Coches de choque y otras partículas
por Ismael Labrador

LUNES 10 DE MAYO DE 2010 A LAS 19:14 HORAS
Opinión > Ciencia
 
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Es el proyecto científico más ambicioso de la historia y, posiblemente, también el que más desinformación genera. Que si puede provocar un agujero negro, que si pretende ser la máquina de Dios, que si es un riesgo potencial para el planeta… Algo falla en la ciencia cuando ésta es incapaz de conectar con el público y explicar sus procesos, experimentos y ambiciones. Y eso es lo que se ha demostrado con el LHC, el gran colisionador de hadrones con el que se busca desvelar algunos de los misterios más inquietantes de la física moderna. El principal, saber cómo la energía se transforma en materia, y viceversa. O más concretamente, encontrar la partícula que hace posible ese como.

 

Pero vayamos a lo práctico. ¿Qué tiene de útil mandar dos haces de partículas en direcciones opuestas por un conducto circular a una velocidad próxima a la de la luz? Hagamos un ejercicio de ciencia ficción y pensemos en estas partículas como si fueran coches. Nosotros los percibimos como objetos enteros, completos, medios de transporte cuyo funcionamiento interno queremos desvelar. Y resulta que no podemos, que las técnicas que utilizamos no nos permiten escudriñar de qué se componen esos coches. Entonces inventamos una curiosa máquina, con un túnel en forma de circunferencia donde colocamos los vehículos y los lanzamos, en direcciones opuestas, a alta velocidad. Tarde o temprano terminarán chocando, y del impacto generado se desprenderán miles de fragmentos.

 

Analizando esos fragmentos descubrimos que los hay del vidrio con el que se fabrican los parabrisas, del plástico del que está hecho el salpicadero, de la tela que cubre los asientos, del caucho procedente de los neumáticos, de metal, de acero y de muchos otros componentes. A través de la destrucción hemos descubierto de qué están hechos los coches, y esos datos nos ayudarán a mejorar sus técnicas de fabricación y, por ende, nuestros medios de transporte.

 

Volvamos a la realidad, al LHC, al gran colisionador donde las partículas son lanzadas a velocidades próximas a las de la luz para chocar entre sí. Los fragmentos desvelados por esas explosiones puede que nos despejen dudas y, de paso, contribuyan a hacer más cómoda nuestra vida. No olviden que Internet, posiblemente la mayor herramienta de comunicación de toda la historia, nació hace un puñado de años en un acelerador de partículas.


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