ALONSO GUERRERO
El 27 de enero, varias asociaciones que representan a miles de padres de hijos secuestrados en los hospitales de toda España, entre las décadas de los 60 y los 90, presentarán en la Fiscalía General del Estado firmas para pedir que dejen de archivarse las demandas que durante años se han interpuesto para investigar estos casos, impidiendo así que esos hijos sean devueltos a sus verdaderos padres, y esos padres vean por fin a sus verdaderos hijos.
Según los tribunales, han prescrito 200.000 sustracciones de niños llevadas a cabo por curas y monjas, médicos, obispos y funcionarios del Registro Civil, y vendidos después a familias pudientes pero, sobre todo, cristianas. Hace tiempo que sabemos que en este país no hay justicia, y menos divina. Los tribunales no piensan en ella ni cuando juzgan a Garzón y, en el caso de los niños secuestrados, parece que los intereses van a seguir impidiendo que nuestro impoluto pasado sea sacudido por la verdad.
Todo es demasiado truculento. Una confusión de niños muertos por enfermedades inverosímiles y ataúdes vacíos en La Almudena y en docenas de cementerios provincianos. Las clínicas de San Ramón, Sta. Cristina, Loreto, Ntra. Sra. Del Rosario, en Madrid, resulta que estaban llenas de monjas que aprendieron su oficio en los Jemeres Rojos. Nada era lo que parecía, así que durante treinta años los pasillos de esos hospitales, y otros muchos, fueron un tráfago de falsos muertos y madres dolientes y desposeídas. La motivación no era política, era estrictamente económica, como en las subastas de Sotheby's.
Al final, las evidencias están rasgando la cortina. Bastantes padres, antes de morir, revelaron esta realidad a sus falsos hijos. La cigüeña era una monja que, en algunos casos, ha seguido chantajeando a sus clientes a lo largo de años. Todo es inaceptable, pero real, aunque ello supone que un montón de médicos todavía ejercen impunemente, y que hombres y mujeres de Dios, aún no acusados de pederastia, como en Europa y Estados Unidos, puedan ser investigados por jugar arbitrariamente con los destinos de miles de personas. Si Cristo hubiera nacido en la maternidad de O´Donnell, habría muerto de otitis.
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