Enrique Vila-Matas con Dublín al fondo
por Vicente A. Serrano

MIÉRCOLES 21 DE ABRIL DE 2010 A LAS 10:58 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Aunque mi librero preferido no esté de acuerdo con esta apreciación, yo me empeño en considerar la trayectoria de Enrique Vila-Matas como una de las más coherentes y originales de la narrativa española en los últimos casi cuarenta años. Tal vez porque en el lejano 1973, Vila-Matas ya me dejó tocado con aquella Mujer en el espejo contemplando el paisaje publicada en una colección que los jóvenes letraheridos de entonces considerábamos de culto, los Cuadernos Ínfimos de Tusquets. El inquietante juego de espejos, con sutiles claves dentro de un sugerente ejercicio de estilo, a la manera de Raymond  Queneau, parecía esconder nuevas y atractivas fórmulas de plantear la escritura. Una cómplice invitación para todos aquellos lectores que queríamos huir despavoridos del empacho, difícil de digerir, de la novela realista española. La paramera, el mundo rural y el supuestamente sincero pero acartonado lenguaje campesino, nos salía ya por las orejas.

Hay que leerlo, no que creerlo
Pocos años más tarde, nos encontramos con un nuevo relato suyo que pretendía asesinar a todo el que lo leyese. Se titulaba La asesina ilustrada y confesaba haberlo escrito en una buhardilla de París que le había alquilado Marguerite Duras (Primer consejo y fundamental: a Vila-Matas hay que leerlo, no que creerlo). En 1980 la editorial Fundamentos nos ofrecía su primera novela, con una portada y un título tan sugerente, Al sur de los párpados, que tal vez por eso muchos nos sentimos algo decepcionados por su contenido. Poseía  la incontinencia de toda ópera prima. Sin embargo, a partir de aquellas páginas tan sinceramente confusas descubrí guiños y claves que iba a compartir durante décadas, porque desde entonces juré fidelidad y amor eterno a este autor con el que he recorrido un largo camino, saltando calendarios a través de su casi treintena de títulos.

Enfermos de la literatura
En la firme creencia de pensar que sus libros ya son algo míos, me atrevo a esbozar un leve apunte sobre la escritura de Enrique Vila-Matas a quien –aclararé– no tengo siquiera el gusto de conocer personalmente. El recorrido por los personajes, temas y motivos que conforman todas y cada una de las páginas de sus obras, terminan por constituir una especie de libro único de piezas revueltas, que si fuésemos capaces de encajar, nos atreveríamos a titular bajo el género de autobiografía. Pero se trata de una labor imposible porque sus textos carecen de trama convencional y se desbordan hacia el desagüe de la digresión, entre continuos y atractivos tropiezos y enredos con el ensayo y la ficción, adobados por frecuentes reflexiones metaliterarias que siempre parecen estar bendecidas desde la sombra por Kafka, Walser, Sebald o Pessoa entre esos otros miembros de la célula permanente que simulan proteger la mala salud del repleto pabellón de enfermos de la literatura.

Dublinesca
Publicado por la editorial Seix Barral, nos llega Dublinesca. Afirma Vila-Matas en sus páginas que: “las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer". El ya ha demostrado las suyas regalándonos, una vez más, una obra magistral. Ahora depende de nosotros que seamos capaces de sacarle todo su fruto. Quiero recordar que es en Dietario voluble donde Vila-Matas habla por primera vez de los hikikimoris, nombre con el que se conoce en Japón a más de un millón de jóvenes, extraviados en la infinidad de la Red, fantasmas ensimismados, tristes, muertos en vida, alienados, inútiles, solitarios, abocados a la destrucción. Samuel Riba –el protagonista de Dublinesca– acaba de cumplir sesenta años y ante la inminente amenaza del fin de la era Gutenberg, ha decidido deshacerse de su editorial con la que había conseguido un merecido prestigio publicando a lo largo de treinta años a los más grandes y por supuesto ególatras escritores de su época. Enganchado a Google de modo patológico, cree que se halla en el ocaso de su vida porque ya ni siquiera es invitado a ferias y congresos fuera del país, viajes que por la tanto no puede contar a sus padres.

Un funeral en compañía de Joyce y Beckett
Tras un sueño premonitorio en el que se descubre tirado a la puerta de un pub irlandés, completamente borracho, decide organizar un viaje a Dublín para conmemorar con sus amigos el Bloomsday (Cada 16 de junio en Dublín se celebra un homenaje a Leopold Bloom, protagonista del Ulysses de Joyce. Los asistentes procuran desayunar, comer, cenar y beber lo mismo que los protagonistas de la novela y llevar a cabo el itinerario exacto de la acción que como sabéis transcurre en las veinticuatro horas del 16 de junio de 1904). El motivo encubierto del ex-editor Samuel Riba es organizar un funeral por la desaparición de la era de la imprenta, a punto de ser asesinada por la era digital. En suma un guiño más de Vila-Matas; un homenaje a la literatura, en clave de agonía, en la ciudad de Oscar Wilde, W. B. Yeats, James Joyce y Samuel Beckett, que todos ellos abandonaron antes de llegar a los veinticuatro años, pero que dejó honda huella en sus vidas y en su obra. Un último responso –antes de convertirnos todos en hikikimoris–  entonado por dos de las voces que marcaron los límites de la literatura del pasado siglo, la incontinencia de Joyce y el laconismo de Beckett.

La recomendación. Paseo por Vila-Matas
Tras la lectura de Dublinesca podríamos iniciar un paseo a la inversa por la obra de Enrique Vila-Matas, con parada inicial y obligatoria en Dietario voluble, a modo de manual de instrucciones, para adentrarnos más tarde en El mal de Montano, Bartleby y compañía, Hijos sin hijos o Suicidios ejemplares. Todas ellas forman parte de ese enriquecido conglomerado de casi treinta piezas que aspiran a construir un libro único de perfiles infinitos, que ha convertido a su autor –a pesar de la opinión de mi librero favorito– en uno de los más geniales y coherentes de la narrativa española actual.


Comentarios
V. Camus
miércoles 28 de abril de 2010 a las 20:16 horas
Desconozco la obra de Vila-Matas. Después del pormenorizado artículo del Sr. Serrano, haré "parada obligatoria" en "Dietario voluble", para adentrarme en la obra del autor. "Dublinesca", con lo que describen estas líneas, también invita a leerla y máxime cuando la brecha digital nos amenaza ahí, en el horizonte. Estoy convencida que el inquilino de la Duras habrá trazado un homenaje a la literatura de los grandes... Habrá que leerlo, no que creerlo. A propósito del día del libro y de los homenajes a la literatura y al acto de escribir, recomendarles a Sam Savage "Lamento del perezoso". Espero con ganas el próximo artículo de esta sección. Un saludo sr. Serrano.
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