Debate y desaliento
por La Editora

VIERNES 16 DE JULIO DE 2010 A LAS 09:39 HORAS
Opinión > Política
 
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El Debate sobre el Estado de la Nación concluyó ayer sin que se despejaran las grandes dudas y los negros nubarrones que atenazan el horizonte político y económico de nuestro país. Ni la corriente eufórica de sintonía y unidad nacional que había provocado la conquista del Mundial de fútbol por la selección, ha modificado la línea que se veía venir: el Gobierno sigue apelando al consenso y a las reformas, pero en realidad sólo desea adhesiones inquebrantables; la oposición del PP cumple el expediente reclamando elecciones anticipadas sin desvelar ninguna alternativa concreta; y los partidos nacionalistas se limitan a esperar, sabiendo que el delicado equilibrio del Ejecutivo les da siempre ventaja en las negociaciones y pactos.


En esta tesitura, sólo las consecuencias que el deterioro económico y laboral provoquen en la vida ciudadana pueden contribuir a variar el monolítico panorama político que ha revelado el desalentador debate de los dos últimos días. Alcanzar una situación límite, en definitiva, es la única esperanza de que los partidos y los representantes públicos abandonen sus posturas sectarias e interesadas. Pero eso no es ningún consuelo. La política es un medio para buscar soluciones y transformar la sociedad. Y no un fin gremial. Cuidado con abusar de esa aberración. Los resultados pueden ser impredecibles.


Comentarios
Salvador
domingo 25 de julio de 2010 a las 17:49 horas
Estoy convencido que el PP no aporta ninguna alternativa política, porque no la tiene. Su única respuesta es, "quítate tu que me pondre yo". Pero esto no es nada nuevo, solamente que a los votantes se les olvida. Salud y República.
Alberto Domínguez González hipodermico@hotmail.com
jueves 22 de julio de 2010 a las 18:02 horas
En Cataluña se ha intentando "hacer politica para buscar soluciones y transformar la sociedad" reformando el Estatuto respetando las formas democráticas y lo único que se ha conseguido es que un puñado de jueces decidan lo que deben pensar y sentir siete millones de catalanes, sea cual sea su preferencia política. Eso si es una aberración.

Alcalaíno en Barcelona
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