PEDRO P. HINOJOS

Hace justo un año se abría el abismo ante nuestros pies con el estallido de la gripe A. La OMS había contabilizado más de un millar de contagiados por el virus en todo el planeta. El Ministerio de Sanidad español tenía controlados a 57 enfermos y estudiaba la posibilidad de poner en cuarentena a los aviones que llegaran del exterior. Y los rusos prohibieron la entrada de carne de cerdo y derivados procedentes de nuestro país.
Era sólo el comienzo del pánico. La administración de antivirales, las medidas de prevención en los colegios, el aislamiento de enfermos, la búsqueda de la vacuna y de dosis suficientes y el recuento cotidiano de contagiados y muertos fue el pan de las semanas y meses siguientes. Estábamos, no cabía duda, ante la temible pandemia que venían prediciendo los científicos desde hacía años. Y nos había pillado completamente desprevenidos.
Casi tres siglos antes, en 1722, Daniel Defoe, el padre del inmortal Robinson Crusoe, publicó Diario del año de la peste, una verdadera rareza de la historia de la novela. En ella, el escritor inglés da voz a un supuesto testigo de la peste que arrasó Londres desde finales de 1664 a comienzos de 1666, y que se llevó por delante la vida de más de 100.000 personas.
A lo largo de casi 400 páginas se documenta con todos los pormenores la huida despavorida de los londinenses, el enclaustramiento forzoso de los enfermos, el paso del carro de los muertos por las calles y los palos de ciego de las autoridades para poner coto a lo que se consideraba un castigo divino en toda regla. “La peste es como un gran incendio", exclama el narrador en la recta final de su relato, que arranca con una maliciosa disculpa para justificar la carencia de más datos: “En aquellos días no teníamos nada que se pareciese a los periódicos impresos para diseminar rumores e informes sobre las cosas, y para mejorarlos con la inventiva de los hombres, cosa que he visto hacer desde entonces". Leyendo su historia y viendo lo que fue y lo que no llegó a ser la gripe A, cuesta encontrar las diferencias. |