La escena y el episodio son bien conocidos y han hecho ya correr ríos de tintas, pero es siempre una delicia recordarla. Don Quijote, el don Quijote que, poco a poco, está dejando de ser la simple invención de un hidalgo manchego para convertirse en uno uno de los caballeros andantes de papel más famosos y reconocidos, pasea por la Barcelona que será el escenario de su triunfo como personaje y de su derrota como caballero.
En uno de los paseos con los que Antonio Moreno y sus amigos se divertían a costa de don Quijote, llegaron a una casa, sobre cuya puerta, en letras muy grandes, se podía leer: “Aquí se imprimen libros”. Y sin pensárselo dos veces, el caballero andante entra en su interior pues nunca había visto “emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese”.
Y en un delirante y preciso episodio, Cervantes, que sí que conocía muy bien las imprentas y todo lo que se cocinaba en su interior, fue describiendo un “taller de impresión” del siglo XVII, que no difería mucho a las imprentas de toda Europa desde su invención en la Maguncia de Gutenberg a mediados del siglo XV: “Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón y preguntaba qué era aquéllo que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante…”.
Testimonios como estos, toda clase de documentos y contratos de la época, imágenes grabadas al buril o xilográficas, nos permiten adentrarnos al apasionante mundo de una nueva tecnología para la multiplicación de los textos escritos que se impuso en Europa como un “ejército de soldados de plomo”, una tecnología que, frente a la tecnología de la escritura manuscrita –difundida desde Grecia en el siglo IX a.C.-, permitía una multiplicación de los testimonios, que hacía más accesible su contenido a un público mayor que el que podía acercarse a los preciosos y únicos manuscritos.
Y este canto a la “democratización” del conocimiento a partir de la “multiplicación” de los libros que los transmiten, se convirtió en uno de los lugares comunes más transitados por los primeros defensores de esta nueva tecnología que, como toda nueva invención que supone cambios en los estrictos modelos de control ideológico y cultural, no fue visto con buenos ojos en la Europa del siglo XV.
Así se expresaba Guillaume Fichet en 1471, un año antes de que la imprenta llegara a suelo peninsular (con la impresión del Sinodal en la villa segoviana de Aguilafuente), y así hemos de entender cómo se vivía en el siglo XV la aparición de una nueva tecnología a la hora de difundir el conocimiento y la información, que no es otra que nuestro libro actual. “El estudio de las humanidades tiene una deuda importante con la luz que proporcionó esta nueva especie de libreros salidos de Alemania como un caballo de Troya para extenderse a todos los rincones del mundo civilizado.
Se cuenta en todas partes que en las inmediaciones de Maguncia vivía este Juan, conocido como Gutenberg, que fue el primer inventor de la imprenta, gracias a la cual, sin necesidad de caña ni pluma, sino solo gracias a los tipos metálicos, los libros de fabrican rápida, correcta y elegantemente. La invención de Gutenberg nos ha legado los tipos con los que todo lo que se dice y piensa puede ser inmediatamente escrito, reescrito y legado a la posterioridad”.
Pero, ¿realmente fueron más sabios los hombres del siglo XVI frente a sus cercanos parientes del Medioevo, que no tenían acceso a tantas obras? ¿Acaso la acumulación y la accesibilidad a la información son sinónimos de sabiduría? Y la respuesta no puede ser más que negativa, y así se fue abriendo camino un nuevo lugar común de críticas a la imprenta, que, entre otros, transitó Lope de Vega, quien denuncia que, entre tanto ejemplar impreso, muchos son los ignorantes que se creen sabios: “Después que vemos tanto libro impreso, / no hay nadie que de sabio no presuma”…
Ya lo decía el mismo Petrarca en el siglo XIV, cuando, gracias a la difusión del papel que venía de Oriente a través del mundo árabe, también criticaba cómo muchos se creían sabios porque compraban y compraban muchos manuscritos y tenían sus casas llenas de estanterías. De ser así, se quejaba el propio Petrarca, el hombre más sabio del mundo sería el librero (y no suele ser así en casi ningún caso).
En un momento como el que vivimos hoy en día, en que estamos viendo cómo una nueva tecnología para la difusión y conservación de la información y del conocimiento se está imponiendo en nuetras vida: el texto digital, no es baladí volver la vista a los orígenes de la tecnología de la imprenta que, pasados menos de cinco siglos, está comenzando a ser obsoleta. Si en el siglo IV a.C. se impuso el cambio de la oralidad a la escritura manuscrita, si a partir del siglo XV se consumará la trancendencia de la difusión impresa de la escritura frente a la manuscrita, ahora desde el final del siglo XX, estamos viendo cómo se impone un nuevo modelo de difusión y de conservación que, partiendo de la tecnología de la escritura (manuscrita e impresa), también recupera algunos aspectos esenciales de la oralidad: la actualización, la participación, la interactividad.
El próximo sábado en el Museo Casa Natal de Cervantes, a las doce de la mañana, de la mano de algunos de los magníficos ejemplares conservados en su espléndida biblioteca, volveremos a saltar en el tiempo para adentranos, como un nuevo don Quijote, en la imprenta de los Siglos de Oro; y como curiosos caballeros andantes intentaremos comprender qué tecnología se utilizaba para imprimir un libro en aquella época, qué aspectos externos del libro terminaron por crear una determinada industria que tiene sus días contados hoy en día después de cuatro siglos de apogeo y de lenta decadencia, por qué un libro costaba tanto en la época, y quiénes eran, realmente, los que tenían acceso a ellos. Un viaje en el tiempo en que recuperaremos las voces de aquellos que veían en la imprenta una amenaza de la cultura y de la sabiduría frente a la difusión manuscrita; y aquellos otros que se frotaban las manos porque veían en la imprenta (como así fue) el mejor mecanismo de control ideológico y religioso que el hombre había inventando hasta la fecha.
La escritura, por fin, al servicio absoluto del poder… hasta nuestros tiempos en que este control está haciendo aguas por todas partes, incluso en el último reducto que le quedaba a la escritura como mecanismo de control: el “top secret” de los gobiernos, que ahora, día sí y día también, es un titular en la prensa gracias a Wikileaks. Pero esta es otra historia… quizás igual de apasionante como la que disfrutaremos el próximo sábado en el Museo Casa Natal de Cervantes.
|