Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos
(Madrid 1580-Villanueva de los Infantes/Ciudad Real 1645)
“Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo; vi que el sol bebía los arroyos del yelo desatados, y del monte quejosos los ganados, que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa; vi que, amancillada, de anciana habitación era despojos; mi báculo, más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada, y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte”
Los muros semicubiertos, semidesmantelados, semidesvencijados, heridos, vulnerables, apuntalados y guarnecidos tras un velo protector, evocan el desgarrador soneto de Quevedo dedicado al imperio decadente que era España en su tiempo; que, al parecer es hoy la universidad. La historia se repite. Siempre que ocurre lo mismo, sucede igual. La lluvia moja, el sol resquebraja, el dinero corrompe y la poltrona amortaja.
La realidad material con su contundencia nos regala metáforas, síntoma de la dinámica social en la que se vive.
Todos aceptamos que los muros hay que mantenerlos, es un patrimonio histórico, una herencia de nuestros antecesores que pertenece a nuestros hijos. Nosotros sólo somos los responsables de su mantenimiento. Tenemos la obligación de reciclarlo y darle uso. Mano de obra disponible hay a patadas. ¿Falta dinero? ¿Falta voluntad? ¿Falta capacidad para gestionar? ¿Falta compromiso? ¿Falta fe en la profesión que se desarrolla?... Doctores tiene la universidad que se consideran los más sabios del planeta en su materia.
De igual modo, la universidad no es el castillo donde se refugian los nobles del conocimiento para bien vivir a costa de las prebendas conquistadas por la posición de su cargo; y en huida permanente de las responsabilidades que dicen asumir.
Las autoridades que no dimanan de la sabiduría son autoridades apuntaladas en conjura de necios.
Las decisiones no tomadas, las posturas radicales, la negación de las tormentas (al parecer, para algunos es preferible permanecer sordos y mudos a escuchar los truenos y descubrir con el fulgor de los relámpagos su inmensa pequeñez) las batallitas intestinas… Todo ello va en detrimento de las batallas a librar contra la ignorancia, las conquistas de conocimiento y la transmisión a futuras generaciones para beneficio de toda la civilización.
El amigo Francisco de Quevedo y Villegas sigue siendo visionario y la futura biblioteca destechada lo constata.
Uno de la muga |