La decisión del pasado 19 de junio del Banco Popular de China (denominación de su Banco Central) de abandonar su tipo de cambio fijo con el dólar y permitir que el yuan se mueva con mayor libertad frente a una cesta de monedas es una noticia que conviene sopesar con cierto detalle porque genera implicaciones muy directas sobre el devenir de las economías más desarrolladas. No obstante, la entidad al frente de la política monetaria china ha descartado de momento una revaluación importante de una sola vez, como desde los foros norteamericanos más críticos con el país asiático se venía pidiendo ante el cada vez mayor deterioro de las relaciones comerciales con China. Con todo, pese a la limitación de la medida considero que significa un paso importante desde una perspectiva simplemente mediática porque implica el primer avance para el abandono de una política de subsidio a las exportaciones con una divisa barata. Pero examinemos algunas de sus implicaciones.
De una forma concreta, lo que el Banco Popular de China manifestó el pasado 19 de junio era que aumentaría la flexibilidad del yuan, que ha estado muy estrechamente vinculado a un tipo de cambio de 6,83 yuanes por dólar desde julio de 2008. Es decir, en vez de intervenir en el mercado de divisas e impedir que el yuan se moviera respecto al valor antes comentado, y tomar referencia de una cesta de monedas no sólo del dólar, lo que ha hecho es prestar atención a la evolución, tras mucho tiempo sin hacerlo, de la oferta y demanda del yuan en el mercado de divisas.
El funcionamiento del todavía incipiente mercado de de divisas chino ha sido el siguiente. El Banco Central establece una paridad central del dólar para el yuan cada mañana. Durante los últimos dos años, no ha permitido que la moneda se mueva apenas nada de este tipo central. Ahora parece dispuesto a dejar que aumente hasta el 0,5% en un determinado día, pero no mucho más. De hecho, el lunes 21 de junio, después de su declaración, el Banco Popular de China sólo dejó que el yuan se apreciase un 0,4%. Un sencillo cálculo aritmético muestra que a ese ritmo la moneda china duplicaría su valor en aproximadamente medio año. Pero, al día siguiente, 22 de junio, esta nueva estrategia de revaluación del yuan se cortó y la “flotación" del yuan se vio intervenida con la compra de dólares por los bancos estatales más importantes del país, muy probablemente por consejo del propio Banco Popular de China. El resultado fue que el miércoles 23 de junio la paridad establecida por el Banco Central fue de 6.81, claramente inferior al promedio de 6,83 dólares por yuan antes comentado y el viernes 25 siguió descendiendo hasta una cotización de 6,78.
La oportunidad de esta decisión de las autoridades monetarias chinas alivia los temores de que había disminuido su compromiso de reequilibrar su economía. De hecho, la dureza de la crisis económica en 2009 en los grandes países industrializados provocó que su cuantioso superávit por cuenta corriente en términos de PIB se redujese en más de un tercio a fines del año pasado, con una probabilidad alta de que se contrajera aún más. Sin embargo, los datos de mayo de 2010, marcando un importante aumento de las exportaciones, disiparon la preocupación de que continuara la caída de su superávit por cuenta corriente y estimuló la confianza de que el gigantesco país chino volviera a confiar en las exportaciones a los países desarrollados como base de sus altas tasas de crecimiento económico, fruto en buena medida de la recuperación económica de Estados Unidos, Alemania o Francia.
Al aceptar la posibilidad de un tipo de cambio más flexible para el renminbí, nombre chino del yuan, China no sólo obtiene importantes bazas para desarmar a los sectores norteamericanos más críticos, fuertemente convencidos de que las autoridades chinas han subsidiado “injustamente" a sus exportadores con una divisa barata, obteniendo una ventaja comparativa adicional a la de por si importante de producir a unos costes bajísimos, sino que adicionalmente –desde una perspectiva interna– se dota de una herramienta importante con la que poder enfriar su economía y controlar mejor la inflación. Un yuan más fuerte no solo sirve para reducir los costes de las mercancías importadas, sino que ha acabado liberalizando la política de tipos de interés del Banco Central, abriendo la posibilidad de su uso como un importante instrumento de estabilización.
De este suspirado cambio de dirección en el control del yuan no pueden derivarse efectos demasiado sorprendentes, porque la situación del euro, que no hemos comentado, y su clara tendencia a debilitarse (se ha depreciado en lo que va de año un 17 % frente a la moneda china) perjudica la rapidez con que el yuan puede apreciarse respecto al dólar y a los intereses norteamericanos claramente expresados hace escasos días por Obama de tratar de mejorar sus cuentas comerciales con China. De hecho, muchos observadores señalan que China no puede permitirse el lujo de alentar la idea de una apreciación constante y rápida porque quiere frenar el flujo de capitales especulativos en una economía que es propensa a saltos bruscos en las existencias y precios de la vivienda.
Desde la óptica de las autoridades chinas plantear una política de revaluación continua del yuan podría acabar planteándoles un dilema, porque los ajustes cambiarios tienen consecuencias en la propia economía doméstica. Por un lado, un yuan más fuerte perjudicaría las exportaciones, haciendo menos rentables las industrias exportadoras que podrían acabar despidiendo mano de obra que tendría que reacomodarse en otras actividades, lo que no resultaría sencillo en un contexto como el actual; por otro, otorgaría a los consumidores chinos mayor poder adquisitivo para productos importados. Encontrar el difícil equilibrio entre una expansión del consumo y más desempleo no es sencillo y desde luego no debe recaer exclusivamente en la política de tipo de cambio. Plantea ineludiblemente la necesidad de reformas; de más liberalización para que las empresas estatales puedan gestionar con criterios empresariales sus importantes excedentes; de una red más amplia de protección social; etc. En definitiva, un yuan más fuerte ayuda pero sólo como una pieza más en el proceso de transformación de la economía china, no como la panacea que resuelve todo. |