A escasos cien metros del pasacalles universitario que se hubiera transformado en subsede de la tomatina de Buñol a poco que los birretes no provocaran aún ese litúrgico complejo en el ciudadano medio; tres decenas de parados habían tomado en la víspera la delegación del INEM cansados de esperar turno y otro centenar largo se indigna cada madrugada por hacer infames colas a la espera -infructuosa- de ser atendidos.
El contraste entre la placidez de unos y la tensión de otros se hace aún más sangrante al detenernos en el cometido que cada uno tiene y la gestión del mismo que cada uno hace: puesto que en los primeros se depositan ingentes recursos públicos; puesto que además se les supone una incontestable autoridad para reflexionar sobre la génesis de cualquier problema con las nobles herramientas de la ciencia y el pensamiento; puesto que también disponen en tiempo y forma de una estabilidad laboral incuestionada y unas herramientas dignas para la docencia y la investigación y puesto que, en fin, en sus manos ha de estar una parte de la solución o, si no son capaces, una parte de la factura del problema… ¿cómo es posible que nadie, en esta cabalgata de Reyes, en esta murga de Carnaval, en esta procesión de Halloween, se haya dado cuenta de la estampa y haya tenido a bien mencionarlo, siquiera por encima, en su discurso?
Si la situación general de España, por no irnos hasta la Francia convulsionada y sin queroseno, ya reclama una actitud y una aptitud de respeto, sensibilidad y contrición en cualquier servidor público que antes no vio venir un problema que ahora están pagando otros mientras él mantiene incólume su propio estatus; la particular de Alcalá regalaba esta estampa terrorífica en la Oficina de Empleo para facilitar aún más la puesta en escena.

Esa insensibilidad, que provoca el regusto descrito por Boris Pahor en la estremecedora Necrópolis al narrar su visita con un grupo de turistas de vacaciones al campo de concentración en el que estuvo recluido, puede parecer algo forzada a primera vista, pero queda perfectamente confirmada al escuchar el indecoroso discurso posterior del rector, Fernando Galván, y del alcalde, Bartolomé González.
Por si no fuera poco con desoír el estropicio circundante e irse de picnic con la lira de Nerón entre las llamas de los parados, va el primero y ensalza las bondades de la inexistente ciudad universitaria y coge el segundo y le secunda con otro cántico floral, como si ambos -y no digamos nosotros- pudieran permitirse la frivolidad de ignorar la degradación de la vida universitaria en Alcalá y el fracaso de todos los proyectos que le daban cuerpo: ni el Consorcio Patrimonio de la Humanidad ni la Plataforma del Español ni los Cuarteles de Príncipe y Lepanto ni el Real Patronato son otra cosa que papel mojado y esperanza frustrada, cuando no ruina física e intelectual de la que nadie se siente responsable del todo o en parte, siquiera para aclarar quién, cómo y por qué lo es.
La verdad, la única verdad difícil de rebatir, es que la Universidad vive de una liturgia vaticana que esconde con la seda de las togas y el valor de las piedras el hedor interno, la falta de pulso y vitalidad, el nepotismo incompetente, el apaño sectario, la exclusión de todos los ranking y, finalmente, la falta de compromiso y de respeto hacia una ciudad que le ha dado todo: el Metro que no tenemos es el Politécnico que tiene la UAH, como dijo Gallardón sorprendido por las críticas a la falta de inversiones en una Alcalá a la que computaba lo concedido a la Cisneriana.
Aquí, a las tres de la tarde no queda nadie, los edificios universitarios están infrautilizados o directamente cerrados cuatro meses al año; la coordinación cultural es una quimera; la comprensión del entorno es inexistente y el desafecto por todo lo circundante es el propio de un señor que dimite para irse a Cajamadrid a ganar una millonada o de otro que está deseando que llegue el viernes para huir del pueblo y refugiarse en el Barrio de Salamanca.
Una cosa es que el alcalde no pueda decir así lo que seguramente piensa parecido a mí; pero otra es que además legitime la bacanal por evitarse un problemilla diplomático que acaba dando un problemón de expectativas a la ciudad. Ahora que todo se pone en tela de juicio, desde las pensiones hasta la edad de jubilación o la jornada laboral, ¿cómo demonios va a tener que tragarse nadie ese maravilloso fraude en que se ha convertido la Universidad si de verdad se la quiere salvar y con ello dar una oportunidad económica, social y moral a Alcalá? Veinte años de lisonjas cisnerianas ya llegan: ahora, o ayudan a la gente del INEM o hacen cola con ellos.
Posdata. El sainete puede llegar a ser ilimitado. El martes se dejan ver en el Corral de Comedias, invitados por Angels Barceló y la Ser, los ínclitos Manuel Marín y Virgilio Zapatero. Creo que ninguno de los dos puede aparecer por Alcalá salvo que lo haga embozado en un burka, pero sería sorprendente que tuvieran la desfachatez de ejercer de embajadores de una ciudad de la que huyeron tras utilizarla con infinito impudor. Mejor que diserten del mercado laboral familiar, del golf en día laborable, del enchufismo y la electricidad en general, del pilates o de cómo no dar palo al agua nunca y disimularlo siempre desde puestos para los que no están preparados pero siempre han conseguido por llevar un carné en el hocico. No tendrán el santo morro, pues. O sí. |