PEDRO P. HINOJOS
2011 murió matando. El Hotel El Bedel, una celebridad del sector servicios complutense, cerró sus puertas el último día del año. Y de muy mala manera: sus empleados se han ido al paro sin saber quiénes ni cuándo se ocuparán de sus indemnizaciones tras muchos años de entrega a un establecimiento que es un verdadero emblema en el casco histórico. En la plaza de San Diego, para más señas; la castiza y muy universitaria plaza de la Redondilla; uno de los corazones de la Alcalá antigua; lugar que se consideraba a salvo, hasta no hace mucho, de los fétidos aires de decadencia que recorren otros rincones de esta ciudad exangüe. Porque este espacio urbano único, para muchos el mejor de lo mejor que puede ofrecer arquitectónica y simbólicamente la Alcalá Patrimonio de la Humanidad –incluidos los cedros, un rato en la larga historia de la plaza, que tendrán que desaparecer de puro viejo y no por tala, con arreglo al mismo apretón ecológico que impide ver como se secan y fenecen decenas de árboles en los barrios más alejados del centro– no para de sumar agresiones en los últimos tiempos.
Los andamios y las obras paralizadas en los cuarteles es la más dolorosa, por estética y por espíritu. Y como el descuido y el abandono suelen dar vía libre a la degración, vale verla sufriendo el churrete y el humo grasiento del Mercado del Quijote, o los telones fantasmagóricos que asustan al visitante en el interior de su fachada más hermosa, la de la Cisneriana, que no vive, por otra parte, sus mejores tiempos. De cuando los tuvo, no obstante, se está desenterrando mucho y bueno en su capilla; huesos, letras y obras de arte que nos remontan a la dorada Compluto. La única buena noticia para una plaza ahora menor, como Alcalá, a la que tendrá que rescatar el aliento de sus divinos muertos. Otra vez. |