como corresponde a un deporte de caballeros. La doble vida que ha llevado durante años, con familia ideal por un lado y con una colección de amantes interminable por el otro, ha quedado al descubierto y se ha visto obligado, entre gran escandalera, a abandonar el golf por un rato largo. A la vista está que no hay nada más imperdonable ante la opinión pública norteamericana que coronar a la santa. Como si eso hubiera mermado algo el talento único de este muchacho, probablemente el mejor jugador de golf de la historia, con permiso de Jack Nicklaus. Precisamente éste ha comentado al respecto que lo que haga su joven rival en su vida privada le importa una higa mayormente. Por desgracia, no es esa la opinión que abunda y gana por goleada entre la masa, que espera de los ídolos el ideal absoluto. Pero no se puede tener todo. Ni todo es lo que parece. Lo mismo cabría decir de nuestro futuro golfístico, por mucho que la presidenta se obstine en vendernos como el Saint Andrews de la meseta. Volviendo al espejismo, es muchísimo más factible que Tiger regrese en 2018 como el hijo pródigo, tras pasar por el purgatorio puritano, que El Encín se confunda con un paraje escocés. Ni con toda el agua reciclada del mundo. |