Programa doble
por Fernando Couto

VIERNES 12 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 18:40 HORAS
Opinión > Cultura
 
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La carrera cinematográfica de Ben Affleck ha transcurrido fundamentalmente como intérprete en comedias románticas (Persiguiendo a Amy, Shakespeare enamorado) y películas de acción (Pearl Harbor, Armageddon) muy del gusto de numeroso público. De forma sorprendente en 1997 ganó un Oscar como coguionista, junto con su amigo Matt Damon, por otro gran éxito de taquilla, El indomable Will Hunting. Para que conste, las derrotadas en la categoría de mejor guión original fueron: The Full Monty, Desmontando a Harry, Mejor... imposible y Boogie Nights. Algo más joven que otros actores (Newman, Eastwood, Clooney) cuando se iniciaron en la dirección, ya ha dirigido dos largometrajes, el segundo de los cuales, The Town. Ciudad de ladrones, se encuentra ahora en cartel.

 

Affleck, que también protagoniza y escribe, comanda una banda de atracadores que asalta bancos en el área metropolitana de Boston. Son de origen irlandés y se han criado en Charlestown, en la zona norte de la metrópoli. Enmascarados, pertrechados con rifles de asalto y botellas de lejía (para borrar rastros de ADN) dan un golpe y, para facilitar su huida, se llevan como rehén a la directora de la sucursal (Rebecca Hall). Descubren tras ponerla rápidamente en libertad que, consecuencias de la gentrificación, es vecina de su barrio, lleno de casas de ladrillo visto y pocas plantas, y comienzan a vigilar sus pasos para tener la certeza de que no conoce sus identidades reales. Así, surgirá el amor entre Affleck y Hall y él comprobará lo difícil que es romper con "las-cadenas-de-un-pasado-criminal". Sí, lo hemos visto antes alrededor de mil veces (El último refugio, Los amantes de la noche, Atrapado por su pasado, Heat). Con protagonistas con más encanto, con desarrollos más trágicos, sin mover tanto la cámara y sin tantos primerísimos primeros planos. No obstante las persecuciones de coches y el tiroteo final en Fenway Park están hechas con brío y profesionalidad y en varios momentos se intercalan bonitas vistas aéreas del centro neurálgico de Charlestown: el monumento de Bunker Hill, un parque con un pequeño museo y un obelisco con una  gran vista de la bahía de Boston y con casi 300 agotadores e interminables escalones en la colina del mismo nombre, al lado de donde tuvo lugar en 1775 una de las primeras batallas de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.

 

A menos de cinco kilómetros de Charlestown se encuentra, también integrada en el metro de Boston, Cambridge, ciudad universitaria que cuenta con toda la infraestructura imprescindible para esa función (librerías, pubs, zonas Wifi, copisterías, pubs, salas de exposiciones, residencias, más pubs). En Cambridge tienen su sede el MIT y la Universidad de Harvard, fundada en 1636. En ella se desarrolla buena parte de La red social, película escrita por Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca, La guerra de Charlie Wilson, El presidente y Miss Wade, Algunos hombres buenos) sobre un libro de Ben Mezrich. A partir de dos pleitos paralelos por la propiedad intelectual y accionarial de Facebook vemos en flash-backs como en 2003, por una gamberrada de un estudiante despechado, borracho y genio de la informática (Mark Zuckerberg, interpretado por Jesse Eisenberg), surgió la idea que se acabó transformando en una gigantesca compañía que hoy forma parte de la vida de millones de personas porque permite satisfacer una nueva adicción: la apariencia de novedades constantes en el ámbito privado. Se ha llamado la atención sobre lo paradójico que es que una persona con problemas para las relaciones sociales haya sabido poner en marcha un sistema para favorecerlas. También es paradójico y brillante el salto conceptual que va de la red elitista inicial (dado que los contenidos estudiados se olvidan o, peor aún, se quedan obsoletos, lo verdaderamente importante del paso por la universidad es la agenda de contactos) a la organización que va por los 500 millones de miembros en un planeta con algo menos de siete mil millones de humanos.

 

Como siempre, los diálogos de Sorkin, que tiene un Oscar menos que Ben Affleck, son pirotécnicamente espectaculares y casi todos los personajes hablan con mayor elocuencia de la que serían capaces de demostrar en la vida real. Hay unos cuantos momentos destacables como el acelerado intercambio de la primera secuencia; el enfrentamiento de los gemelos con el Rector; y especialmente cuando el fundador de Napster le expone a Zuckerberg en una discoteca cuál es el Zeitgeist actual. Las contestaciones irónicas de Zuckerberg a los abogados son las que provocan más risas entre el público, que seguro que se apuntaría a ser joven, famoso, multimillonario y con amantes sacadas del catálogo de Victoria's Secret. Para programar y estar treinta y seis horas seguidas escribiendo líneas de código sin cometer un solo error habría menos voluntarios.

 

Grados de separación. Boston-Charlestown-Cambridge no son sólo los Celtics, la Freedom Trail, Fenway Park, la colección asiática del Museo de Bellas Artes, Morphine, o el bufete ficticio Crane, Poole y Schmidt. También es el clam chowder.


Comentarios
Fernando Couto
domingo 14 de noviembre de 2010 a las 12:58 horas
Ja, ja, ja. Y muy apropiada para el invierno.
Almirante Benbow ret.
sábado 13 de noviembre de 2010 a las 15:33 horas
¡¡¡Belleza y verdad fundidas en una sopa!!!
[1-2]

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