Pese a la gran recesión sufrida por la economía mundial en el ejercicio de 2008, que resultó más grave que la de finales de los 20 y primeros 30 del siglo pasado, no cabe ninguna duda que en el año 2009 la misma se ha en buena medida estabilizado, consiguiendo que no se llegara a una profunda depresión. De hecho, China como ejemplo dentro de los países emergentes ya estaba creciendo ¡al 10,7 %! en el cuarto trimestre de 2009; y con la excepción de España y del Reino Unido, todas las grandes economías desarrolladas comenzaron a tener tasas de crecimiento positivas a lo largo de 2009, aunque eso sí, modestas.
Este cambio de panorama no es fruto de la casualidad, sino el resultado de una masiva intervención pública, quizás la mayor, más amplia y rápida respuesta gubernamental de la historia económica mundial de los últimos ciento cincuenta años. Los tres elementos claves de este proceso, desde una panorámica mundial, pueden resumirse como sigue:
1) La obligada necesidad de salvar a los bancos del cataclismo de una quiebra masiva que hubiera destruido el sistema se tradujo en una inyección de miles de millones de euros o dólares procedentes del erario público, acompañado incluso en algunos países de nacionalizaciones de estas entidades, parece que temporales.
2) La fuerte relajación de la política monetaria por parte de todos los bancos centrales con una reducción de los tipos de interés hasta niveles mínimos; todo ello para favorecer la recuperación de los procesos de inversión (hasta el 0 % en USA o 1% en la Unión Monetaria Europea).
3) La puesta en funcionamiento de importantes paquetes de medidas de estímulo fiscal –equivalentes a miles de millones de euros o dólares– con la finalidad de frenar o minimizar algunas de las consecuencias más negativas de la crisis: caída del consumo e incremento del desempleo. Los resultados por países han sido bastante dispares, de acuerdo con el variado contenido específico de los mismos y las propias condiciones estructurales de las economías.
En definitiva, teniendo en cuenta lo apuntado al comienzo, debe reconocerse que los dirigentes económicos de los principales países desarrollados apostaron por evitar una Gran Depresión como la de 1929; y a fe de los datos de 2009, hay que reconocer que con cierto éxito, aunque con un impacto tremendamente negativo en las finanzas públicas que, en buena parte, es el origen de estas situaciones de inestabilidad financiera que algunos de los países más débiles están sufriendo, con los claros ejemplos de Dubái o Grecia, o la explicación de la falta de confianza que las emisiones de títulos públicos españoles registró hace un par de semanas y que de momento se ha salvado tras el compromiso (¿) del gobierno de recortar el gasto público. Ello nos ha evitado por ahora la entrada en el “maldito" grupo de economías no confiables.
No es éste, sin embargo, el único objetivo de la presente colaboración, sino también el de expresar que de cara a una definitiva y completa recuperación de la economía mundial existen tres desafíos claves que deben abordarse ineludiblemente:
1) ¿Posibilitará China una apreciación del yuan suficiente para reequilibrar la propia situación económica interna y aliviar –al mismo tiempo– la presión que tienen otros mercados emergentes? En caso de que las autoridades chinas no lo hagan, ¿aplicará Estados Unidos una política proteccionista con aumento de aranceles para los productos chinos?
2) ¿Aplicarán las economías más desarrolladas planes de ajuste fiscal a corto plazo que palien la trayectoria de déficit y deuda público crecientes? En caso de una respuesta positiva, ¿puede mantenerse la débil recuperación iniciada en estas economías?
3) ¿La actual política monetaria de tipos bajos, lógica para Estados Unidos o Europa, no acabará por añadir problemas a los países emergentes? ¿Durante cuánto tiempo podrá mantenerse?
De la respuesta que se dé a estas interrogantes depende en buena medida el devenir de los próximos meses, pero en cualquier caso no debe olvidarse que en la mayor parte de las economías desarrolladas las autoridades se enfrentan a un problema de difícil solución: ¿cómo encarar las grandes dificultades técnicas para conseguir estrategias correctas de salida a la crisis? Quizás haya que recordar que como se ha hecho en la mayoría de estos países, España es quizás una de las pocas excepciones con un gobierno que hasta ayer mismo minimizaba la crisis, que tiempos difíciles demandan duras medidas tal se titula esta colaboración.
Ofrecer un diagnóstico contundente y realista de que la crisis actual no es un efímero episodio del que se sale, como ha sucedido en otros avatares de años pasados, con rapidez, sino a través de un proceso de larga duración y con efectos negativos muy profundos a corto plazo en la forma ya conocida de más paro, cuando no recorte de salarios, o previsibles aumentos de impuestos en no demasiado meses, sino una necesidad imperiosa.
En otras palabras, los gobiernos tienen el compromiso de concienciar a todos los ciudadanos que todavía queda un no corto período de ajuste, no exento de duros sacrificios, aunque pierdan las elecciones. En caso contrario, el ajuste nos llegará, bien porque nos lo impondrán los demás países o, en última instancia, los tan denostados, pero necesarios mercados; y además en cualquiera de estos dos casos el coste será mayor tanto en tiempo como en dinero. Esta conclusión debe resultar clara, irrefutable, sin posibilidades de corregir; tal como cuando se pregunta ¿blanco y en botella? La respuesta innecesaria por obvia es la que todos conocemos: leche.
Tomás Mancha Catedrático de Economía Aplicada Director Servilab Universidad de Alcalá www.iaes.es
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