El doctor Martin Harris (Liam Neeson) y su esposa Elizabeth (January Jones) llegan desde Estados Unidos a Berlín para asistir a un congreso sobre biotecnología. Él descubre que ha olvidado una maleta en el aeropuerto y Frenético, en el mismo taxi que les ha llevado al célebre hotel Adlon, emprende solo el regreso pero termina inconsciente en un hospital por un accidente automovilístico. Cuando despierte se encontrará Sin identidad porque es su mujer la que no le reconoce a él y además está acompañada de otro doctor Harris (Aidan Quinn). Como solo conoce por correo electrónico (nada de webcams) al organizador del congreso, el doctor Bressler (Sebastian Koch), el primer Harris se ve obligado a buscar a la taxista (Diane Kruger) que le transportó a su llegada y que ha desaparecido.
Hasta los pasados años ochenta Sin identidad hubiera funcionado muy bien en un típico programa doble (por ejemplo Algo salvaje y No hay salida). Un programa doble de "riguroso reestreno en esta barriada" en un mundo sin consolas podía ser una forma barata de llenar una tarde, una segunda oportunidad para ver un estreno fugaz, un inesperado rescate de viejos clásicos y una fuente de descubrimiento normalmente no de obras maestras, pero sí de historias tan entretenidas como bien hechas.
Mientras ven Sin identidad los espectadores más veteranos sospecharán que lo previsible es que al final el propio Harris se lleve una sorpresa sobre quién es, una convención para el subgénero de protagonista amnésico (La noche de los cristales rotos, Mentes en blanco) establecida ya en 1945 con Recuerda... de Alfred Hitchcock. Esa sospecha permite relajarse y estar más pendiente de las soberbias vistas de la capital de Europa, de las adecuadas interpretaciones y del ritmo de la acción, que dosifica con pulso y saber hacer las secuencias de investigación con las de persecuciones y peleas. Los espectadores con pocos trienios posiblemente queden satisfechos del desenlace, que deja abierta la posibilidad de secuelas, como pasaba con El caso Bourne (2002), versión (quiero decir remake) de un telefilme de 1988 protagonizado por Richard Chamberlain sobre la novela de Robert Ludlum.
Del reparto internacional, a las órdenes del director catalán Jaume Collet-Serra, hay que destacar a January Jones, también como en Mad Men, con trastienda inquietante; a Diane Kruger, que podría pasar por Madeleine Carroll, como la taxista soñada aunque les lleve al hotel por el camino más largo; y en particular a Bruno Ganz (El hundimiento, El amigo americano, En la ciudad blanca, RAF Facción del Ejército Rojo) como jubilado de la Stasi metido a detective privado. Es fácil imaginarle como superior jerárquico del escuchador Wiesler (Ulrich Mühe) de La vida de los otros (2006) y como subordinado metódico del silencioso Karla (Patrick Stewart) de Calderero, sastre, soldado, espía (1979) y La gente de Smiley (1982).
Grados de separación
Un trayecto en un taxi conducido por Diane Kruger no puede ser demasiado largo, pero llama la atención que desde el aeropuerto de Tegel, una vez en la Puerta de Brandeburgo en vez de dirigirse hacia Unter den Linden, donde se encuentra el hotel Adlon, tire en dirección contraria hacia el Sowjeisches Ehrenmal (monumento a los soldados soviéticos caídos en la guerra entre 1941 y 1945) y hacia la Siegessäule (la columna de la Victoria, que conmemora cuando la Prusia de Bismarck y Moltke el viejo ganaba las guerras limitadas de tres en tres). Puede ser una artimaña del personaje para sacar un dinero extra a los turistas con jet lag o puede ser solo una lucida forma de mostrar las vistas más espectaculares de la gran ciudad. |