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PEDRO P. HINOJOS
El mayor mérito de los campos de golf de Encín, y curiosamente el menos publicitado, es haber transformado un paisaje yermo, triste y hostil en un rincón encantador. La entrada a Alcalá desde Guadalajara es ahora mucho más agradable a la vista. Y a esto hay que añadir la hazaña de encajar esta luminosa pradera verde entre una autovía atascada, una monótona vía férrea y los oscuros muros grises de una prisión allá al fondo. La obra, en fin, hay que aplaudirla. Incluso esa gente que defiende que no debería existir ni un solo campo de golf al sur de la cornisa cantábrica, pues solo en la España húmeda se dan las condiciones que rodearon el nacimiento de este deporte, en los brumosos páramos de las islas Británicas; y ni siquiera se conforma con el sucedáneo de riego a manta con agua de segunda mano. Hasta a esas personas les resultará reconfortante ese paraje de teletubby.
Y eso es mucho, teniendo en cuenta todos los prejuicios que rodean al golf. Pero tampoco conviene imponerle mucha más unanimidad. Porque el discurso oficial en torno al campo insiste machaconamente en la idea de que el golf es un deporte popular. Y al mismo tiempo proclama las infinitas posibilidades que abre un recinto como El Encín por ser escenario de la práctica favorita para turistas de alto poder adquisitivo y hombres de negocios. Qué extraña convivencia. No hace falta la primera matraca para convencernos de que es necesario un campo de golf. Como tampoco es necesario justificar que haya urbanizaciones de lujo, hoteles de cinco estrellas, puertos deportivos y restaurantes con estrellas Michelin. Vivir en la sociedad de masas no impide que cada cual tenga su sitio y su poder de alcance. E igual que no vemos a los ejecutivos descorbatados echando una pachanga en el parque, tampoco nos encontramos a los chavales sembrando el terror con el putter de papá en la esquina. Pero todos prefieren el verde al secarral. Algo es algo. |