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PEDRO P. HINOJOS
No paramos de dar la nota. La marea azul pasó de largo, para sorpresa de propios, extraños y adversarios; la extrema derecha conquistó un acta de concejal y con ella, un trampolín para darse y darnos a conocer en el centro de la meseta; y desde el jueves pasado vivimos bajo la condena de una ‘miniestación' de tempestades tropicales que nos viene colocando a la cabeza del balance nacional de estragos y devastaciones por tormentas. Era lo que nos faltaba. Y no es que sea nada nuevo por estos pagos lo que está ocurriendo en las últimas tardes, noches y madrugadas. No hay más que echar un vistazo a los anales más viejos de la ciudad para comprobar que los calendarios complutenses han ido casi al compás de las crecidas del Henares, el Camarmilla y otros arroyos hoy sepultados bajo el asfalto; y de lluvias torrenciales que daban aires venecianos no solo a la barriada que hoy ostenta tal nombre, sino que también sumergían bajo mares color chocolate rincones tan transitados como la plaza de la Universidad, la plaza de Cervantes o el entorno de la Catedral. La diferencia ahora es que somos muchos más y que ocupamos más espacio, incluyendo aquel que durante más tiempo del que alcanza la memoria fue propiedad de las ramblas. Y la madre naturaleza, como buena madre, sabe dónde y cómo dar los pellizcos, a pesar incluso de la pericia de ingenieros, aparejadores y arquitectos. Hay que verse, en cualquier caso, en el trago de comprobar cómo se inunda tu casa con el agua procedente de la calle o con la que arroja un desagüe transformado en surtidor. Produce miedo. Y mucha impotencia. Y ganas de salir en la tele, en la radio o en los papeles maldiciendo la ciudad en la que vives. Es entonces cuando se acumulan las imperfecciones y damos la nota. Y con semejante desastre no va a haber manera de que UPyD pacte con ningún partido mayoritario. Aunque quizá pueda ayudar un compromiso en firme para hacer un pacto de estado contra el calentamiento global. |