
ALONSO GUERRERO
El Alcalde de Alcalá de Henares, siguiendo a Esperanza Aguirre, aboga por animar a los padres a que escojan para sus hijos el colegio “que les dé la real gana". Esto parece un logro de la libertad, pero todo lo que el PP diga en Madrid sobre educación es una verdad a medias. Lo que el Alcalde pide a los padres no es que escojan entre un colegio u otro, sino entre dos situaciones dentro de la enseñanza, porque desde hace años la enseñanza pública, aquélla cuyos profesionales son especialistas en lo que enseñan, está perdiendo recursos que son destinados a la escuela privada, sobre todo a la religiosa.
En realidad, el Alcalde y la Presidenta, que en otros aspectos ha tenido iniciativas loables, piden a los padres que elijan entre una enseñanza convertida en asistencial, la pública, a la que año tras año se le restan las idóneas condiciones educativas, y la privada o la religiosa, expurgadas de alumnos conflictivos pero con profesores sobreexplotados y en ocasiones masificadas. Esto no es educación, es negocio. Si, además, es el negocio del Opus Dei, hay que aguantarse, porque va en el lote. ¿Tal es la libertad de los padres? En Alcalá, esta presión es especialmente acuciante. Los medios para la igualdad sobre los que la enseñanza pública se sustenta son destinados a financiar experimentos de segregación económica, o sexual, en que los niños son dirigidos con un bozal hacia las ciencias y las niñas hacia las letras, por poner un ejemplo. Nadie se opone a estas barbaridades, siempre que las paguen sus víctimas.
Hemos deplorado la socialización de la deuda de los bancos, pero tenemos que apencar con la financiación de sectas a las que la Comunidad da dinero, y el Alcalde terrenos, para que después los padres ejerzan su libertad tomando un camino marcado por las condiciones que ha fabricado la política. ¿Libres? ¿De pagar cuotas abusivas en una escuela concertada? Eso segrega a muchos, y sigue enriqueciendo a los de siempre. He aquí las grandes miserias educativas de Madrid. Al parecer, no es posible educarse sin que te encasqueten una misa, para que algunos pasen el cepillo.
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