Tiempos difíciles
por José Manuel Lucía Megías

MIÉRCOLES 9 DE MARZO DE 2011 A LAS 11:38 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Nos esperan tiempos difíciles. Tiempos de elecciones. Tiempos en los que los políticos sacan a relucir las sonrisas que han tenido escondidas en el fondo de sus armarios, sus manos en busca de estrechar otras manos y esas frases que por la noche tienen que repetir cien veces antes de meterse en la cama, para que así suenen sinceras, nacidas del corazón en el mítin del día siguiente.

Nos esperan horas y horas en los telediarios, en programas de todos tipo, en las tertulias hablando de unos y de otros, aprovechando una cámara para mandar un mensaje al adversario antes que al ciudadano a quien ha de convencer para que les de su voto. Páginas y páginas en los periódicos, en los semanarios, en que las ideas y los proyectos brillarán por su ausencia, y prevalecerán los eslóganes, las palabras embotelladas en el laboratorio de los asesores de imágenes, y las sonrisas ensayadas también cien veces antes de irse a la cama, para que parezcan, tan solo parezcan, reales.

Y no olvidemos los miles de carteles pegados en todas las paredes, en las farolas, en que el photoshop siguen haciendo milagros, mostrando un robot perfecto antes que a una persona, a esa persona en la que nos gustaría confiar.


No esperan tiempos difíciles. Y a las puertas de esta campaña que hace ya meses (por no decir años) que ya ha comenzado, no puedo dejar de recordar las palabras de Pilar Manjón en el Congreso de los Diputados en diciembre de 2004, cuando asistió a la comisión creada para investigar los atentados del 11-M. Allí, en su casa, en esa casa de alfombras antiguas y de modernos despachos, de decorados y formas del siglo XIX, en que todo puede cambiarse por una reunión en los pasillos y donde los votos y los escaños se comercian como si se tratara de una mercancía más, allí, Pilar Manjón les pidió a los políticos, en su misma casa, que dejaran de mirarse sus miserias y atacarse en sus rencillas, y que miraran a la calle, al pueblo, que intentaran recuperar el diálogo con la ciudadanía, que les había votado y que ellos tenían la obligación de representar. Y nada más.

Allí los diputados tuvieron que escuchar, sin poder levantarse, sin poder comportarse como niños malcriados como lo hacen en las sesiones ordinarias del Congreso, lo que Pilar Manjón les vino a decir. No recuerdo las palabras concretas, pero, aunque han pasado más de seis años, recuerdo como si fuera ayer algunos detalles: cómo lo iba escuchando en la radio del coche, cómo tuve que aparcar porque me brotaban las lágrimas de los ojos, y cómo terminé aplaudiendo y vitoreando su intervención porque les había dicho a los diputados, a los políticos lo que tantos ciudadanos de bien nos gustaría decirles a todos ellos: que están para solucionar problemas y no para crearlos; que nuestros votos no son una carta en blanco para que luego hagan lo que mejor les convenga; que el político está para gestionar la preocupación de los ciudadanos y no para imponer a la sociedad sus propias preocupaciones, sus luchas internas, sus ansias de poder…

Me puedo imaginar la cara de muchos ellos. Me puedo imaginar cómo el banco, el cómodo banco de siempre, comenzó a llenarse de remordimientos y de conciencia (el que la tuviera, que de muchos lo dudo tal y como luego se comportaron…). Muchos aplaudimos esas palabras, ahora publicadas en un libro, porque en ellas veíamos reflejadas nuestras propias palabras, nuestro propio desencanto ante una clase política que, dentro y fuera de España, no da la talla, no está a la altura de las circunstancias.

Las reacciones no se hicieron esperar y un clamor unánime se alzó en la sociedad española del momento. Muchos políticos aparecieron con sus mejores dotes de actor y aceptaron las críticas, y manifestaron su deseo de cambiar para que una situación así no pudiera volver a producirse. A algunos les duró unos meses, a otros días, y a la gran mayoría, el tiempo de una cámara de televisión, que se suele medir en segundos.

           
Y ahora volveremos a ver a los políticos invadiendo nuestras vidas. Después de cuatro años de permanecer aislados en sus torres de marfil político, protegiendo sus espaldas y experimentando con nuevas dosis de veneno dialéctico para atacar al adversario, ahora les toca pasar por el trance de estrechar manos, de acariciar niños, de pasearse por los mercados y por las calles, y por aparentar una entereza y una simpatía que están muy lejos de sentir. Y es cierto que no todos son iguales. ¡Faltaría más!

Pero lo que no deja de serlo es que cada vez todos quieren parecerse más. O quizás se parezcan los políticos cada vez más porque terminan por compartir el mismo asesor de imagen, que les hace repetir los mismos tics, los mismos modos, los mismos trajes (cuando son comprados), la misma sonrisa e idéntica capacidad para no responder a las preguntas concretas que se les hace.

           
¿Cuándo veremos a un político reconocer sus errores, como todo ser humano? ¿Cuándo veremos a un dirigente aplaudir y apoyar una medida tomada por un adversario que favorece a toda la ciudadanía, como todo ser humano? ¿Cuándo veremos a un político dialogar con un adversario, más allá de ese tono de reproche que tienen todas las intervenciones? ¿Cuándo serán capaces de demostrarnos que, cuando mandan, lo hacen para todos y que cuando están en la oposición, también tendrían que estar pensando en el bien general y no en el suyo partidista?

En el diálogo, en el intercambio, en la integración y en el sumar fuerzas encontraremos soluciones para poder mirar con cierto optimismo el futuro. ¿Quién nos va a vender esta imagen, este diálogo? Nos gastamos varios millones de euros en una campaña para que el alumno tenga respeto al profesor… ¿cómo le vamos a enseñar estos valores si los políticos, que inundan nuestra vida gracias a que tienen los medios de comunicación a su servicio, solo aparecen comportándose de un modo insolente e indigno ante sus adversarios? ¿Cómo podemos hablar de integración, de conocimiento del otro, de una sociedad plural cuando nos están bombardeando con mensajes sexistas, racistas o xenófobos cuando los asesores consideran que estos temas pueden sumar algunos votos en las arcas indignas de los partidos?

           
Tiempos difíciles nos quedan por vivir. Pero mientras tanto disfrutemos del presente: de las aceras por fin arregladas, de las rotondas y las obras terminadas, de ese baile aburdo de las inauguraciones. Algunos políticos han dejado todo para mayo, como un mal estudiante que lo deja todo para una semana antes de los exámenes. ¿Serán capaces de aprobar? Algunos merecen sobresaliente, sin duda. Y otros quizás un suspenso, y que durante cuatro años aprendan desde la oposición que a veces no solo es necesario ser bueno sino también rodearse de los mejores. Lo que no siempre sucede.


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