Entre las decenas de efectos que genera el ruido, una lacra invisible como la contaminación atmosférica que provocaría una alarma sanitaria internacional de estar presente por ejemplo en el agua, hay uno que pasa desapercibido pero resulta especialmente letal: genera serias dificultades para la observación.
Si la deshidratación provoca espejismos bajo el sol, el ruido extremo deforma la capacidad de percibir un fenómeno y lo moldea libremente o, en el caso de que proceda de un altavoz político, a antojo del emisor.
El redoble de campanas que ha acompañado a la proclamación de Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato oficial del PSOE pertenece a esta última categoría: no hay inquina alguna contra tan nobles siglas, responsables de una parte del progreso que hemos vivido en este país. Tampoco hay tacha a las virtudes del elegido, un Demóstenes moderno que, si habla bien, es porque no debe pensar demasiado mal.
No es sencillo, incluso, buscar grandes pegas a sus anuncios epidérmicos, pues más allá de su escaso contenido práctico o su dudosa aplicación, encierran esa virtud tan definitoria de la política decente cual es la capacidad de estimular al propio y retar al contrario.

Rubalcaba, o Chanquete, o Sean Connery, ya puestos
Ni siquiera se antoja decisiva la paradoja generacional entre el sucesor y el sucedido, que ahonda la sensación de que esto es, sobre todo, un suceso; aunque aparezca en la sección de política. E, incluso, por buscar un último argumento, hasta suscita cierta solidaridad un personaje que desde ciertos ámbitos no es replicado con argumentos, sino con una ristra de prejuicios, eslóganes y rebuznos que harían palidecer al más procaz cliente de un local nocturno de señoritas en la autovía de Barcelona.
Nada de esto, en fin, pesa sobre Rubalcaba mucho más que la catarata de clichés que acolchan la identidad de cualquier dirigente político del país, gracias al buen oficio de los adversarios de su oficio o del mío, expertos todos en pintura al gotelé.
Lo sustantivo, lo que hace de este buen hombre una mera versión remasterizada de ‘Verano Azul’ es que ha tenido ya la oportunidad de hacer lo que promete y no lo ha hecho. Con un agravante, incómodo, indignante: ha hecho justo lo contrario. Con él se ha aprobado la reforma laboral, la extensión a los 67 años de la edad de jubilación, la entrada de Bildu en los Ayuntamientos, las exenciones fiscales a los directivos de los Bancos o las ayudas a las Cajas.
Bien mirado, todavía hay algo peor que la hipocresía pendular y el disimulo retórico: más que resucitar a Chanquete para luego dejarlo morir, esto es como asesinarlo a guitarrazos y pretender que los teleespectadores aplaudan con lágrimas al homicida que, con un par, oficia el funeral.
Posdata. El ex ministro, ex diputado, ex rector y creo que ex vicepresidente de Bankia, Virgilio Zapatero, pasa por ser un doble descafeinado de su íntimo Rubalcaba, aunque también procuraba serlo de su adversario Guerra. En esa guerra de clones, de hoy con uno y mañana con el otro para lo uno y lo contrario, parece adivinarse la personalidad final de ambos: lo que toque y cuando toque, con tal de seguir y servir. "Ésos son mis principios; si no le gustan, tengo otros". Seguro que Aznar, silencioso consejero de Murdoch, tiene algo que decir al respecto: su amarillismo remunerado no necesita de News of the world para prosperar. |