PEDRO P. HINOJOS
Es difícil recordar una campaña más triste y desangelada como la que anoche acabó, al fin, en Alcalá. Con una gran deuda por detrás y una duda aún mayor por delante; resultaba de lo más insensato que los candidatos se lanzaran a prometer lo imposible.
Y por ese lado, la cordura ha triunfado, más allá del tradicional intercambio de dedos hurgando en los ojos del adversario. Tanta formalidad, eso sí, se ha transformado en una pachorra que no justifica el laberinto de telarañas que adorna las arcas municipales. Y se puede comprender que se vaya muy justo de imaginación para llamar la atención del vecino; pero no que se den portazos a ritos como los debates electorales. Una tristeza más.
❖ El azar funesto ha hecho coincidir la ruina que asola el mundo libre con la mayor encrucijada que ha afrontado la ciudad en las últimas décadas. Hundida la Alcalá industrial y todavía entre colorines nebulosos la Alcalá de las Artes, de las Letras, del Patrimonio y del Español; la ciudad se debate entre los 19.000 parados, la conurbación salvaje, la fuga de talentos y la despersonalización de su pulso cívico. Una Alcalá se muere y la otra ni siquiera ha sido preñada. Y sin aliviar antes los males y frustraciones que saltan a cada esquina, será complicado aspirar a las empresas mayores que nos tiene guardadas el destino, que en eso sí que han echado el resto los partidos en el papel cuché de los programas electorales. El lunes la Alcalá ideal estará igual de lejos que hoy.
❖ Esta campaña tan rara tendría que haber acabado con todos los candidatos municipales de Alcalá, de Madrid y de toda España acampando en Sol, o en Ferraz o en Moncloa o en el vertedero de Valdemingómez; clamando indignados también contra el sistema cerrado y gremial de la clase política nacional, de la gran banca y de las multinacionales. De los descuidos, la indiferencia, la codicia y la deshumanización de todas esas castas proceden la mayoría de las carencias institucionales, competenciales y financieras que padecen los ayuntamientos, la administración más próxima, más presente y más resolutiva para los ciudadanos. Por eso, de las muchas revoluciones pendientes en nuestra administración, la de dotar a los consistorios del régimen presupuestario, fiscal y asistencial que necesitan para servir a los vecinos como se merecen; es una de las más urgentes. Y también de las más cacareadas desde las alturas. Por eso, todos los munícipes, sin la chapa del partido en la solapa, o con ella; bien podría estar a estas horas indignándose bajo una tienda canadiense. |