
El ridículo de la semana lo ha hecho el impulsor de La Voz de la Calle, Teodulfo Lagunero, editor virtual del único periódico del mundo que ha desaparecido antes de estar en los quioscos: lo de echarle la culpa a unos avales bancarios solicitados en el último momento por la distribuidora es un chiste que demuestra, amén de insolvencia profesional, una galopante falta de sinceridad y/o de conocimientos.

Para no perderse en las ramas de los tecnicismos empresariales, la absurda razón alegada por el bueno de Teodulfo -el comunista rico que tanto ayudó a Carrillo- equivale a decir que una escudería de Fórmula 1 se retira del campeonato, con los pilotos contratados y los coches preparados, porque no le fían la gasolina. Increíble, o falso si se prefiere. La realidad es que este viejo abogado midió mal sus fuerzas, vendió la piel del oso antes de cazarlo y, a la hora de la verdad, ni tenía recursos propios ni consiguió apoyos externos para una aventura cara y difícil que ahora deja a cincuenta personas en, perdonen la expresión, La Puta Calle.

No queremos ser malpensados, pero La Voz sólo ha servido para resucitar al personaje en cuestión, un empresario comunista, si se admite el oxímoron, con un pasado muy respetable plagado de grandes nombres y gloriosas aventuras que intimó con Cela y con Marcos Ana y llegó a ceder un local al PCE en el corazón del Barrio Salamanca. ¿Y ahora se vence por unos avales?
No se lo cree nadie, pero a ver qué dicen ahora los sindicatos y a ver cómo reaccionan los hombres y nombres fichados para dar incienso al periódico nonato: desde Carlos Berzosa hasta Pilar del Río, pasando por el inefable Federico Mayor Zaragoza.
Vaya desde aquí un saludo afectuoso y un reconocimiento a la plantilla del periódico, compuesta por muy buenos profesionales que se habían dejado la piel y la ilusión en sacar adelante un periódico alternativo y ahora se enfrentan al paro y la falta de explicaciones decentes. Va a ser muy interesante saber qué dicen ahora las centrales y los partidos de los que Lagunero se sentía casi un delegado.
¡Fufo, vaya pufo! |