El cortometraje de género, en este caso de terror o de suspense, parece vivir momentos de cierta plenitud. En estas mismas páginas comentamos recientemente 8 de Raúl Cerezo, pero son igualmente destacables Quédate conmigo de Zoe Berriatúa o Muertos y vivientes de Iñaki San Román, quien ofrece una vuelta de tuerca al género con la inestimable colaboración de una espléndida Pilar Bayona.
El que ahora nos ocupa, Para no dormir de Miguel Larraya, es toda una declaración de intenciones pasionales hacia ese cine que sorprende, inquieta y crea tensión.
La pieza se adentra en la vida de Ana, una enfermera con problemas cada vez que se muere un paciente al que cuida. Sufre visiones y por este motivo es trasladada al turno de noche donde coincide con Rosa, una misteriosa compañera.
El director vitoriano, que ya apuntó buenas maneras en el sobrio Estocolmo, ofrece una obra en la que destaca la elaborada fotografía de Nacho López, quien eleva el tono técnico para acoger la luminosidad que imprime la pareja protagonista.
Así, Bárbara Santa-Cruz, convertida ya en una musa para los directores de este formato cinematográfico y a quien recordamos por su excelente registro en Clases particulares de Alauda Ruiz de Azúa, o por su interesante papel en Un novio de mierda de Borja Cobeaga, compone un personaje que rebosa madurez.
El otro pilar de la cinta, Leticia Dolera (en la imagen), que se ha iniciado también –y de forma muy positiva– en el mundo de la dirección con Lo siento, te quiero,logra aquí un perfil inquietante, alimentando un relato que depara alguna sorpresa que busca el asombro del espectador.
Para no dormir despliega una serie de recursos dramáticos que acentúan la pasión del director vasco por este tipo de cine. Pasillos de hospital, en los que en cualquier instante puede desbordarse la acción o una estética en la que convive el tono frío de las batas blancas con la calidez expresiva del rojo de la sangre.
Todo está concebido para profundizar en esa sensación de angustia que genera una planificación basada en la complicidad gestual de unas actrices que guardan lo mejor de sí mismas para el final.
Miguel Larraya demuestra con solvencia que una nueva mirada se acerca a nuestro cine: bienvenida sea. |