El casco de Senna
por Uno de la Redacción

MARTES 16 DE MARZO DE 2010 A LAS 18:49 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS
Durante mucho tiempo la Fórmula 1 se despachó de mala manera en las noticias deportivas del telediario o en retransmisiones intermitentes los domingos. Los aficionados –pocos– seguían como podían las carreras y las proezas de los grandes pilotos. Fue una época dura. Y no sólo para los hinchas. El rostro desfigurado –y no sólo la oreja, inmortalizada por el gracejo popular más cruel– del campeón austriaco Nikki Lauda recordaba que aquel juego de coches rápidos iba en serio. También el cuerpo del canadiense Gilles Villeneuve colgado como un pelele de las vallas del circuito belga de Zolder. Los Arnoux, Pironi, Piquet, Alboreto, Reuteman, Rosberg o Andretti eran otros comparsas de lujo en aquel extraño circo, que de buenas a primeras pasó a estar copado por Alain Prost y Ayrton Senna, protagonistas de los mejores duelos de la historia de la F1, según los especialistas. Por desgracia, no todos los buenos amantes de la velocidad disfrutaron en directo de aquellas carreras a cara de perro entre el peleón francés y la difunta flecha brasileña. La televisión aparecía y desaparecía a capricho de los programadores. Entonces cambió el siglo, el alemán Schumacher se hizo el tirano de los circuitos, a Tele 5 le dio por retransmitir las carreras, y un tal Lobato se convirtió en la sombra de un tal Fernando Alonso, que triunfo a triunfo y decepción a decepción ha convertido la F1 en un fenómeno de masas domingueras. Y hay para tanto. Ver un gran premio por televisión es un verdadero espectáculo, con todos sus indicadores técnicos parpadeando en la pantalla. Al mismo tiempo, seguir las andanzas de Alonso se ha transformado casi en una religión. Hace algunas Navidades, el Día de los Inocentes, este periódico soltó la broma de que el campeón asturiano probaría su nuevo monoplaza en un circuito urbano que empezaría en La Garena y acabaría en la chicane de Los Nogales. Hubo demasiada gente que se lo tragó y que no digirió bien el cabreo. Lo mismo que le ocurre ahora a muchos aficionados de siempre, que reniegan de tanta multitud recién llegada al teatro de la velocidad. Y en parte no les falta razón. Lo que darían por ver las carreras desde la cámara del casco de Senna.


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