El doctor James Xavier se encontraba exhausto, sus ojos, negros totalmente, le dolían y quemaban como brasas ardientes. Captando un mundo extraño, un mundo para el que su cerebro no estaba preparado, los finos hilos de la cordura se desprendían de su ser. En un intento desesperado por librarse de toda esa luz omnisciente que percibe, hunde sus dedos en las cuencas de los ojos y se los arranca.
Muchos de vosotros ya habréis reconocido la mítica escena final del film de Roger Corman ‘X’ (El hombre con rayos X en los ojos, 1963). Pero tranquilos, hoy no voy a hablar de como auto practicarse la cirugía, eso será en el noveno capítulo. Ahora en serio ¿Recordáis cómo acabamos la última entrega? Dijimos algo así como que en la manera en la que percibimos el mundo, se encuentra implícita también nuestra esencia.
La percepción es la herramienta primera por la cual entramos en contacto con el entorno y la puerta a su conocimiento. Lo que quizá a veces olvidamos es que también es el sistema por el que conocemos nuestro estado interno y nos reconocemos a nosotros mismos. Existen tres tipos de percepción: Exteroceptiva, introceptiva y propioceptiva. La primera, la exteroceptiva, es la más familiar. Es en la que pensamos cuando se menciona la palabra percepción: Nuestros cinco sentidos. La segunda, la introceptiva, se refiere al sentido de nuestros movimientos viscerales y órganos internos (como cuando nos duele el estómago o tenemos hambre). La tercera, la propioceptiva es la menos popular de las tres y se refiere al sentido de nuestro propio cuerpo (propiocepción). Un flujo continuo pero inconsciente de las partes móviles del cuerpo, por el que se controla y se ajusta su posición, tono y movimiento, pero de un modo que para nosotros queda oculto. Si sentimos el cuerpo como propio es gracias a la propiocepción. Sin ella, como demuestran muchos casos de pacientes con déficit propioceptivo, perdemos nuestra idea de propiedad de nosotros mismos e incluso podemos llegar a dudar de quienes somos. A partir de la noción del propio cuerpo, que identificamos como yo, es posible el conocimiento del mundo exterior. Un único mundo exterior común para todos los seres humanos que tiene su reflejo e interpretación en millones de mundos interiores, creados, no sólo por la percepción sino por la interacción de ésta con las emociones y la memoria.
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El mundo que captaba el doctor James Xavier, después de haberse sometido a la aplicación de su colirio X, era radicalmente distinto al de cualquier otra persona. Había alterado las propiedades de sus ojos, una de las partes más importantes de su sistema de percepción. ¿Por qué creéis que su cerebro no pudo soportar aquel cambio? Nuestros órganos sensoriales y sobre todo el ojo, son una parte de nuestro cerebro, una extensión de éste. Su desarrollo y consecuente refinamiento han sido paralelos a los del cerebro. Nuestros sentidos se crearon para darnos información acerca del mundo. Se adaptaron al mundo en el que se crearon. De hecho se podría decir que fueron moldeados por el entorno, atendiendo a aquello esencial para la supervivencia. David Marr escribió acerca de la visión: "Es un proceso que, a partir de imágenes del mundo externo, produce una descripción útil para quien ve sin estar abarrotada de información irrelevante". La visión no nos serviría de mucho si no discriminara e interpretara automáticamente la información recibida. El mero hecho de ver implica que nuestro cerebro apuesta por una serie de interpretaciones físicas básicas de cómo es nuestro entorno (formas, texturas, profundidad, color, etcétera). Unos supuestos sobre el modo en que el mundo donde nuestros antepasados evolucionaron, estaba montado por término medio. Cuando el mundo actual se asemeja al entorno ancestral, lo vemos tal y como es; pero si nos encontramos un mundo en el que aquellos supuestos son infringidos, ya sea por casualidad o por manipulación intencionada, somos víctimas de las ilusiones. Las ilusiones visuales desenmascaran aquellos supuestos que la selección natural instaló para permitirnos conocer, casi siempre, el mundo que nos rodea. Para entender mejor estos supuestos o reglas me gustaría que os fijarais en la figura número uno. En ella se observa un dibujo de varios círculos convexos. Al lado, en la figura número dos vemos el dibujo de varios círculos cóncavos. Si girásemos la pantalla 180 grados, la percepción de la profundidad de los círculos se invertiría. Veríamos los de la ilustración uno cóncavos y los de la dos convexos. Por mucho que tratásemos de cambiar voluntariamente esa percepción de la profundidad sería inútil. Es una inferencia(supuesto) automática acerca de la iluminación de los objetos. En el entorno en que evolucionaron nuestros antepasados, la fuente de luz siempre provenía de arriba; el Sol. Por eso interpretamos que cuando un círculo tiene su parte superior en sombra y su parte inferior iluminada, es cóncavo y viceversa.
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¿Es increíble, verdad? Somos humanos y nuestros sentidos lo son también. Desechamos mucha información acerca del mundo, quedándonos con lo importante para poder reaccionar rápido y funcionar bien, pero ¿Podría ser que en la información no relevante, que venimos desechando desde hace miles de años, se encuentren dimensiones que sólo podríamos entender después de haber trascendido a nuestra supervivencia? Quiero decir, si existen, como hemos visto, inferencias automáticas sobre el entorno que nos hacen incapaces de poder ver los círculos dibujados como se nos antoje, ¿No existirán otras inferencias automáticas que nos hagan ciegos a propiedades de la materia y el espacio -no necesarias para la supervivencia- pero con un significado esencial propio para el cual, ahora, sí estamos preparados?
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Quizá fuera esto sobre lo que escribiera William Blake en el verso de su poema Las puertas de la percepción: “Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”. En 1977, Aldous Huxley, embrujado por las palabras de Blake, publica su libro homónimo. En éste describe, de forma brillante, sus experiencias perceptivas bajo los efectos de un potente alucinógeno, la mescalina. Huxley describe nuestra percepción como “un insignificante hilillo de esta clase de conciencia que nos ayudará a seguir con vida en la superficie de este planeta determinado”. Los experimentos acerca de los estados alterados de conciencia, fueron impulsados por el importante descubrimiento de la estrecha semejanza, entre la composición química de la mescalina y la adrenalina. Posteriores investigaciones revelaron que el ácido lisérgico (LSD) tenía una relación, con ambas, bioquímica estructural. En otras palabras, cada uno de nosotros es capaz de producir una sustancia que, aún administrada en dosis mínimas, causa profundos cambios en la conciencia. La extensa literatura surgida por la psiconáutica, coincide en varios puntos esenciales, donde convergen las experiencias individuales de duchos y profanos. Lo que más me llama la atención es la repetición constante de la idea de filtro o válvula reductora del conocimiento, refiriéndose a nuestros sentidos (percepción consciente), en contraposición a la idea del abismo de conocimiento absoluto, la iluminación o Inteligencia Libre de Huxley. El paralelísmo existente entre esta línea metafísica, la filosofía platónica, el corazón del budismo e, incluso, la iluminación de Santa Teresa de Jesús, le hacen a uno cuestionarse: ¿Existe la posibilidad de asomarnos a un conocimiento mayor por medio de un estado alterado de conciencia? Yo diría que sí.
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En los comentarios que dejasteis en el post anterior hablabais de los savant. Personas con un déficit físico, mental o motriz (con reflejo a nivel neuronal) que espontáneamente desarrollan unas increíbles capacidades mentales: matemáticas, espaciales, mnémicas... Este tipo de trastornos, que suelen afectar al hemisferio derecho de nuestro cerebro, causan cambios profundos en la conciencia de quienes los padecen. Es increíble, por ejemplo, en el caso de pacientes con afasia global grave (con incapacidad total de entender las palabras), cómo surge un nuevo sentido, una nueva conciencia del tono y sentimiento del interlocutor, hasta tal punto que son capaces, no sólo de entender a la perfección, sino de detectar anomalías, mentiras, falsedad, o mala intención, de forma inequívoca e imposible para una persona normal. Todos estos ejemplos parecen enseñarnos el alto precio a pagar por echar un fugaz vistazo por encima del muro de la caverna. Intoxicado de curiosidad, como Ícaro en el mito, nuestro querido doctor James Xavier quiso llegar más lejos de lo que nadie había llegado nunca. Con sus alas de cera ya derretidas, antes de precipitarse al vacío, pudo volverse y mirar directamente a la luz. Quizá, en una concepción mucho más mesiánica y aterradora, en su delirio final, nos esté hablando precisamente de ello:
“Veo una tiniebla fría más allá del mismo tiempo, más allá de lo humano, una luz que alumbra y abrasa, y en el centro del universo el ojo que nos ve a todos”.
Tira del hilo:
‘Cómo funciona la mente’ Steven Pinker. Destino 2007
‘Las puertas de la percepción/Cielo e infierno’ Aldoux Huxley. 1977/Edhasa 1997
‘Decisiones instintivas’ Gerd Gigerenzer. Circulo 2008
‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’ Oliver Sacks. Anagrama 2002
‘Siddartha’ Herman Hesse. 1950/ Debolsillo 2004
‘La persistencia de la visión’ John Varley. Orbis 1976
Videoteca selecta:
"El hombre con rayos X en los ojos" Roger Corman. 1963
"The Doors" Oliver Stone. 1991 |