A finales del siglo XIX Guillermo Rivas -eficaz, como casi siempre, José Ángel Egido- se hace cargo de un extraño caso médico al que ningún otro galeno ha dado respuesta: el joven de la alta nobleza Don Diego de Robledo -enigmático Dritan Biba- es capaz de dormir tres días seguidos, lo que le provoca, según sus interesados familiares, trastornos mentales.
El soñador de Oskar Santos pertenece al grupo de cinco cortos que, financiados por Nescafé para celebrar su cincuenta aniversario, están inspirados en la obra de directores consagrados.
Esta pieza, apadrinada por Alejandro Amenábar, con quien Santos ya había colaborado anteriormente realizando el making off de Mar adentro, afronta el mundo onírico del creador de Los otros.
La cinta es un encuentro entre la vida y la muerte, una pugna entre realidad e ilusión: un deseo de fe inquebrantable en alcanzar lo que tantas veces anhela nuestra mente.
El soñador está basado en un cuento de Javier Sánchez Donate, guionista habitual del director bilbaíno y habla de la felicidad que proporcionan los sueños, en los que nunca hay sufrimiento. De ahí que los períodos de sueño de Diego de Robledo aumenten constantemente: el joven, se conecta a ese mundo quimérico que le proporciona la paz que la realidad le escamotea y que le permite el reencuentro en otra vida con su fallecida esposa.
El doctor cambia el diagnóstico prematuro, se encuentra fascinado por el presunto paciente y reflexiona: “ese mundo de sueños no es obra de una mente trastornada. Aquí no queda nada para él, allí lo tiene todo”.
En otra secuencia el doctor Rivas, al que acompaña la foto de su fallecida hija, sentencia apesadumbrado: “El día que murió mi hija los sueños huyeron de mí y a diferencia de Diego, cuando cierro los ojos sólo veo oscuridad”.
Precioso filme en el que los sueños vencen a la realidad. Aunque siempre existe alguien que quiere aniquilar los deseos, la cinta deja un mensaje muy claro, si se quiere como acto de desobediencia en pro de la esperanza de lo imaginado frente al desconsuelo de lo conocido.
Los elementos de este bello “collage” fílmico ayudan a la elaboración de una pieza en la que, como siempre, destaca la excelencia musical de Fernando Velázquez. La esmerada fotografía de Josu Inchaustegui retrata la magnífica ambientación a cargo de Vicent Díaz, que consigue una estética que nos traslada a la literatura de fantasía, a los grandes autores como Bram Stoker o Julio Verne y que deja huella de Metrópolis de Fritz Lang, en los dibujos finales.
En este cruce de caminos, el médico permite que fluyan los sueños del “supuesto enfermo” para alimentar los suyos propios: esa es la idea, soñar para vencer la cruda realidad.