Memoria
por Juan Antonio Moreno

JUEVES 13 DE MAYO DE 2010 A LAS 14:19 HORAS
Opinión > Cultura
 
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La trayectoria del director Esteban Crespo dibuja una línea ascendente que alcanza su cénit en esta pieza, Lala, con la que bucea en el sentimiento de pérdida que sufre Jesús (Gustavo Salmerón) al conocer el fallecimiento de su abuela.
El madrileño atesora una filmografía que se caracteriza por el riesgo continuo. Así, tras Siempre quise trabajar en una fábrica, Amar y Fin, alcanza ahora su obra más completa.

La cinta, que se inicia con la susurrante voz de esa Lala que ya no está: “Érase una vez una niña pequeña llamada Berta", profundiza en la vida de un desconcertado personaje que pierde al referente de su infancia y ello le empuja hacia un vacío infinito.

El protagonista de esta aventura comienza una búsqueda obsesiva por recuperar la conexión con su niñez, por retener la memoria, en definitiva, por regresar a las raíces.

Lala compone imágenes que desprenden emoción en un viaje hacia un pasado que no siempre fue mejor, aunque la nebulosa del paso del tiempo concede un atisbo de felicidad, por lo que tiene de reencuentro con  una infancia irrecuperable.

El director madrileño construye una película coral, en la que cuida con esmero a sus actores. Destaca, sin duda, la sobria interpretación de Gustavo Salmerón, muy bien acompañado por un icono de los cortometrajistas, Marta Belenguer, y también por la valía de Esther Ortega. Complementan el recital interpretativo figuras de talento como Ramón Barea, Mariví Bilbao, Alberto Ferreiro –habitual colaborador de Esteban– y la sorpresa de un estupendo Chani Martín.

Lala es una comedia ácida, en la que su humor negro enlaza con lo mejor de nuestro cine: la huella de Berlanga es evidente y ejemplo claro es la delirante escena de Antonio Medina, el cura del pueblo, en la tapia del cementerio; es, sin duda, uno de los momentos más desternillantes del metraje.


El filme conecta muy bien con el espectador, a quien hace partícipe de este regreso hacia un espacio rural, provocando la complicidad de un público que asiste emocionado a escenas como la del desván: un desfile de objetos que generan la  añoranza, que detienen la retina de los que se aferran a la memoria.

La fotografía de Ángel Amorós consolida ese entorno geográfico donde se desarrolla la trama -los campos de San Martín de Valdeiglesias- con una tonalidad un tanto acromática; sobre esos  caminos, una serie de personas detienen sus vidas por un instante.

Todavía tiene tiempo Crespo para atizar la polémica sobre el papel de la familia, tan denostada, aunque deja un poso de esperanza: en los momentos cruciales, siempre permanece unida.

Por tanto, Lala es una estupenda película que dimensiona el inmenso talento de un cineasta que deja como final impagable una maravillosa canción de Carlos Varela, Una palabra, que cierra el círculo de una pieza que consigue trasladar al espectador esa inquietante pérdida que se produce cuando alguien de nuestro entorno más cercano desaparece.


Comentarios
cucurica
jueves 20 de mayo de 2010 a las 14:16 horas
Desapareció mi mirada..me la devolvieron para luego quitármela.Me inquieta una pregunta:¿las lágrimas lavan miradas y así se refleja mejor el alma?Pues,claro lo tengo,mi alma ya no la veo;se fue con él.

Me quedo con el deseo de seguir aprendiendo,pues mucho me queda por aprender.
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