PEDRO P. HINOJOS
Desde que el mundo ingresó en el siglo XXI hace ya una década, los cambios de año son saludados con una extraña mezcla de expectación y turbación apocalíptica. Doblar la esquina del año 2000 se consideró, y todavía se sigue considerando, el acceso directo al futuro. Las películas, las novelas, la música, algunos filósofos y todos los adivinos han ubicado el porvenir sofisticado de formas redondeadas, texturas satinadas y colores grises y metálicos por estos años de comienzo de siglo y milenio.
Los más agoreros, por su parte, han situado el final de los tiempos también por estos días. El año que está a punto de estrenarse, precisamente, ha venido señalándose en los últimos meses como el armagedón de los mayas. Aunque incluso los más pesimistas han dejado resquicio sin querer a la esperanza: siempre hay una multitud que alcanza a vivir para contarlo, según se desprende de sus pavorosos relatos del porvenir. Pero mejor no echarle cuentas a los derrotistas; al fin y al cabo, si tienen razón, no podremos hacer nada para evitarlo.
A estas alturas, el mundo ha dado las suficientes vueltas como para que podamos esperar todo y nada. Y si apelamos al pasado para inspirarnos o para repetirnos, hay donde elegir a la hora de espigar entre las efemérides. Que queremos ponernos estupendos y elevar los ánimos, se puede echar mano del bicentenario de La Pepa, el fogonazo de modernidad y civilización que aplastó la caverna que aún boquea. Que queremos consolarnos con que cualquier tragedia pasada fue peor, ahí tenemos el centenario del hundimiento del Titanic, el colmo de las catástrofes. Para el resto, pierdan cuidado: a mediados de enero nos daremos cuenta de que la vida sigue igual. |