Las voces atipladas son como las pistolas con silenciador, enemigos escurridizos que hieren o matan entre susurros. La más célebre fue la de Franco, que percutía con todo el estómago contra el esófago para expandir la laringe y rugir como un león, pero le salía un gato: quizá engordó tanto sólo para eso, como las bolsas de una gaita, y tal vez la frustración por tan estéril esfuerzo le llevó a optar finalmente por la zarpa, el otro atributo del Rey de la Selva.
Miguel Ángel Rodríguez habla como el abuelo Paco, felizmente transformado ya en carne de pasodoble chocolatero, pero ahora sabemos que es pura pose: son cosas de las tertulias, explica como eximente ante el juez por haber llamado nazi al Doctor Montes, otro que tal baila con esa pose absurda de mártir de una causa que el partido que tanto le aplaude se niega a tratar en el Congreso, como si tuviera que conformarse con este pobre hombre zarandeado por todos y derretido por sí mismo.

El periodismo era reposo, siembra y cosecha; se hacía con el olfato antes que con el páncreas y, en tiempos, controlaba los silencios como Beethoven las fusas en una sinfonía: ahora se adelanta la voz al pensamiento y se tienen todas las respuestas antes de conocerse siquiera las preguntas, haciéndose la digestión y su escatológico clímax algo antes de haber ingerido el alimento.
A MAR habrá que agradecerle el servicio involuntario que le ha brindado al periodismo, tombolizando definitivamente una tómbola de doctores sin receta que equivocamos la enfermedad y nos dejamos dentro del paciente el bisturí oxidado: cada vez que vea una tertulia, Al Rojo al Agua o El Gato Vivo, no se lo tome demasiado en serio.
Es muy duro estar allí tantas horas a esas horas, pero peor es trabajar. |