Ser padre
por Uno de la Muga

MIÉRCOLES 17 DE MARZO DE 2010 A LAS 12:48 HORAS
Opinión > Política
 
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Confucio China   (551 a. C. – 479 a. C.)

“Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por estas cuatro columnas: 
padre valiente, 
                            madre prudente,
                                                       hijo obediente, 
                                                                               hermano complaciente.”

 



La paternidad, como todo, ha evolucionado con los años. La participación del hombre en el parto y embarazo ha propiciado una generación de padres más tiernos, más comprometidos en el proceso educativo y las atenciones al bebé.

 

En el tiempo de relación con el bebé, que crece mucho más deprisa de lo que uno se puede imaginar, cuando está en el proceso, el padre descubre y comparte con la madre la grandiosidad de la naturaleza, en el aprendizaje y desarrollo de su hijo.

 

Desde los primeros juegos, el niño absorbe como una esponja. Imita todo lo que es capaz de percibir. Aprende a andar, aprende a hablar, aprende a…. y mientras aprende, aprendemos a ser padres. Es más,  son los hijos los que nos hacen padres.

 

Llegan al mundo sin libro de instrucciones. Hay que estar muy pendientes para escuchar los limitados mensajes que expresan esas criaturas recién llegadas.

 

Pero a todos se nos cae la baba cuando recogemos el cariño, el respeto, la admiración, la importancia de nuestras personas al oír a nuestros hijos decirnos “papá” desde las entonaciones balbuceantes de la tierna infancia, a las más cargadas de matices emocionales de los adolescentes.

 

Es la calidad del tiempo compartido con nuestros hijos la que marca nuestra paternidad. Ayudar a descubrir a ese nuevo ser, cual es su sitio en este mundo. Ayudarle a conquistar sus libertades. Aprender a respetar sus voluntades, permitir que se equivoquen si insisten en ello y estar ahí, para que sean capaces de asumir las consecuencias de sus errores.

 

Ser padre supone descubrir otra dimensión a la existencia que va más allá del ombligo. Cuando uno se reconoce padre, por el cariño y respeto que recibe de sus hijos, se sabe eslabón de eternidad; con la responsabilidad de depurar el testigo, patrimonio cultural, que le legaron sus antepasados. Trasmitir a las generaciones futuras, los aciertos de sus abuelos y evitar, en lo posible, aquellos tics que tanto sufrimiento y rencor les causaron.

 

La paternidad asumida aporta al individuo un placer supremo: la consciencia de haber satisfecho sus instintos animales de procreación y sus deseos humanos de descubrirse, para trasmitir valores apropiados a sus tiempos, a los descendientes.

 

Por el contrario, la paternidad no asumida, genera ausencia, vacío, distancia…

 

Mi más sincera enhorabuena a los padres que lo son.

A los que pierden la oportunidad de desarrollar su paternidad, por decisión propia o circunstancias ajenas… compasión.

 

Uno de la muga.


Comentarios
daniela
martes 18 de mayo de 2010 a las 12:22 horas
Tengo una gran duda:¿por qué ciertos hijos no llegan a sentirse realizados a nivel personal sin cumplir antes la voluntad de un padre difunto?Formulo esta pregunta siendo consciente de la carga emocional que puede envolver
uno de la muga
sábado 20 de marzo de 2010 a las 12:12 horas
AARON:
Tus palabras te honran. Saber descubrir la belleza de un padre que te ama es un síntoma de inteligencia emocional.
Tener un padre cariñoso, comprensivo y exigente a un mismo tiempo, ayuda a forjar el espíritu de un ser eficaz y seguro.
uno de la muga
sábado 20 de marzo de 2010 a las 12:04 horas
Amigo vic:
La mayoría hemos oído hablar de la sagrada familia de Gaudí y nos la imaginamos hermosa. Sólo llegamos a sentirla hermosa con toda la intensidad que cada quien está preparado para percibir el arte, en sus adentros. La experiencia es la que marca con todos sus brillos y sus recovecos en penumbra.
AARON
sábado 20 de marzo de 2010 a las 09:31 horas
Ningún hombre tan guapo como papá cuando se afeitaba los domingos frente al espejo, en camiseta, y con media cara blanca de espuma, giraba la cabeza y me sonreía.
Ningún temor tan disimulado como el que tenía que aparentar disciplina y severidad ante deslices adolescentes.
Ningún orgullo mayor que cuando me involucró en entretejidos familiares, vericuetos emocionales y sutilezas humorísticas... ¡y los entendí!

Ningún hueco mayor que el que producía su mirada perdida cuando nadie le miraba y contaba hacia atrás.
vic
viernes 19 de marzo de 2010 a las 12:54 horas
yo puedo sentir muchas cosas por los que fueron hijos y ahora son padres. No siento compasión. Estoy de acuerdo y puedo intuir a través de lo que los padres dicen que es algo que sencillamente pertenece al lenguaje de las emociones y sentimientos.El valor de la vida en la propia vida. Sin teorizar o en equilibrio entre lo que sentimos, hecemos, decimos, somos, aparentamos... Bueno un afectuoso recuerdo para todos los que eligieron ser padres y así lo ejercen. Supongo que cada uno a nivel humano hacemos lo que podemos. Un abrazo amigo de la muga. Salud y para tí una enhorabuena especial.
uno de la muga
jueves 18 de marzo de 2010 a las 23:46 horas
Amigo pater:
Tu escrito suda ternura por los cuatro costados. Bien escaso en estos tiempos. Un placer la lectura.
Hay tantas maneras de sentir la paternidad como seres habitamos esta tierra. Es muy posible que nuestros hijos sientan su paternidad de forma muy distinta a la nuestra. En todo caso, esperemos que lo hagan un poco mejor que nosotros, cuando les toque.
pater
jueves 18 de marzo de 2010 a las 20:54 horas
Historias de padres de verdad.


Él aún teniendo padres verdaderos, fue criado por unos tíos y fue un niño feliz. A su lado, aprendió las primeras vitales lecciones con mano firme, que no castigadora, de su tío hermano de su madre, su rudeza quedó siempre atenuada por la dulzura de su tía, puro arrope, hermana de su padre. Curioso pero cierto, nada había de político en el parentesco, estaban cruzados, todo era carnalidad.
Sólo conoció a uno de los cuatro abuelos que le hubiesen correspondido como a cualquier hijo de vecino. Hombre este su abuelo paterno, muy anciano para el estilo de aquellos tiempos. Gente antigua, muy del acabar del XIX, traje encorvado de pana negra, sombrero negro de raso muy sobao calado en frío invierno o en sudoroso y castigador verano, el cuero cabelludo totalmente desforestado. Él, nunca fue de boina, el sombrero da más sombra, decía. Él abuelo no pudo darle mucho cariño, murió pronto. Los 90 inusuales años no le daban para grandes jolgorios, tan sólo para sostener de manera temblorosa, llena del desconocido entonces Parkinson, el garrote. Sentado en el escaño de madera, en su manual curvatura solía apoyar la barbilla encima del envés de sus tendinosas transparentes e invernales manos como si quisiera intentar evitar el baile de San Vito que las poseían. Baile que también practicaban sus palabras al salir entrecortadas de sus resecos labios, y que él atendía a traducir. El abuelo ha dicho esto o aquello, o quiere esto o lo de más allá. ¡¡Mama!! ooo... ¡¡tía!! voy a afeitar al abuelo. Fue escaso el tiempo que del abuelo disfrutó.
Al poco de llegar el abuelo a la casa, tuvo que dejar su infantil felicidad al lado de sus tíos. Retornando a la vera de los verdaderos padres. Casi unos desconocidos para él, por aquel entonces.
Ocurría que en los años posteriores a su marcha, en aquellos primeros días de interfase al iniciar o regresar de las vacaciones a la casa de sus tíos se hacia un verdadero lío semántico. Llamando sin querer papa o mama a sus tíos al regresar a la felicidad vacacional, y por el contrario a la vuelta de ellas, tío y tía a sus padres, los de verdad. Los inconscientes adolescentes equívocos vacacionales, a sus tíos les venia de perlas, sobre todo a la tía, ser inmenso en rezumar bondad y amor, y falto en recepción de los mismos. Ellos no pudieron tener hijos, un halo de amargura se cernía sobre ambos. Pero con él en la casa todo era distinto. Su tía, sí, sentía que eran una familia real. Las palabras papa o mama, y no tío o tía en sus oídos les debieron ayudar al sentimiento familiar de su tía, amén de sonarles a gloria bendita. Aportándoles, no una entendible pesadumbre recordatoria de su fracaso juvenil de infertilidad, sino genuina dicha, por el amor y el cariño fruto de puro e íntimo contacto paterno filial conseguido a lo largo de esos inolvidables años de su primera infancia consciente .
Ellos una y otra vez vieron y oyeron, como él, con sus equívocos y comportamientos, les hacia sentir como auténticos padres que recibían, no a un sobrino, sino a un hijo, su hijo.
Él, ya maduro, se observo cierto día sonriendo con regocijo, al pensar que en el reparto de abuelos, la diosa fortuna había sido extremadamente severa y rácana cuando era chico, no así en el de padres. Ya que fueron cuatro, y todos ellos, buenos y de verdad.
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