A nadie le agrada un recorte, como a ningún enfermo le gusta sufrir una enfermedad: no es, pues, una cuestión de gustos ni de creencias, sino de necesidades inaplazables. No tratarse puede ser más cómodo de entrada, pues con ello se rechaza un diagnóstico severo y se esquiva la propia responsabilidad, pero a la larga sólo vale para agudizar la dolencia y dificultar la cura.
Distraer es precisamente lo que ha hecho el presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en los últimos meses: en lugar de comportarse como un médico sensato que le dice a su paciente lo que tiene y lo que él puede hacer para devolverle la salud, se ha limitado a esperar una mejoría providencial, a criminalizar a todo aquel que osara sugerir las gravísimas consecuencias de su inacción y a vender a los ciudadanos la fantasía de que las reformas no eran necesarias y sólo podrían obedecer a la voracidad y falta de escrúpulos de partidos políticos sin alma, medios de comunicación derrotistas o malvados especuladores de lo ajeno.
De todo esto ha habido y habrá, pero la magnitud de la herida no era un invento ni una exageración que pudiera derrotarse apelando única y exclusivamente a la suerte propia: la combinación de paro, deuda y déficit, sin parangón en una Europa que también está inmersa en la crisis económica pero la capea mejor, atestigua hasta qué punto el presidente ha fallado con estrépito y hasta qué extremo ha antepuesto sus cálculos electorales a sus más elementales responsabilidades institucionales.
La dureza del diagnóstico probablemente merezca una severa sanción en las urnas, aunque no mucho más estimulante sea la postura de su ventajista rival en la oposición, pero no esconde lo acertado de las medidas presentadas en la mañana de ayer, por antipáticas que puedan resultar. Como no hay elección, y o bien se recorta drásticamente el gasto público o bien se condena al país a la insolvencia internacional y financiera, es necesario hacerlo en las partidas que están al alcance de la mano: los inventos electorales como el cheque-bebé; las pensiones públicas y el salario de los funcionarios.
Nada es justo, sin duda, pero todo es inevitable. Tanto como otras reformas que el presidente continúa teniendo pendientes y que ayer tampoco fue capaz de anunciar: hacen falta cambios, no sólo recortes, para colocar al país en una senda de recuperación cierta y segura. El mercado laboral, la negociación colectiva, el dispendio en la Administración –local, autonómica y nacional–, el caciquismo de las cajas de ahorros o la improductividad de la economía española deben ser analizados sin dogmas y abordados con energía. Negarlo, ya lo hemos constatado, sólo sirve para aumentar los desperfectos. |