Ahí van dos fórmulas. La primera: se coge un soporte de silicio, se le aplican unos pases mágicos y se le transforma en un dispositivo que convierte la luz en corriente eléctrica. La segunda: tome una fotografía de alguien que no le caiga demasiado bien, introdúcala en un muñeco de tela y le clava un par de alfileres oxidados, con los correspondientes pases mágicos que harán del personaje de la foto un ser desgraciado.
¿Qué diferencia a una de otra? Pues que en la primera de las fórmulas, los ‘pases mágicos’ que se practican para conseguir el efecto descrito están perfectamente medidos, descritos, desarrollados y probados bajo parámetros independientes que han llevado a la misma conclusión: funciona. Tanto que por eso a William Boyle y George Smith les han concedido este año el Premio Nobel en la categoría de física. Partiendo del efecto fotoeléctrico predicho por Einstein, ambos idearon lo que se conoce como CCD, es decir, el sistema que utilizan las cámaras digitales y que permite transformar la luz en impulsos eléctricos o, lo que es lo mismo, tomar imágenes en formato digital.
Si la segunda de las fórmulas descritas en el primer párrafo también empleara ‘pases mágicos’ basados en el método científico, es decir, en pruebas empíricas que demostraran la relación causa-efecto, es probable que Pepe el Brujo se hubiera llevado el máximo reconocimiento en el campo de la física. ¿Se han parado a pensar lo que supondría la existencia de un método para desear el mal ajeno? Pero no, no hay ninguna evidencia de que tal magia sea fruto de la realidad. Y sí múltiples ejemplos de que no es más que la proyección de los cuentos de hadas infantiles, ya en la edad adulta, aderezados con altas dosis de fraude y estafa.
Puede que en su día, cuando Boyle y Smith formularon la hipótesis de utilizar el efecto fotoeléctrico para desarrollar la tecnología de la imagen digital alguien dijera que aquello sonaba a ficción. ¿Hay alguna prueba de ello? Se pusieron manos a la obra, con las herramientas de la matemática y la física, con la arquitectura conceptual del método científico, el único que ha demostrado ser efectivo y eficiente en la búsqueda de una explicación correcta de la realidad. Y consiguieron pruebas irrefutables. Tan irrefutables que seguramente usted, lector, tenga una cámara digital en su casa, si no cuenta ya con un teléfono móvil que incorpora esta tecnología en su bolsillo.
No veo, en cambio, a Pepe el Brujo ni a ningún chamán dispuesto a explicar de forma clara, concisa, precisa, medible y comprobable los supuestos ‘pases mágicos’ que conforman las reglas del vudú y sus aplicaciones. Quizás porque, más que ficción, sea pura fantasía. Por más vueltas que se le den al asunto, resulta un ejercicio de alta exigencia tratar de establecer una relación causa-efecto directa entre una aguja clavada en un muñeco de trapo y la lesión de un futbolista. También es cierto que más difícil es imaginar cómo un fotón que golpea una placa de silicio genera un flujo de electrones que permite transformar la información de ese paquete de fotones en bits. Pero existe un mecanismo de explicación para este segundo proceso, y es algo que puede comprobarse, una y otra vez, hasta certificar que efectivamente tal relación existe. Esta explicación no se da en el vudú. No puede medirse, no puede desarrollarse matemáticamente, las variables son confusas… en definitiva, no hay ningún indicio que invite a pensar que algo de cierto tiene todo aquello. A partir de aquí, que cada cual busque su propia explicación a por qué hay gente que cree verdaderamente en los supuestos poderes de Pepe el Brujo para mandar a Cristiano Ronaldo a la enfermería. |