La legislatura comenzó con una promesa de pleno empleo para esconder una crisis algo más que incipiente y termina con el protagonista de tal ficción escondido por sus propios compañeros. El contraste entre el epílogo y el desenlace es de una dimensión tal que sólo habría un antídoto para paliar los estragos en el PSOE: haber emulado a los socialistas franceses, entregando la elección de su candidato y sus dirigentes no sólo a los militantes, sino también a los simpatizantes demostrados. Esto es, someterse a una voluntaria eutanasia purgadora que pudiera inducir una catarsis interna y, al menos, ofrecer un producto nuevo y sincero a los electores.
Desde el momento en el que se optó por todo lo contrario, situando a un Rubalcaba que a los errores cometidos como vicepresidente cómplice le añade ahora la hipocresía de distanciarse de todos ellos; el PSOE escribió su epitafio electoral con muy poco altura de miras: tal vez con el modelo alternativo la derrota frente al PP hubiera sido casi la misma, pero sin duda la resaca sería sensiblemente inferior.
En este contexto, vamos a vivir lo más apasionante al día siguiente del 20-N, con las urnas cerradas, los votos recontados y cada cual en el sitio oportuno: en ese instante, sabremos al fin cómo quiere gestionar Rajoy una herencia envenenada y cómo va a digerir el PSOE el peor resultado de su historia, agravado por la proliferación de movimientos sociales a la izquierda que ya no admiten tutelas y la consolidación de siglas nuevas o veteranas que en adelante le disputarán siempre su presunto electorado fiel: UPyD, Equo o IU están para quedarse, y lo harán casi siempre a costa de un PSOE que por primera vez puede perder su condición de alternativa hegemónica.
El mismo cinismo de Rubalcaba en estos días, tan lógico desde un punto de vista electoral como inane desde una perspectiva política e intelectual a medio plazo, resume el preámbulo dantesco del cuatrienio reciente y presagia un arranque de legislatura terrible para el probable sucesor de Zapatero en las filas del PP: los mismos que negaron la crisis y callaron después por los recortes apresurados del PSOE se olvidarán de la primera y se escandalizarán con los segundos cuando Rajoy proceda con una herramienta vinculante impuesta por los socialistas a través de una reforma constitucional.

Como ése va a ser el panorama político, agravado por una protesta en la calle que mezclará la legítima indignación de los ciudadanos con la hipócrita reacción de los sindicatos y como nada va a cambiar en el casquivano comportamiento de la prima de riesgo y en la especulación de los mercados (tan humanos ellos al no prestar a quien no puede pagar o hacerlo en unas condiciones salvajes), al PP no le va a quedar más remedio que remar a tope con el viento en contra, los tiburones saltando a cubierta y un horizonte gris tras el cual no se visionará tierra con facilidad.
No le falta algo de razón a quien piense que, tras cuatro años tocando la lira, optando por la pose de perfil típica de quien no necesita decir nada para que su rival se estrelle solo, Rajoy se ha ganado a pulso disponer de poco plazo y ninguna ayuda para enfrentarse al apocalipsis. Pero si esto es así, tampoco estarán muy equivocados quienes piensen que su única alternativa es, ya puestos, hacer lo que tenga que hacer muy rápido y con mucha intensidad para ganarse a medio plazo una cierta estabilidad hoy casi imposible.
Y quienes se quejen de esa mano dura, tal vez debieran dedicar unos segundos a pensar si, de verdad, tenemos alternativa: mientras algunos siguen pensando que podemos atar los perros con longaniza si el domador es un buen tipo, todos los datos económicos atestiguan que no tenemos ya ni para adquirir las modestas bolsitas con las que recoger toda la mierda que cada día vemos en las aceras de toda España, cortesía del mismo cánido que muerde tanto como ladra. |