La imagen de deterioro que proyecta el PP de Rajoy es apabullante e inaudita en un momento en el que su principal adversario, el PSOE, podría pasar no pocos aprietos por la galopante crisis económica y sus devastadores efectos.
Pero es la oposición quien padece una crisis de liderazgo insólita, con un presidente a la deriva e incapaz de tapar los agujeros que cada día sufre en su línea de flotación.
Todo se reduce en la sensación de que Rajoy no actúa nunca, o cuando lo hace es tarde y mal: su torpe gestión del caso Gürtel es un ejemplo de libro, pero no el único. El conflicto por Cajamadrid, la rebelión del número dos de Gallardón, la fractura en el PP catalán o las tensiones en el vasco perfilan un escenario que equipara a Rajoy con ese Nerón que tocaba la lira mientras Roma ardía.
Sólo hay algo peor que equivocarse, y es no hacer nada, y a esa máxima se aferra Rajoy con un único objetivo aparente: llegar como sea a las próximas Elecciones, cruzando los dedos para que el deterioro de su rival socialista sea más agudo que el suyo propio.
Es una estrategia suicida, pero además indigna de quien aspira a gobernar un país, pues confía al infortunio ajeno lo que debía entregar al trabajo propio: cuando en política se conforma uno con esperar a que pase el cadáver del contrincante, se suele acabar protagonizando el funeral.
Un problema añadido a todo es que, sea cual sea la reacción de Rajoy, habrá llegado tarde y será difícil de creer: a estas alturas, todo sonará a maniobra de supervivencia más que a solidez política y personal. |