ANTONIO CAMPUZANO
Los nacionalistas, por lo menos los que habitan en esta península tan nuestra como suya, tienen la costumbre de enfadarse cuando se produce algún acontecimiento público sobre el que apenas, o nada, se ha consultado con ellos. Claro, forman parte del Estado y eso confiere alguna autoridad. Háblase de la reforma constitucional que se está tramitando para acortar el déficit de las cuentas públicas hasta un máximo de un 0,4% , que francamente no parece mucho. Los sindicalistas, los habituales del movimiento indignado, incluso las amas de casa y los parados de larga duración, se han sumado a las protestas de Durán Lleida, con gran celo y afán por denotar su actitud.
Por oposición, se habla sin acabar del escándalo con que se han encontrado los nuevos inquilinos de los despachos municipales, consistente en un descuadre desequilibrante de esas mismas magnitudes presupuestarias. Justamente lo que se pretende evitar con esa reforma del articulado constitucional. Esto es, que los distintos colectivos afectados por esa lacra son los mismos que parecen idénticamente afectados por las medidas que parecen evitar esa enfermedad política. Lo que llevaría a pensar que aquellas personas que no refrendan la gran alianza PP-PSOE en lo que equivale un gran pacto de Estado, en su vertiente constitucional, ahí queda eso, protestan por una cosa y por la contraria, otro juego de imposibles. Hay más, y es la perspectiva del tiempo. Los efectos de la novedad legislativa se verán en torno a 2020. Con muchas lluvias y sequías por medio. Joseph Pla, en su dietario El cuaderno gris, dice que “casi todas las cosas, vistas de cerca, son una mierda”. |