
ALONSO GUERRERO
Las listas que los partidos han propuesto para las próximas elecciones están llenas de imputados en procesos por corrupción. La honradez es más excepcional que el Yeti del Himalaya. El español está acostumbrado a no ver la paja en el ojo ajeno, y menos la viga en el propio. A lo largo de nuestra historia democrática, los cielos azules y el sol de la infancia de los domingos electorales se han ido convirtiendo en decorados de Macbeth. Los mítines son paradas de monstruos retratados en despachos oficiales, con togas y toisones, con sus manos de Borgias cruzadas sobre el pecho y la presunción de inocencia en el refajo, como si fuera una probanza de limpieza de sangre.
Aquí la gente vota por genética, no por convicción, así que poco importan las culpas que cada partido tenga que perdonar. La propia política, el tercer problema de España, después de la televisión y el sentido común, se concibe como una dignidad que no es necesario merecer. Estamos acostumbrados, ante estas carencias, a vivir de cosas que nada significan. Las formaciones políticas han dejado de ser políticas, son simples formaciones. En lugar de aspirar a ser el ballet de El cisne negro, parecen las figuritas del futbolín. Compartir mentiras crea más amistades, y deudas, que las obligaciones contraídas con los votantes.
El circo está servido. Iremos a votar, la cuestión es a quién. En esta Sodoma quedan muy pocos justos, y los que quedan son de cartónpiedra, como la obra social de los bancos. Por supuesto, hay excepciones, gente rara que ha leído el Cándido de Voltaire y aún cree que la política debe ponerse al servicio de los que pagan impuestos. No estaría mal que el 22 de mayo la gente tachara de las candidaturas los nombres que no le gusten, corriendo el riesgo apasionante de que las mesas electorales anulen el voto. La nulidad, al menos, nos exime de tragar con ruedas de molino. Con todos esos indeseables podría hacerse un parte temático: La isla del Dr. Moreau, o podríamos vendérselos a los chinos, para que les saquen copias que nos cuesten más baratas.
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