Éste es un comentario literal de un participante en el blog de Tomás Gómez: “…Y a deshacernos de la lideresa postfranquista”. No es el peor, la red social más célebre y usada por los políticos colecciona grupos que, en términos de violencia, son poco sutiles, pero gozan de una cabaña de seguidores estable y a menudo activa que, entre balido y balido, muerden con gozo. Una muestra, para todos los colores:
“Gente que quiere ver a Esperanza Aguirre crucificada”, con 297 fans.
“Yo también le tengo un asco a Esperanza Aguirre que no la puedo ni ver”, con más de 7.000 seguidores. Otros, con jugosa hinchada, comparan a la presidenta de la Comunidad de Madrid con un zurullo, alguno más elucubra sobre sus olores corporales e incluso uno la transforma en el travesti Shangay Lily: nada que la inolvidable ministra de Fomento no superara al quererla ver colgada de una catenaria.
No le ocurre sólo a ella. Zapatero no le va demasiado a la zaga y es objeto de apasionadas reuniones de conmovidos intelectuales armados con brocha gorda. Un par de ejemplos, entre cien: desde el elegante “Zapatero se separa xq su mujer dice k esta jodiendo a toa España mens a ella” con 4.000 devotos; hasta el renacentista “Para que el Tío la Vara le haga una visita a Zapatero”, con 17.000 poetas en sus filas tan refinados como uno que argumenta sus críticas con reflexiones tan complejas como “Qué asco me das, cabrón”.

Esta imagen ilustra el grupo "Yo le partiría la boca a Zapatero"
Y todo sin menoscabo de otros clubes de debate que aluden a la estética zombi de su descendencia o, por volver a la otra acera, al deslumbrante valor del helicóptero en el que, a decir de 3.000 personas, bien podrían haberse matado Mariano Rajoy y de paso la propia Aguirre.
La red está llena de burricie, injurias y violencia en metástasis, de borrachos de libertad de expresión que la vomitan como el compulsivo bebedor de Veterano en los bares que retransmiten fútbol o plenos del Parlamento. España siempre ha sido un país de señores bajitos y cabreados, de seleccionadores de fútbol, de silbidos en los andamios, de pa cojones los míos y de cobayas para ese Punset que dedica tanto tiempo a estudiar por qué usamos apenas un 15% del cerebro.
No es de extrañar que la política, en cualquiera de sus variantes, beba de esa fuente o la alimente y sacrifique tan a menudo el argumento por el eructo: siempre, como decía Víctor Hugo, hay una indigna complicidad entre la política y la sociedad del momento. Y en todo caso es más cómodo, más barato y más útil empalar a una persona por su aspecto, su ropa, su pinta o sus costumbres que discutir con ella sabiamente.

Ahora han apaleado a un consejero del PP en Murcia, y se encuentra un lazo entre discursos públicos de sus rivales y la maza del majadero que le agredió. Hace unos días también se achacó al Tea Party la matanza del tarado en Tucson, señalando a Sarah Palin como autora intelectual de los disparos.
Los que veían esto no perciben aquello, y viceversa, como si la relación de causa y efecto entre una barbaridad escrita o proferida y un atentado material sólo existiera cuando la víctima es de la cuadra propia.
Un poco de sensatez: nadie, salvo un loco, se tira desde el rascacielos tras ver Supermán y nadie, excepto un tarado, arrasa el instituto de Columbine por mucho que juegue en la Play al sanguinario Call of Duty: la imbecilidad sí es contagiosa y se retroalimenta entre la política cuadrúpeda, el periodismo de alforja y la sociedad con telarañas; pero sólo aprieta el gatillo quien lo aprieta.
Por ese camino también se confuden raza, credo, género o ideología con delito y se perpetran atrocidades legales: éste siempre es personal; lo cometa un liberado sindical, un gañán de ultraderecha, un moro muza, un hombre desesperado, un niñato de instituto o una católica alterada. |