El tiro
por Uno de la Redacción

LUNES 21 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 10:29 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

Con el mismo estilo imaginario de Arcadi Espada, del fondo del espacio radioeléctrico  emergió una figura de inversor y dijo: “Pese a la fe que profeso, lo mismo me pego un tiro”. Era el eco de la ultratumba financiera a las palabras de Ruiz Mateos, el jefe de la saga, rodeado de todos sus hijos en ausencia de todas sus hijas, sumados los presentes y las ausentes alcanzan niveles de alineación más banquillo de reservas. La superficie ibérica no para de parir semejantes, por decirlo de algún modo, que en cuanto tienen un éxito van y se lo dedican al Ser Supremo.

 

Hasta ahí bien. Lo malo empieza cuando no sólo hay brillo económico o social y, en su lugar, sobreviene el fracaso. Entonces las imprecaciones generalmente contra algún semejante de los que se hablaba antes tienen a Dios por testigo. Ruiz Mateos fue convenientemente reducido en sus desmanes más tarde  convertidos en delitos económicos hace casi treinta años, cuando Felipe González era conocido por la derecha española como una canalla, aún lejos de ser llamado hombre de Estado por aquellas mismas personas ahora así le nominan. Penó sus delitos/pecados, pero con grave defecto de memoria sacramental.

 

A su dolor de corazón le ha faltado en numerosas ocasiones su complemento de propósito de enmienda, y, claro, eso no hay confesor que no lo advierta y no lo considere como se puede y se debe. Este empresario al que el bótox incluso amenaza su fino acento jerezano, en los años ochenta, se empeñó en una alianza imposible entre Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y la concentración de riesgos. Y le tocó a Carlos Solchaga ventilar el asunto no se sabe si con la ayuda de San Fermín, pero todos los españoles, especialmente los inspectores del Banco de España, pudieron comprender que un banco no está para aplicar todos los depósitos del pueblo llano en beneficio de créditos prácticamente blandos a empresas relacionadas directísimamente con el propio banco.

 

El jerezano era banquero y a la vez empresario y los depositantes no eran ni una cosa ni la otra. Ahora ha sido mucho más fácil: sencillamente el dueño del Rayo Vallecano pedía muchos préstamos para comprar muchas empresas, y las empresas no generaban suficiente músculo para atender los pagos de la deuda. Esta vez ha sido principalmente Emilio Botín, el acreedor principal, quien detrás de su corbata roja ha dicho basta. Y entonces ha venido lo de “la fe que profeso”. José María Ridao, en Weimar entre nosotros (Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, 2004), pone en boca de Albert Camus, en su obra Cartas a un amigo alemán: “No se han recatado ustedes en hacerle a Cristo una publicidad a la que empezó a acostumbrarse el día que recibió el beso que le destinaba al suplicio”.


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